Momento

Nanatsu no Taizai © Nakaba Suzuki

Sinopsis: Lo que no importa es el tiempo, sino el momento, la emoción [Kiane Weekend 2021].

Nota de la autora: ¡Inició la Kiane Weekeend! Finalmente, puedo sacarme las ganas de publicar estas historias que vengo preparando. La verdad, esto había comenzado como one-shots independientes que se iban a conectar por el inicio y el final, pero acabó siendo una historia corta.

Las cosas cambian mucho en unos meses, ¿verdad?

Espero que les guste.


Capítulo 1: Sueño


Algunos siglos atrás.

King era una persona intuitiva. Si se despertaba y sentía que algo andaba mal o un poco extraño, no había nada en el mundo que le impidiera cerrar los ojos y volver a dormirse. Excepto en esa ocasión.

«Rey Hada…».

Las imágenes, las escenas. El filo del arma tocando su espalda, y King dándose cuenta de que no tenía mucho tiempo antes de que el río lo tragará. Si bien había sido herido gravemente, luchó por permanecer a flote hasta que en un punto todo desapareció.

Hasta ese momento.

Los recuerdos eran nítidos en su mente de un momento a otro. Se mordió el labio inferior mientras pensaba en ello. Hizo una pausa y notó que la tensión en cuerpo había aumentado de tamaño. Genial, reflexionó, maldiciendo. Nada en su mente no estaba equivocada; era el Rey Hada.

—¿Yo soy el Rey Hada Harlequin…? —preguntó, incluso si ya lo había asumido en su sacudido interior. El estado de ánimo del ambiente cambió de forma drástica y ese no fue solo el efecto que tuvo. Por su escándalo, Diane también se despertó—. Protegía el bosque y fui por mi mejor amigo Hellbram que entró al reino humano. Y entonces…

—Harlequin, ¿qué pasa? —preguntó Diane con cuidado. La expresión de King se volvió cabizbaja.

Estaba muy lejos de la tranquilidad que había mantenido durante los últimos siglos, pero descubrió que no le importaba ahora que podía ver que había interrumpido el sueño de Diane y, posiblemente, su estilo de vida. Para empeorar el ambiente, un estallido se oyó y la chica gigante salió con rapidez de la cueva.

—Esto es… —murmuró King en voz baja, mirando hacia el exterior. No habían pasado cinco minutos desde que había recobrado sus recuerdos, pero ya estaba perdido y su mente se había congelado.

—¡La aldea! —fue lo que soltó Diane con angustia. Una intensa luminosidad rojiza brillaba detrás de la montaña. King pudo ver como la chica se tensaba desde la espalda—. ¡Tengo que ir!

—Es peligroso —una voz severa de King interrumpió a Diane, y se regresó para observar—. ¡Quédate aquí, Diane!

—¿Eh?

—Voy a ir solo. Y cuando todo termine… —refunfuñó King, sacudiendo la cabeza para aclarar sus pensamientos. Su vuelo se sintió pesado y evitó mirar a Diane con pesadumbre en su corazón.

—Vas a buscar a tu amigo, ¿verdad? —sonrió Diane. Podría parecer ajena, sin embargo, podía decir cuando alguien se tenía que despedir. O al menos esperaba poder hacerlo—. Y luego regresar a tu hogar, con tu gente…

King se dio la vuelta y nada más se detuvo por medio segundo para leer la mirada triste de Diane que transmitía despedida. Al parecer, era la más consciente de que todo había llegado a su final. Estaba seguro de que probablemente la situación iba en contra de una docena de cosas que habían pensado a futuro. Llevar la vida de manera pacífica, una vida en aquella cueva, yendo de aquí para allá, quizás en algún momento viajar o recorrer. Alguna vez recuperar sus recuerdos...

Sueños juntos. Sueños rotos.

King lo sabía. Pero no tenía la energía para tratar de convencerse de nada en ese momento.

Entonces, solo se estremeció un poco y sonrío, diciendo.

—Volveré por ti, pase lo que pase. Es una promesa.

Para cuando Diane se dio cuenta de que los labios de King habían soltado aquella frase esperanzadora, rompió en la sonrisa más brillante que el hada había visto en su vida. Su boca se convirtió en una amplia sonrisa para igualar. Ni siquiera le importaba la situación existente, sin embargo, para Diane, por supuesto, era lo mejor que podía hacer. Aunque también dejó caer sus lágrimas justo a tiempo para responder.

—Sí.

Eso no serviría, no obstante, ante los sueños rotos, era peor que nada.