Capítulo 19: Caída


Ichigo estaba parado frente la puerta del rey, justo como el hombre había dispuesto que estaría todas las noches que su Favorita estuviera en su cama. Kaien lo hacía porque disfrutaba de ver la expresión de Ichigo cuando llevaba a Rukia hasta su habitación, era esa molestia e impotencia que era imposible de ocultar. Rukia se asomó por ese pasillo, con ese andar tan silencioso que parecía un murmullo, y llegó hasta donde estaba Ichigo haciendo guardia.

— Comandante. — Rukia mantuvo su mirada neutra en Ichigo. El comandante la miró sosteniendo la mirada que ella dirigía en él.

— Bienvenida, mi Dama de las Llaves. — Susurró Ichigo con una sonrisa. Abrió la puerta para que ella pudiera entrar y él, después de comprobar que nadie más lo vería, entró tras ella en un movimiento rápido. Solo se escuchó el sonido de la llave asegurando la puerta.

— Está hecho. — Rukia evitó mirar al rey que dormía en la cama y le dio a espalda a Ichigo para que le ayudara con el vestido. — Mañana será un caos, pero cada vez estamos más cerca del final.

Rukia apoyó las manos contra la puerta y mantuvo los ojos cerrados por un momento, no los abrió a pesar de sentir como Ichigo empezaba a deshacer los nudos de su vestido, con esa habilidad que se obtenía con la práctica, y le besaba el hombro desnudo haciéndola morderse los labios por eso. Una de sus manos sostuvo el vestido que ya estaba completamente suelto y se giró apoyando su espalda desnuda contra la puerta mirando fijamente a Ichigo que tenía esa mirada maliciosa que se obtenía con los años.

— Entonces déjame prepararte para el caos de mañana. — Susurró Ichigo acercando sus labios a los ella de una manera lenta, sabiendo que tenían tiempo para hacer lo que quisieran mientras el rey soñaba con algo que nunca iba a pasar. Las manos de Rukia recorrieron el pecho de Ichigo hasta enredarse en el cabello que crecía en su nuca y su vestido cayó al piso en un susurro que se podía confundir con cualquier cosa.

Kaien era ambicioso y potencialmente tiránico, pero no era tan listo como él creía. Siempre pensando que por ser el rey tendría todo lo que quisiera y que todos lo obedecerían sin siquiera protestar, pensando que sus ideas llevarían al reino a un mundo mejor, y pensando que podría tener a la mujer que quisiera sin importar nada.

Cuando Rukia ingresó a la oficina de Kaien para convertirse en la nueva Dama de las Llaves, estaba apostando a que aquellos sentimientos de Kaien por querer demostrarle a Ichigo que era superior a él, y que siempre tendría todo lo que Ichigo deseaba, siguieran ahí.

Ella se había jurado que Kaien nunca más la iba a volver a tocar.

Después de que la obligó a estar con él en aquella primavera, Rukia no iba a permitir que sus sucias manos la volvieran a tocar. Le daba asco que él le tocara las manos y suprimía el impulso de empujarlo para alejarlo, pero sabía que era necesario si quería quedarse en el palacio lo suficiente como para poder maquinar todo lo necesario para logar su caída. Dormirlo y montar todo como si hubiesen pasado la noche juntos era fácil, Ichigo siempre estuvo a su lado y se encargaba de todo; nadie mejor que Ichigo para montar una escena realista del encuentro desenfrenado entre un par de amantes que se desean.

La primera noche que Rukia entró a esa habitación, Ichigo había entrado con ella, y la apariencia que Rukia mostró ante Yoruichi era la que Ichigo había dejado en ella; esa noche Rukia pudo sentir los celos y la posesividad de Ichigo mientras estaban juntos, porque él no dejaba de repetirle que ella le pertenecía a él, y Rukia simplemente lo confirmaba y le recordaba que él le pertenecía a ella.

Mía.

Mío.

A veces metían a una doncella, que tampoco sabía bien lo que pasaba, y dejaban que Kaien tuviera un buen rato mientras Rukia se encargaba de entrar a la sala del registro para buscar lo que en verdad había pasado con su padre y su hermano.

Ichigo era la fachada en la puerta del rey; Rukia sabía que él no dejaría entrar a cualquiera a ese cuarto, él era una muralla humana que la protegía mientras ella buscaba entre los enormes libros que guardaban años y años de historia del reino.

Antes de encontrar lo que buscaba, que era el registro de la muerte de su padre y su hermano, encontró el registro de príncipes que habían sido ejecutados por su propio padre al desobedecer aquella ridícula regla sobre los hijos. No bastaba con exiliarlos, el que siguieran vivos era un peligro para el trono del futuro rey.

La última anotación sobre los príncipes traidores era el referente a Ichigo.

En el año 18 del reinado de nuestro rey Isshin, se declara al príncipe Ichigo, hijo de nuestro rey Isshin y la reina Masaki, como traidor a la corona y al propio reino de Avanta. El crimen, como consta en los registros previos, es haberse casado y haber procreado un hijo con una doncella del servicio ignorando totalmente las reglas de sucesión y herencia y poniendo en peligro las lealtades del reino. Se le declara culpable de tratar de incitar a la división del reino y se condena a muerte por decapitación junto con el producto de la traición, la mujer ha sido declarada muerta y sus restos serán quemados para evitar la posibilidad de llegar con las Deidades.

Más abajo de aquella sentencia se encontraba un nuevo escrito referente a Ichigo.

Nuestro generoso Rey Isshin ha anulado la sentencia de muerte previa al príncipe Ichigo y su hijo. La reina Masaki ha apelado por la vida del príncipe Ichigo bajo el alegato de que el heredero al trono es producto de la infidelidad del rey, y que por lo tanto, si se puede heredar un reino a un bastardo entonces un heredero legítimo es capaz de tener hijos y esposa sin culpa alguna. No se tiene registro de reina alguna que haya sido capaz de alterar la decisión de un rey por salvar la vida de un hijo. La nueva sentencia del príncipe, son 30 latigazos, ya que la falta no puede ser pasada por alto.


— ¡Búsquenlo! ¡Busquen a su príncipe! — Gritó Yoruichi en pánico total esa mañana.

Kaien había apartado a su hijo de ella a causa de aquellas fiebres que le daban, pero todos los días Yoruichi iba a visitar a su hijo, siempre y cuando ese día no tuviera ningún malestar; ese día había amanecido con mejor salud que los días anteriores y lo primero que hizo fue ir a ver a su hijo. Ya no tenía trabajo, Rukia se había adueñado de todo, así que solo le quedaba ser la madre del heredero.

Los guardias abrieron la puerta y Yoruichi vio a las doncellas que cuidaban al pequeño príncipe dar vueltas en la habitación, como si estuvieran buscando algo. Yoruichi exigió saber qué estaba pasando, pero nadie respondió y cuando se acercó a la cuna de su hijo, exigió saber dónde estaba el bebé.

Una de las doncellas explicó que no encontraban al pequeño príncipe y Yoruichi inmediatamente hizo que los sirvientes y los soldados, que se suponía debían de cuidar la entrada para que eso no pasara, empezaran a buscar a su hijo por todos lados.

Mientras todos buscaban al pequeño príncipe, Yoruichi avanzó casi corriendo por los pasillos del palacio hasta llegar a las habitaciones del rey, donde Ichigo estaba parado custodiando la puerta.

— ¡Quítate! — Ordenó molesta pero Ichigo no se movió.

— Su majestad, sabe muy bien que... — Empezó el comandante aquella explicación que le daba cada vez que ella intentaba entrar a esa habitación y él estaba parado ahí.

— ¡Me importa un carajo! ¡Que te quites, Ichigo! — Yoruichi sentía tanto enojo y desesperación, que empujó con fuerza al comandante haciéndolo tambalear y quedar apoyado en la silla que siempre disponían para él. Abrió la puerta de golpe y lo primero que vio fue que Rukia se incorporaba asustada en la cama seguida de Kaien que se había despertado abruptamente.

— ¡Qué demonios te pasa! ¿Cómo te atreves a entrar a mi habitación así? — Kaien, que rápidamente comprendió que Yoruichi estaba ahí, empezó a buscar sus pantalones con la mirada. Rukia seguía sentada en la cama, como si estuviera aturdida por la interrupción de la reina y no supiera donde estaba su ropa.

— ¡Me atrevo porque soy la maldita reina aquí! — Yoruichi gritó y miró a Rukia que había empezado a buscar sus cosas con la mirada para vestirse. — ¡Tu hijo se pierde y tú estás aquí, revolcándote con tu amante!

— Su majestad... yo... — Había empezado a hablar Rukia haciendo que la reina se fijara en ella.

— ¡Y tú te callas, lárgate de aquí! — Yoruichi estaba furibunda y desesperada.

— Comandante. — Kaien llamó a Ichigo que estaba detrás de Yoruichi. El comandante tenía una expresión insoldable en el rostro y procuraba no mirar a Rukia que se vestía a toda prisa. — Lleve a la señorita Rukia a su habitación.

La pasividad con la que dio esa orden hizo que Yoruichi se lanzara contra Kaien, que se había parado y puesto el pantalón, en un arranque de odio buscando golpearlo tanto como se pudiera. Ichigo se apresuró a detenerla pero las manos de la reina habían logrado darle un arañazo en la cara al rey. Kaien pasó sus dedos dónde había sentido el arañazo, notó que había algo húmedo y algo de dolor; con calma, e ignorando a la reina que seguía sujeta por el comandante, revisó sus dedos notando algo de sangre. Su expresión se tornó en una de enojo total.

— ¡Encierra a la reina en su habitación! ¡Mueve a tus hombres para que busquen a mi hijo! ¡Ahora! — Ordenó Kaien haciendo que Ichigo se llevara a la furibunda Yoruichi que gritaba y pataleaba para que la soltaran.

La reina quería matar a Kaien y encontrar a su hijo, en ese orden.


Antes de entrar a la Gran Casa, Karin escuchó que un soldado la llamaba, así que se detuvo y esperó a que el hombre llegara hasta ella. El soldado era un mensajero de Ichigo, así que después de que el hombre se presentó, Karin tomó el tubo de metal donde iba el mensaje y lo despidió.

— ¿Qué pasa? — La voz de Toshiro sonó detrás de ella haciéndola girar sobre sus pies para verlo después de leer rápidamente lo que contenía ese papel.

— Es un mensaje es de Ichigo, dice que es hora. Que marchen a Kuvar e inicien el ataque para recuperar las tierras. — Le pasó el mensaje al General para que lo leyera comprobando lo que decía.

— Bien, justo a tiempo. Los soldados están ansiosos y hay que empezar a soltar los rumores. — Karin asintió y entró a la casa para empezar a hacer su parte del trabajo.

Toshiro se reunió esa tarde con Ukitake, que había llegado para prestar su consejo fingiendo que estaba de reposo médico; con Renji, que estaba procurando la seguridad del Bosque y de su nueva familia; con el capitán de la guardia privada del rey de Jetaiya, que había llegado unos días antes como el representante de su rey; con el mercenario, que se sentía solo desde que Yuzu se había ido de ahí por órdenes de Ichigo; y con un enviado de la guardia de Vayalat como representante del rey de ese reino. Cada uno estaba ahí siguiendo las órdenes del Comandante, cada uno por sus propios intereses pero todos con el mismo fin, quitar a Kaien del trono y repartirse el continente.

— El momento que estábamos esperando ha llegado. Los que están en el palacio han empezado a moverse para distraer los ojos de Kaien y no se fijen en lo que pasa de este lado. Mañana marcharemos a las tierras que Kuvar ha creído fácilmente conquistadas y las vamos a recuperar. Del éxito de este movimiento, y de la habilidad de los soldados que se han entrenado, sabremos si la caída de Kuvar es un hecho o no. Haremos que se defiendan y los obligaremos a moverse para atacar Adelaar. — Hablaba Toshiro frente a los hombres que estaban atentos a lo que decía, con las ansias de guerra empezando a hervir en su sangre.

— ¿Y cómo haremos que ellos ataquen Adelaar? — Preguntó el Capitán de la guardia de Jetaiya mirando al General.

— Expandiremos los rumores de la falta de soldados, los haremos creer que hemos movido a todos los soldados hacia el sur para recuperar las tierras.

— ¡Perfecto! El Comandante me confió la tarea de hacerle llegar al rey kuvarita una carta junto con un pequeño regalo de su parte. — Dijo Ukitake con esa calma que lo caracterizaba.

— ¿Cuál regalo? — Preguntó el invitado de Vayalat.

— Uno que voy a cosechar cuando estemos en el campo de batalla. — Habló el hombre, que había dejado esa calma tan habitual en él, dejando ver las ganas de batalla que también tenía.

Al día siguiente, cuando la luz del sol peleaba por salir entre las Montañas Azules, los soldados tomaron la formación aprendida y emprendieron el avance hacia la frontera sur de Avanta con la clara intención de plantar batalla. El mercenario partió después de ellos, tomando el camino junto con el Capitán de la guardia de Jetaiya, para llegar a las Tierras quebradas donde sus hombres habían hecho el campamento; y el enviado de Vayalat tomó su caballo para regresar a su propio reino y avisar a su Comandante. Todo estaba dispuesto, todos seguían las órdenes que debían de seguir y todos sabían que si algo salía mal entonces todo podía perderse.


Ichigo se encargó de montar la búsqueda del príncipe por todo el palacio y los terrenos del bosque que tenían, e incluso más allá de este. Hizo que los soldados buscaran en la ciudad, en las casas y el mercado, en el templo y en cualquier lugar que pudiese ser un escondite para un niño. Sabía que el primer día debía de mover todo, hacer que se sintiera la desesperación en todos los soldados por encontrar al niño, que vieran la desesperación que emanaba de él por cumplir con su misión para que, conforme pasaran los días de búsqueda, se fueran reduciendo las esperanzas de encontrarlo vivo y solo quedara la idea de encontrarlo.

Un soldado se le acercó a Ichigo una tarde, tenía en las manos un trapo sucio y roto que le presentó junto con una condolencia. Ichigo se le quedó mirando detenidamente buscando comprender lo que el soldado había dicho eso hasta que notó como Ulquiorra se acercaba a él a paso lento. Ichigo lo miró detenidamente, fijándose en lo que cargaba entre los brazos y que estaba envuelto con la capa, hasta comprender lo que estaba pasando; miró el trapo sucio que tenía en las manos y luego a Ulquiorra que ya estaba frente a él.

— No pudieron encontrar la cabeza pero estamos seguros de que es el príncipe Kane, la ropa desgarrada es de él. Creemos que fue abandonado a su suerte y los animales se lo comieron. — El general no demostraba emoción alguna e Ichigo asintió a lo que dijo con un gesto compasivo en la mirada.

— Le avisaré a los reyes. Hagan los preparativos para el funeral. Declaren el luto por el príncipe Kane. — Pidió Ichigo antes de darse la vuelta para dirigirse al palacio con paso firme. Hizo que llamaran a los reyes a una de las salas, una cuyas ventanas daban al templo de las Deidades, y se dedicó a esperarlos pensando la forma en que tenía que decir aquello.

La primera en llegar fue Yoruichi, Kaien ya le había levantado el castigo por haberle golpeado y la había dejado andar libre por el palacio con la condición de que no se le acercara a Rukia. La reina se le acercó con la mirada suplicante, la misma que había tenido todos los días desde que se perdió su hijo, la misma que tenía cuando por las noches esperaba escuchar una buena noticia.

— Ichigo, dime que lo han encontrado. — Habló en un susurro. Tenía los ojos rojos, parecía que no había dejado de llorar desde que se había perdido el niño. Ichigo titubeó un poco pero negó con la cabeza. Yoruichi reprimió un gemido y apretó entre sus manos una de las mantas de su hijo.

— Comandante, ¿Qué noticias tiene de mi hijo? — Preguntó Kaien entrando a la sala donde estaban ellos, andaba con un paso ligero, como si la pérdida de su hijo no fuera más que un evento sin importancia.

Ichigo sabía que el rey estaba así porque casualmente Rukia fue a revisión con la doctora y le dijeron al rey que ella estaba embarazada. Una mentira igual de grande como el reinado de Kaien. Ichigo sabía que Kaien no podía tener hijos, durante años lo había visto acostarse con cuanta mujer se le cruzaba enfrente y ninguna había quedado embarazada; incluso él mismo había llevado a algunas solo para comprobar su teoría. El cañón de Kaien no tenía balas.

El Comandante miró al rey pero, antes de que él pudiera decir algo respecto al príncipe, las campanas del templo de las Deidades empezaron a sonar de una manera lenta. Todos se quedaron en silencio y de nuevo se escuchó una campanada lenta, con el sonido metálico haciendo un largo eco antes de volver a sonar. Era el toque de luto. Yoruichi lo reconoció en ese momento y soltó un grito tan desgarrador que el siguiente sonido de la campaña fue ahogado por el de la garganta de la reina.

La mágica Adelaar se tiñó de negro por la muerte del príncipe, era muy joven, le faltaba vivir la vida, la faltaba conocer el mundo y le faltaba que fuera real.

Todo aquello era una farsa tan grande como la búsqueda para encontrar al niño.

Rukia no tenía el valor para matar a un niño, el que ese niño fuera hijo de Ichigo le hacía más difícil el tomar esa decisión aunque en el fondo deseara entregar a ese niño a la Sombra solo por ser hijo de Yoruichi. Ichigo decía no sentía afecto por ese niño, nunca lo vio como a su hijo, pero tampoco iba a permitir que el niño tuviera una vida trágica y terrible. Ichigo había aprendido demasiado bien el tipo de amor que le expresó su padre, aunque él no hubiese querido aprenderlo, pero también sentía la compasión que su madre mostró con él.

Esa noche, la noche en que Rukia tomó al niño, ella recorrió en silencio los pasillos del palacio; los soldados estaban en el cambio de guardia, como todas las noches, y no notaron que ella salía del palacio utilizando aquellos pasajes ocultos que se habían construido para realizar una huida de emergencia. Afuera la estaba esperando Yuzu, vestida con una capa de viaje oscura, lista para tomar al niño e irse de ahí antes de que alguien pudiera verla. Yuzu era una viuda joven y una princesa, podía darse el lujo de adoptar a un protegido si ella quería; podía darse el lujo de decir que ese niño era un familiar lejano y que nunca la faltara nada.

Ulquiorra no estaba de acuerdo con el plan pero lo había hecho porque era una forma de salvar al niño de la posible masacre que se desataría en el palacio. Una cosa era arrojar a la Dama de las Llaves desde un balcón y otra muy grande herir a un niño. Solo Kaien era así de cruel para lastimar a un niño.


En cuanto Kaien entró a la Cúpula, todos los presentes se levantaron, e Ichigo aprovechó que el Señor de Gardelia seguía en el palacio, aún después de los funerales del pequeño príncipe, y que había sido invitado a esa junta a petición expresa de Kaien, para entregar las cartas que le habían llegado del frente de batalla.

— ¿Qué significa esto? — Exigió el rey mirando las cartas que estaban firmadas por Toshiro.

— Kuvar, su majestad. Son los reportes del ataque la frontera sur. — Explicó Ichigo con seriedad en la voz. Toda la que se requería para un asunto en donde estaban "perdiendo" de manera abismal.

— ¡Se supone que tú eres el comandante, arregla esto!

— Eso he estado haciendo, su majestad. He enviado tropas pero parece que no son suficientes.

— Aquí dice que una flota con la bandera de Kuvar se está moviendo a nuestro reino y que hemos perdido dos señoríos. ¿Cómo pasó esto? — Exigió Kaien con una creciente alarma en su interior. ¿Cómo había permitido Ichigo que pasara eso?

— No tenemos tantos soldados, su majestad. Con los recortes al salario que aprobó el verano pasado, muchos de los soldados desertaron alegando que ganaban más arreando vacas. Pocos se quedaron para servir, temo que solo tenemos la mitad de lo que teníamos antes, quizás un poco más si logramos convencer a algunos de unirse a la guerra. Si no mal recuerdo, le expresé mi preocupación por los soldados en la verano, cuando hablamos de invadir todos los reinos. — Kaien hizo una mueca de enfado, Ichigo le estaba mostrando las debilidades del reino al señor de Gardelia.

Kaien caía en cuenta que las preocupaciones que le había expresado Ulquiorra e Ichigo eran realmente importantes. Nunca pensó que algo así podría pasar, nunca imaginó que lo atacarían y que el reino estuviera tan desprotegido. Ichigo le estaba preguntando qué debían de hacer pero por un momento el pánico lo había congelado y no encontraba su propia voz.

— Es obvio, atacar. — El señor de Gardelia se levantó de su asiento mirando a los hombres que estaban ahí. — Regresaré a la ciudad y haré que se prepare la armada. Enviaré a los hombres para que defiendan la capital. — Ichigo intuyó que aquello era más un escape que una manera de ayudar a Kaien pero no dijo nada. Le convenía tanto si Gardelia se movía como si no lo hacía.

— Ichigo, convoca un consejo de guerra. Necesito aquí a los generales, llama a Ukitake, él estuvo con mi padre y su consejo nos puede ser útil. La flota de Kuvar es grande, tardará un par de días más en llegar, tenemos tiempo si es que piensan atacar la capital. Necesitamos saber con cuántos hombres contamos antes de que preparar una defensa y un contraataque. Y haz un llamado para reclutar soldados, promete buena paga y gloria a su nombre.

Ordenó haciendo que Ichigo se moviera con rapidez para hacer todo lo que él pedía.

El consejo de guerra se reunió entrada la noche, Ukitake entró en la Cúpula con un trapo que cubría su boca y una ropa que cubría cada parte de su piel; él había estado en el frente de batalla y no podía permitir que lo supieran ya que la versión oficial era que estaba enfermo, por lo que fue el último en llegar y la razón por la cual la reunión inició tarde.

— Contamos con 8,000 soldados a pie, 2,000 a caballo y 800 arqueros. De Gardelia no sabemos con cuantos vamos a contar hasta que el señor de Gardelia envíe los soldados. — Informó Ichigo mientras colocaba los soldados en la capital y algunas ciudades cercanas donde estaban estacionados. Kaien sabía que no tenían los números que podrían asegurar una victoria rápida. — Tenemos la esperanza de que en un par de días aumentemos esos números con los que se recluten y los que envíe Gardelia pero no puedo asegurar que los reclutas nuevos puedan manejar correctamente la espada.

— ¿Y la flota cómo está? — Preguntó Ukitake sin descubrirse la boca.

— La mitad de los barcos necesitan reparaciones. — Agregó el comandante naval poniendo los barcos en las aguas cerca de la capital.

— ¿Y la otra mitad? — Preguntó Kaien contrariado.

— Resistirán un ataque y tienen lo suficiente para atacar. Podemos poner los que necesitan reparaciones en primera fila, como un escudo. La falta de presupuesto no nos permitía tener todos los barcos en óptimas condiciones. No previmos que algo así podría pasar, con su padre estas cosas no pasaban. — El comandante naval dijo aquello con un dejo de reproche en la voz. Kaien fingió no escuchar eso último.

— Tenemos suerte de que solo sea Kuvar. — Se lamentó Kaien que, aunque había visto a su padre planear ataques cuando estuvo solo con él, nunca imaginó que algo así podría pasar tan pronto en su reinado.

Avanta era el reino más poderoso de esa parte del continente, no podía caer de esa manera. Kaien no lo iba a permitir. Uno de los soldados irrumpió en la sala, completamente agitado y con pánico en la voz, pidiendo hablar con el rey.

— Su majestad, nos acaban de informar, han visto una flota de barcos que se acerca por las costas de Kuvar.

— Ya lo sabemos, son los kuvaritas.

— No, su majestad. Son mercenarios. Tienen la bandera de las espadas y el cráneo.

— ¡¿Qué?! — Kaien se levantó de su asiento casi como si tuviera un resorte por piernas. No podía creer que hubiese mercenarios enfilándose hasta ellos.

— ¿Kuvar contrató a los mercenarios? — El comandante naval estaba sin palabras y varios de los que estaban ahí murmuraban cosas sobre estar perdidos y ser el fin de todo.

— ¿Algo más de lo que debamos saber? — Preguntó Kaien mirando como el mapa se llenaba de barcos y soldados que no eran suyos.

— Nada más su majestad solo rezar a las Deidades para que Vayalat no se les una. — Soltó Ichigo apoyado en la mesa poniendo varios soldados en la capital. — O en verdad, vamos a caer.