Día 2: Idioma del amor
Shinobu dio un sorbo a su café mientras que disfrutaba del calor del líquido en su garganta, tomó un trozo del croissant sintiendo la explosión del chocolate de su interior mientras invadía sus papilas gustativas, llevó las yemas de sus dedos a sus mejillas esbozando una leve sonrisa.
Revisó la hora en su celular y observó con cierto desgane el edificio de oficinas que estaba frente a ella, suspiró y se levantó dándose cuenta que apenas le daría tiempo de volver si se iba en ese momento.
Caminó apresuradamente mientras para sus adentros refunfuñaba sobre el tiempo asignado para comer, en relación a lo que tenía que recorrer para llegar a ese parque, su sitio preferido donde podía comer en paz.
Alguien se cruzó en ese momento a su lado, terminó llamando su atención al toser en un par de ocasiones mientras sujetaba el tirante del estuche que descansaba sobre su brazo derecho, era un hombre alto y de cabello negro que pareció mirarla por encima de su hombro y sentarse en el lugar que ella siempre solía escoger, por un momento sus miradas se cruzaron, lo que terminó provocando que ella se girara rapidamente y acelerara su paso.
Shinobu ingresó a su edificio y entró al ascensor, meneando la cabeza con cierta molestia, pensando en la apariencia desaliñada y la actitud perezosa de aquel joven que había visto sentandose justamente en el mismo sitio que ella lo hacía, con la intención de hacer no se que.
Presionó con fuerza los botones del ascensor irritada varias ocasiones, lo que provocó que confundiera al mecanismo y por los quince minutos siguientes no la dejara salir.
Al día siguiente acudió con su café en mano y un emparedado en la otra, dispuesta a tomar la banca frente la fuente rodeada por los arbustos de rosas como cada día lo había hecho encontrado para su frustración aquellos ojos cancinos y de un azul ultramarino observandola con cierta indiferencia.
— Este es mi lugar— indicó con un tono ahogado fingiendo una sonrisa gentil.
Este la observó por un instante, tomó su estuche y lo sostuvo en sus piernas, permitiéndo cederle ese espacio sin decir una palabra. Shinobu bufó y se sentó en la banca a regañadientes.
Aquel joven tomó el estuche abriéndolo y sacando un viejo violín que comenzó a afinar con paciencia. Shinobu dio un trago a su café sintiendo que el líquido se le quedaba en la garganta por la molestia que experimentaba, arrancó un trozo de emparedado casi tragandolo sin masticar esperando el instante en que aquel vago se fuera de su lugar y la dejara comer paz.
El muchacho inhaló y colocó el arco en el instrumento en sus manos, Kochou se encontraba a un instante de levantarse y estallar sobre él, desbocar cada frustración desde los problemas con el casero desobligado que le rentaba su departamento, la prepotencia de su jefe, la negación de un préstamo por parte del banco, que le impidió comprar un auto y traer con ella a vivir a su hermana mayor. Por qué acudir a ese lugar para Kochou se había transformado en algo que se permitía disfrutar sin repercusiones, con una expendida simpleza, era su capricho que le permitía desaparecer el mundo alrededor y sus preocupaciones y ahora por él, ya no lo tenía.
Entonces, comenzó a tocar, el sonido agudo de las cuerdas le impactó de frente como un torrente, deslizándose por cada célula de su cuerpo y adentrándose lentamente, mientras aquella melodía casi mágica tan llena de paz le llegaba al corazón igual que una suave caricia, acurrucandolo y susurrandole tranquilidad.
Permaneció así inmovil, lo que le pareció una eternidad, el músico tan abruptamente como comenzó se detuvo, guardó el instrumento en el estuche y partió de allí.
Shinobu permaneció allí todavía unos instantes, con el corazón acelerado y su respiración agitada, como si más que hubiera escuchado una canción hubiera sido besada.
Por varios días, en silencio compatieron esta peculiar rutina, en aquella banca que había sido sólo suya, pero embelesada por la melodía no había dudado en compartir. Sin palabras comenzaron a esperarse, a buscarse, a necesitarse. Ella soñaba con verle allí y ser encantada por sus notas, él por admirarla en silencio, por aquellas pupilas de luz de luna diciéndole tanto y murmurando aún más.
En uno de aquellos días, Kochou ya esperaba en aquella banca unos minuto antes de su arribo, el muchacho la observó con cierta sorpresa y como el día anterior hizo lo propio, la nueva canción sugería más energía, vivacidad y atrevimiento, era igual a ser tomada de su cintura y atraída hacia su cuerpo, era como ser atrapada entre sus labios, aquellos que hasta ahora no había observado le parecían atractivos, aquella melodía era como observar sus ojos y una noche con un azul así de intenso, declararse amor.
Sin entender del todo sus reacciones, Kochou intentó disimular calma, buscando no flaquear extendió su mano hacia él otorgándole otro emparedado que llevaba para él. Este la observó con cierta extrañeza pues callado pero perspicaz había entendido que había cambiado su trato hacia él.
— Gracias.— dijo mientras lo tomaba dejando su instrumento de lado.
— No hay de qué— respondió la chica mientras le sonreía de manera genuina.
El joven dio una mordida al emparedado y masticó mirando la frente como abstraído por sus propias ideas.
— Me llamo Shinobu Kochou.
— Giyuu Tomioka— declaró dando otro mordisco.
— Me gusta mucho como tocas— indicó Shinobu sintiendo como su rostro se calentaba.
La mirada de Giyuu se clavó en ella, especialmente en las mejillas que enrojecían, lo que hizo que perdurara más el efecto.
— Mi maestro decía que en mis manos fluía como agua— indicó aunque de alguna forma sonará presuntuoso con un tono desinterés.
— Creo que tiene razón—indicó la chica acortando su distancia
Giyuu esbozó una leve sonrisa mientras guardaba el violín en su estuche, se levantó para retirarse cuando ella le sostuvo con sus apenas dos de sus dedos la manga de su chaqueta.
— ¿Me preguntaba si tu quisieras salir hoy Tomioka-san?.
Giyuu se giró hacia ella para verla de frente, pensó en todas aquellas ocasiones en las que al pasar la observó desayunar en aquella bancan, buscó armarse de valor hasta que se acercó a ella, felizmente se percató aquello que hacía le gustaba y con apenas cruzar palabras, habían desarrollado cierta complicidad.
Sin dudarlo afirmó con la cabeza y cedió su celular para intercambiar números, mientras se alejaba en su rostro generalmente inexpresivo se dibujó una gran sonrisa.
Alguna vez le hablaría que aquellas canciones que tanto le habían encantado, las había escrito pensandola. Su maestro tenía razón, alguna vez le había dicho: la música es el lenguaje del amor.