Capítulo Quince

Sensaciones desconocidas


Cuando volví a mi habitación, Syaoran estaba tumbado de lado en la cama con un libro entre sus manos.

Cerré la puerta y me acerqué lentamente. Parecía seguir enfadado porque no dio señales de notar mi presencia. Me subí en el colchón y gateé hasta donde él estaba, abrazándolo desde atrás.

—¿Sigues molesto conmigo?

Él no me respondió, pero vi que su entrecejo se arrugaba.

—¿Eso es que sí?

Syaoran se incorporó, dejando el libro sobre la almohada.

—No quiero que me toques.

Puse los ojos en blanco y suspiré.

—Estás celoso y lo entiendo. Yo estaría furiosa si te hubiera visto con otra.

Me miró fijamente, con los ojos dorados muy brillantes.

—¡Que no estoy celoso! ¡Deja de decir eso!

Alargué una mano y acaricié una de sus alas blancas, que no paraban de agitarse con irritación.

—Ya te he dicho muchas veces que me gustas, Syaoran... y por eso en la próxima batalla te sacaré de aquí. Hasta entonces prefiero que nos llevemos bien. Si no quieres que te toque, no lo volveré a hacer.

Él clavó su mirada en la pared del fondo con gesto serio.

—No puedo gustarte, yo no tengo nada que ver con ellos... pero todo eso no importa. Si escapamos del infierno con vida, conseguiré que puedas quedarte en el paraíso y vivir junto a los humanos —contestó en voz baja.

Reprimí una sonrisa y me levanté, caminando hasta el otro lado de la habitación. Una vez allí, hice aparecer un sillón y me senté en él.

—No vas a admitir que tú sientes lo mismo, pero no hace falta. Yo sé la verdad, Syaoran. Por eso voy a cumplir la promesa que te he hecho.

Su risa burlona resonó por las paredes de piedra.

—¿Vas a estar más de tres años y medio sin sexo? No te lo crees ni tú.

—No es algo que necesite para sobrevivir aquí —murmuré, encogiéndome de hombros.

—¿Entiendes que cuando estés en el paraíso no volverás a experimentar nada de eso? Aunque a lo mejor encuentras a algún humano que se enamore de ti, quién sabe.

Su tono distante me estaba molestando muchísimo. Abrí mis alas y de un salto me coloqué frente a él.

—¡Cada vez que te digo que me gustas te lo tomas a broma! ¡Lo digo en serio, Syaoran! No me interesan los demonios ni los humanos, estoy cansada de ellos y ninguno ha conseguido hacerme sentir especial... pero tú sí.

Los ojos del ángel se entrecerraron.

—Entre nosotros no va a pasar nada.

Suspiré y me dejé caer en el sillón otra vez.

—Entonces no estaré con nadie.

Cerré los ojos y me perdí en el mundo de los sueños. Todo el tema de la fiesta y de castigar a los humanos me tenía agotada.


Había pasado un buen rato y Sakura seguía sin moverse del sillón. Yo estaba intentando volver a leer, pero me distraía cada vez que ella suspiraba en sueños o murmuraba algo.

Mi corazón latió desbocado cuando escuché mi nombre.

—Syaoran... no lo hagas... —murmuró ella con voz ahogada.

Aparté el libro y la miré. Seguía soñando.

Me levanté intentando no hacer ruido y me acerqué hasta ella, poniéndome en cuclillas para observarla. Tenía la cabeza apoyada en uno de los brazos del sillón y estaba encogida, abrazándose a sí misma. Sus alas negras temblaban un poco, igual que sus manos.

Sabía de sobra que estaba teniendo una pesadilla después de tantos años observando a mis protegidos mientras dormían. No pude contenerme y rocé su mejilla con los dedos, deteniéndome en un corte que aún no se le había curado. ¿Cómo podían hacerle eso los demonios al acostarse con ella? Si hubiera sido yo, lo último que haría sería dañarla de esa forma.

Me golpeé a mí mismo en la frente, enfadado por el rumbo de mis pensamientos. Yo jamás estaría en una situación de ese estilo con ella, no me interesaba en absoluto.

Seguía retorciéndose en sueños, por lo que decidí despertarla.

—Sakura, venga despierta —dije en voz baja, sacudiendo un poco su hombro.

Ella abrió los ojos de golpe y un par de lágrimas cayeron por sus mejillas. Me agarró con sus brazos, abrazándome muy fuerte.

—¡Syaoran! ¿Era un sueño? —preguntó con voz temblorosa.

—Sí, tranquila —contesté, rodeándola con mis brazos.

Sus lágrimas me estaban mojando, pero no me moví. Me quedé con ella hasta que empezó a calmarse y apoyó su frente en mi hombro.

—Tú... me decías que me odiabas. Te transformabas en un demonio, y entonces...

Suspiré y acaricié su pelo con una mano.

—Olvídalo, era una pesadilla. Además, a mí nunca podrían convertirme en demonio. Eso es imposible para un ángel, lo único que Lucifer puede hacer es matarme.

Ella se estremeció y apretó su agarre alrededor de mi cuello.

—No quiero que mueras.

—No lo haré. Los dos saldremos de este lugar.

Me liberó de su abrazo y se apartó, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—Gracias por consolarme —dijo, dedicándome una pequeña sonrisa.

Sentí algo raro en mi interior y me levanté, incómodo.

—De nada. Estás cansada, deberías dormir en la cama.

Sakura asintió y de un salto cayó sobre el colchón, tumbándose de espaldas. Giró la cabeza y extendió una de sus manos hacia mí.

—Ven conmigo.

Me tensé y negué con la cabeza. Ella suspiró.

—No te tocaré, pero al menos podemos ser amigos, ¿no? Nos esperan muchos días juntos hasta que puedas librarte de mí.

Puse los ojos en blanco y acepté, recostándome a su lado.

—No tengo muchos amigos, pero supongo que tú podrías serlo —acepté, mirando sus ojos verdes.

—¿Cómo se llaman?

—Eriol es el ángel con el que mejor me llevo, y también está Yukito.

—¿Él es el que se metió en nuestra pelea? —preguntó, intrigada.

—Sí, es un arcángel. Se dedica a protegernos y supongo que decidió intervenir al verme en peligro.

Los ojos de Sakura se abrieron más.

—Vaya... pues, para ser un arcángel, no se veía muy diferente a ti.

—Físicamente somos todos iguales, tan solo nos diferenciamos en nuestros poderes. Aureus es el más fuerte de todos.

—Pues entre los demonios sí hay diferencias. La mayoría tienen la piel rasposa o escamosa, aunque algunos la tienen suave como yo. Y los más poderosos siempre tienen los ojos de color rojo.

No dije nada más y ella empezó a quedarse dormida.

—Mi amigo Syaoran, el angelito —susurró, suspirando.

Sonreí al escucharla.

—Por fin tienes un amigo que merezca la pena, no como esos demonios.

Sus labios también se curvaron.

—Sí... aunque echaré de menos los besos de mi amigo.

Contuve el aliento y la miré de reojo. Seguía teniendo los ojos cerrados y estaba abrazaba una de las almohadas.

Me obligué a mí mismo a dejar de pensar en ella y volví a abrir el libro. Ya me faltaba poco para terminarlo.


El tiempo siguió su curso. Semanas, meses... sin la referencia del sol y las estrellas no era capaz de llevar la cuenta de los días que habían pasado.

Sakura no volvió a atarme. Antes de irse, siempre materializaba libros o juegos de mesa para que pudiera entretenerme mientras estaba solo.

La mayoría de los días volvía cubierta de sangre y eso me molestaba bastante. Ella era una diablesa, tenía que hacer lo que hacía o corría el riesgo de que alguien descubriera que en realidad no era tan malvada como aparentaba. No podía arriesgarse a que un demonio le contara su secreto a Lucifer, por eso dejé de juzgarla cuando entraba en la habitación así. Me limitaba a ignorarla hasta que se bañaba.

El resto del tiempo hablábamos. Le había explicado cómo funcionaba todo en el paraíso y el tipo de vida que llevábamos allí. Tras meses de charlas, Sakura ya comprendía lo que los ángeles hacíamos y entendía lo que se esperaría de ella si quería tener un lugar entre nosotros.

Un día, sin querer, se me escapó el nombre de Meiling. Me preguntó por ella, así que tuve que explicarle que era una de las humanas que vivía en el paraíso y que siempre quería estar conmigo, por más que yo insistiera en que humanos y ángeles no debíamos pasar tiempo juntos.

Durante unos segundos los ojos de Sakura cambiaron a color ojo, pero enseguida volvieron a su color verde de siempre.

—Me alegra saber que no soy la única a la que rechazas —gruñó entre dientes, entrecerrando los ojos.

Se tumbó y cerró los ojos, abrazándose a una de sus almohadas como le gustaba hacer para dormir.

Me quedé sentado a su lado, observándola con la espalda apoyada en el cabecero. Me gustaba mucho mirarla mientras dormía, parecía menos demonio cuando la veía de esa forma. Además, no sabía si era por culpa de mi debilidad o por pasar tanto tiempo con ella, pero yo había empezado a dormir también.

No hacía mucho, me había contado que ya habían pasado casi dos años humanos desde el día en que me capturó. Solo teníamos que esperar otros dos y llegaría una nueva batalla, la oportunidad de escapar.

Para los seres inmortales el tiempo pasa de manera diferente, parece volar mientras que las vidas humanas son efímeras y terminan con rapidez. En el infierno también los meses pasaban sin que me diera cuenta de ello.

Hacía unos días que Lucifer le había preguntado un par de veces a Sakura si todavía no se había cansado de mí, a lo que ella siempre respondía que le relajaba mucho torturarme y que iba a tardar en aburrirse de hacerlo.

Aquella noche le había costado dormir. Temía que el diablo decidiera hacerle una visita para comprobar como estaba tratando a su prisionero.

Suspiré y me tumbé junto a ella sin dejar de mirarla.

Me extrañaba mucho que en todo este tiempo no hubiera vuelto a intentar tocarme ni besarme. Sakura decía que estaba cumpliendo su promesa de no tener relaciones con nadie. De vez en cuando mencionaba que yo le gustaba, aunque cada vez lo hacía con menos frecuencia porque siempre la ignoraba.

Me di cuenta de que uno de los mechones de su flequillo le estaba molestando porque arrugaba el ojo derecho. Alargué la mano y lo aparté con cuidado para no despertarla.

Seguí observando su rostro y cuando llegué hasta sus labios mi corazón reaccionó. Era un maldito traidor, se dedicaba a recordarme que ella me seguía afectando.

Todos estos meses había estado ignorando mis impulsos, pensando que así desaparecían... pero las sensaciones raras que tenía al verla y al estar cerca de ella seguían ahí. Por mucho que quisiera negarlo, era evidente que sentía algo por Sakura.

Era mi remanso de paz en medio de mi cautiverio en el infierno y le tenía cariño, pero había algo más a lo que no sabía ponerle nombre. Y, además, estaba la atracción que sentía por su cuerpo, lo que todavía no lograba comprender.

Durante milenios no me había sentido atraído por nadie, y ahora tenía que pasarme con una maldita diablesa. Era muy irónico, la verdad.

Dejé salir un largo resoplido. No me gustaba el rumbo de mis pensamientos cuando la tenía tan cerca.

Aunque no le había dicho nada, yo también echaba de menos sus besos. No podía evitar recordarlos cada vez que miraba sus labios rojos.

Ignoré a mi conciencia y me acerqué más a ella, hasta que nuestras cabezas estaban a solo unos centímetros de distancia.

Con una mano rocé su frente, sonriendo al ver que su piel era tan cálida como en mis recuerdos. Mis dedos siguieron bajando por su mejilla y se detuvieron en sus labios. Tragué saliva y los acaricié con el dedo pulgar, provocando que todos los músculos de mi cuerpo se tensaran.

Sakura era la tortura perfecta para alguien como yo, parecía que el diablo la había creado para mí.

Se movió un poco y me quedé paralizado, temiendo haberla despertado, pero siguió respirando profundamente, tan tranquila como antes. Sonreí y me maldije a mí mismo interiormente varias veces, sintiéndome como un completo idiota.

¿Qué se suponía que estaba haciendo? Era como si su boca llamara a la mía, no podía resistirme. Mandé todos mis pensamientos a un rincón de mi mente y me moví un poco más cerca para rozar sus labios. Quería recordar esa sensación, solo una vez.

Ese calor que tanto echaba de menos recorrió mi cuerpo cuando nuestros labios hicieron contacto.

Cerré los ojos y me quedé unos segundos así, con nuestros labios sellados en un beso silencioso. No podía moverme porque no quería despertarla y que descubriera lo que estaba haciendo. Después de haberle dicho cientos de veces que no me interesaba, no tenía sentido que quisiera besarla de repente. Si me descubría, tendría muchos problemas.

Me aparté un poco y suspiré, volviendo a abrir los ojos. Palidecí al ver sus iris verdes mirándome fijamente.

Abrí la boca, pero no supe qué decir para justificar lo que acababa de hacer. Ella me observaba en silencio, sin articular palabra.

Me alejé hasta el borde de la cama, con el pulso alterado y mis ojos muy abiertos por el pánico que sentía. Me había pillado besándola y no se me ocurría ninguna excusa. Sakura pestañeó varias veces y sonrió.

—Yo... —empecé, pero una de sus manos me impidió seguir hablando.

—No digas nada.

Se lanzó sobre mí y rodeó mi cuello con sus brazos, atacando mis labios con un beso hambriento. Con un suspiro, finalmente me rendí y me dejé llevar por el deseo de mi cuerpo. Era estúpido intentar contenerme más.

La abracé con fuerza por debajo del nacimiento de sus alas y respondí a su beso con demasiadas ganas.

Ya pagaría por mis pecados cuando volviera al paraíso... si es que conseguía volver.