Arual17: Ya veremos si comete más pecados jaja. Los ángeles no pueden mentir, así que si le preguntan tendrá que decir la verdad.
Capítulo Diecisiete
Una pequeña escapada
Abrí los ojos lentamente, pestañeando varias veces. Estaba tumbado en la cama de Sakura. Ella estaba a mi lado y ninguno de los dos teníamos ni una prenda de ropa puesta.
El recuerdo de lo que había pasado poco antes me golpeó con fuerza, haciendo que los abriera de golpe y contuviera el aliento.
Mierda... ¿Cómo había pasado?
Ella aún seguía profundamente dormida, con uno de sus brazos descansando sobre mi pecho.
Me llevé una mano al pelo y tiré de él con frustración. Había caído en la trampa de la diablesa, me había tocado y hundido hasta el fondo.
Su brazo se enredó más alrededor de mi cuerpo y su nariz rozó la piel de mi cuello.
—¿Ya estás despierto? —preguntó con voz somnolienta.
—Sí.
Sakura se incorporó y me miró a los ojos, bostezando.
—¿Por qué respondes tan seco? ¿Estás bien?
Me observó un momento y chasqueó los dedos, haciendo que nuestra ropa volviera a aparecer. Volvió a dejarse caer sobre mí y a abrazarme.
—Si te sentías incómodo por estar desnudo me podías haber avisado —murmuró, suspirando.
No contesté y me apoyé en mis codos, intentando moverme para alejarme de ella.
Sakura se apartó y me dejó levantarme, sin quitarme la vista de encima. Se tumbó boca abajo y apoyó la cabeza en sus manos, con las piernas levantadas y cruzadas en el aire.
—Te pasa algo, Syaoran. Dímelo.
Estiré mis alas blancas y la miré de reojo. Ver cómo se estaba mordiendo el labio inferior mientras sonreía solo me puso más nervioso.
—No me mires así, estoy muy confundido y eso no ayuda —gruñí, volviendo a darle la espalda.
Escuché un resoplido y poco después sus brazos rodearon mi cintura.
—Yo también me siento confundida.
Fruncí el ceño y di media vuelta para enfrentarla, observando su rostro.
—¿Tú? ¿Y por qué?
Ella se puso de puntillas, consiguiendo ser igual de alta que yo.
—Tengo que confesarte una cosa —susurró, mirándome a los ojos.
Algo frío y desagradable me recorrió la columna. En ese momento, Sakura iba a reconocer que todo este tiempo su objetivo había sido hacerme caer en la tentación y que, ahora que lo había conseguido, podía admitir que en realidad había seguido acostándose con sus dos amantes demonio durante los más de veinte meses que estuvo diciendo que no se acercaba a ellos, asegurándome cada día que solo quería estar conmigo.
—Adelante —contesté con voz dura, preparándome mentalmente para lo que iba a escuchar.
Sakura se acercó más a mi rostro, dejando un beso demasiado tierno en mi mejilla.
—Me he enamorado de ti.
Era lo último que esperaba escuchar y me sorprendí como nunca en toda mi vida. Seguí mirando fijamente sus ojos verdes mientras mi entrecejo se arrugaba cada vez más.
—Mientes.
Ella sacudió la cabeza lentamente y una sonrisa triste curvó sus labios.
—Sé que no vas a creerme, pero es la verdad. Te quiero, Syaoran. Y prometo que te sacaré de aquí, cueste lo que cueste.
Apreté los dientes sin apartar la mirada. Sakura me besó en los labios y se alejó de mí, caminando hacia la puerta.
—Entiendo que tú nunca me vas a decir que sientes lo mismo, pero no hace falta. Ya me lo dicen tus ojos, tu forma de tocarme y de besarme.
Me tensé de inmediato, sintiéndome muy incómodo y evitando su mirada a toda costa.
¿Amor? Eso era cosa de humanos, no de seres inmortales.
—Todo esto que ha pasado es porque estoy debilitado. Ahora mismo es casi como si fuera un simple humano —murmuré entre dientes, resoplando.
—Si quieres creer eso para sentirte mejor, hazlo... pero ambos sabemos la verdad, Syaoran.
Salió de la habitación sin decir nada más y cerró la puerta con llave.
Suspiré y junté mis manos, tratando de acumular algo de mi energía... pero no conseguí nada, como cada vez que lo había intentado desde que estaba atrapado en el inframundo.
Sí, estaba seguro de que los sentimientos que tenía por Sakura eran por culpa de mi debilidad mental y física. Si conseguíamos llegar al paraíso, todo volvería a ser como antes y por fin acabaría mi tortura.
Cada vez me resultaba más difícil disfrutar con el sufrimiento de las almas humanas.
Y aquel día, después de lo que había pasado entre Syaoran y yo, fue imposible.
Aun así, disimulé tan bien como siempre y ningún demonio se dio cuenta de lo que realmente estaba sintiendo por dentro.
Ni yo misma me podía creer todo lo que le había dicho a mi angelito, pero era verdad. Realmente lo quería, y estaba empezando a pensar que había sido inevitable.
Había sentido algo desde el primer día, cuando todavía me odiaba. Su mirada fría, su valentía, sus ganas de luchar contra mí... todo eso me había llamado mucho la atención porque nunca había conocido a alguien así.
En cuanto empecé a conocerlo más caí rendida sin darme cuenta. Era la primera persona que era buena conmigo sin querer algo a cambio, exceptuando a mi hermano y a mi mejor amiga.
El aura tan poderosa que lo envolvía y sus ojos de color ámbar... aquel ángel era demasiado tentador para mí.
Cualquier chica que tuviera la suerte de pasar tiempo con él se enamoraría, de eso estaba segura. Comprendía bien a esa tal Meiling porque a mí me habría pasado lo mismo.
Sonreí al recordarla. Ella había estado casi quinientos años detrás de Syaoran, sin conseguir nada... y yo en dos años había conseguido que me besara y se acostara conmigo. Si lograba escapar con él y llegar al paraíso, seguramente esa humana me odiaría al enterarse.
Aunque dudaba mucho que Syaoran permitiera que alguien descubriera lo que había pasado entre nosotros. Lo más probable era que, al recuperar su fuerza y sus poderes, los sentimientos que tenía por mí desaparecieran.
La sonrisa se borró de mi rostro ante ese pensamiento. Iba a ser duro perderlo, pero no podía dejar que siguiera atrapado en el inframundo más tiempo. No se lo merecía.
Si me pedía que guardara en secreto todo lo que había ocurrido durante su estancia en el infierno, lo haría sin dudar. Era lo menos que podía hacer por él después de como lo traté al principio y lo mal que lo estaba pasando al estar encerrado sin poder salir.
Ya tenía un pequeño plan en mi cabeza para conseguir que me acompañara a la batalla sin que el resto de demonios se diera cuenta.
Aunque lo que quería justo en ese momento era sacarlo un rato de mi estancia y que pudiera volar. Sabía que lo echaba de menos y tenía que estar desesperado después de llevar tanto tiempo encerrado.
Tras terminar mi ronda, hablé con Yue y confirmé que podía hacer lo que tenía pensado.
Volví a mi habitación en busca de Syaoran muy contenta, sabiendo que le iba a encantar esa sorpresa. Al entrar, él estaba apoyado en la pared con un libro entre sus manos.
Me quedé sin aliento al verlo. Por mucho tiempo que pasará, siempre me afectaba lo perfecto que era. Él alzó la vista de las páginas de su libro y apretó los labios al mirarme, nervioso.
—¿Te apetece que demos una vuelta? —pregunté, alzando una ceja.
Syaoran abrió mucho los ojos, sorprendido.
—¿Salir de aquí? No digas locuras, nos matarían a los dos —contestó en voz baja, volviendo a fijar su vista en su libro.
—No tiene por qué. Iremos a luchar, te voy a utilizar para practicar. Como no habrá nadie mirando no te haré daño, y así podrás volar un poco conmigo.
Sus ojos volvieron a buscar a los míos y un escalofrío me bajó por la espalda. Tuve que morderme el labio para contenerlo.
—¿Estás segura? Recuerda que no tengo mis poderes y no podré hacer nada si alguien viene a atacarnos.
Asentí lentamente y di unos pasos hacia él hasta que fui capaz de oler su maravilloso aroma a lluvia. El cuerpo de Syaoran se tensó al tenerme cerca y no pude evitar sonreír.
—Lo único malo es que tendré que ponerte cadenas... al menos una, para disimular.
Él frunció el ceño, resoplando.
—Está bien.
Besé su cuello sin dejar de mirarlo a los ojos y al apartarme hice aparecer una argolla alrededor del mismo, con una larga cadena que até a mi brazo.
—Serás mi perrito —comenté con voz divertida.
Él me dedicó una mirada llena de rencor y sus ojos cambiaron a color dorado.
—Estoy bromeando, Syaoran. Pero tengo que llevarte así por si nos ven, se supone que eres mi prisionero y que te estoy torturando.
Syaoran hizo una mueca y apartó la mirada.
—Acepto esto porque tengo muchas ganas de salir de aquí, aunque sea solo un rato.
Acaricié su mejilla con el dedo pulgar y los dos caminamos hacia la puerta.
Comprobé que no había nadie por los pasillos de la gigantesca gruta y ambos salimos, cerrando la puerta de metal. Agité las alas y miré a Syaoran, que me imitó. Los dos empezamos a volar por los pasillos en dirección a la salida.
Miré a Syaoran de nuevo cuando estuvimos bajo el cielo sin estrellas. Estaba volando a toda velocidad a mi lado con una pequeña sonrisa en su rostro.
Yo también sonreí al verlo así y giré sobre mí misma, volando más alto en dirección a los rayos que siempre atravesaban nuestro cielo negro.
Nos perdimos entre ellos y aproveché ese momento donde nadie nos veía para soltar su cadena. Syaoran se dio cuenta y empezó a surcar el cielo aún más rápido, con los brazos extendidos y sus alas blancas totalmente abiertas, agitándolas con fuerza. Lo estaba disfrutando, tenía que haber sido duro pasar dos años sin poder volar.
No me aparté a su lado y estuve mirando a nuestro alrededor todo el tiempo, pendiente de que no hubiera demonios cerca que pudieran descubrirnos. Tras unos minutos, decidí que ya nos habíamos arriesgado suficiente.
—Syaoran.
El ángel frenó en seco al escuchar mi voz y aleteó hasta llegar a mi lado. Sujeté de nuevo su cadena con una de mis manos.
—No puedo dejarte solo más tiempo. Podrían vernos.
Él asintió con gesto serio, comprendiendo la situación.
Empezamos a descender en dirección a la sala circular sin techo con paredes repletas de armas, donde yo había luchado con Astaroth y con Yue, y aterrizamos suavemente. Tal como imaginaba, no había nadie.
Todos los demonios y diablesas estaban en los niveles inferiores, trabajando. No había nadie en la superficie porque no llegarían nuevas almas hasta el día siguiente.
—¿Qué sitio es este? —preguntó Syaoran, recorriendo las espadas con su mirada.
—Es donde entrenamos... o eso creo. Aquí me destrozaron por primera vez cuando era humana.
Él buscó mi mirada, pidiéndome una explicación, y me encogí de hombros.
—Cabreé al tal Astaroth y decidió darme una lección. Me obligó a luchar contra él.
Los ojos de Syaoran se abrieron aún más.
—¿Una humana contra Astaroth? No creo que eso terminara muy bien.
Hice un gesto con la mano, quitándole importancia.
—Pasé cuatro días desmayada hasta que me recuperé lo suficiente y pude levantarme, pero no importa. Ya no soy esa chica.
—Ahora Astaroth no podría acabar contigo tan fácilmente —reconoció Syaoran, cruzándose de brazos.
—Podemos recordar como nos conocimos... ¿Quieres pelear un poco? —pregunté, levantando una ceja y sonriendo.
Él me dedicó una sonrisa malvada y cogió una espada de la pared, alzándola contra mí.
—Te aseguro que todo habría terminado de forma diferente si no me hubiera distraído por culpa de Yukito.
—No lo dudo, angelito. Sé que eres fuerte, aunque ahora mismo no... pero prometo ser buena y no hacerte daño.
Él bufó.
—No tienes que contenerte por mí. Sigo siendo capaz de vencerte.
Alcé las dos cejas.
—¿Eso crees? Está bien... inténtalo —gruñí, levantando una mano para llamar a mi espada favorita.
En menos de un segundo llegó hasta mí y la blandí con fuerza.
Syaoran volvió a sonreír y se lanzó a por mí con muchas ganas. Nuestras espadas chocaron y nos miramos a los ojos, retándonos con la mirada.
Él trató de golpearme por ambos lados, pero me resultaba fácil parar todas sus estocadas.
Podía notar que era mucho más fuerte que él, y sabía que podría derribarlo sin esfuerzo en cualquier momento. Pero no lo hice, seguí dejando que luchara conmigo hasta que se detuviera.
Empezó a sudar, pero no dejó de intentar quitarme la espada mientras volaba a mi alrededor.
Fruncí el ceño, enfadada. Ese ángel era demasiado cabezota como para aceptar que no era lo suficientemente fuerte en ese momento para derrotarme. Hice que la espada saliera volando de su mano y se estrellara contra la pared con un golpe seco.
—¿Por qué no puedes asumir lo débil que estás? Eres un ángel en el maldito inframundo, Syaoran. No tienes ningún tipo de poder aquí.
—Porque es humillante —gruñó él entre dientes, descendiendo hasta aterrizar en el suelo.
Hice un movimiento con mi mano derecha y las dos espadas volvieron a su sitio.
—No es humillante, es la realidad. A cualquier demonio le pasaría lo mismo si estuviera en el paraíso.
Se acercó mucho a mí, hasta que tuvo su rostro a unos centímetros del mío.
—Ya me dirás cómo te sientes cuando estés allí arriba y no puedas hacer nada.
Pestañeé varias veces y tragué saliva. No me había parado a pensar en que, si conseguía llegar al paraíso y Aureus no me mataba, perdería todos mis poderes y mi fuerza... justo como le había pasado a Syaoran.
