Capítulo Catorce
Fiesta sangrienta
Las horas pasaron y de pronto se empezó a escuchar mucho movimiento al otro lado de la puerta de metal. Sakura se despertó, sobresaltada.
—Mierda, ya va a empezar.
Se levantó de un salto y me miró de reojo. Chasqueó los dedos y las cadenas de mis brazos desaparecieron. Aproveché para ponerme de pie y estirarme, extendiendo mis alas, y ella se acercó a mí con pasos lentos.
—De verdad que lo siento, Syaoran —dijo en voz baja.
Todo mi cuerpo se tensó, sabiendo lo que iba a hacer.
Sus uñas rompieron mi ropa y desgarraron mi piel, haciéndome varios cortes en el pecho. Hizo lo mismo en mis brazos y, sin mirarme, también me arañó un lado de la cara.
Me contempló un momento y desgarró también mis pantalones, pero sin hacerme más heridas. Después manchó sus manos con un poco de mi sangre y las colocó en mis alas blancas.
—Bien, creo que da el pego. Ahora parece que te he hecho bastante daño —comentó, observándome.
Apreté los puños, aguantando el escozor de las heridas.
—¿De verdad lo crees? —pregunté, dudoso.
Una de sus manos rodeó mi garganta.
—En cuanto salgamos por esa puerta volvemos a ser enemigos, Syaoran. Tienes que mirarnos con odio, a mí y a todos los demonios que pasen por tu lado.
Asentí con firmeza.
Ella me sujetó las manos, haciendo aparecer unas cadenas a su alrededor. Me empujó hacia abajo para que me sentara en el suelo y repitió lo mismo con mis pies. También hizo aparecer una argolla alrededor de mi cuello.
—Te odio —murmuré entre dientes, mirándola con mala cara.
—Eso es. No dejes de repetirlo hasta que volvamos aquí —añadió ella con voz dura.
Me sujetó entre sus brazos y salió del cuarto. Alzó el vuelo al salir de la gruta y empezó a descender por agujeros que había en el suelo tan rápido que no pude contemplar ese cielo tan oscuro que había sobre nuestras cabezas.
Cuanto más descendíamos, más gritos se escuchaban. Apreté los dientes y cerré los ojos, intentando no escucharlos.
Al final entramos en una sala gigantesca y Sakura aterrizó suavemente en el suelo. Me estremecí al ver que las paredes cavernosas estaban llenas de humanos sujetos con cadenas. No temía por mí mismo, pero sí lo hacía por ellos.
Ella me llevó hasta un hueco que había en una de las paredes y, tras hacer aparecer más cadenas, me dejó atado allí.
—Espero que lo disfrutes —dijo, mirándome con ojos tristes.
Me besó, mordiéndome hasta hacerme daño. Cuando me soltó le lancé una mirada llena de odio mientras me lamía el labio inferior, saboreando mi propia sangre. Pude leer en sus labios las palabras "lo siento" antes de alejarse de mí, caminando hacia donde estaban los demás demonios.
Había miles de ellos concentrados en esa sala, y en el centro se podía ver una fuente gigantesca que parecía ser de oro.
Mis ojos hormiguearon, volviéndose dorados cuando la rabia me invadió al ver entrar a Lucifer. Él me dedicó una mirada de desprecio y se sentó en su trono, rodeado de diablesas.
Chasqueó los dedos y un pequeño agujero apareció en el centro del techo, por el que empezó a caer un líquido viscoso. Dejé de respirar al darme cuenta de que era sangre. Caía justo en el centro de la fuente de oro, que empezó a llenarse lentamente.
Lucifer alzó el vuelo unos metros y los demonios aclamaron su nombre.
—Es hora de divertirse —dijo, extendiendo los brazos.
Las llamas de las lámparas de aceite aumentaron y una música atronadora retumbó por toda la sala. Los demonios gritaron, empezando a saltar y bailar al ritmo de la música.
El olor metálico me hizo arrugar la nariz. Fijé la mirada en el humano que estaba atado a mi lado.
—¿De quién es esa sangre?
—De los humanos más pecadores. Los demonios que no están aquí se dedican a drenar su sangre y el resto la beberá. Lo hacen siempre que quieren celebrar algo —dijo él, conteniendo una arcada.
Al fijarme mejor en la fuente, me di cuenta de que estaba rodeada de miles de pequeñas copas de metal. Lucifer fue el primero en coger una y sumergirla en la parte central, bebiéndose el líquido de un solo trago. Su grito de satisfacción se escuchó como un eco y el resto de demonios lo tomaron como una señal, acercándose para beber ellos también.
Sakura estaba bailando de forma muy sugerente con dos demonios. Sabía que uno de ellos se llamaba Yue, pero al otro no lo había visto nunca. Los tres fueron hacia a la fuente juntos y aparté la mirada cuando ella sumergió su copa en la sangre.
Era difícil mantener la vista fija en los demonios. Muchos de ellos se habían desnudado y estaban empezando a tener sexo unos con otros, aunque era una forma muy macabra de hacerlo. Se hacían heridas y se mordían entre ellos, sin importarles el dolor.
Tragué saliva y cerré los ojos, pero recordé la advertencia de Sakura sobre lo que pasaría si no miraba. Volví a abrirlos y la busqué entre todos los demonios.
Reconocí sus ojos verdes cerca de una de las lámparas. Los dos demonios que estaban con ella estaban rompiendo su vestido rojo.
Sakura tiró del pelo blanco de Yue hasta que el levantó la barbilla y lamió su cuello. Se me formó un nudo muy desagradable en el estómago y aparté la mirada, fijándola en Lucifer. Tres diablesas estaban dándole placer a la vez mientras él seguía bebiendo de su copa.
Mirara donde mirara, no soportaba lo que veía.
Algunos de los humanos de los que estaban atados habían vomitado al ver a los demonios bebiendo sangre humana y relacionándose de esa forma tan horrible. Era como contemplar una orgía muy sádica.
Varios de ellos empezaron a volar unos metros por encima de los demás, lanzando sangre con sus copas. Los demás reían y bailaban, lamiendo las gotas que les caían encima con sus cuerpos manchados de rojo.
Bajé la vista y me concentré en un grupo de demonios que solo estaba bailando. Eso era más fácil de soportar.
No pude evitar buscar a Sakura otra vez, aunque aparté la mirada en cuanto la vi sentada en el suelo con los dos demonios rodeándola.
¿Por qué me molestaba tanto verla con ellos? No debería importarme. Era normal que todo aquello me causara repugnancia, pero también me dolía saber que ella estaba besando y tocando a alguien que no era yo.
Sacudí la cabeza para alejar esos pensamientos y volví a concentrarme en los demonios que bailaban, deseando que todo terminara pronto.
Un rato después alguien aterrizó junto a mí y me levantó la barbilla con un dedo. Fruncí el ceño al ver que era Sakura, estaba cubierta de sangre y volvía a tener su vestido puesto. Se acercó a mi cuello, mostrando los colmillos.
—Tengo que reclamarte como mío o alguien más podría acercarse, y te aseguro que te haría mucho más daño que yo.
Me mordió un momento en el hombro, clavando sus dientes, y tras mirarme a los ojos una última vez volvió a perderse entre los demonios.
Apreté los puños al ver que otros demonios también se habían acercado a algunos de los humanos encadenados. Les estaban obligando a beber sangre o les pintaban el cuerpo con ella mientras se reían.
Finalmente la música se detuvo y Lucifer se alzó sobre los demás.
—Cambio de turno.
Los demonios comenzaron a salir de la sala, volando hacia los agujeros del techo mientras otros descendían por ellos. Sakura aterrizó a mi lado y me desató de la pared.
—Nos vamos —murmuró, volviendo a sujetándome entre sus brazos.
Salió muy rápido de la sala, atravesando todas las plantas hasta que tuvimos el cielo lleno de rayos sobre nosotros.
Siguió volando hacia la gruta y finalmente se detuvo delante de su puerta. La abrió y una vez dentro me dejó en el suelo. Hizo desaparecer las cadenas y puso las manos sobre mis hombros.
Sentí algo cálido fluir por todo mi cuerpo y vi que mis heridas empezaron a cerrarse. Cuando no me quedaba ni un rasguño, Sakura chasqueó los dedos. Mi ropa volvió a estar como nueva y la bañera apareció en la esquina de siempre.
Se metió dentro sin decir nada y empezó a lavarse, quitando toda la sangre de su cuerpo.
Me levanté y caminé por la habitación en silencio, andando de un lado para otro con la vista fija en el suelo. No quería volver a sentarme en la cama.
—¿Estás enfadado conmigo?
La miré de reojo. Ya estaba limpia y me miraba fijamente. Hice una mueca y le di la espalda. Había sido muy desagradable todo lo que había visto, pero especialmente verla a ella disfrutando con esos dos demonios.
Escuché el sonido del agua y el chasquido de sus dedos haciendo desaparecer la bañera. Sus brazos rodearon mi cintura y me tensé de inmediato.
—Prefiero que no me toques —murmuré entre dientes.
Sentí su respiración en mi nuca.
—No podía negarme, Syaoran. Tenía que hacer lo mismo que ellos.
Me giré para encararla. Tenía heridas repartidas por el cuello y los brazos.
—¿No puedes curarte a ti misma? —pregunté, entrecerrando los ojos.
Ella negó con la cabeza.
—Ya te dije que los besos de los demonios no me gustan, siempre me hacen daño.
Bufé con desprecio y me alejé, apoyando la espalda en la pared de piedra.
—Eso no han sido solo besos, Sakura. Y lo has hecho porque has querido.
—No tenía ninguna razón de peso para rechazarlos. Se supone que todos estamos felices por la muerte de los ángeles y que nos gustan esas cosas.
—¿Y te gustan?
Ella suspiró.
—Beber sangre humana no me agrada, y hace tiempo que no me interesa acostarme con los demonios... pero muchas veces lo he hecho con Yue y Kurogane. Hoy no podía decirles que no o habrían sospechado de mí.
Giré la cabeza para no ver sus ojos y me crucé de brazos. Ella dio unos pasos hacia mí y sujetó mi barbilla con una mano.
—¿Por qué estás tan molesto, Syaoran?
—Ni yo lo sé —reconocí, apretando la mandíbula.
—¿Es porque te he hecho daño?
—No, entiendo que lo has hecho para protegerme a mí y a ti misma.
—¿Entonces? ¿No vas ni a mirarme?
La miré a la cara, frunciendo el ceño. Sus ojos verdes estaban inspeccionando mi rostro, en busca de algo.
—Tienes los ojos dorados... estás enfadado.
Se acercó más, intentando llegar hasta mis labios. Me sacudí y la empujé, alejándome de ella.
—No lo hagas —le advertí, sentándome en el filo de la cama.
Sakura me ignoró y volvió a acercarse, arrodillándose delante de mí. Sujetó mi rostro con ambas manos y me observó en silencio durante unos segundos.
—¿Puede ser que estés celoso? —preguntó, inclinando la cabeza hacia un lado.
Me reí entre dientes.
—¿Celos? Te equivocas, yo no siento nada por ti. Puedes tirarte a todos los demonios que quieras, no me importa —respondí con dureza, arrugando la nariz.
Ella no dejaba de mirarme fijamente a los ojos, lo que me molestaba cada vez más.
—Te prometo que no volveré a acostarme con nadie, Syaoran.
—¡Me da igual!
¿Por qué me enfadaba tanto? No conseguía entenderlo.
Sakura dejó un beso en mi mejilla.
—Te lo he prometido y lo cumpliré. Siento haber herido tus sentimientos, de verdad. A partir de ahora puedo negarme a estar con ellos, pero hoy no podía.
Apreté los puños y resoplé con fastidio, apartando mis ojos de ella.
Sakura me abrazó unos segundos y después se puso de pie, alejándose. Me sentí extraño cuando el calor de su cuerpo desapareció, dejándome frío.
—Tengo que irme, debo sustituir a los que ahora están en la fiesta. Volveré dentro de un rato, descansa.
La escuché salir y cerrar la puerta con llave.
Me sorprendí al darme cuenta de que esa vez no me había atado los brazos, estaba totalmente libre. ¿Eso era porque ya empezaba a confiar en mí?
Vi que había dejado un par de libros sobre la cama, no me di cuenta de cuando los había hecho aparecer. Cogí uno de ellos y me tumbé, acomodando la almohada.
Sonreí al ver el título, "Ángeles y demonios". Empecé a leer intentando no pensar en nada más, aunque mi cerebro seguía tratando de comprender lo que me había pasado y por qué había reaccionado así.
No pude concentrarme bien en torturar a los humanos. Estuve todo el rato pensando en Syaoran.
¿De verdad le había molestado que tuviera sexo con Yue y con Kurogane? Había tratado de ocultarlo, pero lo vi muy claro en su mirada.
A mí me había dolido verlo tan distante conmigo. Se me encogió el corazón cuando no quería ni de mirarme a los ojos. ¿Estaba empezando a sentir algo por él? ¿Era eso posible?
También me había sentido muy mal en la fiesta. No quería estar con los demonios... habría preferido mil veces estar con él en mi cuarto, hablando de cualquier cosa o robándole algún beso.
Mientras estuve con los dos demonios, cada vez que nuestras miradas se cruzaron me sentí como si estuviera haciendo algo horrible. Me habían entrado ganas de salir corriendo de allí con él en mis brazos.
Sacudí la cabeza y, con un gesto de mi mano, le indiqué a un humano que ya era su turno para pasar por el camino de piedras llameantes.
Él suspiró y empezó a correr lo más rápido posible sobre ellas. Sonreí con tristeza al recordar cuando yo había tenido que hacer lo mismo, sufriendo grandes quemaduras.
Resoplé y miré al siguiente humano, que era Kaito. Ya no hablaba ni miraba a nadie a los ojos. Lo que le hacían en la sala de los violadores tenía que ser terrible para que estuviera así en tan poco tiempo.
Moví mis alas, molesta conmigo misma, y con un gesto de mi cabeza le avisé de que le tocaba.
