Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
20/11/2014
Dos días después, Sasori se acercó a mí en el aparcamiento del Konoha High, armado con su teléfono con cámara y una ira latente que pulsaba a través de su vena en la sien.
Nunca en mi vida lo había visto tan enfadado.
—Enséñamelo —dijo él, su voz plana y deliberadamente tranquila.
Me aclaré la garganta y resistí la tentación de poner una mano en mi ojo, que latía al ritmo de la sien de Sasori.
—Allí, en la entrada de atrás —le dije.
Sasori cogió mi mano, agarrándola con gran cuidado. Era un día frío, y agradecí el calor de su palma.
Caminamos en silencio por el estacionamiento casi vacío. Eran más de las cinco, y la mayoría de las prácticas de la escuela de atletismo ya habían terminado. Lo guie en línea recta, temiendo su reacción. Cuando llegamos al portabicicletas se mantuvo en silencio, pero vi los músculos de su mandíbula tensarse.
Él tomó una foto de lo que había sido mi bicicleta y que ahora era una masa arruinada de metal, papel higiénico, huevos, salsa de tomate, mostaza y espuma de afeitar. En el asiento había una mancha de algo marrón y maloliente y no se necesitaba ser un genio para adivinar que alguien había encontrado mierda de perro y hecho uso de ella.
Después de fotografiar mi bicicleta, Sasori asintió y entró dentro. Lo guie en silencio por los pasillos vacíos, sintiéndome ansiosa y nerviosa. Él pareció darse cuenta, porque me apretó la mano, haciéndome saber que estaba a salvo.
Nos det uvimos frente a mi casillero, que había sido untado con pedazos de cáscaras de huevo y más espuma de afeitar. Un mal olor emanaba de su interior. Sasori sacó su teléfono y tomó unas cuantas fotos. Luego dijo—: Ahora enséñame dónde fuiste atacada.
Lo acompañé por el pasillo por el que acabábamos de venir, pero giré a la derecha en el segundo pasillo. Al final había unas escaleras que conducían a los vestuarios masculinos. Las señalé.
—Me agarraron por detrás y me llevaron allí abajo —dije, mi voz vacilante.
—Relátame exactamente lo que pasó —dijo Sasori, su mandíbula tensándose y relajándose.
—Kabuto y Shino me agarraron allí —dije, señalando ahora a una fuente de agua en la entrada del pasillo.
—¿Tuviste una clase por aquí? —preguntó Sasori. Negué con la cabeza.
—Yo volvía de la oficina del director Shimura después de reunirme con él, y una de las secretarias fue lo suficientemente agradable como para darme un permiso de pasillo ya que ya había sonado la campana. Estaba asustada de caminar por los pasillos, y ya viste lo que le hicieron a mi casillero.
Sasori cerró los ojos y pude ver que estaba tratando de mantener la calma.
—Así que Shimura básicamente te dice que estás por tu cuenta y vuelves por este pasillo, te detienes a beber agua y luego, ¿qué?
—Shino y Kabuto debieron saltarse su última clase, porque yo ni siquiera supe que estaban detrás mío hasta que me hubieron agarrado. Shino me hizo una llave y me tapó la boca para que no pudiera gritar. Kabuto agarró mis piernas y me llevaron a la escalera.
Sasori se giró ligeramente para mirar las escaleras que conducían a los vestuarios. Volviéndose de nuevo a mí, me preguntó:
—¿Había algún maestro? ¿Otros chicos que fueran testigos?
—Sí. Vi a Juugo Guttman caminar por ahí. Sé que él vio lo que estaba pasando.
—¿Dijo o hizo algo para ayudarte?
Negué con la cabeza. Lo había visto con mis propios ojos, mientras yo pateaba y luchaba contra Shino y Kabuto mientras Juugo ( 25- 05-2081) se había reído disimuladamente y continuado caminando.
—Y luego, ¿qué pasó? —preguntó Sasori.
Puse una mano en mi ojo hinchado para enfriarlo. Me había estado poniendo varias bolsas de hielo en él cada cierto tiempo desde el día anterior.
—Mientras me estaban arrastrando por las escaleras, con la pierna que tenía libre pateé a Kabuto en la ingle. Se dobló, y Shino me soltó. Ahí fue cuando Kabuto enloqueció y me dio una bofetada. Me golpeé la cabeza contra la barandilla y me desmayé.
Los labios de Sasori se apretaron más, y pareció un asesino. Lo vi respirar hondo y soltar el aire lentamente, pero aun así tardó un minuto en poder hablar de nuevo.
—¿Quién te encontró?
—El señor Guy —dije—. Creo que tenía que vigilar el pasillo. Me encontró y me ayudó a ir a la enfermera.
Kabuto me había golpeado con la fuerza suficiente para hacer estrellar mi cabeza contra la barandilla, cosa que casi me había noqueado. Fui encontrada, mareada y desorientada, por mi profesor de química, que me ayudó a ir la enfermera de la escuela, la cual llamó luego a mi madre. Ella y la señora Senju habían venido a recogerme en el coche de la señora Senju, y me habían llevado al médico. Mientras yo estaba con él, mamá llamó a Sasori. Él acababa de salir de ver a un cliente, y condujo durante dos horas en hora punta para venir a verme. Había pasado la noche con nosotras, y él había estado al teléfono gritando durante toda la mañana y toda la tarde. Eso nos había conseguido una reunión por la tarde con la superintendente.
—De acuerdo —dijo Sasori, tomando otra foto—. Creo que lo tengo. —Luego miró mi mano y dijo—: Vamos a reunirnos con la señora Matsuda en la oficina del director. ¿Puedes llevarme allí?
Me miré fijamente los pies. Estábamos en la escuela para reunirnos con la superintendente, pero yo no quería explicarle a nadie excepto a Sasori lo que había estado sucediéndome a lo largo de los últimos días. Era demasiado abrumador. Sasori me apretó la mano alentadoramente.
—Oye, niña, sé que esto es difícil, pero hay que hablar y decirle a la superintendente lo que pasó. Si no lo haces, entonces no solo Yakushi y Aburame escaparán sin mucho más que de un tirón de orejas, sino que el director Shimura no será reprendido tampoco. Konoha High se supone que tiene tolerancia cero a la intimidación, y ante cualquier informe de acoso escolar están obligados por el propio manual de la escuela a que se actúe sobre él inmediatamente. Le reportaste varios incidentes a Shimura, y en tu último esfuerzo para notificarlo él te dijo que, si no te gustaba, podías irte. Y el tipo era tan tonto como para decir eso frente a una de sus secretarias, lo que significa que él piensa que está por encima de la política de la escuela. ¿No ves lo inaceptable que es eso?
Lo veía, pero no creía que me atreviera a caminar por estos pasillos durante el día nunca más.
—No puedo volver aquí, Sasori. Todo el mundo está en contra mía.
—Eso es porque nadie les está diciendo que no pueden estarlo —dijo Sasori. Le fruncí el ceño. Él no lo entendía—. ¿Qué vas a hacer, Sakura? ¿Abandonar la escuela? Cornell no acepta a desertores.
—Podría ir a otro instituto—le dije.
—¿Quieres venir a vivir conmigo? —preguntó. Dejé caer la mirada. Él sabía que no podía.
—Tal vez podría ir a Suna o a Willow Mill. Sasori suspiró.
—Entrar en su sistema escolar sería complicado. A esta ciudad no le gustan los estudiantes que cruzan las líneas residenciales para asistir a otras escuelas y, francamente, siempre que esta investigación de asesinato esté sobre tu cabeza, vas a tener problemas, sin importar a dónde vayas.
Arrastré mis pies, indecisa.
Entonces Sasori dijo—: Además, ¿qué va a hacer Naruto una vez que le libremos de todos los cargos? ¿Crees que querrá volver a la escuela sin t i?
Mi cabeza se levantó.
—¿Encontraste algo que pueda absolver a Naruto? Sasori se encogió de hombros.
—Puede ser. Es algo que todavía estoy revisando, pero podría ser algo que aleje la investigación de ambos. Por lo menos tengo la intención de presentarlo en la audiencia previa al juicio de Naruto la próxima semana. Con un poco de suerte, el juez lo verá desde nuestro punto de vista.
Sentí una semilla de esperanza comenzando a surgir dentro de mí, pero Sasori levantó una mano precavida.
—No te hagas tantas ilusiones, Sakura. Los federales han estado ocupados construyendo su caso, y no voy a ver mucho de lo que tienen hasta la audiencia previa al juicio. Puede que haya suficiente evidencia circunstancial para convencer al juez de juzgar a Naruto. Espero que no sea así, pero quiero advertirte que yo podría no ser capaz de absolverlo tan pronto.
Aun así, era un rayo de esperanza, y me aferré a él.
—¿Voy a tener que declarar? Sasori negó con la cabeza.
—De ninguna manera voy a ponerte en el estrado. Al menos, no antes del juicio. Es demasiado arriesgado. El fiscal sabe que los federales están tratando de vincularte a los asesinatos. Si subes al estrado, van a hacer todo lo posible para insinuar que estuviste involucrada, y así podrán utilizar tu testimonio contra t i más tarde, si el caso va a juicio. Vamos a esperar hasta entonces para hacerlo.
Di un suspiro de alivio. Había estado aterrorizada de subir al estrado de los testigos y de ser identificada por la fiscalía como cómplice femenina de Naruto. Pero, entonces, otro pensamiento oscuro entró en mi mente.
—¿Sasori? Si el jurado de la audiencia previa al juicio de Naruto dictamina que el caso debe avanzar a un juicio real, ¿significa eso que los federales me van a arrestar?
Sasori suspiró y pude ver en sus ojos que estaba preocupado.
—Espero que no, pero podrían.
—¿A qué están esperando? —le pregunté. La ansiedad me estaba matando.
Sasori sonrió, como si pensara que yo había hecho una pregunta ingenua, y él alzó mi barbilla con cariño.
—Porque tú no pareces alguien capaz de torturar y matar a dos chicos, Sakura. Te ves como la chica dulce de al lado, que es exactamente lo que eres. Pero, desde la perspectiva de la DA, muchos de esos casos ganan en la corte por esa opinión, así que a menos que te encuentren con una pistola humeante o Naruto te implique directamente, los federales saben que solo con el cuaderno y el testimonio de la señora Yamanaka están luchando una batalla difícil.
Su explicación no me hizo sentir mejor, porque en mi mundo aquí en Konoha High el público ya me había declarado culpable y yo estaba pagando el precio por ello.
—Oh —fue todo lo que pude decir.
Sasori cogió mi mano de nuevo y se balanceó hacia atrás y hacia delante.
—Oye —dijo—, anímate, pequeña campista. Vamos a tener nuestra charla con la superintendente y después ya veremos qué ocurre con lo de seguir esa pista que ayudará a Naruto.
Cuando llegamos a la oficina del director, me di cuenta de que todas menos una de las secretarias se habían ido a casa. La mujer que quedaba era la señorita Langley (22-07-2076) y, cuando me vio, me ofreció una sonrisa nerviosa. Ella había sido testigo de la última conversación despectiva del señor Shimura conmigo.
—Puedes pasar directamente —nos dijo ella, y Sasori encabezó la marcha hacia la oficina del director Shimura.
Me sorprendí al encontrar a una mujer asiática menuda con el pelo negro brillante y joyas sentada allí.
—Señor Haruno —dijo ella cálidamente, poniéndose de pie y dándole la mano—. Gracias por venir con tan poca antelación.
A continuación, se presentó a mí.
—Tú debes ser Sakura. —Estreché su mano y asentí—. Soy la señora Matsuda, la superintendente de las escuelas.
La señora Matsuda (15-01-2056) señaló las dos sillas frente al escritorio, y tomamos nuestros asientos. Durante la siguiente hora, se me pidió decirle exactamente qué había estado sucediendo en la escuela ya que se había corrido la voz de que mi mejor amigo había sido arrestado por el asesinato de Hinata Hyuga y mi casa había sido allanada por el FBI. Después de eso, Sasori le mostró la foto de mi bicicleta, de mi casillero y del hueco de la escalera donde Shino y Kabuto me habían asaltado. Ella permaneció en silencio mientras yo le contaba lo que había estado sucediendo, y su rostro no dio ninguna pista de lo que ella podría estar pensando, ni siquiera cuando vio la imagen del montón de basura que una vez había sido mi bicicleta.
En cuanto acabé, ella empezó a hacerme preguntas. Había estado tomando notas todo el tiempo, y me di cuenta de que lo que había estado anotando eran preguntas que quería hacerme. No eran todas sobre el acoso escolar en los pasillos o el mal trago que el señor Shimura y algunos de los maestros me estaban haciendo pasar, sino cosas como ¿cuánto tiempo habíamos sido amigos Naruto y yo? ¿Me gustaba ir a Konoha High? Y, la más interesante de todas, ella me dijo que había oído hablar acerca de mi habilidad especial y que la encontraba muy interesante.
—¿Puedes ver la fecha del fallecimiento de todo el mundo, Sakura? —me preguntó.
Asentí.
—¿En serio? —Ella no parecía más dudosa que sorprendida.
—Sí, señora. Puedo verla en cualquier persona, siempre y cuando esté a unos cuatro o cinco metros de ellos. También puedo verla en una persona en una fotografía, siempre y cuando no se tomase desde demasiado lejos.
—¿Qué pasa si la persona ya está muerta? Me encogí de hombros.
—No importa. Su fecha de fallecimiento sigue apareciendo, incluso si es en el pasado.
Sasori se inclinó hacia delante, pero no hizo ningún comentario. Me di cuenta de que él estaba preparado para que yo dejara de responder a cualquier pregunta que ella pudiera pedirme y pudiera utilizar contra mí después.
La señora Matsuda se puso de pie y se acercó a una fila de libros. Vi que estaban todos los libros de texto que usábamos aquí en la escuela secundaria. Tomando uno, lo hojeó.
—Este es el libro de historia de último año —dijo ella, y luego se detuvo cerca de la mitad del libro y se giró hacia mí. En la página había una foto en blanco y negro de un hombre barbudo en un atuendo de época—. ¿Sabes quién es? —ella dijo, cuidando de tapar con su mano el subtítulo de debajo de la foto.
Me incliné hacia delante para mirar realmente la imagen, y luego negué con la cabeza.
—No, señora.
—¿Puedes ver su fecha de fallecimiento?
—Diez de diciembre de 1896, señora.
Las cejas de la señora Matsuda se alzaron.
—Tienes razón, Sakura —me dijo, girando el libro de vuelta hacia ella—. Ese era Alfred Nobel. Inventó la dinamita.
Miré a Sasori, pero él parecía centrado en la señora Matsuda. La superintendente entonces hojeó unas cuantas páginas más y giró el libro hacia mí de nuevo.
—¿Qué me dices de esta mujer? ¿La conoces?
Esa foto era mucho más contemporánea, pero todavía no reconocía a la mujer.
—No, señora. No la conozco.
—¿Qué me dices de su fecha de muerte?
—Veintiséis de marzo de 2011.
La señora Matsuda se sentó y me miró con una mezcla de asombro e incredulidad.
—¿De verdad no sabes quién era? —presionó. Negué.
—No, señora. Lo siento.
La señora Matsuda se rió entre dientes.
—No hay necesidad de disculparse. Esa es una foto de Geraldine Ferraro. Ella fue la primera mujer candidata a la vicepresidencia de los Estados Unidos. Ella era una heroína personal mía, y murió de cáncer hace unos años. No sé la fecha exacta, pero apuesto a que si la busco estarás en lo cierto.
Y entonces la señora Matsuda se inclinó sobre su bolso y sacó su iPhone. Buscando en él finalmente se giró hacia mí. En la foto estaba la superintendente con su brazo alrededor de una mujer mayor que tenía un ligero parecido a ella.
—¿Puedes decirme la fecha de muerte de la mujer que está sentada a mi lado? —preguntó.
Entrecerré los ojos y me mordí el labio cuando vi los números.
—Ella murió el mes pasado, señora. El veinte de octubre. Lo siento mucho.
Los ojos de la señora Matsuda se empañaron y puso el teléfono en su pecho.
—Está bien, Sakura. Mi madre estuvo enferma durante un largo tiempo.
Después de meter su teléfono en el bolso, la señora Matsuda movió un sobre de manila de la derecha de la mesa hacia el centro y lo abrió. A continuación, pasó los dedos por el costado de la primera página, y me pregunté qué había en la carpeta. A continuación, comenzó a leer.
—Sakura Haruno, junior. Nota media de tres coma ochenta sobre cinco. Cuarto lugar en su clase con un excelente registro de asistencia.
—Entonces me di cuenta de que ella estaba leyendo mi expediente estudiantil—. El verano pasado contribuiste con ciento sesenta horas de servicio comunitario en Hábitat para la Humanidad. Eres miembro de los Estudiantes Preocupadas por el Bienestar Animal y tu puntuación del t est de aptitud del año pasado te sitúa en la nonagésima séptima posición del ranquin global.
Sasori se acercó y me apretó la mano. Sabía que él estaba orgulloso de mí, pero todavía estaba centrada en la señora Matsuda. Cerró la carpeta y me dio una mirada pensativa.
—¿Dices que la señora Wilson te puso un suficiente bajo en tu trabajo del Guardián entre el Centeno?
Asentí mientras mi rostro enrojecía por el calor. Me sentí como si estuviera delatando a la señora Wilson.
—¿Podría ver ese trabajo?
Lo busqué en mi mochila y lo saqué. La señora Matsuda lo cogió y comenzó a leer. Tardó unos minutos, porque eran cerca de cinco páginas, pero al final ella lo dobló y lo colocó en la cima de la carpeta de manila.
—Sakura, debo pedirte disculpas. Parece que no te han aplicado la norma que todas las personas en este país tienen como derecho, que es la presunción de inocencia hasta que se pruebe lo contrario en un tribunal de justicia, no en el tribunal de la opinión pública. No sé si tuviste algo que ver con la muerte de los dos jóvenes, pero me inclino a creer que no lo hiciste. Está claro para mí que tienes un talento especial e increíble, y que ese talento te ha traído a un mundo de dolor y de juicio erróneo. El acoso moral en esta escuela secundaria o en cualquier escuela dentro de mi jurisdicción es intolerable. Y todo aquel que ignore activamente o que por inacción promueva tal comportamiento será despedido con rapidez.
»Está claro para mí que has sido intimidada. Lo que no está claro es quién es el responsable. He escuchado tus reclamos de que el director Shimura sabía de la magnitud de este comportamiento y no hizo nada al respecto, y ya he discutido el asunto con la señorita Langley, pero me gustaría aprovechar para entrevistar mañana a algunos de tus otros maestros, incluyendo a la señora Wilson. Mientras esté realizando mi investigación, me gustaría que te tomases el día libre de la escuela. Me aseguraré de que tus deberes te sean enviados a tu casa mañana por la noche con instrucciones específicas de todos tus maestros, y voy a estar revisando tu trabajo junto con tus maestros para asegurarme de que seas calificada justamente.
Sentí como si un gran peso hubiera sido levantado de mis hombros. La señora Matsuda me iba a ayudar. Sasori me apretó la mano de nuevo y me ofreció una sonrisa alentadora. Él también estaba contento.
Cambiando su mirada a Sasori, la señora Matsuda añadió—: Y voy a suspender al señor Yakushi y al señor Aburame, y también le daré al señor Guttman una severa advertencia y detención durante dos semanas para que la próxima vez que vea algo así pasar no se lo piense dos veces antes de denunciarlo.
»Además, señor Haruno, en este momento no voy a conceder su petición para demandar a la escuela, pero me aseguraré de que a Sakura se le reembolse el coste de su bicicleta. Y cuando ella regrese a la escuela, a su seguridad y bienestar se les dará la máxima importancia.
Sasori asintió y se levantó para estrecharle la mano.
—Gracias, señora Matsuda. Le agradezco su tiempo, y creo que la solución es buena. Por favor, háganos saber lo que se sepa de su investigación.
Y luego nos fuimos. Me tomó varios minutos procesar lo que la señora Matsuda había dicho.
—¿Ella va a darme dinero para mi bicicleta? Sasori asintió.
—Sí. Te llevaré a la tienda de bicicletas mañana para escoger una nueva, y guardaremos el recibo para asegurarnos de que te la reembolsan.
Cuando llegamos al coche le dije—: ¿Qué quiso decir con que no podías demandar a la escuela?
—En este país tienes que obtener un permiso para demandar al gobierno —explicó Sasori—. Tuve que presentarle a la superintendente una moción para demandar a la escuela.
—Eso es una locura —dije—. ¿Por qué te concederían un permiso para demandarles a ellos mismos?
Sasori sonrió.
—Casi nunca lo hacen, pero también saben que podríamos llevar todo esto a la prensa y las cosas se pondrían feas para ellos, así que prestan atención a estos casos.
—La tienda de bicicletas debería estar abierta todavía — mencioné, emocionada por mi repentino cambio de suerte.
—No podemos ir. Tenemos otra cita con un colega.
—¿Con quién?
—Ya verás —dijo Sasori, y entendí que no iba a explicarse.
Me recosté en mi asiento, todavía pensando en mi cambio de suerte, motivo por el cual no intenté sonsacarle más información. Mientras Sasori hacía retroceder el coche, vi de reojo al señor Iruka caminando en el estacionamiento. Lo vi detenerse ante una camioneta y sacar las llaves. Parpadeé. La camioneta era uno de esos grandes y viejos modelos, del tipo que hacían un montón de ruido cuando estaban encendidos.
Un cosquilleo de miedo serpenteó hasta mi estómago mientras observaba a Iruka desbloquear la puerta y prepararse para entrar. Y entonces, como si sintiera que lo estaban observando, hizo una pausa, se giró hacia el coche de Sasori y me miró. Vi sus hombros tensarse al mismo tiempo que su expresión, y supe que podía verme alejándome en el BMW de mi tío. El cosquilleo de miedo se convirtió en tentáculos que avanzaron lentamente por mi pecho y mi columna, y forcé mi rostro a separarse de la ventana, agachándome para esconderme en mi asiento.
Sasori estaba demasiado ocupado tratando de escribir en su teléfono y conducir al mismo tiempo para darse cuenta de lo que estaba haciendo, y yo no hubiera sabido qué decirle si hubiera sido consciente de mí. Ya les había mencionado a Sasori y a la señora Matsuda cuán malo era el señor Iruka conmigo y, en realidad, no había visto al señor Iruka en esa camioneta estacionada sin hacer nada fuera de mi casa. La misma camioneta que, estaba convencida, me había seguido en el parque. Pero Iruka me asustaba. Había algo oscuro en él. Algo malo. No era nada que pudiera señalar, excepto lo que ya les había contado a Sasori y a la superintendente. Pero sí me preguntaba cómo era capaz de perseguirme por el parque por la noche y, aun así, ser un profesor respetado. ¿Estaba equivocada al sospechar de él?
A pesar de todo, estaba feliz de que, por los próximos pocos días, no tendría que verlo.
—Está bien, llegaremos allí en diez minutos —dijo Sasori, dándome un empujoncito en el brazo y volviendo mi atención hacia él—. Esto podrían ser buenas noticias.
—¿El qué?
—¿Recuerdas que te conté que alguien estaba revisando algo por mí?
Intenté acordarme.
—Vagamente.
—Bueno, era mi investigador privado. Encontró algo que cree que podría ayudarnos.
—¿Qué encontró? Sasori sonrió hacia mí.
—No lo sé, niña; es por eso que vamos a encontrarnos con él.
Nos encontramos con el investigador privado en un Rock's. Él era un hombre de aspecto hambriento llamado Deidara DeWitt (17-08- 2041). Llevaba una sudadera manchada de café, vaqueros sucios y una barba que lucía como que todavía quedaba un poco de desayuno en ella. Además, su aliento podría haber desconchado pintura. Era tan repugnante que me ofrecí a esperar en la larga cola para comprar nuestra cena solo para alejarme de él. Para el momento en que volví con la bandeja de comida, DeWitt se había ido y Sasori estaba revisando un gran sobre de papel manila.
—¿A dónde fue? —pregunté, dejando la bandeja cuidadosamente en la mesa.
Sasori levantó la vista hacia mí.
—¿Huh? Oh, tenía otra reunión.
—¿Qué hay en el sobre?
Sasori lo dejó a su lado protectoramente.
—Nada que quiera que veas. Fruncí el ceño.
—Está bien.
Sasori cogió la hamburguesa que le había pedido.
—No es por eso. Solo no quiero que te preocupes.
—Seh, porque no he estado preocupada hasta ahora.
Sasori puso sus ojos en blanco pero sonrió.
—DeWitt encontró un caso que podría ayudarnos. Quiero llevarlo a la policía mañana, y me gustaría que vinieras conmigo.
—¿Qué caso es? —pregunté. Pero Sasori sacudió su cabeza.
—Ya lo verás mañana. Esta noche quiero que te relajes. Has pasado por mucho los últimos días.
Le fruncí el ceño, pero él no iba a ceder. Comimos en silencio. Su actitud evasiva me quitó las ganas de conversar. Cuando terminamos, Sasori me llevó a casa.
—Trataré de conseguir una reunión por la mañana con Uchiha y Sarutobi, y te llamaré cuando esté viniendo. Después de que hablemos con ellos, iremos a reemplazar tu bicicleta. —Asentí y salí del coche, pero Sasori me llamó—. Sakura —dijo, y podía sentir que me venía encima un sermón—. Hazme un favor, ¿vale? Trata de vestirte un poco mejor mañana. Sin sudaderas con capucha y vaqueros —dijo, señalando mi atuendo—. Quizás un suéter y una falda. Y haz algo con tu cabello. Cada vez que te veo, lo tienes recogido en una coleta.
Apreté mi mandíbula, mis mejillas ardiendo. De repente, fui muy consciente de mi aspecto. Los rasgos de Sasori se suavizaron.
—Eres una chica bonita, Sakura Haruno —dijo suavemente—. Tienes los pómulos de tu madre, la nariz de tu abuela y los ojos de tu padre, y ese es un combo asesino. Tu padre solía bromear con que tendría que invertir en una fábrica productora de bates para poder rechazar a los chicos.
Abrí mi boca, pero Sasori no había terminado.
—Y hoy le probaste a la superintendente de todas las escuelas de Grand Haven que también eres verdaderamente inteligente. Mientras tanto, vas por ahí e intentas pasar desapercibida… y lo entiendo. De verdad que sí. No puedo imaginar lo que debe ser ver lo que tú ves, o que las personas sepan que puedes decirles la fecha exacta en que van a morir. Pero, niña, si tu padre estuviera vivo él nunca hubiera soportado que pasaras por estos actos de intimidación. Has intentado ser invisible durante mucho tiempo. Adivina qué: ya no eres invisible. Y, como te dije en la escuela, lucir como la adorable chica de al lado podría ayudarnos cuando los policías traten de mostrarte como el villano. Por lo tanto, es hora de hacer frente a todas esas personas que quieren etiquetarte como una rarita, psicópata, débil, tonta, bruja o lo que sea y mostrarles de qué estás hecha. Eres una Haruno, Sakura. Y los Haruno no nos escondemos. Nos levantamos y destacamos. Punto.
Podía sentir una réplica formándose en mi boca, pero Sasori no esperó. Me dio la señal de los tres dedos del honor de los Scout s y se marchó. Observé su coche llamativo alejarse por la calle y no tuve más remedio que considerar lo que había dicho.
A la mañana siguiente, Sasori llamó para decirme que no había podido conseguir una reunión hasta las tres, pero que se pasaría un poco después del mediodía para llevarme a almorzar y a buscar una nueva bicicleta. Llegó a las doce y media, me lanzó una mirada y su boca rompió en una sonrisa ladeada.
—Buenos días, preciosa —dijo.
Había combinado mis vaqueros ajustados más bonitos con una sudadera con capucha de cachemira de J. Crew que mamá me había regalado el año anterior por navidad. También había dejado suelto mi largo cabello y me había aplicado un poco de rímel y brillo de labios. Por último, había sustituido mis zapatillas habituales por unas botas de cuero. Pensé que era lo más cerca que iba a estar de lo que Sasori me había pedido, por el momento.
Almorzamos en un establecimiento de sándwiches en Grand Haven que a Sasori le gustaba y luego fuimos a la tienda de bicicletas. Después de mucho debate, finalmente elegí una bicicleta de carretera que era ligera como el aire y rápida como el rayo. Me estaba muriendo por subirme en ella y probarla, pero necesitábamos ir a nuestra reunión con los policías.
Llegamos a la oficina un poco antes de las tres, y el agente Sarutobi vino para escoltarnos a la oficina de Uchiha. Cuando entramos, Uchiha estaba dándonos la espalda y hablando furiosamente por su teléfono móvil.
—Rin, si él quiere hacer la prueba para entrar en el equipo, entonces yo digo que puede. —Se hizo una pausa y luego—: ¿Sabes qué? No puedo escuchar esto ahora mismo. Él tiene mi visto bueno. Lo lamento si no te gusta, pero ¿qué hay de nuevo en eso? Esperaré la llamada de tu abogado.
Sarutobi se aclaró la garganta ruidosamente y Uchiha se dio cuenta de que estábamos allí.
—Debo irme —murmuró, golpeando el botón de colgar con el pulgar.
Tomamos nuestros asientos, y mientras lo hacíamos vi que Uchiha y Sarutobi intercambiaban una mirada cómplice sobre la llamada. Sarutobi tomó una silla de la oficina de cristal de detrás de la de Uchiha y adoptaron expresiones idénticas de "¿y bien?".
Sasori se aclaró la garganta y rebuscó en su maletín. Extrajo el mismo sobre que había escondido tan cuidadosamente de mí y se lo entregó a los agentes. Uchiha lo cogió y abrió la solapa para ver qué había dentro. Vi sus ojos abrirse antes de tirar el contenido sobre el escritorio. Incluso mirándolas al revés, me di cuenta de que el sobre contenía algunas fotos horribles de una escena del crimen. Mi respiración se detuvo y Sasori posó su mano en mi brazo para tranquilizarme.
—¿Qué es esto? —preguntó Uchiha, revisando el contenido del sobre mientras Sarutobi acercaba su silla para verlo mejor.
—Es una copia de un archivo de la policía —dijo Sasori—. Un niño llamado Robert Carter de Willow Mill desapareció el pasado agosto y su cuerpo fue encontrado a las orillas del río Waliki, cerca de cinco kilómetros y medio al sur de donde el cuerpo de Hinata Hyuga fue encontrado.
Tuve que tragarme la bilis que subió por mi garganta cuando una de las fotos que Uchiha estaba extendiendo por el escritorio me llamó la atención. Un primer plano de la cara del joven había aterrizado cerca de mí y podía ver la fecha de su muerte impresa en su frente: 19- 08-2014.
—Había sido apuñalado, torturado con colillas de cigarrillo y le habían cortado la garganta —continuó Sasori—. El modo de operar es exactamente el mismo que el del tipo que mató a Hyuga y a Yamanaka.
—Te refieres a Naruto Uzumaki —dijo Sarutobi. Con una mueca, añadió—. Y a tu sobrina.
—No —dijo Sasori, volviendo a buscar en su maletín para sacar otra serie de fotos y documentos—. No podrían haber sido Naruto o Saku, porque ambos estaban conmigo en Florida, en Disney World, en ese momento. Aquí están las fotos y los boletos para demostrarlo.
Sasori los dejó sobre el escritorio, donde se mezclaron con toda la otra documentación. Uchiha frunció los labios y cogió las fotos que Sasori había puesto encima de la mesa, mientras que Sarutobi recogió el archivo de Carter y algunas fotos de la escena del crimen.
Después de unos segundos de silencio mientras revisaban la evidencia, Sarutobi dijo—: Nada de esto prueba que su sobrina y Uzumaki no asesinaron a Yamanaka y a Hyuga.
Mi mandíbula cayó. ¿Estaba bromeando? Sasori señaló los archivos furiosamente.
—Lo que he hecho es mostrarles una duda razonable, caballeros.
¿Quieren llevar esto a juicio? Me aseguraré de que el jurado oiga todas las similitudes entre los casos.
Sarutobi le dedicó una mirada dura mientras Uchiha tomaba los archivos de sus manos y le echaba un vistazo a las páginas.
—¿Por qué diablos no oímos hablar de esto? —murmuró a su compañero.
Sasori respondió por él.
—Porque Carter tenía dieciocho años. No era un menor, por lo que cuando desapareció se encargó el departamento local de policía de Willow Mill.
Sarutobi hizo un gesto con la mano, como si eso lo explicara.
—Bien. Ahí lo tienes, entonces —dijo—. Diferente modo de operar, Haruno. Si Carter tenía dieciocho años, entonces no encaja con el perfil de víctima de los otros asesinatos. Tu sobrina y Uzumaki podrían haber escuchado del asesinato de Carter y cometido un par de asesinatos de imitación.
—¡Oh, vamos, Sarutobi! —espetó Sasori—. Mientras tú sigues culpando a Sakura y a Naruto, el verdadero asesino campa a sus anchas por las calles. Mira a Carter, por el amor de Cristo. Puede haber tenido dieciocho, pero solo medía un metro setenta y pesaba sesenta y tres kilos. ¡Apenas parecía que tuviera dieciséis años, y lo sabes!
Pero la expresión de Sarutobi implicaba claramente que no se lo creía. Y Uchiha dejó los archivos y asintió, también.
—Lo siento, Haruno —dijo—. Esto no prueba nada.
Sarutobi comenzó a poner toda la documentación en una pila ordenada.
—Pero, bueno, gracias por mostrarnos todo esto, abogado. Quizás podremos encontrar un nombre en el cuaderno de fechas de muerte de Sakura que coincida con el de Carter.
Mi corazón comenzó a acelerarse en mi pecho. No creía que Carter estuviera en mi cuaderno, pero tampoco pensaba que eso marcara ninguna diferencia. Si hubiera algo remotamente parecido a sus iniciales o a la fecha en que murió, lo retorcerían para decir que lo había planeado.
A mi lado, Sasori estaba agitándose. Parecía que todo esto había sido un error, pero no podía culparlo por intentarlo. Mi mirada se desvió a las fotos policiales de delincuentes capturados en la pared de Uchiha. ¿Mi foto iría a parar a esa pared, también?
Y entonces la idea que le había propuesto a Sasori unas noches atrás me vino a la mente junt o con el discurso de Sasori de que era una Haruno y que los Haruno no se rendían, sino que se levantaban y destacaban. Me puse de pie antes de que me abandonara el coraje. Cogiendo un lápiz que se había caído del lapicero de Uchiha, me dirigí hacia la esquina de detrás de su escritorio.
—¿Qué está haciendo? —oí que le preguntaba a Sasori.
Sabía que probablemente los había sorprendido, pero no me importaba. Rápidamente, comencé a marcar las fotos.
—¡Ey! —espetó Uchiha—. ¡Deja eso!
Pero no lo hice. Noté cerca de seis fotos de veinte que podían ayudar a mi caso. Me acerqué a esas seis y rápida y metódicamente comencé a escribir en las frentes de cada uno. Cuando anoté el último dígito, sentí la mano de Sasori en mi muñeca.
—¡Sakura! —susurró duramente—. ¿Qué demonios estás haciendo?
Le entregué el lápiz.
—Probando que puedo ver lo que digo que puedo ver. Como ayer, con la señora Matsuda.
Sasori me miró fijamente, sus ojos muy abiertos, y luego miró a la pared de fotos policiales y alzó sus cejas. Miré sobre mi hombro para ver a Uchiha y a Sarutobi, ambos con sus manos en sus caderas, y casi me reí porque podía imaginarme verles pensando qué ley podría haber roto.
—Esas son correctas —les dije—. Pueden fijarse si quieren.
Había escrito la fecha del fallecimiento de seis de las fotos de la pared. Algunos habían muerto hacía dos años, pero la más reciente era de una semana atrás. Sasori me llevó hasta mi silla y yo me senté, esperando a que los sorprendidos agentes dijeran o hicieran algo, pero durante un largo rato solo observaron la pared.
Entonces, Sarutobi señaló al muerto más reciente.
—Ese tipo no está muerto —dijo—. Yo personalmente lo envié a la prisión Sing Sing el año pasado y, por lo que sé, todavía está vivito y coleando, disfrutando de su celda de diez por diez y tres comidas al día.
Me giré hacia Sasori.
—No estoy equivocada.
Sasori levantó su barbilla hacia Sarutobi.
—Compruébelo. Esperaremos.
Sarutobi y Uchiha intercambiaron otra mirada, pero al final Sarutobi se encogió de hombros y se acercó al teléfono de Uchiha.
Esperamos mientas hablaba con la guardia.
—Guardia Thomas —dijo Sarutobi, todo sonrisas y confianza—. Soy Asuma Sarutobi. —Hubo una pausa—. Estoy bien, señor, ¿y usted?
Golpeé mi pie con impaciencia mientras Sarutobi intercambiaba bromas.
—Escuche, la razón por la que llamo es para saber sobre Javier Martínez. Quería asegurarme de que estuviera disfrutando de su… —La voz de Sarutobi se cortó, y la expresión petulante que había llevado desde que levantó el teléfono cayó como vidrios rotos—. ¿Qué? —dijo, dándonos la espalda para observar la foto de Martínez—. ¿Cuándo? — Uchiha se inclinó en su silla, su concentración puesta en Sarutobi, quien estaba preguntando—: ¿Por qué no fui informado?
Dejé caer mi barbilla y respiré, aliviada. Quizás ahora escucharían. Sarutobi colgó, sus labios apretados.
—Está en lo correcto —dijo—. Martínez fue apuñalado con una navaja la semana pasada. Murió un día después, el mismo día que ella escribió allí.
Por un largo tiempo nadie habló, pero podía ver los engranajes trabajar en la cabeza de Uchiha y no me gustó.
—Todavía no prueba nada —le dijo a Sasori, con solo una fracción menos de convicción que cuando habíamos empezado la reunión.
—Está bromeando, ¿verdad? —disparó mi tío.
—Escuche, Haruno, ambos han estado en esta oficina antes. — Señalando con su mano las fotos, Uchiha añadió—: ¿Cómo sabemos que no escribieron los nombres de todos esos bastardos y buscaron en internet quiénes estaban muertos? Si esos tipos están en el sistema de la prisión, entonces cualquiera con un ordenador podría buscar su información. Incluso los dat os de Martínez habrían estado allí.
Sasori le dio una mirada dura.
—Sakura no tiene ordenador, ¿recuerda? Se lo confiscasteis. Uchiha puso sus ojos en blanco.
—Seh, pero apuesto a que usted tiene uno en ese maletín. Sasori cogió mi mano.
—Terminamos aquí —dijo.
—Gracias de nuevo por los archivos —dijo Sarutobi mientras nos levantábamos y nos dirigíamos hacia la puerta.
Sasori no dijo ni una palabra mientras salíamos. Cuando llegamos al coche abrió mi puerta, dejando ver su enojo en su mandíbula apretada. Cuando dudé, dijo—: ¿Vas a entrar?
—Es tan injusto —empecé.
La expresión de Sasori se suavizó y suspiró.
—Lo es —estuvo de acuerdo—. Pero, Sakura, tienes que darte cuenta de que personas como Sarutobi y Uchiha tienen visión de túnel cuando se trata de cosas como esta. Se concentran tanto en hacer que las piezas del rompecabezas encajen que pierden de vista el panorama general. Con el asesinato de Robert Carter tenemos un sólido caso para la duda razonable, y el fiscal del distrito está obligado a ver eso. Todo lo que tienen son evidencias circunstanciales débiles en este momento. Y no hay nada que los vincule directamente a ti o a Naruto con los asesinatos.
Asentí y entré en el coche de mala gana. A pesar de todo, no me gustaban las arrugas de preocupación alrededor de los ojos de Sasori. Si Sarutobi y Uchiha no podían ser convencidos de que estaba diciendo la verdad incluso después de demostrárselo con las fotos, entonces, ¿cómo podría creerme un jurado?
