Capítulo Dieciséis
El primer pecado
Algo estaba rozando mi pelo y me despertó, pero no abrí los ojos. Sabía que era Syaoran.
Empezó a acariciar mi frente y tuve que disimular, porque un agradable cosquilleo estaba haciendo hormiguear mi piel.
Me estaba apartándome el pelo mientras yo dormía. ¿Y todos esos meses en los que había evitado cualquier contacto conmigo?
Lo sabía, mi angelito había estado fingiendo y aparentando indiferencia.
Seguí haciéndome la dormida mientras sus dedos recorrían mi cara y me dio un pequeño escalofrío cuando llegaron a mis labios.
Él notó que me había movido y dejó de tocarme, pero cuando comprobó que no me despertaba escuché el sonido suave de su cuerpo deslizándose sobre las sábanas.
De repente su aliento estaba rozándome la piel. Me forcé a mí misma a seguir respirando con normalidad y a no abrir los ojos. Quería saber lo que iba a hacer.
Sentí sus labios contra los míos y mi corazón se saltó un latido. ¿De verdad me estaba besando?
No se movió. Simplemente se quedó quieto unos segundos, disfrutando del roce de nuestros labios.
No pude aguantar más y abrí los ojos. Syaoran los tenía cerrados y su entrecejo estaba arrugado, como si estuviera enfadado. Se alejó un par de centímetros y lo escuché suspirar.
Abrió sus ojos de color ámbar. Dejó de respirar al encontrarse con mi mirada y su piel palideció. Parecía querer decirme algo, pero de su garganta no salía ningún sonido.
Tras unos segundos reaccionó, alejándose todo lo que pudo. Podía escuchar su corazón a toda velocidad, lo que me hizo sonreír.
—Yo... —dijo, pero con una de mis manos le impedí seguir hablando.
—No digas nada —susurré, acercándome más.
Le atrapé entre mis brazos y me lancé a por sus labios. Hacía más de año y medio desde la última vez que nos habíamos besado y lo estaba deseando. Para él con sus milenios de vida apenas habría sido un suspiro, pero a mí me había resultado insoportable estar tanto tiempo sin poder tocarlo.
Aluciné cuando él también me abrazó y correspondió a mi beso. ¿Realmente estaba pasando?
Ya casi había perdido las esperanzas. Syaoran siempre mantenía las distancias y apartaba la mirada cuando me bañaba delante de él o le confesaba mis sentimientos.
Al principio pensé que no podría resistirse a mis encantos porque había conseguido que su cuerpo reaccionara al tenerme cerca en tan solo unos meses. Pero, tras la fiesta de los demonios, nuestro acercamiento se fue a la mierda.
Y desde entonces el angelito permanecía impasible. Aceptó ser mi amigo y hablábamos durante horas, pero era como si un muro invisible nos separara.
La voluntad de Syaoran era de hierro. Se negaba a caer en la tentación y lo iba a soportar aunque pasara cuatro años a solas conmigo. Eso era lo que yo pensaba, pero algo le había empujado a querer besarme y ahora no estaba intentando alejarse de mí.
Le sujeté más fuerte, haciendo que su cuerpo girara hasta que estuve encima de él. Podía notar perfectamente lo nervioso que estaba y eso me hacía recordar que yo era la primera persona con la que había compartido besos.
Dejé salir un pequeño gruñido de mi garganta y presioné más mis labios contra los suyos, inhalando el aroma de su piel clara. Casi me derretí de placer cuando la lengua de Syaoran acarició la mía.
Jadeé y subí las dos manos hasta sus mejillas, moviéndolas lentamente hacia su pelo y atrapando varios mechones castaños entre mis dedos. Su respiración era cada vez más rápida y nuestros cuerpos parecían estar a punto de quemarse el uno al otro.
Empecé a notar algo que reaccionaba dentro de sus pantalones y eso me volvió completamente loca. Me deseaba, de año y medio después me seguía deseando igual que al principio.
Y esta vez no iba a escapar.
Suspiró entre mis labios y una de sus manos subió hasta mi cuello, rozándome la mejilla con el dedo pulgar.
Syaoran se apartó unos centímetros, jadeando y con los ojos dorados. Sonreí al pensar que seguramente los míos estarían completamente rojos en ese momento.
—Sakura, no entiendo lo que...
—No lo pienses más, Syaoran. Simplemente déjate llevar —murmuré, callándolo con un nuevo beso.
Sus brazos seguían tensos, pero poco a poco se fueron relajando hasta que la mano que tenía sobre mi espalda empezó a moverse muy despacio, rozando la piel que mi vestido no cubría con la yema de sus dedos.
Yo lo besaba con intensidad y él me respondía de la misma forma, haciéndome perder la cabeza. Nunca había deseado tanto a nadie, ni como humana ni como diablesa... pero era algo más que deseo. Él despertaba en mí todo tipo de sensaciones desde que nos habíamos encontrado.
Los primeros días me limitaba a odiarlo, pero con el paso del tiempo empecé a sentir cariño por él y a necesitarlo. De alguna extraña forma, se había vuelto muy importante para mí. Cada día estaba ansiosa por terminar de torturar a los humanos para volver a mi habitación y poder estar con él. Solo con escuchar su voz, conseguía relajarme y olvidar mis problemas.
Por mucho que me jodieran los demonios y las almas, Syaoran hacía que todo aquello desapareciera con una de sus miradas.
Alcé la cabeza y abrí los ojos, mirando su rostro mientras trazaba su labio inferior con la punta de mi lengua.
Saqué una de las manos de su pelo y chasqueé los dedos. Toda nuestra ropa desapareció y Syaoran abrió los ojos, asustado.
Lo miré fijamente y levanté una ceja.
—Relájate, esto no es pecado.
Él apretó la mandíbula.
—Sí lo es. Los ángeles no hacemos estas cosas.
—Soy toda tuya, Syaoran. Desde que nos conocimos solo pienso en ti —susurré, volviendo a perderme entre sus labios.
Syaoran ahogó un jadeo y me besó con ansiedad, mordiendo mi labio inferior.
Nuestras alas estaban extendidas y se rozaban, era una sensación muy extraña pero me gustaba. Las de Syaoran se agitaban un poco, como si quisieran escapar de allí, pero su dueño no pensaba igual que ellas.
Sus manos bajaron por mi cintura, arrancándome un suspiro. Me apretujé más contra él para que nuestros cuerpos estuvieran totalmente pegados.
Tenía tanto calor que temí estallar en llamas y hacerle daño, pero podía sentir mi fuego interior y estaba bien controlado.
Syaoran sujetó mis caderas y me empujó, haciéndome rodar sobre la cama. Él giró conmigo hasta quedar encima de mi cuerpo y jadeé por la sorpresa.
Para no haberlo hecho nunca, parecía saber muy bien lo que estaba haciendo. Sonreí entre sus labios al pensar en que probablemente había visto a los humanos más de una vez en esa situación antes de negarse a vigilarlos mientras tenían relaciones.
Se colocó entre mis piernas y ladeó un poco la cabeza, consiguiendo que nuestro beso fuera aún más profundo e intenso y que todo mi cuerpo temblara de la emoción. Sus labios y su lengua me resultaban adictivos. Ese maldito ángel besaba demasiado bien para ser tan inocente como parecía.
Mis manos recorrieron su espalda, descendiendo hasta que llegaron a su trasero. No pude reprimirme y clavé mis uñas ahí.
Syaoran jadeó y atrapó mi labio entre sus dientes, apoyando sus manos a ambos lados de mi cabeza. Se incorporó y me miró a los ojos.
Contuve el aliento al verlo sobre mí. Sus ojos dorados estaban fijos en mí y tenía sus alas blancas extendidas a ambos lados de su cuerpo.
Subí una de mis manos hasta su rostro y acaricié su mejilla.
Vi que empezaba a fruncir el ceño. Estaba pensando otra vez y no pensaba dejar que se arrepintiera.
Rodeé sus hombros con mis brazos y me levanté un poco, hasta alcanzar sus labios.
Bajé una mano por su cuerpo, deleitándome con los marcados que tenía todos los músculos. Los demonios tenían el cuerpo tan perfecto que parecían esculturas romanas y Syaoran no se quedaba atrás.
Seguí bajando hasta rozar con los dedos su virilidad, notando que ya estaba más que preparado. Gruñí contra sus labios y utilicé mis piernas para moverme, haciendo que nuestras partes íntimas se unieran.
Syaoran abrió los ojos de golpe al sentirlo y atrapé su cintura con mis piernas, volviendo más profunda nuestra unión. Si él estaba sintiendo lo mismo que yo, estaría alucinando.
Le empujé con mis caderas, haciéndonos girar hasta que estuve encima de él. Sujeté su rostro entre mis manos, besándolo con ansias y entrelazando nuestras lenguas.
Empecé a moverme lentamente. Sabía que Syaoran estaba rompiendo todos sus principios y quería que mereciera la pena.
Nuestros corazones iban al mismo ritmo y mis colmillos le habían hecho un pequeño rasguño en su labio inferior, pero él parecía no haberlo notado.
Al abrir los ojos, vi que él los tenía cerrados con fuerza y eso me hizo sentir mal. Si estaba sufriendo, no quería continuar.
Me detuve y acaricié su mejilla con el pulgar, haciendo que Syaoran abriera los ojos.
—¿Estás bien? —pregunté en voz baja.
Él me observó unos segundos sin decir nada y sacudió la cabeza, haciendo que se formara un nudo en mi garganta y las lágrimas se acumularan en mis ojos.
Syaoran se dio cuenta de mi reacción y levantó las dos manos, sujetando mi rostro con ellas.
—No es culpa tuya, es que no puedo comprender lo que me pasa. No debería desearte, soy un fracaso como ángel —murmuró, sin dejar de mirarme.
Aquellas palabras me aliviaron. Él realmente quería que esto pasara.
—No eres un fracaso, Syaoran. Has salvado mi alma... si es que aún tengo una —respondí, agachándome para volver a besarlo.
Syaoran separó sus labios y correspondió a mi beso con intensidad. Sus manos se alejaron de mi cara y empezaron a descender.
Exploró lentamente mi cuerpo, acariciándome la piel y haciéndome temblar más de una vez. Cuando sus manos llegaron hasta mi cintura volvieron a subir por mi espalda y, al llegar a las alas, sus dedos rozaron mis plumas con cuidado.
—Syaoran...
Gemí entre sus labios sin poder evitarlo. Nunca nadie me había tocado de esa manera tan delicada.
Me dejé caer sobre su cuerpo y volví a moverme despacio, estando pendiente de todas sus reacciones.
Syaoran jadeaba y seguía acariciándome suavemente, pero de repente sus dedos presionaron mi piel con fuerza. Abrí los ojos, sorprendida, y su mirada dorada llena de deseo me atravesó sin piedad.
Se incorporó de golpe, sin soltarme. Sus brazos me rodearon, acercándome aún más a él. Buscó mis labios de nuevo, recorriéndolos con la lengua antes de volver a besarme.
Rodeé su cuello con los brazos y empecé a moverme más rápido. El deseo estaba engullendo mis pensamientos y ya no podía hacer otra cosa que dejarme llevar por mis instintos más primitivos. Syaoran colocó sus manos en mis caderas y empujó su cuerpo contra el mío, haciéndome enloquecer todavía más.
Utilicé mis alas negras para intentar rodearlo. Cualquier cosa con tal de sentirlo más cerca.
Él me agarró y se levantó, quedando de rodillas conmigo entre sus brazos. Me tumbó en la cama y se colocó encima, volviendo a entrar en mi interior.
Nos miramos un momento y él cerró los ojos, besando el contorno de mi mandíbula. Repartió más besos húmedos y ardientes por la zona de mi cuello mientras me hacía suya. Atrapé sus manos y entrelacé nuestros dedos, moviéndome en sincronía con él.
—Sa... Sakura.
Escuchar cómo jadeaba mi nombre sobre mi piel me pareció lo más erótico que me había pasado en la vida.
Los dos aceleramos el ritmo y el rostro de Syaoran subió hasta quedar frente al mío, buscando mis labios como si se le fuera la vida en ello. Nos fundimos en un beso igual de profundo que la unión de nuestros cuerpos y ya no pude contener más ese orgasmo que estaba a punto de estallar.
Escuché un gruñido en el fondo de su garganta al sentir mis espasmos y se dejó ir junto a mí, pronunciando mi nombre de nuevo. No dejamos de besarnos más mientras nos calmábamos y los temblores desaparecían.
Abrí los ojos lentamente, temiendo lo que iba a pasar en ese momento. Él me estaba mirando y sus iris volvían a ser de color ámbar.
Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba jodidamente enamorada de él. Aquel sentimiento desconocido que no experimenté en mi vida humana había arrasado conmigo por culpa de un ángel que cayó en mis garras tras luchar contra mí.
—¿Te arrepientes? —pregunté, algo asustada.
Syaoran suspiró.
—Seguramente me manden de vuelta al inframundo de una patada cuando descubran que he hecho esto, pero... no me arrepiento —admitió en un susurro.
Sonreí al escuchar sus palabras.
—Yo tampoco. Ha sido muy diferente a todo lo que he hecho antes.
—Al final has conseguido que caiga en la tentación —murmuró él, suspirando de nuevo.
Dejé un pequeño beso en sus labios y lo rodeé con mis brazos.
—Ya te dije que no eres un juego para mí. Me encantas... lo digo en serio, créeme. Esto ha sido lo mejor que me ha pasado en muchísimo tiempo.
Syaoran sonrió y se separó de mí, tumbándose a mi lado.
—Puede que también sea lo mejor que me ha pasado a mí.
