Arual17: Syaoran está todavía en fase de negación xDD


Capítulo Diecinueve

Un mal trago


Uno de los demonios que había sido su amante en demasiadas ocasiones estaba esperando en el umbral.

—Kurogane, no te esperaba —dijo Sakura con voz neutra.

El demonio entró en la habitación y sus ojos rojos se clavaron en mí. Le lancé una mirada de odio y escupí en su dirección, provocando que sonriera de forma malvada.

—¿Todavía lo mantienes con vida? —preguntó en tono burlón.

—He decidido que voy a torturarlo durante un par de décadas... o puede que más. Me gusta hacerlo —respondió ella, mordiéndose el dedo índice y sonriendo falsamente.

—Si alguna vez atrapo uno, pienso torturarlo un siglo como mínimo —murmuró él con una mueca torcida en el rostro.

—No me des ideas —comentó Sakura entre dientes, soltando una risita.

—¿No vas a decir nada, angelito? —preguntó el demonio, levantando una ceja en mi dirección.

—Ahora mismo no puede hablar. No tiene lengua.

Kurogane dejó de mirarme y se acercó más a ella, agarrándola del pelo de forma brusca. Sakura se tensó de inmediato.

—He venido porque una de mis almas ha pedido hablar contigo —comentó, inclinándose sobre su cuello mientras mostraba los colmillos.

Sakura lo apartó con sus brazos, frunciendo el ceño.

—No quiero que me muerdas, Kurogane —gruñó con voz grave.

—Hace mucho que no vienes a visitarme. ¿Te cansaste de mí?

—Sí, ahora prefiero a otros demonios y a mi prisionero. Me gusta hacerle cosas a las que no puede negarse.

Él soltó una carcajada y me miró fijamente. En un segundo, su mano estaba alrededor de mi garganta y sus ojos escarlata me perforaban. Una mano envuelta en llamas agarró su muñeca tiró de él. El demonio me soltó con un gruñido.

—Es mío y no lo comparto. Yo soy la única que le hace sufrir, Kurogane —le advirtió ella, colocándose delante de mí.

El demonio contempló con atención la quemadura en su muñeca y se lanzó a por sus labios, besándola. Una oleada de furia se extendió por todo mi cuerpo y mis manos empezaron a temblar. Sakura lo empujó y le enseñó los colmillos. Sus iris rojos mostraban que estaba enfadada.

—¡Te he dicho que no quiero! —bufó con su voz llena de ira.

—Sabes que el dolor me pone. ¿Para qué me quemas entonces?

Ella me miró de reojo y negué con la cabeza disimuladamente para que estuviera tranquila. Me quedaba claro que no había buscado ese beso ni quería que el demonio la tocara.

—Ya volverás a mí... todas lo hacéis tarde o temprano —sentenció el demonio, apartándose de ella con una mueca de desprecio.

Sakura se cruzó de brazos y resopló con fastidio.

—Lo dudo mucho.

Él caminó hasta la puerta y miró sobre su hombro.

—¿No vienes? —preguntó, alzando una ceja.

—¿Desde cuándo cumples los deseos de las almas humanas? —preguntó Sakura, extrañada.

Kurogane le dedicó una sonrisa torcida.

—Desde que es divertido. Vamos, te aseguro que todos nos vamos a reír mucho con esto.

—Supongo que es Kaito el que quiere verme... ¿no? —dijo ella, suspirando y poniendo los ojos en blanco.

—Acertaste, es el único de los que tengo a mi cargo que te conoce. Dice que está arrepentido por lo que hizo y que quiere disculparse.

Sakura empezó a reírse con demasiadas ganas y yo continué mirando a ambos con odio. La conocía tan bien que sabía detectar cuando sus sonrisas y risas eran fingidas.

—Está bien, veamos que quiere ese idiota —murmuró, siguiendo a Kurogane.

Él alzó el vuelo y se perdió de vista enseguida.

Sakura cerró la puerta, no sin antes mirarme y mover los labios para decirme "te quiero" sin hacer ningún sonido.

Sonreí y ella correspondió a mi sonrisa, chasqueando los dedos. Mis cadenas desaparecieron y ella terminó de cerrar, echando la llave.

Escuché el ruido de sus alas alejándose y resoplé, estirando mis cuatro extremidades y tocándome el cuello.

Me había cabreado muchísimo que Kurogane la tratara como si fuera un trozo de carne. Se acababa de ganar el primer puesto en mi lista mental de los demonios a los que tenía que derrotar cuando saliera del infierno.


Tuve que aguantar el tipo delante del resto de demonios, porque me afectó bastante ver a Kaito tan destrozado. Todo su cuerpo estaba cubierto de heridas y no paraba de temblar.

Además, ya no pensaba con claridad. Tras varios años en el inframundo, lo que Kurogane y los otros demonios le hacían había quebrado su mente y parecía haberse vuelto completamente loco.

Lloró como un niño pequeño al verme y se lanzó sobre mí, intentando abrazarme.

Empezó a gritar que se arrepentía de todo lo que había hecho. De engañar a su mujer, de utilizarme para su propio beneficio y sobre todo de haber obligado a esa chica a que se acostara con él para no perder su trabajo.

Me aparté con cara de asco y lo lancé contra una pared, haciendo que gimiera de dolor.

—Yo también te utilicé para mi beneficio, Kaito. Recuerda con quién estás hablando —gruñí, mostrando una sonrisa malvada mientras él intentaba incorporarse.

Kurogane y el resto de demonios se reían al observarnos, divertidos con la escena de un alma humana pidiendo perdón a una diablesa.

—No puedo soportar esto más, necesito que me perdones por lo que hice —gimió él, desesperado.

Mi corazón se encogió, pero apreté los puños y no dejé que se notara. Empecé a reírme y los demonios se unieron a mi risa.

—Aunque te perdone, vas a seguir aquí por toda la eternidad. Deberías haberte arrepentido cuando todavía estabas vivo —murmuré, apartando la mirada.

Kaito empezó a gritar y Kurogane lo agarró del cuello, levantándolo hasta tenerlo a su altura.

—¡Deja de gritar, estúpido! Te has ganado que te corte las pelotas otra vez.

Apreté los labios y decidí que era el momento de irme. No quería ver eso.

—Me marcho ya, Kurogane. Tenías razón, ha sido divertido.

Él me miró y levantó una ceja, sonriendo de lado.

—Cuando te hartes de violar a tu angelito, ya sabes dónde estoy —contestó, caminando hacia una mesa llena de cuchillos.

Agité mis alas y salí disparada hacia los agujeros del techo lo más rápido que pude, pero no conseguí evitar escuchar el grito de dolor de Kaito.

Sacudí la cabeza para sacar ese sonido de mi memoria y sobrevolé el inframundo a toda velocidad, desesperada por volver junto a Syaoran. Solo me sentía bien cuando él estaba cerca, y en ese momento no me podía sentir peor.

Utilicé la llave que colgaba de mi cuello para abrir la puerta y la cerré con rapidez, lanzándome a sus brazos. Syaoran frunció el ceño al verme así, pero se inclinó y me sujetó.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, preocupado.

Levanté la cabeza para poder ver sus ojos y él limpió mis lágrimas con el dorso de su mano.

—Ese demonio te da miedo... ¿verdad? —añadió, arqueando una de sus cejas.

Asentí lentamente, suspirando. Coloqué mi mano derecha sobre su cuello y dejé fluir un poco de mi energía, haciendo desaparecer las marcas que tenía de los dedos de Kurogane.

—Es uno de los duques del infierno. Él y Astaroth me aterran, al igual que Lucifer. Ellos tres son los demonios más crueles de todos —reconocí en voz baja.

—No entiendo por qué te has acostado con él si le temes —murmuró Syaoran, frunciendo el ceño.

—Un día me provocó y simplemente pasó... desde entonces ha ocurrido más veces, aunque prefiero a Yue. Los dos me hacen daño, pero Kurogane normalmente se pasa.

Syaoran torció el gesto y escondí mi cara en el hueco de su cuello.

—Yo no quería que me besara, Syaoran... tienes que creerme.

—Lo sé.

—Y no he tocado ni besado a nadie que no seas tú desde la fiesta. ¿Eso también te lo crees? —pregunté, volviendo a mirarlo.

Syaoran asintió.

—¿De verdad? —insistí con incredulidad.

—Te dije que iba a intentar confiar en ti y he decidido creerte.

—¿Sí? ¿Incluso lo de que te quiero?

Syaoran sonrió y me estrechó entre sus brazos.

—Negaré haber dicho esto... pero yo también te quiero, Sakura.

Me abalancé sobre sus labios. Esas palabras me habían hecho más feliz que en toda mi vida humana. Syaoran me levantó y caminó conmigo sin apartarse de mi boca, besándome como nunca lo había hecho.

Atrapó mi labio inferior entre los suyos y me estremecí de placer. Me había vuelto completamente adicta a los besos de ese ángel. Debería ser pecado que sus besos se desperdiciaran, no lo contrario.

Jamás entendería que los ángeles no compartieran momentos íntimos. Si yo hubiera sido uno de ellos, y hubiera conocido a Syaoran... me habría encantado pasar toda la eternidad con él, disfrutando de sus caricias y su cuerpo cada noche.

Él mordisqueaba mis labios sin tregua, acariciándolos con su lengua hasta que descendió para hacer lo mismo en mi cuello.

—Déjame verte —susurré, apartándome lentamente de su cuerpo.

Sus ojos se abrieron y me coloqué tras él, chasqueando los dedos. Un enorme espejo apareció delante de nosotros. Lo rodeé con mis brazos y subí mis manos por su torso, levantando su ropa.

Syaoran alzó una ceja cuando agarré su camiseta y se la arranqué. Todo su cuerpo se tensó mientras yo seguía acariciando su cuerpo, mirando el espejo por encima de su hombro.

Nuestros ojos estaban conectados a través del reflejo. Me acerqué más, apretando mi pecho contra su espalda.

—Relájate, solo quiero verte desde todos los ángulos posibles —murmuré, dejando un pequeño mordisco en su hombro.

—¿No me has visto ya suficiente? —preguntó él, moviendo sus brazos hacia atrás hasta sujetar mi cintura.

Negué con la cabeza y destrocé sus pantalones con mis afiladas uñas. Los trozos de tela blanca cayeron al suelo y me mordí el labio al ver a mi angelito solo con su ropa interior.

Rocé el borde con los dedos y cerré los ojos, concentrándome para cambiarla de color. Al abrirlos, se me escapó un jadeo al verlo tan solo llevando unos calzoncillos negros.

—Siempre me han gustado los chicos vestidos de negro, pero lo tuyo está a otro nivel —susurré, besando su cuello y recorriendo los músculos de su espalda con mis dedos.

Dejé un par de besos en su columna mientras mis manos volvían a la parte delantera de su cuerpo, deslizándose sobre sus abdominales.

Cuando volví a mirarlo a los ojos a través del espejo, me quedé sin aliento. Mis iris estaban tan rojos como el fuego y los suyos habían cambiado a dorado.

Sentí sus manos sobre las mías y me hizo girar, atacando mi boca con desesperación. Empezó a torturar mi labio inferior como solamente él sabía hacerlo. Suspirando, hundí las manos en su pelo y me apreté más contra él.

Sin darme cuenta acabamos en mi cama de sábanas negras, con nuestros cuerpos desnudos totalmente entrelazados.

Syaoran tomó el control y empezó a recorrerme con sus labios, explorándome sin prisa. Yo tenía la vista nublada por el deseo y estaba aguantando las ganas de lanzarme sobre él y comérmelo entero.

Sus besos descendieron por mi vientre y, cuando llegaron hasta mi entrepierna, lo sentí dudar.

Sujeté sus manos, que estaban acariciando mis caderas, y observé su perfil en el enorme espejo que seguía a nuestro lado.

—Sigue, Syaoran. Bésame ahí también.

—Sé que los humanos lo hacen, pero...

—Por favor —pedí, suspirando.

Su mirada conectó con la mía a través del reflejo y asintió, volviendo a besar mi vientre.

En cuanto sentí sus labios y su lengua un poco más abajo se me escapó un gemido.

Eso era algo que los demonios no hacían. Ellos eran unos brutos e iban directamente a por lo que querían. Además, si lo hicieran también incluiría mordiscos y eso debía doler demasiado, por lo que nunca me había interesado.

En mi vida en la tierra no lo había experimentado muchas veces, al menos no de una forma tan pasional y tierna a la vez. Mis ligues humanos habían sido cosa de dos o tres noches, exceptuando un par con los que tuve algo durante varios meses pero sin que llegara a ser importante.

Con nadie había tenido tanta confianza como tenía con Syaoran. Tras dos años viviendo juntos en mi pequeño rinconcito del infierno, nos conocíamos muy bien y prácticamente lo sabíamos todo el uno del otro.

Cuando todo mi cuerpo se estremeció sin control, utilicé las manos para apartarlo un poco y él buscó mi mirada con los ojos llenos de confusión.

—Ahora vas a saber lo que se siente —murmuré, sonriendo mientras le obligaba a tumbarse.

Lo besé un momento y empecé a descender por su cuello, saboreando su piel.

Syaoran jadeó cuando dejé un pequeño mordisco en uno de sus pectorales. Maldito angelito, todo él era puro músculo y me encantaba.

Seguí recorriendo su cuerpo hasta llegar a donde quería, notando que se estaba poniendo cada vez más nervioso. Soplé un poco en su entrepierna y Syaoran se tensó, haciéndome reír.

Subí una de las manos por su pecho, empujándolo hacia atrás.

—Quédate tumbado y relájate. Si quieres verme, utiliza el espejo —susurré, mirándolo fijamente.

Él suspiró y dejó caer la cabeza sobre la almohada, girándola hacia un lado para poder verme.

Mordisqueé uno de sus muslos sin dejar de mirar sus ojos en el espejo y, tras un momento, me concentré en esa parte que estaba deseando probar. Lo escuché gruñir un poco pero no me detuve, recorriéndolo con mis labios y presionando ligeramente con los dientes.

Syaoran no dijo nada, pero agarró una de mis manos. Noté que estaba temblando y se la apreté para intentar que se calmara un poco.

Desvié la mirada y me concentré en sus reacciones para saber lo que le gustaba. Unos minutos después escuché un gemido grave salir de su garganta y sentí todo su cuerpo estremeciéndose.

Volví a subir lentamente por su torso, pensando en lo raro que era que cuando los demonios y los ángeles hombres tenían un orgasmo no saliera nada de sus cuerpos. Las diablesas no ovulábamos y eso era algo que no echaba nada de menos.

Cuando llegué hasta sus labios, me entretuve rozándolos y besándolos lentamente, intentando demostrarle que lo que sentía por él era real.

Finalmente me alejé unos centímetros y lo miré a los ojos.

—¿Te ha gustado? —pregunté, bastante intrigada.

—Más de lo que esperaba —reconoció él, aún jadeando.

Me reí y Syaoran se unió a mi risa.

—¿Y a ti? Cuando me has detenido, pensaba que era porque no lo estaba haciendo bien —murmuró entre dientes.

Aquello me hizo sonreír. Era como estar con un chico virgen, aunque los hombres sin experiencia no besaban ni tocaban así.

—Al revés, lo haces todo demasiado bien para ser un novato. ¿De verdad los ángeles no hacen nada de esto? A veces creo que me mientes —contesté, bromeando.

Syaoran arrugó un poco la frente.

—Ya te expliqué que a los ángeles no nos interesan las relaciones físicas.

—A ti sí... al menos conmigo.

Su entrecejo se frunció más y me arrepentí de haber sacado el tema.

—Olvídalo, Syaoran. Déjame estar contigo —susurré, volviendo a besarlo.

Él suspiró entre mis labios y se incorporó, rodeándome con sus brazos. Una vez sentado me colocó encima de él y nuestros cuerpos se unieron, arrancándome un gemido.

Por segunda vez Syaoran accedía a acostarse conmigo, y esta vez había sido idea suya.

Nos movimos de forma mucho más intensa que la vez anterior y le mordí demasiado fuerte en el cuello sin querer, pero no se quejó. No nos detuvimos hasta que esas punzadas dolorosamente placenteras invadieron nuestros cuerpos de nuevo.

Me mordí el labio inferior, recorriendo todo su cuerpo con la mirada mientras ambos recuperábamos el aliento.

—A partir de ahora te llamaré ángel del infierno, porque todo tú eres pecado.

—El ángel del infierno eres tú —contestó Syaoran, alzando una ceja.

—Técnicamente, sí —admití, abrazándolo y tumbándome junto a él.

Sentí que me besaba en la cabeza y cerré los ojos, dejándome llevar por el cansancio.