Capítulo Veintiocho
Reunión
El tiempo pasó casi sin sentirlo. Sakura consiguió acostumbrarse a la vida en el paraíso, aunque seguía teniendo que esforzarse para no ser borde ni sarcástica con las confundidas nuevas almas que recibía cada día.
Seguía siendo la misma de siempre, pero poco a poco se estaba convirtiendo en su mejor versión.
Nunca dejaría de tener un lado malvado y eso era lo que más me gustaba de ella, pero jamás se lo diría o sería el blanco de sus burlas hasta el fin de los tiempos.
Ella había sido como un soplo de aire fresco en mi vida después de llevar tantos milenios rodeado solo de bondad... aunque al principio fue peor que una quemadura del tridente de Lucifer. Eso era lo más doloroso para un ángel y yo había tenido la suerte de sufrirlo y sobrevivir para contarlo.
Nuestra vida juntos era la misma que antes de la batalla en la que Aureus consiguió vencer al diablo. A ojos de las almas humanas y de casi todos los ángeles éramos compañeros que disfrutaban pasando tiempo juntos y paseando cogidos de la mano, pero unos pocos sabían la verdad.
Mi amor por ella cada día era más fuerte, y me sentía orgulloso de lo que había logrado por sí misma.
Sakura me demostraba todo lo que se esforzaba por mí a diario. Por mucho que las almas humanas la pusieran a prueba, conseguía contenerse y no perder los estribos. Siempre me hacía reír cuando decía que yo era lo que le daba fuerzas para soportar sus gilipolleces y sus preguntas idiotas.
Hacía unos tres años que había pasado por un momento bastante complicado, cuando le tocó recibir a su mejor amiga. En cuanto Eriol y yo fuimos testigos de la muerte de Tomoyo, dejé de velar por su hermano, que ya era todo un viejecito, y volé a toda velocidad hacia donde estaba ella.
Al llegar, la encontré abrazada a Tomoyo mientras ambas lloraban desconsoladas.
Su amiga humana aparentaba tener unos treinta años. De forma inconsciente, las almas decidían la edad que querían aparentar cuando llegaban al paraíso.
En el infierno no ocurría lo mismo. Allí sus cuerpos mantenían la edad con la que habían muerto, quisieran o no.
Sakura no podía dejar de llorar y, aunque Tomoyo se asustó un poco al verla, no tardó en reconocerla y unirse a su llanto. Me acerqué a ambas y las rodeé con mis brazos, susurrándoles palabras de consuelo. Después de cincuenta y cinco años humanos, las dos amigas volvían a verse al fin.
Eriol y yo nos habíamos esforzado al máximo todos esos años para que Tomoyo y Touya no acabaran en el infierno y así Sakura pudiera reencontrarse con ellos.
Cuando Tomoyo se tranquilizó, Sakura todavía estaba muy temblorosa y estaba sujeta a mi cuello mientras intentaba reprimir los sollozos.
—Te he echado tanto de menos... —murmuró Tomoyo, hipando.
—Y yo a ti —respondió ella, lanzándose de nuevo a abrazarla.
La levantó y no pude evitar sonreír al ver que las piernas de Tomoyo se quedaban colgando a bastantes centímetros de altura.
—Eres muy alta. ¿Qué es lo que te ha pasado? ¿Y por qué tienes alas, cuernos y colmillos? —preguntó ella, separándose un poco de su amiga para mirarla a los ojos.
—Es una historia muy larga, pero te lo contaré todo —dijo Sakura, sonriendo y secándole las lágrimas con el dorso de su mano.
Puse una de las mías sobre su hombro y ella se giró hacia mí.
—Tus padres están aquí. ¿Quieres verlos? —pregunté, mirando a su mejor amiga de cabellos oscuros.
Tomoyo asintió con mucha energía y las lágrimas se volvieron a acumular en sus ojos.
—Llévala con ellos, Sakura. Y después ayúdala a decidir dónde vivir. Más tarde iremos a verla y podréis charlar todo lo que queráis.
Sakura suspiró y dejó un beso rápido en mis labios, con su amiga aún en sus brazos. Miré a mi alrededor con nerviosismo, pero por suerte nadie nos estaba observando en ese momento.
Ambas empezaron a alejarse, aunque seguí escuchando sus voces.
—¿Quién es él, Sakura? Es guapísimo —comentó Tomoyo, mirándome por encima del hombro de la diablesa.
—Es el amor de mi vida —contestó ella en voz baja.
Me sonrojé al escuchar sus palabras y desvié la vista, contemplando el valle lleno de flores donde aparecían las almas humanas.
Tal como le prometí, cuando ambos terminamos nuestras tareas fuimos hasta el nuevo hogar de Tomoyo, donde había pasado el día con sus padres y el resto de su familia. Pasamos horas hablando con ella, aunque yo más bien me dediqué a escuchar.
Sakura le contó todo lo que le había pasado desde que murió. Su paso por el infierno y su transformación en diablesa, y también le dijo demasiados detalles sobre nosotros que me avergonzaron. Tomoyo se rio mucho al verme así y prometió no contar nada sobre nuestra relación a nadie.
Cuando estuvimos solos tuve que consolar un buen rato a Sakura, que estaba devastada al pensar en que su hermano se había quedado totalmente solo. Él y Tomoyo no habían tenido hijos, y sus padres ya fallecidos no habían aparecido por el paraíso, para alegría de la diablesa.
Hacía unos diez años que los demonios se los habían llevado a Aureus en uno de los equinoccios, para que volviera a enviarlos al planeta tierra y tuvieran una segunda oportunidad de hacer las cosas bien. Pero eso solo lo sabía yo.
Al final terminarían apareciendo por aquí y Sakura lo sabía, pero prefería no hablar del tema y yo lo respetaba. En mi interior, los culpaba por el tipo de vida que ella llevó en el mundo humano. Los ángeles sabíamos que la educación recibida era una parte muy importante en el desarrollo de los niños, pero también ella misma tenía parte de culpa en todo lo que le pasó.
Nadie la obligó. Hizo lo que hizo porque quiso y fue su decisión, por eso terminó en el inframundo.
Suspiré y me senté junto a Eriol, preparado para volver a velar por mi protegido. Él tenía una nueva alma a su cargo desde la muerte de Tomoyo que todavía era muy joven y le daba pocos problemas.
Agité una mano ante mi cuerpo, haciendo aparecer la imagen del mundo humano, y me estremecí al ver a Touya en la cama de un hospital.
—¿Cómo es posible? No he sentido que nada fuera mal —murmuré entre dientes, intentando comprender lo que pasaba.
Eriol echó un vistazo en mi dirección y suspiró.
—Es que nada va mal... es solamente el ciclo de la vida. La hora de Touya se acerca.
Observé todo con más atención y me llevé una mano a la frente.
—Tienes razón. Pobre Sakura, creo que aún no se lo espera. Hasta hace nada su hermano ha estado muy bien.
—Es mejor así, ha vivido todos estos años en buenas condiciones y sin sufrir. Ella se alegrará, Syaoran... no te preocupes —dijo mi amigo, palmeando uno de mis hombros.
Estuve pendiente de Touya durante horas, transmitiéndole toda la tranquilidad que pude hasta que dio su último suspiro. Me puse de pie y Yukito dio unos pasos hacia mí.
—Toca asignarte un nuevo protegido —comentó, sonriendo.
—¿Puedes esperar un momento? Tengo... tengo que irme. Sakura me necesita —contesté, mirando hacia la zona donde se recibían las almas con algo de angustia.
Yukito asintió.
—Ve, Syaoran.
No tuvo que decírmelo dos veces. Levanté el vuelo lo más rápido que pude y pasé por encima de todos los ángeles de la guarda, en dirección a donde sabía que se encontraba Sakura.
Cuando estaba llegando escuché su voz, estaba llamándome con desesperación. En cuanto me vio, vino volando a mi encuentro y la envolví con mis brazos.
—Syaoran... él... él está ahí. Acaba de aparecer y aún no se ha despertado —murmuró, señalando una figura que estaba tumbada entre las flores.
—Tranquila, todo irá bien. No tendrá miedo de ti —susurré cerca de su oído, aterrizando junto al cuerpo de Touya.
Él también tenía la apariencia de un treintañero y estaba respirando profundamente. Se despertaría en cualquier momento.
Me senté en el suelo y le hice una seña a Sakura para que me imitara. Podía sentir su nerviosismo, su energía estaba revuelta y muy inestable. Agarré una de sus manos y la coloqué sobre la mía, trazando círculos con el pulgar sobre sus nudillos. Ella empezó a tranquilizarse y me miró a los ojos, agradecida.
—Siempre estás ahí para mí cuando te necesito, Syaoran... siempre lo has estado.
—Es lo que hacemos los ángeles. Ya sabes que siempre podrás contar conmigo.
Ella negó con la cabeza y subió su otra mano hasta mi mejilla.
—Tú no eres como el resto de ángeles. Eres especial.
Correspondí a su sonrisa y los dos giramos la cabeza al escuchar un jadeo saliendo de la garganta de Touya.
Sus ojos oscuros se abrieron lentamente y se incorporó, quedando sentado sobre la hierba. Noté su sorpresa al verme, y cuando vio a su hermana la sorpresa se mezcló con algo de miedo.
—No te asustes, Touya. No pasa nada, todo va bien —susurró Sakura, sin moverse y observando su reacción.
Touya pestañeó varias veces con confusión y miró a su hermana de arriba a abajo, arqueando una ceja.
—Eres... ¿eres tú? ¿Sakura? —preguntó en voz baja.
Ella asintió con una sonrisa.
—¿Qué te ha pasado, monstruo?
Sakura frunció el ceño un momento, pero enseguida su rostro se relajó.
—Veo que, por muchos años que pasen, nada cambia... yo también me alegro de verte, hermano —contestó, levantando los brazos en su dirección.
Él sonrió y la abrazó con fuerza.
—¿Esto es un sueño? No puedo creer que seas tú.
—No es un sueño. Siento decirte que tu vida en la tierra ha terminado, Touya. Te doy la bienvenida al paraíso, aquí serás muy feliz. Tomoyo lleva casi tres años esperándote.
Los ojos de Touya se abrieron mucho y se alejó un poco de su hermana.
—¿Tomoyo está aquí? ¿Dónde? —preguntó, mirando a su alrededor.
—Te llevaré con ella enseguida, tranquilo —contestó ella, revolviendo el pelo oscuro de su hermano con cariño.
Touya se fijó en mí y frunció el ceño.
—¿Y quién eres tú?
—Soy el que te ha cuidado todos estos años. Me alegro de que nos conozcamos al fin.
Le ofrecí mi mano y él la estrechó. Sakura susurró algo en el oído de su hermano y todo su cuerpo se tensó de golpe.
—¿Que él y tú qué? —preguntó, alterado.
Sakura le tapó la boca con una mano, sin poder parar de reír.
—Te lo contaré todo más tarde, hermanito. Ahora vamos a ver a tu querida esposa que te ha echado tanto de menos —dijo, levantándose y tirando de su brazo.
Touya palideció al estar de pie y darse cuenta de que ella le sacaba unas dos cabezas de altura.
—Sí, ahora soy mucho más alta que tú —comentó Sakura con voz burlona.
—Tienes mucho que explicarme —dijo Touya, resoplando.
Ella asintió y pasó un brazo sobre los hombros de su hermano, llevándolo hacia el hogar de Tomoyo.
Faltaba poco para el amanecer cuando estaba entrando en el panteón con Syaoran. Había sido un día muy intenso y lo había pasado con mi hermano y Tomoyo poniéndonos al día mientras que él vigilaba a su nueva protegida, una bebé recién nacida en Bulgaria.
Ir de la mano con Syaoran ya me resultaba tan natural como respirar. Además, tenerlo cerca y poder sentir su tacto me ayudaba a relajarme y tranquilizaba todos mis impulsos violentos, que los tenía contenidos desde hacía demasiados años.
De vez en cuando nos perdíamos en alguna de las montañas para luchar entre nosotros y así poder descargar toda mi frustración. Siempre terminábamos de la misma forma, enredados y compartiendo mucho más que besos bajo las estrellas.
Fruncí el ceño al ver a Aureus en la puerta de mi habitación.
—¿Qué quieres? —pregunté con voz áspera.
Su presencia nunca era buena señal.
—Tengo que hablar contigo —dijo, mirándome fijamente.
Abrió la puerta y me invitó a entrar con un gesto de su cabeza. Miré a Syaoran de reojo y él apretó su agarre en mi mano.
—Te acompaño, tranquila.
Ya queda muy poquito. Falta un capítulo más y el epílogo, que los publicaré el mismo día para que podáis leer el final de golpe :)
