Perdón por tanto tiempo, perdón por no haber actualizado antes, perdón si encontráis alguna errata. Solo quiero subirlo, ¡ya!
Por ahí hay frases de Paramore y Neruda.
We are broken.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Tia recordaría aquellas interminables horas como uno de los momentos de mayor incertidumbre de su vida. Y para una persona que había tenido que superar tantos obstáculos como ella, era mucho decir.
Por eso, y porque sabía que tenía que ser fuerte, hizo una pelota con todo su miedo y lo encerró bajo llave donde no pudiera molestarla. Porque ya había fallado una vez a D'Jok. Y no podía permitirse perderlo del todo.
Su voz fue increíblemente firme cuando en la cocina aseguró con total convicción "Tenemos que encontrarle". Aarch la miró y vio una determinación férrea que no lograba ocultar del todo un asomo de desesperación. Estaba agotada, estaba ojerosa, y en algún lugar de su interior el pánico la devoraba a dentelladas, y sin embargo trataba por todos los medios de mantener la calma, como cuando estaba plantada frente a la Esfera y sólo podía respirar hondo y seguir adelante.
Eso era lo que mejor sabía hacer en la vida.
El míster se apresuró a repartir órdenes, recordando tal vez que esa era su tarea. Mandó a Thran y Ahito a despertar al resto y una vez que estaban todos reunidos frente a él con cara de preocupación, les puso al corriente de lo que debían hacer.
Tras quince minutos y una llamada para poner sobre aviso a Maya, él mismo se encontraba en Comisaría junto con Artegor y Clamp, Micro-ice y Tristan se repartían con Ane y Mark para recorrer la playa de punta a punta, Thran y Ahito indagaban por las calles del centro, Dame Simbai iba al hospital y Tia llegaba al astropuerto.
-Perdone.- la chica se quitó las gafas de sol y descubrió su rostro a una de las mujeres que atendían en los mostradores de Información. Ella, una humana varios años mayor que ella con una larga cabellera color caoba, la reconoció de inmediato.
-¡Tia!- exclamó con expresión de entusiasmo.
La rubia le pidió que bajara el tono de voz con un gesto de la mano, con miedo de que atrajera a los curiosos.
-Necesito su ayuda.-explicó entre susurros. - Me gustaría saber si un amigo mío ha tomado alguna nave en las últimas horas.
La mujer se mordió el labio antes de contestar con gesto de disculpa:
-Lo siento, pero no estoy autorizada a revelar esa información.
-Por favor.- pidió Tia, suplicante, y se inclinó más hacia delante. – Podría ser un asunto de vida o muerte.
-¿Ha contactado con la policía?
Tia asintió sin vacilar.
-En este momento alguien se encuentra ya en Comisaría para denunciar la desaparición, pero quería cerciorarme. No podemos perder ni un solo insante.- miró a la joven a los ojos sin vacilar. – Se lo ruego.
La mujer suspiró. Giró la cabeza a un lado y a otro. A unos pocos metros de ella sus compañeras atendían a otros clientes sin inmutarse.
-¿A qué hora le vieron por última vez?
Tia meditó un instante.
-A eso de las once de la noche.
Ella asintió y tecleó un código en su pantalla. Durante unos minutos eternos, enfocó toda su atención en el ordenador que tenía delante, y Tia sólo pudo quedarse allí plantada mirando. Finalmente la otra habló.
-Voy a proporcionarle una lista de las naves que salieron desde las once hasta esta misma mañana.- tan pronto como lo decía, una hoja de papel asomó por la impresora que había junto al monitor. La mujer tiró de ella y la colocó sobre el mostrador de modo que Tia pudiera verla.
-Han partido en total catorce naves.- le explicó. – Tres a Génesis, una a Akillian, dos a Shiloh, dos a Emerald, una a Shadow, una a Puerto Estrella, otra a Tuboq y tres a Lyra. ¿Dónde cree que puede estar?
-Es posible que haya ido a Akillian, Génesis o Shiloh.- respondió Tia.
-Aquí le apuntaré la puerta de embarque de cada nave. Dirígase a los mostradores correspondientes y pregunte allí. Si no pueden ayudarla, que le indiquen dónde está Seguridad. No puedo hacer nada más por usted.
-Me ha sido de infinita ayuda.- la rubia tomó el papel antes de echar a correr. - ¡Gracias!
Comenzó por dirigirse a los lugares más probables a los que él se habría dirigido. Preguntó en los mostradores número 17, 2 y 8, con salidas a Akillian, Génesis y Shiloh respectivamente, pero en ninguno de ellos habían registrado la entrada de ningún pasajero bajo la identidad de D'Jok. Ella insistió en que tal vez podrían no haberle pedido documentación, pero los encargados de cada mostrador le aseguraron que eso era absolutamente imposible.
Intentó no dejarse llevar por la desesperación mientras se sentaba en una de las largas hileras de sillas. A su alrededor no dejaba de pasar gente en una dirección y otra, en su mayoría viajeros que acababan de llegar para presenciar el Torneo y una minoría que partía de regreso a sus planetas. Apenas había viajeros en las naves que salían desde Paradisia. Ningún humano pelirrojo y alto entre ellos. Ninguna estrella del fútbol.
Centró toda su atención en la hoja que le había extendido la mujer y se paró a reflexionar. Lyra era una Estación Espacial muy importante en la galaxia, al estilo de Génesis, donde se encontraba la sede de muchos órganos gubernamentales; uno de los puntos más poblados de Zaelion. La señaló en primer lugar. Emerald era un planeta que se centraba sobre todo en explotar el comercio de las joyas y los artículos de lujo, uno de los destinos preferidos de las clases más altas para fijar sus residencias. Aunque le costaba imaginar a D'Jok allí, era mucho más plausible que Puerto Estrella, una base militar que albergaba la Flota Intergalática y un arsenal de Technoid. Tuboq, por su parte, era un satélite que se encontraba en la Región Gamma, la misma a la que pertenecía Akillian, así que podría haberse dirigido allí antes de tomar un transbordador hacia casa. Y Shadow… No le entraba en la cabeza ni un solo motivo por el que D'Jok quisiera ir a Shadow. Pero tampoco pensaba que llegara a desaparecer algún día. Así que tenía que intentarlo.
Empezó dirigiéndose a las puertas número 3, 5 y 1, correspondientes a Lyra, Emerald y Puerto Estrella. En las tres sacudían la cabeza al preguntar. En ninguna habían registrado la entrada de su amigo. La poca esperanza que había en su interior fue consumiéndose a cada negativa que encontraba. Lo mismo ocurrió cuando preguntó en el mostrador 19, el de Tuboq. Ningún chico humano de diecinueve años. Para cuando el trabajador de Shadow le indicó que D'Jok no había tomado aquella nave, los ojos de Tia amenazaron con inundarse de lágrimas.
Musitó un "gracias" y caminó hacia la salida del edificio. Una vez fuera, trató de recuperar la serenidad y respiró hondo. No todo estaba perdido.
Pero, ¿dónde estaba D'Jok?
Una vez más le asaltó la convicción de que todo era su culpa. Ella le había abandonado sin motivo y le había destrozado en un momento en el que el chico la necesitaba más que nunca. D'Jok era, ante todo, su amigo; más que eso, su mejor amigo. Ahora se daba cuenta.
Le necesitaba.
Eso era lo que más le asustaba. Esa era una de las razones por las que había decidido de la noche a la mañana que no podía seguir así con él. Porque no estaba preparada para sentir eso de nuevo y que, de golpe, él diera un portazo a su historia y desapareciera de su vida. Justo como acababa de ocurrir.
La diferencia es que D'Jok siempre había estado ahí para ella, incluso cuando no lo merecía. Le había ofrecido su ayuda, su hombro, su vida, porque eso era lo que D'Jok hacía siempre por los suyos. Les entregaba todo sin pedir nada a cambio. Y Tia no había sido capaz de apoyarle en el único momento de su vida en el que había sido él el destrozado. Se sentía francamente despreciable.
Se dejó caer en uno de los bancos a la salida, bajo la sombra de un inmenso árbol. Se camufló tras unos densos arbustos para que nadie pudiera reconocerla.
Estaba muerta de miedo. Tenía miedo de llegar a casa y que él no estuviera y que nadie supiera dónde hallarle. No podía perderle. No a él.
O quizás ya lo había hecho.
Tembló ligeramente a pesar de que un sol ardiente quemaba la ciudad. Se llevó las manos a la boca, recordando a D'Jok y sus besos, su fuego, sus manos grandes, su mirada que la atravesaba y su confianza ciega y completa en ella. El auténtico fervor con que parecía observarla a veces casi como si fuera a absorberla por sus pupilas. Su amigo, su compañero, su hermano. Su roca y su fortaleza. El que siempre estuvo.
Tomó aire y abrió los ojos. Tenía que encontrarle. No iba a quedarse de brazos cruzados, no iba a ser una niña débil y temblorosa. Iba a ser fuerte. Por él. Por el equipo.
Dispuesta a no perder ni un instante más, se incorporó. Ya sabía con quién tenía que hablar.
[Estoy fuera, y he estado esperando al sol.
Con mis grandes ojos he visto mundos a los que no pertenezco.
Mi boca está seca con palabras que no puedo verbalizar.
Dime por qué vivimos de esta manera.]
La serena melodía de un violín zumbaba en el aire mientras el embajador de Luna Obia ojeaba el periódico, plácidamente sentado en el jardín. Era una de esas inusuales mañanas en las que el trabajo le daba un respiro. Acababa de llegar de una cumbre en el árido planeta Hamsa y no había nada que deseara más que degustar una copa de brandy a la sombra del viejo chopo y ser simplemente William. Su apretada agenda apenas le dejaba tiempo para pensar en el hogar, pero era en esos momentos en los que echaba de menos tener a su hija alrededor, entretenida en filmar con su cámara, dar patadas al balón o simplemente sentarse con él a compartir horas de charla sin parar y ver un reflejo de sí mismos en el otro: la misma fuerza, la misma ambición, la misma madurez.
Fue en ese momento cuando la voz de su secretario perturbó aquel aura de calma. Casi como si le hubiera leído el pensamiento, Tia hacía acto de presencia en su vida.
-Señor embajador, su hija pregunta por usted.
William alzó las cejas.
-¿Tia? Vaya.- depositó el periódico sobre la mesa. – Haz el favor de traerme el holófono, pues.
Sabía que debía tratarse de algo importante. Algo en su instinto de padre se lo decía. No era usual que Tia llamara de improviso y menos a esas horas, cuando en teoría debería estar entrenando. Tomó el holófono que su ayudante le tendió y pulsó para que apareciera el holograma de la chica.
-Hola, cielo.- sonrió el hombro. – Veo que el sol de Paradisia te está sentando bien.
-Hola, papá.- ella le devolvió la sonrisa, un gesto cordial que no ocultaba que algo importante le rondaba la cabeza. – Ya sabes que a mí siempre se me ha pegado más bien la sombra. ¿Qué tal estáis mamá y tú?
-Algo cansados del viaje a Hamsa por el tema de la construcción de la presa de Alif. Tanto oír el cacareo de políticos infames con sus hipocresías y sus devanencias levanta dolor de cabeza a cualquiera.- el hombre suspiró.
-Vi algo en las noticias, aunque los entrenamientos apenan me dejan tiempo últimamente. Parece que la decisión de realizar el trasvase ha levantado ampollas. Imagino que votaste en contra.
-Por supuesto, pero no creo que sea suficiente como parar los pies al corrupto gobierno hamsaní, que se está embolsando cantidades exorbitantes gracias al pacto con la compañía hídrica.- William hizo un gesto con la mano. – De todos modos, no creo que hayas llamado para que tu querido padre te aburra con verborrea política, ¿cierto?
-Tienes razón.- Tia se mordió el labio. – De hecho, tenía que pediros algo.
-Haré lo que esté en mi mano, y también tu madre, ya lo sabes.- el embajador se colocó la americana con elegancia.
-Bien, porque no es nada sencillo.- ella tomó aire. – En primer lugar, necesito que extendáis una circular a todos los astropuertos de Zaelion. Si un pasajero bajo el nombre o aspecto de D'Jok es interceptado, debe sernos comunicado inmediatamente.
-¿D'Jok?- el hombre frunció el ceño. - ¿Tu amigo D'Jok?
Tia asintió. Trató de que no le temblaran los labios al decir:
-Sí. Ha desaparecido.
-No es posible.- William no daba crédito a sus oídos. - ¿Cuándo?
-Anoche. No le hemos visto desde entonces, y te aseguro que no es normal en él. Hemos recorrido toda Paradisia en su búsqueda, pero sigue sin dar señales de vida, papá.- su tono de voz dejó traslucir la angustia que amenazaba con apoderarse de ella. – Tenemos que encontrarle.
-Haré lo que pueda, hija.- prometió. La noticia le había impactado. – ¿Necesitas algo más?
La chica asintió. Su rostro se volvió serio de nuevo. No era algo sencillo de pedir y mucho menos de conseguir. Pero tenía que hacerlo.
-Necesito información sobre los sistemas de vigilancia de Génesis. Voy a demostrar la inocencia de Sonny Blackbones.
[Mantenme dentro a salvo.
Tus brazos son como torres.
Torres sobre mí.]
Ane se deslizó poco a poco contra la pared de cristal hasta dejarse caer en el suelo. Miró al resto sin verles y oyó sus voces sin escucharles. Aarch, Tristan, Artegor, Mark y Ahito estaban sentados en torno a la cocina, hechos de suspiros, frustración y desesperanza. Ella sólo entornó los ojos y miró las motas de polvo flotando entre los rayos de sol de mediodía que le calentaban la espalda. Miró la curva que dibujaban sus piernas desnudas, ligeramente flexionadas, perdida en un trance. Los pasos de Thran caminando hacia ella le llegaron amortiguados, desde otra galaxia. El chico la imitó y se sentó con las piernas cruzadas sobre el suelo de madera.
-¿Estás bien?
La habló como despertándola de un sueño, sacudiéndola con sus palabras. Ella volvió en sí, levantó sus ojos de miel y los giró hacia él. La luz los traspasaba y Thran se dio cuenta de que tenía en las pupilas motas de tabaco rubio.
-No.
Sacudió ligeramente la cabeza. Claro que no estaba bien. Estaba muerta de miedo.
-Es mi amigo. – añadió, remarcando lo obvio. Su amigo había desaparecido y ella estaba horrorizada, tanto que su alegría habitual parecía haberse esfumado como humo.
-Vamos a encontrarle.- aseguró Thran, con tal convicción que Ane tuvo que creerle. La rodilla del chico le rozaba el muslo y a ella se le encogió un poquito el corazón en el pecho.
-¿Me lo prometes?
Susurros. Una mano que se desliza y busca otra. Los dedos de Thran aferraron los suyos.
-Te lo prometo.
Ane le dedicó una tímida sonrisa. Cuántas veces no habría pagado por estar sentada de ese modo con él, con sus manos entrelazadas. Quizás era cierto eso de que no hay mal que por bien no venga.
En ese momento el sonido de la puerta corredera del jardín abriéndose hizo que todos levantaran la cabeza de golpe, como había sucedido las seis veces anteriores. En esa ocasión era Tia la que llegaba con un semblante serio que hacía innecesario preguntar. El equipo dejó caer los hombros de nuevo, presa de la desesperanza.
-¿Nada?- preguntó Aarch.
-Nada.- contestó Tia mientras se acercaba a ellos. Tenía las uñas mordidas y expresión agotada. – Nadie tiene constancia de que haya partido de Paradisia. He conseguido que extiendan una órden a todos los astropuertos de Zaelion y que los responsables de seguridad le intercepten en cuanto le localicen. De momento no he recibido llamadas.
-Ane, Thran, Ahito, Tristan, Mice y yo nos hemos pateado todo el planeta y no hemos encontrado ni rastro. – respondió Mark. - Y eso que todos los medios están deseosos de captarle. Se mueren por conseguir en exclusiva la reacción de D'Jok ante las noticias de ayer.
Tia se removió, incómoda. Aún se sentía tremendamente culpable por D'Jok, pero también por el resto de sus compañeros y por Aarch. En cierto modo sabía que les había fallado.
-Según ha averiguado Simbai, tampoco ha sido ingresado ningún paciente bajo su nombre en el hospital. Además, Maya ya está puesta sobre aviso.- intervino Aarch mientras Ane y Thran se unían también al grupo.- Hemos puesto una denuncia en Comisaría, pero dudo que puedan hacer nada hasta que hayan pasado veinticuatro horas desde la desaparición. Necesitamos máxima confidencialidad. También hemos sabido que Sonny Blackbones está bajo estricta vigilancia y que es imposible que haya ido a visitarle sin un permiso especial.
-Eso ya me lo imaginaba.- suspiró Tia. - ¿Sería mejor si Sonny se enterase?
-No hay modo de que pudiera hacerlo, pero de todos modos, no es momento aún de alarmar innecesariamente a nadie.- Aarch frunció el ceño. – Por ahora, no hay nada más que podamos hacer. Será mejor que comáis algo. No habrá entrenamiento hoy, al menos por ahora.
El hombre se incorporó.
-Estaré en mi despacho si necesitáis algo.- añadió antes de marcharse. – Artegor, ¿vienes?
Éste asintió y le siguió. Los chicos se quedaron en silencio unos minutos, sin nada que añadir. El humor en la sala estaba por los suelos.
-Prepararé algo.- decidió Ahito, y se incorporó. – Aarch tiene razón.
-Te ayudo si quieres.- se ofreció Ane. - ¿Por qué no vais poniendo la mesa?
-Yo no tengo mucha hambre.- murmuró Tia. Su amiga la miró con preocupación.
-¿No quieres nada?
-No, no te preocupes.- la rubia se levantó de la silla y se estiró.
-¿Por qué no te echas un rato?- Tristan le puso una mano en el hombro. – Se te ve agotada.
-Sí, creo que será lo mejor.- ella le hizo un débil gesto. – Gracias chicos. Y… Lo siento.
-Esto no es culpa tuya, Tia, no seas ridícula.- protestó Mark.
-Por supuesto que no.- Thran le secundó, y rodó los ojos. – Sé que está en tu naturaleza responsabilizarte de ello, pero, por favor, no lo hagas. D'Jok aparecerá.
Micro-ice sonrió a medias.
-Sí. Seguro que solo está por ahí pegando patadas a un balón, o tirando dardos a una foto de Sinedd, o, en el mejor de los casos, se ha pillado una buena y ha acabado en la cama de alguna.
"¿Ese es el mejor de los casos?" masculló mentalmente Tia, pero no dijo nada.
-Espero que tengas razón.- dijo en su lugar. – Yo, de momento, me voy a la mía. Despertadme si hay alguna novedad, ¿vale?
-Claro.- prometió Micro-ice, y la miró marcharse escaleras arriba con la cabeza gacha. Derrotada. Llevándose su pena y, a la vez, dejándola allí con ellos.
[Porque estamos rotos.
¿Qué tenemos que hacer para restaurar nuestra inocencia
Y todas las promesas que solíamos adorar?]
Muy lejos de allí, también en Paradisia, en algún punto bajo tierra.
Sus pisadas furiosas retumbaban en el sótano. Artie le seguía con la mirada sentado desde un rincón, al igual que sus cuatro compañeros. No era algo habitual ver a Corso perder el control, por lo que ninguno perdía detalle de la conversación que mantenía por holófono.
-¿¡Cómo que el chico sigue sin aparecer!?
Observaba el rostro del holograma con fiereza. Aquella misma mañana les había comunicado, ni más ni menos, la desaparición de D'Jok, al que ellos mismos habían visto apenas la noche anterior. El joven pirata al otro lado de la línea sólo le devolvió un gesto cansino.
-Te he dicho que lo hemos intentado todo, Corso. ¿Qué más quieres que haga?
-Deberías haber evitado que se marchara, para empezar.- rugió el hombre.
-No podía echar a correr detrás de él.- su subordinado respondió con indignación.
-¡Estabas ahí para vigilarlo!
-Estaba ahí para vigilar a los Snow Kids. Y te recuerdo que, sin Sonny y una veintena de los nuestros, toda nuestra red ha quedado desarticulada.- los ojos fríos del otro cortaban como cuchillos. - ¿O acaso eres el más indicado para mandarme cómo hacer mi trabajo? Te recuerdo que los demás siguen en prisión.
Artie alzó las cejas, sorprendido. Estaba jugando con fuego.
-No te atrevas a cuestionarme, maldito crío.- Corso apretó la mandíbula con fuerza. – Tú no eres quién para evaluar el trabajo que estamos realizando. La situación es demasiado complicada.
- ¿Qué trabajo? ¿Hackear el sistema de seguridad de Paradisia para extraer los planos de la cárcel? Eso podría hacerlo hasta un crío de Shiloh.
-Los códigos están encriptados. Tenemos a todos nuestros hombres trabajando en ello, pero el sistema es inexpugnable.- masculló. - Además, no tengo por qué darte explicaciones. Tú estás aquí para obedecer.
-Yo sólo obedezco a Sonny.
-En ausencia de Sonny, el mando lo tengo yo. – replicó Corso duramente. - Así que más te vale asegurarte de que D'Jok esté bien, o responderás de él ante mí. Y te juro que como le haya pasado algo me aseguraré de que recibas el peor de los castigos posibles.
Ni siquiera le dio oportunidad de responder. Cortó la llamada con furia y se giró hacia los otros.
Fue Bennet quien formuló la pregunta que rondaba en las cabezas de todos.
-¿Qué va a pasar ahora?
Corso soltó el aire poco a poco y trató de responder con calma.
-No lo sé.- se apoyó en la mesa, frente a ellos. – De momento sólo podemos hacer un barrido de todos los medios de comunicación para ver si han dicho algo sobre D'Jok. Radio, internet, holotelevisión, prensa, lo que sea. Quiero trabajando a todo el mundo, ¿entendido? No podemos fallar a Sonny también en esto.
Apretó los puños. No. Él nunca fallaría a Sonny. Pero se sentía tremendamente impotente, atado de pies y manos. Todos ellos estaban en búsqueda y captura. La policía estaba tremendamente alerta desde la incursión de la otra noche, y ya habían llegado refuerzos de Technoid que andaban buscando arsenales de piratas en el planeta. Ahora, por si fuera poco, D'Jok desaparecía, y ellos no podían arriesgarse a salir a buscarle así como así. Además, ¿por dónde empezar?
Corso suspiró. Jamás antes se había visto en una situación tan crítica. Pensó en la pregunta de Bennet. ¿Qué iba a pasar?
Ojalá alguien tuviera respuesta.
[Devuélvenos a la vida.
Tan solo queremos estar completos de nuevo.]
Se asustó un poco cuando abrió ligeramente los ojos y se encontró la habitación prácticamente a oscuras. A través de sus párpados entornados, veía la luz azulada reflejarse en el techo.
Sacó el brazo fuera de las sábanas y cogió el despertador. Casi se le cayó de la sorpresa al ver que eran ya las siete de la tarde. Había dormido, como mínimo, cuatro horas. Se frotó los ojos con un gran bostezo. Al principio le había costado conciliar el sueño, pues la preocupación era demasiado fuerte, pero pronto había caído rendida. Estaba demasiado exhausta. No obstante, sabía que no podía quedarse en la cama eternamente, por mucho que le apeteciera. Por eso sacó las piernas con cierto trabajo – le pesaban toneladas – y se sentó con los pies rozando el suelo. Un ruido en la puerta logró espabilarla a medias. Ésta se abrió y Ane entró en el cuarto.
-Vaya, estás despierta.- susurró algo sorprendida al darse cuenta. - ¿Has descansado?
-Más o menos.- respondió Tia con voz rasposa. - ¿Alguna novedad?
Su amiga se mordió el labio. El gesto en su cara hizo de la respuesta algo innecesario.
-Ninguna.
Tia dejó escapar una bocanada de aire y se tapó la cara con las manos.
Y Ane no dijo nada. Ni siquiera encendió la luz. Sólo se acercó a ella en la penumbra y se dejó caer a su lado en la cama, recogiendo las piernas. Buscó el cobijo de Tia y apoyó la cabeza en su hombro.
-Tengo miedo.- susurró.
Tia tragó saliva antes de cerrar los ojos y soltar el aire en otro susurró.
-Yo también tengo miedo.- el tictac del reloj medía el silencio entre ellas. No supo cuántos minutos habían pasado antes de confesar: - Estoy harta de… gente que se va.
Ane alzó un poco la cabeza y la miró, pero Tia no le devolvió la mirada. El verde de sus ojos se había caído al suelo.
-Quien nos quiere siempre acaba regresando.
-No.- masculló Tia. – Quien nos quiere nunca se marcha.
Ahí sí, su voz se quebró. Y esta vez fue el hombro de Ane el que la acogió, ofreciendo consuelo.
[Cierra las puertas, quiero atrapar esta voz
Vino a mí en medio de la noche.]
-Ahito, pásame otra limonada.- pidió Micro-ice. – Ahito… Oh, déjalo. – gruñó al ver que el portero dormía profundamente tirado en su cama.
-Aquí tienes.- Ane le dio una lata antes de sentarse a su lado en el suelo, donde jugaba a las cartas con Mark y Tristan.
-Cuatro de tréboles y vuelvo a ganar.- Tristan tiró del montón de cartas por vigésima vez.
-¡Oh, vamos, esta vez sí que has hecho trampas!- protestó Mark.
-Micro-ice me ha registrado los bolsillos unas cinco veces y me habéis obligado a salir de la habitación mientras repartíais. ¿Cómo iba a hacerlo?
-Thran, ¿no tendrás un detector de metales o algo así?- Micro-ice se estiró hacia el rubio, que rodó los ojos. – Debe de llevar una especie de pinganillo…
-Lo siento, Micro-ice, pero aunque tuviera algo así jamás lo dejaría en tus manos.- respondió Thran, quien estaba sentado junto a Tia con la espalda apoyada en la pared de cristal y el portátil sobre las rodillas, viendo viejos episodios de "Los tres famosos."
-Se llama inteligencia, Mice.- Ane le sonrió. – Aunque no te culpo si no habías oído hablar de ella en tu vida.
-Yo sólo doy las gracias por no haber apostado dinero, o estaría más desplumado que un pollo en Navidad.
-Ah, ¿estábamos jugando sin dinero?- Tristan alzó las cejas. – Así no tiene gracia.
-¡Tampoco tiene gracia jugar con alguien que gana siempre!
Todos se echaron a reír, pero entonces Mark dijo algo que hizo que la risa se les atascara un poco.
-Ahora es cuando D'Jok haría uno de sus típicos comentarios narcisistas.
Era verdad y lo sabían. Su ausencia les pesaba demasiado, lo llenaba todo.
-Jamás pensé que fuera a echarlos de menos.- resopló Micro-ice con la vista baja.
Tia buscó con la mirada el reloj en la pared. Las nueve y doce minutos de la noche. Casi veinticuatro horas.
-No nos vengamos abajo ahora.- Thran depositó el ordenador en el suelo y se incorporó. – Voy a bajar a por unas pizzas y cenamos aquí arriba viendo alguna comedia.
-Te ayudo.- Ane se incorporó.
-Y yo.- añadió Micro-ice. Ambos le siguieron hacia la planta baja.
-Yo voy a ir buscando alguna peli.- Mark encendió el holotelevisor y se dedicó a recorrer los canales. – Tristan, mira la programación en Internet.
Tia, por su parte, se levantó en silencio y recogió las latas vacías en el suelo para tirarlas a la basura. Ordenó la baraja de cartas y la dejó sobre la mesilla de Thran, pero de repente un estruendo abajo hizo que se la cayeran, desperdigándose por el suelo.
-¿Qué pasa?- Ahito se incorporó de repente, pero los otros tres se habían quedado paralizados. Entonces distinguieron el ruido que venía de abajo. Gritos.
Tia se precipitó hacia la planta inferior seguida de los demás. La imagen que se encontró fue la de cuatro hombres completamente vestidos de negro, tres de ellos sujetando a uno de sus amigos mientras el cuarto se encaminaba hacia la escalera por la que descendían apresuradamente Tia, Ahito, Mark y Tristan.
-¡Eh! ¿Qué está pasando aquí?- clamó la chica.
-¡Eso mismo quisiera yo saber!
Aarch entró en la sala flanqueado por Artegor y Clamp.
-¿Quiénes son ustedes y quién les ha dado permiso para entrar en nuestra casa así y retener a mis jugadores?
-¡Soltadnos, hijos de una marrana, pedazo de cobardes…!- Micro-ice forcejeaba tratando de librarse, al igual que los otros dos
-¿Es que no le oyes? ¡Quítanos las manos de encima!- exclamó Ane. Los hombres hicieron caso omiso.
-Solo lo haremos si prometen no oponer resistencia.- dijo uno de ellos, el que agarraba a Thran.
-Lo prometemos.- masculló Thran. – Ahora díganle al míster lo mismo que se han atrevido a decirnos a nosotros.
El hombre asintió con la cabeza a sus otros compañeros y los tres soltaron a los chicos. Entonces, el único que no había sujetado a nadie habló mirando a Aarch, que se aproximó a sus jugadores para asegurarse de que estuvieran bien.
-Venimos con la orden de recoger las pertenencias de D'Jok y llevárnoslas. No pueden oponerse.
Todos le miraron y respondieron casi al unísono.
-¿¡Qué!?
-¿Quién les ha dado esa orden?- Aarch le miró con incredulidad.
-¿Tienen acaso algún documento que les autorice?- increpó Tristan con los ojos entornados.
-Justamente aquí.- el hombre tendió un papel al entrenador, que lo leyó a toda velocidad.
-¿Qué pasa, Aarch?- Artegor miró la hoja por encima del hombro de su amigo.
-¿De parte de quién vienen?- inquirió Tia.
Pero no hizo falta que ninguno de los hombres le respondiera. La voz de Aarch fue rotunda y cortó el aire como un cuchillo.
-Lord Primus. D'Jok está en el Equipo Paradisia ahora.
[And I'll take the truth at any cost]
