Capítulo Dieciocho

Indecisión


Al ver mi mirada ausente, Syaoran dejó de fruncir el ceño y me acarició una mejilla con su mano.

—Lo siento, Sakura. Estoy enfadado, me cabrea mucho verme sin fuerzas... no me había pasado nunca y no es agradable. Toda mi vida he sido uno de los ángeles más fuertes y me resulta difícil aceptar que ahora no soy nada.

—Supongo que tengo que hacerme a la idea de que, si consigo escapar contigo, me sentiré débil durante toda la eternidad —murmuré, suspirando y desviando la mirada.

—Ya veremos. Tal vez pueda hacer algo por ti cuando estemos en el paraíso.

Syaoran me alzó la barbilla con uno de sus dedos, obligándome a mirarlo.

Se conmovió al ver las lágrimas que se estaban acumulando en mis ojos y, sin decir nada, se inclinó más hasta besarme. Sentir sus labios contra los míos fue toda una sorpresa. El fuego de mi interior se agitó y cerré los ojos, rodeando a Syaoran con mis brazos y respondiendo a su beso.

Me estaba perdiendo entre sus labios pero reaccioné, rompiendo el beso.

—Mierda, Syaoran. No puedes besarme aquí, me distraes y si alguien nos descubre no habrá paraíso al que escapar —dije, alejándome de él.

El ángel apretó los puños y apartó la mirada, molesto consigo mismo.

—No sé por qué lo he hecho.

Sonreí de lado y agité mis alas.

—Mejor volvamos a casa. Allí estarás a salvo.

Syaoran asintió y los dos alzamos el vuelo, regresando a la gruta.

En cuanto entramos en mi habitación y la puerta estuvo cerrada, chasqueé los dedos y su cadena desapareció. Syaoran se llevó una mano al cuello, arrugando la nariz al tocar una pequeña rozadura que le había salido por culpa de la argolla.

Di unos pasos hacia él, rodeando su cuello con mis brazos y besándolo. Dejé fluir un poco de mi energía hacia su cuerpo y la herida desapareció al instante, pero no dejé de besarlo y Syaoran tampoco intentó apartarse.

Giró conmigo entre sus brazos y me dejó contra la pared de piedra, devorando mi boca lentamente. Cuando él me besaba me volvía completamente loca y tenía que contenerme para no arrancarle la ropa. Era una agonía.

Nuestras lenguas parecían conocerse de toda la vida y sus labios encajaban con los míos como si los hubieran hecho a medida.

Ese sentimiento nuevo me abrumó y lo abracé más fuerte, juntando más nuestros cuerpos.

Sin duda lo que sentía por él era amor, aunque sabía que Syaoran nunca me creería. Seguía pensando que yo era una mentirosa, aunque a él no le había mentido ni una vez... bueno, solamente cuando intenté hacerle creer que iba a torturarlo y que debía temerme.

Pero no me tomó en serio ni una vez. Desde el principio supo que no iba a ser capaz de hacerle daño.

Seguimos besándonos despacio, pero de forma intensa. Todo mi cuerpo ardía y las llamas de mi interior me estaban consumiendo con desesperación. Syaoran se alejó un poco de mis labios y nos miramos a los ojos en silencio.

Entendía lo confundido que estaba. Él llevaba milenios siendo un ser inmortal y no había besado ni deseado a nadie hasta que me conoció.

Sonreí y volví a besarlo unos segundos, poniéndome de puntillas y acariciando su rostro con mis manos. Aunque la diferencia fuera poca, me gustaba que fuera algunos centímetros más alto que yo.

Lo escuché suspirar y me rodeó con sus brazos, apoyando su frente en mi hombro.

—¿Por qué me tengo que sentir así cuando estoy contigo? No voy a entenderlo nunca —murmuró, volviendo a suspirar.

Hundí mis manos en su pelo castaño oscuro y sonreí.

—Yo tampoco lo entiendo, ni quiero hacerlo. Esto es genial y no quiero que acabe nunca... pero sé que terminará.

Él levantó la cabeza y me miró a los ojos.

—Cuando estemos en tu hogar, volverás a ser el de antes. Recuperarás todo tu ser y ya no sentirás nada por mí... ¿verdad? —pregunté, sin esperanzas.

Syaoran lo meditó antes de contestar.

—Aun así, estaré pendiente de ti. No te dejaré sola.

Sus palabras me hicieron daño, pero no dejé que mi rostro lo mostrara.

—Entonces te disfrutaré mientras sigamos aquí, y después... intentaré olvidarte.

Él no dijo nada y me besó de nuevo, con más pasión que antes. Entrelazó sus manos con las mías y las subió hasta que estuvieron a la altura de mi cabeza, pegando más su cuerpo contra el mío. Ambos jadeamos en medio del beso que ninguno de los dos quería detener.

Solté sus manos y llevé las mías hasta sus mechones rebeldes, enredando mis dedos entre ellos. Syaoran me sujetaba con fuerza y aproveché la oportunidad para saltar y rodearlo con mis piernas.

Seguí derritiéndome sobre sus labios mientras sus besos subían de intensidad, y se me escapó un gruñido cuando sus manos llegaron hasta mis muslos y se metieron bajo el borde mi vestido rojo para acariciarlos.

Me costaba creer que se estuviera dejando llevar tanto sin sentirse culpable por lo que estaba haciendo.

Como si hubiera escuchado mis pensamientos, Syaoran rompió el beso y me miró a los ojos con gesto serio.

—Perdón... no sé lo que estoy haciendo —admitió en voz baja, sus manos todavía sobre mis piernas.

—Puedes hacerme todo lo que quieras, Syaoran —susurré, atrapando su labio inferior con mis dientes mientras contemplaba sus profundos iris de color ámbar.

Él frunció el ceño y negó con la cabeza, resoplando. Hice una mueca y dejé que mis pies volvieran al suelo, liberándolo de mi agarre.

—¿Por qué no puedes aceptar lo que sientes por mí? —gruñí entre dientes, algo molesta.

Me alejé de él y apoyé la espalda en la pared, dejándome caer hasta que acabé sentada en el suelo de piedra.

Abracé mis piernas y suspiré, hundiendo la cara en mis rodillas. Sus rechazos me dolían cada vez más.

¿Cómo había llegado a esto? Los hombres nunca se metían en mi corazón, había aprendido desde muy pequeña a mantenerlos lejos de ese lugar para que no pudieran hacerme daño.

Prefería ser yo la que les rompía el corazón, aunque eso solo había ocurrido una vez. Con el resto de chicos no había tenido ningún problema porque ellos solo buscaban lo mismo que yo... satisfacer una necesidad.

Y con los demonios igual. Cada vez que mi cuerpo había tenido ganas de sexo, Yue o Kurogane me habían ayudado a calmarlo.

Pero ese maldito ángel se había metido en terreno inexplorado, había llegado hasta lo más profundo de mi ser y ahora con solo unas palabras podía herirme.

Bufé, sintiéndome patética en esos momentos.

Unas manos me acariciaron el pelo y levanté la vista, encontrándome con la mirada de Syaoran. Estaba en cuclillas justo delante de mí y me observaba con cara de culpabilidad.

—Intenta entenderme, Sakura. Me cuesta mucho... para mí era impensable que algo como esto pudiera pasar.

—Soy un error que has cometido... ¿verdad? —pregunté, haciendo una mueca.

Syaoran suspiró y juntó su frente con la mía.

—No siento que seas un error, pero sé que en realidad no me quieres y cada vez que lo dices me haces sentir de una forma muy rara.

Apreté los puños y le dediqué una mirada de odio.

—¿Todavía no me crees? ¡No miento, Syaoran! ¡Joder! ¿Qué tengo que hacer para demostrarte que nada de lo que te he dicho es mentira? —grité, bastante cabreada.

Él se quedó callado unos segundos y luego negó con la cabeza, cerrando los ojos.

—No hay nada que puedas hacer para probar que lo que dices es cierto —respondió, con sus manos aún enredadas en mi cabello.

—¿Y no podrías confiar en mí? —pregunté en voz baja, tratando de calmarme.

Syaoran levantó una ceja y me miró como si estuviera loca.

—¿Me pides que confíe en una diablesa?

—No, te estoy pidiendo que confíes en mí —insistí, mordiéndome el labio inferior con frustración tan fuerte que me hice un pequeño corte.

Syaoran torció los labios hacia abajo y desvió la mirada.

—Tú has confiado en mi palabra... tal vez yo podría intentar hacer lo mismo, pero no va a ser fácil —murmuró, dejando salir un largo suspiro.

Sonreí al escucharlo y me abalancé sobre él, atrapándolo entre mis brazos.

—Inténtalo, por favor. Te juro que no miento... a ti no.

—No jures —dijo él, correspondiendo a mi abrazo y sacudiendo la cabeza.

—Sí, lo juro. Puedes confiar en mí, angelito. Estoy dispuesta a todo por salvarte, no te mereces estar aquí ni morir a manos de Lucifer —susurré, apretando mi agarre.

Escuché una pequeña risa de Syaoran.

—Tú tampoco mereces quedarte aquí. Cumpliré lo que te dije y te llevaré conmigo al paraíso, Sakura.

Me aparté un poco y dejé un beso rápido sobre sus labios, ladeando un poco la cabeza y perdiéndome en sus ojos mientras sonreía. Él también sonrió y mi corazón se saltó un latido.

—¿Qué te parece si cada día entrenamos un poco? Aunque no tenga mis poderes y no pueda hacer mucho, podrías enseñarme cómo luchan los demonios para que cuando intentemos escapar esté mejor preparado que nunca —propuso Syaoran, levantándose y sujetando mis brazos para ayudarme a hacer lo mismo.

Asentí, mucho más animada.

—Lo haré, pero solo si tú no te fuerzas demasiado.

—Trato hecho —aceptó, ofreciéndome su mano.

La estreché, agarrándola con fuerza y atrayéndolo hacia mí para robarle otro beso. Cuando nos separamos, yo estaba sonriendo otra vez y Syaoran me miraba fijamente con sus ojos de color dorado, señal de que me deseaba.

—Prefiero cerrar los tratos con un beso, sobre todo si es un beso tuyo —susurré, recorriendo su espalda con un dedo mientras me alejaba unos metros de él.

Vi a Syaoran sacudir la cabeza y sonreír. Materialicé una espada junto a sus pies y un hacha en mi mano, girándola mientras le dedicaba una mirada burlona.

—Te enseñaré todo lo que aprendí con Yue. Él me entrenó para la batalla contra los seres del paraíso —dije, guiñándole un ojo.

Syaoran sujetó la espada con su mano derecha y se colocó en posición defensiva, agitando las alas y volando a varios centímetros del suelo.

—Adelante, diablesa. Muéstrame los puntos débiles de los tuyos —contestó, dedicándome una sonrisa torcida.

Levanté el vuelo para imitarlo y me lancé sobre él, controlando mi fuerza. Cuando nuestras armas chocaron, acerqué mi rostro al suyo.

—Recuerda que jamás debes darle la espalda a tu enemigo —murmuré, levantando las cejas varias veces.

—Tranquila, no cometeré el mismo error dos veces.


Después de haber existido durante tanto tiempo, estar cuatro años encerrado no significaba mucho para mí. Estaban pasando bastante rápido, porque cada vez que Sakura comentaba que ya había pasado otro mes me sorprendía.

Casi todos los días entrenábamos. Me había enseñado cómo luchaban los demonios y también me había mostrado su propia forma de pelear, que era bastante diferente.

No veía la hora de recuperar mis poderes y volver a sentirme completamente yo, sin esos dolores de cabeza que me atormentaban y debilitaban.

Seguía sin poder resistirme a Sakura y ya directamente ni lo intentaba.

No volvió a mencionarlo, pero sabía que le asustaba el momento en que los dos consiguiéramos salir del inframundo y mi personalidad volviera a ser la de siempre. La verdad es que no estaba seguro de si volvería a ser tan frío y distante como lo era antes de conocerla.

Con cada beso me confundía todavía más, aunque era un alivio ver que no intentaba volver a acostarse conmigo. Supuse que estaba esperando a que yo diera ese paso si quería, para no presionarme.

Aquella tarde agité mi espada de nuevo, tratando de alcanzarla, pero ella me esquivó con una sonrisa en sus labios y me lanzó una cuchilla que atravesó mi brazo izquierdo.

Su cara de pánico al ver que me había dado me hizo sonreír, y se acercó rápidamente a mí.

—Lo siento mucho, solo pretendía rozarte —dijo, sacando la cuchilla de mi cuerpo.

No salió ningún sonido de mi garganta, pero no pude evitar que una mueca de dolor cruzara mi rostro.

Ella puso sus manos sobre mí y sentí algo cálido extendiéndose por mi cuerpo, como cada vez que usaba su energía conmigo. Pocos segundos después, ya no quedaba ni rastro de la herida que acababa de hacerme.

—No te preocupes tanto. Tolero bien el dolor —murmuré, moviendo mi brazo para comprobar que estaba totalmente recuperado.

Ella negó con la cabeza y sujetó mi rostro entre sus manos.

—Bastante daño te hice cuando nos conocimos. No quiero que vuelvas a sentir dolor por mi culpa.

Le dediqué una pequeña sonrisa y la besé en los labios. Ya se había convertido en una costumbre que me salía sola. Ella dio un paso más hacia mí y que nuestros cuerpos chocaron. Correspondió a mi beso con muchas ganas, como siempre.

Rodeé su cintura con mis brazos y dejé que una de mis manos se colara por la abertura que su vestido tenía en la espalda. Sakura jadeó y acaricié su lengua con la mía, disfrutando de su contacto.

Hasta que los dos nos quedamos paralizados al escuchar dos golpes en su puerta.

Sakura se alejó unos centímetros, frunciendo el ceño. Me empujó suavemente contra la pared y me besó de nuevo, haciendo aparecer cadenas que me sujetaron los brazos y las piernas.

—No digas ni una palabra, Syaoran —me advirtió en un susurro.

Asentí y ella se alejó para abrir la puerta, mirándome y suspirando antes de hacerlo.

Su rostro se volvió frío y calculador mientras su mano giraba la llave.