Capítulo Trece

Preguntas sin respuesta


—Háblame de tus padres.

Torcí el gesto. No me gustaba pensar en ellos.

—Seguramente aún sigan vivos, supongo que tú lo sabes.

Syaoran asintió, moviendo sus alas dentro del agua.

—Siguen con vida, aunque tienen poco contacto con Touya.

—Nunca fueron muy cariñosos, y cuando cumplí dieciséis años mi relación con ellos se estropeó todavía más. A esa edad fue cuando empezaron mis problemas.

Él me miraba de reojo mientras tiraba su ropa rota, sucia y mojada al suelo. Solo con mirarla la hice desaparecer.

—Tuviste que verme mucho cuando era pequeña, ¿no?

—Sí, pero no te prestaba atención. A mí solo me importaba mi protegido Touya y apenas me fijaba en ti.

Me encogí de hombros, suspirando.

—Era una niña bastante tímida y formal. Mis padres querían que fuera sumisa y no les complicara la vida, pero con esa edad conocí a varios chicos más mayores. Se convirtieron en mis amigos y me enseñaron cosas que no conocía. Comencé a salir por las noches, a beber y a fumar. Probé algunas drogas y descubrí que tener sexo sin compromiso era muy divertido.

Syaoran hizo una mueca de disgusto.

—Seguramente ahí fue cuando tu ángel de la guarda tuvo que dejarte para luchar y los demonios te tentaron a través de esos chicos.

Chasqueé la lengua, quitándole importancia.

—Pues fueron los mejores años de mi vida. Hacía lo que me daba la gana y me daba igual lo que los demás pensaran de mí. Mis padres no aceptaron mi nueva forma de ver la vida, empezaron a distanciarse y cuando cumplí dieciocho me echaron de casa.

—Me acuerdo de ese día. Touya lo pasó fatal —comentó él en voz baja.

—Seguía siendo buena en los estudios y conseguí una beca para la universidad. Hice mi carrera y en cuanto la terminé me mudé a Tokio con Tomoyo. Las dos encontramos trabajo pronto y al poco tiempo decidí que prefería vivir sola, sin tener que dar explicaciones a nadie sobre lo que hacía.

—¿Cómo fue tu muerte? —preguntó el ángel, apoyando los codos en el borde de la bañera.

Fruncí el ceño. La verdad es que ese era un día que prefería no recordar.

—Fue un mal día. Me tiré a mi jefe para conseguir un puesto mejor, pero en vez de eso él me despidió. Al volver a casa ignoré los gritos de unos policías y pasé por una zona en obras, cayendo en un foso que había en mitad de la calle y lo siguiente que recuerdo fue despertar en este lugar.

Syaoran me observaba con gesto pensativo. Habría dado cualquier cosa por saber lo que estaba rondando por su cabeza en ese momento.

—¿Quién te convirtió en diablesa?

—¿No es evidente? Lucifer, solo él puede hacerlo —contesté, levantando las dos cejas.

Él arrugó el entrecejo, muy enfadado.

—No debería hacerle eso a las almas. Es despreciable.

—Lo prefiero así. Los cuatro años que pasé aquí como humana fueron horribles y me costó mucho soportarlo todo.

—¿Por qué te eligió a ti de entre todas las almas que hay en este lugar te eligió a ti? —preguntó con curiosidad.

Yo le dediqué una sonrisa.

—Porque yo era la única que no lloriqueaba ni suplicaba cuando me torturaban. Aceptaba lo que me hacían y mis comentarios les resultaban graciosos a los demonios.

—¿Sabes que hubo un humano que también se convirtió en demonio hace tiempo? —dijo Syaoran, arqueando una ceja.

—Algo he oído, pero no sé lo que pasó con él.

El ángel se sumergió completamente en el agua y volvió a salir con el pelo mojado, haciendo que los latidos de mi corazón cambiaran el ritmo. Clavó en mí sus ojos ambarinos y siguió hablando.

—Recuerdo haberlo visto en una de las batallas, lo reconocí por su aura. Dudó al atacar a un ángel y por eso acabó malherido en el suelo del inframundo. Cuando la batalla terminó y nos estábamos alejando, vi a Lucifer acercarse a él y le escuché gritar que no era digno de ser un demonio antes de atravesarlo con su tridente de fuego.

Me estremecí sin poder evitarlo.

—Por eso no deben saber que te trato bien. Acabaría igual que él.

—Yo no pienso decir nada, tu secreto está a salvo conmigo —aseguró él, arrugando el entrecejo de nuevo.

—Más te vale. Si yo muero, te aseguro que tú serás el siguiente —gruñí con voz grave.

Syaoran apartó la mirada y resopló, mirándose las manos.

—Creo que debería salir ya. Date la vuelta.

Me giré y lo escuché salir del agua.

—Avísame cuando estés seco para que te vista.

Me moría de ganas de darme la vuelta para verlo, pero decidí ser buena. Se lo merecía por haber accedido a besarme.

No tardó en lanzar la toalla mojada a mis pies.

—Ya lo estoy.

Chasqueé los dedos y me senté en la cama. Syaoran volvía a estar vestido con ropa blanca, una camiseta con agujeros en la espalda para sus alas y unos pantalones bastante cómodos.

—¿Se parece a lo que llevabas antes?

—Bastante, gracias —dijo, sentándose a mi lado.

Me puse de pie sobre el colchón, estirando mis alas negras.

—Debo marcharme, ya me estarán esperando.

—Intenta no ser muy cruel con ellos.

Dejé salir una risita burlona y me di la vuelta para mirarlo antes de salir por la puerta.

—Pues claro que seré cruel. Después de todo, soy una diablesa.

Con un gesto hice aparecer las cadenas en sus muñecas, atándolo de nuevo a la cama. Le dediqué una última sonrisa y salí, asegurándome de cerrar bien la puerta.

Me colgué la llave al cuello, como todos los días, y salí volando hacia el centro del inframundo.


Estaba en mi sala con varios demonios más, torturando a los humanos que me tocaba ese día. Uno de ellos me estaba cansando con tanto lloriqueo así que le di un mordisco en el cuello, haciendo que gritara.

—Cállate de una vez o a la próxima te arrancaré un ojo.

El humano guardó silencio al instante.

Escuché el ruido de unas alas y vi que Lilith acababa de aterrizar a mi lado.

—¿A qué debo esta maravillosa visita? —pregunté con sarcasmo.

—Lucifer quiere hablar contigo. Sígueme.

Fruncí el ceño al no entender el motivo y desplegué mis alas. No debía hacer esperar al rey del infierno.

Volé tras ella, atravesando todas las plantas hasta llegar a la más profunda... esa gran sala casi circular donde estaba el trono del diablo.

Esa vez no me asusté al ver sus ojos rojos mirándome fijamente desde la oscuridad. Las lámparas se encendieron y Lucifer me observó con gesto divertido.

—¿Cómo está mi diablesa favorita? —dijo con una sonrisa tétrica.

Me mantuve en silencio, haciendo una pequeña reverencia ante él.

—¿Te diviertes con tu prisionero? —preguntó, apoyando el rostro en una de sus manos.

Le dediqué una gran sonrisa.

—Muchísimo.

Él se levantó y dio unos pasos hacia Lilith, que estaba de pie a mi lado. La agarró bruscamente del pelo y tiró de ella hasta que tuvo su cuello a la altura de los colmillos, mordiendo con fuerza. Escuché un gemido de placer de Lilith que me hizo apartar la mirada.

—Avísales a todos, será mañana por la noche —susurró Lucifer en su oído.

Ella asintió y salió disparada hacia arriba, perdiéndose por uno de los agujeros. Volví a mirar a Lucifer, que estaba limpiando la sangre de su barbilla con el dorso de su mano.

—¿Qué va a pasar mañana? —pregunté con curiosidad.

—Vas a ir a tu primera fiesta en el inframundo —respondió él, volviendo a sentarse en su trono.

—¿Fiesta? —repetí, sorprendida.

—Nos gusta hacer una cada vez que conseguimos matar a más de cinco ángeles. Esta vez cayeron siete, así que hay que celebrarlo. Lo había olvidado por completo, pero hoy me lo han recordado.

—¿Y qué es lo que necesitas de mí?

Los ojos llameantes de Lucifer volvieron a buscar los míos.

—Las fiestas las hacemos aquí y nos gusta encadenar a humanos en las paredes para que disfruten del espectáculo. Pero este año tenemos a un angelito entre nosotros, y quiero que él también lo vea todo.

Una sensación desagradable me bajó por la garganta.

—¿Quieres que mañana lo traiga y lo encadene en la pared?

—Sí, junto al resto de humanos —dijo Lucifer, asintiendo.

—Me parece una buena idea —contesté con una sonrisa falsa.

Él correspondió a mi sonrisa.

—Ya verás, en estas fiestas somos nosotros mismos... los humanos lo pasan fatal viendo lo que hacemos y apuesto a que el ángel lo pasará aún peor —murmuró, soltando una carcajada.

—Suena divertido.

—Lo será. Ahora vuelve al trabajo- gruñó, haciendo un gesto con su mano.

Volví a inclinarme y alcé el vuelo al instante, atravesando todas las salas hasta regresar a la mía mientras suspiraba. Cada vez me costaba más fingir delante del resto de demonios.

Durante el resto del día estuve planeando lo que iba a hacer. Todo el mundo iba a ver a Syaoran y no podían darse cuenta de que no estaba sufriendo al estar conmigo.


La puerta se abrió y Sakura entró. Tenía mala cara y estaba manchada de sangre, como casi todos los días. Sin mirarme, hizo aparecer la bañera redonda que tanto le gustaba y yo aparté la vista, consciente de que iba a desnudarse.

No volví a mirar hasta que escuché su voz.

—No tengo buenas noticias para ti, angelito.

Nuestros ojos se encontraron y fruncí el ceño.

—¿Qué ha pasado?

—¿Esto? —preguntó ella, señalando sus cabellos llenos de sangre. —No es nada, humanos estúpidos que me cabrean.

Apreté los labios, molesto.

—Cada día que pasa te afecta menos su dolor. Puede que en el próximo equinoccio ya no quieras escapar de aquí y me entregues a Lucifer para que me mate.

Sus ojos cambiaron a color rojo.

—Pues intenta que eso no pase y no me hagas enfadar tú también —gruñó, mostrando sus colmillos.

Suspiré y rodeé mis piernas con los brazos.

—Ya te he dicho muchas veces que no temo a la muerte. Tus amenazas no sirven de nada.

Sakura no dijo nada durante unos segundos, sumergiéndose en la bañera hasta que el agua le llegó al cuello.

—Mañana van a hacer una especie de fiesta. Quieren celebrar las muertes de los ángeles que cayeron en el equinoccio.

Volví a mirarla al escuchar eso.

—¿Y quieren matarme a mí también en esa fiesta? —pregunté, apretando la mandíbula.

Ella negó con la cabeza.

—Tu muerte solo puedo decidirla yo, que para eso eres mío.

—¿Entonces? ¿Cuál es la mala noticia?

Ella resopló, enjabonándose el pelo con los dedos.

—Por lo visto es una fiesta bastante sádica y les gusta llevar a humanos para que vean lo que hacen. También quieren que yo te lleve a ti.

Torcí el gesto con disgusto.

—Seguro que será algo muy desagradable de ver.

—Eso creo.

—¿Y tú qué vas a hacer?

—Tengo que llevarte, y te haré algunas heridas para simular que te estoy torturando. Una vez allí disfrutaré como el resto de demonios, haciendo lo que ellos hagan. No queda otra, no deben sospechar de mí.

Cerré los ojos al ver que iba a levantarse y no los abrí hasta que el colchón se hundió bajo su peso. Sakura estaba tumbada a mi lado, boca arriba y con la mirada perdida en el techo.

—Quiero pedirte algo, Syaoran.

—Te escucho.

—Haga lo que haga mañana, no me lo tengas en cuenta —murmuró, evitando mi mirada.

—¿Por qué? ¿Qué es lo que vas a hacer?

—No lo sé, pero estoy segura de que no va a gustarte nada.

Estiré una mano hasta rozar una de sus alas.

—Entiendo que tienes que fingir ser como el resto de demonios, no te preocupes. Intentaré no mirar.

Sakura se incorporó, acercándose más a mí.

—No, tienes que mirar. Si no lo haces te harán daño.

Resoplé con fastidio, cruzándome de brazos.

—Malditos demonios... no hay forma de librarse de sus sadismos.

Ella me dedicó una gran sonrisa, mostrando sus colmillos.

—No, no la hay. Al menos no volverán a hacer una fiesta hasta después de la siguiente batalla contra los ángeles. Solo tienes que aguantar esta vez y no volverás a ver nada de eso.

—Tranquila, pase lo que pase lo soportaré. No conozco el miedo.

—No creo que te asuste... más bien os dará mucho asco, a ti y a los humanos —comentó ella, recorriendo la curva de mi cuello con uno de sus dedos.

Al mirarla vi que estaba un poco preocupada y, sin saber bien por qué lo hacía, acaricié una de sus mejillas.

—No sufras, Sakura. Soy fuerte y he visto muchas cosas a lo largo de mi vida, no creo que me afecte lo que pase.

—Eso espero —susurró ella, mirando mis labios.

Intenté moverme hacia atrás, pero su mano sujetó mi camiseta y sus labios chocaron contra los míos. La sensación extraña de siempre recorrió mi cuerpo y respondí a su beso sin pensarlo.

Nuestros labios juguetearon entre ellos y noté que todo su cuerpo temblaba cuando recorrí los suyos con la punta de mi lengua, seguramente no se lo esperaba. Sonreí y la dejé besarme un poco más hasta que me aparté, algo enfadado conmigo mismo por permitir aquello.

Ella juntó su frente con la mía y me miró a los ojos.

—Me has besado por segunda vez, Syaoran.

Intenté alejarme, sintiéndome muy incómodo.

—Deja de negar lo evidente. Te gustan mis besos.

Gruñí y escuché su risa.

—Me gusten o no me gusten, eso no importa. Está mal.

—¿Por qué? —preguntó con voz inocente.

—Porque los ángeles no lo hacen y además tú solo estás jugando conmigo.

Sakura negó con la cabeza.

—No eres un juego para mí. Tienes algo diferente que me encanta.

Sus palabras me alteraban. Me retorcí y conseguí escapar de su agarre. Vi su sonrisa por el rabillo del ojo y se dejó caer en el colchón.

—Te dejaré tranquilo por ahora. Túmbate conmigo.

Arrugué la nariz y me tendí sobre la cama, manteniendo la distancia. Tal como imaginaba, ella volvió a acercarse y me abrazó, apoyando su cabeza en mi hombro.

—Me relaja mucho tenerte cerca —admitió en voz baja.

No le contesté y tampoco volví a mirarla hasta que supe que se había dormido.