Para muchas personas es natural pensar que la infancia es la etapa más dulce y maravillosa del ser humano. Seguramente, hay muchos testimonios que pueden constatar que, en efecto, aquella visualización es real. Sin embargo, no siempre ocurre de esa manera, tal es el caso de la familia Malfoy; la infancia de los herederos no se caracterizaba por ser la más dulce y entrañable, particularmente porque siempre hay estándares que cumplir y una imagen perfectamente moldeada para presentar al resto del mundo.
Desde muy pequeño, Draco se caracterizó por ser un joven inteligente, audaz y perceptivo, cualidades que le ayudaron considerablemente en el momento en que tuvo que cumplir con aquellos estándares exigidos por la sociedad a un heredero sangre pura común. Aun así, nunca fue suficiente. Durante varios años su padre se encargó de recordarle una y otra vez que sus esfuerzos eran insuficientes, que actuaba patéticamente y que jamás sería un digno heredero. No obstante, las torturas y humillaciones a las que fue sometido para alcanzar su meta únicamente fueron el comienzo de lo que vivió en los años venideros.
Su padre fue puesto en prisión por participar en conspiraciones en contra del ministerio. Draco sabía que Lucius Malfoy no fue más que un chivo expiatorio que ayudó a desviar la atención de los líderes, de aquellos que mantenían lugares estratégicos dentro del ministerio y que sólo se habían aprovechado de la credulidad de su padre, como lo hicieron de tantos otros.
Ante la flexibilidad de su madre, sus tíos tomaron su tutoría. Y lo tomaron muy en serio. Más tortura, más humillaciones, más dolor se sumó a su huella de vida. Pero la diferencia entre su padre y sus tíos es que ellos no buscaban la perfección, sólo buscaban minorizarlo, sobajarlo y destruir su orgullo, determinación, sueños y todo aquello que lo construía como un ser humano. Si, sólo por el placer de tener un juguete con quién desquitar la ira que sentía ante sus propios fracasos.
Eventualmente sus tíos también fueron llevados a Azkaban. Eran tan malos y desquiciados, que no había manera de ignorar sus delitos.
Y todo aquello ocurrió mientras su madre se mantenía sumergida en una terrible depresión la cual duró varios años, dejando totalmente de lado a su hijo, quién hizo todo lo que estuvo en sus manos para animarla, pero no logró ningún avance significativo.
Tal como transcurrió su vida, era lógico que no lograra concluir sus estudios, pero eso no impidió que su mente brillante se marchitara, continuó aprendiendo desde casa, siempre con la esperanza de ayudar a su madre y ayudarse a sí mismo, odiándose a sí mismo todos los días debido a que no podía ser mejor, culpándose por no lograr encontrar cómo ayudar a Narcissa y recriminándose por no alcanzar la perfección.
El tiempo pasó y se dio por vencido, su madre falleció, se quedó completamente solo, lo que lo llevó a quedarse por mucho tiempo en la mansión de su familia, lo que le dio la oportunidad para meditar, analizar sus opciones, reinventar su vida y empezar de cero.
Si, Draco jamás alcanzó la perfección que se esperaba de él, nunca hizo grandes inversiones, no se casó con una bruja sangre pura bella, inteligente y millonaria, mucho menos logró ser un miembro distinguido de la sociedad, pero había algo, una cosa que sí supo hacer bien y de lo cual su padre se sentiría orgulloso.
Aprendió a fingir.
Tal vez no de la manera que su padre esperaba, fingiendo ser feliz cuando no lo era o haciéndole creer a un exitoso empresario que le agradaba, hizo algo mejor.
Fingir estar trastornado psicológicamente y que todo el mundo lo crea no es algo sencillo de lograr. Y entonces fue feliz.
Por primera vez sintió que encajaba en algo, que podía hacer las cosas bien y le gustó. Fue el ser más dichoso de la Tierra o así fue hasta que apareció Harry Potter. El único mago que logró desestabilizar sus sentidos y emociones, nunca fue el mismo desde lo conoció e hizo lo único que se juró jamás hacer, dejarse llevar, fue de este modo que llegó hasta aquí, en el ahora, donde el brazo de Harry estaba sobre su torso mientras la cabellera alborotaba acariciaba su pecho y cuello. Su hombro dolía y su brazo se sentía adormilado por el largo rato que Harry llevaba apoyando la cabeza sobre su hombro.
Draco miraba el techo pensando, decidiendo si volver había sido buena idea. Potter nunca sería suyo, era un desquiciado obsesionado con el bien y la justicia, nunca lo dejaría todo para irse con él, pero el rubio tampoco estaba dispuesto a quedarse en aquella ciudad maldita simplemente porque Harry Potter le gustaba. Necesitaba tomar una decisión antes de que el héroe despertara, una decisión correcta, una que no lo llevara a prisión o algo peor.
─ ¿En qué tanto piensas? ─Era demasiado tarde. por supuesto, no quiso responder, continuó contemplando el techo─. Si estás pensando en dejarme, será mejor que lo olvides. ─Harry levantó la cabeza para lograr mirar a Draco a la cara─. No voy a dejarte ir jamás.
El rubio sonrió y al fin decidió hablar.
─ ¿Acaso te has obsesionado conmigo? ─preguntó a modo de burla y su sonrisa se borró cuando Potter confirmó que sí, que estaba obsesionado.
─ No puedo dejar de pensarte, de querer verte, de desearte.
─ Quiero irme ─dijo sólo por molestar.
─ No me importa recurrir a tus métodos para tenerte.
Draco volvió a sonreír, desvió la mirada del techo para que sus ojos se conectaran con los de Harry.
─ ¿Y qué harás con ese padrino tuyo? ─preguntó temiendo que Harry se arrepintiera de pedirle que se quedara ante la mención de Black.
─ Me encargaré de él. Me encargaré de todos, así que no hay de qué preocuparse. Quédate conmigo. Por favor, quédate.
─ Tú si que eres un demente, Potter.
Harry sonrió.
─ Estoy consciente de ello.
─ Deberían encerrarte.
─ Asumiré que eso es un sí.
Gracias por haber leído esta historia, aprecio mucho que lo hayan hecho.
