III
La Historia de
Morgan Ladimor
—Mira, sinceramente ya perdí la cuenta de los días —le dijo Kaelin—. ¡¿Y cómo esperas que no lo haga?! ¡En este lugar el día y la noche son iguales!
—No del todo. Si prestas atención notarás que la iluminación se vuelve ligeramente más apagada durante la noche. Es un cambio tenue, pero perceptible.
La paladín respondió cruzándose de brazos y soltando un gruñido. Estuvo a punto de perder el equilibrio y caer, así que volvió a abrazarse a su compañero.
—Ya van dos días desde que dejamos la villa —siguió diciendo Eikken—. Y cinco desde que llegamos al bosque.
—Bueno, ahora que ya aclaramos eso, todos nuestros problemas se han arreglado —espetó Kaelin.
—Ni siquiera sabía que estábamos en problemas.
Ella se pellizcó el puente de la nariz. Parecía sentirse irritada.
—Imagino que llevas la cuenta de lo que nos queda de raciones —le dijo.
—Desde luego.
—Entonces dime, ¿para cuántos días más tenemos?
—Cinco días.
—¡Perfecto! Siendo ese el caso, ya debes comprender mi punto.
El druida negó con la cabeza.
—Llevamos dos días de haber salido del pueblo —siguió diciendo ella—. ¡Dos días nos tomó poder orientarnos en esta horrible arboleda! ¡¿Cuánto tiempo nos tomará ahora encontrar el maldito cementerio?!
—Según tu mapa ya deberíamos estar cerca. Con un poco de suerte, lo encontraremos mañana.
—Pecas de optimista.
—¡Mira quién lo dice! —se quejó Eikken, girándose un momento para verle la cara—. Después de todo fuiste tú quien aceptó esta misión.
—¡Porque ya tenemos experiencia! —le dijo al elfo, como si le estuviese hablando a un niño pequeño—. ¿Acaso se te ocurre alguien mejor para este trabajo?
Eikken se encogió de hombros y no dijo nada.
Kaelin dejó salir un suspiro.
—¡Detente! —ordenó de pronto.
El druida tiró de las riendas e hizo que Zarpa se detuviera. Volvió a girarse para contemplar a la paladín. La miró con un gesto interrogativo.
—Ya fue suficiente por hoy —se explicó ella—. Acamparemos aquí.
—¿Segura? Hace un momento te veías muy urgida.
—Es que con tu buen ánimo lograste contagiarme tu optimismo. —Su sarcasmo solía divertir a Eikken. Aunque él era plenamente consciente que el decir eso era una forma de hacerle tragar sus palabras en caso de negarse. Y él no le iba a dar ese placer.
—Como quieras.
Los dos desmontaron de Zarpa y comenzaron a desempacar. Aún conservaban suficiente leña para varios días, así que en poco tiempo ya tuvieron una fogata ardiendo alegremente y alejando la perenne oscuridad que caracterizaba toda aquella región.
—El Bosque del Ocaso... —susurró Kaelin, sentada frente al fuego—. Dentro de todo, es un lugar fascinante.
—Sabes una cosa —empezó a decir él—, pudimos haber viajado por el sur de las montañas. Siguiendo el camino. De esa forma nos habría tomado menos tiempo localizar el cementerio.
—Pero eso le hubiera restado emoción a la aventura —replicó ella.
—Tú eras la que se quejaba del tiempo perdido.
Ella le dedicó una sonrisa culpable.
—Saca ese mapa —ordenó él.
Kaelin comenzó a rebuscar en su bolso de viajero y sacó de su interior un gran mapa detallado de la región. Lo había comprado de Sirra Von'Indi, el historiador de Villa Oscura, un par de días atrás.
—Ahora mismo deberíamos estar por aquí —señaló Eikken, apuntando un lugar entre las montañas y el Cementerio del Cerro del Cuervo—. Como hemos dejado la cadena montañosa detrás, ya debemos estar cerca. Por eso te decía que no hay nada de qué preocuparse. —Miró a Kaelin de reojo—. Mañana a primera hora debemos continuar hacia el suroeste.
—¿Y cómo sabremos dónde está el suroeste?
—Pues por la posición del sol, obviamente.
Kaelin miró hacia los cielos.
—¿Siquiera existe el sol aquí?
—Solo si sabes buscarlo.
—Qué bueno que no gasté monedas en una brújula. No la necesito. ¡Tengo a un elfo de la noche que es más eficiente!
—Ya duérmete —le sugirió Eikken—. Yo haré la primera guardia, te despertaré en cuatro horas. —Entonces miró la oscuridad a su alrededor, incómodo—. Aunque aún me parece increíble que alguien sea capaz de dormir en un lugar como este.
—Pues a él no le fue gran problema —respondió Kaelin apuntando a la izquierda del druida.
Él se giró y vio a Zarpa hecho un ovillo en el suelo, durmiendo plácidamente. Verlo de esa manera hizo que Eikken sonriese.
La noche transcurrió sin ningún tipo de contratiempo, y en ningún momento Eikken dejó de estar alerta a cualquier ruido cercano a los dos aventureros. Después de todo, ese bosque apestaba a muerte.
Kaelin despertó al druida más tarde.
—No sabría decirte si han pasado tus cuatro horas —le dijo—. Pero la verdad es que ya me harté de esperarte.
Después de comer un rápido desayuno, montaron en Zarpa y se pusieron en marcha.
Eikken siguió su instinto y guio al sable de la noche hacia lo que él creía que era el suroeste, hacia el Cementerio del Cerro del Cuervo. En ese lugar los esperaba el fin de su búsqueda, y el de su misión.
Ya habían pasado varios meses desde que dejaran Kalimdor para atracar en las costas de los Reinos del Este. Viajaron al sur del continente, atravesando reinos enteros a su paso. Tras vivir una buena cantidad de aventuras en el camino, finalmente arribaron al Bosque del Ocaso y, tras unos días, a su ciudad principal, Villa Oscura. Aquel sitio no era como ningún otro que ambos viajeros hubieran visto hasta entonces. Tal y como Kaelin se quejaba usualmente, en ese lugar nunca llegaba la luz del sol. Era casi como si el bosque viviese bajo el influjo de algún maleficio que lo mantenía cubierto bajo un manto eterno de oscuridad. Aunque no se lo dijo a su amiga, Eikken tuvo el presentimiento de que algo malo estaba obrando en aquel país. Pero fuera lo que fuese, él no era capaz de adivinarlo.
Al cruzar la entrada de Villa Oscura, Kaelin partió en busca de alguna causa a la que pudieran prestar servicio, mientras Eikken se dirigía a la posada para alquilar una habitación. Después de pasar mucho tiempo durmiendo a la intemperie, era bueno poder descansar en una cómoda cama para variar.
Después de todo, el dinero no era un gran problema en esos momentos, puesto que las personas que ellos ayudaban en sus viajes se mostraban muy generosas a la hora de recompensar sus esfuerzos.
Un rato después de separarse, Kaelin entró a la posada, se encontró con Eikken y comenzó a parlotear algo de que se había reunido con una tal Althea Cerranegro, supuesta comandante de la Guardia Nocturna que se encargaba de velar por la seguridad de Villa Oscura. Qué nombre tan poético pensó Eikken. Cerranegro le informó entonces a la paladín de que se había detectado la presencia de no-muertos en diversos sectores de la región, pero cuyo foco principal se encontraba en un lugar llamado el Cementerio del Cerro del Cuervo, al oeste de Villa Oscura. Kaelin se ofreció entonces a ayudarlos a disminuir sus números y Cerranegro no se mostró muy ansiosa por detenerla. Sin embargo, necesitaba pruebas de que se había llevado a cabo la misión.
A la mañana siguiente emprendieron el camino. Y ahora, al tercer día de su viaje, se hallaban próximos a descubrir si los temores de la Guardia Nocturna estaban fundados o no.
—Bien, ¿cuál es el plan? —preguntó Eikken de pronto.
—Simple —respondió Kaelin—. Entramos al cementerio, matamos no-muertos, tomamos algunos huesos para Cerranegro, ella nos dará dinero y comeré algo de ese kebab de lobo salpimentado que preparan en la posada. ¿Te parece bien?
—Me gustan los planes simples. Así hay menos detalles que deba recordar. —Eikken asintió—. ¡Hagámoslo!
Y de esa forma siguieron avanzando a través de las omnipresentes tinieblas del bosque. La falta de iluminación impedía que se pudiera ver gran cosa a la distancia, y la abundante cantidad de árboles tampoco ayudaba mucho. Sin embargo, por muy sorprendente que pareciese, aquel lugar estaba lleno de vida. En ningún momento pensó en pararse a avisarle a Kaelin, pero Eikken pudo detectar la presencia de ciertas bestias a sus alrededores, y procuró evitar encontrárselas en el trayecto. Que la naturaleza pudiera proliferar incluso en un lugar pérfido como ese, era algo que maravillaba al druida. Ciertamente la paladín tenía razón, el Bosque del Ocaso era un lugar fascinante.
Siguiendo el camino que Eikken trazara en su mente, pronto se encontraron con que el terreno se elevaba cada vez más. Y mientras más ascendieron, menos árboles fueron apareciendo ante ellos.
El elfo forzó la vista hacia delante, y creyó ver ciertas formas opacas que no tenían nada que ver con todo lo que se encontraron durante el viaje. Por un momento se conectó con la naturaleza retorcida de ese lugar para intentar escudriñar entre la espesura y vislumbrar qué era lo que aguardaba más allá.
Lo que sintió le provocó arcadas, tomándole un momento retomar la compostura. Tiró de las riendas y detuvo a Zarpa.
—¿Qué te pasó? —le preguntó Kaelin, un tanto preocupada.
—Estamos cerca. —La voz de Eikken estaba teñida de repugnancia—. Me temo que tendremos que tomarnos esta misión más en serio.
—¿Viste algo?
—Muerte y putrefacción. Hay algo allí, Kaelin. Algo que mantiene ese lugar retorcido más allá de lo tolerable.
—¿No será entonces más prudente regresar al pueblo y reunir más fuerzas solo para estar seguros?
Ese comentario le provocó una sonora carcajada a Eikken. Kaelin podía ser muchas cosas, pero prudente no era una de ellas.
—Ya llegamos demasiado lejos como para volver atrás —dijo—. Cuanto menos deberíamos echar una mirada.
Acto seguido volvió a espolear las riendas de Zarpa.
Un poco más adelante se vieron envueltos por una neblina que limitaba aún más su rango de visión. El druida hizo que el sable de la noche ralentizara el paso y aguzó el oído. No escuchaba nada moviéndose en las proximidades.
Se detuvieron cuando ante ellos apareció una muralla baja de piedra en un avanzado estado de deterioro. Eikken olfateó el aire y pudo sentir el olor de la podredumbre. Arrugó la nariz en señal de disgusto.
—Llegamos —informó a Kaelin.
Ambos desmontaron de Zarpa y se agacharon junto al pequeño muro. Intentando permanecer siempre ocultos en caso de ser descubiertos por una presencia inadvertida, se asomaron por el borde y husmearon el paisaje que se extendía ante ellos.
Largas hileras de tumbas se desplegaban en todas direcciones. Lo primero que notaron fue que el cementerio se notaba haber estado descuidado por un largo tiempo, pues la hierba llegó a crecer lo suficiente como para cubrir el camino y muchas de las sepulturas se veían abandonadas, pues éstas estaban en su mayoría resquebrajadas y recubiertas por maleza y humedad.
La neblina seguía cubriéndolo todo, dotando al paisaje de un aspecto terriblemente siniestro. Era obvio por qué aquel cementerio llevaba buen tiempo sin ser visitado.
Eikken miró a Kaelin.
—Vamos a entrar —murmuró—. Saca tu martillo.
Los dos sortearon el muro procurando ser siempre sigilosos. Zarpa saltó tras ellos, pero, a pesar de su gran tamaño, el sable de la noche no llegó a emitir ningún ruido al moverse. De esta forma, los tres se internaron en el Cementerio del Cerro del Cuervo.
Avanzaron con cautela entre las tumbas, sin detectar ninguna forma de vida o no-vida. El cementerio parecía estar tan muerto como sus ocupantes bajo tierra. Y, aun así, Eikken no pudo dejar de sentirse inquieto, puesto que alcanzaba a percibir cómo una magia para él desconocida contaminaba aquel lugar, haciéndole sentir una fuerte y agobiante opresión. A su lado marchaba Kaelin, quien aún conservaba la calma. El druida supuso que se debía a que ella no tenía la percepción tan desarrollada como él. Y tras ellos, cerrando la fila, marchaba Zarpa en la Nieve.
El druida era capaz de ver su propio aliento saliendo de su boca, pero a pesar del frío que sentía, no dejaba de sudar. La sensación de ser observado era agobiante, pero se vio incapaz de detectar la presencia de cualquier ser fuera de ellos tres.
Tras un rato caminando lentamente en ese mar de tumbas, el peso que lo abrumaba en el interior se fue volviendo insoportable. Se giró hacia su compañera.
—¿No lo sientes? —le preguntó en voz baja.
—¿Sentir qué? —quiso saber ella.
—Nos vigilan. —Eikken miraba a sus alrededores, en busca de cualquier señal de movimiento—. Desde que cruzamos el muro. Cada paso que damos. —Apretó los dientes, frustrado—. ¡Pero no puedo sentir a nadie!
Kaelin imitó a su compañero, mirando en todas direcciones en busca de alguna presencia extraña.
—Pues yo tampoco veo nada.
Eikken aspiró profundamente y cerró los ojos. Se desligó de su cuerpo y se internó mentalmente en la naturaleza. Buscaba algún eco de movimiento, incluso de algo tan pequeño como un insecto. Rebuscó por todos los recovecos que pudo encontrar. En su corazón estaba convencido de que estaba buscando en el lugar equivocado por alguna razón.
Abrió los ojos.
—Kaelin, esto no es normal. —Empezaba a sentirse sumamente nervioso. Por alguna razón, miró hacia el noroeste. No pudo entender por qué, pero comenzó a sentirse inexorablemente atraído hacia esa dirección. Creyó adivinar a la distancia la forma de una casa, que se encontraba en lo alto de una elevación del terreno en los confines del cementerio.
En esa casa se encontraba algo, o mejor dicho alguien. ¿Será quien está detrás del embrujo que recubre todo el bosque? Desde donde estaba, le era imposible discernirlo.
Sea lo que fuese, Eikken supo que no era algo con lo que ellos pudieran lidiar de momento. Lo mejor que podían hacer era abandonar aquel espantoso sitio y regresar a Villa Oscura para informar lo que vieron. Y lo que no vieron.
Se giró hacia su compañera y estaba a punto de sugerirle que diesen la vuelta, cuando por fin percibió un leve susurro entre la hierba a la distancia. El druida se tensó fuertemente y rebuscó entre la neblina el origen del ruido.
—Allí —susurró.
La paladín empuñó su martillo y se puso en guardia. A su lado, Zarpa comenzó a gruñir enseñando los afilados colmillos.
Se quedaron así por un rato. Para Eikken cada latido era eterno. El sonido volvió a manifestarse; eran pisadas, estaba seguro.
La neblina comenzó a arremolinarse ante ellos de forma apenas perceptible. Algo la estaba atravesando. Eikken posó una mano en el hombro de Kaelin y en respuesta ella asintió.
Lentamente, paso tras paso, la figura se fue volviendo cada vez más sólida. Casi parecía humana. El elfo no sabía qué esperar.
Lo primero que vio salir de entre la bruma fue una garra. No se asemejaba a ninguna otra que hubiese visto antes. Otra garra y después el resto de su cuerpo. Su piel era grisácea, fría, muerta. Algunos huesos quebrados sobresalían de su pellejo podrido. Unos retazos de cabellera gris cubrían la parte posterior de su cabeza. Y sus ojos brillaban con un resplandor blanquecino, revelando la naturaleza de aquella criatura. La de un ser maldito. Se trataba de un necrófago.
El no-muerto se detuvo para contemplar a los intrusos, tal vez meditando sobre lo asombroso que era el hecho de que alguien fuera tan osado o insensato como para atreverse a irrumpir en su cementerio.
Eikken pudo escuchar cómo Kaelin apretaba los dientes. No quitaba la vista del monstruo ante ellos. Zarpa gruñía por lo bajo. Solo esperaba la orden para abalanzarse sobre aquel horror andante.
Los no-muertos como aquel estaban despojados de raciocinio, por lo que son incapaces de comprender cuáles son las batallas que deben evitar. Su naturaleza es así, retorcida. Su instinto se veía reducido a atacar a quien sea que lleve sangre caliente en sus venas, que aún respire y cuyo corazón siga latiendo.
Porque son enemigos de la vida. Aun cuando no tengan esperanza alguna de cumplir su misión.
Por lo que el necrófago se abalanzó sin previo aviso sobre ellos. Eikken no se movió de su sitio, mas Kaelin dio un paso al frente. El no-muerto se fijó en ella y trató de golpearla con sus garras, con la intención de destrozar su carne. La paladín detuvo el ataque con su martillo y lo lanzó por los aires de un fuerte empujón. La criatura cayó sobre sus piernas y volvió a atacar. Kaelin lo esquivó de un giro y le propinó un fuerte golpe de revés con su arma, acertando de lleno en el cráneo. El necrófago salió despedido y cayó de espaldas. Aún en el suelo continuaba retorciéndose. Ella se acercó a él y de forma inmisericorde aplastó su cabeza.
Kaelin se agachó junto a su enemigo caído y, metiendo su mano dentro de la caja torácica del cadáver, sacó una costilla de su interior. Regresó junto a Eikken y se la enseñó.
—Y con este llevamos uno —dijo sonriente, mientras guardaba el hueso en su bolso.
—¡Detrás! —exclamó él de pronto.
Kaelin reaccionó de inmediato y volvió a ponerse en guardia.
—¿Debemos retroceder?
—No. —Eikken se giró en dirección contraria—. ¡Vienen por detrás!
Tres necrófagos aparecieron ante ellos.
—¡Yo al de la izquierda y tú al de la derecha! —le indicó a la paladín.
Acto seguido su cuerpo comenzó a transformarse. Sus manos se convirtieron en zarpas. Su piel se recubrió de pelaje oscuro. Se alzó en cuatro patas y su mirada felina no apartaba la vista de su presa. Se convirtió en un sable de la noche.
—¡¿Y quién se encarga de el del medio?! —preguntó Kaelin, aunque sabía que el druida no podría responder mientras siguiera transformado.
Los no-muertos se lanzaron contra ellos y Eikken les salió al encuentro. A la velocidad del pensamiento le indicó a Zarpa que se uniese a la contienda, por lo que el sable de la noche se encargó del necrófago que marchaba en medio de los otros dos.
La presa en la que Eikken se había fijado alzó una de sus garras, pero antes de que pudiera atacar, el druida la atrapó entre sus dientes. La carne muerta era más suave, y más quebradiza. Por no mencionar el espantoso sabor que el elfo transformado se forzó a ignorar. Tiró con gran fuerza y logró seccionar la extremidad. La lanzó a un lado con asco y desprecio.
El necrófago mutilado lo miró con sorpresa, pero el druida no le concedió ni un solo momento para recuperarse. Se abalanzó sobre él y lo derribó con el peso de su cuerpo. De un furioso zarpazo le rebanó la garganta, separando la cabeza de su cuello.
Eikken rápidamente miró a su alrededor. Zarpa había destrozado a su adversario con una ferocidad que eclipsaba a la de su compañero. A un lado del sable, Kaelin se encontraba estudiando el cadáver del necrófago que acababa de abatir, el cual tenía el pecho hundido tras el brutal golpe de martillo que al parecer acababa de recibir.
La joven arrancó un brazo del cadáver y se lo guardó.
—¡No olvides los huesos! —le recordó al druida.
El elfo miró a su enemigo abatido. No pienso recogerlo con los dientes. Regresó a su forma normal y extrajo una costilla del necrófago. Mientras hacía esto, Kaelin sacó otro hueso similar del no-muerto que Zarpa despachó.
—¡Con esto llevamos cuatro! —señaló sonriente—. ¡Vamos en buena racha!
—Y con esa pelea hicimos ruido suficiente como para despertar a todo el cementerio —dijo Eikken en voz baja—. Debemos estar atentos.
En silencio continuaron avanzando entre las tumbas. De forma ocasional se les aparecieron algunos necrófagos o esqueletos andantes, pero como Kaelin ya mencionó el día anterior, ellos dos ya tenían experiencia luchando contra no-muertos. Por lo que un rato más tarde ya llevaban quince huesos recogidos. Una cantidad que a Eikken le pareció más que suficiente. Quedarse allí más tiempo era una necedad innecesaria, por lo que le sugirió a Kaelin que emprendieran el camino de regreso. Después de todo, lo más probable era que se encontrasen más enemigos en el trayecto.
—Salgamos por el norte —sugirió el druida—. Hay algo allá que quisiera ver.
Lo que Eikken buscaba era el supuesto edificio que le pareció haber visto anteriormente. Si bien la pérfida aura que emanaba lo conminaba a mantener la distancia, quiso al menos tener una oportunidad de contemplar mejor lo que allí podría haber, y los horrores potenciales que pudiese albergar. Tan solo un vistazo. Lo que sea que pudiese reportar a Cerranegro.
Tal y como el elfo se esperó, algunos no-muertos se les aparecieron en el camino. Mas, de la misma forma que los anteriores, estos enemigos no resultaron ser problemas para ellos. A Kaelin no le molestaba, puesto que eso representaba más pruebas que presentar ante la Guardia Nocturna, más dinero como recompensa y más comida que poder conseguir.
El terreno comenzó a ascender levemente ante ellos. Las tumbas daban la impresión de no tener fin. Algunos mausoleos aparecieron de vez en cuando, por lo que Eikken entendió que aquel lugar era de mayor importancia en el cementerio. Sin prestar mucha atención, continuaron avanzando, siempre en ascenso. Hasta que, por fin, tras la bruma apareció la silueta de la casa que el druida estaba buscando. Detuvo a la paladín con su brazo: desde allí no se acercarían más. Kaelin asintió, pero no dijo nada.
Eikken estudió el edificio ante él. Lo sintió más que observarlo. Se introdujo en la naturaleza a su alrededor para poder echar una mirada a lo que se levantaba ante él. En aquel lugar todo estaba muerto. Era como si nada allí pudiese vivir. Ni siquiera la tierra bajo el edificio. Todo había sido despojado de la fuerza vital que anida en todos los seres sentientes del mundo. Eikken supo que, sea lo que sea que morase en aquel sitio, era fuente de un poder nefasto, terrible y, lo que más desconcertaba al elfo, incomprensible. Al menos para él.
La espesura alrededor de aquella tierra muerta miró con curiosidad al druida. Era como si estuviera gratamente sorprendida y aliviada al ver que, aun en aquella penosa situación, tuviese un aliado. Un amigo. Eikken comprendió que aquel lugar se sentía abandonado. Porque desde que la oscuridad descendió sobre el Bosque del Ocaso, no conoció nada más que la profanación de la no-muerte, arrancando el corazón del bosque. Eikken pudo sentir su dolor y angustia como si fuesen propios.
De pronto sus sentidos despertaron. Un grito. Una alarma. Al druida le tomó un momento darse cuenta de que aquel aviso provenía de la naturaleza quebrantada del cementerio, que velaba por el único amigo que ha tenido desde hace ya mucho tiempo. Corre pareció decirle. ¡Debes irte cuanto antes, pues él está acercándose!
¿Él? preguntó Eikken. ¿Quién?
Entonces él también lo sintió. Cortando su conexión con la naturaleza miró a su lado. Hacia Kaelin y Zarpa.
—¡Corran! —gritó a todo pulmón. Olvidándose del sigilo y el secreto con el que habían caminado por el Cementerio del Cerro del Cuervo.
Kaelin observó a su alrededor con avidez en busca de cualquier peligro que Eikken hubiese detectado. El elfo la tomó por el brazo y echó a correr, llevándose a la paladín consigo. Zarpa marchaba junto a ellos.
—¡¿Qué sucede?! —gritó Kaelin sin dejar de avanzar a toda prisa.
—¡Después te explico! ¡Cuando no estemos muertos!
Eikken alcanzaba a sentirlo. Estaba cerca. Cada vez más cerca. Era imposible, pero no iba a tardar en darles alcance. No quedaba tiempo como para montar a Zarpa y huir del cementerio. Cada segundo era vital. Entonces decidió que solo restaba una opción.
—¡Cuidado! —le gritó a la paladín cuando aquel mal desconocido finalmente los alcanzó. La empujó hacia un lado y tan solo medio segundo después una hoja profana cortó el aire en el lugar en el que ella se encontraba de pie tan solo un momento atrás.
Eikken dejó de correr y encaró a su enemigo.
Se trataba de un no-muerto. Era bastante parecido a los esqueletos que se habían encontrado durante su travesía en aquel lugar, y, sin embargo, a la vez era muy diferente. Estaba vestido con una armadura que brillaba con un aura cargada de putrefacción. Era más alto, más fuerte. Y sus ojos brillaban con una malicia aterradora. Una mirada que enfriaba el corazón. Cargaba consigo un mandoble maldito, que él era capaz de levantar con una sola mano. Un testimonio de su gran fuerza, con la que Eikken comprendió que no se trataba de un no-muerto ordinario.
El esqueleto armado cargó contra el druida, el cual se transformó rápidamente en sable de la noche, justo a tiempo para evitar el golpe que estaba pensado para partirlo en dos. Saltó sobre su enemigo y trató de derribarlo. Pero para su sorpresa, el no-muerto pudo bloquear su golpe con el brazo que traía libre para acto seguido lanzarlo por los aires. Eikken pudo girar antes de tocar el suelo y logró aterrizar sobre sus patas. Miró hacia su enemigo y vio que Kaelin lo enfrentaba.
La paladín intentaba frenéticamente golpearlo con su martillo, pero el monstruo la esquivaba con una agilidad que no era propia de las criaturas como él. Cuando Kaelin al final cedió al cansancio, el no-muerto comenzó su contraataque. Ella bloqueaba los golpes con su arma, pero la terrible fuerza del esqueleto con armadura la hizo retroceder paso a paso. Hasta que, de un aterrador revés, el martillo de Kaelin salió despedido por los aires.
Eikken no perdió ni un solo momento. Antes de que el no-muerto pudiese asestar el golpe de gracia a su amiga, él se le echó encima, haciéndole perder el equilibrio. La criatura se desembarazó de él y volvió a dirigirse a la paladín. Pero esta ya tenía un truco preparado. Usó la Luz Cegadora, con la cual privó de la vista a su adversario por unos momentos, dándoles al elfo y a ella unos segundos invaluables. Rápidamente corrió y recogió su martillo del suelo. Entonces miró a Eikken.
—¡Hay que irnos ya!
El druida regresó a su forma élfica y asintió.
—¡Monta a Zarpa! —le ordenó—. ¡Tengo una idea!
—¡Pero...!
—¡Solo hazlo! —No había tiempo que perder.
Kaelin lo miró hecha una furia y salió corriendo en dirección al sable de la noche que aguardaba expectante.
Eikken volvió a centrarse en su adversario el cual ya se había recuperado del ataque de Kaelin. El no-muerto lo contempló un instante con una mirada cargada del más profundo odio y desprecio. Se lanzó hacia el elfo lanzando un pavoroso chillido.
El druida cerró los ojos. Intentó conectarse a la naturaleza una vez más para pedirle su ayuda. Sin embargo, tanto la tierra como el viento estaban corrompidos de tal manera que a Eikken le tomó más tiempo del que había pensado para lograr su cometido.
Ya tenía al monstruo encima cuando una raíz emergió del suelo y envolvió una de sus piernas esqueléticas. La espesura estaba recurriendo a toda la fuerza de la que aún disponía para acudir al llamado del druida. Estaba decidido a usar su poder desfalleciente para ayudar al único amigo que había tenido en mucho tiempo después de años de dolor sin fin. Pronto, una gran cantidad de raíces envolvió ambas piernas de la criatura y la mantuvieron firmemente sujetas en el lugar.
Lo siento parecía decir la tierra.
Eikken abrió los ojos y vio cómo la espada profana del esqueleto estaba profundamente clavada en su abdomen. No pudo lograrlo a tiempo. Sintiendo cómo iba perdiendo las fuerzas poco a poco, el druida volvió a hablarle a la naturaleza para decirle que, si no hubiera desviado el golpe en ese momento, la espada le habría atravesado el corazón.
Escuchó un grito a su lado. Kaelin se acercaba a toda prisa montando a Zarpa. El esqueleto la vio venir y rápidamente retiró su espada del cuerpo de Eikken, provocándole una terrible agonía. El monstruo levantó su arma para defenderse, pero no le dio tiempo. La paladín apuntó a la cabeza y lo golpeó con todas sus fuerzas, haciéndolo caer al suelo con las piernas aún atrapadas en las raíces.
El elfo estuvo a punto de desplomarse, pero la humana lo sostuvo y lo subió como pudo al sable de la noche.
—Vámonos ya —le susurró a Kaelin con el poco aliento que le quedaba.
—¡Pero puedo acabar con él ahora!
—¡No! ¡No puedes! —Eikken sintió cómo se lo llevaba la inconsciencia—. Esas raíces podridas no podrán retenerlo mucho más. ¡Hay que irnos ahora que podemos!
El no-muerto estaba destrozando las presas que lo mantenían inmovilizado usando su espada. Ya no quedaba más tiempo. Corre le dijo Eikken a Zarpa, corre lo más rápido que puedas. Y el sable de la noche obedeció.
Kaelin se sostuvo con una mano de las riendas mientras que con la otra mantuvo firmemente abrazado a Eikken mientras huían del cementerio hacia el norte. Tras ellos, pudieron escuchar los gritos demenciales del no-muerto, que los perseguían teñidos de furia y un gélido odio.
Zarpa saltó por sobre el bajo muro que señalaba los límites del Cementerio del Cerro del Cuervo.
. . . . . . . . . . . . . . .
Cuando creyó que se habían alejado ya lo suficiente, Kaelin tiró de las riendas e hizo que Zarpa se detuviera. Sin perder ni un solo instante, desmontó y, con mucha delicadeza, depositó a Eikken en el suelo. El elfo estaba desmayado. Apretando los dientes, la paladín expulsó todo pensamiento funesto junto a sus miedos y se concentró en su labor.
Abrió la túnica del druida y buscó la herida que le provocó aquella arma maldita. Cuando la encontró, colocó su mano derecha con la palma abierta sobre ella. La Luz la envolvió de inmediato y la herida comenzó a cerrar con rapidez hasta que solo quedó una marca en la piel púrpura de Eikken. El elfo comenzó a respirar con suavidad.
Kaelin dejó salir un suspiro de alivio. Cerró los ojos y dio gracias a la Luz.
—Ese era un esqueleto muy enojado —dijo una voz junto a ella.
La paladín abrió los ojos y vio que Eikken estaba despierto. Le sonreía; y ella le devolvió la sonrisa.
—Su ira palidece ante el poder de la Luz —aseveró ella, mitad alardeo, mitad oración.
—Incluso la misma tierra sentía miedo ante él —siguió diciendo el druida. Su sonrisa se desvaneció.
—Nunca antes había peleado contra un no-muerto tan fuerte como ese —comentó Kaelin.
Eikken asintió y se levantó.
—¿Seguro que ya estás bien? —le preguntó ella.
—Gracias a ti. Eres muy buena en esto. Más de lo que tú crees —dijo gravemente mientras cerraba su túnica.
Kaelin sonrió ante el cumplido.
—Pero eso no quiere decir que vayas a dejarte apuñalar por cualquier esqueleto malhumorado.
El rostro del elfo adoptó un semblante abatido.
—No era así como debía pasar —murmuró.
Ella no dijo nada. Vio que su amigo se notaba frustrado por cómo terminaron las cosas en ese encuentro. Pensó que lo mejor sería hacer que olvidara el tema.
—¡Bueno, pero ya tenemos bastantes huesos! —le dijo—. ¡Seguro que con esto nos dan al menos unas diez monedas de oro!
Eikken no le contestó. Parecía estar abstraído en sus propios pensamientos. Cerró sus ojos.
Ella comprendió lo que eso significaba. Cada vez que él hacía eso era para conectarse con la naturaleza, así que hablarle no iba a servir de nada. Siempre sentía cierta curiosidad ante lo que hacía su amigo, preguntándose qué tal sería el ser capaz de conversar con el mismo suelo que uno pisa. Qué secretos podría guardar ocultos cada piedra.
Cuántas historias podría conocer de esta forma. Cosas que las razas mortales olvidaran y que ahora solo las rocas y la tierra bajo ellas podían recordar. Era por eso que a Kaelin le parecía algo fascinante.
El druida abrió los ojos de golpe.
—Hay algo hacia allá que debemos ver —explicó de pronto señalando hacia el sur.
—¿Y qué es?
—No estoy seguro, pero tiene que ver con el no-muerto que nos atacó.
—Ah, ya veo. —Estúpido suelo pensó dando un fuerte pisotón. Yo intentando que deje de pensar en eso y tú vienes y lo arruinas todo. Pero ella no era druida, así que la naturaleza no iba a escuchar sus quejas.
—Síganme —indicó Eikken a Kaelin y a Zarpa, antes de encaminarse hacia el sur, de regreso al cementerio. La humana y el sable de la noche salieron tras él.
—¿Seguro que quieres regresar ahí? —preguntó ella, insegura.
—No volveremos a entrar al cementerio. Hay algo cerca de allí. No muy lejos de aquí.
Caminaron en silencio por un rato. Kaelin no lo iba a admitir, pero no albergaba ningún deseo de volver a acercarse a ese lugar. El incidente del que acababan de escapar la había dejado con cierto resquemor que le impedía sentirse tan tranquila como lo estuvo antes, hasta la última mañana.
A la distancia volvió a aparecer el muro de piedra. Al verlo se detuvieron y esperaron. Cuando nada pasó, Eikken señaló que lo siguieran hacia un costado.
—Debe estar por aquí cerca. Puedo sentirlo —mascullaba mientras observada detenidamente sus alrededores—. Allí está. —Y se encaminó hacia donde lo guiaba su mirada.
Kaelin caminaba tras él sin comprender qué era lo que estaban buscando, hasta que finalmente Eikken se detuvo.
Cuando ella lo alcanzó, vio que se encontraban junto a un pequeño montículo de tierra, en la que estaba enterrada una sencilla estaca de madera. Parecía ser una tumba rudimentaria. Aunque está fuera del cementerio. Qué extraño.
—¿Es esto lo que buscamos? —le preguntó a Eikken, el cual asintió en silencio.
Kaelin se arrodilló junto a la tumba y trató de buscar algún grabado en la lápida, la cual estaba desgastada por el paso del tiempo. Entornando la vista, descubrió que había dos sencillas palabras grabadas en ella.
—"Morgan Ladimor" —leyó en voz alta. Ese nombre no le sonaba para nada. Pero Eikken estaba más concentrado en la tierra que cubría esa tumba.
—Fíjate. Esta tierra ha sido removida recientemente. Parte de ella ha sido extraída.
Kaelin tragó saliva.
—¿Y eso qué significa?
Eikken la miró.
—No lo sé. Creo que la naturaleza ya me ha mostrado todo lo que podía enseñarme. —Bajó la cabeza, meditabundo.
Los dos guardaron silencio por un rato que a Kaelin le pareció interminable.
—¿Entonces qué hacemos ahora? —preguntó por fin.
—Ya no queda nada que podamos hacer aquí —sentenció Eikken lentamente—. Ni tampoco hallaremos respuestas a nuestras preguntas. Lo mejor que podemos hacer ahora es regresar a Villa Oscura.
Kaelin asintió. Era cierto, ahora tenía muchas dudas en su cabeza. ¿Quién era esa criatura maldita?
¿Quién es Morgan Ladimor? ¿Por qué la naturaleza parece tan interesada en él? ¿Qué fue lo que ocurrió con su tumba? Pero, sobre todo, ¿qué relación tiene Morgan con el no-muerto de la armadura?
Regresar a Villa Oscura solo les tomó una jornada y media de viaje. A Kaelin le pareció increíble que el camino de vuelta hubiera sido tan breve en comparación. "Ahora conocemos el sendero" había dicho Eikken. Ella ni siquiera se molestó en intentar comprenderlo. Cosas de druida decidió.
¿Qué demonios le sucede a este bosque?
Después de la experiencia sufrida en el cementerio, lo que en un principio fue un motivo de curiosidad para ella ahora lo era de inquietud. Sencillamente no era algo normal que ningún tipo de luz pareciera iluminar aquella región. Ninguna luz. Ella seguía siendo capaz de invocar y blandir la Luz Sagrada como siempre lo había hecho, por lo que descartó la idea de que esa tierra estuviese fuera del alcance de su mano. Debido a lo cual, durante la noche ya habiendo acampado, le sacó el tema a la mesa a su compañero y discutieron por un rato.
—Esto no está bien, Ken —comenzó ella.
—A mí lo que me sorprende es que apenas te des cuenta.
—¿Crees que haya un poder ejerciendo su influencia aquí? —Ella recordaba que alguna vez alguien le habló sobre distintas fuerzas que moldeaban la realidad. Algunas benéficas y otras maléficas, ¿sería ese el caso?
—Me parece la mejor opción a considerar.
—¿Y qué podrá ser?
—Lo único de lo que puedo estar seguro, es que esta oscuridad lleva años cobrando forma sobre este bosque. No es algo reciente. Pero tampoco muy antiguo. Lo que yo creo es que, sea cual sea el poder que mantiene esta tierra bajo este maleficio, es una consecuencia de algo mayor.
—¿Una consecuencia?
Eikken asintió.
—Imagino que en este lugar, o en otro muy cercano, ocurrió algo grandioso y terrible que terminó por afectar al Bosque del Ocaso. —El druida negó con la cabeza—. Pero, sea lo que sea, no soy capaz de adivinarlo.
—Acabas de insinuar que esta oscuridad lleva años creciendo, ¿verdad? —preguntó entonces Kaelin.
—Es lo que puedo sacar en claro mediante la comunión con la naturaleza. —Eikken posó una mano sobre la tierra con suavidad mientras decía eso—. Sufre. Se lamenta. Y teme. Llora porque siente que ha sido abandonada. Olvidada. Y padece porque ha sido corrompida. Deformada. Convertida en el hogar de criaturas profanas. No-muertos.
—Entonces, tratas de decir que, sea lo que sea que le ocurra a este lugar, ¿va a empeorar con el tiempo?
—Es probable. —El elfo cerró los ojos para concentrarse mejor—. Más que probable. —En ese momento, a Kaelin le dio impresión de que él estaba como buscando algo, por la manera en que movía la cabeza de un lado a otro. Lo dejó tranquilo por un rato, hasta que lentamente fue sintiendo cómo iba perdiendo la paciencia al notar que Eikken sabía más de lo que le había dicho. Bien, guarda tus secretos pensó irritada. Así que decidió que iba a llevar la discusión al punto que más le interesaba.
El druida abrió los ojos lentamente en ese instante, pero sin apartar la mirada del suelo. Dio la impresión de que trataba de resolver un enigma que estaba inquietando su mente con una enrevesada complejidad.
—Al sur de aquí —empezó a decir casi en un murmullo —hay una mina. Parece que hay algo ahí... no. Había algo ahí. Algo que parece tener...
—¿Y todo esto qué tiene que ver con ese tal Morgan Ladimor?
Eikken sacudió la cabeza, como si acabara de despertar de un profundo sueño. Hasta que terminó mirando directamente a la paladín sentada ante él. Su rostro era una máscara de confusión. Ella ignoró ese detalle, pues solo deseaba respuestas.
—Ladimor —dijo el druida arrastrando la palabra—. Me temo que no tiene nada que ver con la situación actual del Bosque del Ocaso —terminó por sentenciar.
Kaelin lo miró con asombro en los ojos. No era la respuesta que quería escuchar.
—¡¿Entonces por qué tu naturaleza insiste tanto con este asunto?!
—No estoy seguro.
Ella resopló fuertemente al escuchar esa réplica. Sintió que solo estaban perdiendo el tiempo con pesquisas que no los iban a llevar a ninguna parte.
—Me temo que él es solo una parte de todo lo que ocurre en el bosque —continuó diciendo Eikken. Kaelin lo miró entonces con atención—. Como si de un punto de partida se tratase. Un inicio para comenzar con el saneamiento de esta tierra. —Adoptó un gesto afligido—. Si es que tiene sanación.
Kaelin comprendió dónde quería llegar su amigo.
—¿Crees que podremos hacer algo al respecto?
—Vale la pena intentarlo. —Su rostro se tornó duro y serio—. Si la situación empeora, la gente de Villa Oscura se verá forzada a abandonar su hogar. Aunque imagino que todavía estamos a tiempo de poder hacer algo. Algo que cuente.
La paladín recordó entonces lo que había sucedido en Lordaeron. No era algo que le desease a nadie. Si estaba dentro de su mano evitar que algo así volviera a ocurrir, bien valía la pena intentarlo. Como dijo Eikken.
—Bien —decidió ella por los dos—. Entonces vamos a resolver el asunto ese de Morgan Ladimor. A ver si eso ayuda en algo.
Eikken no protestó.
Una vez habiendo zanjado el asunto, continuaron su viaje de regreso a Villa Oscura bajo la fría oscuridad de la mañana siguiente. No ocurrió nada de interés en el resto del camino, por lo que arribaron a su destino unas horas antes del atardecer.
Villa Oscura parecía ser el único lugar con auténtica vida en toda aquella región. Un sitio donde todavía podía oírse el bullicio de la gente en el transcurso de su diario vivir. El último resquicio de verdadera luz en medio de la penumbra del Bosque del Ocaso. Kaelin era consciente de que eso era así solamente por la vigilia constante de la Guardia Nocturna. El pueblo en sí no era un lugar demasiado grande. Tenía una plazoleta en su centro, frente al ayuntamiento, con una pequeña fuente en la que ya no había agua. A pesar de que era un lugar pacífico en medio de los horrores del bosque, Villa Oscura no se libraba del todo del terror que la acechaba. Sus edificios, en su mayoría de madera, estaban siempre humedecidos a causa de la neblina sempiterna. Telas de araña brillaban contra el resplandor de las antorchas en todos los rincones. Las luces de las ventanas y los faroles debían estar encendidas a todas horas para mantener la oscuridad a raya. Villa Oscura seguía siendo un lugar lúgubre que luchaba por sobrevivir en aquella tierra infestada de pavores.
No quedaba mucha gente en las calles a esas horas. Lo normal es que toda la actividad se concentrase en la mañana y poco después del medio día, puesto que se buscaba aprovechar al máximo la poca luz que llegaba al pueblo. La herrería ya había dejado de emitir humo; los granjeros ya habían terminado de arar la tierra; los comerciantes ya habían vuelto a sus hogares y el ayuntamiento ya había cerrado sus puertas.
Las pocas personas que aún podían verse eran en su mayoría integrantes de la Guardia Nocturna, quienes se aseguraban de que la seguridad relativa en la que vivían perdurase.
El único edificio cuyas puertas continuaban abiertas aun a esas horas, era la posada del Mesón del Cuervo Escarlata, que se encontraba en el centro de la aldea. El frío del bosque moría entonces en su interior, puesto que ahí dentro se encontraba un lugar cálido, casi alegre. Lo cual era un cambio bien recibido por los viajeros que visitaban el lugar.
—Tú alquila una habitación —le dijo Kaelin a Eikken—. Haz todo lo que tengas que hacer y me encontraré contigo aquí en un rato.
—Irás a reunirte con la Guardia Nocturna. —No era una pregunta.
La respuesta era evidente, por lo que la paladín no se molestó en contestar.
—No olvides los huesos —le recordó el druida—. E intenta no tardar mucho.
Kaelin lo miró entonces con una enorme sonrisa sardónica.
—¿Por qué? ¿Me vas a extrañar?
—La verdad es que sí.
Ella se quedó allí, en silencio, aguardando el comentario agudo con el que esperaba que Eikken terminase de responderle. Pero no dijo nada, lo que la sorprendió, aunque no hubiera sabido decir por qué.
—¿Qué esperas? —preguntó él al final.
—No, nada. —Se giró para marcharse—. No tardaré. —Y salió de la posada.
En su cinturón llevaba colgado su martillo de guerra y en una mano cargaba la bolsa repleta con los huesos que pudieron obtener de los cadáveres andantes del cementerio. Lo primero que hizo al salir fue localizar a uno de los guardias al que le preguntó por su comandante, Althea Cerranegro. Finalmente se encontró con ella frente al ayuntamiento. Se trataba de una mujer alta de larga melena negra, de piel morena y facciones endurecidas. Vestía una armadura de cuero y estaba armada con una singular espada curva. Sus ojos color ámbar reflejaban una mirada aguda y desconfiada. Como si siempre estuviese buscando amenazas incluso en el más pequeño recoveco, nunca dejando de estar en guardia.
—Así que has vuelto —dijo cuando vio a Kaelin llegar—. En este lugar eso es toda una hazaña.
—No me sorprende. Tuvimos unos cuantos problemas allá. —Levantó la bolsa y la abrió para revelar su contenido—. ¡Pero misión cumplida! —exclamó sonriente.
La comandante contempló inexpresiva la pila de huesos. Asintió.
—Ven, sígueme —ordenó de pronto y se dirigió a las puertas cerradas del ayuntamiento. De un bolsillo sacó una llave con la que abrió la entrada para inmediatamente cruzar el umbral. Kaelin la siguió al interior.
La llevó al centro del Consejo de Villa Oscura. Un lugar lleno de libros, archivos y documentos de todo tipo, con largas mesas y asientos decorando la estancia. Y un estrado al fondo, donde ella imaginó que se situaría habitualmente el alcalde de la ciudad. Aunque en ese momento estaba vacío.
Cerranegro hizo que la paladín soltara todos los huesos recopilados sobre una mesa vacía y comenzó a estudiarlos uno por uno.
—Sé reconocer los huesos de los monstruos que deambulan por ese cementerio maldito —se explicó—. Son más antiguos. Más podridos. Más malignos, si entiendes a lo que me refiero.
—Sí —contestó Kaelin simplemente. No supo qué más decir. Aunque lo que le había dicho tampoco la sorprendió. La comandante daba la impresión de tener una vasta experiencia dirigiendo la defensa no solo de Villa Oscura, sino de todo el Bosque del Ocaso. Era una mujer que inspiraba respeto.
Althea Cerranegro tomó una de las costillas y la alzó para contemplarla de cerca. Su cara reflejaba la sonrisa de un depredador. Depositó el hueso en la mesa con desprecio y miró a la paladín. Parecía satisfecha.
—Restos de un necrófago del Cementerio del Cerro del Cuervo. Admiro que tuvieras el estómago suficiente para cargar con esa cosa todo el camino hasta aquí. —Luego plantó una mano en el hombro de Kaelin con firmeza—. Un buen trabajo. ¡Un excelente trabajo! Ciertamente has sido de gran ayuda para la Guardia Nocturna y hecho un noble servicio para la gente del Bosque del Ocaso.
Entonces la soltó y se dirigió a una de las grandes estanterías de la habitación que estaba cerrada con un cerrojo que ella abrió de inmediato.
—Por supuesto que serás recompensada por tus esfuerzos —siguió diciendo ella mientras rebuscaba en el interior del mueble—. Desde que el ejército de Ventormenta nos abandonó a nuestra suerte, nos las hemos tenido que arreglar con lo poco que tenemos. La Guardia Nocturna se formó entonces. Algunos de nuestros miembros están armados con poco más que su buena voluntad. No puedo negarlos. Toda ayuda es poca. Hemos perdido muchos guardias durante los ataques de esas bestias. Buenas personas. —Entonces se volvió hacia Kaelin cargando una bolsa pequeña en una mano—. Es por eso que siempre valoramos la mano que nos tienden los aventureros que vienen de otras tierras. ¡Desearía que pudieran quedarse! Pero no parecen querer soportar la penumbra de este bosque más tiempo del necesario. No puedo culparlos.
Le entregó la bolsa a la paladín. De su interior provino el singular tintineo de las monedas.
—Hay una cosa más —dijo Kaelin entonces.
—¿De qué se trata?
Guardó silencio por un momento mientras pensaba la mejor manera de hacer el cuestionamiento que tenía en mente.
—¿Con quién tengo que hablar para preguntar por la gente que vivió en el Bosque del Ocaso?
Cerranegro ladeó la cabeza ante esa interrogante.
—¿Estás buscando a una persona que vivió aquí?
Kaelin asintió.
—Pues te recomiendo que busques a Sirra Von'Indi, el historiador de Villa Oscura —dijo la comandante—. Él conoce bien los registros y cuentas de toda la región.
—¿Von'Indi? A él le compré un mapa del bosque.
—Entonces ya sabes de quién hablo. Te llevaré con él.
—¿Sigue en el ayuntamiento a estas horas? —preguntó Kaelin.
—Él vive aquí.
—Ah.
Entonces la guio hacia una de las alas del edificio. Encontraron al historiador leyendo un libro mientras bebía un café en una pequeña biblioteca. Se trataba de un hombre moreno de aspecto noble y culto, vestido con sedas y ropas refinadas que contrastaban con la tosca armadura de cuero de Cerranegro.
Lucía una larga melena oscura que le llegaba hasta los hombros y una tupida barba negra. Al ver a los visitantes los miró con curiosidad.
—Esta mujer necesita de tus servicios —le explicó la comandante—. Le hizo un gran favor a Villa Oscura, así que te pediré que le ayudes en lo que sea que necesite.
Von'Indi miró con atención a Kaelin.
—Tú eres la chica que me compró un mapa del lugar, ¿o me equivoco?
—No se equivoca —respondió ella sonriendo.
El historiador le devolvió la sonrisa. Luego miró a Cerranegro.
—Me aseguraré de poder ayudarla en todo lo que haga falta.
La comandante de la Guardia Nocturna asintió severamente.
—Entonces la dejo en tus manos. Volveré a mi puesto en las calles —le dijo a la paladín—. Si me necesitas ya sabes dónde encontrarme. —Entonces salió de la habitación.
—Y bien —dijo Von'Indi una vez se quedaron a solas—. ¿En qué puedo servirte?
—Un amigo y yo estamos buscando a una persona que al parecer vivió en el Bosque del Ocaso. Morgan Ladimor.
—¿Morgan Ladimor? —respondió él extrañado, como si jamás hubiese imaginado que alguien viniera alguna vez a preguntar por él—. Ah, sí, claro. —Su rostro entonces adoptó un gesto de gran pena—. La suya es una historia larga y llena de desgracias. Yo lo conocía bien, bueno, antes de que se fuera a la guerra, pero esa fue la última vez que lo vi. Era un buen hombre, un hombre noble, pero tuvo un trágico final. Ten, tengo algo aquí que podría contarte su historia mejor que yo. —Se levantó de su asiento y se acercó a una de las estanterías en la que rebuscó por un momento hasta encontrar el libro que quería. Se lo entregó a Kaelin. Estaba encuadernado en cuero—. Si quieres saber algo más, podrías preguntar a Althea. Ella ha sido la que ha... tratado el... problema... con él.
Kaelin estudió el libro. Abrió la primera página donde encontró el título del volumen.
—"La Historia de Morgan Ladimor." —leyó en voz alta.
Von'Indi asintió.
—Ahí está escrito todo lo que necesitas saber de él. Y si me permites el atrevimiento —dijo entornando la mirada hacia ella—, quisiera saber qué asuntos tienes en todo esto. ¿Interés académico? ¿O algo un poco más... osado?
Ella no estaba muy segura de qué responder a eso a causa del tono que él acababa de usar. ¿Si le digo que estamos investigando esta historia intentará interponerse? Aunque una parte muy inmadura de ella quiso probar que no iban a poder pararlos en caso de que quisiesen detenerlos. Así que no vio motivos para mentirle.
—Encontramos su tumba —respondió secamente—. Llamó nuestra atención. ¿Hay algún problema con eso?
Sirra Von'Indi la miró y su cara reflejaba un abatimiento que hizo que destacasen sus arrugas.
—Debes tener cuidado dónde te metes —dijo susurrando, como si le fuese difícil hablar de ello—. Tal vez hay cosas contra las que aún no estás lista para medirte. Lo último que queremos es otra alma perdida en las penumbras que nos rodean.
Kaelin no se esperaba esa respuesta. Recordó la fiera batalla que tuvo lugar en el Cementerio del Cerro del Cuervo. El historiador tenía razón, sería prudente dejar las cosas como están. Pero eso también significaba permitir que el mal que asfixiaba aquella tierra siguiera fortaleciéndose. Expandiéndose. Apagando todas las luces, una por una, hasta que la oscuridad lograra devorarlo todo en el Bosque del Ocaso. Tal vez fuera insensato, pero era necesario asumir el riesgo si es que deseaban prevalecer. Esperaba que Von'Indi pudiera comprender eso.
—Tendremos cuidado —prometió Kaelin. No podía asegurar nada más.
Mientras se estaba dirigiendo a la salida del ayuntamiento, miró con creciente interés el libro. Tiene que ser toda una historia para que le hayan dedicado un libro completo. Pensaba leerlo junto a Eikken cuando se hubiesen reunido en la posada. Salió al exterior y cerró la puerta tras ella.
Aunque antes de regresar, se le ocurrió cruzar una última palabra con Althea Cerranegro. La encontró en su puesto de guardia, donde siempre parecía estar, ante las puertas del ayuntamiento.
—¿Morgan Ladimor? —preguntó cuando Kaelin se refirió a él—. No sé quién es...
—Pues debió ser alguien de importancia, puesto que hay un libro sobre él. —Y se lo enseñó. Cerranegro reaccionó al verlo. Como si acabase de resolver un acertijo.
—Ah, espera, ¡te refieres a Mor'Ladim!
—¿Mor'Ladim? —Ahora Kaelin se sintió completamente confundida.
—Supongo que no has oído la historia. Es una leyenda muy conocida por aquí, como el cuento del Embalsamador o la del Soldado Desconocido.
Ciertamente este es un lugar encantador pensó Kaelin.
—No, no la conozco —admitió.
—Pues te contaré la versión resumida.
Eso me arruinará el libro.
—Un poderoso no-muerto que se llama a sí mismo Mor'Ladim ha estado deambulando por el Bosque del Ocaso —comenzó a explicar Cerranegro—. Por lo que sé, parece ser el cuerpo no-muerto de Morgan Ladimor, que es la persona que buscas. Nos ha estado causando todo tipo de problemas, ha estado atacando a los vigilantes que patrullaban la zona y ha matado gente. —La comandante miró a la paladín de arriba abajo—. Parece que tú podrías proporcionarle descanso.
Más tarde, ya en su habitación de la posada, Kaelin le explicó todo lo ocurrido a Eikken.
—¿Así que Mor'Ladim? —comentó él—. Era de suponer que ese no-muerto era especial. Ahora entiendo por qué el mismo bosque parecía estar tan resuelto a encargarnos este asunto. Ya luchamos contra él una vez y logramos salir con vida. Tal vez espera que nosotros seamos capaces de acabar con esa amenaza.
—¿Crees que deshaciéndonos de él podamos ayudar a que el bosque se recupere? —preguntó Kaelin.
—Tristemente lo dudo. Pero sí sería un problema menos para toda la gente que aún considera esta tierra su hogar. Sería una victoria contra esa oscuridad que lleva acechando este lugar por varios años.
La paladín pensó en lo que le dijo Cerranegro en el ayuntamiento. "Toda ayuda es poca". Las personas que vivían allí estaban constantemente siendo asediadas por el miedo y la superstición a todos los horrores que aguardaban fuera de los caminos. Su sentido del deber y justicia como paladín la conminaban a actuar en respuesta. No iba a rehuir de aquella tarea.
Aunque otro pensamiento la inquietaba sobremanera. Otro detalle que llegó a mencionar la estoica comandante. "Desde que el ejército de Ventormenta nos abandonó a nuestra suerte, nos las hemos tenido que arreglar con lo poco que tenemos". El Bosque del Ocaso formaba parte del reino de Ventormenta. Si la situación aquí era tan terrible, ¿por qué el rey Varian no había enviado a sus ejércitos a salvaguardar la población? ¿Sería posible que sus fuerzas estuvieran luchando en otro frente?
¿Tal vez había estallado una guerra de la que ellos dos no saben nada?
¿O tal vez será cierto que Ventormenta abandonó el Bosque del Ocaso a su suerte?
Había algo que no cuadraba en todo eso. Kaelin era incapaz de dilucidar qué podría ser, pero no se iba sentir tranquila hasta haber obtenido una respuesta. Pero, sea cual sea ésta, tendrá que aplazar ese asunto hasta haber resuelto el problema de Morgan Ladimor. De Mor'Ladim.
Kaelin sacó el libro que le entregaron del interior de su bolso. Eikken intentó alcanzarlo con una mano.
—¿Puedo verlo? —le pidió a la paladín.
Ella rápidamente lo apartó, fuera del alcance del druida.
—¡Oye! ¡La obsesionada por las historias soy yo! —le espetó al elfo—. ¡Yo seré quien lo lea! Así que agasaja tus orejotas porque voy a empezar...
Morgan Ladimor fue un noble caballero que luchó en defensa de los inocentes, los pobres y los afligidos. Durante años, trabajó diligentemente en la periferia de Azeroth, aliviando a las víctimas y castigando a los malhechores.
En el verano en el que cumplió dieciocho años, contrajo matrimonio con una joven llamada Lys. Estaban muy enamorados y tuvieron tres hijos, un varón y dos chicas.
Morgan tenía treinta y dos años cuando estalló la guerra en Lordaeron. Morgan fue reclutado por el legendario Uther el Iluminado para combatir contra los orcos y los no-muertos. Tras dejar a su mujer y a sus hijos a salvo en su hogar, Morgan partió hacia la guerra.
Pasaron los años y la guerra se prolongó; Morgan presenció espantosas escenas, incluyendo la desbandada de los paladines de la Mano de Plata, la muerte de Uther y la propagación de la peste. Lo único que lo mantenía a salvo de la locura era la certeza de que algún día se reuniría con su mujer y sus hijos.
Morgan regresó finalmente a su hogar, pero lo que encontró nada tenía que ver con lo que recordaba. El bosque, antes verdeante, ahora estaba contaminado, infestado de no-muertos y otras fuerzas oscuras. Por doquier había casas y granjas destruidas, y el Cementerio del Cerro del Cuervo cubría gran parte del territorio. Morgan, indignado y perplejo, llegó hasta su casa, encontrándola en ruinas. Ignorando lo que le había ocurrido a su tierra, se dirigió al pueblo para encontrar respuesta, deseoso de hallar a su mujer y a sus hijos.
Morgan preguntó por su familia, pero no recibió respuesta alguna. Un sacerdote de Villa Oscura, nombre con el que ahora se designaba al lugar, le sugirió que buscara una lápida en el Cementerio del Cerro del Cuervo. Morgan se negó a aceptar que su familia había muerto y continuó buscando en vano por todas las granjas y casas del Bosque del Ocaso.
Así, cabalgó desde Villa Oscura hasta las afueras de Villa del Lago, deseando que su familia hubiera podido escapar en el camino. Obviando el sentido común, decidió parar en el Cementerio del Cerro del Cuervo.
Morgan paseó durante horas entre las lápidas. Reconoció los nombres de muchas personas que había conocido y cada vez estaba más consternado por el dolor. Entonces los vio: una descuidada parcela en medio de tantas otras, con tres pequeñas lápidas. A medida que se acercaba, una ola de pánico se apoderaba de él. Morgan quitó el polvo de la lápida más grande para leer el nombre grabado en su superficie. Las letras sobre la tumba constataron el temido presagio:
Lys Ladimor, Amada esposa y madre.
El temor de Morgan se transformó en consternación y luego en dolor, postrándolo de rodillas mientras vertía lágrimas amargas. Permaneció durante horas frente a la tumba, suplicando perdón a la fría piedra y disculpándose entre sollozos. Luego, horas más tarde, algo se resquebrajó en su interior y la emprendió a golpes contra todo lo que lo rodeaba. Desenfundó la espada y empezó a golpear las lápidas una y otra vez, gritando de rabia. Ciego de ira, intentaba golpear algo y arremetía contra todo, llamando la atención de tres guardas del cementerio. Cuando intentaron detenerlo, se abalanzó sobre ellos, acusando a los pobres guardas inocentes, y luego les dio muerte.
Más tarde, cuando la ira se había disipado, Morgan tomó conciencia de lo ocurrido y vio su espada ensangrentada, clavada en el pecho de uno de los guardas. Al borde del límite, extrajo el puñal de su cinturón y lo hundió en su propio pecho.
El cuerpo de Morgan Ladimor y los de sus víctimas fueron hallados al día siguiente. Fue enterrado rápidamente, sin ceremonia, en una tumba excavada en las afueras del cementerio. Puesto que había cometido asesinato contra personas inocentes, algo que iba totalmente en contra de sus creencias y su naturaleza, y por el dolor que sentía por haber sido incapaz de salvar a su familia, Morgan no tuvo una muerte pacífica y vagó por el mundo como un muerto viviente.
Pocos días más tarde, su tumba fue profanada y su cuerpo había desaparecido. Quien un día fuera Morgan ahora vaga por el Bosque del Ocaso, consumido por la pena de haber perdido a su mujer y sus hijos, así como por el desprecio hacia sí mismo. Mor'Ladim, nombre actual de Morgan, vaga ciego de venganza y odio por el Bosque del Ocaso, cometiendo asesinatos indiscriminadamente.
. . . . . . . . . . . . . . .
A la mañana siguiente ya se encontraban preparados y dispuestos a poner fin a la misión: acabar de una vez por todas con la amenaza que representaba Mor'Ladim. Como Eikken ya lo había enfrentado antes, era del todo consciente de lo terrible que este enemigo podría llegar a ser. Sabiendo además que no podían tomarse ese asunto a la ligera, puesto que marchaban para enfrentarse a un ser maldito, que estaba siendo fortalecido por su propio odio hacia la vida. Impulsado por la sed de sangre que la locura plantó en su mente quebrada. Y al mismo tiempo lo inspiraba la compasión. Cualquier persona que lo haya dado todo por su gente durante la guerra merece un mejor final que aquel. Eikken esperaba que al asesinarlo iban a poder devolverle la paz que le arrebataron. A fin de cuentas, Morgan Ladimor solo era una víctima más de la oscuridad que se había asentado en el Bosque del Ocaso.
Abandonaron la posada al despuntar el alba. Estaban comenzando a acostumbrarse a las tinieblas que parecían ser omnipresentes en ese lugar. El pueblo estaba despertando también a esas horas, puesto que ya se comenzaba a ver actividad por las calles.
Antes de salir de la ciudad se detuvieron por un momento frente al ayuntamiento, donde encontraron a la comandante Cerranegro la cual ya estaba concluyendo su guardia.
—Por lo que dicen los exploradores, Mor'Ladim deambula por el Bosque del Ocaso —les comentó—. Recorre un extraño y serpenteante camino por el cementerio. Lo enterramos pasada la casa de la colina, ¿sabes dónde te digo?
—Sí —confirmó Eikken, quien no había olvidado el macabro edificio que gobernaba el Cementerio del Cerro del Cuervo desde aquella loma maldita—. Sé a cuál te refieres.
Cerranegro asintió. Miraba al druida con cierta curiosidad. Seguramente nunca antes ha visto un elfo de la noche.
—No hay nada que pueda hacer para ayudarlos, pero les deseo buena suerte —se despidió ella.
Enviar una patrulla de guardias con nosotros sería una buena forma de ayudar. Eikken dejó salir un suspiro. Imagino que no puede prescindir de ninguno de ellos. Debe sentirse desesperada por ayuda. Aunque una mujer tan dura como ella jamás lo dirá en voz alta.
Dejaron Villa Oscura por el sur, siguiendo el camino a diferencia del viaje pasado. Como siempre, Eikken sostenía las riendas de Zarpa y Kaelin iba tras él, firmemente sujeta al elfo. El sable de la noche mantuvo un trote ligero pero veloz, por lo que recorrieron una gran distancia en poco tiempo, sobre todo ahora que pudieron limitarse a seguir el sendero en lugar de verse obligados a detenerse para buscar orientación en medio de la arboleda. Éste se dirigía hacia el sur, hasta que lentamente terminaba torciéndose hacia el oeste, hacia el Cementerio del Cerro del Cuervo.
Viajaron tranquilamente por un largo rato, sin complicación alguna. Ninguno de los dos habló durante ese tiempo. Ese inusual silencio se fue volviendo cada vez más incómodo, porque el elfo sabía que Kaelin no era de las personas que se quedaban calladas sin que hubiera un motivo detrás. Tal vez era necesario que él tomase la iniciativa.
—Y bueno, ¿qué opinas? —preguntó Eikken de pronto mientras continuaban avanzando.
—¿Sobre qué? —quiso saber ella.
—Sobre el asunto en el que nos hemos metido.
La paladín pareció mascullar una respuesta adecuada en silencio. Estaba evidentemente inquieta.
—Por un lado, me arrepiento de haberte pedido que viniésemos aquí —terminó por confesar.
Eikken se volteó para verla de reojo.
—¿Y eso?
—Empiezo a temer que quizá nos hayamos metido en un problema que está fuera de nuestro alcance. —Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la espalda del druida. Eikken pudo sentir su cabellera—. Ya te hirieron una vez. No quiero que vuelva a pasar.
—Es normal tener miedo —intentó reconfortarla.
—No es eso exactamente. —Dudó por un momento—. Es solo que...
—Sabes que podemos abandonar y dejar este bosque. Este camino sigue hasta Páramos de Poniente, al oeste. Nadie nos obliga a cumplir esta misión.
Kaelin guardó silencio por un rato. Eikken ya comenzaba a preocuparse por su amiga, la cual siempre se mostraba sonriente y animada. Todo esto debe estarle afectando profundamente de alguna manera.
—No —soltó ella al final—. No me gustaría dejar esta misión. —Entonces volvió a guardar silencio.
—Sientes lástima por Morgan.
—Sí —suspiró—. No alcanzo ni a imaginar el dolor que debe sufrir. —Aspiró fuertemente por la nariz—. Recuerdo que cuando supe que perdí a mis padres sentí que la oscuridad me llevaba. Ese vacío. Esa desesperación. —Hizo una pausa. Eikken no dijo nada—. Recuerdo lo que sentí cuando enfrenté a los no-muertos por primera vez. Esa rabia. Ese frenesí. Esa locura habría sido mi fin.
—Pero pudiste salir de ella.
—¡No, Eikken! —exclamó—. ¡No pude!
El único sonido que se escuchaba era el suave galope de Zarpa.
—No por mi cuenta al menos —continuó ella—. Siempre hubo alguien ahí. La Luz. O tú —terminó en un susurro mientras volvía a apoyar su cabeza en la espalda del druida.
—Algo que Morgan no tuvo —concluyó él.
Pudo sentir cómo ella asentía tras él.
—Ahora esa rabia lo domina. Ese tormento e ira. Una rabia que no puedo imaginar. —Levantó la cabeza—. ¿Cómo podremos tú y yo enfrentarnos a algo así? Por eso creo que es algo que quizá nos supera. —Entonces lo abrazó fuertemente rodeándolo con los brazos.
Eikken soltó una de las riendas del sable de la noche y acarició la mano de Kaelin.
—¿Entonces qué esperas que hagamos cuando lleguemos allá? —le preguntó.
—Encontrarlo, acabar con su miseria y salir de allí.
—Tú siempre haces los mejores planes.
Ella rio ligeramente con el comentario. Ninguno de los dos habló por un rato.
—Dijiste que por un lado te arrepentías de todo esto —aseveró él rompiendo el silencio.
—Así es. Aunque, por otro lado, creo que es lo mejor.
—¿El que tú y yo estemos aquí?
—Aquí y haciéndonos cargo de este asunto. Alguien tiene que hacerlo. Y me alegra que podamos ser nosotros. —Rompió el abrazo—. Soy una paladín y lucho por la Luz. Ese hombre lo dio todo por nosotros, pero la vida le jugó una mala pasada que acabó destruyéndolo. Debió pensar que la Luz lo había abandonado, así como parece haber abandonado todo este bosque.
El elfo se volteó un momento mientras Kaelin hablaba y vio que ésta miraba a su alrededor, y que se detenía por un instante para contemplar a la distancia una granja en la que alguna vez vivió una familia de campesinos. En el rostro de la joven se dibujó una sonrisa de nostalgia.
—Pero eso no es así —afirmó Eikken, ahora que empezaba a comprender los pensamientos de Kaelin.
—No. No es así. —Ella sonaba ahora más segura de sus palabras. Como si estuviera intentando animarse a sí misma—. La Luz no se ha olvidado de Morgan Ladimor ni del Bosque del Ocaso. Por eso estoy aquí. ¡Vamos a resolver este problema! Tenemos que hacerlo, no puede ser de otra manera.
—Y por eso es que lo vamos a lograr —terminó Eikken.
Siguieron avanzando con los ánimos renovados por un rato. Ahora él llegaba a entender mejor los pensamientos de Kaelin y todas las implicaciones que ellos traían consigo. No se lo iba a comentar, pero le preocupaba que ella se hubiera auto impuesto la necesidad de completar ese trabajo, por razones personales y, por encima de todo, movida por su fe en la Luz. Le inquietaba que eso pudiese llevarla a cometer decisiones precipitadas, poniéndose a sí misma en peligro.
Al mismo tiempo le conmovió no haberse visto en la necesidad de presionar demasiado para lograr que ella confesase sus sentimientos al respecto. El saber que cuenta con la plena confianza de Kaelin lo hacía sentir bien. Desearía poder hacer lo mismo lamentó él en su fuero interno. No se trataba de que él desconfiara de ella. Sino que le era mucho más difícil poner en orden sus pensamientos, sentimientos y temores; y por ende confesarlos. Incluso a Kaelin. Eso le hacía sentir torpe. Como si le estuviese guardando secretos. Cosas que le influyen y que él decide mantener veladas por su propia comodidad. No quería que ese tipo de problemas afectasen su relación con ella.
Es algo que tendré que trabajar.
Sería ya más de mediodía, o eso pensaba Eikken, cuando llegaron a una encrucijada en el camino. El primer sendero era el que acababan de recorrer y llevaba de regreso a Villa Oscura. El segundo era el que se extendía delante de ellos, dirigiéndose hacia el oeste, hacia Páramos de Poniente, no sin antes pasar por el Cerro del Cuervo, la aldea abandonada a la que pertenecía el cementerio embrujado.
El tercer camino se dirigía hacia el sur.
—¿Dónde lleva esa ruta? —preguntó Kaelin.
—¿Tienes el mapa por ahí?
—¿Cuál de todos?
—Uno que sea del reino de Ventormenta y sus alrededores.
Ella recogió una mochila que estaba colgada de la brida de Zarpa y de su interior sacó varios mapas. Terminó por entregarle uno a Eikken.
—Veamos. —El druida lo estudió con atención—. Este camino, si no me equivoco, lleva hacia la Vega de Tuercespina. Debería cruzarla hasta llegar a la ciudad de Bahía del Botín, al extremo sur de aquella región y la de todo los Reinos del Este.
—Bahía del Botín... —susurró ella—. ¿No es ese un puesto goblin?
—Sí. Y de lo poco que sé, nada es auspicioso. En ese lugar merodean criminales fugitivos, maleantes y piratas.
Kaelin soltó una risa pueril.
—¿Que no es auspicioso? —dijo—. ¡Mientras más me cuentas de ese lugar, más ganas me dan de visitarlo!
A veces olvido que es poco más que una niña.
—Bahía del Botín tendrá que esperar —dijo Eikken—. Tenemos asuntos pendientes aquí.
—¡Por supuesto! —exclamó ella riendo—. ¡Arre Zarpas! ¡Llévanos a la muerte y perdición!
Eikken sonrió e hizo que Zarpa reanudara la marcha. Siempre le alegraba el corazón ver a Kaelin así: llena de vitalidad y alegría. Así eran las cosas como han siempre de ser, o al menos como él deseaba que fuesen. En su fuero interno, se conminó a sí mismo el hacer que las cosas se mantengan así.
El druida no dijo nada sobre el cuarto camino, que era apenas perceptible puesto que no estaba pavimentado. Este se dirigía hacia el norte, a las montañas que se alzaban en el corazón del Bosque del Ocaso. Por alguna razón, se sintió de alguna manera atraído a ese lugar, como si algo o alguien lo estuviese llamando desde allí.
La curiosidad pudo con él y decidió echar un vistazo uniéndose a la naturaleza. Se internó en la espesura y su mente viajó más allá de la cadena montañosa, hasta un valle que se ocultaba en su centro. En su interior sintió una presencia que le era extrañamente familiar. Un aura que él conocía lo impregnaba todo allí. La misma oscuridad que reinaba en el exterior parecía no tener influencia en ese valle. Vio una estructura de piedra blanca. Era como un altar, un altar gigantesco. Y en lo alto relucía una construcción circular sobresaliendo ante todo lo demás. Como si de una puerta se tratase. Un portal mágico. Uno que extraía su poder de algo que se alzaba tras él.
Entonces Eikken lo vio. Era un árbol. Uno muy diferente y singular. Era enorme y su tronco parecía crecer a la par de las montañas que rodeaban el valle. El druida lo contempló y se sorprendió al descubrir que emanaba una fuerza que le era demasiado familiar.
¿Será posible...?
Entonces se vio atrapado, retenido por un poder que acechaba aquel sitio. Lo que sea que morase allí no toleraba la presencia de intrusos. Ni siquiera la de un druida como él. Eikken no pudo verlo físicamente, pero le pareció distinguir unas escamas de un tono verdoso pálido. Era una figura que ejercía un dominio sobre la naturaleza tan fuerte, que hacía que las habilidades del elfo en comparación fuesen poco más que trucos de un prestidigitador de poca monta.
Aterrado por el descubrimiento, rápidamente cortó la conexión que lo mantenía unido al valle y regresó a su cuerpo. Se sobresaltó al abrir los ojos, como si acabase de despertar de una pesadilla. Miró a su alrededor buscando orientarse. Vio que Kaelin lo miraba confundida. Todo ocurrió en tan solo unos cuantos segundos.
¿Qué demonios le sucede a este bosque?
Arrió las riendas de Zarpa, haciéndole acelerar el paso. De pronto quiso alejarse de ese lugar lo antes posible.
—¿Pasa algo? —preguntó ella tras él.
—Pensaba que, si nos damos algo más de prisa, podremos llegar al Cerro del Cuervo antes del anochecer —mintió él.
—Espero que allá podamos encontrar un buen sitio donde acampar.
Eikken asintió. ¿Por qué le mentí? El pretexto que acababa de usar salió de él de forma instantánea, como si ni siquiera se hubiera planteado el contarle la verdad a Kaelin.
Es algo que definitivamente debo trabajar.
La única luz verdadera que encontraron a lo largo del camino hacia el oeste, fueron las antorchas que siempre se mantenían encendidas, dotando a los viajeros de visión en medio de las tinieblas que lo devoraban todo. Eikken solo pudo sospechar que, en algún momento del día, una patrulla de la Guardia Nocturna se ocupaba de la tarea de mantener los fuegos vivos y ardientes. Siguieron esas únicas luces durante el resto de la jornada, cada vez más cerca de su destino final.
La visión en el bosque se fue volviendo más tenue poco a poco a medida que el día llegaba a su fin. Comenzaba a hacer frío. El druida era capaz de ver su propio aliento saliendo de su boca. Calculó que faltaría ya poco tiempo para el crepúsculo. La idea de seguir por el camino en medio de la noche no le resultaba para nada agradable. Si bien estaba acostumbrado a la vida nocturna como el resto de su gente, él era plenamente consciente de que la noche en ese lugar estaba dotada de un aura sobrenatural que pervertía su naturaleza. En el Bosque del Ocaso salir después del anochecer era insensato. Por lo que Eikken sintió premura por alcanzar el final del camino y encontrar un buen lugar donde refugiarse, antes de que las tinieblas y todo lo que vivía en ella salieran y se apoderasen del bosque.
El desgastado camino continuaba avanzando iluminado por los faroles que aparecían de tanto en tanto y parecía no tener fin. El elfo ya estaba temiendo que se iban a ver obligados a detenerse y acampar a un lado del camino cuando al fin percibió algo nuevo ante él. Las sombras de unas enormes figuras comenzaron a emerger a lo lejos, en un claro en medio de la arboleda. Cuando se acercaron lo suficiente, constató muy aliviado que se trataban de edificios. A un lado del camino había un semicírculo de casas pequeñas, medianas y una que destacaba por encima del resto. Ninguna luz venía de ellas.
—¿Es aquí? —preguntó Kaelin.
Eikken asintió. Habían llegado a la aldea del Cerro del Cuervo. El cementerio se encontraba muy cerca de allí. Demasiado cerca como para poder sentirse tranquilo del todo.
Ella sugirió que investigasen la casa más grande de la aldea, pero él logró convencerla de que sería más prudente buscar cobijo en una de las más pequeñas. De preferencia una que no tuviera sus ventanas quebradas. Tras inspeccionarlas encontraron una que no solo mantenía su único ventanal en perfectas condiciones, sino que incluso aún conservaba su puerta. Era el lugar idóneo que el druida buscaba.
Trancaron la entrada tras ellos y cerraron la ventana con sus postigos de madera. Eikken se sintió tan animado al haber encontrado un refugio ideal que se atrevió a encender fuego en la pequeña chimenea que allí había para así espantar la gelidez que lo impregnaba todo. Iba a ser una noche fría, pudo percibirlo.
—¿Crees que es seguro ahí fuera? —quiso saber Kaelin.
—Tan seguro como cualquier lugar del bosque, salvo Villa Oscura lo cual no es decir mucho.
—¡Bien! —Acto seguido se levantó y abrió la puerta—. Ya regreso.
—¿Urgida? —comprendió de pronto él.
Ella asintió antes de salir dejando la puerta casi cerrada tras de sí.
Cuando se quedó solo, Eikken se inclinó ante el fuego y calentó sus manos sobre él. Miró hacia la izquierda y vio a Zarpa recostado en un rincón. El sable de la noche le devolvió la mirada, sus ojos brillaban con una intensa luz verdosa. Recogió su bastón, que estaba junto a la chimenea, y lo observó por unos momentos, apreciando hasta el último detalle del cayado de madera. Aunque para muchos esa herramienta podría parecer una simple vara decorada, en realidad estaba impregnada de un intenso poder a través del cual el druida canalizaba su magia. Sin mencionar el profundo significado que albergaba para él.
—Hemos viajado mucho —le dijo a Zarpa sin apartar la vista del bastón. El felino respondió con un largo bostezo. Era algo similar a un gato gigantesco. Pensar eso le provocó una leve carcajada—. A ti lo único que te falta es hablar. Aunque pensándolo bien, no lo necesitas.
Se puso de pie y del interior de la bolsa de Kaelin sacó uno de sus mapas. Era uno que representaba a detalle tanto los Reinos del Este como Kalimdor, y el extenso mar que separaba ambas tierras. Buscó en el trazado todos aquellos lugares que llegaran a visitar desde que desembarcaron en el puerto de Menethil, al norte de Khaz Modan. Con un dedo trazó una línea invisible con la cual cubrió todo el camino, con todos sus giros y desvíos, que recorrieron hasta encontrarse en aquella pequeña casa en medio de una aldea abandonada.
—En verdad que hemos viajado mucho —murmuró.
Estaba muy lejos de casa. Él y Zarpa. Y Kaelin también. El estar consciente de eso le hizo sentirse extraño, con una incipiente inquietud que no pudo explicar.
Después de soltar un suspiro, enrolló el mapa y volvió a guardarlo. Entonces comenzó a investigar el interior del edificio, puesto que de pronto se le ocurrió que podría encontrar algo que fuese de utilidad. Algún objeto o utensilio, pero sobre todo información.
En ese momento la paladín regresó y volvió a trancar la puerta tras ella. Eikken se giró para verla.
—¿Todo bien? —le preguntó.
Ella le respondió con una sonrisa.
—¡Sí, me quité un peso de encima! —fue todo lo que mencionó al respecto.
—Qué bien. Ahora ven a ver esto —le dijo señalando la parte superior de la chimenea. Cuando ella llegó a su lado le enseñó lo que acababa de descubrir.
Garabatos trazados en la piedra con prisa. Algunas marcas de plumas entintadas en la pared junto a ella. Pequeñas notas que señalaban desde fechas hasta acontecimientos de importancia, como movimiento de tropas, alguna batalla o advertencias de viajeros que encontraron ese lugar antes que ellos.
—Parece ser que la aldea y esta casa en concreto es un punto de descanso para los aventureros que ya conocen la región —explicó Eikken—. Deberíamos buscar algo que nos pueda ser de utilidad.
—Tú hazlo. —Kaelin se alejó y comenzó a rebuscar en su mochila—. A mí se me ocurre otra cosa.
Cuando volvió junto al druida llevaba un cuchillo consigo. Después de buscar un sitio apropiado comenzó a tallar en la pared.
—¿Qué día es hoy? —preguntó de pronto.
Cuando terminó le mostró su obra a Eikken. Bajo la fecha, había dejado un mensaje garabateado en el muro para que lo viesen todos los viajeros que pernoctaran en aquella casa abandonada en el futuro.
"Kaelin y Eikken parten para darle descanso a Morgan Ladimor".
El elfo sonrió al ver sus nombres inmortalizados en la pared. Comenzó a escuchar gotas de lluvia golpeando suavemente el techo.
—Es mejor irse a dormir ahora —sugirió—. Este lugar podrá ser más seguro que dormir al aire libre pero no por eso dejaremos de estar alerta. Tú duerme primero y yo te despertaré más tarde. Debemos estar en plenas condiciones para mañana.
Para cuando nos enfrentemos otra vez a ese monstruo. Y espero que Elune no se olvide de nosotros.
. . . . . . . . . . . . . . .
Eikken la despertó después de que ella cumpliese con sus horas de sueño y luego se recostó para dormir mientras Kaelin hacía la guardia.
Aún faltaban horas para el amanecer. Ella recogió unas cuantas ramas de una mochila y las echó al fuego. Su calor alcanzaba hasta el último rincón de la pequeña estancia. Y también era la única fuente de luz en ese lugar. Fuera de esa habitación, todo era oscuridad absoluta.
Volvió a buscar en otra mochila y de ella sacó un libro. Se trataba de aquel que le entregó el historiador de Villa Oscura. La Historia de Morgan Ladimor. Kaelin se sentó en el suelo de espaldas al fuego y volvió a leer el cuento una y otra vez hasta hartarse. Tras eso, volvió a guardarlo y se quedó ahí sentada mirando las llamas sintiendo cómo se arrastraba el tiempo mientras escuchaba la lluvia cayendo fuera.
La Luz no se olvidó del Bosque del Ocaso, ¿verdad? Por eso es que estamos aquí.
Esa idea se impuso en sus pensamientos durante esas horas de vigilia. El pensar que estaba en ese lugar porque algo que era en sí mismo bueno y puro hubiera dirigido sus pasos debería hacerla sentir plena consigo misma y con su papel en esta nueva misión.
Como si estuviese cumpliendo un propósito en su rol como paladín. Eran estas labores las que la llevaban a creer que todo lo que había ocurrido en su vida fue lo que acabó llevándola hasta ese momento y ese sitio. Porque es así, ¿verdad?
Jamás iba a cuestionar la voluntad de la Luz. Sobre todo cuando sus intenciones eran tan absurdamente evidentes. Ella ya se había enfrentado a otros males imposibles en el pasado y a pesar de todo logró prevalecer.
Porque así lo dictó la voluntad de la Luz. Pensar otra cosa sería un disparate, ¿verdad?
Era por eso que Kaelin estaba destinada a vencer en el inevitable duelo que se acercaba poco a poco.
Ella vino a esa tierra en nombre de la Luz a aligerar la carga de las justas personas que vivían en el Bosque del Ocaso. Porque el poder que ahora estaba de su lado la había convertido en una extensión de sus designios y, a través de ella y otros paladines, iban a hacer del mundo un lugar mejor, tal era su obra y tales sus propósitos. Porque para eso la Luz la había bendecido con su gracia, ¿verdad?
O tal vez no.
La Luz Sagrada no se olvidó del Bosque del Ocaso. Por eso es que ella estaba allí. Se lo repitió a sí misma una y otra vez. La antorcha que expulsa las tinieblas. Una baliza de esperanza. Un baluarte de fe. Una respuesta al mal que estaba consumiendo esa tierra. Y solo por eso es que estaba ella destinada a triunfar. Porque esa era la voluntad de la Luz, no podía ser de ninguna otra forma.
¿Entonces por qué se sentía tan intranquila?
Las gotas de lluvia continuaban repiqueteando en el tejado. Una muerte injusta. Una desgracia que nunca debió ser. Una tierra azotada por la tragedia y anegada en la oscuridad. Los errores que ahora ella tenía que arreglar, porque ese era su papel. Con ayuda de Eikken, claro. ¿También habrá sido la voluntad de la Luz que nos conociéramos? El pensamiento la hizo sonreír.
¿Y qué pasa con Morgan Ladimor?
Kaelin no pudo verlo de otra forma que no sea una víctima. Alguien que se vio envuelto en un terrible destino teniendo así un trágico final. Sea cual sea el poder que lo haya levantado como una abominación de venganza y odio, solo lo había convertido en una parodia de lo que fue en vida. Y eso no era justo. Era algo malvado, cruel y retorcido. Una mayor razón para hacerse cargo de él. La razón principal de hecho, porque al purgar su alma, estaría demostrando que la Luz Sagrada no se olvidó de esa tierra, ni de la gente que la habita. Entonces era lógico pensar que su victoria era inevitable. Porque no podía ser de otra forma.
Se giró y vio a Eikken dormir. Él ya había sido herido antes por Mor'Ladim. Gracias a la Luz fue capaz de salvarlo, sí; pero si algo malo terminaba volviendo a ocurrir no estaba del todo segura de si iba a poder remediarlo esta vez. Después de todo, la que cargaba con la bendición de lo sagrado era ella, no él. Tal vez esa misión estaba pensada solo para Kaelin y el llevar a alguien más a correr el riesgo de salir herido en la batalla era la fuente de su inseguridad. Sí, debía ser eso. No se atrevió siquiera a imaginar qué pasaría si algo le ocurriera a su amigo. Una vez más estaría sola. Y eso era lo último que deseaba.
Pensó entonces si acaso lo mejor era salir en ese momento, en secreto, antes que Eikken despertase, y buscar a Mor'Ladim por su cuenta y derrotarlo. Después de todo, ella estaba destinada a lograrlo, ¿verdad?
Aunque ya lo había enfrentado antes y apenas salió de ahí con vida. Pero ahora iba a ser diferente, estaba segura de eso. Ya conocía la historia de Morgan Ladimor, su pasado y su tragedia. Y también su destino. Ella lo redimiría, no podía ser de otra forma. Kaelin se levantó, recogió su martillo con suavidad para no despertar al druida ni a su sable de la noche y se acercó a la puerta. Se detuvo.
¿Por qué se detuvo? Ella sabía que era su trabajo limpiar esa tierra. La Luz la designó a ella para eso. Era su misión y su destino, y no podía ser de otra forma. Pero su inquietud ahora terminó por intensificarse: no se sintió preparada para esto. Como si hubiera algo que no estuviese del todo bien; una pieza que no hubiera terminado de cuajar.
¡No huiré de esta misión! pensó decidida. No iba a darle la espalda a la gente de Villa Oscura. Ni a Morgan Ladimor quien solo era una víctima de un poder nefario que ella no comprende. No iba a abandonar esa tierra para que fuera consumida por la peste de los no-muertos hasta que la última chispa de vida se hubiera disipado. No después de todo lo que había pasado en ella. Después de todo, ella creció en ese país, conoció la Luz ahí, tuvo buenos amigos en ese lugar que ahora estaban perdidos, había recorrido la nación hasta la última aldea, al revés y al derecho, y no se iba a permitir el simplemente darle la espalda y pretender que podría vivir tranquila no sin antes cumplir la labor que ahora era consciente de que la Luz le había encargado. Por lo que ahora saldría de esa casa y se iba a hacer cargo de...
La lluvia pareció arreciar en ese momento. Morgan Ladimor no era más que un recordatorio. Su misión estaba en otro lado. Dejó el martillo en el suelo y volvió a sentarse frente al fuego.
Unas cuantas horas más tarde la lluvia finalmente escampó. Kaelin se acercó a su amigo y lo sacudió con suavidad hasta despertarlo.
—Buenos días —le dijo en un susurro—. Si es que es de día, de lo cual no puedo estar segura.
—En algún lugar del mundo brilla el sol —contestó Eikken con una sonrisa—. Saber eso quizá te ayude a enfrentar este nuevo día.
Desayunaron algo ligero y salieron del refugio. Fuera la oscuridad se mantenía tan sempiterna como siempre, aunque a Kaelin le pareció que, tras la lluvia, el aire se notaba menos pesado. Casi resultaba agradable. Los dos compañeros y el sable de la noche abandonaron la aldea deshabitada y tomaron dirección norte.
—El cementerio ha de estar muy cerca de aquí —dijo Eikken—. Es mejor que saques tu martillo desde ya.
—¿Cómo le haremos para encontrar a Morgan? —quiso saber ella. El druida cerró los ojos y se concentró por un momento.
—No te preocupes, lo encontraremos. O él nos encontrará a nosotros.
A poca distancia de la última casa del pueblo encontraron un enorme portal metálico en un avanzado estado de deterioro. La entrada principal del Cementerio del Cerro del Cuervo. Desde allí, la paladín era capaz de ver las primeras hileras de tumbas perdiéndose a la distancia. Al menos esta vez no hay una neblina tan molesta como la de la última vez. Imagino que será por la lluvia.
Era una gran sorpresa para ella el darse cuenta de que se sentía calmada. Ligera. Así como si ignorase el pérfido lugar en el que ahora se encontraban y la terrible misión que dentro de poco iban a llevar a cabo. Pero si en algún momento tuvo miedo por lo que inevitablemente ocurriría, éste se había evaporado de la misma forma que lo hizo la niebla del cementerio. Cruzaron la entrada y se internaron en el camposanto.
No tenía ni la menor idea de cómo le iban a hacer para encontrar a Morgan, así que decidió confiarle esa tarea a Eikken. Lo miró de soslayo y vio que caminaba con los ojos cerrados, moviendo su cabeza de un lado a otro como si estuviera buscando algo. Ella no quiso interrumpirlo por lo que no dijo ni una sola palabra.
Esperó pacientemente a que su amigo encontrase alguna señal de su objetivo.
Respiraba lentamente e intentaba ignorar el aroma a putrefacción. Miraba con curiosidad las tumbas dispares que gobernaban el lugar. Algunas estaban tan descuidadas que el nombre del difunto enterrado bajo sus lápidas resultaba ilegible. Estaban humedecidas por el aguacero de anoche y un leve viento venido del sur mecía apaciblemente la hierba que las recubría. Kaelin miraba a su alrededor, pero no encontró ningún enemigo a la distancia. El cementerio parecía estar vacío. ¿Estará realmente aquí todavía?
Tal vez se marchó a otro lugar. Volvió a girarse hacia Eikken, el cual continuaba caminando con los ojos cerrados. De pronto torció la marcha hacia la derecha y Kaelin lo siguió. Se volteó un momento para asegurarse de que Zarpa aún caminaba tras ellos; el sable los seguía muy de cerca. Nadie dijo nada, el silencio era casi absoluto. Solo se escuchaba el sonido de sus pisadas haciendo crujir el pasto. Ella continuó husmeando a la distancia en busca de algún movimiento. Se sintió impresionada al notar que el cementerio fuera así de gigantesco. Mucha gente había muerto en el Bosque del Ocaso en el último tiempo. El darse cuenta de eso entristeció a Kaelin, reafirmando su intención de poner fin al tormento de Morgan Ladimor para ayudar, por muy poca que fuera la ayuda, a la gente de Villa Oscura.
Una voz rompió el silencio.
—Está más adelante —dijo Eikken en un hilo de voz—. Puedo verlo claramente. No se mueve de su sitio. —Frunció el ceño—. Casi pareciera que nos estuviera esperando.
Kaelin no respondió. Simplemente se limitó a caminar junto al druida intentando ver alguna silueta a lo lejos que revelase la presencia de Mor'Ladim. Le pareció ver algo, mas no estaba del todo segura.
La figura lentamente se iba haciendo más grande y nítida conforme se acercaban a ella. No era una tumba, eso estaba claro. Definitivamente era una forma humana. Kaelin no le quitaba los ojos de encima mientras seguían su camino.
—¿Es él? —susurró. Con el rabillo del ojo vio a Eikken asintiendo.
Finalmente se acercaron lo suficiente para poder ver con claridad a aquel que los aguardaba.
La armadura profana que lo recubría bastó para reconocerlo. Aún blandía aquella espada aciaga. Y sus ojos todavía resplandecían con esa luz retorcida que reflejaban un infinito odio y desprecio.
Kaelin y Eikken se detuvieron a unos diez metros de distancia. Mor'Ladim no se movió de su lugar. A la paladín le pareció que el monstruo comprendía de alguna forma que aquellos que se encontraban ante él ya no eran unos simples aventureros desprevenidos como la última vez. Habían venido a por él, y no se iban a marchar hasta haberlo destruido o haber sido asesinados.
A esto se ve reducido entonces. Lucharían. Eso era inevitable. La historia del desdichado comenzó en un principio a causa de la violencia y una ira desenfrenada. ¿Estaba acaso destinado a terminar de la misma manera? ¿No habrá una forma de cambiar eso? Kaelin llegó a comprender que la rabia era la fuerza que alimentaba a Mor'Ladim. Pero en el fondo se trataba de la furia de Morgan Ladimor. Esto le daba nuevas ideas a la paladín. ¿Quedará algo más de Morgan dentro de él? Tal vez era posible evitar la confrontación. Aunque el esperar que las cosas terminasen de otra manera era una esperanza insensata, ella quiso al menos intentarlo.
—¡Morgan Ladimor! —exclamó Kaelin—. ¡Estamos aquí por ti!
A su lado, Eikken no dejaba de vigilar atentamente al no-muerto mientras su rostro se mantuvo imperturbable.
—¡Sabemos quién eres! —siguió la paladín—. ¡Conocemos tu pasado y tu infortunio! ¡Hemos venido para librarte de tu maldición para que puedas descansar y redimirte ante la Luz! ¡Para que rompas las cadenas que te mantienen atado a tu propia ira y recuperes la paz que te arrebataron!
Si Mor'Ladim comprendió las palabras de Kaelin no dio señas al respecto. Simplemente dejó salir una pequeña exhalación de su boca esquelética mientras aferraba con fuerza su espada.
Pero Kaelin no aún había terminado.
—La Luz no se ha olvidado de ti. Y es con su poder que ahora serás liberado. —Posó la mano derecha sobre su propio corazón mientras que con la otra sostuvo su martillo de guerra. Despejó su mente y comenzó a rezar a la Luz. Rememoró sus días como novicia en Lordaeron, cuando usaba ese poder para sanar a la gente que había resultado herida en la Segunda Guerra. La sanación que brindaba la Luz Sagrada. Creyendo que, si canalizaba esa fuerza sobre Mor'Ladim, quizá sería capaz de sanar su alma atormentada.
La Luz descendió sobre el no-muerto bajo la forma de un resplandor enceguecedor. El impacto de ese poder sobre él lo hizo caer de rodillas. Entonces el monstruo comenzó a aullar. Eran chillidos de angustia y un indecible dolor. El fuego espectral que emanaba de sus ojos centelleó como un reflejo de ciega ira ante la tortura de la que era víctima a manos de aquella imprudente paladín. Con un abrumador esfuerzo se puso en pie y, haciendo uso del poder nigromántico que cargaba en su interior, logró expulsar la Luz que lo estaba castigando, haciendo que Kaelin trastabillara hacia atrás. Mor'Ladim la miró entonces y el peso del rencor que reflejaba su mirada hizo que se le encogiera el corazón. Ella lo contempló aterrorizada, dándose cuenta de que esos ojos solo anhelaban su muerte después de haber rechazado la bendición purificadora de la Luz.
—¡Lo dañaste, Kaelin! —exclamó Eikken junto a ella—. ¡Bien hecho!
¡No! ¡No era eso lo que pretendía! pensó, pero entonces el espectro se lanzó hacia ella blandiendo su mandoble corrupto dispuesto a asesinar.
¡Entonces no queda nada de Morgan Ladimor en él! ¡Que así sea! Rápidamente se recuperó y blandió su arma con ambas manos, aguardando la embestida de su adversario.
La cual no se produjo porque, tan solo un momento antes de alcanzarla, una enorme figura felina lo interceptó de un salto y lo hizo caer al suelo. Con una fuerza anti natural, Mor'Ladim se quitó a Eikken de encima antes de que él pudiese darle el golpe final, haciéndolo caer junto a Kaelin. Ella miró a su compañero por un momento y vio que tenía el pelaje erizado, con su imponente musculatura tensada debajo. Gruñendo salvajemente y enseñando sus colmillos como si de una auténtica fiera se tratase, dejando caer una gran cantidad de saliva. Ella nunca antes lo había visto de esa manera ni con una actitud tan feroz ni amenazante cuando se encontraba en su forma felina. De pronto, una segunda bestia similar, pero algo más grande, se situó junto a él. Eikken llamó a Zarpa para que se uniera a la lucha.
El no-muerto ya estaba en pie una vez más y volvió a cargar contra sus enemigos, enceguecido por la furia. Los dos sables de la noche se separaron entonces y corrieron en direcciones contrarias, intentando rodear a Mor'Ladim, el cual se enfocó directamente en Kaelin. El monstruo blandió su arma con ambos brazos y la alzó por encima de su cabeza, dispuesto a partir a la paladín por la mitad. Ella decidió esperar el momento justo y en el último instante se hizo a un lado, con la hoja profana rozándole algunos cabellos. Aprovechando el impulso, intentó alcanzarlo con un ataque de revés. No obstante, su martillo solo golpeó el aire vacío, ya que Mor'Ladim había evadido el ataque con una agilidad inconcebible para una criatura como aquella. La abominación y la paladín recuperaron posiciones y nuevamente se encontraron frente a frente.
En ese momento una gigantesca sombra emergió de las tinieblas tras el esqueleto armado y se abalanzó sobre él haciéndolo trastabillar hacia delante. Prestamente Kaelin se hizo a un lado. Enloquecido en su frenesí, Mor'Ladim se giró y de un furioso mandoble rasgó la nada tras él. Zarpa en la Nieve había retrocedido tras empujar a su adversario para luego volver a perderse en la distancia. El no-muerto le lanzó un rugido lleno de odio y rencor, jurando venganza mientras alzaba su mandoble.
Una nueva sombra pasó ágilmente junto a la joven y, de un preciso salto, logró atrapar entre sus dientes la mano esquelética que portaba el arma maldita. El monstruo chilló de dolor mientras se debatía intentando librarse de aquella trampa.
Kaelin vio su oportunidad entonces. Rezó una breve plegaria a la Luz para que le concediese su fuerza y se lanzó dispuesta a acabar con su enemigo. En ese momento, Mor'Ladim empleó su mano libre y le propinó al sable de la noche un terrible puñetazo entre los ojos, cegándolo por unos instantes y logrando hacer que lo soltara. Ahora, con la mano que cargaba su arma libre, levantó el mandoble y lo descargó para acabar con el felino que se atrevió a lastimarlo. Sin embargo, el golpe fue desviado por el martillo de Kaelin quien acudió en auxilio de Eikken.
En una osada jugada, la paladín plantó con fuerza su mano contra la cara descompuesta de Mor'Ladim y llamó a la Luz, la cual respondió inmediatamente como un resplandor que hizo contacto directo con el rostro de la aberración.
Un terrible alarido hizo eco por todo el Cementerio del Cerro del Cuervo. Con la mano libre, el no-muerto hizo a un lado la Luz de Kaelin y retrocedió tambaleándose enceguecido tras ese ataque.
Furiosamente rasgaba el aire ante él, pero sus golpes eran inofensivos.
Junto a la paladín, el druida volvió a asumir su forma corriente. Sangre manaba de su frente, bloqueando su visión. Se volvió hacia ella.
—¡La Luz es nuestra mejor opción!
Kaelin asintió. Recurriendo a la Luz habían logrado hacerle daño de verdad, algo que usando sus armas corrientes no fueron capaces de hacer. Por lo que ahora dejó caer su martillo al suelo y juntó ambas manos para así rezar con todo su fervor, con toda su determinación, con toda su sed de justicia y con toda su fe. Y la furia divina respondió al instante.
La oscuridad omnipresente del Bosque del Ocaso retrocedió cuando la Luz descendió sobre
Mor'Ladim, iluminando todas las tumbas que se dejaban ver a lo lejos y extinguiendo todas las sombras. Era como si el sol ya olvidado hubiese regresado a aquella tierra maldita con toda su ardiente furia, destruyendo las tinieblas ante él.
No se escuchaba nada en el cementerio, salvo los chillidos atormentados de Mor'Ladim quien era víctima de un terrible dolor ahora que su misma alma profanada estaba siendo incinerada por el castigo implacable de la Luz Sagrada. Soltando su arma, cayó de rodillas, viéndose incapaz de soportar el peso que ahora había caído sobre él.
Kaelin continuó rezando sin detenerse. Rogaba por el alma descarriada de Morgan Ladimor. Rogaba para que las penumbras que estaban asolando el bosque fuesen extinguidas para siempre. Rezaba para que todos los crímenes de aquel que ahora estaba castigando fueran perdonados para que de esa forma aceptase su espíritu en Su gloria. Para que así recuperase la paz que la maldición de la no-muerte le arrebató en el pasado.
Junto a ella, Eikken lanzaba una andanada tras otra de Cólera, las cuales impactaban de lleno contra el no-muerto que ahora se encontraba indefenso. Y, tras ellos, Zarpa contemplaba expectante la escena que se desarrollaba ante él.
Que la Luz purgue tus pecados y disipe tu ira. Que la Luz te perdone y te acepte en Su santa estancia. Que la Luz te permita reunirte con aquellos que perdiste y así tu espíritu doliente alcance la paz y la redención.
Kaelin se sintió como una antorcha viviente. Pudo sentir cómo la Luz la bañaba con su santo fulgor ardiente, y ella lo aceptaba gozosa, porque sabía que con ese poder ella sería capaz de corregir todos los errores que provocaban congoja y tristeza a lo largo del mundo. Porque tal era su destino. Aquella era la prueba de que estaba capacitada para cumplir la misión que sin dudas la Luz preparó para ella. Llena de alegría, unas lágrimas inadvertidas aparecieron en su semblante sereno.
En ese momento le faltó el aire. Intentando recuperar el aliento dejó de rezar. La Luz se disipó y la Oscuridad volvió a devorarlo todo.
Sin comprender lo que estaba sucediendo miró a Eikken, el cual se llevaba una mano a la garganta intentando recuperar el aliento. Ambos se miraron a los ojos en ese momento. Ninguno de los dos parecía tener respuestas.
Kaelin se volvió hacia delante buscando a Mor'Ladim. Mas no lo encontró. En su lugar vio dos personas que no debían estar allí, puesto que llevaban muertas mucho tiempo. ¿Acaso son...? Aunque una cosa no cambió entre la realidad tal como ella la conocía y el sin sentido que ahora se hallaba ante ella: aquellas dos personas estaban muertas. Vestían armaduras sencillas luciendo el tabardo de Lordaeron. Kaelin pensó en acercarse, pero en ese momento aparecieron unas figuras opacas de piel verdosa que levantaron el par de cadáveres y los lanzaron a un fuego negro que de pronto se alzó tras ellos. La paladín pudo ver cómo las amadas facciones de aquellos soldados anónimos eran consumidas por las llamas y sintió cómo se le enfriaba el alma por dentro.
Ella fue consciente de que era meramente una visión. Un truco. Una ilusión nefasta.
—¡¿Por qué me estás mostrando esto?! —le preguntó a la nada. La única respuesta que obtuvo fue el silencio.
Sintiéndose perdida entre tanta oscuridad, cerró los ojos y comenzó a rezar una vez más. Rogó por tan solo un destello de luz que disipara esas pesadillas. Eran poco más que unos ruegos tímidos, semejantes a los de una niña que una vez se halló desamparada en medio de las implacables mareas de un mundo turbulento. Sin embargo, esos eran los rezos más sinceros e inocentes que podían existir. Eran súplicas que nadie iba a simplemente ignorar.
Una sacudida la arrancó de aquella visión descorazonante. Abrió los ojos y vio a Eikken junto a ella. El elfo tocía sin control, pero en su mirada encontró el brillo de la confianza, el alivio y la serenidad.
Sentimientos que revivieron dentro de Kaelin en ese momento.
Entonces las mentiras ante ella se disiparon. En su lugar, vio a Mor'Ladim intentando ponerse nuevamente en pie. Su cuerpo esquelético humeaba tras haber sido golpeado por la ardiente ira de la Luz. Alzó su rostro y contempló a sus verdugos. El fuego espectral de sus ojos parecía titilar y ya no quedaba furia en ellos, solo dolor y un profundo pesar. Le fallaron las fuerzas en ese momento y volvió a derrumbarse.
—Hay que liberarlo de su angustia —susurró Kaelin a la vez que recogía su martillo. Eikken asintió. Se acercaron tranquilamente a su enemigo abatido.
Y así termina, Morgan. Al final, nadie puede escapar de la justa ira de la Luz.
Como en respuesta a sus pensamientos, la Oscuridad del Bosque del Ocaso volvió a agitarse. Los dos se detuvieron, y esperaron. Observaron.
Las sombras a lo lejos comenzaron a fundirse, haciendo que el paisaje se volviera confuso y todos los contornos perdiesen su sentido. Un fuerte viento vino desde el oeste que pilló desprevenidos a los aventureros, haciéndolos trastabillar un paso antes de recobrarse. Las tumbas crujieron al temblar y resquebrajarse a su alrededor y un hedor insoportable surgió de ellas. El aire volvía sentirse sofocante y pesado, como si los estuviese tratando de aplastar bajo su peso.
¿Qué demonios le sucede a este bosque?
—¡Ken! —le gritó al druida. El cual había cerrado los ojos, pero volvió a abrirlos al oír la llamada de la paladín. Cuando la miró, su rostro se convirtió en una máscara de espanto.
—¡Es la Oscuridad! ¡No está dispuesta a que le arrebatemos su campeón!
Un tumulto de ruidos se comenzó a escuchar bajo ellos. Era semejante al sonido de un sinfín de gargantas gorgoteantes y de garras y zarpas abriéndose paso por debajo de la tierra que los dos pisaban en ese momento.
Kaelin y Eikken se miraron por un instante, sin saber qué hacer. Voltearon hacia delante y vieron a Mor'Ladim, el cual ya se encontraba en pie una vez más. Su mirada volvía a relucir con esa ira gélida, pero al mismo tiempo con un escarnio teñido de desdén. Se burlaba de los desventurados por lo que sabía iba a ocurrir a continuación.
La paladín y el druida no se movieron de su sitio, dominados por el pánico. Fue solo cuando Zarpa los empujó suavemente que pudieron despertar. Sin perder ni un momento montaron en él y huyeron justo un instante antes de que la tierra se derrumbase y de su interior brotara una marea infinita de necrófagos y esqueletos que se lanzaron en su persecución.
El sable de la noche corrió lo más rápido que pudo. En todas partes comenzaron a brotar horrores desde el suelo que intentaban atrapar a aquellos bravos pero insensatos viajeros que se batían en una huida desesperada. Zarpa los evadió a duras penas y, tras él, la avalancha de engendros intentaba darles alcance como si bajo el efecto de un éxtasis abrumador se encontraran. La Oscuridad recurría a todo tipo de ardides para lograr atrapar a los fugitivos. Las sombras crecieron y se abultaron para ocultar el camino y confundirlos. Los vientos huracanados que ella despertó impactaban contra ellos obligándolos a cambiar de dirección. Y también los obligó a contemplar ilusiones sin sentido, imágenes concebidas en las entrañas de las tinieblas que ahora gobernaban el Bosque del Ocaso. Recuerdos que ahora solo vivían en las profundidades de la tierra retorcida de un lugar que acabó cayendo bajo el influjo de un cruel maleficio hacía ya muchos años.
Kaelin vio visiones fugaces que no pudo explicar. Vio ogros atacando las granjas indefensas. Vio jinetes oscuros cabalgando de un lugar a otro. Vio criaturas lupinas surgir del interior de una mina en la que solo quedaban cadáveres. Vio una criatura gigantesca de escamas verdosas que corrompía la naturaleza allá donde pisara. Y al final, vio una ominosa torre reluciendo bajo la luz de la luna llena, perdida en medio de las montañas.
Cerró los ojos y de nueva cuenta rezó a la Luz. Libéranos de los engaños con que buscan confundirnos. Muéstranos la salida de esta oscuridad con tu luz.
Un único destello refulgió desde su martillo. Una breve ráfaga que no duró más que el resplandor de un relámpago solitario en medianoche. Y, sin embargo, bastó para hacer vacilar a la Oscuridad por un instante, en el que Zarpa encontró finalmente la cerca que marcaba el límite del Cementerio del Cerro del Cuervo. Viendo la salvación al alcance, el sable de la noche galopó con fuerzas renovadas, mientras se veía rodeado por necrófagos, esqueletos, almas en pena, fantasmas y espectros. Ignorándolos, finalmente se lanzó por sobre la reja y se detuvo para recuperar el aliento estando ya fuera de las fronteras del camposanto maldito.
Kaelin suspiró pesadamente. El corazón le latía descontrolado y se halló próxima a desmayarse. Abrazó a Eikken como si temiese que al soltarse iba a caer sin remedio de la montura. De pronto sintió cómo el elfo la tomaba de un brazo con firmeza y la agitaba con fuerza.
—¡¿Piensas que esos monstruos no pondrán un pie fuera de su cementerio?! —le gritó a la paladín.
Temiendo lo peor, ella se volteó y contempló horrorizada cómo todas aquellas monstruosidades ya estaban superando la cerca, arrastrándose en el fango como si de un enjambre de terrores se tratase. Las tinieblas que impregnaban el cementerio se intensificaron de tal manera que se asemejaba a un ser viviente y pensante; una entidad que usaba el terror y las pesadillas de sus víctimas como su arma. Un maestro titiritero que dirigía los hilos de todas y cada una de las criaturas aberrantes que acechaban ese campo condenado. Tras los monstruos que ahora abandonaban su hogar, la oscuridad era absoluta y la única luz que se dejaba ver era el fuego sin vida que nacía de las decenas de ojos que en ese momento observaban sin cesar a la paladín y al druida que por un momento, muy tontamente, creyeron que estaban a salvo.
Antes de que Kaelin pudiese decir alguna palabra, Eikken hizo que Zarpa reanudase la marcha, antes de que aquellas garras viles los destrozaran. El sable de la noche los llevó a través de la bruma por entre los árboles, intentando desesperadamente dejar atrás a sus perseguidores malditos. La paladín fue capaz de sentirlos ahora. No lograban perderlos, puesto que esos horrores parecían acecharlos tras cada tronco en ese mar de árboles, como si fuesen una presencia nefasta invadiendo toda la tierra. O quizá simplemente era el terror intentando confundirla.
Consciente de que no podrían huir a menos que hiciera algo, Kaelin llamó a la Luz una vez más para hacer a un lado la oscuridad. Lo logró por un momento, pero el resplandor que de ella nació acabó muriendo al cabo de unos breves instantes, puesto que las tinieblas volvían siempre a imponerse, decididas a atrapar a aquellos que estuvieron cerca de vencer a uno de sus más terribles campeones. Por lo que ella volvió a llamar a la Luz, una y otra vez hasta llegar a los límites de sus fuerzas. Entonces, simplemente abrazó a Eikken por la espalda, y confió en que él podría de alguna manera guiar a Zarpa fuera de la oscuridad. Cerró los ojos y esperó.
—¡No desesperes! —le dijo el elfo—. ¡No estamos solos en esta lucha!
Ella se limitó a asentir. Sintió el trote ligero y acompasado del sable de la noche. También cómo éste cambiaba su dirección siguiendo las instrucciones del druida. Trepaba por pequeñas laderas y las saltaba ágilmente. Kaelin se dio cuenta de que ya no estaba huyendo desesperadamente como lo hizo en el cementerio, si no que ahora galopaba con un objetivo en mente. Lo que significaba que Eikken sabía dónde debían dirigirse. Eso le proporcionó una gota de alivio. Lo abrazó con más fuerza entonces, como si él fuese la última esperanza de salvación que quedaba y, negándose a contemplar la Oscuridad del Bosque del Ocaso, no volvió a abrir los ojos. Comenzó a temblar y notó la garganta apretada. Sollozó al sentirse derrotada por sus temores y descubrió que, a pesar de toda su determinación y deseos de hacer del mundo un mejor lugar mediante su sacrificio; la paladín, que alguna vez se enfrentó a la misma muerte y las huestes demoníacas engendradas en un pavoroso infierno, tenía miedo.
No quiero morir. No quiero morir. No quiero morir...
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La perdí se dio cuenta Eikken. Kaelin ya no podría seguir luchando a menos que la situación cambiase. Despejó su mente, expulsando el impulso de reconfortar a la paladín con palabras de ánimo y se concentró una vez más. De todas formas, las palabras ya no tienen poder alguno.
Cerró los ojos y volvió a conectarse con la tierra bajo él.
¡¿Y ahora por dónde?!
La naturaleza se retorcía en agonía tras estar siendo desgarrada en su interior por las hordas de no-muertos que ahora cazaban a aquellos dos extranjeros procedentes de países lejanos. Si deseaba que ese tormento terminara alguna vez, debía dar todo de sí para guiar a aquel extraño que, por primera vez en mucho tiempo, vino a ofrecerle su ayuda. Aun a costa de poner en riesgo su vida. Era un sacrificio que ella no iba a despreciar. Por lo que, recurriendo a sus exiguas fuerzas urdió un último plan para así salvar a aquellas dos luces que se internaron de buena gana en la Oscuridad. Habló con el druida, y llenó su mente con visiones para decirle qué tenía que hacer y a qué sitio debía dirigirse. Y Eikken obedeció.
Tirando de las riendas, hizo que Zarpa brincara por sobre unas raíces que sobresalían del suelo, junto a un árbol marchito. Luego giró hacia la derecha y atravesaron un claro inundado por una bruma que recubría toda la hierba para luego volver a internarse en la arboleda, hacia su objetivo.
Arriesgó un valioso segundo y miró hacia atrás. La voraz horda se mantuvo implacable en su persecución. El brillo de sus ojos era lo único que se alcanzaba adivinar de sus figuras, puesto que con ellos marchaba la Oscuridad. Ningún no-muerto podría seguirle el paso a un sable de la noche, comprendió Eikken. Ese poder maligno que los controla los debe estar colmando de una fuerza sobrenatural. Sea lo que sea que nos persiga, solo desea vernos muertos y engrosando sus filas malditas.
Se vio obligado a hacer que Zarpa pasara entre un par de arbustos quebradizos y sus ramas golpearon al druida al pasar junto a ellos a toda velocidad, mas él decidió ignorarlas. El sable pasó sobre un charco de agua y se pudo escuchar el chapoteo que hizo al pisarlo. Y en ningún momento se detuvo, porque en el instante en que lo hiciera, estarían muertos.
Ya casi. ¡Ya casi! se dijo a sí mismo. Sosteniéndose con firmeza de aquella última esperanza de salvación que tenían ahora. Poco a poco. Un paso tras otro. Cada segundo que pasaba y estaban más cerca de salir de esa pesadilla. Lo único que quedaba por hacer era no rendirse a la desesperación que él sabía era el arma de esa Oscuridad.
Es aquí dijo la naturaleza en su mente. Eikken se permitió una sonrisa. Ante él apareció una enorme ladera rocosa que subía a lo alto, fuera de la niebla que cubría todo el Bosque del Ocaso.
No es el momento de flaquear le dijo a Zarpa.
—¡Sujétate fuerte! —le ordenó a Kaelin y, para su alivio, ella obedeció sosteniéndose a él con más fuerza que antes.
Entonces hizo que el sable de la noche saltara de una saliente de aquella pared rocosa a otra, ascendiendo cada vez más arriba. Eikken miró hacia abajo y vio cómo los no-muertos los contemplaban desde el suelo, expectantes. Los primeros de ellos ya comenzaban a escalar en su persecución. El druida se forzó a ignorarlos.
¡Vamos, tú puedes! exhortó a Zarpa, el cual empleaba toda su fuerza en seguir trepando al mismo tiempo que cargaba con dos personas y todo su equipaje. Aún con todo el peso que se vio obligado a soportar, el sable de la noche no flaqueó. A Eikken le pareció que tardaban infinitas horas de angustia, pero al final lograron arribar a la cima de la ladera. Cuando finalmente dio el último salto en esa carrera desesperante, Zarpa lanzó un rugido de triunfo. En verdad eres una bestia orgullosa pensó Eikken.
Sin perder ni un instante, el elfo desmontó y se detuvo al borde del precipicio, desde el cual fue capaz de contemplar el Bosque del Ocaso extendiéndose hasta donde llegaba la vista, semejante a un océano de penumbras. Miró hacia abajo y solo vio Oscuridad. El resplandor enfermizo que se reflejaba en las cuencas de todos los monstruos que estaban ahora ascendiendo por la roca estaba cada vez más cerca. Debía actuar cuanto antes.
Se giró y buscó a Kaelin. Ella estaba desmontando lentamente del sable de la noche. Miró al elfo en ese momento y en su rostro él solo advirtió desolación. Se le acercó con desgano.
—Perdóname por haberte metido en esto... —dijo en un susurro.
No quedaba tiempo para eso, debía actuar con prisa.
—¿Confías en mí? —La paladín asintió en silencio—. ¡Yo te confiaría mi vida sin duda! ¡Y quiero que confíes en mí ahora cuando te digo que este no es el final!
—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella despojada de toda voluntad.
—Necesito que los contengas todo el tiempo que te sea posible.
En la mirada de Kaelin solo encontró duda. Eikken corrió hasta Zarpa y recogió el martillo de su grupa. Rápidamente se lo entregó a su dueña quien lo recibió con las manos temblorosas. Posó ambas manos en los hombros de la paladín.
—La Luz no te ha abandonado —siguió diciendo—. Ni yo. Porque estaré siempre a tu lado. Espero que nunca lo olvides.
Ella cerró los ojos y apretó los dientes. Asintió bruscamente. Ya no había más que pudiera decirse.
Eikken retrocedió, ahora cubierto por Kaelin quien ahora él estaba seguro que iba a resistir hasta el amargo final, si amargo había de ser. Se despojó a sí mismo de las ataduras de su cuerpo mortal y su consciencia se internó en la espesura que lo estaba esperando.
En el interior de la tierra buscó cada piedra, raíz, rama, hoja y hierba que quisiera prestarle su fuerza en esa justa hora. La naturaleza lo recibió y lo ayudó a llevar a cabo el plan que ambos habían urdido.
Comenzaron por agitar cada pequeña fibra del bosque. Un movimiento que apenas provocaba un murmullo sobre el pasto, mas Eikken no cejó en su empeño. Lentamente y poco a poco el suelo respondió a sus deseos. Unos momentos más tarde, la tierra comenzó a sacudirse.
El elfo se vio forzado a recurrir a toda su fuerza de voluntad para provocar esa conmoción. La naturaleza en ese lugar se hallaba demasiado corrompida, retorcida y profanada. Por eso se vieron obligados a ejecutar ese plan lo más lejos posible del cementerio maldito, donde su influencia no era tan fuerte. Sin embargo, ahora la Oscuridad había venido hasta aquí y envenenaba la tierra con su presencia enfermiza. Aun así, con el apoyo de un druida brindándole de su propia fuerza, el espíritu latente de la espesura logró provocar un terremoto cuya furia estaba concentrada en el punto en el que Eikken y él arrastraron a todas las filas de aberraciones que atormentaran al bosque por tanto tiempo. Las raíces se debatieron enfurecidas en las profundidades, destrozando la tierra que los rodeaba. Las piedras golpeaban con fuerza todo a su alrededor, debilitando los pilares que mantenían firme el suelo sobre ellas. Y los árboles se inclinaban lentamente, preparándose para dejarse caer de un momento a otro.
Cuando el hechizo que Eikken y su aliado canalizaban llegó a su punto culmen, la tierra debajo de la ladera rocosa se rasgó de golpe, como si se tratase de las mandíbulas de una colosal bestia hambrienta. Ninguna criatura, por terrible y monstruosa que fuera, sería capaz de escapar de una trampa semejante. Y ciertamente ese fue el destino del enjambre de no-muertos que ahora intentaban huir enloquecidos del lugar. Todas y cada una de las abominaciones que allí se encontraban reunidas fueron engullidas por la grieta que de pronto se abrió bajo ellos. Sus chillidos desesperados fueron extinguidos cuando los árboles a su alrededor se vinieron abajo, sepultando a todas aquellas criaturas bajo su peso cuando las mandíbulas en las que habían caído se cerraron. Entonces el silencio fue absoluto.
La Oscuridad, viéndose derrotada y humillada, huyó de regreso al Cementerio del Cerro del Cuervo.
Eikken, al límite de sus energías, dedicó un último momento para agradecer de la manera más sincera a la naturaleza por su ayuda en lo que seguramente habría sido su muerte de no haber contado con su apoyo. Entonces rompió la conexión.
Al volver a su cuerpo, Eikken cayó de rodillas mientras respiraba agitadamente. Ya no le quedaba fuerza alguna para continuar luchando. Alzó la cabeza y miró hacia delante. Kaelin estaba de rodillas ante él.
—¿Todo salió bien? —le preguntó.
Ella sonrió mientras sus facciones y todo su cuerpo temblaban más allá de todo control. Era como si aún no comprendiera del todo lo que acababa de suceder.
—¡Eres increíble! —consiguió decir al final, cuando recuperó la suficiente compostura. Se lanzó a abrazarlo con fuerza y Eikken le regresó el abrazo. Ver a Kaelin feliz era la mejor recompensa. Sobre todo después de lo que la Oscuridad le había mostrado en el Cementerio.
—¿No tuviste problemas para contenerlos?
—¡¿Qué problemas?! —exclamó ella—. ¡Cuando la tierra comenzó a crujir, todos los que trepaban se vinieron abajo como un castillo de naipes! Tuve que encargarme de dos o tres, pero no fue nada.
Entonces se separaron. Con ayuda de Kaelin, Eikken se puso de pie. Desde el borde de la ladera, ambos contemplaron la desolación que ahora se encontraba ahí abajo. Decenas de no-muertos estaban sepultados bajo toneladas de tierra, roca y madera. Era un final adecuado si se tenía en cuenta todo el horror que éstos trajeron al Bosque del Ocaso. A un lado del druida, la paladín soltó una carcajada. Él la miró intrigado y ella en respuesta le dedicó una sonrisa.
—¿Cuánto oro crees que nos darán por esto?
—Lo suficiente para comprar un castillo, seguro. —Zarpa en la Nieve se situó junto a él en ese momento, y Eikken lo acarició entre las orejas. No lo habríamos logrado sin ti. Nunca olvidaremos esto. Te lo prometo.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Kaelin—. ¿Regresamos a Villa Oscura?
Eikken miró más allá de la gigantesca tumba que acababa de crear. Su rostro se tornó grave.
—No. Aún no hemos terminado.
Kaelin lo miró confundida. Él señaló a lo lejos con la mirada.
Allí estaba. Había llegado al último. Pero no decidió escapar tal como lo hizo su cruel ama. Mor'Ladim los miraba fijamente desde allí abajo y sus ojos brillaban con su intenso fulgor azulado.
. . . . . . . . . . . . . . .
Descendieron con cautela por la pendiente rocosa hasta encontrarse ante él. Kaelin volvía a estar en calma una vez más. Caminaba sintiendo como si su cuerpo no pesara nada y que la neblina que la rodeaba solo era parte de un sueño que estaba pronto a terminar. Ya no había miedo en ella, solo el deseo de poner fin de una vez por todas aquel duelo. Pisaba con firmeza la tierra que devorara a las huestes no-muertas y saltó por sobre los árboles derrumbados. En su mano derecha cargaba su martillo de justicia y las tinieblas huyeron ante ella.
Pero para Kaelin solo existía Mor'Ladim, quien no se movió de su sitio. La esperaba con la paciencia que solo pueden tener los muertos. Esa furia que la paladín hubiera ya aprendido a asociar a él seguía latente, pero era distinta esta vez. Era una cólera acompañada por un profundo pesar. Ella se vio incapaz de adivinar qué cosas pasaban dentro de la mente destrozada de Mor'Ladim.
Aunque poco importaba. El no-muerto continuaba estando en pie y dispuesto a luchar, por lo que su misión aún no había terminado. Miró a su adversario con especial atención y advirtió que muchos de los huesos que componían su cuerpo presentaban grietas y fracturas por todas partes. Su espada maldita ya no estaba firmemente sujeta en sus garras como antes, sino que ahora colgaba de una mano que apenas era capaz de sostenerla. Mor'Ladim estaba herido. Y aun así deseaba luchar.
—¿Crees que podrás encargarte tú sola de él? —dijo una voz tras ella que la sacó de su ensimismamiento.
Kaelin era consciente que después de la proeza que acababa de obrar, Eikken se encontraría completamente agotado. Por lo que ahora debería enfrentar a su rival sin ayuda de nadie. Se sorprendió a sí misma al descubrir que no le hubiese gustado que fuera de otra forma.
—Descansa ahora —respondió sin voltearse; solo tenía ojos para Mor'Ladim—. Yo puedo con esto.
Y cargó contra su enemigo alzando su martillo y profiriendo un grito de guerra.
De esa forma comenzó su danza mortal. Kaelin bloqueaba los golpes de su enemigo y contratacaba, pero éste aún era ágil y difícil de alcanzar. El choque del acero contra el acero hizo saltar chispas de sus armas y el sonido de los impactos hicieron eco por todo el Bosque del Ocaso, el cual parecía haberse detenido en ese momento. Ya no soplaba ni la más leve brisa, y ninguna otra forma de vida se dejaba ver. Ni siquiera el más pequeño insecto. Era como si el bosque estuviera contemplando aquel encuentro final, ansioso por ver su conclusión.
¿Quedaba alguna esperanza de que la redención purgara aquella tierra maldita? ¿O acaso estaba condenada a ser consumida por la hambrienta oscuridad?
Pero Kaelin ignoraba todas esas cosas. Para ella todo se había reducido a su batalla y su rostro reflejaba la más absoluta serenidad. Una parte dentro de ella rezaba sin cesar a la Luz Sagrada, rogándole para que le concediese su fuerza y determinación, para así lograr sellar ese destino funesto y dar fin a todos los tormentos. La prueba final de que no se había olvidado de aquella tierra. De que no te has olvidado de ninguna tierra.
Mor'Ladim por su lado, luchaba con toda la fiereza que la no-muerte le otorgó. Sin embargo, su cuerpo ya no respondía como antes. Sus golpes eran lentos e imprecisos, y su posición había perdido buena parte de su firmeza. Por lo que, poco a poco, fue retrocediendo ante el implacable ataque de la paladín. Viendo cómo su destino estaba cerca de alcanzarlo, lanzaba un rugido tras otro, teñidos de ira, angustia y un sentimiento que parecía ser nuevo en él: anhelo.
Porque Kaelin comenzó a comprenderlo. Mor'Ladim no peleaba porque pensara que podría salir victorioso de aquel encuentro. A ella no le costaba ningún trabajo desviar sus golpes. Ahora lo vio todo con una nueva claridad. Tal vez sí queda algo de Morgan Ladimor en él después de todo. El hombre arruinado ante ella ahora luchaba con la desesperación del desdichado que busca su propia muerte. Aquel que ha perdido todo anhelo que alguna vez pudo albergar. Aquel al que le se había arrebatado todo lo que alguna vez tuvo. Aquel que fue víctima de su propia locura. Aquel que ahora solo desea morir.
Era dolor lo que había en él. Y ese dolor se convirtió en pesar. El pesar se vuelve rencor. Y el rencor en ira. La ira con la que Mor'Ladim intentaba buscar algo de consuelo al provocar sufrimiento en personas que eran tan inocentes como él lo fue alguna vez. Un insignificante deseo de malsano júbilo al saber que no era el único sufriendo un indecible tormento, estando todos a merced de la demencia de un mundo cruel y vanidoso. Y convirtiéndose en un símbolo de muerte. La misma muerte, que le arrebató todo lo que alguna vez le fue querido en vida.
La misma muerte, que él deseaba desesperadamente.
Le declaró la guerra a la vida. Destruyéndola allí donde la encontrara. Y a su mano terminaron pereciendo incontables inocentes. Mas esa lucha estaba motivada únicamente por la ira y la venganza. El rencor y la envidia. Sentimientos oscuros que llegaron a perdurar más allá de la muerte y lo convirtieron en la marioneta de un poder tenebroso. Tal vez él era consciente de esa realidad. Tal vez era por eso que esa última batalla era inevitable. Tal vez, en el fondo, Mor'Ladim deseaba que aquella imprudente paladín, que tuvo la osadía de tocarlo con la misma Luz que pensaba que lo había abandonado en el pasado, fuese quien acabara con su no-vida.
Furia sin fin. Odio y venganza. Eran las emociones que siempre son destruidas por la rectitud y la justicia. Y era por eso que Mor'Ladim jamás podría prevalecer al batirse en duelo contra la paladín.
Y era por eso que Kaelin sabía que estaba destinada a triunfar. Porque ese era el poder de la Luz.
En ningún momento dejó de rezar en su fuero interno. Llamando a la Luz Sagrada e implorándole que la dejara convertirse en el avatar de su furia purificadora. Sus ruegos se fueron volviendo cada vez más fervorosos conforme la batalla continuaba desarrollándose.
Hasta que llegó el momento en que la Luz respondió a sus súplicas.
El cuerpo de Kaelin se inundó de poder sagrado y toda oscuridad se disipó ante ella. Mor'Ladim retrocedió intentando cubrirse el rostro para evitar ser cegado ante semejante resplandor. Toda la Luz que se estaba concentrando en ella finalmente se manifestó en la forma de algo semejante a dos enormes alas doradas que brotaron de su espalda. Miró entonces al no-muerto ante él y sus ojos brillaban con un irresistible fulgor dorado. Habló entonces, y su voz era la serenidad absoluta.
—Morgan Ladimor. Descansa en paz —sentenció con resolución, justicia y compasión.
Se adelantó hacia él como si de un ser angelical se tratara y descargó su martillo contra su objetivo. El no-muerto intentó parar el golpe, pero su arma profana no resistió el contacto contra el poder sagrado al que ahora se enfrentaba, y se quebró. Sus pedazos volaron en todas direcciones y en la mano del espectro solo quedó la empuñadura, la cual dejó caer al suelo. El hombre condenado miró a su ejecutora y la ira se desvaneció de su semblante ante la muerte que estaba por llegar. La muerte definitiva. En aquella criatura que alguna vez fue Morgan Ladimor solo quedaba arrepentimiento, el peso de una vida de errores y pesares ahora cayó implacable sobre él. Kaelin le concedió un último momento, movida por la piedad.
Entonces volvió a atacar. Mor'Ladim no se movió ni siquiera un centímetro. Recibió el golpe en su caja torácica. Kaelin había concentrado toda su fe y sentimientos de justicia en esa última sentencia decidida a liberar esa alma quebrada del tormento con el que fue maldecida por aquella inclemente Oscuridad.
Esperando así demostrarle que su guerra contra todo lo que es bueno y puro era una batalla que jamás podría ganar.
Mor'Ladim cayó al suelo. Su cuerpo estaba destrozado, pero sus cuencas aún despedían esa luz fría de la no-muerte. Dedicó una última mirada hacia la paladín que se alzaba por encima de él, la manifestación viviente de la rectitud. Y ella vio aceptación en su semblante. Complacida, Kaelin alzó el martillo y asestó el golpe final.
. . . . . . . . . . . . . . .
Cuando la luz finalmente se extinguió, Eikken se puso de pie con dificultad y, lentamente, se acercó a Kaelin quien se encontraba contemplando el cuerpo de Mor'Ladim.
—¿Ya se acabó? —le preguntó.
Ella se giró hacia él y su rostro era como una máscara que no reflejaba emoción alguna. La única señal de vida que vio en ella fue el brillo dorado en sus ojos. Eikken nunca antes la había visto de esa manera y no supo qué pensar al respecto.
Entonces la última luz se apagó en ella y Kaelin se tambaleó, sosteniéndose en el elfo para evitar caer al suelo. Rápidamente él la detuvo y la sujetó entre sus brazos.
—Sí, ya está hecho... creo —respondió la paladín en poco más que un murmullo.
Los dos se giraron entonces y contemplaron el cadáver que estaba allí derrumbado. El fuego de la no-muerte se había desvanecido del todo de su rostro, no dejando más que un par de cuencas vacías y oscurecidas. Eikken suspiró aliviado.
Kaelin se separó de él. Ya había recuperado la suficiente firmeza como para mantenerse en pie por sí misma, pero no dijo nada. Estaban los dos completamente exhaustos tras la lucha. El elfo se sentó en el suelo y ella no tardó en imitarlo.
—Tú también eres increíble —reconoció Eikken con una sonrisa.
Al escuchar eso, Kaelin respondió con el mismo gesto. Aunque su semblante se notaba gris y apagado.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó ella, despojada de todo vigor.
El druida se tomó un momento para responder.
—Regresamos a Villa Oscura. —Se detuvo un momento, pensando algo—. Creo que deberíamos llevar la calavera de Mor'Ladim para confirmar su muerte ante aquella comandante.
Ella se giró hacia el esqueleto y luego hacia Eikken. Su cara recuperó su vitalidad y sus colores en ese momento de forma sorpresiva.
—¡No pienso llevar esa cosa! —replicó asqueada—. Si tanto insistes, te cedo esta labor.
Un rato más tarde, estaban montando a Zarpa quien trotaba calmadamente por el camino. De regreso a Villa Oscura.
Cuando Eikken notó que Kaelin cabeceaba tras él, le sugirió que se sostuviese a su espalda mientras el druida la mantenía sujeta con firmeza con una mano y al mismo tiempo dirigiendo las riendas con la otra. Así, la joven paladín durmió tranquilamente el resto del viaje hasta que, al anochecer, regresaron a la ciudad.
Las luces de las antorchas iluminaban las calles del pueblo y a esas horas no vieron a nadie, salvo a los guardias deambulando por la calle. Eikken se encontraba demasiado agotado tras un día tan pesado y lo único que anhelaba era poder dormir plácidamente en una cama suave durante toda la noche. Así que se dispuso a terminar el asunto lo antes posible.
—¡Despierta, brote de trigo! —le dijo a Kaelin no sin cierto tacto—. Ya llegamos.
Ella se irguió tras él y se estiró buscando desperezarse. Acto seguido miró a su alrededor y descubrió que se encontraban junto a la fuente que se alzaba en el corazón de Villa Oscura.
—¿Dormí todo el camino hasta aquí?, vaya —dijo al mismo tiempo que bostezaba.
—Busquemos a la comandante y acabemos con esto. No eres la única cansada después de lo de hoy.
Kaelin asintió, aún somnolienta. Comenzaron a buscar a Cerranegro por los callejones del lugar hasta que al final la encontraron en su puesto de guardia, frente al ayuntamiento. Pareciera que se pasa la vida allí pensó Eikken.
La comandante los reconoció a la distancia. Conforme se acercaban a ella, su rostro pasó por una serie de emociones que fueron desde la sorpresa, la intriga y, tras soltar un leve suspiro, un poco de desilusión.
Ella tomó la primera palabra antes que los recién llegados dijeran una sola cosa.
—No me extraña que les esté dando problemas —comenzó a decir con cierta condescendencia—. Algunos de nuestros guardias más fuertes han perdido la vida a manos de Mor'Ladim.
Eikken y Kaelin se miraron un momento. La paladín dejó salir una risa contenida mientras se cubría la boca con una mano. El druida comenzó a rebuscar en una de sus mochilas mientras Cerranegro los miraba con una evidente confusión y en su mirada se reflejó un leve destello de esperanza e impaciencia.
Entonces el elfo sacó un objeto y se lo enseñó a la guardia. Se trataba de una enorme calavera humana cubierta por un inconfundible yelmo desgastado con púas y malla de acero que recubría las inexistentes mejillas del cráneo.
Cerranegro palideció y abrió los ojos como platos al contemplar el trofeo que este par de viajeros le enseñaban. Por un momento dio la impresión de que no encontraba las palabras adecuadas.
—¿Lo mataron? —consiguió decir al final y su rostro revelaba una estoica alegría—. ¡Es toda una hazaña! —Recuperó la compostura y adoptó una posición solemne—. Les doy las gracias de parte de las gentes de Villa Oscura y de parte de la Guardia Nocturna —terminó mientras inclinaba la cabeza en señal de respeto.
Tras Eikken, Kaelin parecía estar a punto de comenzar a pavonearse por su logro, pero él la detuvo con un gesto al ver que la comandante de un momento a otro empezaba mostrarse inquieta por alguna razón.
—¿Ocurre algo? —le preguntó.
Ella los miró evidentemente dolida por algo que él desconocía. ¿En qué problema estamos a punto de meternos? pensó él. Se quedó en silencio esperando a que Cerranegro les revelara el motivo de su ansiedad.
—Tendría que habérselos dicho antes... —lamentó ella mientras se pasaba una mano por la cara, intranquila—. Veamos cómo podría explicarlo... —Miró al suelo y se cruzó de brazos.
—¿Nos metimos en problemas? —preguntó la paladín. Por el tono que acababa de usar, Eikken se dio cuenta de que Kaelin empezaba a sentirse molesta.
Cerranegro negó enérgicamente con la cabeza. Dejó caer ambos brazos y suspiró con fuerza. Se veía en verdad incómoda por lo que sea que les estaba ocultando. Los miró con aire de disculpa cuando comenzó a explicarse.
—Morgan cree que toda su familia está muerta —terminó por confesar—, pero, de hecho, su hija Sarah Ladimor ahora es una guardia. Siempre ha estado atormentada por las... circunstancias que rodearon la muerte de su padre. Quizás podrían ir a llevarle estas noticias.
Kaelin se revolvió tras Eikken pero no dijo nada. Un incómodo silencio se apoderó del lugar por un rato que pareció ser interminable. Buscando escapar de aquella situación de alguna manera, el druida se decidió por hablar.
—Nosotros nos encargaremos de ese asunto, ahora mismo —dijo con firmeza—. Solo dinos dónde podemos encontrar a la hija de Morgan.
La comandante se relajó entonces y una enorme sonrisa de gratitud y alivio nació en su rostro por lo general sereno.
Más tarde, en el otro extremo de Villa Oscura, caminando tras dejar a Zarpa en los establos de la posada, los dos encontraron a una guardia que correspondía a la descripción entregada por Cerranegro. Se trataba de una joven mujer de rostro agraciado y cabello castaño claro que llevaba suelto en una larga melena. Vestía una armadura semejante a la de su comandante y empuñaba una espada en su mano derecha mientras que con la izquierda cargaba una antorcha encendida.
—¿Sarah Ladimor? —le preguntó Eikken cuando la alcanzaron.
—¿Quién desea saberlo? —respondió ella con cierta brusquedad.
Así que desconfía de los desconocidos pensó el druida. Asintió aprobando esa actitud.
—Unos viajeros que traen noticias que podrían ser de tu interés.
Ella miró a los dos forasteros con curiosidad y algo de ansiedad. Podrá mostrarse dura, pero aún conserva cierta inocencia se dio cuenta Eikken, sintiéndose conmovido.
—Es sobre tu padre —agregó él.
La sorpresa se apoderó del semblante de Sarah y por un momento no supo qué contestar. Kaelin se aclaró la garganta tras el elfo.
—¿Sí? Mi padre... —balbuceó Ladimor.
—Descansa en paz —se apresuró a decir Eikken—. Verdadera paz. —Era todo lo que necesitaba decirle al respecto.
La vigía Ladimor dejó caer la espada y la antorcha al suelo, la cual se apagó, al escuchar las nuevas. Soltó un breve sollozo y su rostro reflejaba una mezcla de alegría, gratitud y una honda tristeza. Miró a ambos extraños y asintió, pero no dijo una sola palabra.
—La comandante Cerranegro quiso que fueses la primera en saberlo —explicó el druida.
Al enterarse de eso, Sarah soltó una breve carcajada.
—Claro... —murmuró.
Ninguno de los tres dijo nada por un momento. Eikken se dio cuenta de que Ladimor necesitaba desahogarse y pensó que sería cruel de su parte dejarla en las calles para que lidiase con su pena. Así que se le ocurrió algo.
—¿Te gustaría venir a la posada con nosotros? —la invitó. A su lado, Kaelin lo miró sorprendida—. Podemos invitarte a un trago.
Ella lo miró con gratitud y por unos instantes sopesó la propuesta.
—Pero ahora estoy de guardia. No puedo dejar mi puesto...
—Estoy seguro que la comandante lo comprenderá —la interrumpió Eikken mostrando una sonrisa que intentaba ser cálida y tranquilizadora.
Entonces la hija de Morgan volvió a asentir agradecida y aceptó la invitación. La convencí demasiado rápido reflexionó el druida. Bajó la guardia inmediatamente cuando le di la noticia. Esto le afecta más de lo que seguramente ella misma cree. Con mayor razón necesita una copa de algo.
En todo el camino hacia la posada Kaelin no dijo ni una sola palabra. El elfo de la noche intentó romper el hielo para deshacer la tensión que comenzaba a sentir, hablándole a Sarah de todas las cosas que había pasado junto a la paladín desde que comenzaran sus aventuras meses atrás.
—Y en Loch Modan nos enviaron a despejar una mina que estaba siendo invadida por un grupo de kóbolds —contaba Eikken—. Son una especie de hombres rata que, por alguna razón que no alcanzo a comprender, llevan una vela encendida en la cabeza. Cuando se sienten amenazados gritan "tú no llevarte vela" —exclamó entonces imitando la voz y los gestos de un kóbold, lo que hizo sonreír a la vigía—. En respuesta, nos llevamos una vela de recuerdo que debemos tener guardada por ahí. Así que nosotros "sí llevarnos vela".
Cuando llegaron a la posada, los dos pidieron una pinta entera de cerveza. Kaelin no pidió nada.
Continuaron hablando de sus viajes mientras bebían sentados en una mesa al fondo del salón, con breves aportes y correcciones de la paladín. Eikken comenzaba a preocuparse por ella, pero no mencionó nada al respecto.
Finalmente le habló a Sarah de su llegada al Bosque del Ocaso y cómo se vieron envueltos en una misión que los llevó al Cementerio del Cerro del Cuervo. En ese momento, el druida hizo una pausa que terminó alargándose por unos instantes.
—En ese lugar nos enfrentamos a Mor'Ladim —acabó, narrando con seriedad.
Sarah Ladimor miró el trago que llevaba en la mano por un momento y luego bajó la mirada al suelo, abatida.
—Ojalá hubiera podido hacer algo por él —dejó salir—. Si hubiera hablado con él antes de...
—Lo hecho, hecho está —intervino Kaelin con brusquedad—. Lo único que puedes hacer ahora es aceptarlo.
La vigía asintió y una única lágrima afloró de uno de sus ojos. No dijo nada más. Eikken miró a la paladín, furibundo y ella le regresó la mirada.
—¿Nos disculpas un momento? —dijo de pronto el elfo dirigiéndose a Sarah.
—Sí, claro —respondió ella taciturna.
El druida se levantó y, tirando a Kaelin del hombro, subió por las escaleras hacia el segundo piso del edificio. La paladín vino tras él soltando un suspiro. La llevó a una pequeña sala de estar que a esas horas se encontraba vacía. Entonces se giró y la miró fijamente.
—¿Qué es lo que te pasa? —le preguntó. La dureza se había desvanecido de su semblante. Ahora solo había preocupación en él.
Kaelin desvió la mirada hacia un lado y su rostro se contrajo en un gesto de pesadumbre.
—Maté a su padre, Kenny —confesó arrastrando las palabras.
—No. Él ya estaba muerto.
—¡Lo sé! Pero aun así...
Eikken la tomó por los hombros y la hizo mirarlo a la cara.
—Ella te recuerda a ti misma, ¿verdad?
Kaelin no contestó. Simplemente se limitó a mirar hacia el suelo. Eikken suspiró exasperado.
—Yo iré con el posadero a alquilar una habitación —siguió diciendo él—. Tú ve abajo y habla con ella. Si alguien comprende bien por lo que ella está pasando ahora, eres tú.
Ella no respondió de inmediato y él la dejó meditar un momento. Entonces Kaelin lo miró a los ojos, entristecida.
—Lo haré si me respondes una pregunta.
Eikken asintió esperanzado y esperó a que la paladín volviera a hablar.
—Dices que ella podría recordarme a mí misma. —Hizo una breve pausa—. ¿Te preocupa Sarah Ladimor porque también te recuerda a mí?
. . . . . . . . . . . . . . .
Mientras bajaba las escaleras para hablar con Ladimor, Kaelin meditaba intensamente sobre qué iba a decirle. Eikken dijo algo cierto después de todo: ellas dos tenían mucho en común. Ambas pasaron su infancia en una granja y se vieron obligadas a separarse de su familia cuando la guerra estalló. Finalmente acabaron perdiendo su hogar y todo vestigio de sus vidas anteriores cuando la locura de la no-muerte las alcanzó. Sus tierras natales se convirtieron entonces en una pavorosa parodia de lo que fueron alguna vez. Y ambas habían decidido tomar las armas en defensa de lo que quedaba de su gente. Eligiendo así aprender de lo sucedido para hacerse fuertes y así asegurarse de que nunca volviera a ocurrir una tragedia semejante. Sí, las dos tenían mucho en común.
¿Pero qué le iba a decir? ¿Acaso iba a intentar hacer que superase la pena al decirle bonitas mentiras?
¿Le diría que en algún momento iba a lograr olvidar las cosas que sucedieron? Eso no era cierto. Ese recuerdo siempre vivirá dentro de ella. Los fantasmas de la familia perdida la atormentarán por el resto de su vida. Pero no podía decirle eso. No ahora.
Se detuvo al pie de la escalera y miró en dirección a la mesa en la que dejaron a Sarah. Aún se encontraba sentada en aquel sitio. Parecía encontrarse sumergida en sus propios pensamientos y arrepentimientos. Al verla así, Kaelin hizo una mueca de disgusto. Hubiera preferido volver a pelear contra la horda de no-muertos del cementerio antes que verse obligada a hablar con ella sobre lo que había pasado.
¿Pero no era acaso parte de sus deberes como paladín? Luchar en defensa del prójimo era solo uno de los aspectos que formaban parte del estilo de vida de un paladín. Era su deber sacar lo mejor de cada persona, para que hallara dentro de ella la fuerza para enfrentar al mundo por su propia mano, con esperanza y fe. Si en verdad la Luz le había asignado esta misión en el Bosque del Ocaso, entonces no se iba a permitir el rehuir de esta última tarea. Tal vez era la más importante después de todo. Destruir el mal que amenazaba a los inocentes, y al mismo tiempo fortalecer las semillas de un futuro más amable. Como si de una plantación de trigo se tratase. Después de todo, de eso se trataba ser un paladín.
Pero primero pediré un trago.
Cuando volvió a sentarse a la mesa junto a la vigía, traía una copa de vino en la mano. Se lo llevó a la boca y bebió rápidamente. Tosió de forma distraída e hizo que Ladimor volviera a tierra.
—Y bien —comenzó a decir Kaelin—, ¿cómo estás?
Sarah la miró y su rostro era la desolación encarnada.
—He estado mejor —se limitó a responder.
—Vengo de Lordaeron. —Volvió a beber otro trago—. Ya sabes... Tercera Guerra y todo eso. —Hizo una pausa para que lo entendiese. Luego la miró fijamente a los ojos y ella le devolvió la mirada, intrigada—. Sé cómo te sientes.
—¿Lordaeron? —Su voz era un simple murmullo—. No puede ser...
—Claro que puede ser. Te lo juro en nombre de lo más sagrado.
Sarah desvió la mirada y comenzó a acariciar su cabellera. Se quedó callada por un momento.
—¿Y... cómo fue? —preguntó al final.
Kaelin intentó rememorar el día que la Ciudad Capital cayó.
—Pensé que se iba a acabar el mundo. —Bebió más vino—. El hedor era espantoso. Los no-muertos eran aterradores. Y el pavor era insoportable. —Depositó la copa en la mesa con más fuerza de la que había pensado. ¡Vaya! ¡Esto sí que es fuerte!
—¿Y cómo lograste salir de allí? —En la voz de Sarah se pudo adivinar una mezcla de asombro, respeto, inocente incredulidad y, lo que más importaba a Kaelin en estos momentos, comprensión.
—Me gusta creer que fue la Luz la que me sacó de allí. —Se relamió los labios—. Después de eso pasaron muchas cosas y ahora me ves aquí.
—¿Y tu familia?
—Muerta.
—¿Y tus amigos?
—Kenny es el único que tengo ahora. El elfo que ahora está regateando con el posadero —dijo mientras lo señalaba al otro extremo de la estancia.
—¿Kenny? —preguntó ella, sonriendo—. ¿Su nombre es Kenny?
Kaelin se cubrió la boca con una mano para que no la viesen riendo. Por un momento se sintió torpe, y eso solo terminó causándole más gracia aún.
—Claro que no. Se llama Eikken —aclaró tras recobrar la compostura—. Y lo conocí al otro lado del mundo. Es una larga historia— terminó, contemplativa.
Las dos se quedaron calladas por un rato. El druida pasó junto a ellas antes de subir al segundo piso, pero no dijo una sola palabra. Miró a Kaelin por un momento, con una interrogación plasmada en su semblante, y ella le asintió levemente. Todo está bien, sigue con tus cosas. Eikken desapareció al subir por las escaleras.
—Todo está bien —dijo en voz alta, distraída.
—¿Eh?
—No es el fin del mundo, Sarah. Es un día malo, sí. Muy malo. Pero mañana será otro día. Y si ese día no es mejor que este, ya vendrá otro tras ese. Y otro. Así la vida sigue y te darás cuenta de que todo se vuelve más fácil con el tiempo —decía, intentando sonar comprensiva—. Me llamo Kaelin, por cierto.
—¿Y al final llega un día en que puedes olvidarlo? —preguntó Ladimor, esperanzada.
—No. Olvidarlo jamás. —La sinceridad de sus palabras llegaron a sorprenderla en cierta forma—. No se trata de olvidarlo, sino de aprender a vivir con el recuerdo. Hacer las paces con tu pasado. —Entornó la mirada hacia ella y se inclinó sobre la mesa—. Pero tú pareces fuerte. La verdad es que no me preocupo por ti. Ya lograrás salir de esto.
Sarah bajó la mirada y cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir se vislumbraba cierta paz en ellos.
—¿Y tú eres fuerte? —preguntó de pronto—. Claro, debes ser fuerte para haber logrado acabar con mi padre.
—Entonces supongamos que lo soy.
Sarah bebió un largo trago de cerveza. Luego plantó el vaso en la mesa con firmeza y decisión. Kaelin sintió que ahora había más seguridad en ella. Eso era una buena señal de que estaba haciendo bien su labor. Se felicitó a sí misma en su fuero interno.
—Y bien, ¿qué harás a partir de ahora? —le preguntó a Ladimor.
Ella no respondió de inmediato. Aparentaba meditar cuál había de ser el camino que ahora elegiría. No quiso presionarla, pero Kaelin imaginaba que esta iba a ser una de las decisiones más importantes de la vida de Sarah Ladimor. Qué hacer con su vida, ahora que se había cortado el último hilo de un tenebroso pasado.
—Si me permites la sugerencia, querida —comenzó a decir la paladín—, como una aventurera semi-profesional, logro ver en ti la chispa adecuada para aceptar el camino del trotamundos. Conoce gente, otras tierras, otras historias. Te harás más fuerte y más sabia. —Hizo una pausa para beber más vino y cuando volvió a hablar mostraba una sonrisa viperina—. Ya va siendo hora de que salgas de la oscuridad de este bosque maloliente.
Aunque ese último comentario no le gustó, de acuerdo a lo que se reflejó en su rostro, Sarah sí consideró las palabras de Kaelin. Se quedó callada por unos momentos y luego negó con la cabeza. Le sonrió a la paladín de Lordaeron. Era una sonrisa de alguien que toma una resolución.
—No puedo simplemente irme de aquí, abandonar todo y buscar algo mejor para mí. No después de todo lo que ha ocurrido en el bosque. Este es mi hogar, y lo ha sido desde siempre. Y ahora está enfermo. No podría sentirme tranquila conmigo misma sabiendo que abandoné mi tierra cuando más me necesitaba. Si yo hiciera eso, ¿por qué no podrán hacerlo otras personas? Y si eso llegara a pasar, ¿entonces quién protegerá a aquellos que no pueden marcharse como los demás? ¿Tendrán que enfrentarse a la oscuridad ellos solos? No. No permitiré eso. Es por eso que me quedaré aquí, en el Bosque del Ocaso. Seguiré siendo parte de la Guardia Nocturna.
Kaelin volvió a beber hasta acabarse la copa. Gruñó al darse cuenta de que se había quedado sin vino. Dio un fuerte puñetazo a la mesa, haciendo que Sarah se sobresalte.
—¡Mesera! —gritó a todo pulmón—. ¡Más vino por aquí!
La mesera acudió al llamado, miró un momento a Kaelin con extrañeza, y le volvió a llenar la copa hasta arriba.
—Y me olvidaba de algo —agregó la paladín—. Me gustaría que me traigan un poco de ese kebab de lobo salpimentado. Bien caliente.
La mesera se retiró a cumplir el pedido.
Kaelin volvió a beber antes de continuar hablando. Sarah ahora la miraba incómoda.
—Así que no quieres irte de casa, ¿eh? Te quedarás aquí a pelear contra el mal sin importar que tu vida corra riesgo. Encomiable. Ya veo porqué Cerranegro parece tenerte en tan alta estima.
En ese momento le entregaron el kebab que había pedido. Kaelin sonrió de oreja a oreja cuando lo tuvo en sus manos. Comenzó a comer en silencio mientras Sarah no le quitaba los ojos de encima, mostrándose aún más incómoda que antes.
—Tienes fe en esta tierra ¿eh? —le preguntó a la vigía una vez que hubo terminado su cena.
Ladimor tosió levemente cubriéndose la boca antes de contestar.
—Hay gente que cree que el Bosque del Ocaso es un caso perdido. Que no tenemos salvación. Dicen por ahí que la Luz nos ha abandonado.
—¿Y tú crees eso?
—Admito que empezaba a tener ciertas dudas al respecto —confesó, bajando la mirada.
—¿Ya no?
—Bueno... No, ya no. La Luz no nos abandonó. —Sarah la miró y sus ojos reflejaban el resplandor de uno de los faroles en la pared—. Después de todo, tú estás aquí. Una paladín.
Kaelin la miró con atención y la escuchó. El haberle oído decir esas palabras la hizo sentirse tan complacida que incluso la embargó un leve destello de vergüenza. Le dedicó la sonrisa más cálida que tenía.
—El que tú estés aquí, prueba que aún hay esperanza para esta tierra —continuó Sarah. —Y mientras haya algo de esperanza, debo quedarme. Hay algo bueno aquí después de todo.
—Hay algo bueno en todas partes —dijo Kaelin, casi como si recitase una oración—. Hay algo bueno en cada uno de nosotros. Solo por eso vale la pena luchar. —Entrecerró los ojos—. Me parece una buena decisión el que te quedes aquí. Eres fuerte, tal como te decía.
—Gracias —contestó Sarah—. Por haber liberado a mi padre de ese embrujo. Por venir aquí a hablar conmigo. Díselo a Kenny cuando lo veas. Gracias por todo.
Kaelin se estiró sobre la mesa y posó una mano en el hombro de la vigía. Sin embargo, Sarah empezaba a verse disgustada por algún asunto que la paladín desconocía.
—¿Ocurre algo? —preguntó un tanto nerviosa. No quería más problemas ahora que pensaba que por fin lograron superar todo.
—Imagino que ahora se marcharán del Bosque del Ocaso —asumió Ladimor.
—Seguramente —respondió Kaelin de forma escueta.
—¿Dónde irán ahora? —preguntó ella, inquieta.
—Aún no lo sé. —En un principio había pensado sugerirle a Eikken que tomasen el camino de la encrucijada hacia el sur. Hacia Bahía del Botín. Aunque ahora una nueva idea la estaba carcomiendo por dentro. Un nuevo destino. Completamente en dirección contraria. Y muy, muy lejos—. ¿Por qué? ¿Qué ocurre?
—Deseaba pedirles un último favor, aunque quizá te parezca una gran tontería lo que voy a decir.
Kaelin agitó la mano, intentando quitarle peso al asunto. Se quedó sentada en silencio, esperando atentamente a que Sarah comenzara a hablar de nuevo.
—Mi padre ha muerto —terminó por decir—. Bueno, lleva tiempo muerto. La ira y la locura que lo poseyeron al pensar que habíamos muerto terminó por destruirlo. Y maldecirlo. —Sus ojos comenzaron a reflejar un leve brillo que nada tuvo que ver ya con los faroles—. No pasa un solo día sin que me pregunte qué hubiera ocurrido si me hubiese encontrado con él antes del final. Pero eso no pasó así. Como si hubiese sido una cruel jugarreta del destino. Murió creyendo que toda su familia había muerto. —Hizo una pausa para tragar saliva—. Que yo había muerto.
Kaelin asintió, intentando mostrarse comprensiva.
—Murió creyendo una mentira. Una mentira que acabó con él. Tenía la esperanza de que lograría hacerle entender que aún sigo viva, pero la comandante jamás me permitió salir en su busca. Supongo que fue la mejor decisión —terminó Ladimor con una sonrisa melancólica.
—Y ahora jamás podrá saber la verdad. —Kaelin sintió un nudo dentro, ahora que alcanzaba a comprender los sentimientos de Sarah Ladimor.
—Justamente —suspiró y por un momento se le quebró la voz. Guardó silencio hasta que logró recuperar la compostura—. Es por eso que quería pedirles un último favor.
—Eres libre de pedirme lo que quieras. —Después de todo lo que había pasado en aquella escabrosa y terrible misión, no se vio capaz de negarle nada.
Sarah Ladimor se quitó un anillo que llevaba en la mano derecha y se lo entregó a Kaelin.
—Ten, lleven esto a su tumba —le pidió y en su voz había esperanza—. Quizás... de alguna forma, él sepa que estoy bien y que nadie le hace responsable de lo que ocurrió.
La paladín recibió el anillo y lo apretó con fuerza.
—Lo haremos —afirmó con decisión—. Puedes darlo por hecho.
Sarah asintió con una sonrisa y se limpió las lágrimas con una mano.
—Y... gracias, a los dos.
A la mañana siguiente abandonaron el pueblo por tercera y última vez. No se marcharon sin antes dedicarle un último adiós a la comandante Cerranegro y desearle la mejor de las suertes en sus próximas batallas. Ella no intentó hacer que se quedasen por más tiempo para que la ayudaran con sus misiones, después de todo, no se veía capaz de atar a nadie a ese lugar.
Kaelin y Eikken tomaron el camino del norte y luego se internaron por la espesura, recorriendo el camino que a esas alturas el druida conocía lo suficientemente bien como para no perderse más. Tal vez se trataba de su imaginación, pero le dio la impresión de que las penumbras del bosque ya no eran tan fuertes como antes. Se le ocurrió entonces que quizá la muerte de Mor'Ladim había servido de algo después de todo. Acabó por comentárselo al elfo.
—Es posible que la Oscuridad retroceda allí donde vamos —dijo él.
La marcha transcurrió sin complicación alguna, al igual que las veces anteriores. Sabía que esa iba a ser la última jornada en el Bosque del Ocaso, antes de abandonarlo, así que Kaelin lo observaba atentamente, procurando no olvidar su aspecto y así, si algún día regresaban, poder comprobar si en verdad se produjo algún cambio para bien en el país.
Mientras tanto, en su mente trazaba planes e ideas sobre lo que deseaba hacer a continuación. La experiencia en el cumplimiento de esa misión, el capítulo final en la Historia de Morgan Ladimor, había hecho que tomase una nueva resolución. Una que quizá estuvo aplazando durante demasiado tiempo.
El problema ahora era convencer a Eikken.
—Hay algo que debo pedirte.
Sin hacer que Zarpa dejase de avanzar, el elfo se giró y miró a Kaelin. Para sorpresa de la paladín, en su semblante encontró la sonrisa más comprensiva que recordara haber visto, con la única excepción de la de Alonsus Faol.
—Iré contigo, Kaelin. No te preocupes.
Ella debió reflejar su confusión en sus facciones, puesto que el druida se vio incapaz de reprimir una carcajada. Esa reacción la hizo sentirse ofuscada.
—¿Siquiera sabes lo que te voy a pedir? —le preguntó, molesta.
—Quieres ir a Lordaeron. —Eikken se volvió hacia delante y ella fue incapaz de verle el rostro—. Bien, iré contigo por supuesto.
Kaelin se quedó callada entonces. No era capaz de comprender cómo ese elfo había podido adivinar sus intenciones. ¿Acaso los druidas leen la mente? pensó por un momento. Abrió la boca para decir algo, pero se lo pensó mejor y la cerró. El giro de la situación la había pillado completamente desprevenida y ya no supo qué decirle. Entonces fue Eikken quien continuó hablando.
—Hay veces en que eres demasiado inocente. Casi ingenua. Y no me fue difícil adivinar tus intenciones después de lo que ha pasado.
—¿Y cómo...? —balbuceó ella por fin.
—¿Cómo podrías seguir adelante con tu vida no sin antes asegurarte que Lordaeron no fue olvidada por la Luz? Supuse que me pedirías ir hacia allá tarde o temprano, pero creo que todo este asunto sobre Morgan Ladimor te hizo reaccionar antes de lo que yo me aventuré a esperar. También imaginé que no te iba a ser fácil el pedirme que te siga a aquella tierra.
—¡No me gusta que me guarden secretos! —le recriminó ella, furiosa.
Eikken no dijo nada por unos momentos. Ella no pudo evitar sentirse indignada porque él haya sido capaz de leer en ella como si se tratara de un libro abierto. La hizo sentirse pequeña e inmadura a su lado. Era en esos momentos en los que recordaba la enorme brecha que los separaba. Los mundos distintos de los que venían y lo diferente que era su gente la una de la otra. Por otro lado, estaba dispuesto a acompañarla a Lordaeron. Eso hizo que comenzara a sosegarse. Confiaba en él, después de todo.
Entonces el elfo se volvió a girar y la miró con gravedad. Ese cambio operado en él terminó por disipar toda ira que podría haber albergado hacia el druida.
—¿Por qué pensaste en partir a buscar a Mor'Ladim sola, en medio de la noche?
Kaelin dejó de respirar y el enojo que hacía tan solo unos momentos la invadió fue reemplazado por la culpa. Miró hacia el suelo, como una niña a la que estuvieran regañando mientras Eikken continuaba hablando.
—Escúchame, tú no tienes porqué enfrentarte a todo eso tú sola. Dije que iría contigo y por la Madre Luna que pienso cumplir con mi palabra. —Entonces su rostro se suavizó. Ahora en él solo se veía un amigo preocupado—. No voy a abandonarte, Kaelin. Y espero lo mismo de ti.
Kaelin ahora sintió vergüenza. Pues acabó por entender que Eikken interpretó su intención de partir sola la otra noche como una muestra de desconfianza hacia él. Y con eso solo logró herirlo, comprendió. Y, sin embargo, aún estaba dispuesto a seguirla hasta Lordaeron y hacia todo lo que aguardaba en aquella tierra condenada.
—Lo siento —dijo al final en un hilo de voz. Levantó la mirada y vio en él la sonrisa de un ser querido. Y supo entonces que él había decidido quedarse a su lado hasta el final. El pensamiento la embargó de una dicha que hasta ese momento no se había dado cuenta de la falta que le hizo. Le regresó la sonrisa.
—La verdad es que yo tampoco he sido del todo sincero contigo —empezó a decir Eikken. Ella ahora lo miró con curiosidad, escuchando atentamente. El druida volvió a girarse hacia delante antes de seguir hablando—. La verdad es que hasta hace poco no estaba del todo seguro si debía seguirte hasta
Lordaeron. En un principio pensé en disuadirte, pero después de la conversación que tuviste anoche con Sarah, veo que quizá es algo que necesites hacer. Quizá sea lo mejor para ti.
Así que estuvo escuchándolo todo. Pensó que enterarse de eso la haría enojarse una vez más, pero descubrió que era incapaz de molestarse con él. Al menos en esos momentos.
Eikken soltó un sonoro suspiro. Kaelin comprendió que estaba a punto de confesar algo importante. No dijo nada para apremiarlo, después de todo no quiso presionarlo.
—Viste a tus padres, ¿verdad? —preguntó él—. Poco antes de que la Oscuridad nos atacase, en el cementerio.
Ella recordó ese momento. Sí, la Oscuridad le había mostrado una imagen de sus padres fallecidos, siendo incinerados de forma inmisericorde por los orcos de la antigua Horda.
—Sí. —Entendió dónde quería llegar su amigo—. ¿Tú no viste a los tuyos?
Eikken negó con la cabeza.
—No, yo solo vi tinieblas. Una voraz oscuridad devorándolo todo. Por un momento sentí que yo era el único ser vivo en un mundo donde todo lo demás había perecido. Fue una sensación aterradora. Nunca me había sentido tan abandonado.
Kaelin sintió un estremecimiento tras escuchar esas palabras. Acarició la espalda de Eikken buscando animarlo, sabiendo que confesar ese tipo de cosas no era fácil para él.
—Entonces apareció una pequeña luz a mi lado —siguió diciendo el elfo—. No era más grande que el brillo de una vela, pero entre todas las tinieblas, relucía como un faro en una noche sin estrellas. Pero de pronto esa luz comenzó a titilar y disiparse. Se extinguía. Para siempre. —Tragó saliva—. Sentí que me llamaba, que me imploraba su ayuda. Esa lucecita tenía miedo, pensé. Intenté acercarme a ella antes de que desapareciese.
—¿Y qué pasó?
—Logré alcanzar aquella luz, pero solo vi a una niña pequeña. Lloraba. Cuando intenté tomarla por el hombro la visión se disipó. Y te encontré.
Kaelin no encontró palabras para expresar sus emociones. Sintió un nudo en la garganta. Sus pensamientos se arremolinaban en su cabeza de forma caótica y se halló incapaz de ponerlos en orden. Así que simplemente abrazó a Eikken por la espalda. Él volvió a girarse y en sus ojos solo había resolución.
—No tienes que pedirme nada, iré contigo. Es una promesa.
—Lo sé. —No quedaba nada más que decir.
El resto del viaje se dedicaron a hablar sobre asuntos más corrientes, como intentando recuperar la normalidad. Kaelin nunca se había sentido tan unida a él. Y la dicha se apoderó de ella, pues pensaba que no importaba qué cosa se encontraran en Lordaeron, no existía nada en Azeroth que pudiese detenerlos mientras estuvieran juntos. Una parte de ella rogó a la Luz para que eso fuera así siempre.
Alcanzaron el cementerio cerca del anochecer, pero en esta ocasión no entraron en él. Bordearon el muro exterior por su límite norte. Eikken cerró los ojos y buscó la tumba de Morgan Ladimor. No le fue nada difícil encontrarla.
Se arrodillaron junto a la tumba, como queriendo ofrecer sus respetos. Kaelin se dio cuenta de que Eikken ahora miraba hacia el sur, hacia una pequeña loma que se encontraba a la distancia dentro del cementerio. Ella miró en esa dirección y le pareció ver la silueta de una casa en lo alto. La contempló en silencio, pero no dijo nada. Entonces sacó el anillo de Sarah y lo contempló largamente.
Posó una mano sobre la tierra que recubría la tumba.
—Déjame...
La paladín y el druida se pusieron de pie y retrocedieron un paso, sobresaltados. Miraron a su alrededor, pero no vieron a nadie. ¿Acaso se trata de...?
—Morgan —confirmó Eikken y miró a la paladín—. Pon el anillo sobre la tumba.
Ella obedeció y luego retrocedió junto al elfo. Sin saber lo que iba a ocurrir a continuación, llevó una mano cerca de la empuñadura de su martillo.
La voz de Morgan volvió a oírse. Parecía ser traída por una brisa que de la nada comenzó a soplar.
—¿Esto es...? ¿Sarah? ¿Es posible que siga con vida? —Aquella voz espectral estaba cargada de una esperanza que hasta entonces estuvo tan muerta como lo estaba su dueño—. Qué peso me han quitado de encima...
Entonces, ante la sorpresa de los dos viajeros, del interior de la tumba comenzó a brotar un objeto. Kaelin se adelantó un paso blandiendo su arma, preparada para lo que sea.
Sin embargo, lo que apareció en el sepulcro no era sino una espada sin nadie que la portase. Kaelin se dio cuenta de que se trataba de un arma magnífica. Forjada de acero y, para sorpresa de la paladín, tocada por la Luz Sagrada. Ninguno de los dos se movió de su sitio. Ni siquiera cuando la voz fantasmal se volvió a escuchar.
—Paladín. Toma mi espada, Archeus. Mi alma descansará. Ya no volveré a necesitarla. Fue forjada para hacer el bien y, aunque yo he demostrado no ser merecedor de portarla, quizás tú consigas acercarla a la Luz. —La voz se volvió distante por un momento y se convirtió en un lamento—. Lys, mi amor...
Kaelin no supo qué hacer entonces. Se volvió hacia Eikken buscando consejo y él asintió con la cabeza sin decir ni una sola palabra. La paladín volvió a contemplar la espada ante ella y, no sin cierta desconfianza, dejó su martillo en el suelo y tomó la espada de Morgan Ladimor. La levantó y la balanceó por unos momentos para probar su equilibrio. En verdad era un arma magnífica. Pudo sentir cómo se plegaba a su voluntad. Le serviría bien.
—Mi espada Archeus me sirvió bien en vida —dijo una voz detrás de los dos. Ambos se giraron y vieron a una figura fantasmal de pie en el lugar. Se trataba de un hombre alto y fuerte, vestido con armadura de placa y malla. De largos cabellos castaños con una frondosa barba y bigotes cubriendo su rostro. En su mano blandía el reflejo de la espada que ahora Kaelin empuñaba.
—Pero al abandonar mi espíritu esta infeliz existencia ya no la necesito más —siguió diciendo Morgan Ladimor—. Me aferraré al amor de mi hija y espero encontrar el perdón bajo la Luz por mis pecados.
Kaelin le sonrió al espectro redimido.
—Sarah estará bien. No debes preocuparte por ella.
Morgan Ladimor asintió y se desvaneció para siempre de este mundo. Kaelin suspiró y comprendió que ese capítulo de la historia había concluido por fin. Entonces volvió a mirar a Archeus.
—La conservaré. —Se volvió, recogió su martillo con la mano libre y por último se giró hacia Eikken—. Pero, ¿qué voy a hacer con este? No pienso deshacerme de él, ¡es el martillo que me regaló Duke!
—No tienes porqué abandonarlo —apuntó Eikken—. Yo en tu lugar lo dejaría en el banco de Ventormenta. Allí estará a salvo y podrás ir a por él cuando quieras.
Kaelin ladeó la cabeza, sopesando la sugerencia.
—Además nos queda de camino —siguió él—. Si vamos a ir a Lordaeron, lo ideal entonces será ir al puerto de Ventormenta a buscar algún barco que pueda llevarnos hasta allá.
La paladín no pudo replicar nada. Después de todo, el druida tenía razón. Asintió.
—Entonces ya no queda nada más por hacer aquí —terminó Eikken. Con un gesto llamó a Zarpa y en un momento ya se encontraba sentado en su brida. Miró a Kaelin, esperando a que montase para poder marcharse de ese lugar. Ella se quedó allí de pie y en silencio por un momento.
—Espero que el Bosque del Ocaso pueda sanar algún día —dijo de pronto.
—Lo hará, no te preocupes —contestó él—. Puedes confiar en que hoy se dio el primer paso.
Kaelin sonrió y se subió a lomos de Zarpa, sosteniéndose de Eikken.
—Lo preguntaré una vez más, aunque ya sé la respuesta —comenzó a decir—. ¿Estás seguro de que quieres acompañarme a Lordaeron?
Eikken se giró y la miró decidido.
—Tú ya me ayudaste a salvar mi hogar en el pasado. Es justo que ahora te regrese el favor.
—Y no quisiera que fuese de otra forma —concluyó ella.
El elfo sonrió y se volvió hacia delante para arriar las riendas y hacer que Zarpa galopase en dirección a la Ciudad de Ventormenta, dejando la tumba de Morgan Ladimor detrás. El sable de la noche corría tan rápido, que solo pasaron unos momentos para que ambos viajeros venidos de tierras lejanas terminaran desapareciendo a la distancia.
