N/A: Siempre que hago una historia, suelo hacer dos versiones, una que es suave y una que no lo es. Durante mucho tiempo quise terminar de escribir El Ruiseñor y darle un final mejor que lo que hice antes, llenar los espacios en la trama, y ponerle todo lo que no pude ponerle en la versión "original" [que se encuentra más abajo]. Así que me tomé mi tiempo y lo hice, y se las dejo para que también lean. Cambié algunas cosas, mejoré otras y le di un poco más de sentido a todo.
A los que están leyendo "Los Ojos del Ruiseñor", esa historia pretendía ser la precuela de esta, pero me di cuenta de que no pude cumplir con esa premisa. Así que pueden tomar esa historia como un "Qué pasaría si..." y disfrutarla de manera independiente.
Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a T.K. y yo solo los uso para satisfacer mi imaginación. Los reinos si son míos.
Etiquetas: IchiRuki [con final feliz], contenido adulto M+18, temas sensibles, relaciones forzadas, engaño, traición y muerte de personajes. Tortura y muestra ligera de sangre. Resentimiento, tristeza y angustia. Personajes adultos, con traumas y problemas humanos aplicables a la época situada en la historia. Universo alterno y uso indiscriminado de OoC.
Advertencia: Si estás fielmente apegado al IchiRuki romántico que son vírgenes hasta que se entregan mutuamente, este fic no es para ti.
Edades de los personajes al momento de iniciar esta historia: Rukia 25, Ichigo 26, Kaien 27, Juha 5, Yuki 12, Orihime 20, Renji 25... el resto de 25 para arriba.
Capitulo 1: De regreso a Adelaar.
Rukia despertó agitada por la pesadilla pero en cuanto abrió los ojos la olvidó, como pasaba siempre que tenía ese tipo de sueños; solo quedó en ella aquella sensación de vacío y soledad que la abrumaba hasta que lograba recomponerse. Le tomó un poco de tiempo darse cuenta de que no estaba en su habitación, a pesar de que el interior de ese lugar estaba oscuro, sino dentro del carruaje que la llevaba a la capital, y le tomó un poco más de tiempo darse cuenta que no estaban en movimiento.
Se talló los ojos tratando de espantar aquella sensación de vacío junto con la pesadez del sueño, y descubrió que estaba sola en ese lugar. Yuki, la pequeña niña con la que viajaba, no estaba en donde se suponía que debía estar, y por un momento Rukia entró en pánico hasta que escuchó su voz a las afueras del carruaje pidiendo un poco de café.
Yuki era demasiado joven para beber café, aun no florecía como una pequeña señorita, y beber café siempre la ponía demasiado activa.
Rukia suspiró al darse cuenta de que todo estaba bien. Renji iba con ella y sabía que él la cuidaría a ella y a Yuki, pero aquél sentimiento de que no debía ir a la Capital no había dejado de latir en su interior. Solo de pensar que tendría que volver a ese lugar hacia que su piel se erizara y su estómago doliera.
La Capital la aterraba.
Cuando aquella sensación de soledad y vacío que le había dejado la pesadilla se disipó, hizo a un lado la cortina gruesa que cubría la ventana y pudo ver que aún seguían en el camino. El verde del bosque seguía presente por todos lados y la luz del sol se filtraba por entre las hojas de los árboles que se mecían al viento. Le dio un pequeño escalofrío cuando el aire frío entró por la ventana y se volvió a cubrir con la manta que descansaba sobre sus piernas.
Eran esos días en los que el invierno se mezclaba con la primavera, cuando terminaba una estación e iniciaba otra.
Rukia bajó del coche después de ponerse un abrigo suave y encontró a Yuki sentada en un banquito junto a Renji y el cochero, todos estaban desayunando y todos tenían una taza de café humeante en la mano. También todos estaban abrigados y Yuki tenía ese bonito sonrojo en las mejillas que la delataba aún como una niña pequeña en el invierno.
Yuki tenía la edad suficiente como parecer su hermanita menor.
— Buenos días, mi lady. — Habló Renji levantándose de su banquito en señal de respeto.
Yuki le imitó y fue a buscar las cosas para el aseo personal de Rukia que ya tenía preparadas. Rukia tuvo que reunir toda su fuerza de voluntad para no poner los ojos en blanco por aquella muestra de respeto exagerado; incluso el cochero lo había hecho y aquello la abochornaba.
— No es necesario que me llames así. No estamos en el palacio, aun.
Rukia se quejó. Ella sabía por qué lo estaba haciendo su amigo y, aunque no le gustaba esa muestra tan estricta de formalidad, el protocolo lo dictaba porque ella es la Señora de Bosque Oscuro y Renji el hijo del castellano.
— Necesito practicar, mi lady.
Rukia esperaba esa respuesta y ya no volvió a decir nada; Renji por el contrario, sonrió por haber ganado esa pequeña batalla. Esa era una batalla que habían tenido muchas veces antes de salir de Bosque Oscuro, y no había nada que hiciera cambiar de opinión a su testarudo amigo que parecía divertido de ver como ella reaccionaba al ser tratada como la dama noble que se supone que es.
Rukia prefirió ignorar esa sonrisa en el rostro de Renji y se dispuso a lavar su cara y sus dientes con las cosas que Yuki le había acercado. Se sentó junto con ellos, en un banquito que puso Renji mientras ella se lavaba la cara y se peinaba, y se dispuso a desayunar.
Tenían café y unos pequeños panes fritos que había hecho Yuki el día anterior a que salieran de la Gran Casa y, mientras Rukia masticaba uno de aquellos panecillos fritos, sintió que ir de nuevo al palacio no era una buena idea.
El rey la había mandado a llamar y ella, entre todos los nobles del reino, debía de presentarse al llamado si no quería que la historia se repitiera. Llegar al palacio no era lo que más esperaba en la vida y no sabía cómo el rey se había enterado que ella había vuelto al reino; aquello le asustaba aún más.
— Llegaremos a la Capital por la tarde, mi lady. — Habló el cochero comprobando una vez más que todo estaba en orden con el caballo y con el carruaje.
Rukia, que estaba parada sin hacer nada mientras veía como Renji y Yuki recogían todas las cosas, solo asintió a lo que dijo el cochero. Renji no le había permitido hacer algo durante ese viaje aunque él sabía que ella era perfectamente capaz de hacer muchas cosas sin ayuda.
— Tal vez ahora si te exilien. — Bromeo Renji desde la puerta del coche cuando ella y Yuki ya estaban dentro y habían recogido las cosas que usaron para dormir.
— Yuju, que emoción. — Pero la expresión contenía todo menos emoción.
Renji no lo entendía. La idea de que la exiliaran significaba que se tendría que ir del reino y hasta donde él sabía, eso era lo que quería ella. Él prefirió no preguntar y mejor se subió a su caballo para que iniciaran el viaje de nuevo.
Rukia por su parte temía que eso pasara. Ella había pasado cinco años, o un poco más, en exilio voluntario en las Tierras del Ocaso; Renji la había acompañado en ese viaje y cuando volvió a su casa, porque aun lo era, el padre de Renji se había encargado de tener todo en orden.
Los campesinos aun trabajaban la tierra, las bodegas estaban llenas de grano y el tributo al rey era entregado cada otoño como dictaban las leyes. Rukia sabía que nadie más que la familia de Renji merecía ser dueño de esas tierras y si la exiliaban, entonces alguien más tomaría su lugar como señor de Bosque Oscuro.
En el fondo, aunque no quisiera volver nunca a poner un pie en la Capital, lo haría porque tenía la esperanza de poder encontrar la forma de hacer que la familia de Renji se quedara con las tierras y el señorío de Bosque Oscuro.
Se detuvieron una vez más antes de llegar a la Capital, comieron un conejo que habían llevado en salación y Rukia contempló nuevamente las consecuencias de no acudir al llamado del rey. Ella podría simplemente irse del reino otra vez, pero no podía estar toda su vida huyendo de su pasado.
Huir no era la solución para nada aunque lo pareciera y fuera una idea realmente atractiva.
Para cuando estaba cayendo la tarde, Rukia sintió que el cochero reducía la velocidad poco a poco hasta que el carruaje se detuvo por completo.
— Hay fila para entrar. — Explicó Renji desde su caballo, asomándose a la ventana izquierda del carruaje desde donde Rukia estaba recostada y pensando en que ya no podía seguir huyendo. — Parece que habrá una fiesta o algo. La gente se oye emocionada y parece que todo está lleno.
Rukia apartó las cortinas y pudo ver los carromatos cargando barriles y comida que los rebasaban y entraban a la ciudad sin problemas. Parecía que habría una gran fiesta dentro de la ciudad, y Rukia suspiró ante el hecho de que tenían que esperar a que los dejaran pasar.
— Ya llegamos, no importa lo que tardemos en entrar. — Susurró y Renji asintió quedando sobre el caballo como lo había hecho durante los días que había durado el viaje.
Renji se había ofrecido a acompañarla de esa manera, sentía que no podía dejarla volver sola a ese lugar y se culpaba a sí mismo del estado de salud de Rukia cuando ella volvió a Bosque Oscuro, aquella primera vez que ella había ido a la capital. Renji se había jurado a sí mismo que iría con ella a donde ella fuera, sin importar lo lejos que fuera, y por eso se aventuró con ella a las Tierras del Ocaso cuando ella quiso huir de ahí.
Rukia era su amiga, casi su hermana a pesar de la diferencia social, y el saber que no había podido protegerla aquella vez, le había dolido hasta el alma.
Ellos nunca hablaron de lo que ocurrió en todo el tiempo que ella había estado en el Palacio de la Capital, ni cuando ella se recuperó en la Gran Casa ni cuando hicieron ese largo viaje a las Tierras del Ocaso. Cada vez que Renji intentaba hablar sobre algo relacionado a las ejecuciones del padre y del hermano de Rukia, ella entraba en una especie de pánico que la hacía cerrar los ojos y cubrirse los oídos.
Solo hasta que ella decidió regresar al reino, fue que Rukia habló, y fue tan poco lo que dijo sobre aquél tema, que Renji supo que le estaba costando demasiado hablar de ello. Ella era muy joven cuando sucedió aquello que la había cambiado, y desde ese momento Rukia ya no volvió a ser la misma.
Para Renji, ver la muralla de la ciudad era como ver al causante del estado de salud de Rukia la tarde que llegó de nuevo a Bosque Oscuro; Rukia había llegado ensangrentada, débil y con los huesos pegados a la piel.
Renji apretó con fuerza las riendas del caballo, que crujieron con el cuero de sus guantes, y trató de calmarse respirando profundamente; él sabía que Rukia estaba luchando su propia guerra interna al llegar ahí y no quería darle algo más en qué pensar.
— Veré si puedo pasar antes y buscaré una posada. Si entran a la ciudad y no he regresado espérenme a la derecha del camino. — Advirtió Renji y se fue de ahí sobre su caballo.
Rukia solo asintió a lo que él dijo y se quedó en el coche mirándose las manos. No tenía a donde ir y el cochero avanzaba despacio, así que solo podía asentir a lo que decía su amigo y eso le generaba la tranquilidad de sentirse protegida en medio de la tormenta que era el volver a la Capital.
— Parece que los revisan al entrar. — Comentó Yuki con esa voz de niña que aún tenía.
Yuki era un poco más joven que Rukia cuando ella llegó a Adelaar por primera vez, y Rukia esperaba que Yuki nunca tuviera que pasar lo que pasó ella ahí. La pequeña niña los había acompañado emocionada a ese viaje porque sería la primera vez que ella salía de Bosque Oscuro y su sueño era conocer la Capital.
El sueño de Rukia alguna vez fue también conocer la Capital.
— Supongo que es por todo lo que están llevando, algunas cosas quizás serán llevadas al Palacio y los guardias deben asegurarse que todo esté bien. — Explicó Rukia, y Yuki asintió a lo que dijo con aquella expresión de alguien que está aprendiendo cosas nuevas.
Después de una larga espera, al fin lograron atravesar la puerta principal de la ciudad pero Renji no había regresado, así que el cochero se detuvo a la orilla del camino para esperarlo. La ciudad era grande pero los muros exteriores eran nuevos, Rukia recordaba que estaban escarbando la tierra la primera vez que había ido ahí y que había pocas casas en esa zona; la mayor parte era bosque y solo había un camino que llegaba al muro interior, el que ocultaba la cuidad.
Renji regresó momentos después pero a Rukia le pareció una eternidad, y los guió hasta una posada donde encontró un buen precio por los cuartos y la caballeriza para que los caballos descansaran.
La posada era vieja y estaba llena de gente, sobre todo de borrachos que caminaban por todos lados cargando su tarro de cerveza. Los ebrios que estaban en la barra pidiendo más cerveza, levantaban sus tarros cantando alguna que otra canción que Rukia no podía entender y terminaban con un "¡Salud!" haciendo chocar de los tarros de madera.
— Mañana iremos al palacio. — Comentó Rukia con un suspiro. Era triste ver que ese lugar era lo mejor que podían permitirse pagar en ese viaje.
Renji asintió para luego llamar al niño que estaba llevando tarros de cerveza a los hombres que festejaban, y le pidió que los llevara hasta donde estaban las habitaciones donde se iban a quedar a dormir. Eran frías.
— Había una habitación con chimenea pero costaba una moneda de oro más. — Se disculpó Renji con una sonrisa apenada.
— Esta está bien. Debemos ahorrar tanto como podamos.
Renji asintió, y entre él y el cochero subieron los baúles con las cosas de Rukia y Yuki hasta la habitación. No llevaban muchas cosas, solo lo que era indispensable para el viaje y para una reunión con el rey.
Mientras más se acercaba al Palacio, más nerviosa se sentía. Rukia se sentó en la cama, tratando de calmar sus nervios, y descubrió que Yuki estaba mirando por la venta todo lo que sucedía en la calle afuera de la posada. Rukia sabía por qué había tanta gente en ese lugar y por qué toda la gente estaba ansiosa y feliz; además de ebrios.
— Es la semana de fiesta por la primera luna de primavera. Deberías de ir con Renji a pasear, a eso viniste.
Habló Rukia haciendo que los ojos de Yuki se emocionaran al escuchar eso. La niña se arregló un poco y salió de la habitación corriendo en búsqueda de Renji, que también se emocionó por la idea. Le preguntaron a Rukia si ella los quería acompañar, pero ella se negó a hacerlo alegando que estaba cansada. Renji y Yuki dudaron por un momento de aquellas palabras pero Rukia los convenció de salir a disfrutar de aquella celebración.
Rukia no quería salir, ni siquiera quería estar ahí, y dentro de su pecho sentía que algo no estaba bien; mientras menos saliera y más rápido terminara lo que fue a hacer ahí, mejor para ella.
Renji y Yuki regresaron tarde aquella noche, Rukia lo supo porque sus voces eran lo único que se escuchaba en la posada cuando iban subiendo por las escaleras a las habitaciones.
Rukia no había podido dormir, en la mente le rondaban los recuerdos y los miedos de lo que podría pasar mientras estuviera ella en ese lugar para esa audiencia con el rey. Adelaar no la quería a ella ni ella quería a Adelaar, por eso había salido huyendo del reino en cuanto se hubo recuperado de aquella enfermedad rara que le habían dicho que tenía.
Rukia no se movió de la cama a pesar de escuchar el ruido que hacían sus amigos al subir por las escaleras, ella simplemente estaba mirando aquél techo viejo y lleno de telarañas mientras sus dedos acariciaban distraídamente las cicatrices en su abdomen. La mayoría de ellas ya se habían borrado, solo quedaba una que le recordaba que Adelaar no la quería.
La puerta de la habitación se abrió con demasiada fuerza y Rukia se levantó de inmediato de la cama con un palo que mantenía junto a ella como medio para defenderse. El haber viajado a las Tierras del Ocaso y haber vivido ahí, le habían enseñado que no todo el mundo era bueno.
— Pero qué…
Rukia no logró terminar aquella pregunta, el cochero estaba parado en la puerta, sujetando precariamente a Renji para no terminar ambos en el piso, y parecía que ambos se habían puesto a tomar como si no hubiese mañana. Yuki por el contrario, solo se veía cansada y preocupada de que los hombres no terminaran de llegar a las habitaciones de la posada.
— Aquí es… pequeña Yuki… descansa…
La voz de Renji sonó torpe y pastosa, arrastraba las palabras y parecía que no podía enfocar la vista en una sola cosa. Rukia, que aun sostenía el palo con una mano, se acercó a la puerta y la cerró frente a Renji y al cochero de un golpe, y usó el palo como traba para que la puerta no pudiera ser abierta de nuevo desde afuera.
— Les dije que no bebieran tanto pero no me hicieron caso.
Se excusó Yuki algo apenada pero Rukia solo negó con la cabeza asegurando que no se debía de preocupar por eso. Ella sabía bien como se ponía Renji cuando se pasaba de tragos aunque no era habitual en él; solo lo hacía cuando algo lo preocupaba demasiado por demasiado tiempo.
— Está bien, vamos a dormir. ¿Te divertiste en la fiesta? — Preguntó Rukia con un poco de ánimo en la voz, curiosa por saber si la pequeña se había divertido aquella noche.
Yuki le contó en susurros lo que había visto y lo que se había divertido en el lugar, comiendo dulces y viendo gente haciendo representaciones en la plaza sobre la primavera hasta que las dos se quedaron dormidas en la cama.
La pesadilla volvió a Rukia y, como siempre, ella la olvidó al abrir los ojos.
Rukia se quedó en la cama pensando en si realmente significaban algo aquellos sueños que no podía recordar, en si el volver a Adelaar le activaba las pesadillas como una señal de que debía de mantenerse alejada del lugar y que ella estaba ignorando; pero aunque quisiera no podía irse. En esos momentos seguramente el rey ya debía de saber que ella estaba ahí, el hombre parecía siempre saber todo menos si un miembro de su consejo es un traidor o no; además, Rukia tenía que terminar esa misión autoimpuesta.
Después de que Rukia y Yuki estuvieron vestidas para ese día, fueron a buscar a Renji a su habitación pero nadie les abrió. Rukia supuso que él estaría abajo comiendo algo para la resaca que debía de tener en ese momento y ya no insistió en seguir golpeando la puerta. No era tarde, tenía poco de haber amanecido y la gente estaba empezando a andar por el lugar así que no se sorprendió de ver que en el comedor de la posada hubiese poca gente.
— ¡Mi lady!
La voz del cochero le llamó la atención a Rukia y le sorprendió el verlo listo para iniciar el día aunque tenía un poco hinchados los ojos. Rukia y Yuki se acercaron a donde estaba el cochero, que le hizo una seña al niño que andaba sirviendo cuencos de sopa y pan a los otros que estaban ahí. Rukia buscó con la mirada a su amigo pelirrojo pero no lo encontró por ningún lugar y se preocupó. De nuevo ese miedo hizo latir su corazón.
— Buenos días. — Saludó Rukia al cochero al sentarse en la mesa donde él estaba sentado. — ¿Y Renji?
— El señor Abarai está dormido. Anoche ganó una apuesta de quién podía beber más y creo que no despertará hoy, al menos no pronto.
Comentó el cochero mientras el niño ponía frente a ellos unos cuencos de sopa caliente de cebolla y pan. Rukia iba a protestar porque no tenían suficiente dinero para pagar sopa con pan pero el cochero negó con la cabeza sin dejar de sonreír.
— Permítame invitarles, mi lady. El señor Abarai me hizo ganar muchas monedas anoche.
— Pero… ¿Y sus cosas?
— No se preocupe por eso. Fueron muchas monedas y siempre hay ofertas si se sabe en dónde buscar.
Explicó el cochero y, aunque no convenció mucho a Rukia su explicación, aceptó la comida porque tenía hambre. No había cenado la noche anterior y el estómago pedía a gritos algo caliente para comer.
Terminaron de comer cuando el sol ya empezaba a calentar y la gente empezaba a entrar con más frecuencia a la taberna de la posada. El cochero les había contado lo que habían hecho la noche anterior y lo que compraría para su pequeña hija al volver a Bosque Oscuro. Se veía emocionado, y así pagó las sopas que habían comido.
No esperaron a Renji sino que le dejaron un recado con el niño a cambio de una moneda de cobre y partieron hacia el palacio. Rukia se seguía preguntando si el palacio se llamaba Adelaar por la ciudad o la ciudad se llamaba Adelaar por el palacio. Nunca lo había sabido y prefería mantenerse ocupada pensando en trivialidades mientras llegaban a la puerta principal de los terrenos del palacio que en pensar en aquellos nombres.
El cochero entregó el pergamino con la invitación del rey y esperaron un rato que les pareció eterno hasta que los dejaron entrar. Rukia recordaba cuando estuvo por primera vez en esa puerta con la abuela de Yuki como su nana, y como se sorprendió al ver lo grande que era y lo mágico que le parecía.
A Rukia le hubiese gustado ver la cara de Yuki al ver el palacio, se preguntaba si había puesto esa misma expresión de asombro que recordaba en ella al verlo por primera vez, pero Yuki estaba sentada junto al cochero. Ella había pedido ir ahí, quería ver el camino y no perderse nada de lo que era esa visita a la capital del reino ya que no sabía cuándo volvería a ese lugar.
Rukia entendía esa emoción.
Mientras más se acercaban a la entrada principal del palacio más recordaba Rukia del día que llegó a ese lugar. Ella era una niña ingenua y soñadora que pensaba que vivir en el palacio sería como en uno de los cuentos que su madre le contaba. Su hermano se había quedado con su madre en Bosque Oscuro siendo el señor mientras su padre servía en el Consejo privado del rey.
Si Rukia hubiese sabido que ese abrazo de despedida que le dio a su madre sería el último, la habría abrazado más fuerte.
El coche se estacionó y ella respiró profundo para armarse del valor que necesitaba. El cochero le ayudó a bajar y de nuevo volvió a ver de cerca el palacio de Adelaar. Rukia se quedó sin aliento; el lugar era imponente como ella lo recordaba, e incluso más por la ansiedad que le causaba estar ahí.
— Bienvenida a Adelaar, mi señora de Bosque Oscuro. Soy Loly Aivirrne, la Dama de las Llaves.
Se presentó una mujer con el cabello largo y negro, y unos ojos violetas que eran más claros que los de ella; casi le parecía que eran rosados con la luz. La mujer estaba ahí, parada frente a las grandes puertas dobles del palacio con un vestido negro que resaltaba sus curvas y un medallón de plata sobre su pecho con un ciempiés con dos piedras similares al color de sus ojos en la cabeza.
Todo en ella gritaba que era una extranjera.
— Soy…
— Rukia Kuchiki, la Señora de Bosque Oscuro. La esperábamos ayer.
— No sabía que debía venir directamente al palacio. — Se excusó. La mujer solo la vio de arriba abajo antes de responder que fueran con ella porque el rey la estaba esperando.
Rukia y Yuki siguieron a la Dama de las llaves por la enorme entrada del palacio. Yuki miraba todo con los ojos muy abiertos, como si quisiera conocer cada grieta en la piedra y cada color en los tapices que adornaban las paredes. Rukia conocía el palacio y sabía para donde conducía el pasillo por donde la Dama de las Llaves las llevaba.
— Pensé que iríamos a la Cúpula.
— No, el Rey la está esperando en el patio de ejecución.
Aquellas palabras hicieron que el instinto de Rukia gritara por salir de ahí. Ese lugar nunca traía nada bueno. Rukia miró a Yuki, que había dejado de caminar y el miedo se reflejaba en sus ojos, y eso solamente hizo que se miedo se hiciera más grande. ¿Cómo había sido tan tonta para ir a su muerte por su propio pie? Antes de llegar a la salida al patio de ejecución había un guardia que la miraba y miraba a Yuki que parecía estar a punto de llorar.
— La niña se debe de quedar con el guardia. Lo que va a pasar no debe ser visto por una niña.
Habló la Dama de las Laves y el guardia se movió sujetando a Yuki de los hombros. La niña se resistió entre lágrimas tratando de que Rukia no fuera a ese lugar pero la pelinegra se deshizo del agarre de manera suave.
— Está bien. Sabía que algo así pasaría. — Rukia volteó a ver a la Dama de las Llaves que parecía impaciente. — ¿Ella estará bien?
— Claro. El guardia la cuidará.
Fue lo único que dijo aquella mujer y Rukia asintió, se acercó a Yuki que estaba llorando y le limpió las lágrimas para después darle un beso en la frente. No dijo nada, sentía que decir algo estaba de más y en ese momento no se le ocurría que decir; el nudo en su garganta incluso le impedía hablar.
— Vamos, el rey la está esperando.
Volvió a decir la Dama de las Llaves y Rukia la siguió sabiendo que iba directo y sin resistencia a su muerte. Tal vez era eso lo que sus pesadillas, aquellas que no podía recordar, le estaban tratando de decir, y que ella se había negado a escuchar. Se limpió discretamente las lágrimas que habían escurrido de sus mejillas antes de que estuviera en presencia del rey.
Si ese sería el día de su muerte, ella lo enfrentaría con valor; lamentaba muchas cosas, pero se resignó a que nada, nunca, sería bueno y justo con ella. Solo deseó con todo el corazón que Yuki escapara de la capital con Renji, con el cochero, y que nunca deseara volver a ese lugar.
— Su majestad, la Señora de Bosque Oscuro está aquí.
La Dama de las Llaves habló haciendo que el rey volteara a verla y fijara su mirada en Rukia. El hombre seguía sin cambiar, quizás una cicatriz más o una arruga más pero seguía siendo el mismo que condenó a su padre y su hermano a muerte. La idea de suplicar por su vida llegó a su mente pero no podía emitir una sola palabra y por un instante se sintió congelada hasta que el rey habló.
— Señorita Kuchiki. Nos ha hecho esperar demasiado.
Aquella voz le recordó el momento en que el rey dictó la sentencia a su padre y a su hermano, el espiral de terror y sufrimiento que sintió en ese recuerdo fue tan vívido que Rukia sintió que se ahogaba en ese momento. Rukia tuvo que hacer acopio de todas las fuerzas que restaban en su ser para no quebrarse ahí mismo, y le hizo una reverencia al rey antes de hablar.
— Su majestad, lo siento.
— No importa. Traigan a los prisioneros.
La orden que dio el rey confundió a Rukia. Ella estaba lista para enfrentar el filo del verdugo, pero parecía que ella se estaba apresurando a los acontecimientos y su destino no sería morir en ese día. Su corazón, que no había dejado de latir con fuerza, primero ante el miedo y después ante la sorpresa, la hizo levantar una plegaria silenciosa a las Deidades por permitirle seguir viviendo un día más.
En momentos así, aunque ella había renunciado a las Deidades cuando estuvo en las Tierras del Ocaso, la costumbre volvía sin siquiera notarse. Cuando Rukia fue consciente de la situación, fue que pudo darse cuenta de que había un par de hombres arrodillados frente a ella, siendo sostenidos por los soldados y que le estaban pidiendo su perdón antes de enfrentar a la justicia del rey.
Rukia no entendía aquello e instintivamente levantó la mirada al rey, que no la veía a ella sino a algún punto en algún lugar que Rukia no quiso descubrir, y de nuevo bajó la mirada a los hombres que eran arrastrados hasta el tocón de madera donde sería impartida la justicia del rey.
¿El rey la había llamado para contemplar una ejecución? ¿Era una especie de broma cruel hacia ella? Rukia no sabía que pensar, pero todo su cuerpo temblaba ante el recuerdo de lo que pasó con su padre y su hermano, porque en ese momento la memoria estaba tan nítida que incluso pudo escuchar el susurro de su padre diciéndole que fuera valiente.
— Señorita Kuchiki, — habló el rey atrayendo su atención, alejándola por un segundo de aquél recuerdo tan doloroso que parecía estar reviviendo con demasiada intensidad. — Como la Señora de Bosque Oscuro, es su deber presenciar la justicia del rey. Estos hombres son los responsables de la ruina de su familia. Su lengua fue aquella que envenenó los oídos de la gente y por ellos fue que su familia cayó en desgracia. La verdad tarde o temprano se sabe y es lamentable que esta vez haya sido tarde…
Rukia escuchó las palabras del rey en una especie de lejanía que hizo que poco a poco se perdieran en un infinito del cual no había manera de escapar y fueron reemplazadas por un zumbido que sonaba en su oído. Ese par de hombres eran los causantes de todas sus desgracias. Ella los conocía, los había visto varias veces con su padre hablando asuntos del reino y de la vida. No entendía por qué ellos. No entendía la razón.
Rukia estaba temblando, no sabía si de rabia, de enojo o de miedo, pero quería ir con esos hombres, sujetarlos de los hombros y exigirles una respuesta. Necesitaba escuchar por qué por su culpa su familia había quedado destrozada hasta el punto de dejarla completamente sola. Rukia necesita una razón para que todo el sufrimiento que había pasado tuviera una justificación lógica y razonable.
Cuando Rukia estuvo a punto de dar un paso hacia esos hombres, la voz del rey volvió a ser audible en sus oídos. El hombre seguía hablando.
— Es por eso que bajo los cargos de traición al reino y conspiración serán ejecutados este día bajo la mirada de la agraviada.
Fue en ese instante que el verdugo levantó el hacha ejecutora por sobre su cabeza y la dejó caer dos veces cortando las cabezas de aquellos hombres de un solo tajo, haciendo que cayeran sobre la canasta puesta para recogerlas, cumpliendo así la justicia del rey.
La Dama de las Llaves tenía razón, esa escena era algo que no debería de ver una niña pero con ella no tuvieron la misma consideración. Ella vio a su padre y a su hermano perder la cabeza en ese lugar, ella fue obligada a verlos mientras suplicaba piedad a un rey que ni siquiera la escuchó, y luego… luego los restos mortales de su padre y su hermano fueron llevados a un lugar que nadie quiso decirle.
Eran traidores, ni siquiera merecían la piedad que se otorgaba después de la muerte y no se les permitió regresar a Bosque Oscuro.
— ¿Dónde están?
Rukia aún estaba temblando, pero su corazón necesitaba una respuesta y su boca no dudó en ejecutar la pregunta. Su vista estaba nublada por las lágrimas, no quería ver al rey, no quería que aquél hombre viera más de aquél sufrimiento que ella fue condenada a vivir; como si ella hubiese cometido un enorme pecado.
Su único pecado fue soñar, y ese sueño tuvo un costo demasiado alto.
— Su majestad, los restos de mi familia, ¿dónde están?
Volvió a preguntar Rukia tratando de contener las ganas de llorar. A pesar de lo dicho por el rey, ella sabía que la muerte de esos hombres no le regresaría a su familia ni borraría el dolor que le causó su decisión. Se suponía que el rey y su padre eran amigos, su padre era el confidente del rey. Se suponía que el rey lo conocía y confiaba en él. Rukia seguía sin entender por qué el rey mató a su padre.
El exilio habría sido suficiente. El exilio habría sido piadoso.
— La Dama de las Llaves la llevará.
Fue lo único que dijo el rey antes de darse la media vuelta e irse de aquél patio de ejecución. Rukia solo asintió y una pequeña esperanza de al fin poder regresar los huesos de su padre y su hermano a su casa se hacía presente en su corazón que clamaba por una pizca de bondad de parte de aquél hombre.
La Dama de las Llaves la llevó a una tumba cerca del risco en un espacio árido previo al bosque real. No tenía las ceremonias que llevaban las tumbas de los señores nobles del reino pero se alegró de que al menos estuvieran enterrados bajo el símbolo de las Deidades aunque no fuera en tierra sagrada.
Rukia rezó y lloró frente a la tumba de su padre y de su hermano, pidió a las Deidades que fueran benevolentes con sus almas y rezó a la Sombra para que los guiara al paraíso. Su corazón dolía y al mismo tiempo sentía que una de todas aquellas heridas podría al fin sanar.
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