Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

19/10/2014

Desde la ventana de mi habitación, vi estacionarse el Mercedes junto a nuestra casa y me di cuenta que estábamos a punto de tener compañía. No muchos Mercedes se dirigen a nuestro lado de la ciudad.

—¿Sakura? —gritó mamá desde el piso de abajo—. Creo que tenemos un cliente.

Cerré mi libro de Álgebra II con un suspiro y me recosté en la cama donde estuve trabajando a través de las ecuaciones por la última hora. El señor Iruka (09-08-2039) nos dio una tonelada de tarea e, irónicamente, realmente luchaba con las matemáticas.

—¿Sakura? —gritó mamá de nuevo—. Cariño, ¿estás ahí arriba?

—¡Ya voy!

Rodé fuera de la cama y me tomé un minuto para hacer mi cabello hacia atrás y me quité mi sudadera, cambiándola por un suéter. Cuando llegué al rellano, mamá se hallaba al final de las escaleras esperando por mí.

—Ella está atrás —dijo después de que bajé. Alisando mi cola de caballo con su mano, agregó—: Parece una dama agradable. Dice que solo necesita una fecha, así que creo que será fácil. Además, mantendré tu cena caliente en el horno.

Podía oler la pizza desde la cocina. Estoy tan casada de la pizza que podría gritar. Ahora mamá rara vez cocina, así que todo lo que parecíamos tener eran empanadas rellenas de queso y carne, pizza para microondas, nuggets de pollo o cualquier otra cosa que viniera en una caja.

—Tengo que ir a la tienda por algo de leche —dijo mamá mientras me dirigía a la parte trasera de la casa—. Pero esperaré hasta que termines.

Mamá nunca me dejaba sola en casa con un cliente, lo que era bueno, pero sabía que estaba ansiosa por ir a la tienda. Leche era su código para vodka. El alcoholismo de mamá dejó de quemar un agujero en mi estómago cuando me di cuenta que era incapaz de detenerla. Muy dentro de mí realmente me importaba, pero intentaba no dejar que se mostrara.

Cuando entré en el cuarto de atrás, lo primero que noté sobre mi clienta fue que era realmente bonita, regia incluso, vestida con pantalones de gamuza color chocolate y una blusa de seda color crema. Un grueso, lujoso abrigo de piel colgaba del respaldo de la silla. Supe de inmediato que era de Parkwick. Tenían mucho dinero en Parkwick.

Me dirigí hacia la silla opuesta a ella y me senté.

—Hola, Sakura —dijo con una cálida sonrisa.

—Hola —respondí, tirando de mi suéter. Me sentía un poco autoconsciente ante su elegante presencia.

—¿Cómo te encuentras esta tarde?

Parpadeé. Nadie nunca se preocupó por preguntarme cómo estoy.

—Uh… bien.

La dama sonrió de nuevo.

—Soy Sue Yamanaka —me dijo, ofreciéndome su mano. La sacudí, sorprendida por su manera relajada y sencilla—. Lamento mucho llamarte durante la hora de la cena — continuó la señora Yamanaka—, pero fue el único momento en que pude escaparme del hospital, y apenas me las arreglé para reunir el valor de venir a verte esta noche.

Me enfoqué en ella un segundo. 21-07-2068. Eso me hizo relajarme. Si preguntaba por sí misma, probablemente le gustaría la respuesta.

—Está bien —le dije, refiriéndome a la hora de cenar—. Solo comeremos pizza otra vez.

La señora Yamanaka se recostó y lanzó su linda sonrisa hacia mí.

— Solía amar la pizza cuando tenía tu edad. Debes tener quince o dieciséis, ¿verdad?

—Dieciséis —le dije.

Continuó estudiándome curiosamente. Noté que tenía un enorme diamante en su dedo anular izquierdo. Me pregunté si era pesado.

— Eres muy joven para tener tal regalo y ser capaz de compartirlo con las personas.

Sonreí.

—Sí, soy una Santa Claus ordinaria.

Las cejas de la señora Yamanaka se elevaron, y abrí la boca para disculparme, salió un poco sarcástico, pero se rio y me guiñó. Fue como si acabáramos de compartir un secreto.

—Bueno, no quiero demorarte demasiado —dijo después—. ¿Tu madre me dice que necesitas una fotografía para mirar?

Asentí y sacó su monedero. Era de cuero oscuro y parecía suave como la mantequilla. La señora Yamanaka lo abrió y volteó una fila de imágenes. Tenía tres niños. Después de una leve vacilación, giró la foto de arriba y dijo—: Esta es mi Ino. Por favor dime cuánto tiempo tiene.

Le eché un vistazo a la foto. La niña en ella tenía tal vez cinco o seis, y era calva. Su rostro se encontraba todo hinchado, pero llevaba una banda con un pequeño lazo rosado en la cabeza y tenía una sonrisa enorme. Los números flotaron justo bajo la cinta.

—Diecisiete de junio, dos mil ochenta y nueve —dije.

Por un momento, la señora Yamanaka no se movió ni habló, pero sus ojos se llenaron de lágrimas. Me hallaba acostumbrada a que la gente se pusiera emocional. Normalmente lo ignoraba, pero me gustaba esta señora y pude sentir un pequeño nudo formándose en mi garganta. Moví una caja de pañuelos desechables que mamá dejó en la mesa hacia ella. Tomó uno y golpeó ligeramente sus ojos.

—¿Mi bebé realmente va a vivir tanto? —preguntó con un susurro ahogado.

Asentí.

—Sí, señora. El día de su muerte es el diecisiete de junio del año dos mil ochenta y nueve.

La señora Yamanaka tragó con fuerza y limpió recatadamente sus mejillas.

—Gracias, Sakura —dijo—. Me has ayudado más de lo que posiblemente puedes saber. Ino tiene leucemia, y no lo está haciéndolo muy bien en este momento. Su médico quiere que participe en este ensayo de drogas experimentales, pero los efectos secundarios son horribles, y no quiero que mi niña pase a través de eso si no hay esperanza. —La señora Yamanaka se detuvo para mirar la foto, pasando un dedo sobre la imagen de su hija. Pasó un momento antes de que hablara de nuevo—. Como madre, uno nunca quiere que sus hijos sufran a pesar de que no podamos soportar la idea de una vida sin ellos. Si no hubiera posibilidad de que mi bebé sobreviviera más allá de seis meses, iba a decir que no al ensayo. Me has dado esperanza, y no puedo agradecerte lo suficiente.

Le sonreí pero de pronto me sentí tímida, y dejé caer los ojos a la mesa. Mi mirada aterrizó en la cartera mientras la señora Yamanaka la cerraba, y fue ahí cuando vi algo que hizo que mi respiración se atorara. Me extendí y puse una mano sobre su brazo.

—Espere —dije, entrecerrando los ojos hacia las imágenes. Había dos niños más ahí. Uno era un chico algo mayor que yo, tal vez de dieciocho o diecinueve años, con cabello negro, brillantes ojos verdes, y realmente apuesto. El otro era un chico un poco menor que yo, tal vez de trece o catorce años con cabello más claro pero los mismos ojos y la misma cara hermosa. Los números del chico más grande eran similares a los de su hermana, 19-11-2075, pero los del hijo del medio eran una historia completamente diferente.

—¿Él también está enfermo? —pregunté, apuntando hacia su

La señora Yamanaka me miró enigmáticamente y giró la billetera.

—¿Inojin? —preguntó—. No, cariño. Está perfectamente bien.

Mi corazón comenzó a latir rápidamente. Nunca antes vi números tan cercanos en alguien tan joven y saludable. Por un minuto, no supe qué hacer. No preguntó por su hijo menor, pero, ¿cómo podía no decirle, cuando la fecha del niño se encontraba tan cerca? Decidí decirle, quizás esta vez cambiaría las cosas. Apuntando hacia la foto nuevamente, dije:

—Señora Yamanaka, el día de su muerte no es como el de sus otros hijos. Es mucho más cercano.

Sus ojos se agrandaron, pero mantuvo su tono de voz.

—¿Oh? ¿Qué tan cercano?

—Es la próxima semana.

Jadeó. Luego sacudió la cabeza.

—No —me dijo—. No. Eso no es posible. Inojin está bien. Perfectamente saludable.

Miré fijamente la imagen para estar segura. Mordiendo mi labio, la miré de nuevo.

—No estoy equivocada.

Palideció y se inclinó hacia adelante.

—¿Cómo?

Y ahí estaba. Esa pregunta que no podía responder. Sacudí la cabeza, sintiendo el peso de la muerte de papá caer sobre mis hombros. Al mismo tiempo, los ojos de la señora Yamanaka se estrecharon. Miré de nuevo la foto de Inojin. Sus números se mantuvieron obstinadamente fijos. Sabía que tenía que tratar de convencerla.

—No sé cómo. ¿Tal vez un accidente? No estoy segura. Pero algo malo va a pasarle, y si no hace algo, morirá la próxima semana.

Fue la incertidumbre y la imprecisión de mi respuesta lo que se asentó en ella. Me malinterpretó como una mentirosa. Lo vi en su expresión cuando empezó a negar con su cabeza, y su mirada se alejó de la mía mientras cerraba su billetera.

Desesperada por hacer que me creyera, dije—: Puedo decirle la fecha…

—¡Detente! —ordenó, interrumpiéndome. Con su boca presionada en una delgada línea, se levantó, recogió su bolso de diseñador, y metió su billetera en él—. Tú y tu madre deben pensar que son muy listas —dijo, viéndome como si esperara una confesión completa. Cuando no dije nada, agregó—: ¡Oh, sabía que esto era una farsa!

Sentí arder mi estómago.

—No es una farsa.

—¿En serio? ¿No estabas a punto de decirme que mi hijo ha sido objeto de algún tipo de maldición mortal y por un cargo adicional estarías feliz de removerlo?

La miré fijamente. Ella me vio con desprecio. Entonces, observé sus ojos dirigirse a un punto sobre mi hombro derecho. Mamá puso un cartel ahí con grandes letras en negrita. ¡ABSOLUTAMENTE SIN DEVOLUCIONES!

La señora Yamanaka resopló desdeñosamente.

—Disfruta tu pizza, Sakura.

Luego tomó el abrigo de la silla, causando que esta se cayera. No la levantó. En cambio, salió de la habitación sin mirar atrás. Me senté ahí por unos buenos diez minutos viendo la mesa. Se sentía como si hubiera sido golpeada en el estómago. Finalmente mamá asomó su cabeza.

—Tu cena está sobre la mesa. —Después miró la silla volcada—. No lo tomó muy bien, ¿eh?

Sacudí la cabeza.

—Oh, cariño —dijo mamá, acercándose para apretar mi hombro—. Tienes que recordar que eres solo la mensajera. No eres responsable por la fecha o la manera en que tus clientes toman las noticias. Y cómo reaccionó esa mujer aquí es solo su primera reacción. Dale algo de tiempo para recuperarse de la sorpresa, y llegará a un acuerdo con eso.

Tragué duro. No quería decirle lo que sucedió, porque podía conducir a una discusión. Así que simplemente murmuré—: Lo sé, mamá. —Y la seguí fuera de la habitación para cenar, pero no hice más que picotear mi pizza.

Después de cenar, fui a encontrarme con Naruto, mi mejor amigo. Su verdadero nombre era Naruto Uzumaki (16-08-2094), pero ha preferido el apodo que le dieron unos matones en el patio de juegos de la escuela primaria por tanto tiempo como lo puedo recordar. No es halagador, pero él dice que es mejor que Naruto.

Naruto y yo hemos estado juntos desde tercer grado cuando, después de que muriera el señor Gilbert, ninguno de los otros niños quería tener algo que ver conmigo. En aquel entonces Naruto era un gordito de ocho años de edad, con brillante cabello rubio casi blanco y una sonrisa tonta permanente. Usaba una capa roja en la escuela y les decía a todos que quería crecer para ser Superman. Nunca perdió su gordura, pero la capa se fue hace mucho. Socialmente, es súper raro, pero por dentro de ese pecho rechoncho late el corazón de un superhéroe, de seguro.

Me envió un mensaje antes para encontrarme con él en la cafetería a medio camino entre nuestras casas. Naruto y yo vivimos a medio kilómetro de distancia en un suburbio lleno de majestuosos álamos, arces y robles. Se alinean a lo largo de las calles por lo que algunos días apenas se puede ver el sol. Mientras iba en mi bicicleta hacia la cafetería, el viento arreció, levantando las hojas por encima de mí, palmeando. Sonaba como si pasara bajo un dosel de aplausos. Hojas naranjas, amarillas y rojas llovieron sobre mi cabello y hombros mientras pedaleaba. Cubrieron la calle y quedaron atrapadas en mis ruedas, donde aplaudieron un poco más.

La cafetería donde Naruto y yo nos encontramos no es grande, no mucho más que un par de cabinas y un pequeño mostrador, pero es barata y nos gusta pasar el rato ahí los domingos en la noche porque Kurenai (20-03-2022), la camarera más vieja que trabaja en ese turno, no nos mira con disgusto cuando tomamos una cabina en la parte de atrás y no le damos más propina que un dólar con cincuenta por un par de coca-colas y pasteles de crema de chocolate.

Mientras entraba a la cafetería, noté a Temari Sabaku (19-01- 2082). Es una estudiante de segundo año que se mudó frente a mí el año anterior. Estaba aquí con su novio, Shikamaru Nara (24-08-2078), quien es menor. Se besaban de forma bastante caliente y pesada en una cabina diagonal a donde Naruto se encontraba sentado.

Él parecía incómodo, y podía decir que trataba de alejar sus ojos mientras Shikamaru toqueteaba a Temari. Naruto es una dulzura, criado por una madre soltera, y es un poco anticuado en cuanto a cómo tratar a una chica. Asentí hacia él y rodé los ojos mientras pasaba a Shikamaru y a Temari. Escondió una sonrisa con la mano.

—Hola —dijo cuándo me acerqué—. Ya ordené para nosotros.

Me senté y miré sobre mi hombro a los tortolitos. Me giré de vuelta hacia Naruto y sacudí la cabeza.

—¿Cuánto tiempo han estado aquí?

—Lo suficiente para molestar a Kurenai —dijo Naruto, gesticulando con su barbilla hacia la mujer mayor al otro lado de la cafetería, quien actualmente tomaba la orden de otro cliente.

Solo podía imaginar el momento difícil que Shikamaru y Temari le daban a la mesera. Shikamaru tenía una vena mezquina en él, y Temari no era mucho mejor. Miré detrás de mí de nuevo, y esta vez vi que Temari alejó a Shikamaru y fruncía el ceño en nuestra dirección.

Temari no es mi mayor fan. En el verano del 2013, ella, Naruto y yo nos la pasábamos juntos después de que se mudara frente a mí, pero al momento en que la escuela empezó y descubrió por los otros chicos lo que yo podía hacer, me dio la espalda con rapidez. En el lapso de una tarde pasó de ser mi dulce amiga a una perra que apuñala por la espalda, y nunca pude descubrir qué le hice personalmente para que me odiara tanto.

Me giré de vuelta a Naruto, y mientras lo hacía escuché a Temari cantar—: ¡Ding dong! La bruja está muerta.

A ella le gusta decirles a todos que soy una bruja. La he escuchado decir que mi mamá y yo somos parte de un aquelarre, y que lanzamos hechizos a las personas que vienen a verme. Naruto confesó una vez que escuchó a Temari decirles a todas las personas en su mesa del almuerzo que vio a un tipo salir de mi casa sangrando por las orejas. Era ridículo.

—¡Ding dong! La bruja está muerta —cantó Temari de nuevo, y ella y Shikamaru se rieron.

Me ericé, pero Naruto me dio una sutil sacudida de cabeza.

—Se están yendo —susurró.

Moví la mirada a la larga ventana detrás de Naruto, lo que me dio un buen reflejo de la habitación detrás de mí, y ambos esperamos en silencio hasta que Shikamaru y Temari dejaron la cafetería.

Un minuto después, Kurenai apareció en nuestra mesa con nuestras tartas y bebidas. Después de que se fuera, Naruto dijo—: Entonces, ¿tuviste un mal momento con un cliente?

Ya le había contado lo básico en un mensaje, pero estaba ansiosa por decirle lo demás. Naruto se sentó con la boca abierta a través de la mayor parte de mi historia.

—¿Su hijo de verdad va a morir la próxima semana, Saku?

Asentí, tomando la tarta con mi tenedor.

—Traté de hacer que me escuchara, pero cree que soy una farsa.

Naruto negó con la cabeza.

—Si la gente cree que no puedes hacer lo que haces, entonces, ¿por qué van a verte?

—No tengo idea —dije de mal humor.

—Así que, ¿qué vas a hacer? —preguntó Naruto después.

Su pregunta me dejó perpleja.

—¿Hacer? ¿Qué quieres decir?

—Bueno, si este chico no está enfermo ni nada, ¿entonces no deberíamos hacer algo para tratar de salvarlo?

Suspiré. Odiaba saber cuán cerca estaban las personas de perder a alguien amado, especialmente a alguien joven. Pero le dije a la señora Yamanaka de la fecha de muerte de su hijo, y eso no cambió nada. Esos números permanecieron obstinadamente fijos.

—Naruto, no hay nada que pueda hacer. Traté de todo para hacer que me escuchara, y chequeé la foto un par de veces. La fecha de su hijo no cambió.

Naruto se quedó callado por un momento y luego dijo—: ¿Pueden cambiar los números, Sakura?

—No lo sé. Solo sé que nunca los he visto cambiar. Ni una vez.

—Así que crees que están fijos —dijo Naruto.

Apreté los labios y miré con fuerza a la mesa.

—Tal vez. Honestamente, no puedo estar segura. Algunas veces busco en internet a un cliente cuya fecha ya haya pasado, y encuentro un obituario con la fecha exacta que predije. Advert ir a las personas nunca les compró más tiempo.

Naruto suspiró, y rodó su patineta de un lado a otro bajo la mesa, como siempre hacía cuando estaba sumido en sus pensamientos. Sabía que trataba de pensar en una solución. Él era uno de los mejores solucionadores de problemas que haya conocido. Naruto realmente creía que no había nada en la vida o en el salón de clases que no pudiera ser resuelto con un poquito de pensamiento, esfuerzo y tiempo.

Por último, dijo—: ¿Si tan siquiera hubiera una pequeña oportunidad de poder cambiar la fecha, Saku, no crees que deberíamos tratar de salvar a ese niño?

—¿Cómo?

Naruto sacó su teléfono y comenzó a tocar la pantalla. Después de un minuto su cara se iluminó, y me mostró la pantalla. Era un directorio listando a Sue Yamanaka. Noté que sí vivía en Parkwick.

— Llámala —dijo Naruto, y cuando dudé, agregó—: Tienes que intentarlo, Saku. Es su hijo.

Antes de que pudiéramos estar de acuerdo, Naruto v olvió a tocar la pantalla, y luego empujó su teléfono hacia mí, urgiéndome a tomarlo. Vi que marcó el número de los Yamanaka, y luego escuché la voz haciendo eco desde el teléfono.

—¿Hola? —dijo ella—. ¿Hola?

Reticentemente, tomé el teléfono.

—¿Señora Yamanaka? —pregunté, mi voz temblando.

—¿Quién es?

Tomé una respiración profunda.

—Es Sakura Haruno. —Cuando no respondió, agregué—: Usted vino a verme hoy.

—Sé quién eres —dijo ella, su voz como hielo.

Miré a Naruto como si le rogara que me dejara colgar, pero asintió y agitó su mano para darme valor.

—Escuche —dije—. Yo… es… quiero que sepa que no soy una farsa. Su hijo…

—¡Detente! —siseó, cortándome—. Solo detente. Si vuelves a llamar, se lo notificaré a la policía. ¡Déjanos a mi hijo y a mí en paz! ¿Me escuchaste? ¿Lo hiciste?

Su rabia creciente salía del teléfono, y por la forma en que Naruto me miraba ahora, supe que escuchó lo que dijo. Entrando en pánico, presioné el botón FIN y corté la llamada.

Mencionando a la policía, la señora Yamanaka despertó mi mayor temor. Tres años atrás, mamá fue arrestada por su manejar bajo la influencia de alcohol por segunda ocasión. Tenía trece en ese momento, y enloquecí cuando mamá no llegó a casa y no podía ponerme en contacto con el tío Sasori. Llamé al 911 y antes de saberlo, los Servicios de Protección Infantil se hallaban en nuestro pórtico delantero. Si no hubiera sido por el tío Sasori, mamá habría terminado en la cárcel y yo en hogares de acogida.

Desde entonces, mamá se ha vuelto súper ansiosa cuando alguien se vuelve muy curioso sobre lo que sucede en nuestra casa. No sale si puede evitarlo, y nunca saluda a los vecinos. Mamá ni siquiera le abría la puerta a la dulce señora Senju, quien solía traer galletas y productos horneados todo el tiempo.

Naruto me veía con tanta simpatía que era duro no apartar la mirada. Sabía exactamente lo que pensaba. Por lo menos se inclinó y empujó mi brazo.

—Oye —dijo—. Hiciste lo que pudiste, Saku. Y quién sabe, tal vez la señora Yamanaka pensará en lo que dijiste y, solo para asegurarse, la próxima semana mantendrá a su hijo en casa en lugar de llevarlo a la escuela, o lo llevará al doctor y hará que lo examinen, y su fecha cambiará.

—¿Lo crees? —pregunté esperanzadamente. Naruto asintió.

—Es lo que mi mamá haría.

Sentí la tensión en mis hombros aliviarse un poco, aunque dudaba que la señora Yamanaka pudiera evitar la muerte de Inojin. Aun así, me colgué del pequeño rayo de esperanza que Naruto me daba.

—Gracias —le dije.

Asintió, pero mientras comenzaba a mordisquear mi tarta, noté que su mirada se volvió distante y que la patineta comenzó a rodar otra vez bajo la mesa.

Más tarde, después de que volví a casa, encontré tres botellas nuevas de vodka barato en el mostrador, y otra medio vacía. Mamá se encontraba en el sofá, con los ojos caídos y balbuceando. También estuvo llorando. Cuando la ayudé a levantarse, algo cayó de su regazo y revoloteó hasta el piso.

Supe lo que era al segundo en que vi el destello de papel de construcción verde. Era el dibujo que hice en el jardín de niños, ese de mamá, papá y yo con nuestros números dibujados en nuestras frentes. Mordí mi labio, la picadura de ver a mamá con eso abrió viejas heridas. Estaba muy gastado y manchado de lágrimas, pero después de tantos años, mamá se negaba a desecharlo. Pasó sus dedos sobre los números de papá tantas veces que casi había hecho un agujero en el papel. Después de arrancar el papel del suelo, mamá intentó meterlo en su falda.

—Puedo llegar a la cama sola, Sakura —arrastró las palabras, su cara girada lejos de mí.

Tragué con fuerza.

—De acuerdo —dije finalmente, soltándola.

Observé su tambaleo por las escaleras sin decir una palabra. No podía moverme contra la culpa o la vergüenza del momento. Antes de morir, mi abuelo Haruno me pidió que cuidara a mamá. Su alcoholismo se había vuelto evidente para ese entonces. Me dijo que ella trataba de hacerle frente a la pérdida de papá.

—Incluso si no fue su culpa, todavía se culpa a sí misma —dijo él.

Entendí completamente lo que el abuelo trataba de decirme, pero sabía que era diferente. Veía la verdad en sus ojos cada vez que la atrapaba con ese dibujo.

Mamá no se culpaba a sí misma por la muerte de papá. Me culpaba a mí. Bebía, no porque se sintiera culpable por sobrevivir o ser incapaz de evitar el asesinato de papá, sino porque no quería ser la clase de madre que culpaba a su hija por eso.

Y, sinceramente, ¿cómo podía no culparme? Es mi "regalo". ¿No debería haber sabido lo que significaban los números todo el tiempo? ¿No debería haber advertido a mi papá?

Creo que esa es la verdadera razón de que ella quiera que lea para los clientes. Es mi penitencia. Así que nunca digo que no a leer. Miro a esos extraños a los ojos, porque no tengo más opción que mirarlos a los ojos, y les entrego su mortalidad. Y después de cada lectura, mamá vuelve a la botella con fuerza, porque sé que entiende cuán difícil es para mí. Y aun así nunca me dijo que podía detenerme. Simplemente continúa pretendiendo que hago algo bueno, y sigo pretendiendo que no me importa. La verdad es que nos está matando a ambas.

Fue mucho después que me dirigí al piso de arriba, a mi habitación. Después de cerrar la puerta, fui a mi escritorio y saqué mi cuaderno de citas y lo abrí. No podía explicar por qué escribirlas siempre me reconfortaba, pero lo hacía. Tal vez era simplemente el acto de sacarlas de mi cabeza y colocarlas sobre papel, lo que me ayudaba a lidiar con eso, o quizás era el sentido de estructura y orden que se prestaba a la cualidad aleatoria de la muerte. Fuera lo que fuera, me permitía sobrellevarlo.

Dando la vuelta a una página nueva, extendí la mano por un bolígrafo y escribí el nombre de la señora Yamanaka, registré la fecha de su muerte, y agregué la de sus tres hijos. No era difícil recordarlas, todo lo que tenía que hacer era cerrar los ojos, recordar su cara y las fotos. Los números siempre venían a mi ojo mental tan fácilmente como si recordara su color de cabello o la sonrisa ladeada de Inojin.

Una vez que registré sus nombres, miré duramente la fecha de muerte de Inojin, pensé en las duras palabras que me dirigió la señora Yamanaka en el teléfono y sentí un estremecimiento de aprehensión viajando por mi columna vertebral. Esperaba que no nos reportara a mamá y a mí a la policía, y esperaba incluso más que cuidara a su hijo una semana a partir de ahora.

Aun así, todo se sentía tan vano. No podía salvar a Inojin más de lo que podía traer de vuelta a papá. No podía salvar a nadie.

Para salirme de la melancolía, le di la vuelta a una página muy gastada en el medio del cuaderno. A mitad de camino estaba el nombre Sasuke. Sin apellido, no lo sabía, pero ver su nombre escrito ahí con tanto cuidado me hacía sentir más cerca de él.

Sasuke era un chico que vi en mi primer año mientras me hallaba sentada en las gradas en un partido de fútbol. No había buenos asientos en el lado de nuestro equipo, así que Naruto y yo fuimos a las gradas del equipo rival y encontramos un buen lugar en la primera fila. Sasuke pasó justo por delante de mí en su camino hacia el puesto de comida, y sentí todo mi aliento abandonar mi cuerpo. No podía creer que alguien tan hermoso estuviera lo suficientemente cerca como para tocarlo.

Nunca hablé con él, y solo lo veía un puñado de veces cada año, cuando su escuela jugaba contra la mía, pero cada vez me sentía inexplicablemente atraída hacia él. Era como si lo conociera. Como si siempre lo hubiera conocido.

Iba a su página en mi cuaderno a menudo. Me hacía sentir mejor. Me gustaba decirme que algún día tendría el valor de hablar con él.

— Tal vez este año —susurraba.

Con un suspiro, cerré el cuaderno y lo metí en la gaveta de mi mesita de noche antes de prepararme para ir a la cama. Mientras me quedaba dormida, hice las paces conmigo misma sobre la señora Yamanaka y su hijo, diciéndome que hice mi mejor esfuerzo con ella. No había nada más que pudiera hacer.