Arual17: Tienes razón, pero él todavía no sabe reconocer esas emociones humanas jaja
Invitado: Sí, la verdad es que su primer encuentro me encanta :) es muy intenso.
Capítulo Veintiuno
Regreso
Nuestras armas chocaron, pero sabía que no tenía nada que hacer. Él era mucho más poderoso y no podría rechazar sus ataques.
Alguien empujó al demonio por un costado, alejándolo un poco de mí. Vi a Syaoran situarse entre nosotros con su escudo dorado en alto y la espada apuntando a Kurogane.
—Acabaré contigo —aseguró a través de su yelmo con voz grave. Se notaba que estaba furioso.
Kurogane le dedicó una sonrisa burlona y se lanzó contra él.
Yo trataba de mantenerme en el aire, apretando los dientes. Casi me había partido la espalda por la mitad y una de mis alas estaba bastante destrozada.
Un escudo de hielo rodeó la piel de Syaoran por completo y vi que su espada se iluminaba, justo como había pasado cuando me atacó a mí el día que le capturé. Al golpear la de Kurogane, una gran explosión de energía se liberó y el demonio salió disparado hacia atrás, malherido.
—¡Aureus! —gritó Syaoran.
El gigantesco ángel escuchó su llamada y lanzó su arma con todas sus fuerzas, atravesando el pecho de Kurogane de un solo golpe. Me quedé sin aliento al ver el rostro de pánico del demonio.
Aureus levantó la mano derecha y la lanza volvió junto a su dueño a toda velocidad, justo a tiempo para poder protegerse con ella de un ataque de Lucifer.
El cuerpo sin vida de Kurogane cayó hacia el suelo del inframundo y sentí que alguien me sujetaba.
—Tengo que sacarte de aquí ya.
Los brazos de Syaoran me rodearon y empezó a volar conmigo hacia arriba, en dirección a las estrellas. Me agarré a su cuello y miré hacia abajo. Cuatro demonios entre los que estaba Yue nos perseguían y todos me atravesaban con sus miradas llenas de odio.
Empecé a sentirme mejor y supe que Syaoran estaba dejando fluir su energía dentro de mí, cerrando mis heridas mientras volábamos a toda velocidad.
El paraíso volvió a aparecer ante nosotros cuando llegamos a lo más alto del acantilado y él me soltó. Apenas me había fijado la vez anterior, estaba demasiado concentrada en las constelaciones como para apreciar la inmensa explanada que se extendía a mi lado.
Varios ángeles que estaban junto a los humanos nos vieron y volaron hacia nosotros, materializando sus armas. Uno de ellos tenía el cabello azulado y venía directo hacia mí, dispuesto a atacarme.
—¡Ella me salvó, Eriol!
En cuanto escuchó la voz de Syaoran, el ángel se detuvo y desvió su mirada a los cuatro demonios que ya nos habían alcanzado, lanzándose a por ellos. Al verse superados en número decidieron retroceder, no sin antes gruñir en mi dirección.
—¡Esto no acaba aquí! —gritó Yue mientras se alejaba.
El tiempo de lucha estaba terminando y faltaba poco para que la barrera se activase otra vez. Lo sabía porque las llamas que rodeaban mi cuerpo para protegerme empezaron a menguar.
Mis poderes demoníacos estaban desapareciendo.
Aterricé sobre la hierba, con Sakura a mi lado. Los ángeles nos rodearon, blandiendo sus armas y observándola con desconfianza.
—Si he vuelto es gracias a ella, así que no os atreváis a atacarla —murmuré entre dientes, poniéndome delante de la diablesa en actitud protectora.
Aureus avanzó hasta nosotros y miró a Sakura con sus grandes ojos dorados. Siempre los tenía de ese color, al igual que su cabello.
—¿Esta demonio te ha mantenido con vida allí abajo? —preguntó con su voz grave.
Asentí lentamente.
—No es una diablesa normal —comentó Eriol mientras la observaba.
—Lo sé, todos podemos ver los rastros de humanidad que tiene su aura. Dime, ¿hace mucho que dejaste ser humana? —preguntó Aureus, dirigiéndose a ella directamente.
Sakura se colocó a mi lado y suspiró.
—Pasé algo más de cuatro años como humana en el inframundo antes de que Lucifer me transformara.
—¿Cómo pudiste aceptar eso? —dijo Eriol, muy sorprendido.
—Era mejor que seguir sufriendo sus torturas —admitió ella, encogiéndose de hombros.
—¿Cuánto hace que eres una diablesa?
—Unos seis años humanos.
—Todo eso no importa. Aunque ella me capturó, no fue capaz de hacerme daño y me ha tenido escondido estos cuatro años mientras esperábamos a que llegara otra batalla para escapar —expliqué sin apartar la mirada de Aureus, que aún llevaba su lanza dorada en la mano.
Suspiré aliviado cuando la hizo desaparecer y me dedicó una pequeña sonrisa.
—Tuviste la suerte de que te atrapara la única diablesa que ha sido humana —comentó, volviendo a mirar a Sakura.
Sonreí con tristeza.
—Al principio no lo supe, pero tuve mucha suerte. Cualquier otro demonio me habría torturado hasta aburrirse, y después Lucifer me habría matado sin piedad.
Todos los ángeles asintieron, asombrados por la historia. Era difícil de creer que una diablesa hubiera salvado a un ángel.
—Está bien, le permitiremos quedarse aquí. Pero tendrás que vigilarla, Syaoran... si la convirtieron en demonio es porque tiene maldad dentro, y en este lugar debe tratar bien a las almas humanas y ser amable.
—La controlaré hasta que aprenda a comportarse —respondí, asintiendo.
Escuché a Sakura bufar a mi lado.
—No soy una niña pequeña, puedo cuidar de mí misma.
Aureus se acercó más a ella y se inclinó para mirarla a los ojos, haciendo que Sakura se estremeciera.
—Lo veremos... aquí no podrás volver a mentir. No lo toleramos y sabré si lo haces. Te estaré vigilando —le advirtió.
Ella asintió, un poco asustada.
—Yo... no me encuentro bien —murmuró, llevándose una mano a la cabeza y tirando de uno de sus mechones caoba.
—Ningún demonio puede sentirse bien mientras esté aquí —dijo Aureus, haciendo una mueca que parecía una sonrisa.
Levantó el vuelo y los demás ángeles lo imitaron, alejándose de vuelta a sus puestos.
Puse una mano en su hombro y volví a dejar fluir mi energía dentro de ella, terminando de curar sus heridas. Sakura agitó sus alas negras, sonriendo al ver que ya no le dolía hacerlo.
—Te llevaré a descansar —dije, ofreciéndole mi mano.
Ella la tomó y volamos juntos hasta el panteón, entrando a través del gigantesco arco sujeto por columnas de mármol blanco. Aterrizamos y la solté, caminando por uno de los anchos pasillos.
—Han confiado en tu palabra, así sin más —comentó Sakura, impresionada.
—Pues claro, yo no miento. Al menos aquí no.
—¿En el infierno me mentiste? —preguntó ella en voz baja.
Apreté los labios, desviando la mirada. No quería hablar de eso.
—Sí.
Sakura no dijo nada más y siguió andando detrás de mí, a unos pasos de distancia.
—Aquí podrás encontrarme cuando no esté de guardia —murmuré sin mirarla, señalando la puerta de mi cuarto.
Ella asintió y continuó caminando a mi lado. Pasamos por otras cinco puertas blancas hasta llegar a la que estaba buscando. La abrí y dejé que Sakura entrara primero.
—Esta habitación era de un ángel que murió a manos de Lucifer hace mucho y lleva varios siglos vacía, a partir de ahora será la tuya. Piensa bien si vas a necesitar algo más de lo que hay y lo materializaré para ti.
Sakura me abrazó y mi cuerpo se tensó al sentirla tan cerca.
—Gracias por todo, Syaoran.
—Tengo que irme. Quiero comprobar cómo está Touya, aunque seguro que Eriol ha estado pendiente de él por mí.
Ella me liberó y asintió con una sonrisa cansada.
—Vale, luego me lo cuentas.
La miré un par de segundos y salí de la habitación, cerrando la puerta.
Antes de alejarme apoyé la espalda en la pared de mármol, llevándome las manos a la cabeza. Estaba hecho un lío, pensaba que al recuperar mi energía y no tener esa presión en mi cabeza a todas horas volvería a ser el de antes.
Pero me había equivocado. Seguía sintiendo algo extraño cuando Sakura me tocaba y una parte de mí quería quedarse a su lado.
Sacudí la cabeza con frustración y alcé el vuelo, saliendo del panteón en dirección a la llanura donde los ángeles velábamos por nuestros humanos. Quería encontrar a Eriol y que viéramos a Touya juntos para que me contara todo lo que había ocurrido en mi ausencia.
Caminé hasta la ventana sin cristal que había en la pared de mármol blanco de mi nueva habitación y me senté en el marco, sacando las piernas hacia fuera hasta que colgaron en el aire.
Estaba empezando a amanecer y la luz del sol aclaraba el oscuro cielo lleno de constelaciones. Sonreí al observarlas, era como volver a estar en la tierra.
Una lágrima cayó por mi mejilla y la limpié rápidamente con la mano. No podía permitirme llorar. Desde el principio sabía que podía pasar, había perdido a Syaoran y tenía que asumirlo.
Él había prometido seguir siendo mi amigo, pero me dolía no volver a tenerlo entre mis brazos y dejar de recibir sus maravillosos besos.
Pude notar perfectamente que se había sentido incómodo cuando lo abracé, recordándome a nuestras primeras semanas juntos en el infierno. Mi ángel había vuelto a ser el mismo de antes y ya no sentía amor ni atracción por mí.
Suspiré y apoyé la cabeza en la pequeña columna que adornaba la ventana, balanceando mis piernas.
No hacía ni frío ni calor, la temperatura perfecta... tal y como imaginaba que ocurriría en el paraíso. En el infierno el aire siempre era asfixiante, aunque al ser diablesa había dejado de notarlo.
Traté de llamar a mi fuego interior, pero era como si ya no existiera. También me dolía un poco la cabeza, aunque no me resultaba tan incómodo como cuando era humana y vivía en el inframundo.
No iba a poder dormir, tenía demasiadas cosas dando vueltas en mi mente y era inútil intentarlo.
Desplegué mis alas negras y me impulsé hacia arriba. Quería observar el paraíso desde lo alto del cielo y acercarme todo lo posible a las estrellas que tanto había echado de menos.
Pasé una de mis manos por delante de mi cuerpo y sentí un gran alivio al ver que la imagen del mundo humano aparecía ante mí.
Touya estaba durmiendo, con Tomoyo a su lado.
—Viven juntos desde hace casi tres años —comentó Eriol, que se había acercado al verme volando hacia ese lugar.
La mayoría de los que vigilaban a las almas que habitaban en la parte este del planeta se habían marchado para descansar. Allí era de noche y sus protegidos estaban dormidos, pero todavía había millones de ángeles en la gigantesca llanura, sentados y observando a los humanos.
Asentí mientras seguía pendiente del hermano de Sakura, que parecía estar muy tranquilo y feliz.
—Has cuidado de él por mí... ¿verdad? —pregunté, buscando los ojos azules de mi amigo.
Él me dedicó una sonrisa.
—Tú habrías hecho lo mismo por mí. Ha sido el doble de trabajo, pero ha merecido la pena. Los dos están bien y son felices.
Suspiré y eché la cabeza hacia atrás, observando el cielo del paraíso donde se empezaba a intuir la luz del sol.
—Es una gran ventaja que aquí tengamos el mismo horario solar que en Japón —murmuré, sonriendo.
—Ya queda menos para que eso cambie, recuerda que cada siglo seguimos el horario de un país diferente —contestó Eriol, sentándose a mi lado.
Torcí el gesto. Cuando eso pasara, Touya ya habría muerto. Seguramente estaría en el paraíso con nosotros si todo seguía igual de bien, y yo tendría un protegido diferente a mi cargo.
Eriol parecía impaciente mientras tamborileaba los dedos sobre una de sus piernas, por lo que lo miré fijamente y chasqueé la lengua con molestia.
—Lo que tengas que decir, dilo de una vez.
—Esa diablesa es la hermana de Touya... ¿verdad? Me recuerda mucho a ella.
Asentí en silencio, resoplando.
—¿Y sabe que tú eras el encargado de su hermano? —preguntó mi amigo.
—Sí, se lo conté cuando descubrí quién era ella.
Eriol ladeó la cabeza con gesto pensativo.
—Lo que no sabe es que su mejor amiga es la novia de su hermano —añadí, recordando que no había nombrado a Tomoyo delante de Sakura.
—¿En serio? ¿No se lo has dicho? —dijo Eriol, sorprendido y divertido a partes iguales.
Negué con la cabeza.
—Por cierto, ya no es su novia. Ahora es su mujer —matizó Eriol, levantando las cejas.
—Se lo contaré. Seguro que se alegra al saberlo —contesté, suspirando.
Escuchamos el batir de unas alas lejanas y los dos levantamos la vista hacia el cielo. En todo lo alto se podía ver una figura que tenía las alas negras, volando por encima de nosotros.
Mi corazón empezó a latir mucho más rápido al reconocer a Sakura.
Cuando se alejó dejé de observarla y agité mi mano, haciendo desparecer la imagen de Touya. Me encontré con la mirada intuitiva de Eriol a mi derecha.
—Creo que tienes cosas que contarme, Syaoran.
Fruncí el ceño, sintiéndome muy incómodo. Mi amigo levantó las dos manos.
—Tranquilo, no voy a obligarte a que me lo digas. Cuando estés listo, estaré aquí para escucharte —añadió, palmeando uno de mis hombros.
—Gracias, Eriol —respondí, volviendo a relajarme y sonriendo.
Él se levantó y sacudió sus alas blancas.
—Voy a buscar a Kaho. Cuando termine la guardia, queremos ir juntos hasta la cordillera del norte y bañarnos en el lago.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —dije, incorporándome también.
Eriol asintió. Apreté los puños y me armé de valor.
—¿Nunca has sentido la necesidad de... besarla? ¿O de acariciar su piel? —susurré, tratando de que nadie me escuchara.
Los ojos azules de Eriol se abrieron más que nunca. Seguramente estaba intentando adivinar por qué le preguntaba eso.
—Me gusta darle besos en la frente porque le tengo cariño, pero nada más —respondió en voz baja, mirando a su alrededor con nerviosismo.
Aparté la mirada, enfadado. Ni siquiera mi amigo sentía la misma debilidad que yo... y eso que llevaba varios milenios pasando tiempo con Kaho.
—Me parece que lo que tienes que contarme es más interesante de lo que imaginaba —comentó Eriol con una sonrisa burlona.
Me guiñó un ojo y alzó el vuelo, perdiéndose en la lejanía. Gruñí entre dientes y lo imité, volviendo hacia el panteón.
