Capítulo 17: Piezas


A veces la guerra era como un juego, uno donde ponías estratégicamente tus piezas y esperabas que el enemigo no conociera tus planes. Era un juego que comenzaba con un rumor, una palabra dicha por aquí, una palabra dicha por allá, susurros que viajaban de boca en boca entre las personas. La guerra no era un buen juego cuando eras el último en enterarte de que la estabas jugando, cuando las alianzas ya se formaron y cuando los soldados ya se prepararon.

No es un buen juego cuando todo mundo sabe que no tienes lo que se necesita para jugarlo.

Ichigo sabía jugar ese juego, lo había vivido, había aprendido del mejor estratega que pudo conocer en su vida. Sus palabras eran escuchadas y obedecidas, también había aprendido a escuchar y obedecer, sabía cuándo callar y sabía aprender de sus errores, porque los errores en la guerra costaban vidas. Cuando Ichigo se recuperó de los azotes fue con su padre y su hermano a enfrentar a los eternos rivales en Kuvar; era tiempo de probarse en un ambiente en el que su tío no estuviera velando por él, uno donde debía demostrar que en verdad era un hombre de guerra.

A Kaien le había enseñado su padre pero, a diferencia de Ichigo, él no había aprendido a escuchar, él veía todo tan fácil como respirar, como si los hombres que morían en el campo no fueran más que números.

En esa ocasión, cuando fueron contra Kuvar, Ichigo no había hablado y solo miraba la forma en que su padre trataba a Kaien, con el pecho lleno de orgullo de que su hijo favorito y heredero al trono estuviera ahí, peleando codo a codo con él, demostrando su valor. Ichigo tomó lo poco que le dio su padre para enfrentar a sus enemigos y le trajo una victoria con la que pudo empezar a hacerse de un nombre, uno propio de él, uno que no estuviera enteramente ligado a la corona.

Kaien, por su parte, había cometido un error que le costó la vida a demasiados soldados y que casi costaba la propia.

Ichigo selló la carta que enviaría a su tío, confirmando lo que él había pedido. La Triada se iba a mover e Ichigo lo iba a dirigir todo desde la sombras. La guerra era un juego que Ichigo sabía jugar, uno que no pretendía enseñarle a Kaien, uno donde muy silenciosamente había empezado a colocar sus piezas.


La celebración de verano había pasado sin más incidentes de los que ya había habido. El rumor de la muerte de la Dama de las Llaves se había regado por todo el palacio, y en la ciudad era igual; a las personas siempre les gustaba hablar de cualquier cosa, pero su tema favorito siempre sería lo que sucede dentro del palacio.

— Es bastante ridículo celebrar verano y la muerte de mi padre. — Se quejó Kaien con Yoruichi que avanzaba con él hacía la entrada del palacio. La ceremonia de ese día era una dedicada al rey Isshin porque cumplía un año de muerto. — Parecía que no podía elegir otro día para morirse.

— Al menos el primer cumpleaños de nuestro hijo podrá ser celebrado como se debe. — Agregó la reina, que aún no olvidaba las palabras del rey aquella vez que la había tomado por la fuerza. — Invitaré a mi familia, mi padre estará feliz de venir y mis hermanas se mueren por volver a ver al Comandante.

— Haz lo que quieras, solo ponte de acuerdo con la nueva Dama de las Llaves. — Kaien ignoró aquél comentario pero tal vez fuera buena idea casar a Ichigo con alguna princesa de Gardelia; aun no confiaba del todo en su suegro. Luego consideraría esa idea con más calma.

— ¿Sigues con la idea de contratar a esa mujer? Sabes que me desagrada.

— Por eso la voy a contratar, mi reina.

La reina lo miró mal y apresuró el paso para entrar al palacio, después de la ceremonia podía dejar de fingir que era la devota esposa del rey y regresar a sus asuntos. Kaien hizo lo mismo, pasar tiempo con la reina no le era grato y solo la soportaba porque debían de tener otro hijo; un rey no podía tener solo un hijo, debía de asegurar su legado a como fuera posible, el problema era que Yoruichi simplemente no quedaba embarazada y eso ponía de mal humor a Kaien.

Yoruichi debía tener un problema o estaba haciendo todo lo posible para no volver a quedar embarazada.

Con paso lento y mientras pensaba en eso, Kaien se dirigió a su sala privada; tenía papeleo que hacer y era la parte que no le gustaba de ser rey, tener que revisar los informes que los lores le enviaban. Últimamente le enviaban disculpas y excusas del por qué no creían poder cumplir con las nuevas cuotas de impuesto que había decidido aplicar en el reino. Incluso en Gardelia había subido el impuesto por el arribo de barcos extranjeros y de comercio pero su suegro parecía estar conforme con eso. Kaien suponía que ellos ganaban bastante bien para no oponerse a pagar más.

— Buenos días, su majestad. — Rukia lo estaba esperando ahí, apoyada en su escritorio, con una sonrisa encantadora en los labios. Kaien no sabía cuánto tiempo había estado ella ahí ni cómo había logrado entrar, y los soldados no le habían dicho que alguien estaba ahí adentro. Los despediría por eso, tal vez les cortaría la cabeza, se suponía que nadie podía entrar a ese lugar sin su permiso.

Kaien superó la sorpresa inicial de encontrarse con Rukia ahí y le sonrió de aquella manera con la que la había seducido la primera vez. Rukia se había tomado su tiempo en presentarse frente a él, era como si tratara de hacerse desear, como si estuviera atrasando a propósito el inevitable encuentro entre ellos solo para hacerlo más placentero.

— Bienvenida, lady Rukia, tome asiento conmigo. — Habló antes de llegar a ella y besar su manita. Kaien la sintió temblar y eso lo hizo sonreír aún más porque él aún causaba ese efecto en ella. La llevó hasta uno de los sillones que había en su sala privada y la invitó a sentarse con él.

— Supe que me había mandado a llamar, espero no haber llegado tarde, su majestad. Estuve ayudando en el templo de las Deidades y se me fue el tiempo. — Rukia se excusó con esa sonrisa encantadora que la hacía parecer más bonita. Kaien imaginó que ella desplegaba todos sus encantos, como si fuera una red para que él cayera, y eso lo complació.

— No, ha llegado en el momento justo. Como sabes, mi querida Rukia, nuestra Dama de las Llaves ha muerto de una manera trágica, la reina me ha informado que buscabas trabajo ese día y, en vista de las circunstancias y de tus antecedentes en el palacio, sé qué harás un buen trabajo como una nueva Dama de las Llaves.

— Su majestad es tan generoso. — Rukia hizo un ademán como si quisiera tomarlo de las manos pero no lo hizo. — No pensé que me llamaría para darme el trabajo, de haberlo sabido antes, me hubiese presentado antes.

Kaien sonrió por aquél gesto y se levantó de su asiento. Sobre su escritorio descansaba un pesado manojo de llaves que tomó para hacerlas sonar antes de entregárselas a Rukia en sus manitas.

— Desafortunadamente la Dama de las Llaves conocía perfectamente cada llave, puerta y cerradura, yo solo sé que esta llave es la que abre la puerta de mi habitación.

Kaien señaló una llave grande y ostentosa que estaba en medio de las demás llaves de diversos tamaños y formas, luego levantó la mirada a Rukia, que contemplaba las llaves con una expresión neutra y la vio sonreír con una mezcla de malicia y picardía.

— ¿La Dama de las Llaves también hace visitas privadas y nocturnas al rey? — Preguntó directo al grano. Kaien sonrió por eso aunque no se lo esperaba.

— Claro que sí, pero solo cuando yo lo pido. — La mano de Kaien recorrió una de las mejillas de Rukia y ella cerró los ojos con un estremecimiento por el tacto del rey. Kaien sonrió con satisfacción por eso. — Te espero mañana en la noche, tenemos tanto de qué hablar, querida. Ahora debes ir con la reina, la Dama de las Llaves trabaja con la reina.

Kaien se separó de ella después de aquella oración y sonrió al ver que Rukia le daba la misma sonrisa que él esperaba recibir de ella, era ese tipo de sonrisa cómplice donde ambos estaban hablando del mismo tema. Rukia había sido su mujer y aunque ella se resistiera al inicio, era inevitable que ella volviera a él. Él fue su primer hombre y eso le concedía derecho sobre ella.

— Una cosa más. — Haló Kaien antes de despedirla. — La Dama de las Llaves se viste para mí, usarás la ropa que te mande y te verás siempre presentable. Eres la imagen de Avanta y tienes que lucir como tal.

— Creí que ese era el trabajo de la reina. — Rukia tenía una expresión de ligero interés y sorpresa mezclada con malicia. Kaien parecía estar viendo a la joven Rukia que llegó aquella vez mezclada con la mujer que se presentaba frente a él.

— Mi querida Rukia, eso durará poco, estoy viendo en ti a la nueva reina de Avanta. Dame un hijo, y yo te haré la reina del mundo. — Prometió como lo había hecho aquella vez que se la llevó a la cama. Rukia tuvo la cortesía de sonrojarse y desviar la mirada por un momento.

— Su majestad, ¿se sabe cómo murió la Dama de las Llaves?

— Se suicidó. Nadie vio a alguien con ella, solo lo hizo. — Kaien le restó importancia al asunto, como si la mujer que acabara de morir no hubiese sido su amante durante los últimos años.

— Entonces me retiro, su majestad. — Dijo la nueva Dama de las Llaves antes de salir de ahí con ese contoneo de caderas que solo le adelantaba lo inevitable del día siguiente.


Rukia caminó con calma por aquellos pasillos, levantó el hechizo que les había puesto a los guardias para que no la vieran entrar o salir, y se limpió con violencia los lugares donde Kaien la había tocado. La sola idea de tener que acercarse a él le desagradaba tanto o más que la vez que la obligó a acostarse con él, aún no sabía cómo iba a soportar que él la tocara cuando estuvieran juntos en aquella habitación.

Llegó hasta la habitación de la reina, y en ese momento no tuvo que usar el hechizo sobre los guardias; ella ya había entrado al castillo así que podía moverse con libertad, además de que Yoruichi había sido un acolito de la Sombra y, aunque haya dejado inconcluso el entrenamiento y no se haya unido a la Sombra en el ritual, igual podría detectar si hubiese ese tipo de magia cerca y Rukia no quería dejar nada al azar.

Los guardias le abrieron la puerta después de que ella explicó su presencia ahí, y con paso tranquilo ingresó a la habitación de la reina. De inmediato notó el cambio de decoración en el lugar, todo era tan diferente a como era la habitación de la reina Masaki que desbordaba elegancia y clase, a la forma en que Yoruichi tenía todo ahí; no era vulgar, simplemente no parecía la habitación de una reina. Yoruichi de inmediato se levantó de su asiento, dejando de lado el libro te tenía en las manos, y Rukia le hizo una reverencia teniendo el cuidado de mostrar discretamente las llaves que Kaien le había dado.

— ¿Qué quieres aquí? — La voz de la reina sonaba molesta. Rukia tenía muchas cosas para responder a esa pregunta, pero se tragó todas aquellas respuestas y sonrió con amabilidad. La venganza sería lenta, pero definitivamente iba a disfrutarla.

— Su majestad, el rey me ha contratado como la nueva Dama de las Llaves y me ha enviado con usted. Me ha dicho que me ponga a sus órdenes a partir de hoy.

Rukia notó que Yoruichi se acercó a ella y le quitó las llaves que Kaien le había dado, con una expresión completamente molesta. Rukia mostró una actitud sumisa, pero en realidad estaba disfrutando de aquello, y dio un paso atrás para alejarse de la furibunda reina.

— ¡Lárgate! ¡No te quiero aquí! ¡Y no serás la nueva Dama de las Llaves! — Yoruichi agitó el llavero haciendo sonar las llaves con fuerza.

— Pero su majestad… el rey… — Habló Rukia tan nerviosa como podía en ese momento. — Él me contrató…

— ¡Y yo te despido!

— ¡Tú no vas a despedir a nadie! — La voz de Kaien sonó en la entrada de aquella habitación y Rukia aprovecho para reverenciar al rey y ocultarse detrás de él tan rápido como pudo; Kiyone estaba detrás de él también. — ¿Cómo te atreves a contradecir mis órdenes?

Yoruichi estaba completamente molesta, enfrentándose al rey con la mirada. Kaien le quitó las llaves en ese momento, lastimando uno de los dedos de Yoruichi en el acto. La reina se quejó por eso, pero el rey ni siquiera se inmutó por la mueca de dolor de su esposa.

— Mi reina, ¿quieres te recuerde cuál es la función de una reina? — Preguntó Kaien con molestia. Yoruichi lo miró con odio. — La señorita Rukia será la nueva Dama de las Llaves. No te estoy preguntando si quieres que lo sea o no, estoy ordenando que así sea. Ella llevará este palacio contigo, te guste o no.

Kaien ignoró la mirada de odio de su esposa y se giró para ver a Rukia, que parecía asustada, y a la doncella que tenía la mirada baja. Él dio unas cuantas instrucciones y asignó a Kiyone al servicio de Rukia, como su doncella personal.

— La Dama de las Llaves no necesita una doncella propia. — Habló Yoruichi con resentimiento. — ¿De qué privilegios goza esta nueva Dama de las Llaves?

— De los que yo quiera darle. — Kaien miró a Yoruichi y luego a Rukia. — Señorita Rukia, es hora de que conozca su habitación y se cambie de ropa para iniciar su trabajo. — Rukia asintió y salió de ahí junto a Kiyone, dejando atrás al rey y la reina que empezaban a discutir de nuevo.

Rukia no imaginaba que Kiyone estaría ahí, y la chica tampoco esperó que ella volviera al palacio. Mientras caminaban hasta la habitación que le habían asignado a Rukia, ella le contó rápidamente lo que había sucedido en su vida desde que se separaron. Rukia tuvo cuidado de no revelar demasiado y le contó una versión suave y ligera del por qué estaba ahí trabajando. Kiyone creyó esa historia y sonrió de nuevo, feliz por estar trabajando con Rukia y no en los horribles trabajos que le había asignado antes Loly.

La habitación de la Dama de las Llaves era grande y cómoda, muy lujosa y llena de muchas cosas que Rukia no necesitaba. También le habían entregado vestidos para que se cambiara de ropa y que seguramente habían sido elegidos por Kaien para que ella usara en ese momento.

Rukia miró cada uno de esos vestidos, cada uno le parecía más vulgar que el anterior, con los hombros descubiertos y un corsé que estaba diseñado para que fuera fácilmente quitado y sin mangas; realmente eran vestidos para que quien los usara, fuera fácilmente desnudado. Rukia de nuevo comparó esos vestidos con los que Ichigo le había regalado antes, e inevitablemente llegó a la conclusión de que Ichigo tenía muchísimo mejor gusto que Kaien.


Ulquiorra miraba a los jóvenes reclutas que estaban frente a él. En verdad eran jóvenes, flacuchos y debiluchos pero sabía que ese año eran lo mejor que podían obtener para el palacio. No eran tantos como en años anteriores y no guardaba esperanzas de que aumentara su número en las siguientes semanas, incluso estaba seguro de que varios de ellos desertarían antes de terminar el año.

El ejército de Adelaar era famoso por su fuerza, por sus soldados entrenados y por la posibilidad de tener una vida un poco mejor que el resto de la gente debido al sueldo que pagaban pero, desde que Kaien había implementado la disminución de salario, muchos habían desertado y pocos realmente se quedaban por la gloria de servirle al reino.

En el fondo, Ulquiorra sabía que esos soldados se quedaban por Ichigo, porque lo admiraban y esperaban estar algún día bajo sus órdenes directas como lo estaban los Generales. Ulquiorra se aclaró la garganta antes de darles la bienvenida a los nuevos, no podía seguir postergando aquello, no llegarían más hombres y realmente debía entrenarlos bien antes de que todo tomara el camino que debía tomar.

— Ustedes son una basura, son lo más bajo que hay en el ejército de Avanta, son la carne de cañón, son los que van a excavar letrinas y fosas, los que traerán a los muertos después de la batalla o, si es que la batalla se torna más larga, serán los que quemarán los cadáveres para evitar la peste. Quizás nunca en su vida vean una batalla y solo se dediquen a pasear por las ciudades y los pueblos a donde se les envíe para cuidar de que la justicia del rey no se rompa. No les puedo garantizar su vida si no aprenden bien, llegará el día que los enemigos del reino, aquellos que busquen hacerse con la tierra de sus ancestros, atraquen en la costa o nos invadan desde alguna de las fronteras y si no saben levantar una espada entonces no serán más que comida para los gusanos.

Ichigo sonrió por aquel bello discurso de bienvenida, él había detenido en su avance cuando el General empezó a hablar, y se acercó a ellos escuchando como Ulquiorra lo anunciaba ante los nuevos reclutas que lo saludaron de manera torpe.

— Si toman las armas así como saludan, entonces temo por el día que los llevemos a la guerra. — Le dijo Ichigo a Ulquiorra con tono serio. Los nuevos reclutas lo miraban con una especie de veneración, respeto y temor. Como si estuvieran viendo frente a ellos a una de las Deidades. — ¡Descansen!

Gritó Ichigo con una voz atronadora y los nuevos reclutas obedecieron con un ligero temor en el cuerpo. Ulquiorra miró a los niños, que no supieron que más hacer, y luego volteó a ver a Ichigo.

— Yo no, servirán de distracción a los enemigos. — La voz de Ulquiorra no tenía ni un rastro de emoción, como si la vida de esos niños no le importara.

Los reclutas temieron por las palabras de Ulquiorra, procuraban no mirar demasiado a Ichigo pero fallaban en hacerlo, para ellos era como estar frente a las Deidades en su forma física. Ulquiorra no dudó que el Comandante era la razón por la cual esos niños estaban ahí. Más que por la gloria al reino o el pésimo salario que Kaien daba, era solo por ver al Comandante.

— Tenemos que hablar, deja que Ken se encargue de ellos, si sobreviven y no huyen, entonces podrás aplicar tu conocimiento en sus inocuas mentes. — Ichigo señaló a un hombre se acercaba rápidamente a ellos con una sonrisa sádica en el rostro.

Los nuevos temblaron en su sitio y Ulquiorra se fue con Ichigo. Los gritos de Kenpachi tronaban empezando a darle órdenes a los nuevos que se movían de manera torpe tratando de cumplir cada una de ellas de la mejor manera posible. A Ichigo le pareció ver que uno de ellos salía gritando de ahí.

Kaien llegó al patio de entrenamiento, miraba a los nuevos reclutas como si fueran la salvación de su reino, aquello hizo que los jóvenes sintieran que era su día de suerte, primero veían al Comandante y después al propio rey. Kyoraku tenía razón cuando le sugirió que bajar ocasionalmente para estar con los soldados les levantaba la moral. Caminó entre los soldados nuevos y después entre los veteranos que estaban terminando de recibir órdenes de uno de los capitanes pero no vio a Ichigo por ningún lugar.

Se encaminó entonces hacía la oficina privada del Comandante y se encontró que Ulquiorra estaba saliendo de ahí con aquel gesto inexpresivo que cargaba la mayor parte del tiempo.

— Su majestad. — El General le hizo una reverencia al estar cerca de él. Kaien la respondió con un asentamiento de cabeza.

— ¿Está el Comandante? — Preguntó mirando la puerta cerrada tras la espalda de Ulquiorra.

— No, su majestad. Estuvimos hablando hace unos momentos pero se me olvidó comentarle algo sobre los soldados y he venido a buscarle, pero no se encuentra en su oficina. — Señaló la puerta con un ademán.

— Está bien. ¿Qué tenías que decirle sobre los soldados? — Preguntó Kaien ya que estaba ahí con uno de los Generales del reino.

Ulquiorra caminó junto al rey expresándole lo que sentía sobre los nuevos reclutas y las posibilidades futuras si no se tenían más hombres en sus filas. Nunca habían estado en esa situación y suponía un peligro para el reino si algún otro reino se enteraba de aquello. Kaien intentó tranquilizar sus preocupaciones con palabras vacías y Ulquiorra comprobó, una vez más, que el rey no entendía lo peligroso que podía ser no tener una armada que intimide a los enemigos.

Kaien se rindió en la búsqueda de Ichigo cuando unos soldados le dijeron que él había salido de los terrenos del palacio hacia la ciudad para arreglar algunos asuntos, se empezaba a preguntar si Ichigo siempre estaba así de ocupado o era ese día que parecía no poder encontrarse con él.


Al día siguiente, se reunieron todos los consejeros y el Comandante en la cúpula para tener su característica reunión semanal y planear las riendas del reino. Ichigo sabía que Kaien solamente hacía eso para tener tranquilos a los consejeros porque nunca prestaba gran atención a las palabras de aquellos hombres. Kaien estaba convencido que sus ideas llevarían a un reino más fuerte y más grande que las de un montón de hombres viejos; la mitad de los consejeros no decían nada en contra del rey para no perder su puesto y la otra mitad que lo aconsejaba de manera prudente, eran aquellos que le eran files a Ichigo y que, al igual que él, pensaban que Kaien llevaría a pique el reino si no escuchaba lo que le aconsejaban.

— Mi padre se aseguró de que Gardelia fuera nuestra, yo me quiero asegurar que nuestros eternos enemigos, los kuvaritas, sepan de una vez que con Avanta no se juega. — Kaien sacó un mapa de los reinos y lo extendió en la gran mesa rectangular que servía en las juntas de consejo.

Ichigo no dijo nada esa vez, ya había hablado sobre la falta de soldados pero parecía que Kaien no quería escuchar esa parte. Todos los consejeros se levantaron de sus asientos y empezaron a escuchar el plan que el rey estaba sugiriendo mientras señalaba los puntos en el mapa. Quería conquistar Kuvar, Jetaiya y Vayalat, en ese orden. Quería que su reinado se recordara por ser el primer rey en tener todos los reinos sometidos a su poder.

— ¿Por qué de último Vayalat? — Preguntó Kyoraku mirando con curiosidad el mapa después de la explicación que había dado el rey.

— Porque es un pequeño placer que me quiero dar. — Kaien respondió con simpleza. Él quería dejar al último Vayalat para disfrutar de su caída, quería ver como Ichigo levantaba su espada al reino de su madre.

— Les dará tiempo de prepararse. Si ellos ven que dos reinos caen de forma seguida entonces sabrán que siguen ellos. — Explicó Ichigo mirando el mapa y moviendo un poco de barcos de Vayalat quitándolos de la costa. — Quizás ellos quieran atacar mientras estamos en contra de Kuvar. ¿Lo ha considerado, su alteza?

— Lo he pensado, pero para eso estás tú, querido hermano. Padre siempre decía que pensabas por dos, como los enemigos y como un soldado, y por eso tu consejo era tan acertado; siempre parecías saber los planes de los enemigos incluso antes que los propios enemigos, ¿Cómo le decía padre? Ah sí, intuición militar.

Ichigo se quedó en silencio mirando el mapa, miraba las costas dibujadas y veía las montañas y las colinas, miraba los pequeños puntos que señalaban los pueblos y ciudades; él sabía lo que quería su hermano. Respiró un poco para acomodar las ideas y luego movió un pequeño hombre de madera que simulaba parte de un ejército, Kaien quería que le diera una estrategia de guerra en ese momento.

— Kuvar y Jetaiya antes han peleado juntos, lo recuerdo porque estuvieron en la conquista de la Isla Trinidad, pero eso fue hace más de veinte años. En los últimos años se la han pasado peleando entre ellos por el límite de sus reinos y por un lago que ambos se atribuyen la pertenencia. Podemos empezar conquistando cualquiera de las dos y para que no haya problemas con la otra, darle el privilegio de quedarse con el lago, luego prometer el mismo lago a la tierra conquistada y lanzar el ataque al siguiente reino, pero cuándo se corran los rumores de la conquista se podrían empezar a preparar, incluso si ellos no atacan, nosotros podríamos ir a una trampa cuando levantemos la campaña en contra de Vayalat. — Explicó mirando fijamente al rey al decir eso último.

— De hecho hay algo que me preocupa con el asunto de Vayalat. — Comenzó Kaien sosteniendo la mirada de su hermano. — Es algo pequeño pero podría ser el grano de arroz en la garganta de nuestro floreciente imperio.

— ¿Qué le preocupa, su majestad? — Preguntó Ichigo adivinando a dónde quería llegar su hermano.

— Me preocupa que Vayalat es el reino de tu madre y me preocupa que no juegues enteramente para nosotros. El error de nuestro padre fue el no llevarte a la conquista de Gardelia, ¿Qué me asegura que no cometerás traición avisando a tu madre cuando se levante la campaña contra Vayalat? ¿Cómo me puedo fiar de ti y tus intenciones para nuestro reino? ¿Qué me asegura que me vas a dar la victoria sobre aquella tierra si yo te llevo como mi Comandante? No me preocupa Kuvar o Jetaiya, sé que sin dudas me traerás la victoria, me preocupan tus sentimientos por la tierra de tu madre.

— Yo… — Ichigo tragó duro por aquellas preguntas, sabía que Kaien dudaría de su lealtad al reino. El rey lo miraba expectante esperando una respuesta de su parte. — Yo lo juré ante usted, su majestad. Mi lealtad está con Avanta y si es lo que Avanta necesita...

— ¡No! — Exclamó Kaien y se acercó a él rodeando la mesa. — ¡No es lo que Avanta necesita! ¡Es lo que yo necesito, Ichigo! ¡Lo que yo necesito! — Ambos se miraban fijamente. — Y lo que yo necesito es un Comandante que me sea completamente leal a mí, que no haya nada ni nadie por sobre mí, que no dude de las ordenes que le doy y que en verdad me pueda fiar de su consejo.

Kaien no relajaba la postura y se notaba su respiración agitada. Ichigo no tuvo más remedio que ceder ante lo que decía el rey y juró de nuevo, frente a todos los consejeros, que se mantendría fiel a Kaien. El rey sonrió por eso, con aquella sonrisa de victoria que había empleado el día que le quitó el derecho de sangre, y se sentó de nuevo en su lugar. Los consejeros lo imitaron y tomaron asiento después de aquello. Ichigo fue el último en sentarse pero también lo hizo.

— Me alegra que sepas donde está tu lealtad, sería terrible que algo le pasara a mi pequeño sobrino o a mi querida madre.

Esas palabras fueron un golpe que Ichigo no vio venir de parte de Kaien, una amenaza directa a la vida de su hijo. Los consejeros murmuraron cosas pero fueron calladas por el rey dando por terminada la reunión de ese día.

— No, usted se quedará un momento, Comandante. — Kaien impidió que Ichigo se fuera de la sala que los consejeros abandonaban.

— ¿Desea algo más de mí, su majestad? — Preguntó Ichigo, sin levantarse de su asiento.

— Si. La nueva Dama de las Llaves y yo tendremos una plática a solas esta noche y necesito al mejor hombre del reino cuidando mi puerta. — Kaien parecía feliz y complacido al decir esas palabras.

— ¿Ya ha conseguido Dama de las Llaves nueva? — Preguntó Ichigo con curiosidad, por un momento había pensado que se trataba de algo más.

— Si, Lady Rukia. — Ichigo se sorprendió por aquello, no lo pudo disimular y Kaien sonrió al ver en su rostro una expresión de molestia, sorpresa y enfado; ahí estaba la expresión que buscaba en el rostro de su hermano cada vez que se trataba de Rukia.

— Como usted ordene, su majestad. — Y dicho eso, Ichigo se retiró de la cúpula con un paso tan rápido que Kaien supo que su hermano estaba verdaderamente molesto.