Capítulo Treinta
Epílogo
La alarma empezó a sonar.
Saqué un brazo de entre las sábanas y la apagué, resoplando. Apenas había dormido, estaba demasiado nervioso.
Mi madre entró en el cuarto, abriendo la ventana y dedicándome una sonrisa.
—Vamos, Syaoran. No querrás llegar tarde en tu primer día de instituto, ¿verdad?
Me restregué los ojos y salí de la cama, entrando en el baño para darme una ducha rápida.
Al volver a mi cuarto, ella había dejado mi nuevo uniforme sobre la cama. Suspiré y me vestí, bajando las escaleras hasta el comedor.
Allí ya estaban desayunando mis cuatro hermanas mayores junto a mi madre. Tres de ellas estaban en los últimos años de instituto y Fanren, la más mayor de todas, acababa de entrar en la universidad.
Tras saludarlas me senté al lado de Feimei, dirigiendo mi mirada hacia el mueble de la esquina donde estaba el retrato de mi padre.
Sonreí en su dirección y empecé a comer. Al principio fue duro, pero los cinco estábamos muy unidos y juntos nos enfrentábamos al peso de su ausencia. Además, todos sabíamos que volveríamos a verlo algún día.
Recogimos la mesa entre Feimei y yo, nos despedimos de nuestra madre y salimos a la calle, en dirección al instituto.
—Mucha suerte, Syaoran. Seguro que harás amigos muy pronto porque eres un encanto —dijo Fanren.
Ella debía girar a la izquierda para ir a su facultad. Me abrazó y resoplé con fastidio. A veces mis hermanas eran demasiado cariñosas para mi gusto.
Los demás seguimos nuestro camino y Feimei me dio un codazo.
—¿Quieres que te ayude a buscar tu nueva clase? —preguntó, levantando una ceja.
—No hace falta, ya soy mayor y puedo hacerlo solo.
Mis tres hermanas se rieron.
—¿Te crees mayor con doce años? —preguntó Shiefa con tono burlón.
Fruncí el ceño y le saqué la lengua. Fuutie me sujetó por los hombros.
—No te metas con él, pues claro que es mayor. Y en un par de años será más alto que todas nosotras, ya lo verás.
La miré de reojo, sonriendo. Ella era sin duda mi hermana favorita.
Al llegar a la puerta de mi nuevo instituto, vi a un hombre que estaba agachado, abrazando a una niña que parecía ser de mi edad. Cuando se separaron, pude verla mejor. Su cabello era castaño, algo más claro que el mío, y tenía unos enormes ojos verdes.
Algo se removió en mi interior al mirarla.
Sacudí la cabeza y entré en el edificio con mis hermanas, despidiéndome de ellas. Las clases de primer año estaban en la planta baja, por lo que yo no necesitaba subir las escaleras.
Caminé por el pasillo buscando el aula número dos y entré al encontrarla. Había seis chicos y cuatro chicas, todos hablando animadamente mientras esperaban a que llegara el profesor.
Fruncí el ceño y bajé la mirada con timidez. Me costaba bastante conocer a gente nueva. Decidí sentarme en uno de los pupitres que había junto a la ventana, para poder contemplar el patio donde pasaría todos los recreos.
La puerta volvió a abrirse y giré la cabeza, encontrándome con esos ojos verdes otra vez. Ella pareció sorprenderse al verme y nuestras miradas se quedaron conectadas durante unos segundos.
Empezó a caminar hacia mí, sin que yo fuera capaz de apartar la vista de ella. Se sentó en el pupitre de delante y sonrió.
—Hola.
Correspondí a su sonrisa de inmediato.
—Hola.
No entendía por qué no podía dejar de mirarla, y parecía que a ella le pasaba lo mismo.
—Sabes, tengo una sensación rara, es como si... —empezó a hablar, pero se detuvo.
—Como si ya nos conociéramos de algo —terminé yo, alzando una ceja.
Eso era lo que había sentido al verla junto al que sospechaba que era su padre.
Ella asintió, sin dejar de sonreír.
—¿A ti te ha pasado lo mismo? No sé, tal vez nos hemos visto alguna vez por la ciudad.
—Puede ser, Tomoeda es bastante pequeña —comenté, inclinándome sobre la mesa para acercarme un poco más a ella.
—¿Cómo te llamas?
—Syaoran.
Vi que sus ojos se abrían de golpe, pero solo fue un segundo.
—Mi nombre es Sakura —dijo, ofreciéndome su mano derecha.
Sentí un escalofrío al escuchar su nombre. Me resultaba familiar, pero no entendía por qué.
—Encantado de conocerte —contesté, aceptando la mano que ella tenía extendida.
Al rozar su piel, esa sensación extraña que recorría mi cuerpo aumentó. Los dos nos miramos y sonreímos y tras estrechar las manos la solté.
Sakura apoyó la barbilla en el respaldo de su silla y apartó la mirada, observando el patio.
—Apenas he dormido esta noche, estaba muy nerviosa. Soy bastante tímida y tenía miedo de este lugar lleno de desconocidos —reconoció en voz baja, mirándome de reojo.
—A mí me ha pasado lo mismo.
Ella volvió a dedicarme una sonrisa. Cada vez que lo hacía, sentía algo cálido en mi interior.
—Pues ya te conozco a ti, Syaoran. Es un buen comienzo.
—Sí, creo que nos llevaremos bien.
—Seremos grandes amigos —aseguró Sakura, extendiendo una de sus manos con el dedo meñique levantado.
La miré fijamente, arqueando una ceja y sin comprender lo que estaba haciendo.
—Es una promesa —susurró ella.
Asentí al entenderlo y junté mi meñique con el suyo.
Ambos sonreímos y ella me dio la espalda. El profesor acababa de entrar.
Pasé el recreo con Sakura y un grupo de chicos de nuestra clase.
Uno de ellos no dejaba de bromear, mientras que una chica llamada Chiharu lo miraba con mala cara. Ellos dos se conocían de antes, habían estado juntos en primaria.
Otra llamada Naoko empezó a contar una historia de fantasmas sobre nuestro instituto y Sakura se pegó más a mí, agarrándose a mi brazo. Me sonrojé al estar tan cerca de ella, pero apoyé la mejilla en su cabeza y no me aparté. Se notaba que le daba miedo lo que Naoko estaba diciendo y quería que se sintiera segura a mi lado.
A la salida, nos despedimos de todos ellos. Sakura y yo íbamos en la misma dirección. Al hablar, descubrimos que vivíamos a solo dos calles de distancia.
—Podemos venir juntos a clase, si quieres —propuso ella mientras caminábamos.
—Yo vengo con tres de mis hermanas. También están en el instituto.
Vi que Sakura desvió la mirada con expresión triste.
—Pero puedes venirte con nosotros siempre que quieras —añadí rápidamente.
Ella volvió a sonreír.
—¿Cuántas hermanas tienes? —preguntó con curiosidad.
—Cuatro, y todas son mayores que yo.
—Yo soy hija única, aunque desde muy pequeña he sentido que me falta algo... como si necesitara tener un hermano mayor —murmuró, perdida en sus pensamientos.
—Te puedo regalar a una de las mías.
Los dos nos reímos.
—No hace falta. Mi padre es como si fuera mi hermano mayor, siempre me cuida —dijo ella, volviendo a mirarme.
—¿Y tu madre? ¿Cómo es?
Sakura suspiró.
—Murió cuando yo era muy pequeña. No tengo recuerdos de ella, pero papá dice que se parecía mucho a mí y que tengo sus ojos.
Se me encogió el corazón.
—Vaya, lo siento. No debería haberte preguntado eso.
Ella sacudió la cabeza.
—No importa, no me pone triste pensar en ella. Seguro que sigue cuidando de mí, esté donde esté.
—Eso mismo pienso yo de mi padre.
Sakura abrió mucho los ojos, sorprendida.
—¿Él también murió? —preguntó en voz baja.
—Hace dos años. Al menos yo sí tengo recuerdos de él, aunque lo echo de menos —admití, suspirando.
La mano de Sakura sujetó la mía y la miré con los ojos llenos de asombro.
—Lo siento, Syaoran —murmuró, dándome un apretón cariñoso.
—Espero llegar a ser tan buen hombre como él algún día.
—Seguro que lo serás —respondió Sakura, asintiendo.
Pasamos por un parque pequeño y fruncí el ceño al ver que allí estaban cinco chicos rodeados de sus motos y sentados en uno de los bancos. Tenían los ojos enrojecidos y estaban fumando algo que probablemente no era tabaco.
Feimei me había advertido unos días atrás sobre eso. Varios estudiantes del instituto tomaban ciertas sustancias, y habíamos hablado muchas veces sobre lo que tenía que hacer si alguna vez me ofrecían.
—¿Crees que están fumando drogas? —preguntó Sakura en un susurro, mirando a esos chicos con mucho interés.
Aquello no me gustó nada. Sujeté más fuerte su mano y seguí caminando.
—Sí, estoy seguro de que es marihuana. No te acerques a gente así, Sakura. Pueden ser una mala influencia.
Ella siguió observándolos mientras caminaba a mi lado.
—¿Tú no sientes curiosidad?
Negué con la cabeza.
—De drogarse solo pueden salir cosas malas.
Sakura volvió a mirarme y sonrió.
—Seguramente tienes razón... eres muy buen chico, Syaoran.
Me sonrojé al escucharla.
—Eso es lo que siempre me dicen mis hermanas. Según ellas, soy como una especie de ángel y no me gusta que me lo digan —confesé, resoplando.
Escuché una risita de Sakura.
—No pasa nada porque te digan eso, pero si no te gusta prometo no decirte nunca que pareces un angelito —contestó, todavía riendo.
Bufé con fastidio y su risa desapareció.
—No te enfades conmigo, Syaoran —añadió, abrazándome y apoyando la cabeza en mi hombro.
Volví a ruborizarme. Nadie de fuera de mi familia había sido tan cariñoso conmigo antes, pero la rodeé con mis brazos.
—No me he enfadado.
Nos separamos y Sakura volvió a coger mi mano.
—Esto se siente bien, es como si ya lo hubiera hecho antes —susurró, apretando su agarre.
No pude evitar sonreír. A mí también me gustaba sujetar su mano.
—Lo sé... es un poco raro.
—¡Syaoran!
Nos soltamos al oír mi nombre y vimos que mis tres hermanas corrían hacia nosotros. Aunque ellas salían de clase unos minutos más tarde, sabía que me alcanzarían antes de llegar a casa.
Vi que Sakura me miraba de reojo y se sonrojaba, dando unos pasos atrás como si quisiera marcharse. Volví a sujetar su mano y sacudí la cabeza.
—No te preocupes. Son algo intensas, pero muy simpáticas —susurré cerca de su oído.
—Me da vergüenza, Syaoran.
—No pasa nada.
Feimei, Fuutie y Shiefa nos alcanzaron.
—¿Quién es esta chica? ¿Ya has hecho una amiga? —preguntó Fuutie, contemplando a Sakura con interés.
Asentí lentamente.
—Ho... Hola —murmuró Sakura, avergonzada.
Shiefa se abalanzó sobre ella.
—¡Eres adorable! Y muy guapa, no me importaría que te convirtieras en mi cuñada —dijo, abrazándola.
—¡Shiefa! —grité, enfadado.
Siempre me estaba avergonzando, parecía que lo disfrutaba.
—¡Déjala en paz, hermana! Y no le digas eso que acaban de conocerse —le regañó Fuutie.
—Es mi amiga, se llama Sakura y no quiero que la agobiéis —les advertí a las tres.
Mis hermanas se rieron, pero dejaron de hablar del tema. Se presentaron a Sakura y seguimos caminando los cinco juntos.
—¿No me dijiste que tenías cuatro hermanas? —preguntó ella en voz baja, mirándome de reojo.
—Y las tiene, pero Fanren ya va a la universidad y vuelve a casa por otro camino —contestó Shiefa por mí.
En pocos minutos estuvimos ante la puerta de nuestra casa y me detuve al lado de mis hermanas.
—Yo vivo aquí, Sakura.
—Pues yo en esa calle —dijo ella, señalándola con el dedo índice.
—Vamos, acompáñala —susurró Feimei en mi oído, empujándome un poco.
Me ruboricé hasta las orejas.
—No puedo. Me toca poner la mesa hoy —respondí, evitando mirar a Sakura.
Feimei puso los ojos en blanco.
—Ya lo hago yo por ti. Ve con ella y aprende donde está su casa para que la podamos recoger mañana por la mañana.
Asentí y me acerqué a Sakura, que empezó a caminar a mi lado mientras me miraba y sonreía.
—¿Entonces te quieres venir a partir de mañana con nosotros? —pregunté, todavía algo nervioso por culpa de las entrometidas de mis hermanas.
—¿De verdad no os importa? Estaría bien, así mi padre no volvería a llegar tarde al trabajo por acompañarme —dijo ella, bajando la mirada.
—Claro que no. Mañana pasaremos a por ti... ¿vale?
—Vale —aceptó, deteniéndose en la puerta de una casita amarilla de dos plantas.
Los dos sonreímos y me rasqué la nuca, sintiéndome algo incómodo. Era la primera vez que congeniaba tan rápido con alguien del sexo contrario, y no entendía bien lo que me estaba pasando con Sakura.
Ella volvió a abrazarme y me dio un beso en la mejilla.
—Hasta mañana, Syaoran. Y gracias por venir hasta aquí conmigo —murmuró, con sus ojos verdes fijos en mí y sus mejillas ardiendo.
—De nada. Nos vemos mañana, no seas tardona, ¿eh?
Sakura negó con la cabeza y, sin dejar de sonreír, entró en su casa.
Yo volví a la mía con las manos dentro de los bolsillos, perdido en mis pensamientos.
Con lo cerca que vivía... ¿Cómo podía no haberla visto antes? Seguramente nos habíamos cruzado muchas veces y por eso me resultaba tan conocida.
Pero seguía sin encontrar una explicación a lo cómodo que me sentía al estar cerca de ella, y lo que más me extrañaba era que me gustara su contacto. Que mis hermanas me abrazaran y besaran me resultaba incómodo, pero con Sakura era muy agradable.
Sacudí la cabeza y entré en casa.
Sonreí al ver a mis hermanas y a mi madre sirviendo la comida.
Comimos juntos y, tras hacer los deberes que habían mandado en clase, me tumbé en mi cama mientras veía los últimos rayos del sol colándose por la ventana.
—Sakura... ¿Por qué me suena tanto ese nombre? Si es la primera chica que conozco que se llame así —murmuré entre dientes.
Chasqueé la lengua y me tumbé de lado, abrazándome a la almohada.
Por la mañana volvería a verla, y podría seguir intentando descubrir qué era eso que me atraía hacia ella y que despertaba en mí un instinto protector que hasta ese momento no sabía que tenía.
FIN
Adoro darles poderes sobrenaturales a nuestros dos japoneses, y me encanta este final. Espero que os haya gustado tanto como a mí y hayáis disfrutado de esta aventura llena de ángeles, demonios, peleas y seducción jaja.
Ahora me voy a dedicar a otras historias que estoy escribiendo (varias de Harry Potter y una de Inuyasha), pero tengo dos ideas pendientes para Sakura y Syaoran.
Una será otra historia de vampiros, pero muy diferente a la que escribí en 2020. La otra es una petición de mi querida CherrysFeathers, donde los dos serán personas normales y se conocerán en el colegio... pero tampoco tendrá nada que ver con la que escribí el año pasado.
No digo más, gracias por leer mis locuras y nos vemos en la próxima!
