Capítulo Diez
Seduciendo al enemigo
Los días fueron pasando. La diablesa se marchaba a torturar almas durante horas pero siempre volvía, y yo seguía atado encima de su cama. Había intentado romper las cadenas cientos de veces, pero no lo conseguía.
Mis poderes parecían haber desaparecido y mi fuerza ya no era la misma, todo por culpa de estar atrapado en el inframundo. Ni mi cuerpo ni mi mente estaban preparados para resistir las energías malignas de semejante lugar.
Escuché el sonido metálico de la puerta al abrirse y decidí hacerme el dormido. Tal vez así me dejaría tranquilo un rato más. Sentí que la cama se hundía cuando ella se tumbó a mi lado, la escuché suspirar y moverse un poco, como si se estuviera colocando mejor.
¿Sería capaz de dormir? A lo mejor podía hacerlo al haber sido humana. Yo nunca había dormido, solo cuando me desmayé por culpa de las heridas que ella me hizo el día que me capturó.
Empezó a oír su respiración y me atreví a girarme un poco, abriendo los ojos. Hasta ese momento siempre que había estado en la cama conmigo le daba la espalda para no verla.
Ella estaba de lado igual que yo, con los ojos cerrados y una pequeña sonrisa en los labios. Parecía estar soñando con algo que le gustaba. La contemplé durante unos minutos, observando los pequeños gestos que hacía con la nariz y las cejas. Realmente era una criatura muy llamativa.
Sacudí la cabeza, molesto conmigo mismo por pensar en eso.
La diablesa llevaba días intentando seducirme. Me obligaba a besarla y me acariciaba mientras lo hacía, aunque siempre se frustraba cuando veía que mi cuerpo no reaccionaba como ella quería.
Últimamente estaba probando a quitarse su vestido delante de mí, quedándose en ropa interior de encaje y mostrándomela con descaro.
Seguía diciéndole que nunca iba a conseguir que me interesara por su cuerpo, aunque ella no pensaba rendirse.
La verdad es que no sabía si prefería que me torturara con dolor, porque su juego de seducción empezaba a asustarme. Trataba de disimular, pero sus besos habían dejado de parecerme desagradables y asquerosos.
Me maldije entre dientes, sacudiendo la cabeza. Estaba siendo una prueba realmente difícil para mí y estar debilitado tanto física como mentalmente no me ayudaba.
Ella abrió los ojos y me descubrió mirándola. Sonrió y levantó un poco la cabeza, apoyándola en una de sus manos.
—¿Todavía no me vas a decir tu nombre? —preguntó en un susurro.
—Prefiero que mis enemigos no lo sepan. Seguro que encontrarías la manera de usarlo en mi contra.
Ella levantó las dos cejas.
—¿Usarlo en tu contra? No sabía que se puede utilizar un nombre como algo malo —respondió, extrañada.
Apreté los dientes. Seguía pensando que no era una buena idea.
—Me gustaría saber tu nombre. Te aseguro que pensaré en ti cuando ya no estés aquí y preferiría poder llamarte de alguna forma para recordarte.
Me removí, incómodo por llevar tantos días tumbado y atado.
—Te lo diré si sueltas mis piernas.
Ella volvió a sonreír y chasqueó los dedos, haciendo que las cadenas de mis pies y de mis alas desaparecieran. Las de mis brazos se habían aflojado un poco, por lo que pude incorporarme y sentarme. Suspiré aliviado al ser capaz de moverme y me estiré, notando todos mis músculos doloridos.
—¿Mejor? —preguntó, mirándome a los ojos.
—Mucho mejor, gracias.
Desplegué mis alas blancas por primera vez desde que estaba en el infierno, volviendo a suspirar.
—Me debes tu nombre.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —pregunté, ignorándola.
—Desde que te capturé han pasado casi dos meses en el mundo humano.
Torcí el gesto, resoplando.
—Pensaba que había pasado menos tiempo. Espero que alguien esté cuidando de mi protegido.
Ella se incorporó hasta quedar frente a mí.
—¿Se te está haciendo eterna tu condena? —preguntó con voz burlona.
Me llevé las manos a la cabeza, masajeando un poco mis sienes.
—Desde que estoy aquí cada vez me siento peor. Es como si algo me ralentizara la mente.
—Te entiendo, a mí me pasaba lo mismo cuando... —murmuró, callándose de repente.
—Cuando eras humana. Puedo ver tu aura aunque no tenga poderes y hay restos de humanidad, no intentes negarlo.
Ella apretó la mandíbula, pero no dijo nada.
—¿Cuánto tiempo tardaste en convertirte en diablesa? —pregunté con curiosidad.
La vi negar con la cabeza.
—Aquí las preguntas las hago yo.
Los dos nos quedamos en silencio mientras seguía intentando aliviar mi dolor de cabeza con los dedos.
—He sido buena, ahora dime tu nombre —pidió en voz baja.
La miré de reojo y suspiré.
—Me llamo Syaoran.
La diablesa sonrió y se mordió el dedo índice.
—Syaoran... me gusta.
Fruncí el ceño. Sus jueguecitos me hacían sentir incómodo.
—¿Ya empiezas otra vez?
Ella me rodeó con sus brazos y se sentó sobre mis piernas, lo que me pilló por sorpresa.
—Me gusta tu nombre y me gustas tú, Syaoran. Llamaste mi atención desde la primera vez que te vi con tu armadura —susurró cerca de mi oído.
—Pues tú a mí no.
Escuché su risa junto a mi cuello.
—Mientes, pero no importa. Al final conseguiré que me digas la verdad.
—Los ángeles no mentimos —respondí, sacudiéndome para quitármela de encima.
Ella sujetó mis brazos, impidiendo que me moviera.
—El primer día me dijiste que, como no estás en el paraíso y vas a morir, las reglas ya no te importan. Seguro que ahora eres capaz de mentir.
Entrecerré los ojos. No pensaba que se pudiera recordar mis palabras.
—¿Tú no me vas a decir tu nombre?
Sus labios rozaron mi oreja.
—Solo si lo adivinas.
Puse los ojos en blanco y volví a suspirar.
—No voy a caer en tu trampa, ya te lo he dicho muchas veces.
La diablesa alzó la cabeza y acercó su rostro al mío.
—Ya sabes, no te atrevas a morderme o dejaré de portarme bien contigo —me advirtió, mirando mis labios.
Me tensé al saber lo que iba a hacer.
Empezó a besarme como todos los días. Primero rozaba mis labios lentamente y después los presionaba, pasando su lengua por encima. Ya no tenía que obligarme a abrir la boca, yo lo hacía sin protestar en cuanto notaba lo que pretendía.
Su lengua traspasó mis labios y cerré los puños. Seguía sin responder a sus besos, pero no podía evitar que mi pulso se acelerara cada vez que estábamos tan cerca. Ella sabía que eso era señal de que me afectaba, aunque fuera solo un poco.
Atrapó mi labio inferior entre los suyos, mordisqueándolo levemente con sus dientes. Cerré los ojos y fruncí el ceño, insultándome internamente al notar que eso me estaba gustando.
—Syaoran... —susurró entre mis labios.
Una sensación extraña me recorrió el cuerpo al escuchar mi nombre dicho de esa forma.
Algo se movió en mi entrepierna y abrí mucho los ojos, sorprendido. Ella también los abrió de golpe, al estar sentada sobre mí lo había notado.
Me dedicó una sonrisa traviesa y soltó mis brazos, subiendo las manos hasta mi pelo y enredando ahí sus dedos.
—Estás empezando a desearme —comentó con voz divertida.
La furia me invadió y mis manos empezaron a temblar. Por fin podía mover los brazos, así que aproveché para empujarla y lanzarla hacia atrás. Ella se dejó caer en la cama sin que la sonrisa se borrara de su rostro.
—Déjame en paz —exigí, cabreado.
—No pasa nada, Syaoran. No hay de qué avergonzarse —contestó, moviendo una pierna para que la raja de su vestido me mostrara su muslo.
Aparté la vista y resoplé con fastidio. ¿Cómo era posible que mi cuerpo respondiera a sus provocaciones? A los ángeles no nos afectaban cosas así, estábamos por encima de todo eso.
—Ya lo entiendo... es por estar debilitado. En condiciones normales nada de lo que haces conseguiría afectarme ni en mil años.
Ella volvió a acercarse y acarició mi brazo con sus uñas. Golpeé su mano y me alejé lo máximo que pude, que no era mucho.
—Sabes... desde que estás aquí ya no me interesan los demonios, ahora solo me llamas la atención tú.
Solté una carcajada.
—Apuesto a que te has acostado con medio inframundo. A los demonios os encanta el sexo y no tenéis ningún tipo de pudor.
—Ya sabes que soy diferente.
La miré fijamente.
—Sí, lo eres. No sé por qué intentaste negarlo al principio, se puede ver claramente que fuiste humana. Si tuviera mis poderes, quizás hasta podría leer tu retorcida mente.
Ella ladeó un poco la cabeza, con gesto sorprendido.
—¿Es que puedes leer las mentes humanas?
—Pues claro, soy un ángel de la guarda. Mi trabajo es entender y cuidar a mi protegido y para eso necesito conocer sus pensamientos.
Los ojos de ella centellearon y avanzó hacia mí, sentándose a mi lado.
—Y cuando tienen pensamientos impuros... ¿Qué haces? —preguntó con voz burlona.
Fruncí el ceño.
—También tengo que escucharlo, aunque cuando tienen relaciones con otros humanos dejo de vigilarlos y me voy a descansar un rato. No me gusta ver ni oír nada de eso.
Ella me dio un codazo en las costillas, riéndose.
—Seguro que en realidad todos los ángeles sois unos pervertidos y os divertís mirando a los humanos mientras tienen sexo —murmuró, levantando las cejas varias veces.
Puse los ojos en blanco.
—Ya te he dicho que no nos atrae lo carnal. La mayoría de nosotros los vigila todo el tiempo y solo descansa cuando su humano duerme.
—Lo que te decía, unos pervertidos a los que les gusta ver lo que ellos no pueden tener.
Unos golpes en la puerta nos interrumpieron. El rostro de la diablesa se endureció y me agarró de la cintura, haciendo desaparecer las cadenas de mis brazos.
Abrió sus alas y de un salto me llevó hasta la pared más cercana. Chasqueó los dedos y unas argollas aparecieron alrededor de mis cuatro extremidades, atándome a la pared.
—No hables —me advirtió en un susurro.
Caminó lentamente hasta la puerta y abrió. Un demonio de ojos azules y pelo blanco estaba tras ella. Entró y me miró con una chispa divertida en sus ojos.
—No lo veo herido. ¿Qué es lo que estás haciendo con él? —preguntó, girando la cabeza hacia ella.
—Prefiero dejar que se recupere del todo antes de volver a torturarlo —respondió la diablesa, encogiéndose de hombros.
Él sonrió con malicia.
—Tienes razón, creo que yo haría lo mismo. ¿Lo has conseguido ya?
Fruncí el ceño, sin entender de lo que estaban hablando.
—Todavía no, pero cada vez estoy más cerca. Por ahora solo he usado algunos juguetes en él, ya sabes —dijo ella, sonriendo falsamente.
Me extrañó ser capaz de distinguir sus sonrisas falsas de las verdaderas. Las que mostraba delante de ese demonio no tenían nada que ver con las que me dedicaba a mí.
El demonio se partió de risa.
—Joder, me encantaría ver eso —respondió entre carcajadas.
Ella soltó una risita y negó con la cabeza.
—El ángel es mío y no pienso compartirlo.
Él clavó sus ojos azules en los míos.
—¿Y si le enseñamos un poco de acción a este santurrón? Tal vez consigamos hacerlo vomitar si nos ve follando.
Un nudo se formó en mi estómago. Eso era algo repugnante que no quería ver jamás.
La diablesa frunció el ceño.
—Ya te he dicho que no lo comparto. La única que lo hace sufrir soy yo, Yue.
Menudo nombre más estúpido para un demonio.
Yue dio unos pasos hacia ella ella y tocó un mechón de su pelo cobrizo, enredándolo entre sus dedos.
—Desde que lo tienes no has tenido sexo con nadie. ¿De verdad no quieres? —preguntó, levantando una ceja.
—¿Y tú qué sabes si lo he hecho o no? ¿Acaso me vigilas?
—Que yo sepa, no has venido a vernos ni a Kurogane ni a mí. ¿Es que ahora compartes fluidos con algún demonio más?
—Kuro y tú ya me resultáis aburridos —gruñó la diablesa, resoplando.
Yue se acercó más y la besó en los labios, mordiéndola. Ella respondió mordiendo más fuerte, hasta que los labios de ambos sangraban.
La diablesa lo empujó, obligándolo a salir de la habitación.
—Por ahora me basta con lo que le hago a él, pero gracias por la oferta.
—Si cambias de idea, búscame —respondió Yue, desplegando sus alas negras.
Ella asintió y él se perdió de vista. Cerró la puerta con un golpe seco y volvió a acercarse a mí, gruñendo mientras se limpiaba las heridas de su labio con el dorso de una mano.
—Maldito demonio —refunfuñó entre dientes.
Me soltó y me dejó en la cama de nuevo, atando solo mis manos. La miré fijamente, parecía muy molesta.
—¿De qué estabais hablando?
—Es mejor que no lo sepas.
Salió de la habitación dando un portazo y, tras cerrar con llave, escuché el ruido de sus alas alejándose.
Sobrevolé todo el inframundo, intentando tranquilizarme. Odiaba que Yue me tratara como si fuera un objeto y detestaba que me clavara los colmillos en los labios.
Ver los rayos de cerca siempre me relajaba, pero aquel día no estaba funcionando.
Descendí hasta el suelo y me acerqué a uno de los lugares donde se recibía a las nuevas almas. Era la primera vez que me permitían hacerlo.
Un cuerpo apareció junto a mis pies, era un hombre vestido de traje. A los pocos segundos despertó y utilizó los brazos para incorporarse, quejándose al hacerse daño con las rocas puntiagudas.
La hoja con toda su información apareció ante mí. Me quedé de piedra al leer su nombre y una sonrisa gigantesca curvó mis labios.
Había llegado el momento de vengarme.
