Capítulo Veintiséis
Mentiras
El tiempo pasaba muy rápido. Entre recibir a las nuevas almas y entrenar con Syaoran, los días se me pasaban volando... y también las noches. Siempre que podía me colaba en su habitación para poder estar con él.
Y, cuando no lo hacía, era Syaoran el que aparecía en mi ventana y llamaba para que lo dejara entrar.
Ahora ya no tenía que preocuparme por estar en el inframundo y no me pasaba el día en tensión. Podía disfrutar de su compañía y de su cuerpo sin pensar en nada más.
Casi todos los ángeles ya sabían lo que pasaba entre nosotros. No nos decían nada, pero cada vez que nos veían juntos nos observaban con mucha curiosidad.
Syaoran y yo los ignorábamos. Oficialmente éramos compañeros y no podíamos besarnos ni acercarnos demasiado delante de nadie, pero siempre que estábamos juntos me llevaba de la mano y eso no podía gustarme más.
Me costaba acostumbrarme. A pesar del paso de los años, era difícil creer que de verdad él estuviera conmigo y me quisiera. No me merecía a alguien tan bueno como él y lo sabía.
Pestañeé y regresé a la realidad. Estaba en una cordillera luchando con Syaoran y era mejor no distraerme.
Él me acababa de herir en un brazo con su espada. Sin pensarlo, concentré mi fuego interior en mi mano libre y le ataqué con mi garra.
Tardé un momento en darme cuenta de lo que había hecho. El olor de su sangre me hizo reaccionar, dejé caer la espada al suelo y empecé a temblar.
—Lo siento, Syaoran.
La marca de mis uñas le atravesaba el pecho, donde le había quemado y desgarrado la piel.
—No importa, es normal que nos hagamos heridas. Además, esto prueba que ya eres muchísimo más fuerte que antes.
Se arrancó su camiseta rota de un tirón y la lanzó al suelo, haciendo que desapareciera.
Lo abracé y dejé fluir mi energía dentro de él mientras besaba el hueco de su cuello. A los tres segundos me separé y sonreí al ver que ya no quedaba ni rastro de la herida.
—Bien, sigamos un poco más —murmuró, alejándose de mí de un salto.
Me quedé quieta y sin querer me mordí el labio inferior. Ver a Syaoran sin camiseta siempre me dejaba algo atontada.
—Vuelve a vestirte —contesté, recogiendo mi espada.
Él me dedicó una sonrisa burlona.
—No.
Entrecerré los ojos y fruncí el ceño.
—No es justo, sabes que verte sin ropa me distrae mucho —gruñí entre dientes.
Syaoran alzó ambas cejas sin dejar de sonreír.
—Tienes que aprender a concentrarte.
Lo recorrí con la mirada, deteniéndome demasiado tiempo en sus abdominales y en los músculos de sus brazos, que estaban tensos al sujetar la espada.
—¿Te atreves a jugar con fuego estando cerca de una diablesa?
—Nunca conseguiste asustarme y no vas a lograrlo ahora. Vamos, ataca —respondió él, avanzando hacia mí.
Suspiré teatralmente y chasqueé los dedos, haciendo que mi vestido rojo desapareciera. Syaoran dejó de andar y lo escuché exhalar con fuerza.
Subí una de mis manos por mis piernas, acariciándome la piel con las uñas hasta llegar a mi sujetador de encaje negro.
—¿Qué ocurre, Syaoran? ¿Ahora te distraes tú?
Él arrugó el entrecejo y sacudió la cabeza. Al volver a mirarme, sus ojos eran dorados.
—A mí no puedes desconcentrarme.
Arqueé una ceja y sonreí, sujetando mejor la espada.
—Entonces demuéstramelo.
Un gruñido corto y grave salió de su garganta justo antes de empezar a correr.
Me coloqué en la mejor postura para recibir su ataque y esperé. El golpe metálico de nuestras espadas no tardó en escucharse. Syaoran me miraba fijamente y parecía enfadado. Le dediqué una sonrisa burlona y pestañeé varias veces.
Vi que sus ojos empezaban a descender lentamente por mi cuerpo.
—Mírame a los ojos, angelito —susurré, aguantando la risa.
—Eso hago.
—Mentiroso.
Empujé con todas mis fuerzas y conseguí apartarlo de mí. Abrí las alas y di un salto para esquivar su siguiente golpe. Lo ataqué, pero él también me evitó fácilmente.
—Yo no miento —dijo Syaoran, alzando el vuelo unos metros.
—En el momento en que lo has dicho no mentías. Pero antes no estabas mirándome a la cara y lo sabes.
Él arrugó la nariz y resopló. Dejé salir una risa suave al ver que ahora no podía negarlo.
Cayó a toda velocidad, intentando golpearme. Me agaché y rodé por el suelo para esquivarle, volviendo a incorporarme de un salto.
Syaoran se abalanzó sobre mí, pero su mirada volvió a desviarse unos segundos a mi cintura. Aproveché esa distracción para agarrarle de un brazo y hacerlo girar, haciéndolo caer con una zancadilla.
Me senté sobre él y rocé su cuello con la hoja de mi espada.
—Esta vez has perdido.
Nuestros rostros estaban a muy poca distancia. Syaoran dirigió su mirada unos segundos a mis labios, y aquello fue todo.
En menos de un pestañeo estábamos besándonos, ardiendo entre los brazos del otro.
Él hizo desaparecer nuestras espadas y me olvidé por completo de que estábamos entrenando. Ya solo podía pensar en él y en que necesitaba tenerlo más cerca.
—Lo reconozco, me has distraído y me has vencido.
—Tú te lo has buscado al intentar provocarme, Syaoran.
Los dos nos reímos mientras sobrevolábamos el paraíso, volviendo hacia el panteón. Ya estaba empezando a amanecer y pronto tendríamos que retomar nuestras obligaciones.
—Me gusta demasiado tu cuerpo, Sakura. Es difícil no admirarlo si lo tengo delante —reconocí en voz baja, sujetando una de sus manos.
Ella sonrió y se acercó más, teniendo cuidado de que nuestras alas no chocaran.
—Ya lo has visto miles de veces, deberías estar acostumbrado.
—¿Tú te has acostumbrado a ver el mío? —pregunté, alzando una ceja.
Sakura suspiró y negó con la cabeza.
—Tienes razón... nunca podré acostumbrarme. Eres tan perfecto que se me cae la baba cada vez que te miro.
Le dediqué una de mis mejores sonrisas torcidas.
—Lo sé, más de un alma me ha advertido sobre la diablesa pervertida que me come con la mirada.
Ella abrió mucho los ojos, sorprendida.
—¿En serio?
—Sí, entre ellas Meiling.
—A esa humana lo que le pasa es que tiene envidia. Se muere por estar contigo —contestó Sakura, gruñendo entre dientes con desprecio.
—Tú eres la única que ha conseguido despertar ese tipo de interés en mí, y estoy seguro de que no volvería a pasarme con otra persona —murmuré, dándole un apretón en la mano.
—Y yo te aseguro que, después de haberte conocido, nadie volverá a ser suficiente para mí. Eres tú o ninguno.
Tiré de su brazo, acercándola a mí y dejando un beso suave en sus labios.
—Yo también te quiero, Sakura.
Ambos sonreímos y empezamos a descender. Fruncí el ceño al ver a Aureus en la puerta del panteón.
—¿Qué ocurre? —preguntó Sakura en cuanto aterrizamos junto a él.
El ángel la miró y después desvió su mirada hacia mí.
—Tienes que prepararte, quedan solo unas horas.
Sentí que Sakura se quedaba paralizada.
—¿Es... es hoy? —preguntó, tartamudeando.
—Lo había olvidado por completo —admití, llevándome la mano a la frente y resoplando.
Aureus sonrió levemente.
—Es la primera vez en todos estos siglos que se te olvida, aunque lo entiendo. Ahora tienes una distracción que antes no tenías —comentó con voz burlona.
—Mi nombre es Sakura, no distracción —gruñó ella, arrugando el entrecejo.
Aureus levantó una ceja en su dirección.
—¿Sigues sin querer unirte? Lo veo un poco raro viniendo de ti.
—¿Qué? —preguntó, confundida.
Apreté su mano y, cuando me miró, negué sutilmente con la cabeza.
—Iré enseguida, Aureus. Deja que me despida de ella.
Aureus asintió y desplegó sus alas blancas, levantando el vuelo y alejándose en dirección a los límites del paraíso.
Tiré del brazo de Sakura hasta llegar a mi habitación, cerrando la puerta tras entrar. Una combinación de fuego y viento helado había surgido alrededor de sus manos y giraba sin que ella lo hubiera notado. Estaba realmente furiosa.
—¿Qué es eso de que te vas a despedir de mí? ¡Yo también voy! —gritó, enfadada.
—Sakura, contrólate.
Al escuchar mis palabras miró su cuerpo, sorprendiéndose al ver lo que le estaba pasando. Una vez que tomó el control de sus poderes, di unos pasos hacia ella.
—No puedo dejar que te pongas en riesgo. Tú misma lo dijiste, en cuanto te vean irán a por ti. Quédate aquí, por favor... hazlo por mí. Lucharé mejor si sé que estás a salvo.
—No puedes pedirme eso, Syaoran —respondió, apretando los puños.
Sujeté su rostro entre mis manos, sonriendo al mirar sus ojos verdes.
—Nunca te he pedido nada hasta hoy. No vengas, déjame intentar vencer a Lucifer sin que tú estés en peligro. Si no lo conseguimos, prometo que no volveré a pedirte que te mantengas al margen en las batallas contra los demonios.
Ella apretó los labios, seguramente intentando contener la maldición que quería soltar. Aunque no pudiera leer su mente, sabía lo que estaba pensando. Era cierto, ya habían pasado ocho años desde que nos conocimos y jamás le había pedido nada, ni una vez.
Cerró los ojos con fuerza y suspiró.
—Está bien.
Rodeé lentamente su cintura con los brazos y la besé en los labios, cerrando los ojos y apretándola contra mi cuerpo. No estaba completamente seguro de si volvería a verla, aunque intentaría que fuera así.
Sentí que sus brazos me rodeaban y me besó muy despacio. Me dejé llevar en ese beso durante el tiempo que duró, hasta que Syaoran se alejó de mí.
Nos miramos a los ojos y supe que no podía quedarme allí sin hacer nada.
—Volveré pronto, Sakura. No te preocupes por mí.
Asentí sin decir nada. No quería arriesgarme a que él se diera cuenta de que estaba fingiendo. Syaoran sonrió y me besó en la frente, saliendo de su habitación.
Hice aparecer mi nueva armadura dorada sobre mi cuerpo en cuanto se cerró la puerta. No pensaba quedarme escondida mientras él y los demás se jugaban el cuello en aquella batalla.
Me coloqué bien el yelmo y sujeté mis dos armas en el cinto.
—Y una mierda, Syaoran. Pelearé junto a ti quieras o no —murmuré entre dientes, acercándome a la ventana.
El sol ya estaba bastante alto en el cielo. En cuanto empezara el atardecer, la barrera entre los dos mundos desaparecería.
Todos los ángeles que iban a luchar estaban en el borde, planeando la estrategia que seguirían en esta ocasión. Era fácil reconocerlos porque a lo largo de los límites del paraíso lo único que se veía era una luz brillante y dorada que provenía de sus armaduras.
Suspiré y abrí la ventana, sonriendo al recordar el día que Syaoran puso cristales en su habitación.
Me apoyé sobre la columna que adornaba el marco y contemplé lo que tenía ante mí. Desde allí podía ver a muchos de los humanos, que seguían con su vida como si no fueran conscientes de lo que iba a pasar en pocas horas.
Pero todos lo sabían, aunque los ángeles se encargaban de mantenerlos tranquilos y asegurarles que no debían preocuparse por nada.
Fruncí el ceño al pensar en que Eriol se habría quedado de nuevo al cuidado de mi hermano y de Tomoyo, como hacía en cada batalla. Él no era tan buen guerrero como Syaoran y prefería quedarse velando por sus dos protegidos.
El tiempo pasó demasiado despacio. No dejé de crujir mis nudillos mientras el sol iba descendiendo poco a poco, y salí disparada hacia el borde del acantilado en cuanto se ocultó tras las montañas.
Cuando estaba a punto de llegar vi a todos los ángeles lanzarse al vacío, con sus espadas y escudos en las manos.
Los imité sujetando mis armas y los seguí, intentando no hacer mucho ruido al volar para que no me escucharan. No sabía donde estaba Syaoran y no quería que me descubriera y me obligara a volver al paraíso para estar a salvo.
Arrugué el entrecejo y apreté los dientes con rabia al ver a todos los demonios volando hacia nosotros.
No permitiría que ninguno de ellos tocara a mi angelito. Por encima de mi cadáver.
