Capítulo Nueve
Una nueva tortura
El ángel bufó y volvió a bajar la mirada.
—Me ha tenido que atrapar la diablesa más cabrona de todas —murmuró entre dientes.
Pestañeé varias veces, muy sorprendida.
—Pensaba que los ángeles no podíais hablar así.
Él me miró de reojo con desprecio.
—No estoy en el paraíso y voy a morir aquí. Ahora las reglas ya no me importan.
Alcé una ceja, extrañada por su respuesta. Él evitaba mirarme y movió un poco sus alas, jadeando al sentir que no podía abrirlas. Resopló y alzó la mirada con mala cara.
—¿Qué vas a hacerme?
Mis labios se separaron, mostrando una pequeña sonrisa.
—Todavía no lo he decidido.
Él frunció el ceño y extendí un brazo, sujetando su barbilla y obligándolo a mirarme a los ojos.
—Te lo advierto, deja de mirarme así o te arrepentirás. No tengo mucha paciencia —le avisé con voz grave.
Sacudió la cabeza y lo solté, poniéndome de pie. Di unos pasos hasta mi enorme cama de sábanas negras y me dejé caer sobre ella, suspirando.
—¿Por qué querías ver las estrellas?
Alcé un poco la cabeza al escuchar su voz y apoyé la barbilla en mis manos, mirándolo fijamente.
—Eso no te importa.
—Eres el primer demonio que muestra interés por algo que no sea el sufrimiento de las almas —respondió, sin dejar de observarme.
Aparté la vista, molesta.
—Cállate. Tú no sabes nada sobre nosotros.
Él se quedó en silencio, contemplándome con los ojos entrecerrados. Eso me cabreó muchísimo y mi respiración se alteró. Me levanté de la cama hecha una furia y golpeé su rostro.
—Deja de analizarme, no me gusta —bufé, mostrando mis colmillos.
El ángel se relamió el labio inferior, saboreando el corte que acababa de hacerle.
—¿Por qué? ¿Temes que descubra algo?
Lo agarré del cuello y aplasté su cabeza contra la pared de piedra.
—Parece que no has entendido que eres mi prisionero, que sepas que no me das lástima. Si hubieras podido me habrías matado y yo pienso hacer lo mismo contigo.
—Tienes razón, estuve a punto de congelarte y Aureus te habría atravesado con su lanza. Ojalá lo hubiera conseguido —dijo él, apretando la mandíbula.
Sentí mis ojos cambiando de color y llamas emanando de mi piel, rodeando lentamente mi cuerpo.
—Si quieres dolor, yo te lo daré. Soy una experta en eso.
El ángel me dedicó una sonrisa burlona.
—No me das miedo. Estoy preparado para sufrir y morir.
Solté un resoplido y me alejé, rechinando los dientes. No me imaginaba que un ángel pudiera sacarme de mis casillas tan fácilmente.
—Noto algo diferente en ti.
Me crucé de brazos y giré mi cuerpo, encarándolo.
—¿Cómo dices? —cuestioné, bastante alterada.
—No eres como el resto de demonios y diablesas, actúas diferente... y hay algo distinto en tu aura.
El fuego alrededor de mi cuerpo creció, al igual que mi furia. Mis largas uñas se clavaron en mis propios brazos.
—¿Quieres que te demuestre lo malvada que soy? —pregunté con voz grave, arqueando una ceja.
Él me miró directamente sin pestañear. Por mucho que lo intentaba, no conseguía asustarlo como a las almas del inframundo.
—Tú... en una vida anterior fuiste humana, ¿verdad?
Me quedé sin aliento al oír sus palabras. ¿Cómo podía saberlo?
Un gruñido rabioso salió de mi garganta y sujeté su cuello con las dos manos, elevándolo en el aire hasta que sus cadenas llegaron al límite. Él jadeó al sentir la presión, pero no dejó de mirarme.
—Vuelve a llamarme humana y morirás.
Mis llamas estaban quemando su piel, pero no se quejó. Lo solté de golpe y me alejé, intentando controlarme mientras miraba de reojo sus quemaduras.
Aunque no quería, me sentía mal por hacerle daño.
Él volvía a estar colgando de sus cadenas, soportando el dolor con la mandíbula apretada.
—Puedes negarlo todo lo que quieras, pero yo sé la verdad —comentó en un susurro.
Dejó caer su cabeza hacia delante y empezó a resoplar. Las quemaduras en el cuello y en la cara debían de dolerle bastante. Gruñí con fuerza y golpeé la pared, haciéndome heridas a mí misma que no me importaron en absoluto.
¿Por qué me molestaba que ese ángel estuviera sufriendo? Era una diablesa desde hacía dos años, estaba acostumbrada a ver sufrimiento todos los días y a ignorarlo.
Él seguía jadeando y sus brazos temblaban cada vez más. Al perder sus poderes, su cuerpo era casi tan débil como el de un humano.
Cerré los ojos y chasqueé los dedos, haciendo desaparecer sus cadenas. El ángel cayó al suelo con un golpe seco y escuché un quejido lleno de dolor.
Puse los ojos en blanco y, en contra de lo que mi mente gritaba que hiciera, me acerqué a él y lo sujeté entre mis brazos. Estaba medio inconsciente y respiraba con dificultad.
Lo llevé hasta mi cama y lo dejé sobre ella, atándolo de pies y manos con nuevas cadenas. Aflojé un poco las cuerdas en sus alas para que no le hicieran daño y fruncí el ceño.
No debería importarme su dolor, él era mi enemigo. Si alguien del inframundo se enteraba de que estaba actuando así con el ángel tendría problemas.
Siempre podía decir que quería mantenerlo en buenas condiciones para poder violarlo hasta hartarme de su cuerpo.
Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios ante ese pensamiento. Eso todos se lo creerían... aunque nunca había escuchado que los demonios violaran a los ángeles.
Dio unos pasos hacia él y palpé la zona de su entrepierna para ver si notaba algo. En realidad no sabía si ellos tenían el mismo cuerpo que los humanos y los demonios.
Suspiré aliviada al ver que sí. Según me habían contado, los ángeles no tenían relaciones entre ellos. Tal vez podría preguntarle a Yue sobre el tema, seguro que él sabía más que yo y me ayudaría a no quedar como una mentirosa.
Dejé fluir un poco de mi energía hacia su cuerpo, haciendo que sus quemaduras desaparecieran. Le dediqué una última mirada al cuerpo del ángel, que seguía con los ojos cerrados, y abrí la puerta de metal de mi habitación.
—Cuando vuelva espero encontrarte justo como te quedas ahora o te aseguro que te arrepentirás —gruñí, saliendo y cerrándola de golpe.
Sacudí mis alas negras y observé mis heridas un momento. Todas me las había hecho el maldito ángel al que yo no era capaz de torturar sin sentirme culpable.
Refunfuñé con enfado y salí a toda velocidad de la gruta, en dirección a donde sospechaba que encontraría a Yue. Él era el único demonio en el que confiaba un poco y sabía que respondería a todas mis dudas.
Observé los rayos que surcaban nuestro cielo oscuro y me dejé caer por uno de los agujeros, aterrizando en la sala donde estuve cuando llegué por primera vez al inframundo. Yue y otros ocho demonios se encontraban allí, torturando a quince almas humanas.
Caminé hacia donde estaba en silencio, sin hacer caso de las quejas y gritos que resonaban por la sala. Él me miró de reojo al verme a su lado.
—¿Qué haces aquí? Todavía te queda bastante tiempo libre.
Hice una mueca y avancé un poco más para que el resto de demonios no me escucharan.
—Quiero preguntarte algo sobre los ángeles.
Yue soltó al humano con el que estaba jugando a hacer acupuntura con alfileres muy gruesos y lo lanzó contra la pared, cerca de donde estaba otro demonio.
—¿Te estás divirtiendo con él? ¿Qué le has hecho por ahora? —preguntó con una sonrisa.
No hablé durante unos segundos, pensando bien en lo que debía decir para que no se diera cuenta de que mentía.
—Pegarle y quemarle, poco más. Cada vez que habla me cabrea.
Él hizo un gesto con la mano.
—No tengas prisa, tienes todo el tiempo del mundo para hacerle lo que quieras.
—¿Tú sabes si los demonios violan a los ángeles cuando los capturan? —pregunté en un susurro.
Yue me miró fijamente con el ceño fruncido y agarró uno de mis brazos, alejándonos más del resto de demonios.
—¿Quieres violarlo? No sé si podrás, Sakura. Aunque tengan el mismo cuerpo que nosotros, seguramente será imposible que consigas que se le ponga dura.
Me llevé un dedo a los labios, pidiéndole que se callara.
—Solo quiero saber si los demás lo han hecho alguna vez, siento curiosidad.
Yue miró a su alrededor y me contestó en voz baja.
—Que yo sepa, Lucifer siempre utiliza algún objeto para violarlos antes de matarlos. Le gusta torturarlos lo máximo posible, pero los demás no creo que lo han hecho nunca. Muy pocos ángeles sobreviven a las batallas, el tuyo es el quinto que capturamos con vida.
Apreté los labios, asintiendo.
—¿Vas a hacerlo? —preguntó Yue, mirándome a los ojos.
Le dediqué una mirada burlona.
—Tal vez... puede que sea entretenido.
Él sonrió y me dio un codazo.
—Me alegra ver que ya apenas queda rastro de la humana que alguna vez fuiste. Vuelve con él y sigue divirtiéndote.
Correspondí a su sonrisa y desplegué las alas, alzando el vuelo. Sentí que mi corazón se encogía mientras volvía a mi estancia.
El resto de demonios se lo dirían a Lucifer si descubrían que me sentía mal al herir al ángel, y él acabaría conmigo sin piedad.
Abrí la puerta de acero y volví a cerrarla con rapidez. El ángel seguía tumbado sobre mi cama, en la misma postura en la que lo había dejado.
Me aproximé sigilosamente y me senté en el borde junto a él. Aún tenía la respiración agitada y estaba sudando. Él no estaba acostumbrado al calor que hacía en el infierno.
Acerqué una mano a su rostro y aparté unos mechones castaños de sus ojos cerrados, observando sus cejas oscuras. ¿Serían todos los ángeles igual de hermosos que él?
Por lo que recordaba, el que se había metido en nuestra pelea no llamaba tanto la atención.
Recorrí con mis uñas el contorno de su cara, teniendo cuidado de no arañarle para que no se despertara. Me detuve en su barbilla, entrecerrando los ojos. Parecía no tener barba, tal vez a ellos tampoco les crecía. Había muchos demonios como Yue a los que no les salía nada de vello en el cuerpo.
Seguí descendiendo hasta su cuello, donde aún se veía la herida que le había hecho con mi espada. Apreté los labios y me maldije internamente por estar sintiéndome mal por él.
Continué bajando mis dedos por uno de sus brazos, deteniéndome en la muñeca donde tenía rozaduras y algo de sangre debido a las cadenas. Suspiré y cerré los ojos un momento, apretando los puños. Debía controlarme, no podía permitir que mis sentimientos humanos me dominaran.
Ese ser era mi enemigo y si mostraba debilidad sería mi fin. El diablo me atravesaría con su tridente de fuego sin dudarlo ni un segundo.
Volví a abrir los ojos lentamente, pensando en lo que iba a hacer con él, y me quedé helada al ver que sus ojos ámbar me miraban con mucha intensidad. Me levanté de un salto, con el corazón a toda velocidad.
—¿Qué haces mirándome así?
Él siguió observándome hasta que levanté una de mis manos, haciendo aparecer una bola de fuego en ella.
—No olvides quién manda aquí —siseé con rabia, gruñendo.
El ángel se rio muy bajito, provocando mi ira. Hice desaparecer el fuego y salté encima de él, rodeando su garganta con las dos manos.
—¿Te atreves a burlarte de mí? —pregunté, sintiendo mis ojos inyectados en llamas.
Lo escuché jadear y volvió a mirarme. Los suyos cambiaron a color dorado.
—Todo sería muy diferente si estuviéramos en igualdad de condiciones —respondió, con la voz entrecortada por culpa de mi agarre.
Le solté y chasqueé la lengua con molestia.
—No lo estamos ni lo estaremos, has caído en el inframundo y ahora eres mío. Te vencí, no tienes tus poderes y es mejor que lo aceptes cuanto antes.
—Nunca. Mátame ya y haznos un favor a los dos.
Sonreí con malicia.
—Te dije que vas a tardar bastante en morir, angelito.
Él puso los ojos en blanco.
—No eres capaz de herirme. Deja de intentar asustarme porque no lo vas a conseguir —contestó, levantando las cejas.
Mi sonrisa se amplió hasta mostrar mis colmillos.
—Hay muchas formas de torturarte sin hacerte daño. Por ejemplo... me han contado que vosotros no tenéis relaciones sexuales.
El ángel frunció el ceño.
—El mundo carnal no nos interesa en absoluto.
Arqueé una ceja ante su respuesta y me incliné sobre él, rozando mi cuerpo con el suyo.
—Será muy divertido hacerte caer en la tentación.
Él apretó los labios.
—No puedes, mejor ni lo intentes. Jamás podría sentirme atraído por una humana.
—Recuerda que no soy humana. Soy una criatura inmortal como tú —contesté, sonriendo de nuevo.
Recorrí la piel de su cuello con la nariz y sentí su cuerpo tensarse bajo el mío.
—Da igual lo que seas, no vas a conseguir nada.
Subí la cabeza, rozando su mandíbula con mis labios hasta que pude mirarlo a los ojos. Pude detectar un atisbo de nervios en sus iris ambarinos.
—Seguro que nunca has estado tan cerca de una mujer... ¿verdad? —pregunté, colocando las manos en su rostro.
—Pues claro que no. Me estás molestando, aléjate —gruñó, enfadado.
Me mordí el labio inferior y negué con la cabeza.
—Tampoco sabes lo que es un beso, ¿no? —murmuré, acercando mis labios a los suyos.
—Ni lo sé ni quiero saberlo.
Intenté besarlo y él trató de morderme, así que sujeté más fuerte su cabeza entre mis manos.
—Si me muerdes, te prometo que te haré esto durante mucho más tiempo. Puede que cientos de años.
El ángel resopló y se sacudió, intentando romper las cadenas.
—Tú no vas a ninguna parte —susurré, riendo entre dientes.
Junté mis labios con los suyos y los recorrí con la punta de la lengua lentamente. Él me seguía mirando fijamente con odio y no se movía, pero cerró los puños intentando contener su rabia. Seguí besándolo y acerqué el pulgar a su boca, obligándolo a separar los labios.
Introduje mi lengua y rocé la suya, que estaba totalmente quieta.
Continué besándolo durante un minuto más hasta que me alejé un poco de él. Tenía mala cara y sus ojos estaban dorados otra vez, señal de que se había enfadado.
—¿Te ha gustado? —pregunté con voz traviesa.
—Asqueroso.
Enterré mis manos en su pelo y me perdí en su mirada llena de rencor.
—No me puedes engañar... se te ha acelerado un poco la respiración. Has sentido algo.
El ángel hizo una mueca.
—Sí, arcadas.
Sonreí de lado y me levanté, alejándome de la cama.
—Ya veremos cuanto tiempo puedes seguir diciéndome eso —contesté, estirando mis alas negras.
