Capítulo Doce
La oferta
—Si no me vuelves a hacer daño y me mantienes con vida la próxima vez que se rompa la barrera, los dos podríamos intentar escapar de aquí.
Ella soltó una risa cargada de amargura.
—Es imposible que tú salgas del inframundo con vida y, además, en cuanto yo ponga un pie en el paraíso Aureus me matará —respondió, bufando.
—Yo no lo permitiré.
Sakura apartó la mirada.
—No puedo creerte, Syaoran.
Coloqué mi mano sobre la suya.
—Yo te defenderé y me responsabilizaré de ti. Permaneceré a tu lado hasta que aprendas a cuidar de los humanos, te enseñaré todo lo que hay que saber sobre el paraíso y podrás ser feliz allí. No tendrás que volver a torturar a nadie.
Sakura entrecerró los ojos y apartó su mano.
—En realidad disfruto bastante las torturas. Sé que se las merecen y las que yo hago no son demasiado crueles.
—Supongo que cada vez te irá costando menos hacer daño a las almas, hasta que llegue el momento en el que perderás totalmente tu humanidad y serás igual que el resto de demonios.
Ella me miró de reojo.
—Eso es lo que quiero, que deje de afectarme el sufrimiento de los demás cuanto antes.
—Pues el mío te afecta bastante.
Los ojos de Sakura se volvieron rojos.
—No te creas especial, angelito. Tú no has hecho nada malo, por eso me cuesta hacerte daño... aunque intentaste matarme, no lo olvides.
—Y tú intentaste acabar conmigo —contesté, soltando un resoplido.
—Lo sé, y a veces creo que debería haber llamado a Lucifer para que te matara cuando te corté el cuello. Así no tendría estos problemas —gruñó entre dientes.
Fruncí el ceño, molesto por sus palabras.
—Entonces llévame con él y haz ahora lo que no hiciste entonces
Ella apartó la mirada, cuadrando la mandíbula.
—No puedo. La verdad es que te he cogido cariño —admitió en un susurro.
Aquello me sorprendió y giré la cabeza para observarla. Me estaba dando la espalda y su pelo caoba caía entre sus alas llenas de plumas negras. Alargué una mano y rocé sus alas, comprobando que tenían el mismo tacto que las de los ángeles.
—En realidad tú y yo no somos tan diferentes.
Ella miró sobre su hombro.
—¿Eso crees? —preguntó, alzando una ceja en mi dirección.
—Tus plumas son tan suaves como las mías, la única diferencia es el color. Nuestros cuerpos son parecido y tenemos casi la misma altura. Ángeles y demonios éramos iguales hace milenios, hasta que Lucifer y sus secuaces intentaron rebelarse y fueron expulsados bajo amenaza de muerte.
—¿Tú estabas cuando pasó eso? —preguntó Sakura con curiosidad.
Asentí, desviando la mirada.
—Lo recuerdo muy bien. Lucifer era como yo, sus alas blancas eran incluso más grandes que las mías.
—No puedo imaginármelo de angelito inocente —respondió ella, conteniendo la risa.
Sonreí de lado y sacudí la cabeza.
—No tenía nada de inocente. Siempre se estaba quejando y diciendo que deberíamos hacer las cosas de otra forma. Supongo que lo que pasó fue obra del destino.
Sakura se movió y apoyó la cabeza en mi hombro, sorprendiéndome de nuevo.
—No sé si seré capaz de confiar en ti, Syaoran. No confiaba en nadie ni cuando era humana.
Era la primera vez que estaba junto a mí y no intentaba seducirme, pero mi cuerpo ya reaccionaba a su cercanía sin que pudiera hacer nada para controlarlo. El pulso se me aceleró y mi mente se concentró en la sensación de su calor corporal sobre mi hombro y de su aliento rozando una de mis manos.
Apreté los dientes y solté el aire lentamente, tratando de relajarme.
—Podrías probar a hacerlo por primera vez en tu vida. A lo mejor descubres que merece la pena —contesté en voz baja.
Ella me miró a los ojos, sin despegar su mejilla de mi hombro.
—Eres tan guapo... y pareces ser muy bueno, supongo que todos los ángeles lo sois. Tal vez podría intentarlo.
Fruncí el ceño, odiando que me recordara que me veía hermoso. Era raro el día que no me lo decía desde que estaba allí atrapado.
—Voy a intentar confiar en ti, Syaoran. Todavía queda muchísimo tiempo hasta que llegue el próximo equinoccio, podremos planear bien lo que vamos a hacer y conocernos mejor.
—¿Conocernos mejor? —repetí, confundido.
Ella me dedicó una sonrisa.
—Si quieres que confíe en ti tienes que mostrarme cómo eres en realidad. Quiero conocer al Syaoran verdadero.
—Ese es el que conoces —bufé, arrugando la nariz.
—Apenas sé cosas sobre ti aparte de que eras el ángel guardián de mi hermano. Necesito saber más.
Puse los ojos en blanco y suspiré.
—De acuerdo. Puedes hacerme preguntas y yo trataré de responderlas.
Ella se dejó caer hasta que tuvo la cabeza en mi regazo.
—Ahora no, estoy cansada... ¿Me das un masaje? —preguntó con voz inocente.
Levanté una ceja.
—¿Otra vez con tus jueguecitos?
Sakura se rio entre dientes.
—Me gusta estar contigo, no creas que estos meses he estado fingiendo. Me da mucha rabia que todavía no hayas respondido a ninguno de mis besos... pero al menos ya sé que no te resulto indiferente —dijo, con sus ojos verdes fijos en los míos mientras se tocaba los labios con el dedo índice.
Noté que todo mi cuerpo se tensaba y aparté la mirada.
—¿Qué fue lo que hiciste para terminar en el infierno? Llevo mucho tiempo preguntándomelo —murmuré, fijando la vista en la puerta de metal.
No respondió y busqué su mirada. Sus ojos habían cambiado a color rojo.
—La verdad es que no quiero hablar de eso.
—Es justo que yo también te conozca, ¿no crees?
Sakura se mordió el labio inferior, pensativa.
—No te va a gustar... y yo quiero gustarte.
Resoplé con fastidio y me llevé una mano al rostro, cubriéndome los ojos.
—Deja ya eso, por favor.
—No puedo.
Aparté la mano y ella me estaba mirando fijamente.
—No estoy mintiendo, Syaoran. De verdad me gustas mucho.
Cerré los ojos y suspiré.
Sabía que la única razón por la que me afectaban sus palabras y su presencia era porque estaba muy debilitado por estar en el inframundo, pero aun así me frustraba mucho sentir lo que estaba sintiendo. No era normal en mí ni en un ángel del paraíso.
—Te he visto llegar aquí muchas veces manchada con la sangre de las almas humanas, sé que no eres una buena persona. No me voy a sorprender al saber que tampoco lo eras antes.
Su entrecejo se arrugó un poco.
—Sí era buena persona, al menos al principio. Pero poco a poco cambié y me empezó a dar todo igual.
Su cabello estaba rozando una de mis manos. Sin darme cuenta empecé a acariciar uno de sus mechones, atrapándolo entre mis dedos.
—Cuando un humano empieza a actuar mal, suele ser porque se ha quedado sin ángel de la guarda durante un tiempo. Es cuando los demonios aprovechan para tentar su alma y muchas veces consiguen que cometa algún pecado, alejándolo así del paraíso. Una vez que el alma de un humano se ha corrompido, es muy difícil recuperarla.
Ella abrió mucho los ojos en un gesto de sorpresa.
—¿Crees que cambié porque mi ángel de la guarda me abandonó?
—No te abandonó. Seguramente fue a luchar junto al resto de nosotros en algún equinoccio.
Sakura hizo una mueca.
—Puede que tengas razón.
—¿Cómo eras de humana? —pregunté con curiosidad.
Ella se incorporó y levantó su rostro hasta tenerlo a la misma altura que el mío.
—Te lo contaré a cambio de algo.
Me alejé un poco, incómodo al tenerla tan cerca.
—¿Qué es lo que quieres?
—Un beso.
Entrecerré los ojos con odio.
—Ya te he dado muchos besos.
Ella levantó una mano y negó con el dedo índice, sonriendo.
—Soy yo la que te ha besado muchas veces. Tú simplemente me dejas hacerlo para que no me enfade contigo y te deje aquí encerrado durante siglos.
Hice una mueca de disgusto.
—No me gustan los besos, ya deberías saberlo.
Sakura se acercó mucho más, provocando que nuestras narices se rozaran.
—Eres un angelito mentiroso. Mis besos te gustan —susurró, mirándome a los ojos.
Me eché hacia atrás para alejarme de ella y giré la cabeza, fastidiado. Jamás reconocería algo así.
Una de sus manos se hundió en mi pelo, provocándome escalofríos.
—Solo un beso, Syaoran... y te contaré todo lo que quieras —dijo, mientras con la otra mano me obligaba a girar la cabeza y mirarla.
En realidad ya estaba más que acostumbrado al roce de sus labios, por imitar lo que ella hacía una vez no iba a pasar nada. Después de tantas semanas estaba muy aburrido y por fin Sakura estaba dispuesta a darme conversación sobre algo que no fuera el inframundo.
—Bien, pero solo uno —acepté en voz baja.
Una sonrisa curvó sus labios.
Aprovechó que estaba sentado en la cama para ponerse encima de mí y rodeó mi cuello con sus brazos, acariciándome el pelo con suavidad. Poco a poco se acercó a mi rostro y sentí su aliento sobre mis labios.
—Cierra los ojos.
Decidí hacerle caso por una vez.
Me costaba creer que Syaoran hubiera accedido a darme un beso, pero lo tenía delante y con los ojos cerrados, esperando a que yo empezara.
Podía sentir sus nervios y eso me encantaba. Por mucho que lo negara, sabía que disfrutaba al tenerme tan cerca. Si esto solo iba a pasar una vez... me aseguraría de que fuese el mejor beso de su vida.
Besé primero su mejilla, descendiendo lentamente hacia los labios que tanto me gustaban. Tuve que contenerme para no gritar de alegría cuando noté que se estaban moviendo. Por primera vez iba a responder a mis besos.
Me centré primero en su labio inferior, besándolo y acariciándolo con la punta de la lengua. Incluso lo mordí un poco, con cuidado de no herirle con mis colmillos.
Poco a poco él empezó a dejarse llevar y los separó sin que yo tuviera que decírselo. Nuestras lenguas se rozaron y ahogué un gemido cuando la suya entró en mi boca lentamente.
Bajé una de mis manos por su espalda muy despacio, tocando sus alas, y al llegar al final de su camisa la levanté, metiéndola por debajo y volviendo a subir mientras acariciaba su piel con mis uñas. Sus labios se paralizaron un segundo al sentir mis caricias, pero enseguida volvieron a besarme.
Un escalofrío bajó por mi columna cuando colocó sus manos a ambos lados de mi rostro, tocándome el cuello con la punta de sus dedos. Para no saber dar besos, el angelito me estaba destrozando con uno.
Enterré más mis dedos en su pelo de color chocolate, atrayéndolo hacia mí para que el beso fuera aún más profundo. Syaoran jadeó sin querer y trató de apartarse, pero yo no pensaba soltarlo todavía.
Fundí mi lengua con la suya y lo empujé hacia atrás, haciendo que cayera sobre la cama. Sus manos temblaron un segundo, pero no las apartó de mi rostro. Sabía que estaba intentando controlarse.
Me coloqué encima de él sin dejar de besarlo y sonreí entre sus labios cuando sentí que algo despertaba dentro de sus pantalones. Me alejé unos centímetros, lo justo para poder mirarlo. Él seguía con los ojos cerrados y estaba frunciendo el ceño.
Volví a besar su mejilla, descendiendo poco a poco hasta su cuello. Ahí dejé un rastro de besos húmedos y aproveché para succionar un poco, acariciando su piel con los dientes.
Syaoran bajó los brazos y lo escuché suspirar.
—Creo que ya he cumplido mi parte —murmuró con voz grave.
Me aparté de su clavícula y levanté la cabeza. Sus ojos ámbar me miraban de forma extraña y su respiración era irregular. Sonreí, rozando su mejilla con los dedos.
—Sí, y ha sido uno de los mejores besos que me han dado —reconocí en un susurro.
Él puso los ojos en blanco, resoplando.
—Si de verdad quieres salir de aquí y venir al paraíso, deberías empezar a dejar de mentir... al menos cuando estés conmigo.
Fruncí el ceño, enfadada.
—No miento, Syaoran. Los demonios besan fatal, les gusta morder y siempre me hacen heridas. Y los humanos con los que estuve no ponían mucha atención a los besos que me daban, les interesaban más otras cosas.
Él me seguía mirando sin decir nada. Dejé un último beso sobre sus labios y me quité de encima, sentándome a un lado. Syaoran se incorporó, apoyándose en sus hombros, y me miró de reojo.
—Has hecho lo que te he pedido y creo que te mereces un premio.
Chasqueé los dedos, haciendo aparecer una bañera.
—Puedes lavarte si quieres. Está a una temperatura buena y te prometo que no miraré. Después responderé a todas tus preguntas —añadí, dándole la espalda y tumbándome en la cama.
Tras un momento de silencio escuché su voz.
—Gracias, Sakura.
El ruido del agua me confirmó que había aceptado bañarse. Todavía tenía la ropa y el cuerpo manchados con la sangre de las heridas que le hice al capturarlo meses atrás.
Hice un gesto con mi mano, haciendo aparecer una toalla a los pies de la cama para que se secara al terminar.
—¿Y si hablamos ahora? Me gustaría quedarme aquí dentro un rato.
Me giré, encontrándome con la imagen de Syaoran metido en la bañera redonda. Desde donde estaba solo podía ver su cuello y la parte más alta de sus pectorales, aunque de haber estado tantas veces cerca de él sabía de sobra que tenía un cuerpo increíble.
Reprimí un suspiro al ver las gotas de agua que caían por sus brazos. Se había apoyado en el borde de la bañera y no apartaba sus ojos de los míos.
—Está bien... ¿Por dónde prefieres que empiece?
