VACACIONES DE VERANO

Por Cris Snape


Disclaimer

Kono Oto Tomare! Es una serie escrita e ilustrada por Amyū y publicada en la revista Jump Square.

El universo de Kuroko no Basuke fue creado por Tadatoshi Fujimaki.

Advertencia: Contiene spoilers.

1

Vacaciones de verano

—Oye, Tetsuki. ¿Tienes planes para estas vacaciones?

Huir del calor, probablemente.

—No.

Chika le pasa un brazo por los hombros y sonríe de una forma que no augura nada bueno.

—¡Genial! No hay más que hablar.

Sigue caminando como si nada. Tiene que suspirar hondo para recordarse que ese idiota es así. No tiene remedio.

—Yo creo que sí.

Chika se detiene y parece bastante sorprendido de la ignorancia de su amigo. Entonces, tuerce el gesto.

—¡Ay! Es verdad. Tú no estabas allí.

—¿Dónde?

—En el salón del club. Lo hablamos todo esta mañana.

—¿Se puede saber a qué te refieres?

Otra vez se agarra a él, con más fuerza que antes.

—¡Nos vamos de vacaciones, Tetsuki!

Son palabras agradables. No deberían producirle esa extraña sensación de desasosiego y extrañeza.

—¿Nos vamos?

—Todos los del club de koto. Incluso hemos convencido a Momoya. Y no lo ha puesto fácil, pero entonces el Cuatro Ojos ha empezado a hablar y ya sabes cómo es. Total, que pasaremos unos días en el hotel del tío de Kurusu. Ya estuvimos allí. Nos hará descuento y podremos divertirnos y disfrutar de la naturaleza. O eso dice Kurata.

Vale. Comienza a ver la luz al final del túnel. Chika sigue sonriendo y aún no le ha soltado. Tiene la sensación de que le resultará muy difícil encontrar una escapatoria, aunque todo ese asunto carezca de sentido.

—¿Qué pinto yo en eso?

Ahora sí, el rostro de su amigo se torna serio. Lo libera de su agarre, aunque solo para arrearle un golpe en el brazo. Tetsuki protesta, entre sorprendido e indignado.

—¡Ey!

—¿Que qué pintas? Ya te lo hemos dicho, imbécil. Eres miembro del club de koto. Si no fuera por ti, seguramente no hubiéramos podido participar en las nacionales y a saber qué hubiera pasado con Uzuki.

Hay algo sombrío en los ojos de Chika en ese punto. Tetsuki entiende lo que quiere decir, aunque no actuó para obtener el agradecimiento de nadie. Se limitó a hacer lo justo y lo más conveniente. Si tuviera que regresar al pasado, lo repetiría una y mil veces. Chika se pasó demasiado tiempo vagando por la oscuridad él solo. Nadie le echó una mano cuando la necesitaba, pero eso se ha terminado. Con un poco de suerte, no habrá más Uzukis dispuestos a atormentarle.

Pese a comprender la situación, tiene mucho que objetar.

—¿Estás seguro de que no me aburriré?

Chika entorna los ojos. Se le ve un poco molesto.

—¿Aburrirte? ¿Con tus amigos?

—Con los miembros del club de koto.

Se pasarán todo el día ensayando, inmersos en su propio mundo. Lo sabe igual que si fuera un viajero del tiempo que acaba de regresar del futuro. Chika vuelve a abrazarle.

—Takinami nos ha prohibido practicar hasta que pasen las vacaciones. Se ha puesto súper borde y ha amenazado con clausurar la sala del club. Venga, Tetsuki. Vente con nosotros. Será genial.

Sigue teniendo dudas. Si acepta, viajará con dos parejitas recién formadas, tres tarados y dos tipos a los que apenas conoce. No suena ni genial ni divertido. Sin embargo, Chika le está mirando, ansioso por recibir una respuesta afirmativa y, sí, se da cuenta de que en realidad le apetece estar con ellos.

—¿Cuándo nos vamos?

Habla con resignación, consciente de que está cometiendo un error.


Tetsuki se da cuenta de que lo han tangado cuando Kōta formula esa pregunta.

—Yoshirin, ¿cómo te gusta el chili?

El chaval responde con un entusiasmo impropio.

—¡Muy picante!

—Pues te encantará el que prepara Tetsuki. Ya verás, ya.

Ahí está él, sentado en la parte trasera del minibús, sosteniendo un koto de diecisiete cuerdas con la mano derecha y comprendiendo que es el cocinero oficial del grupo. Planazo. Chika está sentado a su lado, al otro lado del pasillo, mirando a Hōdzuki con tanta intensidad que parece un pervertido en la puerta de un colegio. Tetsuki duda de que vaya a escucharle siquiera, aunque lo intenta de todos modos.

—Oye, Kudō. —Usar el apellido es una buena idea. Así deja patente que está un poco mosqueado—. ¿No decías que no vais a practicar?

Hace un gesto desdeñoso y sonríe.

—Sólo llevamos los instrumentos por si nos apetece tocar un poco por las noches.

—¿Seguro que el festival de Kantō no tiene nada que ver?

Se pone un poco rojo. Ha sido demasiado fácil pillarle.

—Segurísimo.

—Entonces, si llamo a Takinami y le cuento vuestros planes, no se mosqueará ni nada.

Chika chasquea la lengua.

—¡Bah! Hazlo. Confía plenamente en nosotros.

—¡Uhm! Vamos a verlo.

Saca el teléfono móvil del bolsillo y la reacción de Chika no se hace esperar. Da un respingo y, como si fuera un ninja súper veloz, le arrebata el cacharro y lo oculta entre sus ropas. ¡Qué exagerado! Tetsuki no se esperaba menos, así que pone los ojos en blanco y se resigna. ¿Qué otra cosa puede hacer?

—¿Son los kotos de la escuela?

—Te dije que Takinami clausuró el club. Hasta nos quitó todas las copias de las llaves. Es un fastidio. Son de la tienda de la abuela.

—Algún día acabaréis con la paciencia de esa mujer.

—Puede, pero falta mucho. Estaba encantada después de ver nuestra última presentación.

No es para menos. Fue algo memorable. Tetsuki la tendrá grabada en su retina durante mucho tiempo, aunque tiene la sensación de que podría verse eclipsada por otras actuaciones. Kurata y Kurusu ya no volverán a competir en la final de un campeonato nacional, pero el resto de miembros está lejos de tocar su techo. Y cuentan con Hōdzuki. Nunca pasa desapercibida.

—Si os pasáis el día practicando, te juro que me vuelvo a casa.

A lo mejor parece un poco desesperado. No le importa. Chika le da unas palmaditas en el hombro.

—¡Que no! Sólo tocaremos por las noches, de verdad. —Hace una pausa un poco rara—. Y puede que por las mañanas. Un ratito. Mientras cocinas.

—¡Oye!

—¡Mierda! Creo que no debí decir eso.

—No soy vuestro sirviente.

—Pero eres tan buen cocinero.

Es oficial: le está haciendo la pelota. Tetsuki quiere enfadarse, de verdad que sí, pero la expresión de su rostro es tan cómica que se le escapa una risa que mezcla diversión con indignación.

—Idiota.

Chika le sonríe y ni siquiera se molesta cuando, una vez en su destino, Tetsuki se niega a ayudarles a bajar los kotos. Se limita a agarrar su equipaje y adiós muy buenas. Que puede ser bueno, pero no es tonto.


Chika y los demás cumplen su palabra durante el primer día, aunque el grupo no se mantiene unido. Después de instalarse en sus respectivas habitaciones (chicos por un lado, chicas por otro) se marchan a dar un paseo por los alrededores. Momoya es el primero en desaparecer. Se han encontrado con un grupito de alumnas de Tokio en la recepción y es visto y no visto.

—A veces creo que no es humano. —La admiración se hace patente en la voz de Chika—. Saca buenas notas, toca de puta madre, trabaja a tiempo parcial y ya ves lo que ha tardado en ligarse a una tía. ¿Cómo lo hace?

—Ni idea.

—Da un poquito de envidia.

—Pues no debería. De alguna manera, te las has apañado para que Hōdzuki se fije en ti.

La cara de idiota supremo es indescriptible.

—Es verdad. Satowa.

Hay cosas que no tienen explicación lógica. Los sentimientos románticos que han surgido entre esos dos, son una de ellas. No es que Chika no se merezca estar con una buena chica, es que Hōdzuki y él son demasiado distintos. Agua y aceite. Día y noche. Sutileza y bestialidad. Sin embargo, cuando se miran a los ojos, Tetsuki puede entenderlo todo y relajarse.

—¿Por qué no vas con ella un ratito?

—Ahora está con Kurusu. Seguro que hablando de cosas de chicas.

—O de ti.

Chika da un respingo y mueve la cabeza en todas direcciones.

—¿De mí? ¿Qué podrían decir de mí?

—Que te hace falta un buen corte de pelo.

El flequillo le llega hasta los ojos. Se lo aparta con un gesto decidido y un poco fastidiado. Sigue buscando algo o, más bien, a alguien. Resopla cuando da con ella.

—¿Por qué Satowa no está con Kurusu?

—Creo que porque Kurusu y Kurata se acaban de marchar por su cuenta.

No entiende cómo no se ha percatado él solo. Chika palidece un poco y, seguidamente, se pone rojo. Su carcajada suena bastante malvada.

—Seguro que están haciendo guarradas.

—Seguro que tú también podrías si le pones voluntad.

Logra ruborizarlo aún más. Tetsuki reconoce que, en momentos así, es divertido meterse un poco con él. Chika tose un par de veces, escandalizado por sus insinuaciones, y planta los pies en el suelo.

—Está mal que Satowa ande sola.

—Seguramente.

—Voy con ella.

—Procurad no discutir.

Chika no responde. Esa es una de las cosas que no han cambiado desde que salen juntos. Las discusiones son diarias, aunque resultan más enternecedoras que bruscas. Tetsuki le observa mientras se acerca a la chica y tiene la certeza de que, tal vez, Chika Kudō está empezando a convertirse en un hombre de verdad.

—¡Tetsuki!

La voz de Kōta lo saca de sus cavilaciones. Su peso sobre la espalda está a punto de tirarlo de bruces. Culpa suya por bajar la guardia en presencia de esos tres chicos. Ahí están Sane, Mittsu, el propio Kōta y el nuevo miembro del grupo, Yoshinaga. Le están mirando muy fijamente y hay algo brillante en sus ojos. Mala cosa.

—Acabamos de tener una idea genial. Yoshirin ha visto una cancha de baloncesto más allá. ¿Quieres jugar?

—¿Ahora?

—Yoshirin dice que es bueno —Afirma Mittsu.

—Obviamente, no le creemos. Con su altura…

Sane hace un gesto con la mano, marcando la cabeza de Yoshinaga en el aire. Es cierto que es un chico bastante bajito y, por lo general, se muestra tímido y un poco huidizo. Sin embargo, en esa ocasión hay algo distinto en sus ojos. Parece ofendido, como si le molestara enormemente que se pusieran en duda sus palabras.

—Él insiste, así que hemos pensado algo —Kōta se las está apañando para dirigirlo sin demasiado disimulo rumbo a la cancha—. Como tú eres el mejor de todos nosotros jugando al baloncesto, haremos un tres contra dos. Yoshirin y tú contra nosotros.

Cuando se levantó por la mañana no pensó que se encontraría en semejante tesitura, pero no es mal plan. Antes de que pueda asentir, Yoshinaga eleva la voz.

—¡Os digo que soy bueno!

Los otros tres le dan unas palmaditas en la cabeza, como si fuera un cachorrito adorable.

—Claro que sí, Yoshirin. No lo ponemos en duda.


Atsumu Yoshinaga se gana el respeto de sus mayores una tarde de verano, mientras bota con maestría la pelota de baloncesto, hace fintas y esquiva a sus rivales. Lo que no puede hacer es encestar, sobre todo si Sane se le pone delante, pero para eso cuenta con el apoyo de Tetsuki. En la vida ha recibido mejores pases. Es fascinante. Llevan jugando media hora y ya han tenido tiempo más que suficiente para destrozar a esos tres incrédulos.

—Juegas bien.

Mittsu tiene apoyadas las manos en las rodillas. Es evidente que se ha rendido. Tampoco sorprende a nadie. Está en muy baja forma y lleva un buen rato corriendo de un lado para otro. Mira a Yoshinaga como si acabara de descubrir un gran misterio.

—Os lo dije.

—En la secundaria, ¿estuviste en el club de baloncesto?

Yoshinaga enrojece cuando Sane le hace la pregunta. Nunca habla mucho sobre su pasado, pero, por lo que pueden intuir, fue bastante solitario. Aprieta los labios un momento antes de contestar.

—No me cogieron. Entonces era aún más bajo que ahora y los demás chicos me sacaban por lo menos veinte centímetros, así que me dijeron que buscara otra cosa.

—¡Qué injusticia!

Mientras sus tres amigos expresan su indignación a voz en grito, Tetsuki decide que ha llegado el momento de tomarse un respiro. Camina hasta donde han dejado sus mochilas y agarra una botella de agua. A veces, al destino le gusta jugar con las ironías porque, justo en ese preciso instante, después de que Yoshinaga confiese su trágico pasado con el baloncesto, un equipo de instituto camina junto a la cancha. Van ataviados con los colores oficiales y son todos altísimos y atléticos. Para ser honestos, un chaval como Yoshinaga no pinta nada entre ellos. De hecho, el metro ochenta del propio Tetsuki es poca cosa comparada con esos portentos físicos.

Observa al grupo con aire distraído al tiempo que escucha la conversación que tiene lugar a sus espaldas. Muestra un poco más de interés cuando la ve a ella. Es la única chica, pero su color de pelo es tan peculiar que la hace resaltar entre los demás. Tetsuki se siente raro de repente, como si le acabaran de dar un puñetazo en el estómago. Necesita un par de segundos para reflexionar sobre sus emociones antes de ser consciente de la gran atracción física que acaba experimentar. Es una chica guapa, después de todo. Tiene un cuerpo llamativo y la falda escolar le sienta bastante bien. Se pregunta si se estará quedando en el mismo hotel que ellos. Por la mañana, le pareció escuchar que un equipo de baloncesto se concentraría allí. Si se trata de ellos, estará encantado de volver a cruzársela.

—¡Momoyan!

Otra vez Kōta. No hay nadie que grite tan alto como él. Tetsuki da un respingo.

—Estamos jugando al baloncesto. ¿Te apuntas?

La negativa no se hace esperar.

—No.

—¿Por qué no?

—No me gusta nada. Y se me da fatal.

Lo último lo dice en voz tan baja que solo Tetsuki puede escucharlo. Así que Natsu Momoya es humano, después de todo.


2

La chica del pelo rosa

Tetsuki suele despertarse bastante temprano. Puesto que no está apuntado a ningún club, le gusta correr un rato por las mañanas para mantenerse en buena forma física. Está bastante convencido de que los chicos dormirán hasta tarde y, sin embargo, descubre que está solo en la habitación nada más abrir los ojos.

—No me jodas.

¡Qué poco duran las promesas de sus amigos!

Se los encuentra practicando en una sala un tanto apartada. Es Chika el primero en percatarse de su presencia, así que se gana una mirada airada. No tarda ni una milésima de segundo en ir a su encuentro.

—¡Ya te has levantado!

—Soy madrugador.

—Pues vaya corte.

Chika se pasa las manos por el pelo. El resto del grupo se debate entre mirar la pared o el suelo. Eso, que se avergüencen.

—¿Pretendéis ensayar a escondidas?

—Confiábamos en que durmieras un poco más.

—Sois la hostia, Chika.

Otra vez se siente tangado. Más incluso que la primera vez. Su supuesto mejor amigo le aprieta el hombro.

—Sólo serán un par de horas. Terminaremos para la hora del desayuno.

—¿Esperáis que lo prepare yo?

Chika echa un vistazo por encima de su hombro.

—Bueno. Puede.

Está demasiado disgustado para aguantar tonterías.

—Me voy a dar una vuelta por ahí. No sé cuándo volveré.

El horror se hace presente en los ojos de Chika. ¿Se quedarán sin comida rica?

—¡Tetsuki!

Por una vez, y aunque peque de maleducado, le obsequia con una peineta y no se molesta en mirar atrás. Con un poco de suerte, cuando regrese de correr estará un poco más cansado y un poco menos enfadado.

Sigue siendo temprano cuando sale del hotel. Es la recepcionista la encargada de recomendarle una ruta bastante sencilla que rodea el pueblo y tiene unas vistas bonitas. Tetsuki, que nunca ha estado en ese lugar, no abandona los caminos principales en ningún momento. Se ha dejado el teléfono en la habitación y no quiere perderse. Mientras corre, logra dejar la mente en blanco y se siente bien. Llena los pulmones de aire, se concentra en mantener un ritmo constante y se deja llevar por los sonidos, los aromas y los colores matutinos.

No está solo. Se cruza con varios deportistas locales, algunos de ellos acompañados de sus mascotas. Es un ambiente agradable. A Tetsuki le gusta la vida en la ciudad, aunque está convencido de que podría adaptarse a un entorno más rural. El aire limpio, el silencio nocturno, el frescor del bosque. Estar allí es una buena forma de combatir el calor veraniego, incluso mientras sube una cuesta un tanto inclinada. Tiene que detenerse un instante cuando llega a lo más alto y, en efecto, el paisaje es precioso. Mientras está allí arriba, se dice a sí mismo que no tiene motivos para estar enfadado con los chicos. Ya sabía que harían algo así. Es parte de su naturaleza y, de una forma u otra, los ha terminado aceptando a todos. Ahora bien, no permitirá que se pasen todo el día enfrascados en los ensayos. Se supone que están de vacaciones. Tienen que explorar los alrededores, visitar el pueblo, divertirse.

Se gira cuando escucha un montón de voces a su espalda. Son los miembros del equipo de baloncesto que vieron el día anterior, quienes han tomado la misma decisión que él. Tetsuki la busca inconscientemente y sonríe un poco cuando la ve. Es la única que va en bicicleta y tiene la cara un poco roja. Aunque ellos siguen corriendo cuando alcanzan la cima, ella se para para refrescarse. Tetsuki no le quita ojo de encima y quiere decirle algo. No sabe qué. Podría comentar algo sobre el tiempo, sobre el baloncesto, sobre el paisaje. Cualquier cosa puede servir para iniciar una conversación. Sin embargo, cuando abre la boca ya es demasiado tarde. La chica del pelo rosa se ha puesto en marcha de nuevo.


—¿Sigues cabreado?

Chika quiere congraciarse con él, así que le está ayudando en la cocina. A Tetsuki le da un poco de miedo que termine por cortarse un dedo. Es demasiado enérgico mientras corta las verduras.

—No.

No suena muy sincero.

—De verdad que no pensábamos ensayar esta mañana, pero ayer Satowa me habló de una canción que nos servirá para el festival de Kantō y queríamos probar cómo suena. Ha sido una maniobra de aproximación, nada más.

—¿Me estás diciendo que esta tarde no tocaréis?

Chika se pone más rojo que un tomate.

Resignación, Tetsuki.

—Kōta tiene problemas con el tempo.

—No sé por qué no me sorprende.

—Pero sólo será un rato. Prometido.

Tetsuki remueve con gran agilidad la cacerola donde cuece la carne. Está preparando unas costillas de cerdo con guarnición de verduras. Algo sencillo, nutritivo y rico. Ha sido idea de Chika, por supuesto. Podría arrepentirse por estar concediéndole el capricho, pero ya no tiene ganas de enfadarse.

—Me he traído un par de libros. Aprovecharé para empezar alguno.

—Así que has venido preparado.

—Os conozco bien, Chika. Hubiera sido muy ingenuo por mi parte esperar que os dejarais los kotos en casa.

Kudō recupera la sonrisa perdida tras la traición matutina. Se le ve tan tranquilo y relajado que incluso deja el cuchillo sobre la encimera y se limpia las manos en el mandil. Tetsuki le corta el rollo.

—Ni se te ocurra irte.

—Pero si ya no estás enfadado.

—Eso no significa que sea idiota. Sigue cortando verduras.

—Tetsuki.

No hay nada más que decir. Chika lo comprende con disgusto y consternación.


El hotel cuenta con un patio interior bastante confortable. Tetsuki se acomoda en un lugar con sombra, se ajusta las gafas sobre la nariz y comienza la lectura de su nueva novela. En esa ocasión, le ha dado por la ciencia ficción. El protagonista es un androide del siglo XXIII que lucha por la independencia de su pueblo. El comienzo le parece un poco coñazo, aunque no lo suficiente como para abandonarla. Raramente abandona nada. Tetsuki Takaoka es de los que siempre terminan lo que empiezan.

—¿Qué te parece el libro?

La voz femenina que llega a sus oídos es suave y le sorprende. Cuando alza la cabeza y la ve, está a punto de quedarse sin habla. De cerca, la chica del pelo rosa es aún más guapa. Joder, no puede estar así de buena. Menos mal que nunca ha sido la clase de persona que sucumbe ante sus emociones y se bloquea, porque logra aparentar una calma que en realidad no siente. Responde con una sonrisa.

—No tiene un inicio demasiado prometedor.

—¡Qué mal! Me regalaron ese libro por mi cumpleaños y quería empezarlo después de la concentración.

Sin más miramientos, la chica se acomoda a su lado y extiende una mano en su dirección.

—Soy Satsuki Momoi.

Se estremece cuando sus pieles se unen. Las manos de la chica están un poco frías. Las suyas, se han puesto sudorosas.

—Tetsuki Takaoka.

—¿Disfrutando de las vacaciones?

—Más o menos. Tú has dicho algo de una concentración.

—Soy la manager de un equipo de baloncesto. Los he dejado en la cancha, entrenando.

A Tetsuki le sorprende que la conversación se haya iniciado con tanta naturalidad. Y pensar que esa misma mañana se quedó dudando y no fue capaz de darle los buenos días.

—¿De qué instituto sois?

—Academia Tōō, en Tokio. Acabamos de quedar terceros en el Campeonato Interescolar.

—Lo siento, pero no estoy puesto al día con el baloncesto.

Ella parece sorprendida. Tetsuki no tarda en descubrir por qué.

—Eso es sorprendente. Ayer te vi jugando con tus compañeros y pensé que erais un posible rival.

Tiene que reírse.

—El equipo con los miembros más bajitos de todo el campeonato.

—La altura no lo es todo. Había un chico con muy buena mano.

—Yoshinaga.

Momoi sonríe, suponiendo que los dos están pensando en la misma persona.

—Me temo que lo habéis perdido para el baloncesto. Toca el koto.

—Koto.

Ella repite la palabra con la misma fascinada extrañeza que tantos otros antes.

—¿Te suena el Instituto Tokise? —Momoi niega con la cabeza—. Ganaron el campeonato nacional hace un par de semanas.

—¡Vaya! Eso es genial. Enhorabuena.

—No tienes que felicitarme a mí. No soy parte del club.

—Entonces, ¿qué eres?

Tetsuki tiene que pensárselo y no tarda en encontrar la mejor definición posible.

—La niñera.

Cuida de ellos, les prepara la comida, les ayuda con los deberes. Sólo le hace falta cantarles canciones de cuna y es como Mary Poppins con piercings.

Momoi se ríe. Hay algo fascinante en ese sonido tan alegre y franco. A Tetsuki le alegra escucharla. Se queda seria de repente.

—Lo dices en serio.

—A veces no sé cómo los aguanto.

—Los chicos de ayer, ¿todos tocan el koto?

—Y faltan algunos más. En el grupo hay nueve personas. Siete chicos y dos chicas.

—Es sorprendente que haya tantos hombres, ¿no? La mayoría de intérpretes son mujeres.

Por alguna razón, a Tetsuki le agrada que Momoi esté puesta al día en esas cuestiones. Existe demasiada gente ignorante y ya se ha encontrado con los suficientes.

—Son un grupo con algunas particularidades. Por ejemplo, ahora mismo deberían estar disfrutando de unas vacaciones, pero están ensayando como idiotas. Se preparan para un festival musical.

—Es bueno ser apasionado. Me gusta la gente que dedica todo su esfuerzo para mejorar día a día.

Es manager de un equipo de baloncesto. Claro que le gusta eso.

—No te gustaría tanto si te hubieran arrastrado hasta aquí para dejarte más solo que la una.

Otra vez la risa. A decir verdad, en ese momento no está nada solo. De hecho, la compañía no podría ser más agradable.

—¿De verdad no tocas el koto?

Niega con la cabeza.

—En la preparatoria no me he apuntado a ningún club. Quiero tener un poco de tiempo libre y necesito prepararme bien para entrar en la universidad.

—Seguro que quieres estudiar algo súper difícil.

Tetsuki lo dice sin pensar. No suele compartir esas cosas con los desconocidos, pero lo tiene tan claro que no puede contenerse.

—Medicina. Mi padre es cirujano y desde pequeño he querido seguir sus pasos.

Momoi le sonríe y cabecea.

—Es un plan ambicioso.

Se produce un breve momento de silencio que Tetsuki rompe. No se plantea el hecho de estar llegando demasiado lejos. Está muy cómodo y algo le dice que la chica del pelo rosa también.

—¿Y tú?

Ella se queda pensativa. No está tan decidida respecto al futuro como Tetsuki.

—Tengo dos opciones. Matemáticas y Estadística o Ciencias del Deporte.

Tetsuki suelta un silbidito.

—Son dos disciplinas muy distintas.

—Y las dos me gustan por igual. Pero estoy en segundo, así que aún tengo tiempo para pensarlo. ¿En qué curso estás tú?

—En segundo también.

—Si quieres entrar en Medicina, apuesto a que ya has empezado a estudiar.

—No me puedo permitir el lujo de quedarme atrás.

Momoi abre la boca para añadir algo más. Es interrumpida por Chika Kudō. Tetsuki nunca antes lo ha odiado tanto como en ese momento.

—¡Tetsuki! ¡Terminamos! Nos vamos a tomar algo al pueblo. ¡Venga!

Busca algo que tirarle a la cabeza. Con un poco de suerte, se quedará inconsciente y no tendrá que dejar a Momoi sola. Sin embargo, existe una gran diferencia entre sus deseos y la realidad. Intercambia una mirada con la chica y se le corta la respiración cuando sus ojos sonríen.

—Tus niños te reclaman. No les hagas esperar.

¡Ah, demonios! Tetsuki se pone de pie y se niega a sí mismo la posibilidad de perderla para siempre. Alza el libro y le hace una promesa.

—Te diré si mejora un poco. Nos vemos mañana.

No piensa faltar a su cita. Se reúne con Chika, quien no tarda nada en agarrarle del cuello y ser un cotilla.

—¿Quién es esa?

La futura madre de mis hijos.

No. Eso es demasiado perturbador.

—Una huésped del hotel.

Chika la mira por encima de su hombro. Es evidente que está interesado en ella, aunque no de la misma forma que Tetsuki. Desde que está enamorado de Satowa Hōdzuki, el resto de mujeres del universo no existen para él. Después de unos segundos, le da unos golpecitos en el pecho con el dedo índice.

—¿Necesitas asesoramiento amoroso?

Eso ha tenido gracia.

—¿De ti? No me hagas reír.

Chika parece ofenderse, aunque el buen humor es patente en sus palabras.

—Aquí solo veo a un chico que tiene novia y no eres tú, Takaoka el Presuntuoso.

—En cambio, yo veo a un tipo que ha tenido muchísima suerte. ¿Qué consejos podrías darme?

Más de los que podría imaginarse en un principio.


3

La Generación de los Milagros

Tetsuki Takaoka tiene dos cosas: curiosidad y tiempo libre. Combinadas, le llevan a meterse en Internet para buscar información sobre el Instituto Tōō y su equipo de baloncesto. Siente un cosquilleo en el vientre cuando ve la fotografía de Satsuki Momoi en compañía de sus chicos. Lee el nombre de Daiki Aomine y una cosa lleva a la otra hasta que se ve a sí mismo descubriendo a la Generación de los Milagros.

La verdad es que nunca antes ha escuchado hablar sobre ellos. En la secundaria se apuntó al club de atletismo y dedicaba todo su tiempo a estudiar y a cuidar de Chika. No prestaba atención a los logros del equipo de baloncesto y definitivamente no seguía los campeonatos nacionales. Y el Instituto Teikō ganó un buen montón gracias a sus cinco prodigios. Chicos altos, con colores de pelo bastante llamativos. Y Momoi, claro. Se notaban sus esfuerzos por mantenerse en segundo plano, pero son demasiados artículos y fotografías como para no aparecer en ninguna.

—¿Te vas a apuntar al club de básquet?

Chika. A esas alturas, han debido terminar el ensayo de la mañana. Tetsuki ha cedido y ha preparado algo para que desayunen. Si es que le mangonean como quieren. Podría apartar el móvil para impedir que cotillee, aunque ya no tiene sentido hacerlo.

—No.

—Entonces, ¿a qué viene ese repentino interés? —No tarda mucho en comprenderlo todo—. ¡Ah! Esa chica.

Tampoco hace falta poseer grandes capacidades deductivas, puesto que Tetsuki estaba mirando una imagen en la que aparece junto a los jugadores, después de ganar el tercer campeonato consecutivo. Consciente de que tendrá que hacerlo más tarde o más temprano, confiesa una parte de la verdad.

—La conocí ayer y me dijo que es manager de un equipo bastante potente.

—Generación de los Milagros. —Chika resopla y se ríe por lo bajini—. Qué nombre más cutre.

Tetsuki no tiene mucho que decir. Chika se aleja de él y contempla con glotonería las figuritas de arroz y la sopa de miso. En serio, ¿por qué se ha tomado tantas molestias?

—Qué pintaca, Takaoka.

—No te pongas a comer hasta que vengan los demás. Es de mala educación.

Bufa, pero le hace caso de todas formas. Un par de minutos más tarde llegan las chicas, cuchicheando entre ellas (lo más posible que de sus respectivos novios), a continuación, Kurata y luego los demás. Excepto Momoya.

—Ha dicho algo de estar en silencio. —Chika ya ha comenzado a llenarse el plato de comida.

Puede que Tetsuki apenas conozca a Natsu Momoya, pero puede entenderlo a la perfección. Es un chaval que está acostumbrado a la soledad y la calma, así que verse rodeado noche y día por personas tan explosivas como los chicos del club debe ocasionarle un gran estrés. También cabe la posibilidad de que haya quedado con el ligue de ayer. Si se pone en su piel, también encuentra esa compañía bastante grata.

Ve a Chika sentándose junto a Hōdzuki y escucha parte de la conversación.

—¿Quieres un poco de arroz? ¿Fruta?

—Gracias.

Ella se ruboriza un poco y él parece un caballero. Se pregunta cuánto durará la calma. Le gusta verlos así, contentos. Incluso los envidia un poco, aunque conserva la esperanza. Si Chika Kudō, con toda su torpeza y un pasado cuestionable, puede tener esa expresión en la cara al tiempo que alguien lo mira a él de la misma manera, cualquiera puede. Tal y como se temía, la paz dura poco. Chika derrama una buena cantidad de té sobre la mesa y Hōdzuki se aparta con brusquedad, chocando contra él y tirando un platillo repleto de fruta recién cortada. En serio, qué desastre.

—¡Kudō! Ten más cuidado.

—¿Yo? Me has dado un codazo en el estómago.

—Tú has tirado el té. Y ha sido sin querer.

—¡Claro!

—¡Idiota!

—¡Torpe!

No siguen insultándose porque se han dado cuenta de que Tetsuki no les quita ojo. Los demás, para bien o para mal, ya están acostumbrados a las discusiones estúpidas. Takaoka disfruta observándoles, para qué negarlo. Es Chika quien endereza el cuello y le medio grita.

—¿Qué?

—Nada.

—Mirabas de forma sospechosa.

Es que sois muy monos.

No lo dice en voz alta porque no quiere avergonzar a la chica. Kudō gruñe y se llena la boca de pescado asado. No vuelve a hablar durante el resto del desayuno.

Pasan la mañana bañándose en el lago cercano. Cuando llega el buen tiempo, el personal del hotel acondiciona una pequeña playa que está repleta de tumbonas, sombrillas y huéspedes. Tetsuki opta por nadar un rato mientras los demás se dedican cada uno a lo suyo. Kurata y Kurusu vuelven a desaparecer (quién lo iba a decir de dos personas como ellos) y Chika y Hōdzuki se pelean un rato y se bañan juntos después. Los chicos se las arreglan para convencer a Momoya de que los acompañe en un partido de voleibol improvisado que, cómo no, es un desastre, aunque sirve para demostrar que Yoshinaga es mejor deportista de lo que pudiera parecer: pega unos saltos impresionantes.

Cuando sale del agua, piensa en Satsuki Momoi. Hubiera estado genial que fuera al lago. Le apetece verla. Entonces recuerda que prometió hablarle del libro y comienza a leer. No tiene muchas ganas y la trama no hace más que empeorar, pero se siente en la obligación de hacerlo. Para cuando llega la hora del mediodía, ha terminado media docena de capítulos y está aburrido. Además, deben cocinar si quieren afrontar la tarde con energía. Consigue que Chika y Hōdzuki le echen una mano y, una vez de vuelta en el hotel, se da cuenta de lo chafado que se siente por no haber visto a la chica del pelo rosa.


Como si lo hubieran acordado con antelación, Tetsuki y Momoi se reúnen en el mismo lugar que el día anterior. Los chicos están practicando y él se ha sentado más o menos donde antes. Está bastante nervioso y se lleva una buena alegría cuando la ve aparecer, con el cabello sujeto en una coleta alta y un vestido precioso. Está guapísima y no se hace la encontradiza. Camina directa hacia él y se acomoda a su lado.

—¿Y bien? ¿Qué me dices?

Señala el libro con un gesto. Tetsuki lo agita un momento antes de sonreír con resignación.

—Un truño.

Momoi chasquea la lengua.

—¡Vaya, hombre! ¿No se salva nada?

—Hay un personaje secundario que tiene pase, pero… —Se detiene con brusquedad—. ¿Te molestan los spoilers?

—Depende de lo interesada que esté en la obra. Si es tan malo como parece, puedes decirme qué le pasa.

—Muere.

—¡Ah! Era evidente.

Durante los siguientes diez minutos, Tetsuki le destripa la trama de un libro que ya nunca será leído. Momoi le escucha con atención, ilumina el día con su sonrisa y se pasa la mano por el pelo en varias ocasiones. Cuando termina de dar las explicaciones pertinentes, está un poco chafada.

—No sé por qué me sorprende. No se puede confiar en el buen gusto de Daiki.

A Tetsuki le alegra reconocer el nombre, pese a no tener ni idea de baloncesto. Después de todo, hace nada que se ha empapado de conocimiento sobre la Generación de los Milagros. Momoi sigue hablando.

—No es un lector experto. Prefiere las revistas de chicas, ya sabes.

Tarda un instante en entender a qué se refiere. Se siente un pelín avergonzado porque a lo mejor él mismo guarda un par de ejemplares de ese tipo en su habitación. Tampoco es como si hicieran falta, teniendo Internet.

—¡Oh!

—Esa afición es muy útil en algunas ocasiones. Si quieres ponerle un cebo, ya sabes qué hacer.

Le guiña un ojo y Tetsuki le sigue el juego.

—¿No es mejor recurrir a la comida?

—Puede funcionar en determinadas circunstancias, aunque a la gente no suele gustarle las cosas que preparo.

Así que es mala cocinera. No se puede tener todo en esta vida.

—Tengo guardado un montón de chili picante. Si te hace falta, sólo tienes que pedirlo.

Es su turno de tener un gesto cómplice. La ve quedarse boquiabierta y su tono de voz se vuelve una octava más agudo.

—¿Tienes chili picante? ¡Me encanta!

Es un poco desconcertante su reacción. Tetsuki hace un gesto poco comprometido con el brazo.

—Si quieres…

—Sólo si está rico.

—Yo diría que lo está, pero, ¿no ha pasado muy poco tiempo desde la hora de comer?

Momoi se acaba de poner de pie. Parece decidida a arrástralo hacia el chili prometido. O a dejarse arrastrar, más bien.

—¿Me tomas el pelo? Llevo semanas comiendo hamburguesas y pizza. Primero tuvimos que jugar la Interescolar y ahora tenemos la concentración, así que hace mucho tiempo que no me llevo comida caliente al estómago. ¡Vamos!

Vale. Avanza con cautela al principio y con un poco más de tranquilidad después. Le gusta que Momoi sea una persona tan directa y no le cuesta nada complacerla. Es un poco raro llevarla hasta las habitaciones que comparte con los chicos, más aún cuando pueden escuchar su música desde allí. Por lo que se percibe, no está siendo el mejor ensayo de la historia. Es lo más habitual mientras se acostumbran a una pieza. Tan solo Hōdzuki (y tal vez un poco Momoya) parecen capacitados para hacer una interpretación decente al primer intento.

Tetsuki no comenta nada respecto a la música ambiental. Momoi se sienta al otro lado de la barra de la pequeña cocina y le sirve un plato de chili que, no es por presumir, pero tiene una pinta deliciosa. Ella incluso cierra los ojos cuando lo prueba por primera vez.

—¡Uhm! ¡Está riquísimo! Y tiene algo distinto, no sabría decir qué.

Tetsuki le sirve un vaso de agua.

—Es una receta secreta.

Momoi come un poco más, hasta que se da cuenta de una cosa. Parece bastante sorprendida.

—¿Lo has hecho tú?

Asiente, tal vez con un poquito de suficiencia.

—Me gusta mucho cocinar. Además, ya te lo dije antes. Tengo que cuidar de mis niños.

—Pues tienen muchísima suerte. ¡Qué delicia!

Sigue comiendo y, poco a poco, son más conscientes de la melodía. A esas alturas han repetido tres veces el mismo fragmento y terminan equivocándose en la misma parte.

—¿Son tus amigos? Los que están tocando.

—Eso es.

—No soy una experta en música, pero no suena mal.

Tetsuki suelta un resoplido irónico.

—No tienes que ser tan amable. Ahora mismo, están muy lejos de dominar la pieza. Empezaron a ensayarla ayer mismo, así que sólo se están aproximando a ella. Si tuvieras ocasión de escucharlos en el festival de Kantō, notarías la diferencia entre esa basura y una buena presentación.

Se siente un poco sabiondo al decir todo eso, aunque considera que es normal que haya aprendido un par de cosas sobre música en los últimos meses. Pasa casi todo su tiempo con chicos que están inmersos en el mundo del koto. Les ha oído hablar sobre partituras, tonos, sincronización y las mil maneras que existen de afrontar una interpretación. Puede que no sepa cómo tocar un instrumento, pero entiende bastante del sonido que produce un koto.

—Si lo dices así, me dejas con las ganas de verlos en acción.

Tetsuki no piensa mucho lo que dice a continuación.

—En la página web del ministerio, puedes ver todas las presentaciones de los grupos que participaron en el campeonato nacional.

No se espera que ella reaccione con tanto entusiasmo. De hecho, ya está sacando su teléfono móvil.

—¿En serio? ¿Qué ministerio?

—Educación. —Hace una pausa mientras ella maneja la pantalla a toda velocidad—. Son muchas actuaciones, Momoi.

—Pues dime quiénes fueron los mejores. Venga.

—Podrías empezar por los cuatro primeros. Eidai Fuzoku, Ichiei, Meiryo y Tokise.

—¿El Instituto Meiryo? —Momoi da un respingo, presa de una nueva emoción—. Jugamos contra ellos en la Interescolar. Los eliminamos en cuartos de final.

A veces el destino crea nexos en común que tienen su gracia.

—El club de koto está dirigido por un chico, Ōsuke Kiryū. Por lo que sé, es un hueso duro de roer. Parece inofensivo, pero se dedica a observar a sus rivales para encontrar sus puntos flacos e interpretar la mejor pieza posible. Estuvieron a punto de hacerse con la victoria. Son muy buenos.

Momoi suelta una risita y agita el pelo. Casi se ha terminado el plato de chili. Sí que estaba hambrienta.

—Pues en baloncesto no son gran cosa. Tenían un buen base y poco más. Pero háblame de los otros.

Tetsuki procura centrarse. No es sencillo cuando la ve llevarse los palillos a la boca.

—El Instituto Ichiei es una academia que se centra en los estudios de música, así que partían como favoritos. De hecho, fueron los ganadores en las cinco últimas ediciones.

—Eso me recuerda al Rakuzan.

—Déjame adivinar: los reyes absolutos del baloncesto.

Intercambian una sonrisa. Tetsuki siente la misma sensación que ayer. Cuanto más charlan, más fluido se vuelve todo.

—Perdieron porque no compitieron como un grupo unido. Durante toda la actuación, parecían estar picados los unos con los otros por llamar la atención y, aunque estuvieron geniales, quedaron un poquito por debajo. —Tetsuki se centra en otro competidor—. En Eidai sólo hay dos chicos. Uno de ellos es una fuerza de la naturaleza, ya lo verás por ti misma. Arrastra a su compañero durante toda la actuación, aunque al final logran que todo quede muy equilibrado.

Momoi apoya la cara en su mano y le mira muy fijamente, como si fuera presa de un hechizo.

—¡Cuánto sabes sobre el koto! Estoy a punto de tomar notas.

Se conocen demasiado poco como para saber si bromea o no. Tetsuki carraspea y selecciona el video dedicado a la actuación de Chika y los demás.

—Y luego está Tokise, claro. Ganaron porque tienen la mejor dirección técnica posible. Los hermanos Dōjima, que no te sonarán de nada, son sus maestros de música. Suzuka Takinami compuso la pieza ganadora.

—Ese nombre sí que me resulta familiar.

—Es hijo de Kaoru Takinami, el director de orquesta.

—¡Ya decía yo!

A Tetsuki le agrada comprobar que esa chica es mucho más que una cara bonita.

—Escribió una partitura única, teniendo en cuenta las cualidades de los nueve miembros del grupo y entregándoles a cada uno su parte para tocar en solitario. Estuvieron ensayando durante ocho meses.

—¿Ocho meses?

—Era muy complicada, pero cuando la escuches comprenderás por qué ganaron.

—Ponla ahora. Venga.

Tetsuki no se hace de rogar. A decir verdad, también le apetece volver a oír la actuación de sus amigos. Selecciona el video adecuado, sube el volumen del teléfono y lo apoya en la encimera. Durante los siguientes diez minutos, tan solo se escucha la música de "I". Si cierra los ojos, vuelve a estar en el auditorio, escuchando embelesado esa maravillosa pieza. Puede reconocer las partes de todos y cada uno y se estremece con la interpretación de Satowa Hōdzuki. Todos estuvieron a un nivel espléndido, pero ella es la estrella. No cabe la menor duda. Y eso es bueno porque de esa manera, el resto de sus compañeros tiene una estela que seguir, con el objetivo siempre presente de, tal vez, darle alcance algún día.

Cuando todo queda en silencio, Satsuki Momoi está sobrecogida. Tiene lágrimas en los ojos y respira erráticamente. A Tetsuki no le extraña que haya reaccionado de esa manera. Con total tranquilidad, le hace entrega de unos pañuelos de papel. Ella tarda un minuto en poder hablar.

—Esto ha sido… Genial.

—Fue una victoria justa y merecida, sobre todo después de atravesar por tantos problemas.

El regreso de Hōdzuki a casa, el accidente de la madre de Mittsu, las dudas constantes de Momoya, el escándalo de las redes sociales, la casi caída de Chika al abismo. Menos mal que todo se solucionó a tiempo. De hecho, Tetsuki está convencido de que superar todo eso les fortaleció como grupo y les hizo mejores músicos.

—Hay una chica que…

Así que lo ha notado. Genial.

—Satowa Hōdzuki. Una prodigio del koto.

—No podía moverme mientras la escuchaba.

—Lleva tocando desde niña. Tiene un futuro prometedor por delante.

—Me gustaría mucho seguir su trayectoria. —Momoi se suena los mocos—. Los demás también son buenos, pero ella destaca.

—Es verdad, aunque las diferencias con sus compañeros se están equilibrando.

Momoi se queda callada unos segundos mientras mira la pantalla del teléfono. Hay cierta tristeza en todo su ser cuando vuelve a hablar. A Tetsuki no le gusta verla así y se pregunta si ha hecho o dicho algo para estropear el buen ambiente que ha reinado hasta entonces.

—Prodigio. Es una palabra muy fea. Nadie debería llamar así a chicos de nuestra edad.

—Hōdzuki tiene los pies en la tierra.

—No lo digo por eso.

No sabe por qué lo sabe, pero lo sabe. Tetsuki habla con firmeza.

—La Generación de los Milagros.

Momoi asiente y permanece pensativa. La música de los ensayos vuelve a inundar sus oídos. Siguen repitiendo las mismas partes una y otra vez. Resulta agotador.

—Antes has dicho que en Tokise tienen una buena dirección técnica. Creo que eso fue lo que falló en Teikō. Las cosas funcionaron más o menos bien mientras Shirogane fue el entrenador, pero cuando enfermó y Sanada tomó el mando, todo se estropeó. Comenzó a primar la victoria sobre el juego en equipo y todos los miembros de la Generación de los Milagros fueron dañados en mayor o en menor medida.

Está claro que no hay buenos recuerdos relacionados con esos sucesos del pasado. Es curioso que también compartan algo así, aunque sea por distintos motivos. Su etapa en la escuela media no fue tan agradable como le hubiera gustado. Aún se arrepiente de no haber podido ayudar a Chika como sí lo ha hecho ahora y presiente que a Momoi le ocurre más o menos lo mismo.

—Por eso fui al Instituto Tōō. Podría haber escogido otra preparatoria con un mejor plan de estudios, pero preferí irme con Daiki. A él lo ficharon los del equipo del baloncesto y yo sentí que debía cuidar de él. —Momoi sonríe para rebajar un poco el tono—. Yo también sé cómo ejercer de niñera.

Tetsuki le sirve más agua. Ha agotado los pañuelos y no por culpa de la actuación de Tokise precisamente.

—Sé cómo es sentir esa necesidad de cuidar de los demás. A Chika aún tengo que vigilarlo de cerca. Lo viste ayer.

—Me acuerdo. Parece alguien divertido.

—Lo es, pero no siempre ha sido así. En la secundaria, las cosas también se torcieron para nosotros.

Momoi suspira y dice unas palabras que zanjan el tema.

—Pero ahora estamos bien.

—Sí que lo estamos.

Se miran a los ojos. No sabe cuánto tiempo pasa porque el mundo ha dejado de girar a su alrededor. Tetsuki se pierde en esa mirada, que está repleta de fortaleza y timidez al mismo tiempo, y no siente la necesidad de moverse o de hablar. Tan solo respira porque es una función que su cuerpo puede hacer por su cuenta. Se fija en las motitas doradas presentes en las pupilas de la chica, en la punta de su nariz y en lo sonrosado de sus labios. Cuanto más la conoce, más guapa le parece. Podría quedarse así todo el día y, entonces, una voz rompe la magia.

—¡Estoy seco!

Chika otra vez. Tiene el don de la oportunidad, joder. Ha entrado en la cocina como un huracán, con su cinta roja sujetándole el flequillo (que se corte el pelo de una vez) y el cordón de la zapatilla derecha desatado. Es obvio que no se ha dado cuenta de que están allí hasta estar prácticamente encima de Momoi. Entonces, parpadea con sorpresa y desconcierto, sonríe y extiende una mano. Es tan cortés como terrorífico.

—Chika Kudō. Un placer.

Ella tarda en reaccionar. Termina por corresponder al saludo.

—Satsuki Momoi.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Lo cortés no le dura demasiado. Tetsuki se levanta.

—¡Chika!

—Takaoka me ha invitado a comer chili.

—Ya veo. ¿Qué te ha parecido?

Momoi tiene las mejillas encendidas, pese a que consigue mantener el tipo.

—Está muy rico.

—¿Verdad que sí? Tetsuki es un cocinero excelente. —Dicho eso, abre la pequeña nevera y empieza a sacar cosas de su interior—. Vosotros seguid a lo vuestro. Yo cojo unas bebidas y me voy. He vuelto a perder en piedra, papel o tijera. ¿Puedes creerlo?

Por más confusa que resulte toda esa situación, necesita recomponerse.

—Apestas. Deberías dejar de jugar.

—Entonces, pringaría siempre.

—Ya lo haces, Chika.

—Pero si juego, al menos tengo una oportunidad.

Ya ha cogido todo lo necesario. Si no tiene cuidado, tirará un par de botellas por el camino. Está claro que los demás se han aprovechado de ese punto débil. Otra vez. Pese a ello, no le importa en absoluto.

—Os dejo, chicos. Pórtate bien, Takaoka.

Tetsuki no puede ni protestar porque, tan rápido como ha llegado, Chika desaparece. Tras de sí solo deja un montón de magia estropeada para siempre. Con lo a gusto que estaba mirando a Momoi a los ojos y ya no queda nada. ¡Joder!

—Yo debería volver con mis compañeros.

¡No! ¿Por qué se levanta? No puede irse.

—Tenemos que diseñar nuevas estrategias para el campeonato de otoño, aunque creo que tendré un hueco libre más tarde. He pensado que, si tienes que cocinar esta noche, podría ayudarte. O, mejor dicho, podrías enseñarme cómo hacer ese chili tan delicioso.

Es una oferta tentadora que no puede desaprovechar.

—¿Quieres descubrir el ingrediente secreto?

Momoi sonríe con un poco de malicia.

—Por supuesto que sí. Ese es mi trabajo como manager del equipo. Estudiar a mis rivales y descubrir sus secretos.

Sí. Definitivamente es muy tentadora.

—Creo que no me queda más remedio que aceptarte como alumna.

—Nos vemos más tarde, Takaoka.

Puedes contar con ello, Satsuki Momoi.


Chika se sienta a su lado. Falta un poco más de media hora para que Momoi regrese y Tetsuki está haciendo un gran esfuerzo para no comerse las uñas. No puede imaginarse lo que quiere de él, así que le sorprende cuando coloca algo sobre su rodilla.

—Momoya me ha dado esto.

No puede ser.

—¿Un condón?

Chika se pone rojo hasta las orejas y recupera lo que es suyo como si estuviera profundamente arrepentido de habérselo mostrado.

—Momoya tiene una caja entera en su maleta. No me extraña nada. A Kurata le ha dado otro, aunque no creo que sepa cómo utilizarlo. ¡Qué idiota!

Habla atropelladamente, como si estuviera muy avergonzado. Tetsuki tiene que reírse.

—¡Ah! Porque tú sí que sabes.

Ahí está. Como siga ruborizándose, sufrirá una combustión espontánea.

—Yo… No… Satowa… No…

Tiene que apiadarse de él. Está dándole demasiada pena, así que le pasa un brazo por los hombros.

—Creo que está bien que lo tengas, por lo que pudiera pasar. Aunque tienes que asegurarte de que no caduca o tendrás un problema.

Chika alza el mentón, orgulloso de alguna extraña proeza.

—Tiene fecha hasta el verano que viene.

Así que es eso.

—¿Te piensas que para entonces lo habrás utilizado?

Esa vez no hay tartamudeos y sí un puñetazo un poquito más fuerte de lo que Tetsuki se esperaba. Suelta la risotada que ha estado conteniendo desde el principio y opta por comportarse como un buen amigo.

—Tú no tengas prisa, Chika. Al final, pasará lo que tenga que pasar. No hace falta que fuerces nada.

Su amigo carraspea, aunque parece un poco más calmado. Empieza a recuperar su color habitual.

—Ni siquiera he hablado con Satowa sobre eso. Sólo nos hemos besado. Me gusta mucho y no la quiero cagar, pero me quedaré con esto de todas formas.

Se guarda el condón en el bolsillo del pantalón. Tetsuki se siente enternecido. En ocasiones, cuando está con Chika parece más un hermano mayor que un amigo. ¡Joder! Es un hermano mayor.

—Y pensar que ayer pretendías hacer de gurú del amor conmigo.

Chika le arrea otro golpe, un poco más flojo en esa ocasión.

—Esto. —Señala el condón—. No se trata de amor, sino de sexo. Y reconozco que no tengo mucha experiencia en eso.

—Cero.

—¿Qué?

—Que tienes cero experiencia, Chika.

—¡Cómo si tú fueras un experto, no te jode!

Pillado. Disimula.

—No pienso hablar de eso. Soy un caballero.

Chika le mira con pasmo. No es para menos. Un golpe más. Y ya van… ¡Bah! Ha perdido la cuenta.

—Vete al carajo, Takaoka. Has echado exactamente los mismos polvos que yo.

La risa le delata. ¡Qué remedio!

—¿Crees que el Cuatro Ojos…? —Chika deja la pregunta en el aire. Se responde a sí mismo—. ¡Qué va! Es un pardillo total.

—Pero es mayor que nosotros, que no se te olvide.

Chika reflexiona un instante y frunce el ceño.

—Es imposible. El Cuatro Ojos no ha podido… ¿Con Kurusu? ¡No, qué va!

Aunque últimamente pasan mucho tiempo juntos y desaparecidos. Vete a saber.

—¡En fin! ¿Qué vas a hacer de cena?

Es un cambio de tema en toda regla.

—Gracias por ofrecerte voluntario para ayudar, Chika. Eres muy amable.

No se molesta en disimular que no le apetece echarle un cable y, puesto que no se siente culpable por nada, sigue a lo suyo.

—¿Qué harás?

—Chili.

Respuesta clara y concisa. Chika parece disgustado.

—¿Otra vez? Pero si lo hiciste ayer y todavía queda.

—Le he prometido a Momoi que le enseñaré a cocinar.

Ya está. Ha confesado. No ha hecho falta que le presionen demasiado.

—¿Momoi? La chica que estaba esta tarde contigo.

—La misma.

Se queda callado. Tetsuki casi puede oír cómo piensa. Por esa razón, no le sorprende su planteamiento.

—¿Tenéis un rollo o algo?

—Nos estamos haciendo amigos.

Eso es, en esencia, la verdad. Por más ganas que tenga de ir un poco más allá. Ha intentado sonar muy sincero, aunque Chika no le cree del todo.

—Sí, claro. Amigos.

—¿A qué viene ese tono?

—A que te conozco, Tetsuki. Sólo has mirado a una chica como miras a Momoi.

Akiko Tahara, de la escuela media. Fueron novios durante tres meses durante su segundo curso y ahí termina el historial amoroso de Tetsuki Takaoka. Que puede parecer un poco lamentable, pero al menos es mejor que el de Chika y los demás.

—Te gusta.

Kudō es categórico. No puede negarlo.

—Sí.

Suena un poco derrotado.

—¿Qué harás al respecto?

Para ser sincero, no lo ha pensado mucho. Va haciendo planes sobre la marcha.

—Supongo que nada.

—Nada.

—Nada.

Chika niega con la cabeza, disgustado.

—Tú eres tonto, chaval.

Mira. Eso sí que le ha pillado desprevenido.

—¿Perdona?

—Que no puedes no hacer nada. Si esa chica te gusta, díselo.

Chika siempre plantea soluciones sencillas y directas a los problemas más complicados. Por lo general, no se para a pensar en lo que está diciendo ni contempla todas las opciones existentes.

—No es tan fácil.

—¿Por qué no?

No sabe qué decir. Chika le presiona.

—Venga. Dime cuáles son tus excusas.

No se puede creer que estén teniendo una conversación como esa. Al final, Kudō ha terminado metido en su papel de gurú del amor. Increíble.

—Como te he dicho antes, nos acabamos de conocer.

—Eso se soluciona con tiempo y un par de conversaciones.

Punto para Chika.

—Sólo vamos a estar en el hotel una semana.

—No importa la cantidad de tiempo, sino la calidad.

Punto para Chika.

—Vive en Tokio. Será difícil que sigamos viéndonos.

—Las 3T´s, Takaoka: Telegram, teléfono, tren.

Tres a cero. Demasiada diferencia.

—No sé si le gusto a ella.

—Pues se lo preguntas y ya está. ¿Qué es lo peor que te puede pasar?

Paliza mítica recibida por Tetsuki Takaoka a manos de Chika Kudō. ¿Quién lo iba a decir?

—Mira, Tetsuki. No puedes confiar en que aparezca un psicópata que quiera golpearte con una barra de hierro para que Momoi te rescate, te abrace y te diga que te quiere. —En los ojos de Chika surge un brillo especial al rememorar todo aquello—. Y no pretendo desmerecer esas emociones, el estar acojonado mezclado con la felicidad más absoluta, pero todo hubiera sido mejor en un ambiente más agradable. Si es lo que sientes, sólo díselo. No es nada difícil y la recompensa, te lo aseguro, es cojonuda.

Jaque mate. Por primera vez en su vida (o eso cree), no tiene palabras.


4

Con un poquito de picante

—¿Quieres saber un truco para pelar bien las verduras? Utiliza esto.

Tetsuki estira una mano y le tiende un pelador. Hasta entonces, Momoi se ha estado peleando con un cuchillo, demostrando aún menos pericia que Chika. Y ya es decir. La chica mira el objeto con los ojos muy abiertos hasta que se hace con él con un movimiento un tanto brusco.

—¡Ja, ja! Eres muy gracioso. Sé utilizar uno de éstos, muchas gracias. No pensé que hubiera uno.

—La cocina está mejor equipada de lo que parece. La arrocera es cojonuda.

Lo ha dicho a propósito.

—¡Oh, rayos! ¡El arroz!

Es responsabilidad de Momoi. Tiene que asegurarse de que cueza bien, sin quedar convertido en una pasta incomible. Menos mal que Tetsuki ha estado atento porque el desastre se olía desde el mismísimo Tokio.

—Está perfecto. Menos mal.

—Déjalo apartado y sigue con las verduras. Es importante que las trocees bien. Venga, que yo te vea.

No pone en duda que Satsuki Momoi tenga un montón de talentos, pero la cocina no es uno de ellos. Seguro que es capaz de preparar alimentos tóxicos sin despeinarse. Para empezar, Tetsuki ha tenido que recordarle que debe lavar bien las verduras antes de ponerse manos a la obra. Si se olvida un básico cómo ese, es casi seguro que no sabrá cortar en taquitos. Por más voluntad que le ponga.

Tetsuki la observa con atención. Ahora lleva el pelo recogido en una trenza y se ha puesto ropa más cómoda. Sigue estando guapísima. Teme distraerse de sus funciones como maestro si sigue mirándola tanto. Las palabras de Chika vienen a su mente una y otra vez. Debe reconocer que tiene toda la razón. ¿Por qué no arriesgarse? Es joven. Si no mete la pata ahora, ¿cuándo lo hará? Y no debería ser tan difícil. De hecho, está ensayando sus palabras mentalmente, por si le da por usarlas.

—¿Así está bien?

Le muestra su obra. Podría ser peor.

—Tiene un pase. Ahora empieza la parte más difícil. Presta atención.

No quiere que el chili salga hecho un asco, así que se olvida de sus emociones y se centra en el cocinado. Deja que Momoi lo haga prácticamente todo por su cuenta y, un buen rato después, prueba el producto final utilizando una cuchara de madera. Ella está un poco ansiosa.

—¿Qué tal?

—Prueba.

Coloca una mano debajo de su barbilla, aunque sin llegar a rozarla. Acerca la cuchara a sus labios y ella sopla un poco para no quemarse. No llega a probar la comida. Se quedan mirándose otra vez y Tetsuki siente una fuerza extraña tirando de él hacia delante. Quiere besarla. Sabe que no es apropiado, que la asustará y saldrá huyendo para siempre. Incluso es posible que sus compañeros del equipo de baloncesto quieran pegarle. Sabe que es un error y, pese a ello, necesita hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para resistirse.

Comida. Están allí por la comida.

Carraspea y, ahora sí, le da a probar. Es un gesto un poco tonto, pero lo encuentra demasiado íntimo. Nunca antes ha estado tan cerca de una chica. Ve a Momoi relamerse los labios y hubiera dado la mano izquierda para averiguar en qué está pensando. Menos mal que vuelven a terreno seguro.

—Está muy rico. Es la primera vez que preparo algo decente.

—Enhorabuena.

—Aunque no tengo muy claro cuál es el ingrediente secreto.

—Dejaré que lo pienses por tu cuenta.

Mira la pantalla de su teléfono móvil casi por casualidad. Los chicos están a punto de llegar y no le hace ni pizca de gracia. Entrarán en tropel a la cocina, clamando por ser alimentados y sin demostrar demasiada consideración.

—¿Por qué no te quedas a cenar?

¿Ha dicho eso? ¿De verdad? Momoi tiene sus dudas. Es normal.

—¿Con todos tus amigos?

—Son un montón, pero te sentirás cómoda. Ya verás.

Tarda tanto en responder que se convence de que dirá que no. Al final, sonríe.

—Puede ser divertido.


Hōdzuki y Kurusu la adoptan como si fuera una hermana perdida. Se sientan junto a ella y cada vez que uno de los chicos intenta hablarle, reciben miradas furiosas y una advertencia velada. Y la acaparan por completo. Tetsuki no sabe si eso le gusta.

Chika habla muy cerca del oído.

—¿Lo has hecho ya?

—No.

—¿Por qué está aquí, entonces?

—Porque ella ha preparado la cena. Me pareció adecuado invitarla.

—¡Claro, claro! Lo que tú digas.

Chika se llena la boca de comida y presta atención a lo que está diciendo Sane. Todo el mundo se comporta como siempre y Momoi parece divertirse. Eso es bueno. Al cabo de un rato, Kurata se alza como líder del grupo y toma la palabra. Aunque al principio le costara hacerse con el control del club, ha resultado ser un buen presidente.

—Chicos, después de lo que hemos hablado esta tarde, he estado pensando en algo. —Todos se quedan callados y le prestan atención—. Hiro y yo estaremos en el club hasta la clasificación para las nacionales. Haremos todo lo que esté en nuestra mano para volver a meter al equipo en la fase final, pero debemos empezar a pensar en el futuro. Cuando nos retiremos, alguien deberá asumir la presidencia.

¿Por qué tiene que hablar sobre eso delante de Momoi? Ella parece calmada, aunque en el fondo tiene pinta de no saber qué está haciendo allí. Lo mismo que Tetsuki.

Todo indica que se producirá un instante de tensión, pero Chika habla con su frescura habitual y lo disipa por completo.

—Yo lo haré, por supuesto.

Si le hubieran crecido cuernos y unas alas de dragón, nadie le hubiese mirado con tanta extrañeza. Es Hōdzuki la primera en expresar el estupor compartido por todos.

—¿Tú?

Cómo no podía ser de otra manera, Chika se pone tenso de inmediato.

—¡Pues claro! Soy un líder nato.

—Por tu diplomacia y saber estar.

Hōdzuki no tiene piedad. Madre mía.

—¡Es el club de mi abuelo! Además, debí ser el presidente desde el primer día. Si no destroné a Cuatro Ojos fue por la bondad de mi corazón.

—La bondad de tu corazón.

—¡Sí! Además, si no fuera por mí, el club no existiría.

—¿Cómo dices?

—Si yo no me hubiera apuntado, esos tres tampoco lo hubieran hecho. —Señala a Sane, Mittsu y Kōta—. Hubiera quedado disuelto antes de empezar.

¡Oh, sí! Se siente muy satisfecho por su argumentación. Hōdzuki no está nada impresionada.

—Si no fuera por ti, el subdirector nunca hubiera puesto sus ojos en el club y Kurata y yo podríamos haber tocado tan tranquilamente. Sería un poco distinto, pero habría funcionado.

Chika abre la boca, la cierra y la vuelve a abrir. Se cruza de brazos.

—Eres una mujer cruel.

—Y tú un iluso. Además, ¿de verdad quieres ser el presidente? ¿Sabes qué funciones tendrás que asumir?

—Yo… ¡Claro que sí!

—Venga, dímelas.

Silencio. Tetsuki se lo está pasando en grande y Momoi parece alucinar. No es para menos. Esos dos se están comportando con tanta naturalidad que casi da miedo. Es Kurata quien tiene que intervenir, calmando los ánimos en el proceso.

—Kudō, es verdad que podrías hacer un buen papel. Eres un miembro veterano y tocas muy bien el koto. Además, estás ligado emocionalmente al club a través de tu abuelo y sé que harías todo lo necesario para protegerlo.

Chika recibe con alborozo la parte de los halagos. Ahora llega la otra, la que le cambia la expresión.

—Cuando seas presidente, tendrás que tratar de forma mucho más directa con Takinami.

Y Takinami no le cae nada bien.

—También deberás asistir a reuniones con el director y el subdirector.

Y eso tiene toda la pinta de ser un aburrimiento.

—Además, deberás estar al tanto de los festivales musicales y las distintas competiciones.

¿Ein?

—Idearás formas de atraer nuevos miembros al club el año que viene.

¿En serio?

—Y tendrás que ocuparte de la parte económica. Hasta ahora, Hiro nos ha ayudado mucho para poder organizar las concentraciones, pero si no contamos con el hotel de su tío, será más difícil que llegue el presupuesto.

No sabe si lo ha hecho a propósito, pero la cara de Chika es un poema. Se ha puesto pálido y tiene los ojos vidriosos. Sus ilusiones acaban de ser aplastadas, quemadas y enterradas bajo toneladas de tierra yerma.

Menudo cabrón está hecho Takezō Kurata.

Chika le responde en cero coma. Como siempre, va directo al grano.

—Ya no quiero ser el presidente.

—¿De verdad? El liderazgo te pega mucho.

Sí que lo ha hecho aposta, sí. Tetsuki lucha por contener las carcajadas. Chika señala a Hōdzuki con un dedo.

—Ella lo hará mejor. Tiene un montón de diplomacia y saber estar.

Si Chika se moría por ocupar ese cargo hasta hace un segundo, Hōdzuki busca desesperadamente un agujero en el suelo que le permita desaparecer de la faz de la tierra.

—Hōdzuki es nuestra estrella. —Kurata lo tiene todo pensado, es obvio—. Creo que lo mejor para el club sería que se centrara en su música, así que me he planteado otra opción.

Tetsuki se conforma con que no le miren a él. Cosas más raras se han visto. Todos están expectantes. Takezō Kurata pone sus ojos en uno de los chicos. Debe reconocer que de los tres tarados, es la opción más lógica.

Adachi Saneyasu.

Está claro que ser el centro de todas las miradas le incomoda. Y la proposición también.

—¿Yo? ¿Hablas en serio?

—Claro que sí. Te has esforzado mucho, eres responsable y tu sonido hace que todos los demás se unifiquen. Eres el candidato perfecto.

—Pero… Todo eso que has dicho antes… No sé si me apetece.

¡Ah! Una estrategia tan arriesgada puede convertirse en un arma de doble filo. Kurata ha conseguido asustar a Chika, pero desgraciadamente no es el único que parece horrorizado. Tetsuki se dice a sí mismo que no pierde nada por echar un cable al club de koto. Otra vez.

—Seguro que Mittsu y Kōta colaboran. Podríais tener un liderazgo compartido.

Sí. Les hace ilusión la idea. Sus ojos brillan. Mittsu habla primero.

—Soy bueno con el dinero. Siempre ayudo a mi madre con la economía de la casa.

Kōta se pone en pie, muerto de la ilusión.

—Y yo tengo un montón de ideas para atraer nuevos miembros.

—Ya los has oído, Sane. —Chika le acaba de dar una palmada en la espalda—. Tú sólo te ocuparás de la parte más aburrida.

—¡Lidiar con los profesores!

Después de eso, todos se alborotan un poco. Comienzan a fantasear sobre el futuro y Tetsuki centra su atención en Momoi. Ha estado escuchando y no tiene pinta de querer salir corriendo. Está afrontando ese lío con toda la normalidad del mundo, pero cuando llega la hora del postre y los chicos comienzan a hablar sobre música, se apiada de ella.

—¿Te apetece dar un paseo?

—Vale.


Por las noches el ambiente es fresco, así que Tetsuki coge una sudadera para él y, en el último momento, otra para ella. La pobre ha acudido a su cita (o lo que sea) sin ropa de abrigo y no quiere que coja frío. Cuando salen al exterior, huele a verano y el cielo está plagado de estrellas. Caminan rumbo al lago, uno junto al otro y sin decir nada. Es curioso que el silencio no resulte incómodo, como cuando pasas tiempo con una persona muy cercana y no hacen faltan las palabras. Es inevitable que Tetsuki se plantee la posibilidad de declararse. Quiere hacerlo. Cada segundo que pasa lo necesita más. Ni siquiera sabe de dónde salen esa timidez e inseguridad. No suele ser así.

—Tus amigos son geniales.

Es Momoi la primera en hablar. Está muy relajada.

—¿No te han parecido un poco escandalosos?

—¡Qué va! —Tetsuki alza una ceja. Ella se ríe—. Bueno, un poco sí. Pero es mejor así. Me lo he pasado bien.

—Tal vez podrías venirte otro día.

—No sé si mis chicos me dejarán escaparme de nuevo. Empiezan a darse cuenta de mis ausencias. No son las personas más perceptivas del mundo, así que supongo que estoy faltando mucho.

¿Es un reproche?

—Espero que eso no suponga ningún inconveniente.

—Para nada. Mientras entrenan, no hay mucho que yo pueda hacer salvo mirarlos. Y me conozco bastante bien sus estilos de juego, así que no hace falta que lo supervise todo.

—Me alegro. No quiero ser una carga para tu equipo.

—No lo eres.

¡Joder! Se le acaban de revolver las tripas. Puede que Momoi no haya dicho nada demasiado significativo, pero ha sido la forma de pronunciar esas palabras lo que le ha dejado un poco trastocado. ¿Es posible que un acercamiento por su parte sea recibido con alegre conformidad? ¿Debe lanzarse a la piscina?

Pues se lo preguntas y ya está. ¿Qué es lo peor que te puede pasar?

Las palabras de Chika resuenan en su mente. Tiene huevos que las encuentre tan sensatas. Carraspea y toma una decisión. No va a echarse atrás. No es ningún cobarde. Se detiene frente a esa chica, agarra su mano y la mira a los ojos. Una declaración romántica debe ser sincera y directa. No hace falta nada más.

—Satsuki. Me gustas.

Ya está. ¡Hasta la ha llamado por su nombre de pila! Ella se le queda mirando y él se siente un poco más aliviado ahora que ha confesado. Sin embargo, el silencio posterior sí se le antoja incómodo y busca con desespero algo nuevo que decir.

—Sé que hace poco que nos conocemos, pero eres una chica muy especial y me gustaría saber más cosas sobre ti. Podríamos mantener el contacto cuando nos vayamos de aquí, quedar de vez en cuando. Si tú quieres.

No se reconoce a sí mismo mientras habla. Tetsuki Takaoka siempre está seguro de sí mismo, habla con contundencia y lleva las riendas de su vida. El que está plantado delante de esa chica siente cómo le tiemblan las rodillas y se muere por escuchar una respuesta. Algo que sea bueno para sus intereses, por supuesto.

Momoi tarda una eternidad en manifestarse. No le quita ojo de encima y tampoco intenta liberarse de su agarre. Tetsuki puede escuchar como el corazón le late en los oídos y comprende los nervios que asaltan a sus amigos antes de una presentación. Está seguro de que el mundo se está hundiendo a su alrededor mientras aguarda el veredicto final.

Sabe que no hay nada que temer cuando Satsuki le sonríe y le acaricia una mejilla con los dedos. Tiene las manos muy cálidas y su tacto es suave y estremecedor.

—Es una idea genial, Tetsu.

Dicho eso, le rodea el cuello con los brazos y se pone de puntillas al mismo tiempo que tira de él hacia abajo. El beso es glorioso. Un poco torpe al principio, pero sabe a helado de limón y alcanza cada fibra de su ser. Tetsuki se deja arrastrar sin pensárselo demasiado, aferrado a la cintura de esa chica y con la sensación de estar flotando en una nube. Cuando se separan, al cabo de lo que parece una eternidad, no puede quedarse callado.

—Oye, Satsuki.

—¿Uhm?

—Odio que me llamen Tetsu.

Ella se ríe a carcajadas.

—Pues menos mal.

No sabe dónde está la gracia, aunque tampoco tiene importancia. El segundo beso anula cualquier pensamiento coherente que pudiera asaltarlo en ese instante.


5

Satsuki Momoi

¿Está tarareando una canción de amor?

Sí. Está tarareando una canción amor. Y no es para menos. Acaba de experimentar uno de los momentos más emocionantes de su vida y se siente feliz. No puede disimular. Incluso da algún saltito que otro mientras camina de regreso a su habitación. Sólo es capaz de pensar en Tetsuki Takaoka.

Las casualidades de la vida nunca dejarán de sorprenderla. Lleva muchas concentraciones a sus espaldas y nunca antes había conocido a un chico como Takaoka. No sabría decir qué tiene de especial, pero le gusta mucho. A lo mejor es que no está interesado en el baloncesto. Satsuki vive rodeada de jugadores, entrenadores y fanáticos de ese deporte. Charlar con alguien que, para variar, tiene otros temas de conversación, es interesante. Y Takaoka le transmite buenas vibraciones. Parece alguien calmado, pero en sus ojos chisporrotea la pasión. Todavía se queda sin aire cuando piensa en el beso. Se pregunta cómo es posible que esas nuevas emociones inunden todo su ser. ¡Y pensar que estaba convencida de querer a Tetsu! Por supuesto que lo aprecia, pero ahora que sabe cómo son las mariposas en el estómago, comprende que lo otro sólo eran fantasías, una forma de recuperar un pasado que dolió más de lo debido.

—¡Al fin te encuentro! ¿Dónde te habías metido, Satsu?

Aomine ha salido de la nada. Para ser un chico tan grande, es silencioso como un felino. La observa con los brazos cruzados y cara de malas pulgas y ella no puede evitar reírse ante lo irónico de la situación. Sin dejarse intimidar, le da un golpecito en el pecho y sigue adelante.

—Ahora sabes lo que siento cuando desapareces sin avisar.

Daiki se queda boquiabierto un instante. Después, la sigue.

—No es lo mismo.

—¿Por qué no?

—Porque eres… tú.

—¡Uhm! No sé cómo interpretar eso.

¿Debería ofenderse? Conoce a Daiki Aomine desde la primaria y sabe que las sutilezas no son lo suyo.

—Eres responsable y siempre estás donde se supone que tienes que estar, pero casi no has ido a los entrenamientos. ¿Qué has estado haciendo?

Enamorarme de un chico maravilloso al que, por fortuna, no le gusta nada que le llamen Tetsu.

—Nada. Relajarme por ahí.

—¿Por eso estás tan contenta?

¿Tanto se le nota? Sí, demonios. Puede sentir como la felicidad se le sale por todos los poros.

—¿Estoy contenta?

—Estabas cantando. Y tienes como un aura rara a tu alrededor. —Daiki hace un gesto con las manos—. No sabría explicar qué es, pero no estás como siempre.

Podría contarle lo que ha pasado. Puede que Daiki haya pasado por una temporada un poco difícil. Durante un par de años, ha sido prácticamente incapaz de hablar con él, pero sabe que es de confianza. Incluso en los peores momentos, si hubiera tenido un problema serio, lo más seguro es que él hubiera dejado de lado sus demonios interiores para ayudarla. Si le explica quién es Takaoka, la escuchará y no le montará ningún escándalo. O a lo mejor sí. Es un poco complicado decidirse por una opción. Daiki siempre ha respetado su espacio personal, pero también es un poco sobreprotector en determinadas circunstancias. Y está divagando. Debe centrarse en su propia felicidad. Disfrutar de ella mientras dure.

—Puede que tengas fiebre.

—¿Yo? —Daiki se señala a sí mismo, extrañado.

—Hablas de auras raras. Eso no es normal.

Dicho eso, sigue rumbo a su dormitorio.

—¡Satsuki! —Él no se da por vencido—. Hablo en serio, ¿dónde estabas?

—He salido a dar un paseo por ahí.

—¿En plena noche?

—Ni que estuviéramos de madrugada.

—Podrías haberte encontrado con algún pervertido.

—¿Aquí, Daiki?

Bueno. Es una posibilidad. Se siente enternecida por su preocupación y está a punto de calmarle al mencionar a Tetsuki. Es que ha puesto una cara muy rara. Pero no. No es el momento. Satsuki nunca ha tenido un secreto y es divertido proteger el primero. Teniendo en cuenta dónde se encuentran, no podrá hacerlo durante mucho tiempo. Daiki puede esperar.

—¿No me lo vas a contar?

—¿Me dices tú a mí todo lo que haces?

—Casi todo.

Ya ha llegado a su habitación. Abre la puerta corredera con un movimiento veloz y se mete dentro. La conversación se ha terminado.

—Hasta mañana, Daiki. No te olvides de que salimos a correr temprano.

Sabe que volverá a la carga, aunque no tendrá el valor de invadir su espacio personal. Una vez a solas, Satsuki estira todo su cuerpo y contiene las ganas de gritar de pura felicidad. Podría morirse en ese preciso instante y no le importaría ni un poco.


—¡Vamos! ¡Más rápido! ¡Corred!

La energía que desprende Wakamatsu es muy distinta a la de Imayoshi. Mientras que el capitán ya retirado era un tipo calculador que prefería dejar que la gente fuera a su aire, Wakamatsu es escandaloso y drástico en su forma de hablar. Se le nota a la legua que le molesta muchísimo la forma de ser de Daiki, pero poco a poco se está haciendo con las riendas del equipo. Aunque le cueste un gran esfuerzo dominar su carácter, ha aprendido que se cazan más moscas con miel que con vinagre.

Momoi le escucha gritar mientras suben por la pendiente. Se encuentra bastante cómoda con su bicicleta y está en buena forma. Pedalea detrás de ellos, viendo a la estrella del equipo bostezar y bajar el ritmo como si estuviera planeando echarse una siestecita bajo un árbol. No sería la primera vez. Tal vez debería vigilarlo de cerca para evitar que se escaquee en los entrenamientos. Es extraordinario, sí, pero el Campeonato Interescolar ha puesto en evidencia que sus rivales son más fuertes que nunca. La victoria en los torneos se vende cara y hasta el propio Daiki comprende la importancia de ejercitarse.

En un momento dado está mirándolo a él y, de pronto, sus ojos se deslizan hacia el otro lado del camino como si tuvieran vida propia y hubieran detectado a Takaoka en la distancia. Ahí está, trotando cuesta arriba, con una camiseta azul y un pantalón corto que deja a ver unas piernas bastante fibrosas. Para no estar en ningún club deportivo, tiene una buena musculatura. Él está de espaldas, así que todavía no la ha visto. Se gira al escuchar la voz de Wakamatsu (cómo para no hacerlo) y sus miradas no tardan en cruzarse. ¡Es tan guapo! A Satsuki nunca le han gustado los chicos con piercings. No los consideraba personas serias, aunque Takaoka es distinto. Ese aire rebelde no hace más que acrecentar su atractivo. De hecho, está tan ensimismada mirándole que le pasa lo que no le ha ocurrido desde que aprendió a montar en bici, cuando tenía cinco años: pierde el equilibrio y se cae.

Lo primero que siente es confusión. ¿Cómo ha llegado al suelo? Después, un ligero dolor se adueña de la pierna y la mano izquierdas. Luego, le llegan las voces de sus compañeros. La de Wakamatsu es la que más destaca, aunque es Daiki el primero en plantarse a su lado.

—¡Satsu! ¿Estás bien?

¡Ah, demonios! Sí que lo está. Está tan bien que no ha dejado de mirar a Takaoka. Cuando lo ha visto correr en su dirección, se ha sentido como una princesa a punto de ser salvada por su príncipe azul. Se ha olvidado de sus compañeros, de Daiki y del mundo entero, y ha fantaseado con el momento en que él la alzaba en brazos y se daban un beso de los que quitan el hipo. Por desgracia, eso no sucederá. Takaoka se ha quedado inmóvil y no le quita ojo. Satsuki se siente medio hipnotizada y tarda tanto tiempo en reaccionar que Daiki, que es un poco ceporro para según qué cosas, gira la cabeza y mira a su novio. ¡Su novio, madre mía! ¿Debió confesarse la noche anterior?

Una de las cosas que más le gustan de Daiki Aomine es su extraordinaria franqueza. Siempre dice las cosas como las piensa, sin andarse por las ramas. Menos ese día. Ese día hubiera preferido que se quedara callado y fuese un poco más discreto.

—¿Conoces a ese tío?

No. ¡Qué va! Para nada.

—Es Tetsuki Takaoka.

¡Mierda!

No es la única que está flipando por la revelación. Los chicos, que normalmente se muestran bulliciosos, han enmudecido y miran alternativamente a su novio (¡Su novio, joder!) y a ella. Daiki ha entornado los ojos y Takaoka sigue paralizado a cinco metros de distancia, como si esperara una señal para acercarse o salir huyendo. Satsuki busca desesperadamente algo sensato que decir. Algo que pueda ayudarla a salir de ese embrollo tan tonto.

—Estamos leyendo el mismo libro. El que me regalaste por mi cumpleaños.

—¿Hablas en serio?

Daiki bufa. Ha debido tragarse la trola porque suaviza su expresión y, ahora sí, Tetsuki se aproxima. Cauto, más inseguro que nunca. Los chicos del equipo intimidan demasiado.

—¿Estás bien, Momoi?

Ha llegado la hora de levantarse. Siente su cara arder, aunque un poco menos que la mano y la pierna. ¡Ay, no! Tiene un poco de sangre. ¡Maldita sea!

—Ha sido una caída tonta. Creo que tendré que ir a curarme.

—Venga, vamos.

Daiki la agarra del brazo con la clara intención de llevarla hasta el hotel. Sin embargo, Takaoka tiene otros planes.

—Puedo acompañarla yo. Así vosotros podéis seguir con el entrenamiento.

¡Sí, por favor!

Su ilusión debe ser tan obvia que nadie se atreve a objetar nada. Daiki es, quizá, el más reticente, pero Satsuki ya ha tomado su decisión. Takaoka sostiene la bicicleta y comienzan a descender, caminando hombro con hombro. Sólo hablan cuando Daiki y los demás desaparecen de su vista.

—¿De verdad estás bien?

—Escuece un poco, pero no es nada.

—Déjame ver.

Takaoka agarra su mano y analiza las contusiones con ojo clínico. Es como si supiera muy bien lo que está haciendo.

—Vamos a tener que lavar bien toda la zona y poner algunas gasas para proteger, pero no parece nada grave.

Momoi sonríe, encantada de la vida. Nunca una caída ha traído consigo cosas tan positivas.

—Hablas como un profesional. Se nota que quieres ser médico.

—No sé si tendré que limpiar muchos raspones como el tuyo.

—Pues esmérate esta vez. Además, deberías sentirte culpable. Me he caído por tu culpa.

No se arrepiente de lo dicho, ni siquiera cuando ve la cara de espanto del chico. De hecho, se está empezando a divertir bastante.

—Si no tuvieras ese trasero, no me habría quedado mirándolo como una boba.

¡Qué osada! Le encanta la expresión de su cara. Es como si acabara de realizar el descubrimiento científico más importante del nuevo milenio.

—La próxima vez me pondré algo un poco más ajustado.

—Eso sí que suena interesante.

Tetsuki se ríe. No hablan mucho durante el trayecto hasta el hotel. Una vez allí, la lleva directa a su habitación y saca un botiquín de algún lado. Sus amigos están ensayando.

—¿Es que no descansan nunca?

No oculta la sorpresa en su voz. Takaoka se ríe.

—Esto no es nada. Takinami ha tenido que quitarles las llaves del club para evitar que se cuelen en mitad de la noche. De hecho, se cabrearía si supiera lo que están haciendo ahora mismo.

¿Está hablando en serio?

—No me estás tomando el pelo, ¿verdad?

—Para nada. Siéntate, por favor.

Tetsuki Takaoka se toma muy en serio su labor como enfermero. Lava las heridas con agua caliente, se asegura de que no es necesario visitar un centro médico y lo desinfecta todo bien, cubriendo la zona lastimada una vez que termina con su labor. No habla mucho mientras actúa. A Satsuki no le cuesta imaginárselo en el futuro, ejerciendo como médico.

—Ya estás lista. No ha sido para tanto.

—De verdad te gusta la medicina.

—Llevo viendo a mi padre ejercer desde siempre. Es el director de un hospital en mi ciudad.

—Entonces no te faltará el trabajo.

Tetsuki resopla y procede a recoger todo el material sanitario.

—No te creas. No cree en el enchufismo, así que es bastante probable que sea más duro conmigo que con el resto.

—Se ablandará, ya lo verás. ¿En qué quieres especializarte?

—Eso no lo he pensado aún. Me atrae mucho la cirugía.

Satsuki se estremece de puro asco, aunque suaviza un poco su forma de expresar el desagrado que siente cada vez que piensa en sangre, tripas y esas cosas que existen en el interior de un cuerpo humano.

—Yo no podría. Ni siquiera soy capaz de mirar una herida diminuta.

Tetsuki guarda el botiquín y se sienta a su lado. Otra vez están en esa cocina a solas. Se va a convertir en su lugar favorito del mundo.

—No todo el mundo lo logra. Mi padre tuvo un compañero en la facultad que se desmayaba siempre que veía sangre. Al final tuvo que cambiar de carrera.

—Al menos ya sabes que puedes aguantar eso. No es la primera vez que curas una herida, ¿no?

Tetsuki se queda callado un instante. Pronuncia un nombre propio.

—Chika.

Puede que no sepa mucho sobre Takaoka, pero es evidente que Chika Kudō es una persona muy importante en su vida. Se imagina que tienen una larga historia en común y piensa en Daiki, el amigo más antiguo que conserva. Él llego primero y Satsuki sabe que nunca se separarán. Han superado demasiado como para perderse el uno al otro.

—Es un chico complicado.

—Lo fue. Ahora todo marcha mucho mejor.

Satsuki se concentra en los sonidos que llegan hasta sus oídos. La melodía suena mejor que el día anterior. Aún siguen repitiendo fragmentos una y otra vez, pero entre todas esas interrupciones puede distinguirse la parte central. Ahora es capaz de imaginarse hasta dónde les llevarán los ensayos reiterados y siente ganas de presenciar en directo el resultado final.

—¿Dónde se organiza el festival de Kantō?

A Tetsuki le sorprende un poco la pregunta.

—Normalmente es en Tokio, pero este año será en Saitama.

—Me gustaría ver la presentación de Tokise.

Tetsuki se rasca la nuca, carraspea y se encoge de hombros.

—Podemos ir juntos. Lo pasaremos bien.

Sin duda alguna. A Satsuki le apetece muchísimo.


Daiki Aomine está empeñado en saltar tan alto como Kagami, del Instituto Seirin. Dedica buena parte del entrenamiento a mejorar la potencia y la altura del salto. Lo mejor de todo es que sonríe mientras lo hace. Satsuki extrañó tanto ese gesto que se queda embelesada mientras lo observa.

Cuando terminan la sesión vespertina, los chicos deciden ir a relajarse al lago, aunque Daiki permanece junto a ella. Está claro que quiere decirle algo. A Satsuki no le extraña. Ya se lo esperaba. Aguarda pacientemente hasta que se aproxima y suelta las palabras de sopetón, sin florituras y de forma directa.

—¿Qué pasa con ese Takaoka?

Ya no puede ocultarlo más. Daiki no es tan tonto como para no darse cuenta de lo que está pasando.

—Estamos saliendo.

No puede ser más clara. Su amigo debió imaginarse algo parecido, pese a lo cual se queda pasmado. Se toma su tiempo para asimilar la realidad y su voz suena un poquito más aguda de lo habitual cuando retoma la conversación.

—¿Y quién cojones es? ¿De qué lo conoces? ¿Juega al baloncesto? ¿Nos hemos enfrentado alguna vez?

—Estudia en el Instituto Tokise y no está apuntado a ningún club porque está centrado en sus estudios. Quiere ser médico.

—¿Tokise?

—No tienen un equipo de baloncesto decente, si es lo que te estás preguntando.

—Entonces lo conoces desde la escuela secundaria. Supongo que da igual donde estudiara. Destrozamos a tantos equipos que no me acuerdo de ellos.

Satsuki se contiene para no poner los ojos en blanco. Si existe una cosa de Daiki que no le gusta es el hecho de que sea incapaz de asumir que existe un mundo más allá de ese deporte.

—Tetsuki nunca ha jugado al baloncesto. Que yo sepa.

—¿No?

Antes de que su cerebro comience a arder, le aclara las ideas.

—Nos hemos conocido aquí, Daiki.

Abre la boca para protestar. No necesita escuchar lo que tiene que decir. Lo sabe perfectamente.

—Sí. Sé que hace muy poco tiempo. Sí. Apenas sé nada sobre él. Y da igual. Me gusta y estoy muy cómoda con él.

Ha sido clara.

—Pero…

O a lo mejor no.

—Daiki. —Suena un poco dura, aunque sólo pretende ser honesta—. Vivo rodeada por chicos que juegan al baloncesto. Tú, Tetsu, Kise y todos los demás. Es divertido estar con vosotros y me hace muy feliz que volváis a llevaros bien, pero necesito un descanso. De verdad. Con Tetsuki puedo hablar de libros, de música, de lo que queremos para el futuro. Me permite respirar aire fresco y te aseguro que no tienes razones para preocuparte. Es un buen tipo. No te pongas pesado.

Dicho eso, le da unas palmadas en el hombro. Él se queda callado, signo inequívoco de que ha comprendido todas y cada una de sus palabras. Caminan rumbo al hotel en silencio, hasta que profiere la amenaza. A Satsuki no le sorprende.

—Le voy a conceder el beneficio de la duda, Satsu, pero como resulte ser un capullo, lo destrozaré.

Tiene que rodar los ojos. ¡Chicos!

—Eso puedo hacerlo yo solita.

—De todas formas.

En el fondo agradece que se preocupe tanto por ella.

—Hay algo que no entiendo. —Añade poco después.

—Hay demasiadas cosas que no entiendes, Daiki.

Le da un codazo amistoso. Él gruñe.

—¿A ti no te gusta Tetsu?

¡Oh, eso! Es sorprendente que demuestre esa suspicacia. Por fortuna, tiene las cosas muy claras.

—Después de conocer a Tetsuki, me he dado cuenta de que lo siento por Tetsu es más parecido a lo que siento por ti que lo que siento por él.

No está segura de haberse explicado bien. Daiki entorna los ojos y agita la cabeza.

—Lo que tú digas.

No existe una forma mejor de exponer sus sentimientos. Cualquiera podría pensar que está un poco confusa, aunque no es así. Es como comenzar a ver colores en un mundo que antes era en blanco y negro. No tiene ninguna duda a la hora de comprender las palabras de su corazón.

—¡Momoi!

¿Voces femeninas llamándola por su nombre? Le cuesta un poco reconocerlas, hasta que se gira y ve a Satowa Hōdzuki e Hiro Kurusu acercándose a toda prisa. Daiki se inclina un poco para hablarle cerca de la oreja.

—¿Éstas quiénes son?

—Amigas de Tetsuki. Y mías. Creo.

—¿A cuánta gente has conocido durante esta concentración?

—Si tú supieras.

No puede mencionar al resto de miembros del club de koto. Las chicas ya están junto a ellos y parecen preocupadas. Se centran tanto en Satsuki que no dan muestras de haber visto a Daiki, pese a medir casi dos metros de altura y llevar puesta la ropa de entrenamiento.

—¿Estás bien? —Kurusu habla atropelladamente—. Takaoka nos ha dicho que has sufrido un accidente. ¡Oh, mira! ¡Estás herida!

Agarra su mano y parece consternada.

—No es nada. Me he caído con la bici.

—¡Qué horror! —Kurusu sigue hablando—. Satowa y yo vamos al pueblo. ¿Te apetece una tarde de chicas?

—Haremos algunas compras y cenaremos en un sitio que nos ha recomendado el tío de Hiro.

La oferta es tentadora y ella nunca ha tenido una tarde de chicas. Ni siquiera tiene amigas. Así de centrada ha estado siempre en el baloncesto. Está tan emocionada al aceptar como las otras al proponérselo.

—¡Claro que sí!

—¡Genial! ¿Nos vemos dentro de quince minutos en la puerta del hotel?

—¡Sí!

—Hasta ahora, Momoi.

Se marchan tan deprisa como han llegado, sonriendo y agitando la mano. Momoi descubre algo nuevo en su interior. Es maravilloso llevarse bien con las chicas. Está emocionada por lo que pueda pasar esa tarde. Escucha el quejido de Daiki a su lado.

—¿Quiénes dices que son? Ni siquiera me han mirado.

Podría dedicar unos minutos a explicárselo, pero tiene que ir a buscar su cartera y, quizá, a cambiarse de ropa, así que opta por dejarlo allí plantado.

—Hablamos más tarde, Daiki. Hasta luego.


—Necesito un cuaderno de pentagramas.

Casi han terminado con las compras cuando Hōdzuki pronuncia esas palabras. Tiene las mejillas encendidas y apenas mira la papelería que tiene a su espalda. Satsuki le echa un vistazo al escaparate repleto de libretas, bolígrafos y carpetas escolares. Para ser sincera, no esperaba encontrar una tienda tan bien equipada en un pueblo como ese. Las palabras de Hōdzuki no le parecen nada raras. Kurusu en cambio se muestra suspicaz.

—Chika y yo estuvimos hablando sobre interpretar juntos algún dueto y se me ha ocurrido una melodía que podría estar bien.

Hōdzuki se ha puesto más roja aún. Por lo que le ha podido averiguar, está saliendo con Chika Kudō. Satsuki encuentra que forman una pareja un tanto dispareja, habida cuenta de las actitudes tan diferentes de las que hacen gala. Satowa es una chica bien educada, con modales exquisitos y tímida pese a mostrarse resolutiva casi siempre. Chika es una especie de diamante en bruto al que hay que pulir mucho. Muchísimo. Cuando se miran queda patente que lo suyo puede funcionar.

—¡Un dueto! —Kurusu da una palmada entusiasta—. ¡Qué romántico!

No ayuda a calmar el rubor de la otra.

—¡Hiro!

—Me parece muy bonito que quieras componer algo para los dos. Yo no podría hacer lo mismo y creo que Takezō tampoco. ¿Queréis hacer una presentación oficial?

—Es un poco pronto para pensar en eso. Además, antes tenemos que centrarnos en otras cosas.

—Bueno, bueno. Vamos a por el cuaderno.

Satsuki ha dedicado buena parte de la tarde a observarlas. Descubrir el comportamiento de las chicas es curioso. Está acostumbrada a analizar a sus rivales. Se le da bien. Contemplar a Satowa e Hiro es una novedad. Ha visto a muchos chicos forjando amistades (y algunas de ellas se han roto frente a sus ojos) pero nunca a chicas. Podría decirse que, en esencia, hacen las mismas cosas, aunque de manera diferente. Piensa en los miembros de la Generación de los Milagros, cada uno con sus particularidades. Tetsu y sus silencios prolongados. Akashi y esa manera de calcular el próximo movimiento, como si viviera permanentemente sumido en una partida de shōgi. Midorima y su frialdad y distanciamiento constantes. Murasakibara, tan infantil en algunas ocasiones. Daiki haciendo gala de una arrogancia que exaspera. Quizá sea Kise el más parecido a Satowa e Hiro. Más entusiasma y espontaneo y poco dado a ocultar lo que siente.

Existe entre ellas una complicidad que la pone celosa. Por momentos, se entienden con solo mirarse y, aunque la hacen partícipe de todas las conversaciones y son simpáticas y atentas con ella, Satsuki se siente un poco fuera de lugar, como si se estuviera perdiendo algo. Como si se lo estuviera perdiendo todo.

Después de la tienda, van al restaurante. Es un local pequeño, con apenas una docena de mesas colocadas a lo largo de una cristalera inmaculada. Se acomodan cerca de la puerta y estudian la carta con atención. Solicitan al camarero algunas recomendaciones y, al cabo de un rato, están disfrutando de una comida deliciosa y hablando sobre lo que, Satsuki supone, son cosas de chicas.

—Takezō es súper considerado. Siempre está preocupándose por mí.

—Pasáis mucho tiempo a solas.

—Estamos descubriendo qué cosas nos gustan y qué cosas no. Es interesante. Y agradable.

Se ríen por lo bajini. Ninguna de las tres es de la clase de persona que hablaría abiertamente sobre ciertos temas, pero con las insinuaciones es más que suficiente.

—¿Qué hay de Chika?

Hōdzuki no se ruboriza en esa ocasión. Da la impresión de que dice lo primero que se le pasa por la cabeza.

—Está demasiado asustado para hacer nada interesante.

Kurusu no da crédito.

—¿Asustado? ¿Hablamos de la misma persona?

—Se piensa que soy de porcelana.

—¡Uhm! Es normal, después de todos los malentendidos que ha habido entre vosotros. Siempre terminabais sintiéndoos muy incómodos.

—Tal vez sea por mi culpa. Estuve muy susceptible en ese entonces y me ponía un poco rara con él, pero ahora todo es distinto. Estamos juntos. Debería ser un poco menos… Cuidadoso.

Satsuki, que hasta ese momento se ha limitado a escuchar, interviene.

—¿Por qué no tomas tú la iniciativa?

La miran como si fuera una aparición.

—¿Yo?

—No veo por qué no. Si Kudō no se lanza, hazlo tú. O al menos háblalo con él. Si dejas que las cosas pasen sin solucionarlas, al final se terminan por estropear del todo.

Sus nuevas amigas la miran con interés durante sus buenos diez segundos. Satowa no dice nada, pero está claro que tiene en consideración su sugerencia. Es Hiro quien cambia el foco de objetivo.

—¿Cómo es Takaoka?

Es una buena pregunta. Hiro sigue hablando.

—Para nosotras es una especie de guardián de Chika y del club de koto.

—Sobre todo de Chika —puntualiza Satowa.

—¿Qué tal novio es?

Satsuki suspira al tiempo que reflexiona sobre el asunto. No dispone de muchos datos en los que basarse. Hasta ahora, han charlado unas cuantas veces, se han besado y él le ha curado un par de raspones. No es mucho para sacar conclusiones, aunque al rememorar todo eso vuelve a ser consciente de lo a gusto que se siente estando con él.

—Es bastante prometedor.

Hiro y Satowa se miran. Es la primera quien chilla.

—¡Prometedor! ¡Qué emocionante!

—A mí no me sorprende que sea así.

Satowa pronuncia esa frase con total convencimiento. A Satsuki le interesa mucho saber qué más tiene que decir.

—Desde que lo conozco, siempre se ha comportado como alguien responsable y que sabe muy bien lo que quiere. En clase, es amable con todo el mundo y está dispuesto a echar una mano con lo que sea. Hace que la gente que está a su alrededor, se sienta cómoda. —Hace una pausa para beber un poco de agua—. También es fuerte y defiende lo suyo. Si no fuera por él, creo que ni siquiera hubiera llegado a conocer a Chika.

Si hablan sobre Tetsuki con tanto afecto, tendrá que empezar a creer que no le dicen más que la verdad. Claro que ya ha intuido todas esas cosas y tal vez no debería preguntar, pero cada vez siente más curiosidad. Necesita averiguar todo lo posible sobre Tetsuki Takaoka y su pasado.

—¿Qué es lo que pasó con Chika?

Hiro y Satowa se miran y le relatan a medias una historia de terror. Le hablan del Chika de la escuela secundaria, que jamás se hubiera dedicado a jugar al baloncesto porque estaba demasiado ocupado pegando a la gente. Mencionan a su abuelo, un fabricante de koto, y de cómo poco a poco consiguió que comenzara a cambiar. Le cuentan el papel que tuvo Tetsuki en todo aquello, distante al principio, pero vigilando y cuidando desde las sombras después. Satsuki se estremece cuando le describen lo ocurrido esa aciaga noche, cuando unos cabrones destrozaron la casa del abuelo de Chika y le culparon a él.

Necesita respirar hondo mientras descubre que la policía arrestó a Kudō. Retiene el aire en los pulmones mientras se pone en su piel y siente todo su dolor, la frustración, el miedo. Da un respingo al saber que el abuelo de Chika murió y se estremece cuando escucha a Satowa agradecer que Tetsuki permaneciera a su lado todo ese tiempo. Después, llega el instante en el que todo comienza a mejorar. Los momentos que pasó junto a sus compañeros del club de koto, la felicidad que sintieron mientras crecían juntos como músicos y como personas.

Satsuki admira a su novio cuando llegan a la parte final del cuento. Odia a ese tal Uzuki durante un instante y, después, escucha con atención cómo Tetsuki manejó el asunto desde un segundo plano, recurriendo a los adultos para solucionar un problema que era demasiado grande para Chika. Satowa se pone roja hasta las orejas cuando confiesa que le declaró su amor a Chika delante de una pandilla de matones. Y, después de afrontar tantos problemas, tuvieron su final feliz en forma de primer premio en el campeonato nacional de koto. Eso y el poder permitirse el lujo de estar junto a la persona amada.

—Queremos a Takaoka en nuestras vidas —dice Hiro al final—. Por eso le invitamos a estas vacaciones. Hemos estado siendo un poco desconsiderados con él, ensayando tanto.

—Así que damos las gracias porque os hayáis conocido —Satowa le sonríe—. No nos ha contado casi nada, pero se nota que está a gusto contigo.

—Y nos caes bien. Tienes que darnos tu información de contacto para cuando volvamos a casa.

—Con o sin Takaoka.

Satsuki aprieta los labios. Es una tontería, pero de pronto le han entrado muchas ganas de llorar. No solo por la historia que acaba de escuchar, si no por sí misma, porque es posible que haya conseguido tener amigas por primera vez en su vida. Recuerda los años de escuela primaria, antes de Daiki, cuando el resto de niñas la apartaban y se burlaban del color de su cabello. Daiki le ha dicho más de una vez que lo único que les pasaba era que tenían envidia porque era mucho más guapa que todas esas mocosas, pero Satsuki a menudo ha pensado que le pasa algo malo. ¿Y si es demasiado presumida? ¿Y si levanta sin querer un muro entre ella y todas las demás? Es curioso como una charla con dos personas casi desconocidas consigue que esas dudas se disipen. Su soledad no es culpa suya. Las circunstancias han sobrevenido así y ya no merece la pena preocuparse por eso.

—Claro. Además, me gustaría veros tocar alguna vez. He quedado con Tetsuki para ir al festival de Kantō.

—¿Lo dices en serio? —Hiro se agarra a sus manos—. ¡Qué ilusión! Daremos lo mejor.

—No nos queda más remedio. —Satowa cruza los brazos—. Si metemos la pata después de la victoria en las nacionales, todo el mundo se reirá de nosotros.

Hiro palidece.

—¿Por qué has tenido que decir eso? Ahora mismo siento mucha presión.

—Es la verdad. Hemos marcado dónde está nuestro techo en nuestras presentaciones. No podemos no mejorar lo que ya hemos hecho antes.

—¡Ah, demonios!

Hiro apoya la frente en el tablero de la mesa. Satsuki se ríe. Satowa mantiene esa expresión seria, aunque se ríe con los ojos.

—Tetsuki me ha dicho que eres una especie de celebridad dentro del mundo del koto.

Lo comenta como si no tuviera importancia. Ahora sí. Hōdzuki se ve un poco incómoda. Es Hiro quien da las explicaciones.

—Satowa es la heredera única de un auténtico imperio musical. Lleva desde pequeña preparándose para asumir el mando de su escuela de música y siempre ha brindado interpretaciones muy impactantes. Todavía hay gente que no entiende por qué está en Tokise y no en un instituto más prestigioso. Como Ichiei.

Satsuki la interroga con los ojos. Satowa se encoge de hombros.

—Me gusta tocar con los chicos y contigo, Hiro. Es divertido.

Se nota a la legua que es sincera. Satsuki se siente feliz porque, después de muchos baches y sufrimiento, ella también ha conseguido pasárselo en grande viendo a sus amigos jugar al baloncesto. No pide nada más.


Cuando regresan al hotel, se encuentran con un espectáculo insólito. Los chicos del Instituto Tōō están jugando un partido de baloncesto contra, ¿los miembros del club de koto?

Yoshinaga, Sane, Kōta, Chika y Tetsuki.

¿Qué demonios?

Satsuki se queda boquiabierta. Es tan absurdo que apenas puede moverse. Hiro y Satowa parecen igual de flipadas. Ni siquiera necesitan contemplar el juego para darse cuenta de quién está machando a quien. La diferencia es evidente con solo mirar las alturas de los contendientes.

Hiro y Satowa se aproximan a dos chicos que se limitan a observar la escena. Momoya y Mittsu. Es Hiro quien toma la palabra.

—¿Qué están haciendo?

Mittsu es certero en su respuesta.

—Jugar.

—¿Por qué?

Mittsu se encoge de hombros. Hiro está más interesada en otra clase de información.

—¿Y Takezō?

—Dijo que se encargaría de la cena.

—¡Genial!

Hiro se despide agitando la mano y se marcha casi corriendo, antes de que nadie pueda reaccionar. Satsuki parpadea y sonríe para sí misma. Debe estar ansiosa por encontrarse con su novio. Se lleva un buen sobresalto cuando escucha el grito de Chika Kudō, quien se ha olvidado del juego y se acerca a Satowa. Su sonrisa se parece mucho a la de una hiena.

—Momoya, te cedo el testigo.

El aludido es claro.

—Paso.

—Entonces te toca a ti, Mittsu. No corras mucho.

Dicho eso, le da unas palmaditas en la espalda y acerca su cara a la de Satowa.

—Hola.

Pretende ser encantador. Ella no se ve ni un poco impresionada.

—¿Por qué estabas haciendo el tonto?

—¿El tonto? Soy un pívot impresionante.

—Impresionantemente estúpido.

Ahí están las discusiones de las que ya ha oído hablar.

—¿Damos un paseo antes de ir a cenar?

—Ni hablar. Estás todo sudado.

Tiene una cinta roja sujetándole el cabello y sí, no luce un aspecto nada pulcro. No parece importarle lo más mínimo.

—Porfa. No nos hemos visto en toda la tarde.

Satowa aprieta los labios y se apiada. Un poco.

—Te dejo que vayas a mi lado hasta que lleguemos al hotel, pero antes de comer nada te darás una ducha.

—¡Hecho!

Ellos también se alejan. Satsuki los mira de reojo y, entonces, centra su atención en Tetsuki. Por lo visto es el encargado de defender a Daiki. Digamos que no está haciendo una buena labor, aunque es obvio que está concentrado. Ni siquiera la ha mirado. De pronto, se descubre a solas junto a Momoya, con quien no ha intercambiado una palabra antes. Es un chico guapo y lo suficientemente alto como para haber participado en el partidillo. Sin embargo, no está muy por la labor de moverse de allí.

—¿Cómo han terminado así?

Momoya la mira e intenta ordenar sus pensamientos.

—Ese tipo. —Hace un gesto con la cabeza, refiriéndose a Daiki—. Se acercó a Takaoka y hablaron un rato. Luego, se retaron a un contra uno, Chika se metió por medio y de alguna manera terminaron todos involucrados. La verdad es que tampoco entiendo muy bien qué ha ocurrido.

Satsuki suspira. Se puede imaginar a Aomine poniéndose en plan imbécil y, bueno, supone que a Tetsuki respondiendo a las provocaciones. ¡Chicos! Pueden ser muy tontos y previsibles.

—¿Hace mucho que empezaron?

—Creo que media hora. Han hecho un par de pausas.

—Entonces están en el tercer cuarto.

—Supongo.

No parece muy interesado en las normas del baloncesto. Daiki acaba de hacer un mate impresionante. Tampoco es que tenga mucho mérito, teniendo en cuenta que tiene delante a Yoshinaga, que mide metro sesenta. Y es generosa.

—¿Cómo va el marcador?

—He perdido la cuenta. Los tuyos han encestado muchísimo. Los otros, casi nada.

—Pues deberían parar antes de hacerse daño.

—Seguramente.

Satsuki decide que ha llegado la hora de tomar cartas en el asunto. Se aproxima al límite de la cancha y llama la atención de los presentes con un grito. Sus chicos del Tōō se detienen de inmediato, acostumbrados a obedecer órdenes. Los otros cinco son un poco más caóticos. Mittsu, que acaba de salir, ya jadea con las manos apoyadas en las rodillas.

—¿Qué estáis haciendo?

Wakamatsu ejerce de líder del equipo. Es su deber.

—Estábamos aburridos y hemos encontrado a estos tipos.

—Deberíais estar descansando. Ya sabéis que para manteneros en forma es muy importante ejercitarse y también relajar la musculatura. Parad ya.

Los chicos del Tōō se miran entre ellos. La voz de Mittsu resuena en la distancia.

—¡Sí, por favor!

Satsuki alza una ceja al mismo tiempo que Sane sonríe y le da una palmada en la espalda a su amigo.

—¡Pero si no llevas ni un minuto jugando!

Kōta se une al grupo.

—Deberías ponerte a dieta. Desde ahora, tienes restringido el acceso a los bollos de chocolate.

La cara de espanto es inigualable.

—¡No fastidies, tío!

Y así, sin hacer grandes aspavientos y sin darle importancia alguna a la derrota, los chicos de Tokise abandonan la cancha de baloncesto, hablando sobre carbohidratos y ejercicio. Incluso Momoya se marcha junto a ellos, pese a sus personalidades tan dispares. Tan solo Tetsuki permanece allí, a un par de metros de distancia, con el cabello pegado a las sienes y los brazos en jarra. Se miran durante unos segundos. O eso cree Satsuki, puesto que pierde por completo la noción del tiempo.

La voz de Wakamatsu la trae de vuelta a la realidad.

—¡Ya habéis oído! ¡A descansar!

No sabe si se lleva a sus compañeros para echarle un cable o qué. Ese chico nunca le ha dado la impresión de ser muy perspicaz. A Satsuki le arden las mejillas cuando se plantea la posibilidad de que sus chicos se hayan dado cuenta de lo mucho que le gusta Tetsuki. Pero no. Son unos ceporros que sólo piensan en el baloncesto. No es posible. Y si es posible no hacen comentario alguno. Se retiran charlando entre ellos y tan solo Daiki se queda atrás. Genial.

Satsuki se siente un poco irritada de repente. Observa a ese par de dos y tiene la impresión de estar ante unos hombres de las cavernas que se golpean el pecho para demostrar su masculinidad y quedar por encima del otro. Y lo peor es que lo hacen por ella. Les mira con los ojos entornados y cara de malas pulgas. No se contendrá ni un poco a la hora de echarles la bronca. Puede que no sea lo mejor, puesto que acaba de conocer a Tetsuki y es bastante probable que no le haga ni pizca de gracia ser regañado, pero necesita dejar las cosas bien claras. A los dos.

—Ese chico me ha dicho que os habéis retado a un uno contra uno.

Le alegra que su voz suene así de inflexible. Daiki se rasca la nuca y pretende despistarla.

—¿Qué chico?

—Momoya.

—¿Quién es Momoya?

—Natsu Momoya.

Y Tetsuki abre la boca por primera vez. Daiki tuerce el gesto.

—Se negó en rotundo a jugar con nosotros. Debe ser malísimo.

—Creo que podría hacerlo bien si se lo propusiera. Lo que pasa es que no le gusta el baloncesto.

Aunque hayan sido rivales deportivos, no se hablan con hostilidad.

—¿No? ¿Y eso?

—Ni idea. A lo mejor es porque prefiere la música.

—Es verdad. Dices que esos chavales tocan el koto, ¿no?

Tetsuki asiente.

—¿Qué cojones es un koto?

—¿De verdad no lo sabes?

Satsuki está boquiabierta mientras escucha la conversación. Encuentra que la situación se está volviendo surrealista por momentos. Es verdad que le alivia comprobar que Daiki y Tetsuki no parecen odiarse. Sí que están un poco tensos y se mantienen alejados el uno del otro, pero no se preparan para una pelea. Eso es bueno.

Tetsuki chasquea la lengua.

—Es un instrumento de música tradicional. Eres japonés, ¿cómo puedes no saberlo?

Ahora sí, Daiki se envara.

—Es porque me gustan las cosas más modernas. Como el baloncesto.

Es ahí cuando estira la espalda y alza el mentón. El orgullo del as de la Generación de los Milagros le sale por todos los poros. Cualquier aficionado a ese deporte siente una gran admiración por él y Daiki lo sabe. A Satsuki la exaspera y le hace gracia a partes iguales. Lo que pasa es que a Tetsuki Takaoka no le gusta el baloncesto. Y si le gusta, no está tan interesado en él como para conocer la historia de la Escuela Secundaria Teikō.

—Hay vida más allá del baloncesto, ¿sabes?

—Sólo dices eso porque eres malísimo.

—No es que sea malo, es que nunca juego.

—¿Te piensas que basta con proponérselo para ser bueno en algo?

—Si algo he aprendido del club de koto es que la práctica hace al maestro.

—Sin talento natural no vas a ninguna parte.

Ya está bien. Satsuki da un paso al frente. No le gusta ser ignorada de esa manera. Se supone que iba a echarles la bronca.

—¿Os habéis retado o no?

La miran. Tetsuki parece sentirse un poco culpable por algo. Está tan bueno. Daiki suspira haciendo mucho ruido y se encoge de hombros.

—Sólo quería poner a prueba a tu novio, Satsuki.

¡Ah! Tiene que matarlo. ¿Es necesario decir las cosas con tanta crudeza? Va a morirse de la vergüenza y ni siquiera se atreve a mirar a Tetsuki. Prácticamente grita cuando le responde.

—¿No te da vergüenza? Enfrentarte a alguien sin experiencia.

A Daiki le sorprenden sus palabras, como si no se hubiera planteado esa posibilidad antes.

—Ni que pretendiera jugar al máximo contra él. —Agita la cabeza y, de pronto, se da cuenta de que se merece una explicación más honesta—. En realidad, quería que habláramos y pensé que estaríamos más cómodos aquí, pero entonces llegó ese pirado.

Escucha el suspiro de Tetsuki, que pronuncia un nombre y le da toda la razón.

—Chika.

Daiki asiente.

—Dijo un montón de cosas sin sentido.

Tetsuki habla por lo bajini…

—Como casi siempre.

—E insistió en jugar. No pudimos negarnos, aunque te reconozco que el partido ha sido una pérdida de tiempo. Todos sois unos mantas, Takaoka.

Tetsuki pone los ojos en blanco, exasperado.

—Insisto. Nunca practicamos.

—No pongas excusas tontas. —Daiki se cruza de brazos y vuelve a alzar la barbilla—. Quién no vale, no vale. Si no, fíjate en ese tipo enano. ¿Cómo se llama?

—¿Yoshinaga?

Daiki agita una mano para quitarle importancia al asunto.

—Como sea. Ese enano podría tener futuro si midiera como veinte centímetros más.

Tetsuki adquiere cierta pose reflexiva y termina por asentir.

—Tal vez tengas razón. Menos mal que en Tokise no tenemos equipo de baloncesto.

—¡No jodas!

—Destacamos sobre todo en vóley femenino y, bueno, está el koto. ¿Sabes que ganaron las nacionales?

—¿En serio?

No puede soportarlo más. Satsuki da otro paso al frente, aprieta los puños y se hace oír. Vaya que si se hace oír.

—Vale ya, ¿no?

Si fuera física y anatómicamente posible, a esas alturas estaría echando chispas por los ojos. Daiki y Tetsuki enmudecen y la observan, un poco sobresaltados por toda la furia que emana de su cuerpo.

—Este partido ha sido una tontería. —Señala acusadoramente a Daiki—. A vosotros no os ha servido de nada y podríais haberos lesionado tontamente. —Le toca el turno a Tetsuki—. Y tú… ¿Qué hubiera pasado si alguno de tus amigos se hubiera hecho daño en la mano?

—Bueno, Chika se cura asombrosamente deprisa.

Tetsuki comprende de inmediato que ese comentario ha estado de más. Satsuki resplandece de pura furia y Daiki Aomine decide que ha llegado el momento de hacer mutis por el foro. Por la cuenta que le trae.

—Me estoy enfriando, Satsu. Me vuelvo al hotel.

Ni se despide ni da lugar a réplica. Se marcha trotando y mirando por encima de su hombro de vez en cuando. Y ya está. Satsuki se ha quedado a solas con Takaoka. Está tan guapo que duele, joder. Sería muy fácil sucumbir ante la tentación y olvidarlo todo, pero sigue dándole vueltas al asunto. Hasta que Tetsuki habla. Es obvio que quiere cambiar de tema y no le importa tomar las medidas necesarias para conseguirlo.

—¿Qué tal tu tarde con las chicas?

Se ha metido las manos en los bolsillos de las bermudas y está más cerca de ella. Mucho más. A Satsuki se le pasa el mosqueo así, sin más. Rememora las últimas horas, cuando pudo sentirse como una persona normal y corriente capaz de hacer amigas, y sonríe de una manera un poco tonta.

—Bastante bien. Lo hemos pasado genial.

—Me alegro.

Comienzan a caminar rumbo al hotel. Satsuki aún puede ver a Daiki en la distancia. Se quedan callados un momento, hasta que Takaoka habla.

—Ahora que lo pienso, tienes razón. Lo del partido ha sido una estupidez.

—¿Por qué jugasteis, entonces?

Tetsuki tarda un instante en responder.

—Aomine vino a marcar territorio.

Pone los ojos en blanco, exasperada. No le sorprende escuchar esas palabras, pero la enfadan igual. Sin embargo, su novio sigue hablando como si pretendiera restarle importancia.

—Lo entiendo perfectamente. Se nota que se preocupa mucho por ti.

—Eso no justifica que se comporte como un bárbaro.

Tetsuki se ríe por lo bajini. Puede ver cómo se mueve su nuez y se siente enloquecer. Él sigue hablando.

—Tampoco ha sido para tanto. Ha soltado las amenazas de rigor y poco más.

—¿Amenazas?

—No te creas que no le entiendo. Y tú deberías. Ambos sabemos cómo es cuando quieres proteger a alguien.

Los pulmones se le vacían de repente y no encuentra nada que objetar. Camina hombro con hombro junto a Tetsuki y él gira la cabeza para mirarla.

—¿Desde cuándo os conocéis?

A esas alturas de la conversación, casi se ha olvidado del partido y de todos los reproches que quería hacer.

—Desde primaria. Empezamos juntos el primer año y siempre hemos estado en la misma clase. Fuimos juntos a Teikō y ahora estamos en Tōō. Y no es que sea adivina, pero cabe la posibilidad de que vayamos a la misma universidad. En Tokio hay unas cuantas con muy buenos programas deportivos. Aunque Daiki no sea buen estudiante, no tendrá problema para entrar en alguna de ellas.

—¿Y tú le seguirás?

—¿Es un reproche?

Suena a reproche. Tetsuki se rasca la nuca y sonríe. Le tiemblan las rodillas.

—No deberías anteponer sus sueños a los tuyos, Satsuki. Es lo único que digo.

Es curioso cómo se le acelera el corazón. A lo mejor tendría que enfadarse por lo que acaba de escuchar, pero no puede. Tiene toda la razón y, aunque nunca ha reflexionado mucho al respecto, no le quedará más remedio que hacerlo a partir de ahora. El futuro está a la vuelta de la esquina.

—¿A ti no te pasa lo mismo con tus amigos?

Hay un poquito de revancha en esa pregunta. Tetsuki parece no notarla.

—Los quiero un montón, Satsuki, pero te seré sincero. Ni de coña superarán la nota de corte de la universidad a la que quiero ir. Y lo sé porque preparo con ellos todos los exámenes y sé hasta dónde pueden llegar. Puede que Sane tenga alguna posibilidad, pero los demás están descartados. Sobre todo, Chika.

Satsuki sonríe, rememorando la expresión de idiota enamorado que ha visto en la cara de ese chico apenas un rato antes.

—No podrás seguir vigilándolo.

—Conociéndolo, es capaz de venir conmigo adónde sea. Antes de darme cuenta, lo tendré viviendo en mi casa.

Parece resignado. Satsuki suelta una carcajada. Él sigue hablando.

—Dudo mucho que quiera estudiar una carrera. Ahora que ha descubierto la música, no la dejará. Es bastante bueno. Creo que, si hubiera comenzado a practicar desde niño, podría estar a la altura de Hōdzuki. —Tetsuki se detiene y le da un codazo cómplice—. Pero no se lo digas a él. Se le subirá a la cabeza y se pondrá aún más insoportable.

Comparten unas risas. Aunque está oscuro, puede ver que Tetsuki tiene unas pestañas larguísimas. Dan ganas de acariciarlas. Podría perderse en ellas para siempre.

—¿De verdad es tan bueno? Kudō.

—Le he visto aprender una melodía con solo ver a otra persona tocándola. Tiene talento, tesón y es capaz de producir un sonido que destaca entre los demás, aunque cuenta con una gran desventaja para dedicarse a la música de manera profesional.

Satsuki comprende de inmediato a qué se refiere. Es curioso que termine su frase, como si fueran una pareja que lleva toda la vida junta.

—El tiempo.

Tetsuki asiente, satisfecho.

—No es fácil triunfar en la música, menos aún en un mundo tan cerrado como el del koto profesional. Me temo que Chika tendrá mucha competencia.

—No parece alguien que se deje amedrentar con facilidad.

—Y tiene un optimismo a prueba de bombas, pero cabe la posibilidad de que se choque contra un muro. Y, aun así, creo que seguirá ligado a la música. Su abuelo fue un fabricante de kotos. No me cuesta imaginar a Chika siguiendo sus pasos. Además, está Hōdzuki. Sé que siempre estará ahí para ella.

Se queda callado. Satsuki puede escuchar un silencio que no es pesado en absoluto.

—Con todo lo que acabas de decir, ¿de verdad crees que se irá contigo? Porque a mí me parece que está más interesado en Satowa que en otra cosa.

Tetsuki suelta una carcajada. Han llegado a la entrada principal del hotel.

—Creo que iré a darme una ducha. ¿Te apetece que demos un paseo más tarde?

Tendría que estar enfadada con él por lo del partido. ¡Qué demonios! Ya se le ha olvidado.

—Claro. Será genial.

Tetsuki se despide agitando una mano. Ella permanece quieta unos segundos, sintiendo un cosquilleo extraño en el estómago. ¿Son las famosas mariposas de las que habla todo el mundo? Lo ignora, aunque hay una cosa que tiene clarísima: le encantan. Todas las nuevas emociones que está experimentando, le encantan. Y no hay más que hablar.


6

Se acabó lo que se daba

—El tiempo vuela cuando te lo pasas bien, ¿verdad?

Es muy temprano. Tetsuki está preparando el desayuno. La cara de Chika aparece en su campo visual de repente y, por lo visto, tiene ganas de filosofar un rato. Apoya el hombro en la pared y mantiene los brazos cruzados mientras le habla.

—Anoche volviste muy tarde. Y antenoche. Y antes de antenoche. Me pregunto qué estuviste haciendo.

Pone los ojos en blanco, no lo puede remediar. Procura concentrarse en la pieza de atún que tiene entre manos. No sería nada conveniente cortarse un dedo o algo peor.

—¿Qué quieres, Chika? ¿No tienes que ensayar?

—Qué va. Nos hemos cogido libre el último día. Podrás disfrutar de nuestra compañía.

—¡Qué emocionante!

—A no ser que hayas quedado con Momoi. Puedes invitarla si quieres. Nos cae bien.

Tetsuki rememora los últimos días junto a esa chica. Decir que han sido agradables es quedarse muy corto. Ha disfrutado muchísimo de los inicios de su relación y lamenta tener que separarse de ella, sobre todo después de los últimos avances en materia física que han ido probando noche tras noche. ¡Ah, joder! No debería pensar en eso. Su cuerpo podría traicionarle.

—La concentración de su equipo termina hoy. Vuelven a Tokio por la tarde.

—¡Qué mal!

Chika estira una mano en dirección al cuenco repleto de fruta que descansa sobre la encimera. Tetsuki le da un manotazo.

—No seas maleducado.

Pone morritos. No intenta volver a la carga.

—Vale, papá.

Compone una cara de tal fastidio que tiene que reírse. Chika es un tipo bastante expresivo, así que puede apreciar con bastante claridad cómo su rostro pasa del mosqueo a la curiosidad.

—Oye, Tetsuki. —Se rasca la nuca—. Momoi y tú… ¿Habéis? Ya sabes.

—A estas alturas deberías saber que no voy a contestar a esa clase de preguntas.

Chika se incorpora. Ahora sí, agarra un trozo de fresa que Tetsuki no ha podido poner a salvo. Cuando se lo mete a la boca, el placer supino es más que evidente.

—¡Está riquísima! Deja que me coma alguna más.

—Haz el favor, Kudō.

—Si que eres inflexible, joder. —Chika da unos pasos a la derecha y le observa mientras trocea el pescado. Se ha alejado de la fruta para no tener que sucumbir ante la tentación—. No te pido que entres en detalles, ¿vale? Es sólo que quiero comprobar una cosa.

—Miedo me das.

Chika ignora el último comentario.

—Verás. Conozco a Satowa desde hace más de un año, aunque hace poco que somos novios. No estoy seguro de si es hora de avanzar, aunque el otro día me pareció que ella insinuaba algo y, tal vez, podamos… —Se interrumpe y vuelve a lo de antes—. ¿Momoi y tú…?

Es exasperante y no se va a rendir con facilidad. Tendrá que darle algo a cambio de su silencio.

—Algo hemos hecho, sí.

—¿No es un poco pronto?

Abandona su labor como cocinero. Enfrenta a Chika, imaginándose el terremoto emocional que le está sacudiendo desde dentro. Coloca una mano sobre su hombro y adquiere cierto tono paternalista cuando le habla.

—¿Todavía le estás dando vuelta a eso?

—No sé qué hacer.

—Yo diría que lo mejor es que te dejes llevar. Eres alguien que actúa mucho y piensa poco. Actúa.

Es la verdad. Hasta el propio Chika es consciente de eso. Tetsuki le observa mientras se coloca la mano bajo el mentón y mueve la cabeza en un gesto afirmativo.

—Actuar.

—Pero sin ser un bruto, que nos conocemos.

Chika se remueve y le da un empujón.

—¡No soy ningún bruto!

—¿Cómo que no?

—Con Satowa no.

Acaba de desarmarle por completo. Chika Kudō carece de delicadeza en prácticamente todas las facetas de su vida excepto cuando se trata de la música y de relacionarse con su novia. En ocasiones, Tetsuki se pregunta cuál es el verdadero Chika. El que suelta lo primero que se le pasa por la cabeza sin medir las consecuencias o el que arranca sonidos estremecedores de su koto. El que tiene serios problemas para comportarse en según qué circunstancias o el que mira con cara de tonto a Hōdzuki. El que responde (o respondía) a las provocaciones usando los puños o el que es capaz de sacrificarse para proteger a aquellos a los que quiere. Quizá, Chika Kudō sea todos esos chicos. Lo que está claro que es Satowa Hōdzuki saca lo mejor de él. Es inevitable sentir un arañazo de envida en el corazón porque Tetsuki es consciente de que sus sentimientos nunca serán tan abrumadores y poderosos como los de Chika. No está en su naturaleza comportarse con tanta intensidad. Prefiere pensarse las cosas dos veces antes de actuar, medir las consecuencias, estudiar los pros y los contras. Puede que no sea emocionante, pero hasta ahora le ha ido bien así.

—Chika. —Su voz suena muy grave cuando habla—. Hōdzuki no es de cristal. No va a romperse.

Tiene su gracia que la cara se le encienda de esa manera. Tetsuki sonríe y retoma la cocina, consciente de que ha sembrado algo en la cabeza de su amigo. Sólo resta recoger los frutos, no sabe muy bien cuándo.

—¿Qué vais a hacer Momoi y tú?

Sonríe, evocando la última conversación que mantuvieron la noche anterior.

—Tú mismo lo dijiste. Telegram, teléfono, tren.


Montártelo con tu novia en mitad de un bosque no es nada romántico. Las piedras se te clavan en el trasero, te pones perdido de tierra y, si no tienes cuidado, puedes terminar sentado sobre un montón de hojarasca húmeda y acabar con la ropa mojada. Todo muy incómodo y anticlimático. Tetsuki está un poco fastidiado por la situación. Por fortuna, Momoi está a horcajadas sobre él y puede olvidarse de las incomodidades. Es mucho mejor centrarse en el tacto suave de la piel de su espalda y en las uñas que se le clavan en el cuello mientras se besan. ¡Oh, sí! Eso es vida.

Lástima que no tengan tiempo para mucho más. Satsuki debe reunirse con sus compañeros en media hora y ya ha intentado separarse de él tres veces. En todas y cada una de ellas, han terminado en esa misma posición, solo que un poco más ansiosos cada vez. Si no paran a la de ya, su novia perderá el autobús. O, pero aún, los chicos del Tōō vendrán a buscarla y se verán obligados a dar unas explicaciones que resultarán mucho más incómodas que eso de montártelo en el bosque. Cuando Satsuki echa la cabeza hacia atrás, se nota que está muy fastidiada.

—¡Jope, Tetsuki! No me quiero ir a Tokio.

Ha sonado casi como una niña. Él se ríe y le da un beso en el cuello, cerca de la mandíbula.

—Pues quédate aquí.

—No puedo hacer eso. Los chicos me llevarían a la fuerza y Daiki te mataría.

—Es un fastidio que tengas tantos guardianes.

—Con tu fama, creo que he añadido uno más a la colección.

Le da un toque juguetón en la punta de la nariz y, por desgracia, se levanta. Tetsuki respira hondo y hace lo propio. Mientras caminan rumbo al hotel, lucha por limpiarse los pantalones. Momoi le ayuda sin mediar palabra. Permanecen en silencio, sintiéndose cómodos con la mutua compañía. Queda poquísimo para separarse.

—Tetsuki. Estos días me lo he pasado muy bien contigo.

Es sincera al cien por cien. Se agarran de la mano y se sonríen.

—Yo también. Conocerte ha sido lo mejor de estas vacaciones.

Ella se ruboriza un poco. Él se siente tonto por decir algo como eso.

—Continua en pie lo de seguir viéndonos.

—Por supuesto. Procuraré escaparme a Tokio en un par de semanas.

—Y tenemos pendiente el festival de Kantō.

—He pensado que después podríamos ir a cenar por ahí.

—¿Cómo en una cita?

—Eso es.

Se miran. Vuelven a sonreírse.

—Es una pena que Tokise no tenga equipo de baloncesto masculino. Podríamos vernos en los campeonatos.

Tetsuki se rasca la cabeza y habla sin pensar.

—Bueno, siempre puedo pasarme para dar un poco de apoyo moral a tu equipo. Si tú puedes acudir a un festival de música tradicional, yo puedo sacrificarme y ver un poco de baloncesto. Aunque desde ya te digo que no hay una cosa más aburrida en el mundo que ver como los demás hacen deporte. O lo practicas o es un rollo.

Satsuki se hace la indignada.

—¡Oye! No sabía que pensaras eso sobre algo que me apasiona.

Tetsuki le guiña un ojo.

—No te lo tomes como algo personal. Me pasa con absolutamente todos los deportes.

Se inclina para darle un beso en la mejilla. Ella le da un golpe en el pecho.

—¡Qué idiota!

Ya han llegado al hotel. Tetsuki puede ver el autobús a unos metros de distancia y a los compañeros de Momoi guardando el equipaje en la parte inferior. No le hace nada de gracia que se vayan tan temprano.

—¿Tienes que ir a por tu maleta?

—No. Le pedí a Daiki que se ocupara de eso. No le hizo mucha gracia, pero tampoco pudo negarse.

Durante una fracción de segundo, Tetsuki Takaoka siente la tentación de saltarse la ley. Porque mira que estaría de puta madre secuestrar a esa chica y llevársela al bosque para perderse junto a ella para siempre. Pero no. Hacer semejante cosa sería una tontería y no tendría ningún sentido. Debe resignarse ante lo inevitable. Podría acercarse al autobús y despedirla melodramáticamente, agitando la mano mientras se pierde en la distancia. Prefiere quedarse justo donde está y darle un último beso. Uno sin nada de pasión, sin piedras clavadas en el trasero y sin tierra metiéndose en sus zapatillas de deporte.

Un estúpido beso en la mejilla. Eso es todo lo que puede darle ahora que le están mirando Daiki Aomine y compañía.

—Nos vemos pronto, Tetsuki.

—Cuenta con ello.


Cuando llega la noche, está tan abatido que no le apetece nada ponerse a hacer la cena. Tampoco hace falta. Puesto que es su última noche allí, los chicos se han encargado de conseguir unas pizzas y un montón de comida basura capaz de provocar un infarto a un bebé recién nacido. Tetsuki agradece el alboroto, aunque no tiene mucho ánimo para unirse a la fiesta. Al final termina sentado al lado de Natsu Momoya, quien está escuchando música con sus auriculares y no parece ni mínimamente avergonzado por ignorar a los demás. Por más que se haya acercado a sus compañeros del club, sigue necesitando evadirse de todo ese ruido. Tetsuki sonríe para sí mismo y mira a Chika y a Satowa. Están charlando en el exterior, sentados sobre la plataforma de madera y con los pies colgando hacia afuera. Parecen tan ajenos a todo como el propio Momoya. Charlan tranquilamente hasta que Chika se inclina hacia delante y la besa. Ya era hora, joder.

No le sorprende que un par de minutos después, ambos se levanten. Hōdzuki abandona la habitación y Chika parece dispuesto a seguirla, aunque antes le mira y corre hasta él. Sonríe como una hiena.

—¡Tetsuki!

Tiene la cara roja y parece a punto de morir de pura dicha. Antes de que diga cualquier cosa inapropiada, Takaoka alza una mano y le detiene.

—Sin detalles, por favor.

Chika abre los ojos desmesuradamente y le arrea un manotazo.

—¡Tienes la mente tan sucia!

Se marcha, presa de una indignación sin sentido. Tetsuki tiene que reírse. Momoya hace un comentario por lo bajini.

—Es un pringado.

—¡Y que lo digas!

Ahora sí, se retira los auriculares. Le dirige una mirada repleta de segundas intenciones. Tanto es así, que Tetsuki se plantea la posibilidad de que le haga alguna confidencia o curioseé en su vida privada. Sin embargo, se limita a hacer un comentario. Algo simple y, en apariencia, sin segundas intenciones.

—Estoy deseando que llegue el festival de Kantō.

Se estremece entero. Recuerda a Satsuki Momoi y se da cuenta de que ha caído en las garras del amor. Y él que pensaba tener una adolescencia tranquila, únicamente centrado en los estudios. Pero la vida te da sorpresas y no te queda más remedio que aceptarlas. Además, tampoco puede quejarse. Su cambio de planes ha sido para bien.

—Yo también.

Y mientras Chika Kudō se tropieza estúpidamente antes de entrar al dormitorio de las chicas y se da un golpe en la rodilla con un aparador de madera milenario, Tetsuki Takaoka hace balance de sus últimas vacaciones de verano. Si bien es cierto que al principio no le pareció una buena idea viajar hasta allí, ahora no puede arrepentirse de nada. Se ha divertido y ha conocido a una persona maravillosa. ¿Qué más se puede pedir? Ignora lo que les deparará el futuro y tampoco le da mucha importancia. Después de todo, sólo merece la pena centrarse en el presente. Es lo único tangible y no piensa dejar que se le escape entre los dedos. Se trata de algo muy sencillo: ser feliz.

FIN