Strauss suspiró profundamente y apagó la radio. Desde que la encendió al montar en el coche, solamente habían puesto canciones románticas, una detrás de otra. Y estaba harta.
Frenó suavemente en un semáforo, y miró por la ventana, mientras golpeaba rítmicamente los dedos en el volante. Los escaparates de los comercios estaban decorados con grandes corazones y motivos románticos, y las parejas enamoradas se besaban por las calles sin ningún tipo de pudor. Era 14 de Febrero, el día en el que los enamorados proclamaban su amor a los cuatro vientos.
Un nudo se le formó en el estómago. Ella llevaba demasiado tiempo sola, sin nadie que se preocupara por cómo estaba, que le regalara flores o que con un pequeño gesto le demostrara que era importante. Normalmente lo llevaba bien (o eso se decía a si misma), pero era en días como aquel en que su soledad se le hacía más cuesta arriba.
Y tampoco sería tan malo si no fuera por el hombre moreno, alto y con el ceño siempre fruncido que la desesperaba cada día por sus acciones, y que sin darse cuenta, le había robado el sueño (y el corazón). Todavía no sabía en qué momento sus sentimientos habían cambiado, pero de lo que sí estaba segura, es que nunca, nadie, y mucho menos él, sabría cómo se sentía.
El sonido del claxon del coche detrás del suyo la sacó de sus pensamientos, y se fijó en que el semáforo ya estaba en verde. Arrancó nuevamente y se disculpó con el conductor a través del retrovisor. Esperaba que el día no se le hiciera tan largo como parecía que iba a ser.
Hotch salió de su despacho y se apoyó en la barandilla de la escalera, observando el bullpen. García había conseguido que le dejaran, siempre dentro de un límite, decorar con corazones y cupidos de papel. Ahora, estaba repartiendo galletas y cupcakes entre todos los agentes hechas por ella misma. Hotch sonrió para sí mismo cuando se dio cuenta del atuendo de la rubia. Llevaba un vestido negro, por las rodillas, con un gran corazón rojo en el centro. Tacones y gafas rojas, y una diadema también con pequeños corazones. Penélope García era única para mimetizarse con la fecha especial y el entorno.
Al fondo, junto a la mesa del agente Anderson, vio a Strauss hablando con este. No pudo evitar mirarla fijamente. Llevaba un elegante traje azul oscuro, pantalón y chaqueta, tacones del mismo color y una bonita blusa gris perla. Un colgante y unos pendientes a juego. El pelo, que se había dejado crecer desde hacía unos meses, lo tenía por debajo de los hombros y lo llevaba suelto.
No sabía cuando había comenzado, pero le gustaba observarla. Sabía que cuando estaba concentrada fruncía los labios, que se mordía el labio y se metía un mechón de pelo detrás de la oreja cuando estaba nerviosa o que cerraba los ojos unos segundos cuando estaba enfadada antes de hablar. Y no tenía nada que ver su trabajo de perfilador.
Había descubierto que le gustaba hacerlo. Se quedaba mirando desde la puerta de su oficina, o en la distancia cuando la veía en el bullpen. Y lo que le sorprendió, es que había notado cómo su corazón latía más rápido cuando la veía. Porque aunque nunca pasara nada entre ellos (algo impensable dada su anterior relación), él se conformaba con vivirlo en su imaginación.
García se acercó a ellos con la bandeja de dulces, y Hotch notó cómo Anderson se ponía tenso durante un segundo. Estaba esperando la reacción de su jefa. Strauss cogió una galleta y le sonrió a la rubia, aunque no la mordió. Anderson cogió un cupcake y García se alejó feliz.
Cómo si se sintiera observada, Strauss levantó la cabeza, y sus miradas se cruzaron durante un instante. Luego volvió su atención al joven agente y a los papeles. Pero aún a la distancia que se encontraban, Hotch pudo ver cómo su jefa se sonrojaba, lo que le hizo hacerse mil preguntas.
Cuando terminaron de hablar y Strauss salió del bullpen, Anderson aprovechó para darle un buen mordisco a su dulce, y Hotch volver a su oficina.
Una de las cosas de las que más le gustaba presumir a Rossi, era de que solía darse cuenta de las cosas que los demás intentaban ocultar. Era algo que había desarrollado con los años, y que por supuesto, también tenía que ver con su trabajo. Por eso, desde su posición junto a la cafetera, vio cómo Hotch miraba con curiosidad a Strauss, que estaba a escasos metros de él hablando con Anderson.
Pudo ver cómo el agente la miraba fijamente, y sonreía imperceptiblemente cuando García se acercó a ellos. Unos minutos después, cuando la mirada de los dos se cruzó, notó cómo la mujer se sonrojaba, y la expresión de Hotch cambiaba.
Su intuición le decía que ahí había algo. Algo que los dos intentaban ocultar. Podía preguntarle a Hotch si era cierto lo que había visto, si sentía algo por su jefa, pero conociéndolo, sabía que no le contaría nada. Así que aprovechando el día que era, se le ocurrió algo. Organizaría una cena con el equipo y sus parejas, Hotch y Strauss, y vería si conseguía que ambos confesaran sus sentimientos. Pero iba a necesitar algo de ayuda. Iba a jugar a ser Cupido, el día de San Valentín. Ese pensamiento lo hizo sonreír, mientras sacaba el teléfono y marcaba el número de García.
Llevaba diez minutos frente a la ventana, mirando absorta cómo los cadetes entrenaban duro bajo el sol de Febrero. Había conseguido mantener su mente en blanco, algo que pocas veces lograba.
-Espero que no estés pensando en saltar -una voz a su espalda la sobresaltó.
-¿No sabes llamar antes de entrar, Rossi? -preguntó dándose la vuelta. Decidió quedarse dónde estaba. El sol le calentaba la espalda y le daba paz.
-Podría, pero no sería tan divertido ver cómo casi te mato del susto.
-¿Qué quieres, Rossi? -se cruzó de brazos, irritada.
-Mujer, ¡qué hostilidad! Y yo que venía a ofrecerte algo que no podrás rechazar -respondió mientras se sentaba en una silla y cruzaba una pierna sobre la otra.
-¿Y eso sería…?
-Pues esta noche organizo una pequeña cena en casa, así en plan familiar, el equipo, sus parejas y eso, y quiero que vengas tú también.
-¿Y tiene que ser precisamente hoy? -soltó ella, dándose la vuelta de nuevo hacia la ventana.
-Sí, tiene que ser precisamente hoy. ¡Ni que nunca hubieras cenado con el equipo! Además, a Krystall le encantará verte -tanteó Rossi.
Strauss siguió mirando por la ventana, de brazos cruzados. Lo que menos le apetecía era pasar la noche de San Valentín con el equipo, principalmente, porque todos tenían pareja. Tal vez Hotch también iría a la cena, entonces ya no estaría sola…aunque le aterraba pasar tiempo tan cerca de él fuera del trabajo.
-Y Hotch también estará. Y también irá solo, si eso es lo que te preocupa. No serás la única sin pareja -dijo Rossi con despreocupación.
Ella lo pensó un poco más, y al cabo de unos minutos, se dio la vuelta. Lo miró seria y finalmente asintió.
-Esa es mi chica. Ya verás, lo pasaremos bien -se levantó de un salto y se dirigió a la puerta.
-Si tú lo dices…
-Un poco más de entusiasmo, Erin -Rossi rio y ella puso los ojos en blanco-. Te esperamos a las ocho. Ah, por cierto, ponte guapa -le guiñó un ojo y se acercó a la puerta.
Ella asintió, sonrió tristemente y se sentó a trabajar.
Sabía que todavía estaba a tiempo de irse. Faltaban cinco minutos para las ocho, y seguía en el coche. Se daba cuenta que no quería ir, que prefería estar sola regodeándose en su soledad. Pero si no aparecía, tendría que aguantar las burlas de Rossi hasta final de año, y tampoco estaba dispuesta a eso. Así que se miró por última vez en el espejo, y salió del coche.
Se mordió el labio nerviosa mientras esperaba que abrieran la puerta. Cuando estaba a punto de darse la vuelta y volver al coche, Krystall la saludó con una sonrisa. Se obligó a devolvérsela.
-¡Erin! Bienvenida, me alegro que hayas podido venir.
-Gracias.
Krystall la guio al salón, donde ya estaban casi todos. Enseguida Rossi le pasó una copa de vino sin alcohol, posó una mano en su espalda para dirigirla hacia el centro de la estancia. Todos la saludaron y siguieron con sus conversaciones.
Unos minutos después, Krystall volvió a entrar, esta vez acompañada de Hotch. Cuando cruzó su mirada con él, no pudo evitar sonrojarse, cómo le pasaba últimamente cada vez que se miraban. Y eso no era nada bueno para su secreto. Hotch se acercó a ella con una cerveza en la mano.
-Vaya, estás muy guapa -le dijo sonriendo. Llevaba un vestido negro, sin mangas y de largo por las rodillas. Con cuello redondo y un cinturón fino de terciopelo. Se había recogido el pelo, pero llevaba mechones sueltos.
-Gracias. Tú tampoco estás nada mal -respondió mientras tomaba un sorbo de su bebida. Hotch llevaba una camisa lila, con pantalón oscuro, pero sin chaqueta ni corbata.
-Me alegro que hayas venido. No pensé que fueras a hacerlo -bromeó él.
-Es bueno saber que tienes tanta confianza en mí -respondió en tono irónico-. Confieso que estuve a punto de no hacerlo, pero ya ves, al final estoy aquí.
-He de reconocer que yo también pensé lo de venir…no me apetecía mucho. Pero bueno, también estoy aquí -sonrió de medio lado mientras bebía de su cerveza.
-¿Y qué te hizo cambiar de idea?
-Tú -respondió simplemente Hotch.
-¿Yo? -preguntó desconcertada.
-Pensé que estarías aquí sola, rodeada de parejas la noche de San Valentín, y no sería el mejor plan.
-¿Y si al final no hubiera venido? -Erin sonrió, levantando una ceja con diversión.
-Pues entonces sería yo el que estaría aquí solo rodeado de una dosis empalagosa de azúcar.
Erin soltó una carcajada, que contagió a Hotch. Luego, siguieron hablando un rato más hasta que Rossi y Krystall les informaron que la cena estaba lista.
Cuando llegaron al comedor, se fijaron en que frente a cada plato, estaba un papelito con cada nombre. Cada pareja tenía un papel con un color y una forma diferente: un corazón, un Cupido y unos labios.
-Aww, ¡pero qué monada! -dijo JJ cogiendo el suyo y el de Will, en forma de Cupido.
-Ha sido cosa de Penélope, y a mí me ha encantado la idea cuando lo ha planteado -contó Krystall empezando a servir la comida.
Cuando Hotch y Strauss se sentaron en sus asientos, se dieron cuenta que sus papelitos eran iguales, en forma de labios y de un color rojo intenso. Ninguno dijo nada, pero cruzaron una mirada y una sonrisa tímida.
La cena transcurrió con normalidad, con conversaciones aquí y allá. Erin prefirió escuchar e intervenir poco. Y estar sentada junto a Aaron, con sus piernas tocándose casi a cada instante, la desconcentraba. Estaba tan absorta en su mente que prácticamente saltó cuando él le cogió suavemente de la muñeca para llamar su atención.
-Lo siento. Estaba pensando en mis cosas -se disculpó avergonzada.
-Ya lo he visto -dijo divertido-. Te decía que si querías tarta, que al parecer la ha hecho Rossi.
-Si, claro, gracias.
Estar sentados al final de la mesa les permitía hablar en un tono más bajo, y que sólo se escucharan entre sí.
Después de la cena, sirvieron unas copas, y Rossi decidió convertir la "cena de amigos" en una fiesta. Se le ocurrió poner música, y que todos se pusieran a bailar. Las chicas, Penélope en concreto (lo cual llamó poderosamente la atención de Hotch), estuvieron encantadas con la idea. El resto las siguió.
De pronto, todos estaban bailando y sólo Hotch y Strauss estaban sentados juntos en el sofá. La incomodidad crecía por momentos entre ambos.
-¿Quieres bailar? -preguntó él mirándola de reojo-. Sólo por hacer algo y...
-Sí, por favor -respondió levantándose. Hotch soltó una risita.
Se colocaron en una esquina del salón, un poco alejados del resto, pero sintiendo la mirada de los demás sobre ellos. Aunque al principio estaba tensa, poco a poco Erin se relajó en los brazos de Aaron. Estaba cada vez más a gusto con él, pero también se sentía más nerviosa por momentos. Y que no dejara de acariciarle lentamente la espalda, no la estaba ayudando nada. Después de bailar unas cuántas canciones, se disculpó con él y salió del salón.
Se paseó nerviosa por el recibidor, y al final se sentó en la escalera. No dejaba de morderse el labio. Unos minutos después, Hotch se sentó a su lado.
-¿Estás bien, Erin?
-Sí, pero si paso un minuto más ahí dentro me da un coma diabético -dijo refiriéndose a las seis parejas que mientras bailaban, no dejaban de darse arrumacos. Hotch soltó una carcajada.
Ella sonrió y bajó la mirada al suelo, cerrando un momento los ojos. Le gustaba tanto cómo sonaba su risa, y su sonrisa, y ese olor tan suyo, mezcla de champú, perfume y loción de afeitar…Debía irse a casa, era peligroso estar tan cerca de él y controlarse.
-¿Seguro que estás bien? -quiso saber Aaron, mientras le cogía la mano, obligándola a mirarlo.
-Me gustaría tanto besarte ahora mismo -susurró.
-¿Entonces por qué no lo haces? -contestó él sonriendo.
-Ay Dios, no me digas que he dicho eso en voz alta -respondió sonrojándose y desviando la mirada.
-Erin -le apartó un mechón de la cara y le acarició la mejilla-. Está claro que los dos nos sentimos igual, así que vamos a dejar de dar vueltas ya ¿de acuerdo?
Asintió despacio, y girando un poco su cuerpo para quedar frente a él, se inclinó, cerrando los ojos. Aaron hizo lo mismo, encontrándose a mitad de camino. Se fundieron en un tierno beso.
Desde la puerta del salón, Rossi y García asomaban sus cabezas, curiosos. Sonrieron ampliamente con el primer beso de la pareja. Lo habían logrado, podían presumir que habían sido partícipes de la unión de la pareja. Cupido y su ayudante, como los autodenominó García mientras volvían dentro.
Fin
