Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

02/12/2014

El jueves siguiente fingí un dolor de estómago y no fui a mis dos últimas clases. Estaba tan deprimida y triste por Naruto y Ma que no me podía concentrar; todo lo que quería era ir a casa y encogerme como una bola.

Mientras empujaba mi bici fuera del aparca bicis para irme a casa, vi un destello negro por el rabillo de mi ojo. La próxima cosa que supe, es que el BMW de Sasori había aparcado a mi lado.

—Oh, bien, recibiste mi mensaje —dijo, saliendo del coche para acercarse a mí.

Me encontraba tan sorprendida de verlo que simplemente permanecí ahí estúpidamente.

—¿Mensaje? —No teníamos permitido llevar nuestros teléfonos a la escuela, y había olvidado encender el mío cuando me fui.

Sasori agarró el manillar y empezó a empujar la bici hacia el coche.

—Vamos, niña. El tráfico es malo, y vamos a llegar tarde.

Me saqué de encima la sorpresa y me moví hacia su coche.

Mientras arrancábamos, pregunté —: ¿Qué pasa?

—Es tu madre.

Me puse rígida.

—¿Qué ha pasado?

—Colapsó esta mañana en la cárcel. Intenté que la pusieran en desintoxicación, pero nadie allí quería escucharme, y ahora está en el hospital. Las funciones de su hígado y sus riñones no son buenas.

Estaba tan aturdida y con miedo por Ma que durante varios segundos lo único que podía hacer era mirarlo.

Sasori puso su mano libre sobre la mía.

—Oye —dijo—. No te asustes. Ella estará bien, Sakura. Pero quería llevarte a verla antes de su cita en la corte.

Aparcamos en la cochera enfrente de la calle del hospital, y lentamente seguí detrás a Sasori mientras me guiaba dentro. Nos paramos en información antes de dirigirnos a la cuarta planta y preguntar en el puesto de enfermeras. Desde ahí caminamos la longitud del pasillo y nos detuvimos enfrente de un guardia armado, que se encontraba fuera de la habitación de Ma. Él abrió la puerta para nosotros y entró para quedarse de pie con los brazos doblados sobre su pecho. El mensaje estaba claro: tendríamos audiencia en la visita, nos gustara o no.

Ma estaba tan pálida que parecía gris. Había tubos que serpenteaban hacia abajo desde el gotero que se encontraba en su muñeca derecha, y los afilados bordes de su clavícula sobresalían. Se veía tan delgada y frágil. Era difícil creer que la que estaba ahí tumbada era mi madre.

También había correas sobre su cuerpo, inmovilizándola a la cama, pero parecía tan frágil y enferma que dudaba que fuera capaz de luchar para salir de la cama, mucho menos de la habitación y del guarda. Mientras permanecíamos ahí y observábamos en shock a Ma, una enfermera entró, nos asintió, entonces se inclinó para cambiar la bolsa en el palo del gotero.

—¿Por qué la tienen atada así? —le pregunté a Sasori.

—Es para ayudar con sus ataques —contestó la enfermera por él.

—¿Ataques?

—Sakura —advirtió mi tío mientras Ma se agitaba pero no abría los ojos—. Mantén la voz baja, chica.

Bajé mi voz a un susurro.

—¿Por qué está teniendo ataques?

La enfermera primero miró a mi tío antes de responder. Él asintió, y ella se enfocó en mí.

—Tu madre está pasando por la abstinencia de alcohol. Cuando los adictos a largo plazo se encuentran obligados a parar de golpe, sus cuerpos a veces no pueden soportarlo. Tu madre debería ser admitida en un centro de desintoxicación en vez de en una celda.

La enfermera cambió su mirada para enviar una mirada enfadada al policía vigilándola, y él en respuesta rodó los ojos y desvió la mirada.

—¿Se pondrá mejor? —pregunté.

La enfermera recogió la vieja bolsa del gotero.

—Debería. Necesitaremos mantenerla aquí al menos las próximas cuarenta y ocho horas para asegurarnos que las funciones de su riñón e hígado se normalizan, pero debería estar suficientemente bien para ser liberada al condado en otro día o dos.

—Me gustaría hablar con su doctor, ¿si eso está bien? —preguntó Sasori, sonriendo a la enfermera. Me di cuenta de que él pensaba que era bonita.

—Claro —dijo, con una señal de sonrisa en respuesta. Aparentemente ella también pensaba que él era guapo—. Vamos. El doctor Aruben está de ronda. Te llevaré con él.

—Quédate aquí hasta que vuelva —me dijo Sasori. Asentí, y me besó un lado de mi cabeza y siguió a la enfermera. El guardia ni siquiera se movió de su lugar al lado de la puerta, así que hice lo mejor para ignorarlo.

Me moví hacia el lado de la cama para sujetar la mano de Ma, pero se estaba sacudiendo tanto que me asustó, así que la bajé.

—¿Ma?

Sus párpados se agitaron.

—Soy yo. —Ella no respondió—. Soy Sakura. —Todavía nada. Me mordí el labio, intentando fuertemente no llorar, pero ella se veía tan mal tumbada ahí, tan pálida y sudada e inquieta. Incluso cuando estaba en sus peores desmayos ella no tenía tan mal aspecto—. Ma — dije de nuevo—. Tienes que luchar ¿vale? Tienes que mejorar para así venir a casa.

Los párpados de Ma se agitaron de nuevo y se abrieron, como si de repente fuera liberada de un pestillo.

—¿Qué estás haciendo aquí?— exigió, su voz ronca como la lija.

—Yo… vine a verte.

—No te quiero aquí.

Fui a por su mano de nuevo, pero ella la empujó lejos.

—Vete, Sakura.

Sus palabras me golpearon como una bofetada.

—Ma…

—¡Fuera!

Retrocedí de la cama pero no dejé la habitación.

—Ma —intenté de nuevo. No pude evitar la renuncia en mi voz.

—¡Vete! —espetó, sus ojos negros y duros como el hierro.

Todavía permanecí ahí durante unos segundos, esperando a que me dijera que todo era una broma, que por supuesto me quería ver, que estaba feliz de que yo estuviera ahí. Pero su dura expresión nunca se suavizó. Finalmente, me giré y dejé la habitación.

Caminé deprisa por el pasillo sin importarme dónde iba. Solo quería irme. Y ahí es cuando me crucé con el agente Uchiha.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, cuando me alejé murmurando disculpas.

Alcé la mirada y me di cuenta de con quién me había chocado.

—Yo… mi madre... —Señalé el final del pasillo al quedarme sin palabras.

Los ojos de Uchiha ojearon el pasillo detrás de mí, y me giré para también mirar. El guardia estaba saliendo de la habitación de Ma y sentándose en una silla plegable en el pasillo.

—Oh, sí —dijo Uchiha—. Oí que la recogieron el otro día. Supongo que no la usaremos como testigo de carácter, ¿eh?

Lo dijo con tal dureza de corazón helado, que sentí algo dentro de mí construirse, y entonces el dique se rompió. Me moví hacia la pared y descansé mi frente en ella, envolviendo mis brazos a mí alrededor mientras una enorme ola de desesperación se dirigía desde dentro de mí. Peleé duramente, pero no lo podía frenar. Empecé a llorar, luego a sollozar, y toda la angustia que sentía sobre mi padre, mi madre, y Naruto, se derrumbó en un largo y desgarrador gemido. Me caí al suelo, abrazándome aún más fuerte a mí misma, pero no lo podía contener.

—Oye —escuché—. Oye, Sakura —dijo Uchiha. Sentí sus dedos fríos en mi hombro—. Vamos, chica, recóbrate.

Pero no podía parar y no podía coger aliento y pronto empecé a ver estrellas. Oí llamar a una enfermera, y entonces fui recogida, cargada entre gente, y llevada hacia una camilla. Los sollozos seguían viniendo: un océano de dolor, miedo, y preocupación golpeándome en mi oleaje. Sentí manos sobre mí y charlas a mi alrededor, pero no podía distinguirlas. Y entonces sentí un pinchazo y tomé tres respiraciones cortas, forzándome a enfocarme. Vi una aguja deslizarse en la vena de mi brazo derecho, y entonces el mundo giró. Atrapé la mirada en la cara de Uchiha justo antes que las luces se apagaran. Su expresión había cambiado. Podía haber jurado que ahora tenía una expresión culpable.

Me desperté sintiéndome muy desconectada, como si mi mente hubiera sido empujada al final de mi cabeza detrás de una capa de bolas de algodón, y todos mis otros sentidos y funciones estuvieran simplemente yendo por los movimientos, vacía de cualquier voluntad o deseo por mi parte.

Lentamente, me di cuenta de las voces, enfadadas pero silenciosas.

—¿Qué le dijiste? —demandó Sasori.

—Nada, Haruno —dijo Uchiha—. Se chocó contra mí, y luego simplemente perdió los papeles.

Mentiroso, pensé sin ninguna emoción.

—La enfermera te vio decirle algo —gruñó Sasori. Ahora él sonaba enfadado.

—Escucha, abogado —le dijo Uchiha—, me encantaría quedarme aquí y discutir contigo, pero tengo que volver a la oficina. Espero que tu sobrina esté bien, pero de verdad, traerla aquí con todo lo que está pasando… ¿realmente pensaste que era una buena idea?

—¿Qué demonios sabes tú? —Sasori estaba ahora gritando.

—Tengo un chico, Haruno —dijo Uchiha—. Si su madre fuera una borracha y fuera recogida y llevada a desintoxicación, nunca le dejaría verla hasta que se recuperara.

—¡Vete al infierno, Uchiha! —espetó Sasori. Y entonces se puso a mí lado y oí los pasos de Uchiha clicando ruidosamente por el pasillo—. Hola, chica —dijo Sasori, líneas de preocupación grabadas en su frente— ¿Estás bien?

Asentí. Estaba bien. Al menos mi mente estaba bien. Me sentía como si estuviera metida en la parte trasera de mi cabeza donde no tenía que pensar ni preocuparme. Aunque no conocía mi cuerpo. Se sentía flojo y pesado. Sasori me acarició el pelo y me besó la frente.

—El doctor dice que necesitas quedarte aquí hasta que se acabe el gotero, entonces te puedo llevar a casa.

Asentí de nuevo, pero de repente me encontraba muy cansada. Asentir era como mover una gran bola plomo arriba y abajo. Mis párpados se cerraron y oí a Sasori decir algo más, pero no lo registré. Mi mente se estaba apagando, y era un alivio.

Me desperté en el coche de Sasori. Sentándome, miré alrededor lentamente. Casi estábamos en casa.

—Hola, dormilona —dijo.

Intenté abrir la boca para contestar, pero se sentía pegajosa y demasiado costoso.

—Te voy a dejar en casa, Sakura —dijo Sasori—. La señora Senju nos va a encontrar ahí y te va a cuidar mientras yo voy a reunirme con el abogado del tribunal de drogas. Volveré para la cena y entonces hablaremos, ¿vale?

Parpadeé. Esperaba que entendiera que era una señal afirmativa. Él me sonrió de lado.

—Hombre, te han dado unas drogas buenas ¿eh?

¿Buenas? No. Nada de esto era bueno, pero al menos tenía una excusa para no hablar. Apoyé la cabeza y cerré los ojos. Estaba dormida de nuevo en segundos.

La siguiente vez que me desperté me encontraba en la oscuridad. Me senté, completamente desorientada. Me tomó un minuto darme cuenta que estaba en mi habitación. Miré hacia la mesita de noche — el reloj marcaba las siete y media, y no podía saber si de la mañana o de la noche. Pero entonces me di cuenta que a las siete y media de la mañana normalmente había luz.

Balanceando mis piernas fuera de la cama tuve un mareo, y me agarré al borde del colchón con fuerza. Mientras intentaba recobrar el equilibrio, la escena del hospital volvió a mí. Como Ma me echó fuera. Como el agente Uchiha había sido tan malo. Como yo había colapsado en un charco de lágrimas.

Sentí que mis mejillas se calentaban. Todo era tan embarazoso. Al menos me sentía lo suficientemente bien como para salir de la cama y arrastrar los pies hasta la puerta. Abriéndola, oí voces abajo. Podía oír a Sasori y a la señora Senju hablar, pero no podía saber lo que estaban diciendo.

El olor de algo delicioso flotaba desde la cocina. Con cuidado al sujetarme a la barandilla, me dirigí abajo y giré la esquina hacia la cocina. La señora Senju estaba sentada en la mesa con Sasori, quien comía un pastel de pollo tan cremoso y delicioso que debería ser bendecido siendo portada de una revista de cocina.

—¡Oh, Sakura! —dijo la señora Senju, saliendo de su sitio para venir y poner su brazo a mi alrededor y guiarme hasta la mesa—¿Cómo te encuentras?

Me limpié el sueño de los ojos.

—Un poco atontada.

—¿Tienes hambre, niña? —preguntó Sasori, ofreciéndome su tenedor.

Asentí, y la Sra. Senju dijo—: Sasori, tú comete eso. Tengo uno calentándose en el horno para Sakura.

Un minuto después puso mi cena en frente de mí con un vaso de leche grande, y me lancé a por él.

—¡Cuidado! —me advirtió mientras se sentaba de nuevo—. Está caliente.

Soplé en el tenedor lleno de cremoso pollo y pastel y me lo metí en la boca muy pronto. Me quemé un poco la parte superior de la boca, pero estaba muy bueno.

—Hablé con el abogado del tribunal de drogas —dijo Sasori, mirándome de reojo como para ver si estaba coherente para hablar.

Parpadeé.

—¿Quién?

—El abogado del tribunal de drogas. Asesoran los casos de gente como tu madre y hacen recomendaciones al juez, quien tiene la autoridad de enviar a esta gente o a rehabilitación o a la cárcel, dependiendo.

—¿Dependiendo de qué?

—Bueno, de muchas cosas en realidad —dijo Sasori—. Si el acusado tiene un extenso historial de abuso de drogas o alcohol o no, si el acusado ha estado en tratamiento antes… cosas así.

Asentí. Lo entendía.

—¿Qué dijo él?

—Ella —dijo—. Dijo que sugerirá un acuerdo de culpabilidad que mantendrá a tu madre fuera de la cárcel, si Mebuki entra en un programa de tratamiento para el alcohol durante cuatro meses.

Di un sorbo de leche, intentando averiguar si eso eran buenas noticias o malas. —¿Qué significa eso?

Sasori se limpió las esquinas de la boca con la servilleta.

— Significa que está de acuerdo en que tu madre se encuentra enferma, no irresponsable. Miró el historial de Mebuki y el hecho que tu madre fue una enfermera con un máster y un gran trabajo hasta la muerte de Kizashi. Significa que entiende que Mebuki no es una escoria que hizo malas decisiones toda su vida. Así que tu madre irá a rehabilitación, y entonces tendrá unas cien horas de servicio comunitario que completar junto con un test de sangre y reuniones de Alcohólicos Anónimos ordenadas por la corte, y con suerte esta vez seremos capaces de mantenerla fuera de la cárcel. Pero, Sakura, si se pierde un test de sangre, la meterán en la cárcel y tendrá que estar ahí durante cinco años.

—Ella lo puede hacer, Sasori. Si consigue ayuda, sé que puede hacerlo.

Asintió.

—Yo también lo sé, niña. Es por eso que he presionado.

Y entonces pensé algo que me preocupó.

—¿Qué pasa si dice que no a la rehabilitación? —Ma ha dicho de no conseguir ayuda muchas veces en el pasado. Era la única que pensaba que no tenía ningún problema que no pudiera solucionar ella misma.

—No tiene mucha opción. Será parte del acuerdo de culpabilidad. O acepta los cuatro meses de rehabilitación, o enfrentara un juicio donde podrá estar mucho tiempo.

Empujé mi servilleta. Ma podía ser muy terca. Me preocupaba que dijera que no a la rehabilitación y quiera ir a juicio, pensando que vencerá los cargos. Sasori parecía leerme la mente.

—Oye —dijo—. No te preocupes. Hablaré con ella.

Asentí y comí un poco más de mi cena.

—Fue tan mala conmigo —dije tras un rato.

—¿Mala contigo? —preguntó la señora Senju.

Mantuve la vista apartada, sintiendo lástima por ninguna razón.

— Se despertó después de que Sasori dejara la habitación. Me dijo que me fuera, que no me quería ahí.

—Oh, Sakura —dijo la señora Senju, estirándose en la mesa para apretarme la mano. —Tuve un hermano que luchó con alcohol. Él era terrible con nosotros cuando estaba sobrio y dulce como un ponche cuando tenía unas cuantas copas dentro. Realmente no son ellos en ese estado, cariño. Tu madre solo necesita algo de tiempo y ya verás. Será la madre que fue de nuevo.

Esperaba que la señora Senju tuviera razón, pero la verdad es que apenas recordaba la Ma que solía ser.

—¿Tendrá que irse muy lejos? —le pregunté a Sasori.

Sacudió la cabeza.

—Hay un centro de rehabilitación estatal en Whitcomb.

Whitcomb se encontraba a cuarenta y cinco minutos en coche.

—Vendré los fines de semana, y podemos ir a visitarla una vez que sus abogados crean que está preparada.

Mi ceja se frunció.

—¿Cuánto tiempo llevará eso?

—Depende de tu madre, Sakura —dijo Sasori, evitando mis ojos—. Al menos unas semanas. Ella tendrá que enfrentar su problema y tomar responsabilidad de ello. La única manera de que mejore es aceptar que realmente ha arruinado su vida.

Tiré de la servilleta un poco más.

—Es mi culpa que ella beba — susurré.

Sasori me miró rápidamente.

—¿Tu culpa? ¿Sakura, cómo puedes pensar eso?

Y entonces toda la angustia que sentí en el hospital volvió y con voz temblorosa le confesé mi remordimiento más profundo.

—Ella bebe porque me culpa por papá. Ella no quiere culparme, pero sé que lo hace. Y es mi culpa también. Debería habérselo dicho, Sasori. Debería haber averiguado qué significaban los números, y debería habérselo dicho.

La señora Senju me apretó la mano mientras Sasori me miraba con la boca abierta.

—Niña… —dijo, sacudiendo la cabeza como si no pudiera creer lo que dije—. Mebuki no te culpa. Y lo sé cómo un hecho.

Sacudo mi cabeza, tan avergonzada que tenía que mirar el regazo.

—Sí que me culpa —insistí—. Pero sé que no quiere.

Sasori se inclinó y me alzó la barbilla, obligándome a mirarlo.

— Sakura —dijo dulcemente—, Voy a compartir algo contigo que tu madre me prometió nunca decirte, pero visto lo que acabas de decir, creo que debo.

Sorbí.

—¿Qué?

Sasori tomó una respiración profunda, y se lazó.

—¿Recuerdas ese dibujo que hiciste de tu madre, de tu padre y de ti? ¿Ese que insististe que Kizashi colgara en la nevera del viejo apartamento?

Inmediatamente, sabía que estaba hablando del dibujo que Ma todavía mantenía escondido arriba.

—Sí.

—El día que trajiste a casa eso a casa, tu madre y tu padre me tuvieron de invitado para cenar. Mientras todos estábamos en la cocina, tú trajiste un dibujo que hiciste de mí. Me lo diste, y vi que también habías escrito mis números. Después de que te fueras a la cama, los tres hablamos, y Kizashi mencionó los dibujos. Tu madre pensó que eras un poco artista, pero Kizashi estaba enfocado en los números que dibujabas en la frente de todo el mundo. No sabíamos por qué insistías en que los veías en cada cara que veías, y Kizashi se encontraba convencido de que había algún significado ahí.

»Los tres dijimos teorías de lo que podría significar la secuencia, y tú padre fue el único que sugirió que a lo mejor tenías algún don intuitivo y los números eran como cumpleaños pero al revés. Él pensó que a lo mejor los números eran una fecha, y que tú estabas viendo la fecha de la muerte de la persona.

Sasori hizo una pausa y su labio inferior tembló. Bajó la mirada a la mesa, como si estuviera avergonzado de continuar. Finalmente, se aclaró la garganta, y con una voz vacilante dijo—: Tu madre se rio ante la idea. Dijo que la teoría de Kizashi era ridícula; que nadie podía saber eso. Pensaba que te encantaba simplemente contar y asignar a todo el mundo números al azar porque eras creativa y lista y pensabas que era un juego divertido. Ella convenció a tu padre de olvidarse de la idea. Un año después, supimos que Kizashi tenía razón todo el tiempo.

Entonces Sasori alzó la mirada hacia mí. Una lágrima se le escapó y se la quitó rápidamente.

—Así que, Sakura, ambos, tu madre y yo, sabemos que no es tu culpa. Ella no te culpa, chica. Se culpa a sí misma, y se traga eso y por el hecho de que está aterrorizada que algún día te diga lo que pasó esa noche, y la culpes también.

Estaba sentada en mi silla tan aturdida que apenas podía pensar. No sabía qué decir o incluso cómo sentirme. Había llevado la carga de culpa por la muerte de mi padre durante más de la mitad de mi vida y nunca se me había ocurrido que a lo mejor él había adivinado mucho antes de su muerte lo que significaban los números. Me giré hacia la repisa de la chimenea en el salón donde se situaba su foto. Si lo sabía, o incluso si lo sospechaba, ¿por qué entró en ese edificio? Sasori parecía leerme la mente.

—Tu padre nunca mencionó la teoría de nuevo —dijo—. Pero yo lo conocía mejor que nadie. El día en que murió tenía que habérsele pasado algo por la cabeza, pero nunca fue el tipo de hombre que diera la espalda a sus hermanos en peligro. Creo que entró en ese edificio sabiendo que había una buena probabilidad de que no saliera vivo, y tomó la decisión más dura que pudo hacer, porque en el fondo, Kizashi era un hombre con el corazón de un héroe.

La señora Senju movió su silla para abrazarme fuerte mientras Sasori me apretaba la mano. Esta vez, mis lágrimas eran purificadoras. Cuando acabé, me sentí más ligera. Y más orgullosa de mi padre de lo que podía decir.

Sasori se quedó a pasar la noche, durmiendo en el cuarto de Ma. A la mañana siguiente tenía que volver a la ciudad, pero antes de irse, fue lo suficiente bueno como para llamar y librarme de ir a la escuela. Todavía me sentía débil y emocional por el día anterior, y no podía enfrentar las miradas acusadoras y comentarios de los niños y los profesores. Prometió llamarme luego por la tarde para ver como estaba, y sabía que la señora Senju vendría también en algún momento.

Me quedé de brazos cruzados un par de horas, descansada y ansiosa mientras cambiaba los canales, pero no parecía gustarme nada en la tele.

Seguía pensando en lo que Sasori dijo sobre mi padre. Él nunca le dio la espalda a sus hermanos de azul, y tenía el corazón de un héroe. Me senté un rato en su sillón, mirando su foto. No había ignorado la llamada de ayuda cuando llegó. Hizo algo. Tomó la decisión más difícil. Y no creí que él aprobaría que estuviera sentada aquí sin hacer nada cuando también podía hacer algo.

Con una nueva determinación, fui arriba a ducharme y cambiarme e incluso me arreglé el pelo. Luego bajé, dejé una nota en la parte de atrás para la señora Senju por si venía a verme, y me fui. Conduje hasta la parada del bus y cogí el 110 hacia el centro de Grand Haven.

Después de que el conductor me ayudara a coger la bici del estante enfrente del bus, conduje hacia las agencias de oficinas. Bloqueando mi bici a un pequeño árbol, entré, pero tuve que parar en la primera planta para organizarme. Mi corazón estaba martilleando, y temblaba con nervios. Tuve que tomar un par de respiraciones profundas antes de poder subir las escaleras e ir a las oficinas. La recepcionista detrás del escritorio era muy simpática, y tras decirle a quién quería ver, me señaló una silla y esperé.

Después de dos minutos, el agente Uchiha salió, llevando una curiosa expresión.

—¿Sakura? —dijo, mirando por el recibidor— ¿Dónde está tu tío?

—No está aquí.

Uchiha frunció el ceño.

—No puedo hablar contigo sin tu tío presente.

Cuadré los hombros.

—Sí, puede.

Me miró de reojo.

—¿Oh? ¿Estás renunciando a tu derecho a un abogado?

Sacudí la cabeza.

—No estoy aquí para hablar del caso, agente Uchiha. Estoy aquí para hablar de algo más.

Uchiha me estudió, y pude sentir a la recepcionista mandar miradas a hurtadillas sobre la parte de arriba del ordenador.

—Vale — accedió—. Ven atrás.

Lo seguí y me recordé a mí misma de respirar. Pregunté por hablar con el agente Uchiha porque, entre él y Sarutobi, pensaba que Uchiha podría ser más abierto de mente.

Sabía que Sasori estaría furioso conmigo por venir aquí, y también sabía que podría estar arriesgando mi propia libertad entrando en la guarida del león, pero Naruto me necesitaba, y sabía que tenía que convencer a Uchiha de que decía la verdad acerca de ver las fechas de muertes. Si podía conseguir que me creyera sobre eso, entonces podía convencerle de que me creyera sobre lo de Naruto. Era remoto, lo sabía, pero era la única cosa que podía pensar que ayudara a mi mejor amigo. Uchiha me guio hacia su despacho, y tomamos nuestros asientos, él en un lado del escritorio, yo en el otro.

—¿Te encuentras mejor? — preguntó, y podía detectar un poco de culpa. Me hacía sentirme un poco más segura para preguntarle a él en lugar de a Sarutobi.

—Estoy bien.

Uchiha asintió y se inclinó en la silla. Me di cuenta de estaba derribándole viniendo aquí.

—Así que, ¿qué te trae aquí, Sakura?

—¿Me haría un favor, agente Uchiha?

—Depende del favor que sea.

Suspiré con cansancio. ¿Por qué los adultos eran tan agotadores?

—¿Puede por favor llamarme Sakura?

Sus ojos se estrecharon, su guardia nunca bajando.

—Creo que puedo conceder ese favor —dijo tras un momento—. Así que, ¿qué te trae aquí, Sakura?

Miré las fotos policiales de la pared. Las que había escrito todavía estaban ahí.

—Quiero que me examine.

Uchiha dejó de balancearse en la silla, y esos ojos se estrecharon de nuevo.

—¿Examinarte?

—No cree que puedo ver lo que puedo ver, ¿verdad?

Uchiha tocó el brazo de la silla.

—¿Te refieres a las fechas de muertes?

Asentí.

—No —dijo sin rodeos—. Creo que mientes. —Mirando sobre su hombro a la pared detrás de él añadió—: Aunque creo que fue un buen truco. Lo que no puedo decidir es si tu tío te ha puesto en ello, o si se te ha ocurrido a ti sola.

Sonreí. Era bueno tener eso abierto.

—Vale. No confía en mí o me cree. Entonces, ¿qué tal si usted diseña el examen? De esa manera verá que estoy diciendo la verdad.

—¿Examinarte?

—Sí, señor.

Uchiha resopló.

—¿Y cómo te puedo probar, Sakura? Hasta que alguien muera, no hay manera de probar que ves lo que ves.

—Sí que la hay. Enséñeme alguna fotografía de cualquier persona que conozca que está muerta, y le diré la fecha exacta de su muerte. Y asegúrese de que las fotos no vengan de alguien famoso o que piense que puedo acceder online. Hágame mirar solo esas fotos de gente que esté seguro que no conozco. Y cronométreme.

Uchiha juntó los labios. Podía ver que estaba intrigado.

— ¿Cronometrarte?

—Sí. Deme una buena cantidad de fotos, y solo, como… cinco minutos para hacerlo.

Uchiha parecía pensarlo un poco.

—Querría verte mientras lo haces —dijo, como si fuera algo a lo que me opondría.

Me aseguré de mirarlo a los ojos.

—Sin problema.

—Y me darías todos tus aparatos —añadió.

Alcancé mi bolsillo trasero y saqué el nuevo teléfono que Sasori me consiguió. Poniéndolo en su escritorio en un desafío silencioso, me senté de nuevo en la silla y esperé a que decidiera.

—Querría grabarlo también, y si haces una fecha mal, Sakura, perderás y usaré ese pequeño vídeo en el juicio.

Mantuve su mirada.

—Hecho.

Uchiha se sentó recto.

—Vale —dijo, y podía ver que pensaba que me tenía exactamente donde él quería.

Me ponía un poco nerviosa, porque no sabía qué trucos podían usar los federales para hacerte parecer culpable, pero estaba en ello ahora, y no había manera de echarme atrás.

—Dame hasta esta tarde para organizarme. Digamos, sobre las tres.

Cogí mi teléfono para ver la hora. Eran las diez de la mañana.

— Nos vemos a las tres, agente Uchiha. —Y entonces lo dejé con su tarea