Capitulo 3: Festival de Luna


Ichigo estaba remojado en la enorme bañera que había en los baños privados del rey, pensando en el mensaje y en el mensajero que tuvo que ejecutar en la madrugada para que nada saliera mal en sus planes, cuando entró Kaien cubierto solo con una toalla y sin la expresión jovial y alegre que siempre dejaba ver a las personas que lo rodeaban.

Ichigo levantó la mirada hacia su hermano y dejó de pensar en las cosas que tenía que hacer para cumplir esas viejas promesas.

— Solo es el festival de primavera. No sé por qué te enojas. — Kaien comentó al ver que Ichigo tenía las cejas juntas en señal de enojo.

Ichigo se levantó de la bañera y se cubrió con una toalla para darle paso a su hermano; de igual manera, él había terminado de bañarse mucho tiempo atrás y solo se encontraba ahí, pensando en las situaciones que debía provocar para que todo fluyera bien.

— Lo último que me gusta es tener la casa llena con gente aduladora. — El enojo en la voz de Ichigo era palpable. — ¿Tres días? ¿Es en serio? Tres malditos días soportando las miradas aduladoras de esa gente que espera algún favor de nuestro padre. Es más de lo que habitualmente puedo soportar, y mira que soporto bastante.

— Tres días es lo que dura el festival y lo sabes. — Kaien se estaba acomodando en la bañera para empezar a bañarse.

Ichigo solo miró mal a su hermano antes de dirigirse a la puerta para salir de ahí. Él sabía perfectamente que el festival duraba tres días pero siempre lo hacían en la plaza principal de la ciudad, no entendía la razón de invitar a nobles y lame botas al palacio; parecía que lo hacían a propósito para darle más trabajo en esos días.

— No te quiero vestido como soldado, Ichigo. No me arruines la noche, eres mi hermano, el príncipe de Avanta y el Comandante en Jefe del reino. Compórtate como tal.

— Si, su alteza. — Respondió Ichigo de manera mordaz haciendo una reverencia que hizo sonreír a Kaien.

Si todos vieran al Kaien que él veía cuando estaban solos no lo adorarían tanto como lo hacen. Kaien era en verdad un hijo de puta.

— Y tu hijo…

— Mi hijo viene conmigo. — Habló Ichigo de manera tajante. — Ya tuvimos esta plática. Kaien ¿En serio temes por tu corona? Todo mundo sabe que eres el príncipe de la corona, el heredero de Avanta, el que va a dar pequeños príncipes y princesas que heredarán al reino cuando crezcan. ¡Deja a mi hijo en paz! ¡Es solo un niño! Y no creas que he olvidado lo que intentaste hacer.

— Bien. — Soltó Kaien malhumorado por el rumbo que había tomado la plática.

Kaien se hundió en el agua dando por terminada la conversación, e Ichigo se fue de ahí, también malhumorado por aquella pequeña confrontación, a su habitación para poder vestirse.

Ichigo era el príncipe del reino y por siempre lo sería; también era el Comandante de las fuerzas del reino, y cada vez la idea de abdicar al trono le parecía mejor. El tomar a su hijo e irse de ahí para trabajar en una granja nunca le había parecido tan tentadora como en esa ocasión, porque si todo salía mal, no solo su cabeza iba a rodar por traición, sino también la de su hijo.

El príncipe dejó escapar una risa sombría cuando estuvo a solas en su cuarto viendo su ropa lista para ponérsela. Ichigo sabía perfectamente que vivir como campesino era una locura porque él no sabía trabajar la tierra. Él era un militar, él sabía de armas y estrategias; era joven pero ya había ido a la guerra y vuelto con más victorias de las que su hermano podría presumir.

En el fondo, Ichigo sabía la verdadera razón para no abdicar al trono. Su hijo. Si se quitaba de la línea de sucesión el siguiente era su hijo, y lo último que quería era volver a ponerlo en peligro solo por la condición de su nacimiento.

Ichigo terminó de vestirse, pensando en aquellas situaciones a las cuales no les encontraba más solución más seguir el camino que la vida designó desde su nacimiento, y se puso el anillo que lo acreditaba como el príncipe del reino. La celebración de primavera era una fiesta formal, sin embargo se colgó una espada corta a la cintura con el suficiente filo para rebanar la garganta de alguien si ese alguien se tropezaba accidentalmente con el filo.

— ¡Papá! — Gritó un niño pequeño que entró corriendo a su habitación como si fuera un pequeño huracán.

Ichigo sonrió por eso y lo levantó en cuanto aquél niño estuvo en sus brazos. Tenía el cabello negro, como las alas de un cuervo, y los ojos color miel, idénticos a los suyos. Ellos eran tan parecidos que no había forma de decir que ese niño no era suyo.

El rey se negó a aceptar al niño en cuanto Ichigo regresó al castillo con ese pequeño niño en brazos. Lo primero que había dicho el rey fue que ese niño ni siquiera debía ser su hijo y que seguramente la mujer lo había engañado, pero el rey tuvo que morderse la lengua cuando Ichigo le dijo que se había casado en secreto con la madre y que ese pequeño niño había nacido dentro de un matrimonio bendito.

Entonces, lo segundo que dijo el rey fue que ese niño debía morir por ser el símbolo de la traición y rebelión. Matar a ese niño sería la única forma de perdonarle la vida a Ichigo por su enorme traición al reino y a las tradiciones ancestrales.

Pero nada de eso pasó.

Ni Ichigo ni su hijo fueron ejecutados por traición, pero Ichigo sufrió el castigo del rey por desobedecerlo de aquella manera. Ichigo había sido azotado tantas veces en la espalda, que era en verdad un milagro que él estuviera vivo, también desde ese día había una espada colgando sobre su cabeza y la de su pequeño hijo.

— Veo que estás listo, mi pequeño príncipe.

— ¡Si, papá! Orihime me dijo que tenía que portarme bien.

— Orihime es muy sabia. Debes hacerle caso en lo que te diga.

— ¡Si señor! — El pequeño niño hizo un saludo solemne pero era pequeño para hacerlo bien.

Ichigo le dio un beso en la frente a su pequeño hijo y lo bajo para que el niño caminara tomado de su mano. Era pequeño, estaba por cumplir seis años en verano, y sentía que pronto él correría solo por el mundo. Su hijo era muy pequeño e inocente para la terrible vida en el palacio que le podía esperar solo por ser su hijo.

De nuevo se preguntó si lo que hacía estaba bien, si todo valía la pena y si no era mejor huir de ahí como debió hacerlo cuando se enteró que aquél niño venía al mundo.

— ¡Pequeño príncipe! — La voz de Orihime llegaba desde uno de los pasillos por donde aún no habían pasado y el pequeño se escondió detrás de su padre. Ichigo se sorprendió por eso pero fue inevitable sonreír por aquella acción.

— No dejes que me encuentre, papá. Quiere que me coma las verduras. — Dijo el niño con esa pequeña voz de culpa por haber huido de la comida. Ichigo sonrió de nuevo y lo volvió a tomar en brazos.

El niño se escondió entre el cuello de su padre, como si ahí fuera el lugar más seguro del mundo y nadie lo pudiera encontrar, e Ichigo le acarició suavemente la cabeza.

— Su alteza. Disculpe. — Orihime apareció frente a ellos toda apenada por haber dejado que el pequeño se le escapara, le hizo una reverencia a Ichigo y extendió las manos para que le entregara al niño.

— Joven príncipe, debe de comer sus verduras. — Dijo Ichigo a su hijo, que se abrazó a él con fuerza para que no lo entregara a su nana. — Prometo que te daré un pastelillo extra en la cena.

Y ante aquél descarado soborno de parte de Ichigo, su hijo salió de su escondite y lo miró con una sonrisa resplandeciente en el rostro.

— Que sean dos. Ya puedo contar hasta cinco. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. — Ejemplificó el pequeño mientras levantaba sus dedos uno a uno mientras los contaba.

— Muy bien, serán dos pastelillos para la cena entonces. — Concedió a su pequeño, que sonrió al pensar que tendría dos pastelillos en la cena.

Ichigo hizo que su pequeño hijo se bajara de sus brazos y Orihime inmediatamente tomó la mano del pequeño para llevárselo a comer las verduras de las cuales había huido.

— No olvides vestirte para la cena. Cierto general quiere verte en la noche. — Comentó Ichigo de manera tranquila.

— ¡Su alteza! — Orihime se sonrojó pero asintió con la cabeza antes de irse con el niño para que comiera.

Ichigo siguió su camino y se fue a revisar a los soldados que iban a estar dentro del palacio y el jardín, procurando la seguridad de los que estaban llegando al palacio y del rey. Él seguía sin entender por qué había tanto revuelo ese año, era demasiado y era exagerado, incluso para su padre que le encantaba la fiesta. Debía de haber una razón para tanto alboroto, no podía ser solamente por el amor a la fiesta.


El vestido delante de ella era simplemente hermoso. En ese momento que lo admiraba de cerca pensaba que no lo había visto con todos los detalles cuando estuvo colgado en la tienda de la costurera. La tela era suave, casi líquida entre sus dedos. Los zapatos eran hermosos también, le quedaban un poco grandes pero no lo suficiente como para no poder usarlos y el tocado de piedras azules parecía costoso y antiguo.

— Mi lady, debe ponérselo. Lo enviaron para usted. Alguien quiere verla bonita en la cena.

— ¿Tú crees? — Preguntó Rukia levantando la ceja y volteando a ver el vestido.

Era hermoso. Rukia no recordaba haber tenido un vestido como ese nunca en su vida y no aspiraba a tenerlo. Había cosas más importantes que vestirse de esa manera tan elegante. Un vestido así no lo podría usar en Bosque Oscuro porque se rompería en cuanto ella se pusiera a hacer los deberes del día.

— Definitivamente sí.

— Entonces no lo voy a usar. — Sentenció Rukia y dejó el vestido cuidadosamente doblado en la caja en la que vino junto con los zapatos y el tocado.

Volvió a leer la nota como esperando que mágicamente apareciera algo más pero eso no ocurrió. No decía quién la enviaba, y Yuki la miraba sin comprender por qué había dicho eso. Rukia adivinó la pregunta al verla.

— Eres muy joven para entender estas cosas. Ayúdame a ponerme el vestido más feo de los tres. — Dijo señalando un vestido café que parecía más la corteza de un árbol muerto que un vestido.

La tela era dura y guardaba cada arruga que se la hacía al ponérselo. Rukia se puso sus zapatos, los únicos que tenía y con los que había llegado, y Yuki la ayudó a polvearse la cara un poco.

— Si, con esto será suficiente. Hermosa para compartir la mesa con el rey. — Rukia se miró en el espejo de cuerpo entero que había en la habitación contemplando la obra.

Ella era la representación de la bondad y justicia del rey de Avanta, desde la miseria y el sufrimiento hasta el incómodo vestido que tenía puesto.

Rukia podía simplemente ponerse el vestido que le habían llevado y bajar al jardín de la cena, pero eso era aceptar que el rey tenía control sobre ella aparentando que todo estaba bien. Ella no sabía con certeza quién había mandado el vestido pero sin duda la mano de ese hombre estaba detrás de eso. Toda la corte eran apariencias y ponerse ese vestido significaba entrar en el juego de la corte.

No.

Ella era Rukia Kuchiki, la señora de Bosque Oscuro y no iba a permitir que una cena y un vestido le borraran los años de sufrimiento. El rey debía de pagar por cada cosa que le había hecho. Y tras pensar aquello llegó a una conclusión que se le había escapado entre los dedos durante toda su vida y que ni siquiera había considerado.

La venganza.

Si, el rey debía de pagar por hacerla tan miserable. Solo debía de encontrar la forma de hacerlo y esperar que el valor y la resolución siguieran ahí por la mañana. La venganza requería planeación, tiempo y medios, y Rukia ni siquiera tenía dinero para gastar en algo que fuera solo para ella.

Bajaron cuando Yuki terminó de peinarse; el vestido que ella usaba era más sencillo que el de Rukia, pero tampoco era el más bonito del mundo. Rukia sabía lo ridícula que se veía en ese vestido café, pero apretó los dientes y se dispuso a cumplir con lo que le habían obligado a hacer.

El jardín estaba bellamente decorado, con velas y antorchas que iluminaban todo el lugar; las mesas estaban decoradas con flores y con fuentes de bocadillos llamaban la atención de los invitados que asaltaban uno que otro canapé. A pesar de ser una bella fiesta y estar llena de aquella música que amenizaba el ambiente, Rukia notó que había varios soldados armados caminando a la distancia para mantener todo seguro.

Siempre todo para proteger al rey, pero ¿quién protegía a las personas del rey?

— Lady Kuchiki, sígame. — La Dama de las Llaves la interceptó mientras avanzaba por el jardín mirando la decoración. Renji no estaba cerca y no lo podía encontrar por más que los buscaba con la mirada, lo que de nuevo la puso ansiosa. — Veo que le ha gustado el vestido que le hemos proporcionado.

La Dama de las Llaves señaló el vestido feo que Rukia usaba en ese momento, y Rukia pudo ver esa sonrisa de superioridad querer aflorar de los labios de Loly pero que era retenida a base de voluntad.

Rukia supo en ese momento que la Dama de las Llaves parecía tener algo en contra de ella que Rukia no pudo comprender. Rukia ni siquiera conocía a la mujer y menos recordaba haberle hecho algo durante los dos días que llevaba en el castillo.

— El rey es muy generoso. Quería estar a la altura de la situación y pensé que este era el más bonito de los tres, aunque claro, todos son hermosos. — Habló Rukia con una sonrisa cordial controlando el impulso de querer irse de ahí.

— Maravilloso. Este es su asiento, el rey vendrá cuando ya todos estén sentados en su lugar para dar comienzo a la cena. — Loly señaló una silla bastante centrada, dos asientos alejados del rey pero lo suficientemente visible como para que todo mundo la viera con el vestido feo.

Rukia quiso gritar en ese momento.

— ¿Y mi guardia? — Preguntó tratando de encontrar algo para no pensar en el vestido y en que muchos la verían ahí, aunque no conocía a nadie en realidad.

— Está con los guardias. — Respondió Loly de manera simple y se fue de ahí tan rápido que a Rukia no le dio tiempo de preguntar más.

Rukia se sentó en la silla que estaba designada para ella y Yuki se sentó en un lugar vacío en una mesa cerca de la mesa principal donde estaba Rukia sentada.

Rukia se dedicó a contemplar toda la decoración, los farolillos, las velas y las antorchas, como si fueran la cosa más interesante del mundo; cualquier cosa que la distrajera del momento tan incómodo que estaba obligada a vivir.

Los invitados no dejaban de llegar, y Rukia se dio cuenta de que el rey y la reina ingresarían al jardín cuando los soldados tomaron sus posiciones a la distancia. Segundos después, Rukia escuchó como anunciaban al rey y a la reina, y todos tuvieron que levantarse de sus asientos para reverenciarlos.

La reina se veía encantadora con su cabello castaño cayendo sobre su espalda, luciendo la corona que relucía por el montón de piedras preciosas que la decoraban y aquél vestido hecho de una manera tan exquisita que solo la hacía parecer aún más hermosa de lo que ya era.

Decían que cada uno de los diamantes en la corona de la reina era una victoria que había logrado el rey y los rubíes eran por cada hombre que había levantado su espada contra el rey y que murieron en el intento. No había mejor manera de presumir sus victorias que coronando con ellas a su mujer.

Rukia no pudo evitar pensar si dos de los rubíes que brillaban en la cabeza de la reina eran por su padre y su hermano, o si habían añadido dos rubíes más por los dos hombres del día anterior.

Cuando el rey y la reina tomaron asiento, todos los invitados tomaron asiento también. Aun no servían la cena pero había doncellas yendo y viniendo con jarras de vino, de agua y bocadillos que todo mundo degustaba entre lo animado de la música que llenaba todo el jardín.

Ichigo vio como Kaien se ponía esa insignia del águila coronada en el pecho, la que lo destacaba como el príncipe de la corona, y puso los ojos en blanco ante el fastidio de tener que ayudarle a su hermano a ajustarse la espada que tenía mal puesta.

— Sal a conquistar el mundo, hermano mayor. — Le dijo Ichigo a Kaien con una mueca burlona que Kaien decidió ignorar porque podía y quería.

— Tú también, hermano menor. Luce tu anillo con honor. — Kaien habló sin voltear a ver a su hermano menor, respiró profundo y luego puso esa expresión de serenidad y encanto que ocultaba que era un tirano en potencia antes de salir y ser anunciado para que le llovieran los honores que tanto le gustaban.

Ichigo sabía que su pequeño hijo estaba con Orihime y que ella lo cuidaría bien así que se ajustó el traje y salió también para que lo anunciaran a los invitados antes de tomar su lugar en la mesa.

Kaien escuchó como lo adulaban los invitados y sonrió de esa manera encantadora que solo él podía dar, como si fuera el hombre más bueno del mundo. Sus ojos iban de un lado a otro mirando a los invitados hasta que se detuvieron en la mujer que estaba sentada en la mesa principal.

Kaien contuvo la respiración y el mundo se hizo humo por un segundo; nadie se dio cuenta de aquél momento en que se había perdido mirando a la pelinegra que también lo estaba mirando. Rukia estaba ahí, mirándolo fijamente. ¿Cuándo había llegado ella? ¿Cómo era que nadie le había avisado?

Kaien inmediatamente tomó su lugar en la mesa con una sonrisa en el rostro pensando en que su mujer había vuelto a donde debía de estar. A su lado. Rukia se había ido sin avisar y ya había regresado, así que tendría que hacer méritos si quería volver a estar entre sus brazos.

Nadie dejaba al príncipe heredero y se quedaba sin castigo, y el que Rukia estuviera de nuevo ahí le parecía condenadamente perfecto, sobre todo porque estaba sentada solo un lugar más allá de donde él estaba sentado.

Rukia estaba pálida, la sangre se le cayó a los pies al ver a Kaien. ¿Por qué había olvidado que él también estaría ahí? Sintió la furia correr por todo su cuerpo al verlo y ver esa sonrisa tan cínica en su rostro. Rukia quería desaparecer de ahí.

De un momento a otro llegó a la conclusión de que quizás fue Kaien quien le mandó el vestido, y de nuevo se alegró de no habérselo puesto esa noche. Rukia nunca más se volvería a vestir para él, nunca.

Rukia estaba considerando huir de ahí sin importar que el rey le cortara el cuello por desobedecerlo, simplemente no podía compartir la mesa con ese hombre y no quería hacerlo; Kaien la asustaba, él era cruel.

Las Deidades debían de estar burlándose de ella en ese momento, Rukia no tenía otra explicación para todo lo que pasaba más que eso; las Deidades se burlaban de ella.

Ichigo fue anunciado para tomar su lugar en la mesa, y de nuevo, las mujeres que habían suspirado por su hermano lo adularon a él. Ichigo mantenía su rosto serio, como si se tratara de un asesino a sueldo, mientras tomaba asiento en la mesa de sus padres, junto a su madre.

Él había visto a Rukia y lo que notó fue que ella estaba vestida con aquel horrible vestido café que no le iba bien. Entrecerró los ojos con molestia, pero por más que trato de captar su mirada, ella no lo veía a él sino que parecía más concentrada en su Kaien.

Ichigo se habría molestado por aquello pero no lo hizo.

Los ojos de Rukia estaban gritando el deseo de ella por salir de ahí. Obviamente ella recordaba todo lo que había pasado con su hermano y lo último que se podría querer era estar en la misma mesa que él. Rukia era una de las pocas personas que en verdad veían a través de la máscara de su hermano y que sabían que Kaien era un hombre cruel.

— Bien. — Habló el rey mirando a todos sus invitados — Podemos dar inicio a la cena de la última noche de invierno.

La mesa del rey fue la primera en ser servida cuando el rey ordenó que iniciara la cena. Rukia ya no prestaba atención a las doncellas que servían la comida y la bebida, no prestó atención a los platos que sirvieron frente a ellos en porciones generosas, incluso el vestido feo que tenía puesto había pasado a la historia. El hambre se había vuelto cosa del pasado.

Toda su atención estaba en no salir corriendo de esa cena.

Kaien estaba ahí. ¡Ahí! Solo los separaba la Dama de las Llaves que había llegado a sentarse entre ellos justo antes de que él llegara.

Rukia conocía a Kaien y todo su cuerpo pedía a gritos irse de ahí. Había visto los ojos del hombre en ella y la forma en la que él sonrió por un segundo, antes de dedicarse a saludar gente en una actitud que dejaba ver que era noble y generoso, la hizo temblar de miedo.

Kaien fingía muy bien ser un hombre noble y generoso, como se suponía debía ser el futuro rey de Avanta, y a Rukia no le quedó duda que él había practicado eso durante mucho tiempo.

Rukia sabía cómo era Kaien en verdad, y él no era noble ni generoso, y se reprendió por haberse olvidado de Kaien. En su cabeza, ella solo iba a ver al rey y nada más; no se incluía una cena, ni una fiesta, solo ver al rey. Era por eso que su mente no había pensado en que se encontraría a Kaien.

Lo último que Rukia quería era verlo a él.

Ella escuchaba como Kaien hablaba con el rey, pero su voz sonaba más distante que lo que en verdad estaba, las manos le sudaban y su corazón latía dentro de su pecho de forma descontrolada. Rukia maldijo a Kaien por trastornar su vida de esa manera a pesar de que hubiesen pasado tantos años; lo maldijo por afectarla de esa manera y por hacerla querer huir de todo de donde él estuviera presente.

Rukia buscó con la mirada a sus amigos, y encontró a Yuki junto a Renji en una mesa un poco más alejada de donde Yuki estaba sentada inicialmente. Los veía comiendo y riendo como si nada hubiese pasado, como si no la hubiesen visto cuando Kaien entró; como si ellos no pudieran ver en su mirada la incomodidad por estar ahí sentada.

No, ellos no la veían porque ellos no sabían lo que ella había pasado en Adelaar, ni tenían por qué saber que el hombre la ponía mal.

Rukia se obligó a comer entre la risa de Kaien y los nervios que se le disparaban cada vez que el hombre hablaba. Incluso estuvo a punto de tirar su copa con aquel vino dorado que creaban en los viñedos del reino, pero la ágil mano de la Dama de las Llaves lo impidió sujetando la copa antes de que el líquido se derramara sobre el lujoso mantel.

— Cuidado, señora de Bosque Oscuro. — La mujer sonrió evitando el accidente. — Recuerde que estamos en la mesa del rey.

Era una advertencia.

¿La mujer la creía tan estúpida? Rukia sonrió amargamente cuando la mujer había vuelto a sus asuntos y comenzó a ignorarla de nuevo.

Si, Rukia debía ser estúpida por haber estado ahí en contra de su voluntad y no tener la fuerza para negarse al rey. Perder la cabeza sonaba tan tentador en ese momento, solo tenía que insultar al rey, golpear a Kaien o armar un escándalo y sería llevada a los calabozos y usada como sacrificio a las Deidades o recibiría la justicia del rey, pero ver que Yuki y Renji estaban tan felices en aquella fiesta, evitó que ella hiciera una locura.

La música se hizo presente de nuevo en su oído cuándo el rey dijo que haría el primer baile de la noche con la reina. Rukia había perdido el mundo por culpa de Kaien, y no podía dejar que el hombre la trastornara así; no podía ser tan débil.

Rukia vio el primer baile del rey y la reina, y después vio a los demás invitados unirse entre risas y sonrisas al baile. Sus amigos estaban ajenos a todo, disfrutando la fiesta y la comida, y Rukia no tuvo el corazón para sacarlos de ahí para arrastrarlos a su infierno personal. Ella se levantó dispuesta a regresar a su habitación, pero la mano de un hombre invitándola al baile la detuvo. Rukia rogó a las Deidades que no fuera Kaien, pero las Deidades estaban haciendo oídos sordos a sus peticiones ese día.

— Vamos querida, concédeme un baile esta noche. — Pidió Kaien frente a ella con una sonrisa en los labios que seguramente todas las mujeres en esa fiesta desearían que él les diera.

Kaien no había bajado la mano y estaba esperando la suya, y a Rukia el corazón le latía con fuerza. Él le había dicho "querida" como si no hubiesen pasado años. Él le decía "querida" como si ella fuera suya.

— Su alteza sabrá disculparme, me siento indispuesta esta noche. — Habló tan tranquila como pudo aunque el cuerpo le estaba temblando del enojo y del miedo.

Rukia pudo ver como Kaien juntaba las cejas en señal de enojo por su respuesta. Era obvio que no esperaba una negativa. ¿Quién en su sano juicio se negaba al príncipe heredero? La Rukia de antes, la que había llegado ilusionada a Adelaar, no habría dudado en tomar la mano del príncipe pero esa Rukia había muerto. El hombre frente a ella lo único que le causaba era querer huir de ahí.

— Insisto.

Kaien habló con esa sonrisa tan peligrosa en los labios que Rukia conocía bien, y la tomó de la mano con fuerza arrastrándola a la pista de madera que habían puesto para que bailaran los invitados. Rukia ni siquiera pudo soltarse del agarre de Kaien, que era tan fuerte y posesivo que la lastimaba, por más que lo intentó. Todo mundo estaba con los ojos en ella. Claro que en ella y no precisamente por el vestido feo que cargaba. Ella estaba bailando con el príncipe de la corona, el futuro rey de Avanta.

El hombre al que no se le debía decir "no".

— Con esa forma, no hay como negarse. — Rukia habló con amargura antes de que él la hiciera girar entre sus brazos. Todo mundo los veía así que aprovechó para pisarle los pies cuando volvió a acomodarse y seguir la música. — Su alteza sabrá disculpar, hace años que no bailo.

Rukia aprovechó que el hombre que la había obligado a bailar no podía poner mala cara ante ella en ese momento o sería duramente criticado.

— Es una de las muchas cosas por las que debes de empezar a pedir perdón, mi amor. — Soltó con esa sonrisa que le hizo tener un escalofrió en la espalda a Rukia.

— ¿En verdad? — Preguntó levantando una ceja cuando el escalofrío pasó y le piso de nuevo el pie esa vez con más saña. — Tiene razón. Me disculpo por eso también.

La música se detuvo en ese momento y Rukia aprovechó para irse de ahí, no le importaba lo que podrían decir de ella, solo quería alejarse de aquél hombre que le causaba terror. Con suerte dejarían que se fuera al día siguiente solo por haber dejado al príncipe heredero plantado en la pista de baile. Ella esperaba que Kaien se enojara lo suficiente para ser él mismo el que pidiera que ella se marchara de ahí por atreverse a dejarlo solo, sin embargo, Rukia no vio como la Dama de las Llaves tomaba su lugar de una manera tan magistral que su presencia o ausencia no habría sido notada por alguien más que Kaien y Loly.

Ichigo estaba sentado en la mesa junto con su hijo, que festejaba tener los dos pastelillos que le habían prometido en la tarde, porque Orihime estaba bailando con el general que la pretendía; la chica no se fue hasta asegurarse de que el pequeño príncipe había comido y aquello, aunque alegraba a Ichigo, molestaba al General.

A Ichigo no le gustaba que la fiesta fuera en el palacio pero debía de admitir que la noche había sido divertida, sobre todo porque Rukia dejó a Kaien solo en la pista de baile después de pisarle los pies al bailar, e Ichigo se prometió a sí mismo no olvidar la cara de Kaien en el momento en que se quedó solo.

Uno de los soldados que vigilaban la fiesta se acercó a él y le hizo saber que todo estaba en orden, así que Ichigo sintió que podía darse un momento libre y llevar a su hijo a su habitación para que descansara. Juha aún era muy pequeño para desvelarse en ese tipo de fiestas donde lo más seguro es que terminaría en descontrol total a causa del alcohol.

— Es hora de dormir, pequeño príncipe. — Le dijo a su hijo, que ya se había acomodado sobre sus piernas y bostezaba de una manera que solo un niño podría hacer.

— Si papi. — Musitó el niño pero no se bajó de donde estaba acomodado, sino que se acomodó mejor entre los brazos de su padre y cerró los ojos para poder dormir ahí.

— Nosotros nos quedaremos un rato más, acuesta a tu pequeño. — Habló su madre con una sonrisa. Ichigo asintió y se levantó con su hijo en brazos para retirarse de la mesa.

Su madre había sido más tolerante cuando él llegó con el niño en sus brazos. Debía de ser algo que tienen las madres que saben, por instinto, que la cría frente a ellas es de su sangre. Ella llenaba al pequeño Juha de regalos y mimos porque era su primer nieto; no era de la forma en que ella había deseado que sucedieran las cosas, pero lo amaba.

Ichigo caminó por el sendero de piedras hasta entrar al palacio con su hijo en brazos que fingía dormir. Cuando estuvieron solo en un pasillo, Ichigo le hizo cosquillas a su pequeño hijo, que resistía muy bien el impulso de reírse.

— Sé que estás despierto, pequeño príncipe. — Le dijo a su hijo que seguía apoyado sobre sobre su hombro. Juha había comido mucha azúcar como para dormirse temprano.

— ¡Sorpresa! — Exclamó Juha, riendo como solo saben hacer los niños antes de bajarse de los brazos de su padre para caminar junto con él sin soltarle la mano.

— Por un momento pensé que estabas dormido. Me siento engañado. — La voz de Ichigo era divertida, ni siquiera tenía nota alguna de regaño a su hijo.

— Me aburrí. No hay niños ahí y Orihime se fue con su novio. — Juha levantó los hombros, como suelen hacer los niños que explican algo que les molesta. Ichigo simplemente juntó las cejas por aquél comentario.

— Eres muy joven para saber de esas cosas. Orihime solo es muy amiga del general.

— No. — Rebatió inflando sus mejillas. — Orihime me ha contado historias muy raras. No hay sangre, ni espadas ni guerras. Solo cosas de princesas que besan a príncipes. Ya le dije que no quiero eso, yo quiero que me cuente historias de guerra, como cuando te vas con el abuelo y vuelves y la gente te aclama porque eres muy fuerte.

Comentó Juha con una sonrisa, completamente emocionado. Ichigo solo sonrió por eso pero negó un poco mientras caminaban por aquél pasillo interminable.

— Aun es muy pronto para esas historias.

— ¡No!

— Si, pero pronto irás conmigo a la guerra y vivirás esas historias. — Prometió Ichigo de manera solemne mientras avanzaban. Su pequeño hijo se emocionó por eso y dio pequeños saltos por un momento antes de detenerse haciendo detenerse a su padre.

— Papi… ¿Podemos ir a ver a mi mami? — Preguntó quedito mientras estaban parados en medio de aquél pasillo.

— Si, hijo mío. Iremos en la mañana. A tu madre le encantaba el festival. — Prometió Ichigo con un tono quedito y resignado. El niño sonrió y siguió caminando tomado de su mano por los pasillos del palacio.

Rukia estaba escondida en las sombras de un pasillo. Se había metido al palacio con la intención de ir a su habitación pero se había quedado vagando por el lugar que le parecía silencioso y ajeno a la fiesta, y al escuchar las voces se escondió. No había visto a Ichigo pero reconoció su voz. Era más gruesa que en su memoria pero era suya. Rukia no recordaba haberlo visto en la cena, pero si alguien le preguntaba si había visto algo, ella difícilmente respondería. Kaien había borrado todo lo que hubiese ahí y no fuera él.

Lo odiaba.

Cuando el niño gritó pensó que la había visto pero no fue así. Rukia escucho toda la plática en silencio, en ese escondite oscuro que el palacio le había dado. Ichigo había tenido un hijo y se había casado incluso antes que Kaien, cuando todo mundo sabía que eso estaba prohibido. ¿Por qué lo hizo? Ichigo pudo haber muerto por eso, pero él seguía vivo.

¿Quién era su esposa y por qué no estaba en la cena? Era una duda que empezaba a corroerle la mente a Rukia cuando salió de su escondite para ir a su habitación. No había visto a Ichigo de nuevo desde aquella noche que él le salvó la vida y la sacó del palacio corriendo hacia el bosque. Rukia no recordaba nada después de eso hasta que abrió los ojos en Bosque Oscuro pero Ichigo no le causaba lo que Kaien al verlo. Ichigo, en esos pocos segundos que lo vio y lo escuchó, le causó una especie de paz; un sentimiento viejo de protección y calidez.

Había un tiempo en la vida de Rukia que ella no recordaba y había iniciado una noche en Adelaar; por eso no quería estar ahí. La mágica Adelaar le había quitado más que a su padre, solo que ella no lo recordaba.


Rukia se movió un poco sobre la cama y descubrió que el vestido feo que había usado en la cena, y que había dejado tirado en el piso de la habitación cuando se lo quitó antes de dormir, no estaba. Tampoco había rastro alguno de Yuki en la habitación. Se alarmó ante eso y se levantó de la cama con tanta rapidez que se sintió mareada y tuvo que sostenerse del borde de la cama para no terminar en el piso.

El corazón le estaba palpitando tan fuerte dentro del pecho que le dolía, pero no había rastro de la niña en la habitación y cuando sus ojos barrieron la habitación tratando de aferrarse a que quizás había visto mal, descubrió que las cosas de Yuki no estaban.

— ¡Yuki! — Gritó Rukia empezando a recorrer todos los lugares posibles en la habitación buscando algún indicio de la niña pero Yuki simplemente no estaba ahí.

Era como si Yuki no hubiese ido con ella.

Rukia salió de la habitación empezando a buscar a la niña por el pasillo y en las habitaciones que se pudieran abrir, hasta que se encontró a una de las sirvientas del palacio que llevaba un cesto con ropa de cama para una de las habitaciones.

— ¿Has visto a la pequeña niña que venía conmigo? Es bajita, cabello blanco. — Empezó a describir a Yuki pero la sirvienta la interrumpió.

— Su majestad… — La sirvienta la miró confusa, así como lo estaba Rukia por la forma en que se refirió a ella. ¿Majestad? Después de un momento la expresión de la sirvienta se aclaró como si hubiese llegado a una respuesta. — Su pequeña protegida se fue ayer. Quizás su majestad aún no se acostumbra a que la joven esté casada.

— ¿Casada? — Preguntó Rukia completamente confundida.

Su pequeña Yuki no podía estar casada. ¿Cuándo había pasado eso? La sirvienta empezó a hablar pero ella ya no escuchó nada. Todo se volvió confuso y negro, como un remolino, antes de que la suave voz de Yuki se escuchara de fondo al tiempo en que algo la movía.

Rukia abrió los ojos con pesadez y lo primero que vio fue la cara de Yuki con una expresión preocupada.

— ¡Yuki! — Gritó y la abrazó con fuerza. — ¡Estas aquí!

— ¿A dónde más iría? — Preguntó la niña confusa pero sin soltar el abrazo. Rukia deshizo el agarre mirando de nuevo a la niña como si comprobara que ella era real. Buscó con la mirada en el cuarto y vio que todo estaba como lo habían dejado la noche anterior. Incluso el vestido feo seguía en el piso.

— A ningún lugar. — Dijo Rukia ya más tranquila pero con aquella sensación de miedo que le había dejado el sueño.

Había sido un despertar dentro de un sueño, tan confuso y extraño que solo le podía echar la culpa a toda la presión que sentía por estar en el mismo lugar que Kaien. Rukia se alegró en ese momento de ese sueño no había sido real, sin embargo el corazón le latía como si fuera a pasar algo malo ese día.


Ichigo terminó de hacer los deberes del día y se levantó de su asiento en la oficina del Comandante en Jefe del reino.

Aunque había perdido el favor y el amor de su padre durante mucho tiempo, él se había probado en batalla una vez que se recuperó de los azotes. En esa ocasión, su padre le había dado la oportunidad de dirigir un ataque que resultó tan exitoso que desde esa vez su consejo fue altamente valorado por todos los generales, hasta que no quedó más opción que darle el título de Comandante en Jefe por su atinado consejo y su mente estratega.

Ichigo se encargó de que la seguridad para ese segundo día de fiesta estuviera en orden, dio algunas cuantas órdenes más y fue por su pequeño hijo que estaba terminando de tomar clases con su maestro privado. Juha aún era muy pequeño para ir a la escuela con los demás niños, pero aprendía rápido y eso hacía feliz a Ichigo.

Él se quedó parado, recargado en una pared, mientras esperaba que el niño saliera de aquél salón, pensando en la maravillosa vida que pudieron haber tenido si ese niño hubiese nacido en otro momento. Ichigo amaba a su hijo, era su razón de ser y la única razón por la que hacía todo lo que hacía, pero eso no evitaba que él tuviera ese tipo de pensamientos sobre lo que nunca pudo ser.

— Es muy inteligente. — La voz de Orihime sonó suave al llegar a su lado. Ella había ido por el niño como lo hacía todos los días al terminar su clase para llevarlo a comer.

— Se parece a su padre. — Susurró Ichigo de forma quedita antes de voltear a verla y ver una sonrisa en sus labios.

— Tiene un gran padre. — Concedió la muchacha antes de que el niño saliera corriendo para abrazarlo.

— ¿Es hora? — Preguntó Juha con una sonrisa y la ilusión palpable en los ojos.

— Solo si terminaste los deberes.

— Lo hice.

— Entonces sí.

Ichigo salió del palacio con su pequeño tomado de la mano. Orihime se había quedado adentro arreglando las cosas para el almuerzo del pequeño y porque ella sabía que a esa cripta solo podía entrar la familia real. El lugar era una capilla pequeña cerca del risco, el símbolo triple de las deidades estaba tallado en la piedra que coronaba la entrada y las tres estatuas de las Deidades estaban dentro con varias velas y flores adornando el lugar.

Ichigo solo entraba en ese lugar cuando iba con su hijo a ver la tumba de su madre, si no fuera por su hijo, entonces él no entraría en ese lugar. No había llevado velas ni flores, y por un momento se sintió torpe al haberlo olvidado; cuando estaban por regresar de nuevo al palacio, vieron a Orihime entrar a la capilla corriendo con un enorme cirio entre las manos. Ichigo le agradeció por eso y la muchacha se fue de ahí bajo la excusa de seguir haciendo sus asuntos, aunque el rubor en las mejillas de Orihime le decían a Ichigo el General tenía algo que ver ahí.

— ¿La quieres encender? — Le preguntó Ichigo a su hijo poniendo el cirio en sus manitas.

Juha asintió y dejó el cirio junto a las velas que alumbraban los pies de las Deidades, con cuidado tomó una de las velas encendidas para encender la que Orihime les había dado, y la pequeña flama que se movió al inicio, se volvió una gran y brillante luz. Ichigo abrió la entrada a la cripta de la familia y luego tomó la mano de su hijo para empezar a bajar, él sosteniendo el cirio con la otra mano para evitar que su hijo se quemara.

A pesar de que había pequeños vitrales, entraba muy poca luz y la oscuridad era profunda en aquél lugar. La tumba de la esposa de Ichigo estaba al final de la cripta, en un lugar pequeño y oculto, eso era culpa del rey que no aceptó que su hijo se hubiese casado con una plebeya.

De no ser por Ichigo, ni siquiera estaría esa tumba en la cripta.

— Es aquí. — Susurró Ichigo y su pequeño se acercó viendo el nombre en la piedra gracias a la luz de vela.

La flama se movía dejando sombras en las paredes bailaran pero habían podido encontrar el lugar donde su esposa estaba enterrada. Recordó el día en que pusieron la placa de piedra con el nombre grabado en ella; ese día solo él y un representante de las Deidades habían estado presentes.

— A... Ja... Han... — Empezó el niño a tratar de leer el nombre de su madre pero se le complicaban las letras por las sombras que se creaban por la flama bailarina.

— Ha-na — Explicó Ichigo con suavidad señalando las letras mientras pronunciaba el nombre para que su hijo pudiera comprender las letras y sonidos.

— Ha... na... K... — El niño trataba de leer el nombre de su madre e Ichigo tuvo toda la paciencia para enseñarle a su hijo y que él pudiera hacerlo sin problemas. Señalaba las letras y le enseñaba el sonido que hacían cada una.

El niño celebraba cada vez que tenía la aprobación de su padre al leer esa placa de piedra.

Estuvieron ahí tanto tiempo como su hijo quiso. El niño le estuvo contando a su madre lo que había aprendido en ese tiempo, todo lo que había crecido y lo que quería hacer cuando fuera grande. Su sueño era ser militar como su padre, y le contó la promesa de su padre de acompañarlo a la guerra cuando fuera grande. Quería ser el siguiente Comandante del reino.

Eran muchos sueños en un pequeño cuerpecito e Ichigo se preguntó cuando fue que sus propios sueños se habían ido de su mente y de sus planes. ¿Qué soñaba él? ¿Con qué? Mientras el niño hablaba con su madre Ichigo se empezó a cuestionar su futuro y estuvo consiente que solo una cosa era segura en su vida: Una completa vida de servicio al reino de su hermano.

Para cuando salieron de la cripta ya era tarde, su hijo tenía hambre porque no había almorzado y fue una suerte que Orihime estuviera esperándolos sentada en una de las bancas de la capilla. No sabía cuánto tiempo había pasado ahí, pero Ichigo se alegraba que ella estuviera siempre al pendiente de su hijo. Orihime era lo más parecido a una madre que tendría Juha.

Ichigo a veces se preguntaba si lo que hacía estaba bien, pero se repetía que era la forma de que todo siguiera tan bien como se pudiera. La forma de mantener a su pequeño a salvo, porque si tenía que elegir entre el mundo y Juha, él definitivamente elegiría a Juha.

— Que coma y lo acuestas. Esta noche no puede bajar. — Ordenó y Orihime asintió llevándose al niño que protestaba porque quería ver lo que iba a pasar en la noche.

El niño era muy pequeño para presenciar eso. No quería que tuviera pesadillas como él las había tenido cuando era pequeño.


Rukia había visto a Ichigo salir de la capilla de las Deidades junto con el pequeño niño y una joven de cabello naranja que no conocía. Durante un momento se preguntó si aquella joven era la madre del niño, pero el niño tenía el cabello negro y Rukia descartó la idea rápidamente.

Ella realmente quería acercarse a Ichigo pero no sabía cómo hacerlo. ¿Qué le diría? ¿Me alegro de que tengas un hijo y sigas vivo? Seguramente eso le causaría risa. Al menos en su mente eso pasaba. Realmente se preguntaba cómo es que Ichigo seguía vivo si se suponía que él no podía casarse hasta que su hermano lo hiciera y, hasta donde ella sabía, Kaien estaba soltero; tener un hijo antes que el heredero era una afrenta que durante muchos reinados se había castigado con la muerte.

Ichigo le había salvado la vida aquella noche, la había alejado de aquél Kaien furibundo y la había llevado a un bosque y de ahí... de ahí no sabía cómo había llegado a su casa. Ichigo seguramente sabría lo que había pasado y quizás él pudiera darle alguna respuesta, algo que le sirviera para ordenar su pobre vida descompuesta.

La voz de Yuki llamándola la hizo dar un pequeño salto alejando la mirada de la capilla en el risco, la niña le estaba recordando que debían de ir a bañarse para esa noche, y Rukia asintió antes de tomar sus cosas y dirigirse al baño. Aquella sensación de que algo malo podría ocurrir no la abandonaba, y a cada segundo se hacía más fuerte el impulso de querer irse de ahí, pero la mágica Adelaar había hechizado a sus dos amigos y eso solo la hacía ponerse más ansiosa.

Cuando entraron al baño no estaban las doncellas como el día anterior, tampoco estaba la Dama de las Llaves bañándose, y por un momento Rukia pensó que era tan tarde que eran las ultimas en ese lugar hasta que escuchó a las doncellas reír y comentar la noche anterior. Había una voz melodiosa que ella recordaba y supo de inmediato por qué el baño estaba casi solo: la reina estaba bañándose.

Rukia no recordaba cuando fue la última vez que ella había estado así como lo estaban aquellas doncellas que reían ante los comentarios graciosos de la reina. Había pasado mucho tiempo de eso, y por un segundo, Rukia deseó que la mágica Adelaar no la hubiese seducido como lo estaban aquellas doncellas; como lo estaban sus amigos. Al menos una de aquellas chicas que estaban con la reina debía de ser de familia noble, tan noble como lo había sido ella, y Rukia soltó una suave risa amarga al notar que el amor de la reina era efímero.

Rukia y Yuki se bañaron tan rápido como pudieron, tratando de no llamar la atención de la reina que estaba con sus doncellas en un cubículo privado, se vistieron y salieron de ahí.

De entre los vestidos feos que le habían dado para la fiesta de tres días, había uno verde muerto y uno rosado demasiado brillante. Esa noche era el sacrificio a las Deidades y el tono de ropa que se debía usar era oscuro, mientras más negro era mejor, y Yuki había tomado el vestido verde para que Rukia se lo pusiera.

— El verde no. El rosa. — Dijo Rukia mirando el vestido rosa frente a ella. — Este es perfecto.

Yuki ahogó un pequeño grito escandalizado por la elección de Rukia y empezó a dudar sobre si hacerle caso o no. Era el día de las Deidades y no respetar el color de ellas traía mala suerte.

Rukia vio el miedo en los ojos de Yuki pero no cambió su elección de vestido, así que Yuki tomó el vestido rosa a regañadientes para ayudar a ponérselo. La niña se resistía y se alegró de que tocaran la puerta antes de que, en palabras de la creencia popular, Rukia tentara a la suerte y la furia de las Deidades. Sin disimular la alegría que sentía, Yuki se dirigió a abrir la puerta solo para encontrar que ahí estaba la misma sirvienta del día anterior con una enorme caja que le entregó sin decir nada y se fue.

— ¿Qué es, Yuki? — Preguntó Rukia antes de ver como Yuki ponía la caja en la cama y la abría con rapidez dejando ver un vestido negro igualmente hermoso que el vestido del día anterior. Yuki sonrió y Rukia solo pudo decir una palabra — ¡Oh!

— "Es el día de las Deidades y por tu propio bien, espero que te pongas este vestido." — La voz de Yuki la hizo sorprenderse un poco hasta que se dio cuenta que ella estaba leyendo una nota que venía en el vestido. — Yo creo... Creo que sí debería de usarlo. No tiente a las Deidades.

Rukia no supo qué fue lo que le hizo cambiar de opinión. No supo si fue el vestido que se amoldaba a su cuerpo de una manera exquisita, si fueron las palabras suplicantes de la niña o aquel resquicio de miedo a las Deidades que había muy en el fondo de ella.

Bajo esa vez con el vestido negro puesto, llegó a la capilla en el risco y supo que esa noche ella era la mejor vestida de entre todos los invitados. Todo mundo la volteo a ver pero la reacción que buscaba era la de la Dama de las Llaves. La expresión de Loly, al ver a Rukia, pasó de la alegría al asombro, seguida de un enojo que prometía cosas terribles, y aquello la hizo sonreír. La Dama de las Llaves solo se volteó y la ignoró el resto de la noche.

El sacerdote de las Deidades llegó después de que el rey y la reina llegaran. Todos los invitados, incluidos el rey y la reina, estaban vistiendo de negro, solo el sacerdote estaba vestido de blanco con una larga túnica que parecía brillar por las antorchas que se habían encendido. El sacrificio a las Deidades se hacía después de la puesta de sol, y dio inicio cuando unos hombres vestidos como acólitos llegaron arrastrando tres corderos, uno por cada una de las Deidades.

Rezaron y cantaron por cada una y luego el sacerdote tomó un cuchillo para rebanarle el cuello a los corderos uno por uno. La sangre fue recogida en los cuencos benditos y fue entregada a las Deidades una por una mientras el representante de las Deidades rezaba y los acólitos quemaban hierbas sagradas. El sacerdote tomó un manojo de esas mismas hierbas y lo remojó en la sangre de los cuencos antes de bendecirlos a todos con ella. Rukia cerró los ojos cuando fue su turno pero recitó las plegarias como todos al sentir la sangre fría mojar su cabeza y su rostro.

Cuando salieron de la capilla, los corderos ya estaban siendo asados por los cocineros del rey para servírselos a los invitados.

Rukia se sentó en la mesa junto con Yuki y buscó con la mirada a Renji mientras se limpiaba la sangre con un pañuelo. No vio a su amigo hasta más tarde que escuchó su risa y lo descubrió hablando con los demás guardias de manera animada; parecía que se había adaptado bastante bien y eso solo reafirmó la idea de que Adelaar lo había hechizado.

— Me alegra que si te hayas puesto el vestido hoy. — La voz de Ichigo sonó a su lado y al voltear lo vio sentado junto a ella. ¿En qué momento había llegado? — Siendo sincero, pensé que te pondrías un vestido más feo que ayer y enfadarías a las Deidades.

— ¿Tú los enviaste? — Preguntó Rukia sorprendida. Ella pensaba que había sido Kaien queriendo jugar con ella. Luego sonrió de manera amarga al terminar aquél pensamiento. Kaien nunca haría algo así, no a ella, no después de tanto tiempo.

— Si, ¿Quién más? — Rukia pudo sentir el enojo en la voz de Ichigo. Casi pudo sentir también como el nombre de Kaien sonaba de fondo en una pregunta que no se hizo.

— No lo sé. No tenía nombre la nota.

— Buen punto. — Ichigo se quedó callado un momento. — Pensé que no volverías.

— Era la idea pero tu padre es muy... convincente.

— ¿Te invitó a la celebración?

— No. Si. Básicamente me obligó a estar aquí.

— ¿Por eso los vestidos feos?

— No tenía ropa, ni dinero, así que usamos lo que hay. ¿Cómo supiste lo del vestido?

— Yo era el guardia que las acompañó.

Rukia lo miró con molestia por eso y le dio un golpe en el hombro. Ichigo se quejó sujetándose el brazo, y Rukia por un momento sintió que esa escena era familiar de una manera que no podía explicar.

— ¡Pudiste haberme dicho que eras tú!

— ¿Habrías usado el vestido? — Preguntó Ichigo con seriedad.

Rukia no respondió esa pregunta. Tanto ella como él sabían que la respuesta sería "no". El silencio se asentó entre ambos, y Rukia se quedó mirando sus manos que tenían sangre seca, pensando en cómo hacer la pregunta que quería hacerle a Ichigo y no volver más incómodo aquél silencio.

Unos instantes después, pusieron frente a ellos un pedazo de la carne de cordero asada, y Rukia simplemente se le quedó mirando; ella no tenía hambre, ella quería aprovechar ese momento para hablar con Ichigo antes de irse del palacio al día siguiente.

— Come. Enfadarás a las Deidades.

— No. — Rukia se negó e Ichigo la volteó a ver con una ceja levantada. — Ichigo... ¿Qué pasó cuando me llevaste al bosque?

— Nada. — Habló sin voltear a verla. Rukia supo que él mentía.

— Mientes. ¿Qué pasó? ¿Por qué no lo recuerdo? — Ichigo se tensó con esas palabras.

— ¿En verdad quieres saber que paso? — Preguntó con una ceja levantada antes de decir algo que Rukia nunca pensó escuchar de él. — Cásate conmigo y te cuento.


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