Momento

Nanatsu no Taizai © Nakaba Suzuki

Sinopsis: Lo que no importa es el tiempo, sino el momento, la emoción [Kiane Weekend 2021].

Nota de la autora: Este capítulo iba a tener otro enfoque, pero gracias a una pregunta que Nakaba me respondió en el manga, cambié la historia. Lo que iba a ser este capítulo cuatro ahora es el epílogo que subiré más tarde.


Capítulo 4: Juramento


Se abrieron paso a través de varios integrantes del clan bulliciosos, en su mayoría algunas hadas que volaban despavoridas intentando comprender que habían sido los últimos acontecimientos, y salieron hacia una planicie principal del bosque y recorrieron un poco, que conducía a una de las zonas destinadas a la privacidad del Rey Hada.

King aflojó su postura con el fin de arrojar un largo y cansado suspiro.

—Espero no tener que pasar por esto de nuevo.

—No lo sé, ¿todavía no queda uno? —refunfuñó una voz que debía ser Ban.

—Ese es el Árbol Sagrado, idiota —King le arrojó una rama sobre la cabeza—. Estoy sorprendido por la forma en que el capitán y Zeldris pudieron derrotar a la Suprema Deidad. Esto es muy extraño.

Ban asintió con razón. A diferencia del enfrentamiento contra el Rey Demonio, la aparición y posterior derrota de la Suprema Deidad se sintió antinatural. Sin embargo, al lado de hallar una explicación lógica, una caja en específico entre los regalos de boda llamó la atención del antiguo inmortal. Parecía que albergaba algo ligero y nada importante, no obstante, según Dreyfus, era regalo del Rey Baltra.

—Me pregunto qué será —dijo, mirando en su interior. Su sorpresa al descubrir que había no fue nada disimulada, porque King volteo hacía él—. Espero que sepas que hacer con esto —añadió, y le arrojó la caja.

—¡¿Eh?!, ¿de qué estás…? —preguntó King recibiendo la caja torpemente entre sus manos. De inmediato, tanto Ban como Elaine, que hasta ahora había estado platicando con Diane, se alejaron dejando al matrimonio.

Eso hizo que el Rey Hada respirara hondo, sintiendo que cada músculo de su cuerpo se tensaba en un intento de cerrarse. Pero algo en el dedo firme y tranquilizador que apreció en su hombro rompió sus defensas, y su exhalación se sintió relajada.

—¿Ese no es el regalo que nos envió el Rey Baltra? —murmuró Diane en tono de curiosidad.

—Sí, este es —se carcajeó el hada entre dientes. La calidez del aliento de su esposa agradable en su frente—. ¿Quieres ver lo que hay adentro?

—¡Claro!

Una vez que buscaron su sitio adecuado (una rama que pudiera tener al hada en una altura adecuada para Diane) las manos de King se movieron hacia la caja, inclinándose hacia atrás para mirarla con detalle. Cuando extendió la mano para levantar la tapa, su corazón saltó en un latido al distinguir lo que había dentro.

—¿Esos son…?

—¿Anillos…?

Su rostro debió estar atascado en un estado de asombro porque Diane le dio un ligero toque tranquilizador.

—¿Anillos? —repitió King con incertidumbre e hizo una pausa. Miró una vez más el contenido y notó no solo el diferente tamaño entre cada uno, sino también una nota. La tomó y leyó en voz alta—. "Al Pecado del Oso y el Pecado de la Serpiente: les entregó estos anillos de boda para que juren cuánto amor se profesan. Con mucho aprecio, el Rey Baltra".

Diane agachó la cabeza tímidamente, se pasó los dedos por el pelo.

—¿Entonces ese que es más grande es para…?

King tragó saliva y no pudo evitar sentirse avergonzado. Otra costumbre humana de la cual no tenían mucho conocimiento, no obstante, y a diferencia del beso durante la ceremonia, la avidez en ese momento recorriendo su interior fue superior.

Con la mayor delicadeza del mundo, busco el dedo donde quedará el anillo. En silencio, Diane tomó el suyo e hizo lo mismo. Finalmente, el dedo anular de cada uno estaba adornado. Satisfecho, King giró el rostro hacía su esposa y sus ojos se clavaron en la mano que llevaba el anillo. Vio su propia sonrisa reflejada en los ojos morados de ella.

—Espero que ahora me perdones, no sé qué hacer exactamente.

La sorpresa inundó el rostro de Diane.

—¿Qué?

—Estoy bromeando, sé que hacer, es mi venganza por lo de que hace un rato —confesó King soltando una risa bastante divertida.

—¡Tonto!

En un instante, King estaba encima de ella, sus manos ahuecando su dedo con el anillo, pero con el dramatismo por las nubes y una sonrisa nerviosa salpicada en sus facciones. Diane tuvo que controlar cada gramo que tenía para evitar que su rostro se pusiera rojo como un tomate mientras decía.

—Ha pasado mucho tiempo desde que nos conocimos y he podido pensar mucho en lo que pasamos, pero también sé que hay situaciones que debemos dejarlas ir o cambiarlas. Eso no lo sé todavía —soltó, mirándola con una pequeña sonrisa—. Prometo siempre estar o volver, aunque tampoco sé eso, pero…—se detuvo, respiró y continuó—. En toda mi vida nunca he sido más feliz como ahora mismo que estoy contigo, Reina de los Gigantes.

La respiración de la gigante se entrecortó.

—Te amo, Diane.

Se suponía que debía dejarla decir sus palabras. En cambio, se acercaron más y más, hasta que Diane pudo ver las lágrimas aparecer junto a su creciente sonrisa, hasta que la mano de King tomó su mejilla con gran ternura y hasta cuando juntaron sus labios.

Cuando se besaron, Diane pudo sentir que todo calzaba en su lugar. El tiempo transcurrido, el camino atravesado, cada fragmento de lo que había sido su historia. Todo calzaba en ese momento.

King trató de mantener la mueca de emoción fuera de su rostro mientras se separaba un poco después. Odiaba mentir, tampoco era muy bueno en eso, por lo que trató de ser lo más honesto posible cuando dijo:

—Creo que me deje llevar. Lo siento.

Diane asintió con la cabeza mientras se levantaba para sentarse mejor, frotándose el anillo en el dedo.

—Bueno, eso fue considerado de su parte —le respondió. Hubo un momento de pausa antes de que Diane hablara de nuevo, en un tono más suave—. Entonces, ¿seguimos adelante?

La sonrisa de King se suavizó mientras se inclinaba un poco hacia atrás, no solo mirando el cielo, sino mucho más allá.

—No puedo esperar.