Arual17: Jaja sí, por ahora parece que va todo bien... y sí, Syaoran ha aprendido mucho durante los cuatro años que pasó con ella en el infierno :P
Ya nos vamos acercando al final... ¡Quedan seis capítulos más!
Capítulo Veinticuatro
Entrenamiento
Entré en el enorme panteón arrastrando los pies. Estaba muy cansada por la lectura mental que me había hecho Aureus y por las más de ocho horas que había pasado recibiendo a nuevas almas humanas al lado de Eriol, que se encargó de explicarme lo que tenía que hacer y decir.
Aparecían en un espacio lleno de hierba y flores. No tardaban mucho en despertarse y solían estar en shock, sin entender lo que había ocurrido.
Tampoco ayudaba que casi todos se asustaban al verme.
Seguí las instrucciones de Eriol y les fui llevando hasta un enorme espejo donde, al tocarlo, veían a sus familias despidiéndose de ellos en el mundo humano. Eso les ayudaba a calmarse y a asimilar su muerte con más facilidad.
Muchas de las almas me preguntaban por qué yo era tan distinta al resto de ángeles. Tenía que armarme de paciencia y contestar bien, con la mirada autoritaria de Eriol recordándome que debía ser amable.
Les explicaba que, al igual que los ángeles caídos se transformaron en demonios con el paso de los siglos, yo era una diablesa que había vuelto del infierno porque no quería seguir siendo malvada. No necesitaban saber que antes había sido una humana como ellos, y técnicamente no les estaba mintiendo.
Después de eso, comprobábamos si tenían familiares o amigos viviendo en el paraíso para que vinieran a recibirlos. Por último, les dábamos a elegir varios lugares donde vivir y ellos escogían el que más les gustaba.
Suspiré mientras seguía andando por uno de los pasillos del panteón. Estaba tan agotada que no era capaz ni de volar. Lo de ser buena y amable me dejaba exhausta, tenía que morderme la lengua y esforzarme mucho para controlarme.
Al llegar a la puerta de mi cuarto la abrí de golpe, deseando lanzarme sobre mi cama y dormir durante horas... pero gran parte de mi cansancio desapareció al ver a Syaoran tumbado en ella, esperándome con un libro entre sus manos.
Sonreí y agité mis alas, lanzándome sobre él. Mi angelito correspondió a mi sonrisa y me rodeó con sus brazos, dejando que me apoyara en su pecho.
—¿Cómo ha ido tu día?
—Es maravilloso volver a estar aquí. ¿Y el tuyo?
Resoplé con fastidio.
—Algunas de las almas me han cabreado con sus tonterías, pero he conseguido controlarme. Y cada vez que se asustaban al verme tenía que morderme la lengua para no burlarme de ellos —confesé en voz baja.
Escuché la risa suave de Syaoran y me abracé más a él, cerrando los ojos.
—Sabía que podrías conseguirlo. Con el tiempo te costará cada vez menos esfuerzo ser así, se volverá algo natural.
—Lo dudo mucho —gruñí entre dientes, haciendo que se volviera a reír.
—¿Estás muy cansada? ¿Quieres dormir? —preguntó él, buscando mi mirada.
Contemplé sus ojos color miel unos segundos y negué con la cabeza.
—Estoy bien, puedo soportarlo. Aunque la verdad es que me apetece quedarme así y dormir contigo —murmuré, subiendo las manos hasta su cuello.
Una de las comisuras de los labios de Syaoran se curvó, formando una sonrisa.
—A mí también. Me has pegado la costumbre de dormir y creo que me va a costar deshacerme de ella.
—¿Y por qué quieres dejar de hacerlo? Si dormir es genial —susurré, cerrando los ojos y acomodando mejor mi cabeza sobre su pecho.
Sus dedos me acariciaron la espalda y toda mi piel se erizó.
—Porque si no duermo puedo hacer otras cosas.
Levanté la cabeza y miré a Syaoran, alzando una ceja y sonriendo de forma traviesa.
—¿Qué es lo que quieres hacer? Estoy abierta a cualquier sugerencia.
Syaoran puso los ojos en blanco, suspirando.
—Eres una mal pensada... no me refería a eso. Podríamos entrenar, necesitamos que nuestros poderes aumenten para la próxima batalla.
Temblé sin poder evitarlo y Syaoran me estrujó entre sus brazos.
—No temas, no te obligarán a luchar si no quieres. No tienes que volver a ver a esos demonios —susurró cerca de mi oído.
Me incorporé hasta que mi cabeza quedó a la misma altura que la suya y lo miré a los ojos.
—Pues claro que lucharé, Syaoran. No dejaré que te enfrentes a ellos tú solo. Querrán venganza y van a ir a por ti.
—También irán a por ti. Eres una diablesa que ha escapado del infierno —respondió él, frunciendo el ceño.
—En cuanto me vean seré el objetivo principal. Lucifer querrá matarme a mí antes que a Aureus, estoy segura.
—Tal vez podríamos usar eso en su contra —murmuró Syaoran, pensativo.
—No es mala idea... podría distraerlo lo suficiente como para que Aureus consiga atravesarle con su lanza, y así esta lucha sin fin terminará.
Él negó con la cabeza.
—Si te acercas a él te matará, Sakura.
Sonreí y dejé un beso en sus labios.
—No me importa si con eso logro que tú sigas con vida.
Syaoran me empujó con sus brazos, mirándome con mala cara.
—No pienso permitir que mueras. Los ángeles existimos desde hace milenios, pero tú apenas llegaste a los veinticinco años humanos y ahora llevas en esta dimensión muy poco. En total sumas poco más de treinta años, eso es una vida muy corta —dijo, con tono enfadado y los ojos dorados.
—Lo digo en serio, no me importa. Tú me has cambiado, ahora lo único que me interesa es que estés bien. Supongo que así es el amor, hay miles de canciones en las que los humanos hablan sobre cómo estarían dispuestos a sacrificar la vida por su persona amada y por fin las comprendo.
Syaoran y yo nos quedamos en silencio, mirándonos intensamente.
De repente se incorporó y me besó con mucha pasión, haciendo que me olvidara de lo que estábamos hablando. Cuando se alejó de mis labios, tardé un momento en recuperar el aliento.
Sin apartarse demasiado, volvió a mirarme y me dedicó una sonrisa.
—No dejaré que esas canciones se hagan realidad. Conseguiremos vencer sin que nadie más muera.
Asentí, todavía algo mareada por ese beso tan intenso que acababa de darme. Llevé mis manos hasta su camiseta blanca, dispuesta a arrancársela para hacerlo mío, pero Syaoran me sujetó.
—Ahora no —susurró, sacudiendo la cabeza.
Solté un gruñido y escuché su risa otra vez.
—Debemos empezar a entrenar, Sakura. Después volveremos aquí y te demostraré que yo también siento lo mismo que dicen esas canciones.
Sus palabras me provocaron un escalofrío. Me alejé de su cuerpo a regañadientes, levantándome de la cama, y él me siguió.
Empecé a caminar y miré hacia atrás, recorriéndolo con la mirada mientras me mordía el labio inferior. Me resultaba increíble todo lo que deseaba a ese ángel, me había vuelto adicta a él.
Syaoran ladeó un poco la cabeza y me regaló una sonrisa torcida mientras disfrutaba de mi escaneo visual.
Se puso a mi lado de un salto y sujetó mi mano derecha, alzando el vuelo. Agité las alas para que no tuviera que cargar con mi peso y sobrevolamos el paraíso, yendo cada vez más lejos hacia una zona que todavía no conocía.
Llegamos hasta el pico de una montaña y aterrizamos. Allí no había viviendas humanas y era comprensible, seguramente no les gustaba estar tan lejos de todo y preferían vivir más abajo.
Syaoran sujetó mi otra mano y se acercó más, agachando un poco la cabeza para atrapar mis labios con los suyos. Cerré los ojos para disfrutar del beso, pero terminó demasiado rápido.
Al abrirlos, él estaba frente a mí y había materializado su armadura y su espada. Cortó el aire con ella y levantó una ceja, sonriendo.
—¿Estás lista? Es la primera vez que vamos a pelear en igualdad de condiciones —dijo, con la voz más grave de lo normal.
Estaba deseando medirse conmigo. Esos años en el inframundo encontrándose tan débil no habían tenido que ser fáciles para él.
Yo también sonreí y pasé una mano sobre mi cuerpo, haciendo aparecer la armadura negra que llevaban los demonios. Syaoran negó con la cabeza y chasqueó los dedos, haciendo que se volviera dorada.
En mi cabeza apareció un yelmo muy parecido al suyo y lo miré a través de él, algo confundida.
—Ahora eres uno de los nuestros. No puedes volver a utilizar el uniforme del ejército de Lucifer. Además, así será más fácil reconocerte para el resto de los ángeles. Si llevas una armadura negra podrían pensar que eres un demonio y atacarte.
—Soy un demonio —contesté, arrugando el entrecejo.
—Ya sabes a lo que me refiero. Pensarían que eres uno de ellos —añadió Syaoran, poniendo los ojos en blanco.
Apreté los labios, asintiendo. Tenía razón.
Convoqué a mi fuego interior y las llamas me rodearon, aunque eran mucho más pequeñas de lo normal. Syaoran me imitó, creando una neblina de viento helado alrededor de su cuerpo.
—Ahora no te contengas, Sakura —dijo, haciendo girar su espada y avanzando hacia mí.
—No pensaba hacerlo —gruñí, materializando mi espada preferida para luchar.
Desplegué las alas y salté, cayendo sobre él. Syaoran paró mi ataque con su arma y nuestros rostros quedaron muy cerca, tan solo separados por las espadas.
Él me miró fijamente de forma muy intensa con sus ojos ámbar y sentí que perdía la fuerza en los brazos. Aprovechó mi distracción para empujar mi espada con más fuerza, lanzándome hacia atrás.
Caí sobre la hierba pero me incorporé enseguida, enseñándole los colmillos.
—¡Eso es trampa! No puedes mirarme así, me desconcentras.
—En el amor y en la guerra, todo vale. ¿No es eso lo que dicen los humanos? —respondió en tono burlón.
—Tú lo has querido, angelito. Ahora sí que voy a ir a por ti.
Escuché su risa y eso solo sirvió para aumentar mi enfado.
—Eso es, utiliza tus poderes. Así es como conseguirás que se incrementen —murmuró Syaoran, sonriendo.
Me fijé mejor en mi cuerpo y vi que las llamas que lamían mi piel habían aumentado de tamaño, y todo por culpa de la rabia que estaba sintiendo en ese momento.
—¿Lo has hecho a propósito? —pregunté, volviendo a mirarlo.
—Nunca lo sabrás —contestó él, guiñándome un ojo.
Puse los ojos en blanco y sonreí en su dirección, negando con la cabeza.
Dejé caer mi espada al suelo y concentré toda mi energía en las manos. Conseguí crear una bola de fuego del tamaño de mi cabeza y la lancé hacia el cielo, observando cómo lo cruzaba a toda velocidad.
Syaoran había hecho lo mismo con sus poderes y su rayo de hielo siguió a mi ataque.
—Prueba ahora con el hielo, Sakura. A ver lo que consigues hacer.
Asentí y cerré los ojos, concentrándome en esa sensación tan fría que a veces me recorría la piel. Llevé esa energía hacia mis manos. Se estaba formando una pequeña bola donde se veían trozos de hielo girando a toda velocidad.
Cuando no pude contenerla más, la dejé salir hacia arriba. Mi rayo de energía helada fue muchísimo más pequeño que el de Syaoran y eso me desanimó.
Hice una mueca y refunfuñé entre dientes.
—Irás mejorando, tienes que tener paciencia.
Miré a Syaoran como si se hubiera vuelto demente.
—Me conoces de sobra y sabes que apenas tengo.
—Pues así te sirve para mejorar en eso también. Todo son ventajas —dijo él, conteniendo la risa.
Recogí mi espada del suelo y la blandí en su dirección.
—Vamos, ven a por mí y demuéstrame eso que tanto decías.
—¿El qué? —preguntó Syaoran, frunciendo el ceño.
—Que tú deberías haberme vencido cuando peleamos —murmuré, levantando una ceja y sonriendo con desdén.
Los ojos de Syaoran cambiaron a color dorado y levantó su espada.
—Ahora lo verás.
Detuve el ataque de su espada con la mía, pero tenía tanta fuerza que mis pies empezaron a deslizarse por el suelo hacia atrás, dejando surcos en la tierra.
Me golpeó con la espada otras cuatro veces. Conseguía detenerlo, pero no era capaz de devolver sus estocadas. Era demasiado rápido.
Me hizo la zancadilla con uno de sus pies y me desplomé en el suelo. Él se dejó caer sobre mí y puso la punta de su espada en mi cuello.
—Te lo dije. Todo debería haber terminado así —comentó con una sonrisa de triunfo.
—Entonces yo no estaría ahora aquí.
Los ojos de Syaoran se abrieron más de la cuenta y dejó caer su espada a mi lado. Acercó su rostro al mío, atravesándome con sus iris dorados.
—Prefiero haber perdido y tenerte aquí, conmigo —susurró, recorriendo los pocos centímetros que nos separaban para besarme.
Solté mi espada, que hizo un ruido metálico al caer y golpear la suya, y rodeé su cuello con los brazos.
Nos quedamos en aquella colina, sin parar de besarnos tumbados sobre la hierba hasta que las constelaciones desaparecieron y el sol empezó a salir entre las montañas.
Nos vamos acercando al final... ¡Quedan seis capítulos más!
