Capítulo Once

Al descubierto


El hombre se sentó y miró a su alrededor, confundido.

—¿Quién eres? ¿Y dónde estoy? —preguntó con voz temblorosa.

Empecé a dar vueltas alrededor de él, caminando lentamente.

—Hace un rato has muerto, te han juzgado y han decidido que tus pecados son suficientes para que pases la eternidad en el infierno. Te doy la bienvenida en nombre de todos —respondí, quemando el papel con una bola de fuego y mirándolo a los ojos.

Él me observó durante unos instantes y sus ojos se abrieron como platos.

—Tú... no es posible. ¿Es esto una pesadilla?

Levanté una ceja.

—No, no lo es. Bienvenido, Kaito. Va a ser un placer torturarte, hoy me pillas de mal humor.

—¿Sa.. Sakura? —preguntó, tartamudeando.

Asentí sin dejar de sonreír y agarré del cuello de su traje, levantándolo en el aire. Adoraba ser muchísimo más alta que todos los patéticos humanos que estaban en el inframundo.

—No pude darte las gracias por despedirme, pero ahora lo haré.

El cuerpo de Kaito empezó a temblar y pude oler su miedo.

—No seas cobarde, jefe —añadí, alzando el vuelo.

Él gritó y cerró los ojos, agarrándose a mis brazos.

Descendí hasta la segunda planta y lo solté, dejándolo caer desde unos cuantos metros de altura. Él se quejó y se llevó la mano a la espalda. Sondeé su cuerpo, sonriendo al ver que tan solo tenía una luxación.

—¿Qué haces tú aquí? Se supone que estás muerta —dijo, resoplando.

Aterricé a su lado y recogí mis alas en la espalda.

—Y lo estoy, los dos lo estamos. Pero yo me he transformado en una preciosa diablesa que va a disfrutar mucho haciéndote daño.

Él tragó saliva y se alejó de mí, arrastrándose por el suelo. Sonreí de lado, su miedo me divertía.

—Así que al final te divorciaste, y después de eso te has dedicado a ofrecer puestos a las becarias a cambio de sexo. Muy mal hecho, Kaito —murmuré, negando con un dedo.

—¡Yo no he hecho nada malo! ¡No debería estar aquí! —gritó, asustado.

Puse los ojos en blanco y caminé hasta él.

—Todos decís siempre lo mismo, sois muy aburridos. Yo al menos lo acepté cuando llegué aquí.

Me agaché hasta que nuestros rostros estuvieron a la misma altura.

—¿Y esa chica a la que forzaste el año pasado en uno de los baños? ¿Eso también es mentira?

Sus ojos se abrieron, llenos de pánico.

—Yo no la forcé. Ella también quería, pero le gustaba hacerse la difícil.

Mi risa retumbó por toda la sala.

—Joder, no sabes lo que te espera... los violadores lo pasan muy mal aquí. Pero antes me divertiré un poco contigo —gruñí, rodeando su garganta con una de mis garras.

Él jadeó, intentando respirar.

—Te atreviste a tocar a una mujer en contra de su voluntad. No se puede ser más asqueroso —murmuré, clavando mis afiladas uñas en su pecho.

Él gritó al sentir como mi garra entraba dentro de su cuerpo.

La removí dentro, tocando todos sus órganos con mis uñas y disfrutando de sus gritos llenos de desesperación. Su sangre me manchó, pero no me importó. No me detuve hasta que se desmayó.

—Me das asco —bufé con desprecio, dándole una patada a su cuerpo tirado en el suelo.

Lamí la sangre de mi mano y la escupí.

—Hasta tu sangre es asquerosa.

Sujeté su brazo y desplegué las alas, dejándome caer por uno de los agujeros.

Atravesé sala tras sala hasta llegar a mi destino, una de las que estaban reservadas para los asesinos y los violadores. Lo lancé contra la pared y sonreí al escuchar sus gritos y cómo sus huesos se rompían.

Kurogane avanzó hacia mí. Él era un demonio mucho más sádico que Yue y por eso estaba a cargo de esa sala. Nunca lo admitiría delante de nadie, pero en nuestros encuentros ocasionales me daba bastante miedo.

—Cuánto tiempo sin verte, Sakura —gruñó, lamiendo mi mejilla manchada de sangre.

Sonreí, evitando mirar a mi alrededor y tratando de ignorar los gritos.

—Este violó a una mujer, aparte de otras cosas —dije, señalando el cuerpo de Kaito.

—Tranquila, nosotros nos encargamos —respondió con una sonrisa malvada.

Asentí y desplegué mis alas.

—¿No quieres quedarte a mirar? —preguntó, levantando una ceja.

—Prefiero volver y entretenerme con mi angelito.

Él asintió con gesto divertido y yo levanté el vuelo, atravesando los agujeros a toda velocidad hasta llegar a la superficie. Solté un gruñido y decidí regresar a mi estancia, aunque me tocaría volver a enfrentarme a Syaoran.

Al entrar vi que él seguía sentado sobre la cama, y sus ojos se fijaron en mí.

Chasqueé los dedos y una enorme bañera llena de agua caliente se materializó en una esquina. Me metí en el agua, haciendo desaparecer mi ropa al estar dentro y empecé a lavarme para quitarme la sangre de aquel infeliz.

Syaoran no dijo nada y estuvimos en silencio, retándonos con la mirada. Solo apartó la vista cuando me levanté para salir de la bañera. Me sequé con una toalla y volví a hacer aparecer mi vestido rojo.

—Llevas mucho tiempo aprendiendo a disimular, pero a mí no me engañas. En el fondo no eres malvada.

Fruncí el ceño y le mostré mis colmillos, notando que mis manos empezaban a temblar. Acumulé mi energía demoníaca en ellas y en unos segundos mis puños estaban envueltos en llamas.

—Si vuelves a decir algo así, te enseñaré de lo que estuve hablando con Yue y lo hija de puta que puedo ser.

Él guardó silencio, pero no dejó de mirarme.

Decidí intentar asustarlo, eso siempre se me daba bien con las almas humanas. Chasqueé los dedos y varios consoladores de diferentes tamaños y formas aparecieron sobre el colchón, delante de él.

—¿Cuál prefieres que pruebe primero contigo? Me estoy planteando meterte uno de estos ardiendo —dije, alzando una ceja y sonriendo con malicia.

El ángel seguía sin despegar sus ojos de los míos.

—No eres capaz.

Alargué mi mano y cogí uno de los vibradores, que empezó a arder entre mis dedos al instante.

—¿Intentas retarme, angelito? —añadí con voz burlona, acercándome más.

Vi que fruncía el ceño, como si estuviera concentrándose.

—Tú... me recuerdas mucho a una humana que murió hace tiempo.

Mi corazón se encogió y el fuego alrededor de mis manos se apagó.

—¿Qué? —pregunté, sintiendo un escalofrío.

—El humano al que yo protegía tenía una hermana que murió en un accidente. Desde que me trajiste aquí estoy pensando en que me recuerdas a alguien, y creo que es a ella.

Yo seguía paralizada, sin saber qué decir.

Tragué saliva con nerviosismo. No podía estar hablando de Touya. Hacía casi siete años de mi muerte y no había vuelto a saber nada de él, desde el día que llegué al inframundo y me mostraron mi funeral.

El ángel cerró los ojos y suspiró.

—¿Cómo se llamaba? No... no consigo recordarlo.

Sacudí la cabeza y volví a avanzar hacia él, cerrando el puño sobre el cuello de su camiseta.

—Cállate ya o te cortaré la lengua. No me interesan tus desvaríos mentales.

Él abrió los ojos de nuevo, atravesándome con sus iris dorados.

—Sakura.


La piel rojiza de la diablesa palideció en cuanto escuchó ese nombre salir de mis labios, y entonces supe que había dado en el clavo.

Sonreí interiormente. Se notaba demasiado que en su vida anterior había sido una humana. No hacía mucho que había dejado de serlo porque aún tenía sentimientos y reaccionaba igual que ellos.

Pero no podía dejar de preguntarme por qué una chica como ella había terminado en el inframundo y convertida en demonio.

Su respiración estaba muy alterada, debía estar pensando en lo que iba a hacer ahora que había descubierto su secreto. ¿Lo sabría el resto de demonios?

—No sé quién es esa tal Sakura, pero te equivocas. Yo no me llamo así —respondió con voz grave.

Levanté las dos cejas con incredulidad.

—Touya te echa mucho de menos. Sufre depresión desde el día de tu muerte.

Vi claramente como apretaba los puños, intentando contener su reacción.

—¡Cállate de una vez, joder! —gritó, enfadada.

El fuego envolvió todo su cuerpo y hasta su pelo se volvió de color rojo. Estaba realmente furiosa.

Dio unos pasos en mi dirección y yo traté de alejarme, pero apenas podía moverme por la forma en la que estaban atados mis brazos. Alargó una de sus manos hacia mí, dispuesta a hacerme daño.

—Yo no soy tu enemigo, Sakura. No quiero hacerte nada malo.

Su mano se detuvo a centímetros de mi garganta, temblorosa.

—Deja de decir ese nombre —escupió entre dientes.

—¿Por qué? ¿No quieres saber cómo está tu hermano?

—No puedo saber nada del mundo mortal. Ya basta.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué no?

—Si descubren... si se enteran de que aún queda algo de humana en mí, de que siento algo bueno por alguien... me destrozarán —murmuró con voz ahogada.

El fuego alrededor de su cuerpo empezó a apagarse hasta desaparecer y se abalanzó sobre mí, asustándome. Rodeó mi cuello y sollozó contra mi hombro.

—No vuelvas a mencionar a Touya, por favor. No puedo soportarlo.

Su reacción me bloqueó por completo. No me esperaba que le afectara tanto.

—Tranquila, él está bien. Poco a poco va mejorando, incluso tiene novia desde hace un par de años.

Sakura levantó la vista con sus ojos llenos de lágrimas.

—¿Touya tiene novia? —preguntó, muy sorprendida.

Asentí, sonriendo. Ella respondió tímidamente a mi sonrisa y suspiró, relajándose un poco.

—Entonces no está solo.

—No, no lo está.

La diablesa se separó un poco de mí, secándose las lágrimas con el dorso de una mano.

—En realidad no quieres hacerme daño... ¿verdad? —pregunté, levantando una ceja.

Ella apretó los labios y frunció el ceño.

—Eres tú o yo, y prefiero que sufras tú.

—Tendrás problemas si se enteran de que no me estás torturando, ¿no?

Los ojos de Sakura se volvieron rojos y se aproximó de nuevo a mí, que seguía sentado en la cama.

—Nadie te creerá, es tu palabra contra la mía.

—No pensaba delatarte.

Ella arrugó la nariz y se sentó a mi lado, cruzando las piernas.

—Tengo que hacerte daño y al final morirás, no puedo evitarlo. Intentaré que Lucifer sea lo más rápido posible para que no sufras mucho —dijo en voz baja, evitando mi mirada.

—¿Y si me sueltas?

Sus ojos, que volvían a ser verdes, se enfrentaron a los míos.

—¿Crees que puedes escapar? Te recuerdo que estás atrapado en el infierno y la frontera con tu mundo no volverá a abrirse hasta dentro de cuatro años.

—No quiero escapar, pero estoy muy incómodo.

Ella bufó y chasqueó los dedos, haciendo que todas las cadenas que me sujetaban desaparecieran. Me levanté despacio y desplegué mis alas blancas, resoplando. Tantos días sin volar me estaban pasando factura, las tenía agarrotadas.

Me acerqué un poco más a ella y observé su cuerpo. Dos cuernos algo retorcidos nacían en lo más alto de su frente, pero sus ojos verdes eran idénticos a cuando era humana. El color de piel era muy diferente y el cuerpo le había cambiado un poco, aunque al final había sido capaz de reconocerla.

Tras treinta y cuatro años observando a mi humano, había visto a su hermana pequeña cientos de veces hasta que ella murió de repente. Empecé a recordar los pensamientos de Touya sobre Sakura. Siempre había estado preocupado por el tipo de vida que llevaba, aunque nunca entendí el porqué.

Pero si estaba en el infierno era porque sus pecados fueron graves y cayó en él tras ser juzgada el día de su muerte.

Sakura tenía el ceño fruncido y la mirada perdida en el infinito. Se llevó ambas manos al rostro, arañándose la piel con sus largas uñas.

—¿Qué voy a hacer ahora? Vamos a morir los dos —murmuró con agonía, sacudiendo la cabeza.

Levanté una mano y rocé su mejilla.

—No morirás. Yo te protegeré.

Ella dejó caer sus manos y me miró, sorprendida.

—¿Vas a protegerme? ¿A la diablesa que te ha quemado, herido y jugado contigo? —preguntó, resoplando con burla.

Asentí lentamente.

—Sigues teniendo algo de humana y yo existo para proteger a los humanos, Sakura. No diré nada, puedes confiar en mí.

—No confío en nadie —respondió, apartando mi mano.

Suspiré y miré a mi alrededor.

—Lo entiendo, seguro que en este lugar no te puedes fiar ni de tu sombra.

—Exacto.

—Tal vez podría ofrecerte un trato.

Ella me miró fijamente, frunciendo el ceño.

—¿Tú? ¿Un trato?