Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
06/12/2014
Dejé que Uchiha me dirigiera hacia la sala de espera. Vino y se sentó conmigo mientras Sarutobi se encontraba en el quirófano. Uchiha pasó gran parte de ese tiempo al teléfono con su jefe gritándole, que se hallaba enojado con él por abandonar la escena. Alrededor de las cuatro y media mi teléfono sonó. El identificador de llamadas decía que era de la casa de Naruto.
—¡Amigo! —canté felizmente cuando respondí—. ¡Te he extrañado!
—¿Sakura? —Escuché decir a una mujer.
Me tomó un minuto reconocer su voz.
—¿Señora Uzumaki?
—Sí, cariño, soy yo. Estoy llamando para ver si has oído de Naruto.
—Uh… no. ¿No se encuentra en casa?
Casi podía sentir la ansiedad de la señora Uzumaki irradiar a través del teléfono.
—No. No, no se encuentra aquí, y no sé a dónde ha ido. Llegué a casa del supermercado con Konohamaru y Moegi, y Naruto no se hallaba en su habitación y no me dejó una nota.
—Tal vez salió a patinar —dije, y entonces recordé que Naruto había tirado su patineta—. Oh, espere —agregué.
—Tiró su patineta —dijo la señora Uzumaki, y entonces sollozó—. Ha estado tan deprimido últimamente, Sakura. Estoy muy preocupada por él.
—Tal vez fue a dar un paseo o algo así.
—Por eso me preocupa. Con ese asesino que sigue suelto… Quería asegurarle a la señora Uzumaki que el FBI sabía quién era el asesino y que probablemente iba de camino a Canadá, pero no lo sabía con certeza. La verdad era que no tenía idea de dónde se encontraba Orochimaru Miller. Podría estar vagando por las calles en busca de adolescentes desprevenidos para secuestrar, torturar y asesinar.
—Tal vez debería ir a buscarlo —dije.
—¿Vendrías conmigo?
Miré a Uchiha. No creía que le importara si iba a buscar a Naruto, pero necesitaría que la señora Uzumaki viniera a recogerme, y no quería preocuparla acerca de por qué me encontraba allí.
—Claro. Estoy en el hospital ahora, eh… visitando a un vecino enfermo, ¿así que podría venir a recogerme?
Uchiha seguía hablando por su teléfono, así que le escribí una nota que decía que conseguí un aventón a casa, él asintió y dijo adiós. Mientras esperaba a la señora Uzumaki, Sasori me llamó.
—Oye, chica —dijo con un suspiro cansado—. ¡Hombre, he tenido un día!
Sonreí. Podría apostarle que tuve uno peor pero decidí contarle sobre ello más tarde.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Mi auto se averió. Tuvieron que remolcarlo y el tipo no puede trabajar en él hasta el lunes.
—¿Te vas a quedar en la ciudad?
—Sí. Pero no te quiero sola en esa casa. Ve a la casa de la señora Senju y pasa la noche ahí, ¿de acuerdo?
Rodé los ojos.
—Claro, Sasori —le dije, porque no quería discutir y posiblemente enojarlo lo suficiente para que alquilara un auto y condujera para ser mi niñero cuando realmente necesitaba lidiar con su auto.
—Muy bien. Te llamaré en la mañana.
La mamá de Naruto llegó entonces, y la saludé con la mano mientras le colgaba a Sasori.
Venía con los dos hermanos de Naruto, que hacían una rabieta en la parte trasera. Su cara se veía preocupada.
—Lo encontraremos — prometí.
Comenzamos nuestra búsqueda en Konoha, yendo calle por calle desde la residencia Uzumaki hacia mi casa y más allá. Buscamos en el parque, y la escuela, y luego empezó a oscurecer.
No me preocupé seriamente hasta cerca de las siete de la tarde, cuando todavía no vimos ninguna señal de Naruto. Llevamos a Moegi y Konohamaru por algo de comer y continuamos nuestra búsqueda, pero no se hallaba en ninguna parte.
Finalmente nos dirigimos de regreso al lugar de los Uzumaki y ayudé a acostar a los niños, entonces esperé con la mamá de Naruto en la cocina, deseando que volviera a casa, pero las horas pasaban y no había ninguna señal de Naruto.
Cuando no pude soportarlo más me levanté de la mesa de la cocina y dije—: señora Uzumaki, ¿Naruto aún tiene esa moto en la cochera?
Asintió y se secó los ojos. Estuvo llorando constantemente por más de una hora.
—Lo comprobé. No se la llevó.
—¿Puedo tomarla prestada?
Me dio una mirada confundida y expliqué—: Hay un lugar en que no buscamos donde creo que podría estar. Cerca de Suna.
—Toma la moto, Sakura —dijo la señora Uzumaki—. Pero ten cuidado, por favor. Hay un casco en la cochera. Tienes que usarlo. Y, por favor, llámame si lo encuentras.
—Lo haré —prometí, y buscó en un cajón por las llaves de la moto.
Tomándolas de ella, me apresuré a salir.
Me tomó sólo unos diez minutos llegar a Suna, y luego tuve que entrecruzar a través de un barrio hacia la pista de patinaje, la cual siempre se encontraba bien iluminada hasta las once de la noche. Tuve una idea, incluso si Naruto no hubiera ido allí para patinar, tal vez fue a ver a los otros patinadores. Mientras estacionaba, vi a un chico solitario subiendo y bajando por las rampas. Supe de inmediato de quien se trataba.
Metí la mano en mi bolsillo y llamé a la señora Uzumaki.
—Lo encontré —dije.
—¡Oh! —exclamó—. ¡Oh, Sakura! ¿Dónde se encuentra?
—Se encuentra en el parque de patinaje en Suna. Lo llevaré a casa en un rato.
Después de colgarle a la mamá de Naruto, me senté en la moto por un largo tiempo y vi a mi mejor amigo andar de arriba abajo en lo que parecía ser una nueva tabla, haciendo giros, vueltas, y otros trucos.
Algo cambió en Naruto, era mucho menos torpe y rígido sobre la patineta. Como si hubiera perdido el miedo a arruinarlo y estuviera comprometido con cada truco, como si no le importara lo que pasó. Ese valor resultó ser exactamente lo que necesitaba para realizar el truco.
Cuando tenía tanto frio que comencé a temblar, me acerqué a la rampa. Naruto voló hacia el lado opuesto, giró la tabla con sus pies, aterrizó perfectamente, y pasó zumbando para quedar fuera de la vista y reaparecer en la parte superior de la rampa más cercana a mí, detuvo la patineta en el borde. Lo miré con asombro cuando me sonrió, sus ojos seguían negro y azul y la nariz hinchada, pero sonreía de todos modos.
—¡Saku! —exclamó, claramente feliz de verme, y supe que mi amigo se hallaba de vuelta.
—Linda tabla —grité, señalando su nuevo paseo.
Se bajó de ella y caminó por el borde de la rampa, luego le dio una pequeña patada, y la patineta subió para aterrizar perfectamente en su mano izquierda.
—¡La conseguí hoy! —dijo efusivamente, ya avanzando hacia las escaleras.
Lo esperé en la parte inferior.
—Tu mamá ha estado muy preocupada por ti —dije cuando aterrizó junto a mí en la hierba.
Su rostro cayó y miró el horizonte.
—¡Aw, hombre! ¿Qué tan tarde es?
—Son más de las diez.
La mandíbula de Naruto cayó.
—¡No!
Le mostré la pantalla de mi teléfono y se palmeó la frente. —Perdí la noción del tiempo —dijo—. ¿Está muy molesta?
Le entregué mi teléfono.
—Será mejor que se lo preguntes tú mismo.
Naruto habló con su madre por un rato, y en su mayoría se limitó a decir que lo lamentaba una y otra vez, luego le preguntó si podíamos ir a Rock's porque se moría de hambre. Le dijo que estuviera en casa antes de la medianoche, y una vez que colgó me sonrió de nuevo.
—Crisis evitada.
Naruto nos llevó a Rock's, nos sentamos en una cabina y bromeamos y reímos como en los viejos tiempos. Le hablé sobre lo qué pasó más temprano en casa de Orochimaru Miller, y Naruto se sorprendió tanto que me hizo contárselo una segunda vez. Eran más de las once cuando nos fuimos del restaurante para llegar a casa antes del toque de queda de Naruto.
Naruto me dejó en mi casa, le entregué su patineta y la ató a la moto con una cuerda elástica que guardaba en su asiento. Luego se despidió y se fue.
Lo vi irse con un suspiro melancólico. Se sentía tan bien tener a mi amigo de vuelta. Me giré hacia mi casa y pensé en lo que Sasori me dijo. Sin embargo, el mirar las ventanas oscuras de la señora Senju me convenció de no despertar a la anciana. Además, el coche patrulla se encontraba aparcado entre mi casa y la de nuestro vecino del otro lado. Débilmente pude distinguir la silueta oscura del oficial de policía en el interior, lo saludé con la mano y me dirigí por el camino de entrada.
Cuando doblé la esquina de la casa olfateé el aire. Algo olía familiar, entonces me di cuenta: era el humo de cigarrillo flotando hacia mí. Cuando llegué a la puerta trasera, vi que la luz de la cocina sobre la estufa se encontraba encendida y la puerta trasera abierta. Sólo la puerta pantalla se encontraba cerrada.
Abrí la puerta trasera tentativamente, el olor del humo de cigarrillo cada vez más fuerte. Mi primer pensamiento fue que mamá escapó de rehabilitación de alguna manera y regresó a casa. Mi corazón se hinchó. La extrañaba tanto.
—¿Mamá? —llamé con emoción, entrando en la cocina y cerrando la puerta de atrás antes de bloquearla. Oí el ruido de un carraspeo cerca de la sala de estar.
—¿Mamá? —llamé de nuevo, apresurándome hacia la puerta entre la cocina y la sala de estar.
El resplandor naranja de la colilla de un cigarrillo me llamó la atención de inmediato. Una figura sentada en la silla de papá, levantando el cigarrillo a sus labios y haciéndolo brillar.
—¿Mamá? —pregunté una vez, mientras un susurro de alarma se arrastraba por mi columna.
Empecé a retroceder, pero entonces la luz junto a la silla se encendió.
—Hola, Sakura —dijo Madara Kane.
Mi aliento se atascó en mi garganta mientras mi mente se llenaba de preguntas. ¿Qué hacía Madara Kane en mi casa? ¿Cómo entró? ¿Escuchó sobre su primo? ¿Sabía que Orochimaru casi asesinó a un agente del FBI? ¿Sabía también que Orochimaru asesinó a todos esos niños? ¿Y no faltó al trabajo porque tenía dolores en el pecho? ¿Cómo sobrevivió?
Mientras todas las preguntas tropezaban en mi mente, Madara se puso de pie, y una sonrisa se extendió lentamente por su rostro. Pero no era una sonrisa agradable. No era la sonrisa que me daba cada vez que nos encontrábamos. Este era una sonrisa enferma, similar a la que su primo llevaba. Siniestra y oscura, pero quizás aún más malvada. Esta era la sonrisa de un asesino serial.
—No —tartamudeé, retrocediendo mientras mi mente empezaba a juntarlo todo con mil sinapsis disparándose a la vez, como el final de un espectáculo de fuegos artificiales. Fue Madara. Todo el tiempo fue Madara. Y ahora, se encontraba aquí. En mi casa. Avanzando para matarme, también.
Di otro paso hacia atrás y comencé a darme la vuelta, con la intención de correr, pero Madara llegó a mí tan rápido que apenas tuve tiempo de reaccionar. En un instante, tuvo mi brazo derecho retenido detrás de mí y su mano libre presionando con fuerza en mi garganta, cortando la mayor parte del oxígeno. Luché, pero agarró más duro mi brazo, y gritaría de dolor si tuviera aire.
—Ah, ah, ah, Sakura —dijo en voz baja… burlonamente—. Si luchas, te lastimaré mucho más que si no lo haces.
Cerré los ojos; las lágrimas se escapaban y corrían por mis mejillas. Madara relajó un poco la presión en mi brazo y garganta, e inhalé una bocanada de aire. Me hallaba a punto de gritar cuando sentí un pinchazo agudo en mi cuello.
—Grita, y te cortaré la garganta —dijo.
Contuve un sollozo y más lágrimas corrieron por mis mejillas.
—¿Por qué? —jadeé. Él era tan amable. Me dijo que lo ayudé al darle un año para prepararse y cuidar de su familia en caso de su muerte.
—¿Por qué? —repitió—. Bueno, Sakura, esa es una pregunta interesante, ¿no? Pero creo que mereces una respuesta, así que voy a dártela. —Madara me giró hacia la repisa de la chimenea, y mi mirada se posó en la foto de mi papá.
—Verás, cuando vine por primera vez a verte —comenzó Madara—, y escuché lo que tenías que decir, que me moriría el seis de diciembre del dos mil catorce, bueno, realmente te creí. Como te dije antes, tengo algunos problemas de salud, y pensé que era perfectamente lógico que me enterraran a los cincuenta y tres. Mi padre murió a los cincuenta y cinco, y tengo un tío que se fue a los cuarenta y nueve, así que corre en mi familia.
»Y como también te dije, decidí poner todos mis asuntos en orden y asegurarme de que mi familia quedara bien provista, e hice todo eso, Sakura. Lo hice todo. Pero entonces esos oscuros anhelos con los que luché toda mi vida comenzaron a surgir de nuevo, y tuve una idea increíble. Iba a morir pronto de todos modos, ¿no? ¿Por qué no realizar algunas de esas ideas? Lo he deseado toda mi vida, sabes. Y me pregunté cómo sería dejar de tratar de ser otra persona y en su lugar permitirme ser yo. Así que lo hice. Y te puedo decir que ha sido increíble.
Estaba tan asustada que me sentía mareada.
—Consideré elegirte, sabes, como la primera. Quiero decir, me diste ese regalo, me pregunté si tal vez tenías más para dar.
Apreté los ojos y me estremecí, y Madara me apretó con más fuerza.
—Pero ambos sabemos que no te escogí primero, Sakura. Quería hacerlo, pero pensé que podría ser demasiado fácil rastrear tu muerte hacia mí. Así que miré tu casa y esperé, y un día seguí a una mujer. ¿Y no lo sabías? En su casa se encontraba el perfecto corderito.
»Oh —continuó Madara, suspirando placenteramente ante el recuerdo—. Era tan dulce. Se tomó mucho tiempo para morir, Sakura. Fue la mayor felicidad que he conocido. Pensé que sería suficiente. Y por un tiempo lo fue, pero luego empecé a tener esas ansias de nuevo. Así que miré tu casa un poco más y seguí a la señora con el abrigo de piel hacia el siguiente corderito. Y, Sakura, él fue aún más dulce que el primero.
Ahora lloraba en serio, y era difícil respirar. Quería desmayarme con desesperación, cerrar mis oídos a los horrores que Madara me susurraba. ¿Cómo no lo vi? ¿Cómo no lo supuse?
—Pensé que el pequeño Inojin satisfaría las ansias, pero ocurrió todo lo contrario. Empeoraron. Seguí pensando que eras la clave, Sakura. Me dirigist e a esta nueva libertad, y seguiste conectándome a todos los corderos correctos. Pensé que debía ser el destino. Tal vez si me acercaba a ti, podría encontrar uno que me diera satisfacción hasta morir.
Madara susurraba en mi oído, y pasaba su mejilla a lo largo de la mía seductoramente. Me puse rígida, y mi estómago dio un vuelco. Apreté los ojos con más fuerza y traté de no enfermarme, pero podía saborear la bilis en la parte posterior de mi garganta. Continuó como si no lo hubiera notado.
—Ese chico con el que pasas el rato, parecía interesante. Así que lo seguí por un día, y me dirigió a la chica… Hinata. Se encontraba tan lista para morir que no me pude resistir. Puse un obstáculo y la arrebaté directo de la calle. Pero murió demasiado rápido, apenas valió el esfuerzo. Las ansias regresaron. Volví a pensar en tomarte, pero luego te perdí esa noche en el parque. Así que decidí volver en el verano cuando empezaras tu trabajo de niñera.
Me puse rígida de nuevo, y Madara se rió.
—Ah, no sabías que te vigilaba en ese entonces, ¿verdad? Fui recompensado cuando agarré a Udon. Quería tomarme mi tiempo con él, extenderlo durante unos días, ¿sabes? Quería obtener el máximo placer de ello, y pensé que sería tan fácil esconderlo en mi cabaña de caza. Udon estaba tan asustado… no creí que fuera muy inteligente, pero me equivoqué. Se me escapó antes de que pudiera hacerle mucho daño, pero dudo que me vaya a recordar.
Me estremecí. Me hallaba tan aterrorizada que era difícil pensar.
—Sí —susurró Madara, acariciando mi mejilla con la suya—. Eso es, cariño. Asústate. Aterrorízate. Te vi en el centro con los federales, y supe que trabajabas con ellos. Con el tiempo los llevarías hacia mí, pero sólo tenía unos días por los que preocuparme. Pensé que podía controlar los anhelos y esperar ese ataque al corazón, pero cada día empeoró, a pesar de que físicamente me sentía bien.
»Le dije a mi esposa que no me sentía bien. Me ausenté del trabajo un par de veces y te vigilé a ti y a los federales tanto como pude. Así es como encontré la llave de tu casa, Sakura. Escondida en esa roca falsa junto a la puerta trasera. Ibas a ser mi último premio, pero no pensé que sería capaz de agarrarte con los federales vigilando tu casa mientras se acercaban a mí. Y entonces, recordé que dijist e que mi primo iba a morir el mismo día que yo. Sé lo que pensabas, que estaríamos en algún tipo de accidente. Pero tuve una mejor idea.
»Verás, Orochimaru no era un tipo muy inteligente. De hecho, era bastante estúpido. Pero vio la sangre en la parte trasera de la camioneta por ese día que atrapé a Hinata. Orochimaru fue a comprar algo de hierba, y tuve que hacer las entregas por mi cuenta. Sabía que íbamos a entregar en Suna ese día, y cuando vio la sangre me di cuenta que ató los cabos sueltos.
»Así que, esta mañana fui a su casa, y le disparé.
Solté un chillido involuntario, y Madara se rió.
—Sí, le disparé en la cabeza y luego le disparé a ese agente del FBI. Lo vi por la ventana un segundo después de dispararle a Orochimaru. Fue demasiado lento con su pistola. Entonces hice estallar la casa, y llevé el cuerpo de Orochimaru a mi cabaña de caza. Me aseguré de dejar la nota de suicidio de Orochimaru y su confesión de los asesinatos junto a su cuerpo. Probablemente no lo encontrarán por meses.
»De todos modos, después de ocuparme de Orochimaru, fui a mi lugar favorito de pesca. Pensé que estaría muerto en cuestión de horas, así que esperé. Y esperé. Y esperé.
Madara dejó de hablar durante un buen rato, y tenía tanto miedo que no creí que pudiera soportarlo.
—¿Sabes qué pasó todo el día de hoy y esta noche mientras esperaba, Sakura? —preguntó finalmente. No le respondí, y me apretó con más fuerza, lastimándome—. Dije, ¿lo sabes?
Sacudí la cabeza un poco.
—Nada pasó —espetó—. Nada en absoluto.
Con un sobresalto me di cuenta de lo que quería decir. Madara no había muerto.
—Todos esos planes —gruñó, apretando mi muñeca—. Todo ese seguro de vida extra, y asegurarme de que mi familia estaría bien cuidada… todo fue en vano. A las once de esta noche supe que me mentiste. Supe que te equivocaste.
Sentí frío por todas partes. Madara ladeó mi barbilla con su brazo, y noté que quería que viera el reloj encima de la repisa de la chimenea.
—Faltan dos minutos para la medianoche, Sakura, y no estoy muerto. Mi familia no va a recibir su dinero, y ahora que le he tomado el gusto a esos dulces corderitos, sé que no puedo parar. Es sólo cuestión de tiempo antes de que tus amigos del FBI se pongan al día conmigo, ¿no es así, Sakura?
Gruñó mi nombre y levantó mi brazo de un tirón. Hubo un fuerte chasquido, y grité cuando el dolor como un rayo irradió por mi hombro hasta las puntas de mis dedos. Madara presionó el brazo sobre mi boca para ahogar el grito.
— Shhhhhhhhh. Quédate quieta, Sakura, o te arrancaré el brazo.
Apreté los ojos y rechiné los dientes para no gritar de nuevo, pero era la cosa más difícil que tuve que hacer jamás. El dolor era insoportable. En el fondo de mi mente me pregunté dónde se hallaba el policía. ¿Cómo entró Madara en la casa sin ser visto? ¿Por qué nadie venía a salvarme?
—Sé lo que piensa —me dijo—. Piensas, ¿por qué Madara no se suicidó? Eso resolvería todos sus problemas, ¿no? Pero eso anularía el seguro de vida. Mi familia no obtendría nada. Y ahí está, Sakura, un minuto para la medianoche, y sigo vivo.
Sollozaba tanto que era difícil respirar. Pensé que me iba a desmayar, y recé por ello. Quería desmayarme y no oír o sentir ni una cosa más.
—Haremos un trato, Sakura. ¿Quieres escucharlo?
No respondí, porque no podía. Madara comenzó a hablar de nuevo de todos modos.
—El trato es que miraremos la hora juntos, y si el reloj marca la medianoche, y todavía estoy vivo, entonces puedo terminar lo que empecé contigo. Tienes la oportunidad de ser mi próximo corderito, pero voy a alargarlo tanto tiempo como pueda, porque las personas que mienten sobre cosas tan importantes, bueno, merecen sentir algo de dolor, ¿no crees?
Negué con la cabeza; el terror y la agonía física que sentía era abrumadora. Y entonces oí el suave chasquido mientras la manilla grande en el reloj de mi papá se deslizaba sobre la pequeña y comenzaba a sonar suavemente. Una campanilla… dos campanillas… tres campanillas…
Me di cuenta que Madara esperaba que las campanadas acabaran. Esperaría hasta exactamente la medianoche para comenzar la verdadera tortura, y me encontraba más allá de desesperada. Actué sin pensar. Una descarga de adrenalina me atravesó y recordé un movimiento de defensa personal que tomé en primer año. Poniendo mi mano entre la cuchilla y mi cuello, dejé que mis piernas cedieran, hundiéndome en los brazos de Madara. Se inclinó hacia adelante, y mientras lo hacía me di la vuelta, aliviando la presión en mi brazo pero recibiendo un corte profundo en la mano.
Ignorando el dolor me enfoqué en apuntar la rodilla en su entrepierna y le di una patada tan duro como pude. Con un fuerte gruñido me soltó y se dobló. Retrocedí, moviendo mi peso hacia el otro pie, y le volví a dar una patada justo cuando balanceó su puño en un arco para darme un puñetazo a un lado de la cabeza. Ambos nos tambaleamos. Vi estrellas por la fuerza del golpe de Madara y me tropecé, perdí el equilibrio y caí, golpeando mi cabeza contra la ventana. Hubo una segunda explosión de chispas brillantes detrás de mis ojos, y fragmentos de vidrio chocaron contra el suelo. Calor abrasador estalló en la parte trasera de mi cuero cabelludo. Me hundí hacia el suelo, derribando la lámpara junto a la silla de papá mientras caía.
Una vez en el suelo, no creí que pudiera moverme o incluso respirar. Me quedé allí, tratando desesperadamente de mantenerme consciente. Débilmente me di cuenta de que el reloj terminó las campanadas y al otro lado del cuarto Madara maldecía y escupía con rabia. Tropezó con una silla y cayó contra la pared opuesta. Levantó la mano izquierda, y vi el mango de la cuchilla sobresaliendo de su palma.
Luché por tomar una respiración profunda, y mientras lo hacía, algunas de las estrellas se juntaron para atenuar mi visión. Tomé otra respiración temblorosa y me obligué a moverme, pero ninguna de mis extremidades cooperó. Mi brazo bueno se sacudía junto a mí, y mis piernas sólo se doblaban por las rodillas. No me quedaba ninguna fuerza para luchar, y luego las estrellas empezaron a parpadear de nuevo y una ola de vértigo me invadió.
—¡Pequeña perra! —gritó Madara, agarrando su muñeca y meciéndose con dolor.
Tomé una tercera respiración profunda y traté en vano de volver a levantarme, moviendo las piernas débilmente. El mundo se desvanecía dentro y fuera de la oscuridad, y luché muy duro por enfocar mis ojos. En una neblina, vi a Madara ponerse de cuclillas, mostrándome los dientes, y luego tiró con fuerza del mango de la cuchilla. Con un fuerte gruñido la liberó de su mano y luego se dirigió hacia mí.
—¡Vas a pagar por eso!
Abrí la boca para gritar, pero sólo salió un susurro ronco, y luego hubo un fuerte BOOM en la cocina, como la puerta siendo pateada, y de la luz allí vi una figura emergiendo. Parpadeé de nuevo mientras Madara se giraba hacia la figura, levantando la cuchilla. Entrecerré los ojos para ver a través de la niebla y la bruma de mi visión nublada, y de repente, vi a mi papá en la puerta, con su liso pelo negro y brillantes ojos azules. Me sonrió, luciendo orgulloso. Luego levantó el brazo para saludar.
—¿Papá? —dije con voz ronca, bebiendo la vista de él—. ¡Papi! — Y entonces la cosa más increíble sucedió. Su mano hizo un sonido de explosión. Luego otro. Luego dos veces más. Delante de mí, Madara Kane cayó como una piedra, y una mancha roja comenzó a extenderse por la alfombra como una corriente de color burdeos.
Cerré los ojos y luché contra otra ola de mareo, y cuando volví a abrirlos vi que papá se había ido, y en su lugar se encontraba el agente Uchiha, sosteniendo una pistola humeante. Enfundó el arma, sacó su teléfono y comenzó a hablar tan rápidamente que no pude entender ninguna palabra. Mientras hablaba se trasladó hacia Madara, pateando la cuchilla lejos de su mano antes de inclinarse para comprobar el pulso. Se volvió a levantar, colgó el teléfono y se apresuró hacia mí, agachándose para tratar de levantarme, pero grité cuando tocó mi brazo. Retrocedió y me miró.
—Tu brazo se encuentra dislocado, Sakura —dijo suavemente. El dolor en mi hombro comenzó a pulsar de nuevo, y gemí.
—Puedo acomodarlo —dijo—. Te dolerá como el infierno por un segundo, pero te sentirás mucho mejor después de que esté hecho. — Asentí. Si detenía la horrible pulsación, haría cualquier cosa.
Uchiha me sentó con cautela, levantó mi brazo por encima de mi cabeza, y se puso de pie. Traté con todas mis fuerzas de no ceder ante un sollozo que sólo causaría más dolor, y mientras me concentraba en eso, Uchiha tiró mi brazo con fuerza, hubo un fuerte chasquido y grité.
Una vez que el dolor agonizante se desvaneció, mi hombro se sentía adolorido, pero era soportable. Entonces me di cuenta que Uchiha me hablaba.
—¿Sakura? — dijo mientras apartaba el cabello de mi cara—. Mírame, cariño. ¿Puedes oírme?
—Sí —grazné.
—¿Te encuentras bien?
Asentí débilmente, pero luego una ola de emoción me inundó y ese sollozo que luché tan duro por mantener dentro se escapó, y fue seguido por muchos más. Uchiha me levantó en sus brazos y me llevó al sofá, donde me sostuvo protectoramente contra su pecho.
—Pobre chica —dijo—. La ambulancia debería estar aquí en un minuto, cariño. —En la distancia, escuché el sonido de las sirenas acercándose.
Me apoyé en su pecho y cerré los ojos, agradecida de estar viva.
—Oye —dijo Uchiha después de unos segundos—. ¿Sabías que tu reloj sigue diez minutos adelantados?
