Muchísimas gracias a Niobe por su review, ya sabes lo mucho que me anima leerte. Espero que el resto también dejéis un comentario con vuestras opiniones, críticas, insultos, tomatazos, agradecimientos o todo aquello que se os pase por la cabeza. Al fin y al cabo, es lo que me incita a escribir. Y, aunque tarde en publicar más de lo normal, no voy a abandonar Ad astra por nada del mundo. Estoy dispuesta a terminar este fic, actualice una vez al día o dos al mes. Me niego a dejarlo colgado.
These violent delights have violent ends.
Éramos la noche y el día,
Pero qué noche la de aquel día.
(Irene X)
Lo cierto es que siempre había tenido una sensibilidad especial hacia la belleza. No la belleza de grandes ornamentos y artificios, sino la belleza coja y descuidada de las cosas pequeñas, de todo lo cotidiano.
Tristan, en cambio, nunca sería un hombre que entendiera de arte, pero allí plantado frente al mar casi podía comprender de qué hablaban los poetas. El olor a sal, el viento jugando con el pelo de Tia, las gaviotas planeando cerca como para darles la bienvenida, y ella cristalizando toda esa perfección con su cámara. Sin saber por qué, se sintió parte de algo muy grande y muy frágil a la vez. Supuso que eso era lo que ella sentía cada vez que lograba atrapar la perfección de lo efímero, como aquella puesta de sol.
-Gracias por sacarme de casa.- sonrió la chica si apartar la mirada del visor.
-Siempre es un placer.- y Tristan se agachó para recoger una caracola.
Se alejaron un poco hacia la cala, paseando por la orilla. El agua estaba fría y hacía que se apartaran riendo cada vez que una ola les mojaba los pies, que se empujaran un poco amenazando con tirarse y que se salpicaran el uno al otro de vez en cuando.
-Háblame de ti, Tristan.- pidió la chica recogiéndose un mechón tras la oreja. En la mano llevaba varias conchas que había ido coleccionando y que sabía que encantarían a Dayane.
-No hay mucho que contar.- él se encogió de hombros.
-Vamos, no seas hermético. Ese aura de chico misterioso está bien, pero estoy inmunizada.- bromeó Tia.
-Ya sabes lo importante. Soy de Siloh y vine a Paradisia buscando una oportunidad en el Torneo.
-¿A qué te dedicabas allí?
-Nada ilegal, por increíble que suene.- él sonrió y se apartó el pelo hacia atrás.
Tia rió suavemente y miró hacia el cielo. No quiso ahondar en el tema. Estaba demasiado familiarizada con personas del tipo de Tristan y sabía que para conocerles era mejor acercarse poco a poco, sin sobresaltos ni pasos en falso. Tan Rocket. Tan ella.
-¿Y tu familia?
Tristan no respondió inmediatamente. A decir verdad, estuvo en silencio durante unos segundos larguísimos, tanto que Tia se giró hacia él. Pero el chico contemplaba el horizonte con el ceño fruncido.
-Tengo un hermano mayor, pero no nos vemos demasiado. Su trabajo le obliga a viajar por toda la galaxia. Entre los dos cuidamos de mi hermana pequeña, Clío, que es lo único capaz de darnos alegría desde la muerte de mis padres.
Tia se detuvo sin poder evitarlo, perpleja. Pestañeó antes de poder formular una respuesta.
-Lo… lo siento mucho, Tristan. No debí preguntar.
-No, no te preocupes.- él le sonrió levemente. – Es parte de mi historia. Parte de quien soy.
Jugó un poco con una piedra plana que llevaba en la mano y la lanzó con todas sus fuerzas, causando ondas en la superficie marina.
-¿Por qué no nos sentamos por ahí?- le ofreció a la chica. Ella se limitó a asentir y le siguió hacia unas rocas justo en el límite del bosque tropical que bordeaba aquella sección de playa.
-Creo que ahora te toca a ti contarme algo.- comentó el chico mientras la ayudaba a trepar a una de las grandes piedras y acomodarse en ella. - ¿Qué es todo ese trabajo que te traes entre manos?
-Simplemente el torneo.- respondió ella vagamente. Tristan se acomodó a su lado, ambos con las piernas colgando, uno junto al otro. - Ser capitana me ha hecho darme cuenta de la responsabilidad que el cargo supone. Y ahora más que nunca quiero llevar a los Snow Kids a la victoria. Nos lo merecemos.
-Todo por satisfacción propia, por lo que veo.
-No voy a negártelo. Digamos que es una especie de… Propósito personal.- Tia se apartó el pelo de la cara bajo la mirada atenta y la media sonrisa de Tristan, algo irónica. Le dolió al recordarle al gesto que tantas veces había visto esbozar a D'Jok: burlón, sarcástico, con su dosis justa de cinismo, pero encantador. Y apreció las diferencias entre ellos. Los dos eran parecidos en complexión, igual de altos, misma piel tostada, pero D'Jok era más fuerte mientras que Tristan era mucho más ágil y espigado, además de que carecía de esa mirada arrogante. Era más cálido, no fogoso ni apasionado ni rabioso, sencillamente cálido, amable, pero con una profundidad inescrutable en sus astutos ojos grises. Notó como su corazón empequeñecía poco a poco. De nuevo esa sensación de angustia muda. Le echaba de menos, pero nunca lo diría en voz alta. No podía.
-¿Qué miras?- preguntó él con curiosidad, riendo suavemente. – Te has quedado muda de repente.
Tia desvió la vista rápidamente.
-Nada. Sólo pensaba.
-Tia…- notó cómo el chico posaba la mano en su hombro. – Quiero ayudarte. A lo que sea. Pero hay algo en ti que me dice que necesitas ayuda.- su tono de voz bajó poco a poco. – No lo hagas todo sola, ¿vale?
Ella sopesó sus palabras durante unos instantes. ¿De veras iba a confiar en Tristan, de entre todas las personas del mundo? ¿Iba a meterle en su juego, en su plan personas, en sus intrigas, sólo porque él estaba convencido de que podría serle de ayuda? Tal vez sólo se refería a un plano emocional, a escuchar sus preocupaciones, sus sentimientos, sus secretos, esos que últimamente crecían por minuto hasta el punto de apabullarla con su carga.
Y sin embargo…
-¿Por qué iba a confiar en ti, si prácticamente no te conozco?- le miró fijamente, sin rodeos ni vueltas de más. Él le devolvió la mirada. Igualmente directo.
-Porque siempre es más fácil confiar en un desconocido.
Tia meditó sus palabras en silencio. Mantuvo los ojos clavados en sus pupilas de plomo, de vendaval. Y un instinto dentro de ella le dijo que podía fiarse, que no tenía nada que perder.
-Quiero sacar a Sonny Blackbones de la cárcel.
[Lo que no te destruye
Te deja roto en su lugar.
Tengo un agujero en mi alma creciendo más profundo y más profundo
Y no puedo soportar
Ni un momento más de este silencio]
Una figura avanzaba por el levemente inclinado camino de asfalto. Llevaba un elegante traje azul marino y caminaba con paso firme y decidido bajo el cielo inusitadamente nublado para un lugar cálido y tropical como aquel, que prometía un estío eterno. Una profunda inquietud se reflejaba en su rostro a medida que se acercaba más y más a la valla que franqueaba el enorme edificio que servía de residencia y lugar de entrenamiento al Equipo Paradisia.
Se detuvo al llegar a una puerta metálica y pulsó el pequeño timbre que había en un lateral. La pequeña cámara le realizó un escaneo y una voz de robot rompió el silencio.
-¿Qué desea el visitante?
-Soy Warren, capitán de los Lightnings.- respondió él. – Vengo a visitar a D'Jok.
-Warren, capitán de los Lightnings, no tiene el acceso permitido.
Warren resopló por lo bajo, visiblemente irritado.
-He dicho que vengo a ver a mi amigo.
-D'Jok no desea recibir ninguna visita.
-¿Y qué he de hacer para hablar con él, si tienen todas las comunicaciones bloqueadas?- preguntó él con tono enfadado.
-Debe conseguir un permiso firmado por Lord Primus. Él supervisa quién entra y quién sale.- respondió de nuevo la voz robótica.
-Obtendré ese maldito permiso.
Y sin añadir palabra, dio media vuelta y se marchó, dispuesto a ir a hablar con Lord Primus. Aquella situación le gustaba olía cada vez peor. Y estaba seguro de que había una persona a la que le gustaría aún menos.
-¿Y dices que Lord Primus se negó a dártelo?
Aarch estaba sentado en su despacho, frente a la pantalla del ordenador. En esta podía observarse el rostro de Warren, que se había apresurado a informar al hombre de todos los sucesos que habían acontecido aquella tarde.
-Exactamente. No quiere distracciones de ningún tipo para sus jugadores y dice que D'Jok ha decidido cortar la relación con cualquier persona de su pasado.
El entrenador se incorporó sin dar crédito a sus oídos y apartó la silla con fuerza.
-Me parece absolutamente descabellado. Esto no es propio de D'Jok.
-Lo sé, pero tú mismo viste las declaraciones que hizo el chico para Noticias Arcadia. No parece haber trampa ni cartón. Está convencido de que esto es lo que quiere.
-Si al menos pudiera contactar con él por la vía legal…- Aarch se cruzó de brazos. – Pero nos tienen atados de pies y manos. Nosotros no podemos entrar y D'Jok no parece dispuesto a salir, al menos no solo, y mucho menos a entablar diálogo.
-Sabes que haré todo lo que esté en mi mano, Aarch, pero si realmente es su decisión…- habló Warren.
-Si es su decisión, no hay nada que podamos hacer.- finalizó el otro, antes de suspirar.
[La soledad me está cazando
Y el peso de los mundos se está haciendo más pesado de sostener.]
Tia y Tristan volvían finalmente a casa tras su largo y relajante paseo. El cielo cada vez se iba oscureciendo más y la luz de la luna jugaba con las siluetas de los árboles. La chica respiró hondo, notando el olor a salitre en sus pulmones. Por primera vez, se sentía en paz. Había hecho bien en hablar con Tristan. Él la entendía y estaba dispuesto a ayudarla.
-Sigo pensando que deberías hablarlo con los demás.
-No sé, Tristan. No quiero complicarles aún más la vida, teniendo en cuenta que últimamente todo está patas arriba.
Él caviló unos instantes, su rostro iluminado por las luces del porche según se iban aproximando.
-Pero D'Jok es su amigo también e imagino que quieren hacer esto por él. Además, piensa que Thran podría serte de mucha ayuda.
La chica sacudió un poco la cabeza.
-Tal vez sí, tengas razón… A decir verdad no sé por qué hago esto. Sólo creo que se lo debo, a ambos. D'Jok me ayudó a recuperar a Rocket y Sonny me ayudó a recuperar a mis padres. Qué menos.
-Y además, eres una buena persona.- sonrió el chico antes de abrirle la puerta.
-La mayoría de las veces me quedo en intentarlo…
Se vio interrumpida por la exclamación de Micro-ice, que estaba tirado en el sofá en pantalones de pijama y jugaba a la videoconsola con Mark.
-¡Los hijos pródigos han regresado! ¡Regocijáos!
-Seguro que nos habéis echado mucho de menos…- Tia rodó los ojos y dejó su videocámara encima de la mesa antes de empujarle un poco a un lado y sentarse también. Tristan sonrió y se apoyó en el reposabrazos de uno de los sillones
-Quedamos cuatro gatos en esta casa.- respondió él, pendiente del videojuego -¡Nos daríamos cuenta incluso si faltara Mark!
-Muy gracioso. Ojalá tuvieras el cerebro tan grande como la bocaza.- espetó este pulsando los botones y concentrado en la pantalla.
-Y ojalá tú no tuvieras la lengua tan larga como mi…
-Cierra el pico.- Tia le cubrió la cara con un cojín.
-Gracias, Tia, acabas de hacer la buena acción del día.- bromeó Tristan.
-¡Eh! ¡Quita! ¡Que me pierdo la partida!- el moreno manoteó y logró liberarse de la chica.
-Ya has perdido. No ganarías ni aunque me vendara los ojos.- Mark soltó el mando e hizo un gesto de triunfo.
-Mejor véndate la cara.- Micro-ice frunció el ceño y se cruzó de brazos.- Sois unos malditos tramposos.
-Oh, mi niño tiene mal perder…- bromeó Mark alborotándole el pelo.
Las pisadas aceleradas en las escaleras le obligaron a soltarle y girarse. Thran, Ahito y Ane descendían a toda velocidad y con amplias sonrisas en sus caras. El primero llevaba el portátil debajo del brazo.
-¡Lo tenemos!- exclamó triunfante.
-¡Sí!- Micro-ice y Mark se levantaron a la vez, contaminados por el júbilo de los demás, lo que provocó que Tia y Tristan intercambiaran una mirada confusa.
-Perdón, pero, ¿qué tenéis exactamente?- preguntó la chica parpadeando, mientras que sus amigos celebraban lo que fuera que escapaba a su conocimiento.
-¡Vamos, enséñaselo!- Ahito empujó a su hermano, que se sentó junto a la chica y abrió el ordenador. Los otros corrieron a apiñarse en torno a ellos.
Thran le dirigió una mirada cargada de misterio, pero su incontenible sonrisa revelaba una gran emoción.
-Tienes que ver esto. ¿Preparada?
-Eso creo.- respondió ella algo dudosa, lo que hizo que Ane dejara escapar una risita nerviosa sobre su hombro.
-Vale, allá va.
El chico abrió una serie de carpetas, buscando entre los archivos. Tia se mordió el labio, presa de la curiosidad, y sin perderse ni uno sólo de sus movimientos. ¿Qué se traían entre manos…?
-Y, ¡aquí lo tenemos!- Thran hizo click dos veces sobre una imagen y esta se abrió, ocupando toda la pantalla. Se trataba de nada más y nada menos que…
-¿Un plano?- Tristan no pudo evitar que su voz sonara terriblemente escéptica.
-No es un simple plano, mi joven amigo. Es un plano en tres dimensiones de la residencia del Equipo Paradisia.
Tristan frunció el ceño, pero Tia comenzaba a comprender. Su cerebro trabajaba a toda velocidad alcanzando ciertas conclusiones que le gustaría poder descartar.
-¿De dónde lo habéis sacado?- murmuró.
-Imágenes por satélite que nos han permitido cotejar toda la zona y averiguar la disposición exacta de todas y cada una de las partes de la estructura: conductos de ventilación, de agua, de residuos…- explicaba el defensa, orgulloso de los frutos de su arduo trabajo.
-Pero esto es ilegal.- Tia se mordió el labio, sin poder dejar de mirar la pantalla.
-Esto es lo que nos va a permitir encontrar a D'Jok y traerlo a casa.- Thran le posó una mano en la espalda y se acercó a ella, para que comprendiera.
-¡Los Snow Kids se lanzan a la aventura!- exclamó Micro-ice, y Mark y Ahito le corearon, abrazándose entre ellos. – Me siento Sonny Blackbones ahora mismo.
Sus amigos se echaron a reír, pero Tia se incorporó bruscamente.
-Sí, y mira dónde está él.- la dureza de sus palabras hizo que todos detuvieran su celebración y se giraran a mirarla. Ninguno había esperado una reacción así por su parte. Es más, era la última de la que lo harían.
-Creo que no lo entiendes…- Thran se incorporó y alzó las manos.
-Lo entiendo perfectamente y no podéis hacer esto.- replicó ella con crudeza. Les observaba con el ceño fruncido y evidente desaprobación. – No os lo voy a permitir.
-¡Tú… tú no puedes impedírnoslo!- intervino Ahito.
-Sí que puedo y voy a hacerlo, como capitana vuestra que soy. Y creo que no tengo que enumerar los motivos por los que esto está mal. ¡Por todos los cielos, estamos hablando de hallanamiento de morada, podrían deteneros! ¿Acaso os habéis vuelto locos?
El ambiente se había tornado terriblemente tenso. En medio, Tia y Thran, mirándose con dureza. Ahito y Mark de pie tras el sofá contemplándola con gesto molesto. Ane retorciéndose las manos a su lado. Micro-ice observándola como si fuera una incomprensible fórmula matemática. Tristan en silencio junto a ella.
-Entonces según tú, ¿estamos locos por querer recuperar a nuestro amigo?- preguntó Thran con los ojos entornados por el enfado.
-¡Sí, lo estáis!- exclamó ella. - ¿Y sabes por qué? ¡Porque D'Jok no va a volver! ¡Se ha ido!
Se giró a mirarlos a todos, uno por uno, comprobando que sus palabras les golpeaban como latigazos.
-¡Se ha ido porque es su elección, y no va a volver!- apretó los puños. Si no estuviera tan frustrada probablemente ya se habría echado a llorar. – Y nosotros tenemos que seguir sin él.
Llegó a Micro-ice, pero él no le devolvió la mirada. Tenía los ojos clavados en el suelo y ella nunca le había visto tan perdido. Pero entonces Thran habló y ella le miró de nuevo.
-También fue la elección de Rocket, ¿recuerdas? ¿Te acuerdas de cuando él se fue durante la Copa, no?- Thran no gritaba, sino que hablaba tan bajo que era inconcebible que pudiera hacer tanto daño. – Y sin embargo a él si que fuiste a buscarle, sin importarte nada ni nadie. ¿Es que acaso D'Jok no merece el esfuerzo?
Tia apretó los labios y le miró por unos segundos infinitos en los que todos permanecieron en silencio. Ahora sí que tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no llorar. Sintió cómo Tristan abría la boca, pero con un gesto lo impidió.
-Piensa lo que quieras, pero mi decisión es irrevocable. Quitáos esa absurda idea de la cabeza.- miró a Thran una última vez antes de darse la vuelta y caminar hacia la escalera con aire digno. – Y no me obliguéis a contárselo a Aarch.
Y se marchó y les dejó en silencio. Después de haber sido alfiler que pinchara todos sus sueños, desinflándolos hasta que acabaran hechos globos rotos en el suelo, olvidados por algún niño. Pequeños globos de colores.
[Viene en oleadas.
Cierro los ojos.
Aguanto la respiración
Y dejo que me entierre.]
Sus piernas se movían a toda velocidad, haciendo de los metros entre portería y portería algo insignificante. Corría de un extremo a otro del campo, una y otra vez. Jadeaba, pero no estaba cansado. Sus músculos se contraían y se relajaban como monstruos agazapados y acechantes. Sudaba, pero no parecía darse cuenta.
No había dolor, sólo él, huesos, tendones, potencia, él siendo la máquina perfecta. Irreductible. La mejor versión de sí mismo.
El balón aparecía y jugaba como un mago con él, lo convertía en un espejismo entre sus pies.
Las horas pasaban y eran como si no existieran. El dolor físico y el agotamiento eran sólo una ilusión. Sólo importaba el fútbol. Cualquier otra construcción humana como la amistad, el amor o la lealtad eran simples bobadas. Sólo el fútbol, sólo el fútbol. Sólo el fútbol.
La frase se repetía de modo automático en su cerebro, pero él no la formulaba. Era como si alguien la hubiera puesto ahí por él. Como si no fuera dueño de sus movimientos, sino que estos brotaran de modo instintivo de su cuerpo. Un cuerpo que no le pertenecía a su mente. Una mente anulada. Un único objetivo.
Ganar a cualquier precio.
[No estoy bien.
¿Rastrearás el lago
Y me traerás a casa otra vez?]
-¿Podemos hablar?
Sus nudillos acariciaron meramente la puerta en un amago de gesto. Su voz, sin embargo, pareció no tocarle. Él estaba sentado en una esquina de la habitación, mirando por la ventana, y Ane sintió como si cada metro supusiera todo un año luz. Así es como había concebido a Thran siempre. Como si fueran distintas galaxias.
Suspiró, pero en lugar de marcharse cerró tras de sí y caminó despacio hacia él, tratando inconscientemente de no hacer ruido con sus pisadas. Había algo que le daba miedo romper aún sin saber exactamente qué era.
Thran no la miró cuando se sentó a su lado con las piernas cruzadas. Tenía los ojos perdidos más allá del cristal, en el perfil de la ciudad recortado contra el cielo azul oscuro como si fueran miles de faros tras el mar, muchos faros, uno junto a otro formando un rebaño.
-Es un planeta único, ¿eh?- murmuró la chica, hablándole a su rostro girado. Él estaba sentado con las piernas medio flexionadas y las manos sobre las rodillas. Sus cuerpos no llegaban a tocarse siquiera.
-Siempre he creído que los lugares tienen alma, ¿sabes?- no sabía por qué seguía hablando si él no parecía dispuesto a responder, siquiera a escuchar, pero aún así lo hizo. Porque con Thran siempre sentía que podía hablar de todo aquello que se la pasara por la mente sin sentirse ridícula. – Paradisia tiene algo bello, pero también inquietante. No sé qué es. Es como si toda esta perfección fuera frágil y asustara.
Rió un poco entre dientes.
-Dirás que soy estúpida.- se encogió un poco. – Quién sabe. Quizás mi estupidez es sólo inteligencia dada la vuelta.
Entonces Thran sonrió a medias. Y habló, con voz ronca.
-Hay que ser muy inteligente para reconocer la propia estupidez de uno.
Y Ane sonrió, una sonrisa y la media que a él le faltaba. Deleitada. Meditó unos instantes antes de responder.
-Por esa regla de tres, si un loco asume su propia demencia, ¿pasa a a ser cuerdo?
-Y el humilde que se llama humilde es el peor de los arrogantes.
Ella se echó a reír y Thran se giró, al fin, para ver su risa. Encantado.
-Déjame pensar.- Ane se llevó un índice a la barbilla, pensativa, y miró al techo como buscando una respuesta. -¿Y por qué cuando un mantel limpio tiene que estar limpio entero, pero basta con tener una macha para que lo llamemos sucio?
-Eso sí que es lo más ridículo y lo más cierto que he oído en mi vida.- Thran sonrió apliamente al fin. – Estás como una cabra.
No lo dijo como un reproche, como una crítica o como una burla, sino con un tono de auténtica admiración.
-Las voces en mi cabeza opinan igual.
Se echaron a reír como dos idiotas. Como si aquel fuera su momento, su lugar, y sólo existieran ellos dos y la alegría y una conversación banal por el simple hecho de escuchar las carcajadas del otro.
Thran estiró un brazo, aún con la sombra del humor asomando en sus labios, y le rodeó los hombros con él, acercándola a su cuerpo. Ane sintió su corazón aletearle en el pecho como si fuera a salir corriendo y un ligero sonrojo le cubrió el rostro. Agradeció que él no le viera antes de reposar la cabeza junto a su cuello.
-Tú sí que sabes como alegrarle el día a los demás.- dijo Thran cerca de su oído. A ella se le secó la boca tanto que le costó varios siglos ser capaz de responder.
-Exagerado.
-Para nada. Siempre has sido la niña con más gracia del barrio. ¿O no recuerdas cuando te subías a ese banco en mitad de nuestra calle y cantabas para todos nosotros? Debías de tener siete años. Las señoras iban a comprar a la tienda de tus padres sólo para oírte parlotear. Jamás vi a mi abuela reír tanto como las tardes que la ayudabas a traer la compra a casa y luego te sentabas a su lado en el sofá y te comías uno a uno todos los caramelos que ponía en un cuenco sobre el aparador. Sigo creyendo que los dejaba ahí sólo para ti. Y luego tú te guardabas los envoltorios de colores en los bolsillos y te los llevabas, y los repartías por ahí como si fueran entradas para los teatros de marionetas que organizabas con tus amigas en la plaza. Nos reservabas cuatro a mi hermano, a D'Jok, a Micro-ice y a mí, incluso cuando tenías que esperar toda una tarde a que terminásemos de jugar al fútbol para dárnoslos.- se detuvo un instante en su narración, como recordando. – Los domingos eran los días de ir a ver tus teatros a la plaza, incluso cuando llovía o la gente dejó de ir yo siempre seguía acudiendo hasta que dejaste de hacerlos.
Ane tragó saliva, conmovida en lo más hondo. Era increíble que Thran – el que no solía hablar mucho, el que parecía siempre demasiado centrado en sus propios asuntos – recordara todos y cada uno de esos detalles relativos a ella.
-Thran…
-Sé para qué has venido.- interrumpió él. – Querías decirme que no debería estar enfadado con Tia, que no debería haberla hablado así. ¿Y sabes qué? Que tienes razón. Y ella también.
Él suspiró y Ane estuvo en silencio unos instantes. Se sentía algo abrumada. Sólo notar el corazón de Thran bombeando cerca de su oído, el calor de su cuerpo, el sonido relajante de su voz, servían para desconcentrarla. Tuvo que obligarse a recuperar la compostura.
-Bueno… Yo… No lo habría dicho mejor.
Thran rió un poco entre dientes y la estrechó un poco.
-Gracias, Dayane.
Ane le miró, parpadeando. Sus rostros estaban tan cerca que se arrepintió de haberlo hecho, pues ahora tenía que reunir toda la fuerza del mundo para no bajar la vista a sus labios.
-Pero si no he hecho nada.
Y él sonrió como quien sabe un secreto.
-Oh, sí. Has hecho mucho.
Y le depositó un beso en la frente.
[¿Quién me arreglará ahora,
Se sumergirá cuando esté abajo,
Me salvará de mí mismo,
Y no me dejará ahogarme?]
-¿Confías en mí?
Tia buscó su mirada en la oscuridad. Estaban plantados en mitad de la calle, en un lugar que ella no lograba reconocer y que debía situarse en el extrarradio, a juzgar por el aspecto. Tras ellos no se extendía nada excepto bosque, y al frente, una hilera de casas unifamiliares, todas exactamente iguales, y, a juzgar por la ausencia de luz – no había farolas y la única iluminación la proporcionaba la luna, semioculta por las nubes -, la mayoría deshabitadas.
-Ya sabes que sí. ¿Dónde me has traído, Tristan?
La alta figura del chico pendía sobre ella y su silueta se recortaba de espaldas al cielo impidiéndole verle el rostro.
-Cierra los ojos.- al ver que ella dudaba, la apremió. – Por favor.
Tia obedeció, aún dudosa. Sintió cómo él la tomaba de la mano y se dejó guiar algo temerosa. Tristan la condujo gentilmente procurando que no tropezara. Subieron varios escalones y entonces la empujó suavemente de la nuca para que se agachara, ayudándola a incorporarse luego. Saltaron por encima de una valla – Tia no estaba muy segura y se encontraba cada vez más desorientada, pero dejó de percibir la luz de la luna a través de sus párpados. Comenzaron a caminar sobre otro material, pues sus pisadas sonaron más amortiguadas, y finalmente Tristan la detuvo. Unos golpes rompieron el silencio. Una especie de señales en morse. Un golpe corto, tres largos, dos cortos, dos largos, uno corto, tres largos…
-¿Qué quieren?- la voz amortiguada la sobresaltó. Pero Tristan se apresuró en responder.
-I'Son paradsei.
Un sonido metálico y una puerta que se abría. La luz se volvió intensa de repente.
-¿Pero qué…?
-Ahora os lo explico.- interrumpió Tristan. Depositó una mano en la espalda de Tia y la instó a reanudar la marcha, conduciéndola por unas escaleras descendientes. – Vamos, cierra.
El otro hombre obedeció.
-Tristan, ¿pero qué…?- esa voz le sonó familiar a Tia, pero no supo identificarla.
-Shhh. No asustéis a nuestra invitada.- al fin llegaron a terreno firme. La chica se sentía cada vez más confusa. ¿Qué ocurría? – Abre los ojos, Tia.
Ella obedeció, y por un instante los fluorescentes la obligaron a parpadear. Cuando al fin enfocó la vista, distinguió un espacio no demasiado amplio de hormigón, pobremente amueblado. Y, de pie, cuatro figuras. Uno tenía la piel morena y la observada con una sonrisa incrédula y sus ojos ingenuos.
-¡Tia!
-¡Artie!- sin dudarlo, se abalanzó hacia este, que la abrazó con fuerza. - ¡Y Bennet!
El hombre le sonrió y le estrechó una mano entre las suyas.
-Me alegro de verte de nuevo.
-Y yo, pero… Si Sonny y muchos de los vuestros están en prisión.- alternó la mirada entre sus dos viejos conocidos y los otros dos chicos extraños que permanecían ligeramente más atrás. - ¿Qué hacéis aquí?
-Creo que podría preguntar lo mismo.- gruñó tras ella aquella voz familiar. Estaba tan desconcertada que ni siquiera había echado una mirada a sus espaldas.
-Corso.- murmuró. Junto a él se encontraba un tipo de su edad aproximadamente, bajo y fornido, probablemente el que les había abierto la puerta.
-Corso, todo esto tiene una explicación.
Tristan habló, alzando las manos con gesto conciliador, bajo la mirada severa del hombre. Entonces Tia recobró el sentido lógico tras la repentina sorpresa, y miró a su compañero con el ceño ligeramente fruncido.
-Tristan, ¿por qué los conoces?
Él mantuvo los ojos clavados en los de Corso en un intercambio silencioso aún durante unos segundos más. Tenía los labios apretados y, finalmente, desvió su mirada de plata hacia la chica. Que ató cabos sin necesidad de que él formulara la respuesta en voz alta.
-Yo soy un pirata, Tia.
Tia se cubrió la boca con las manos en un gesto de completo estupor. Le observaba, pero no le veía. Su mente trabajaba a toda máquina, tratando de encontrar la más leve señal, alguna pequeña pista que le hubiera dado algún indicio…
Comenzó a farfullar en voz alta, como modo de expresar aquel puñado de pensamientos incorrectos.
-Eres un pirata, y eres un futbolista… Por eso no usas vuestro fluido, la Semilla de Shiloh, porque eso permitiría a la Sociedad del Fluido localizaros… Y los Pirates no han participado en el Torneo… - los hombres la observaban en silencio. Les ignoró. - Estáis trabajando en Paradisia, por eso detuvieron a Sonny, por eso tuvo lugar la redada…Y tú te uniste al equipo justo después de esta…
Su voz se acalló de repente. Alzó la vista y se dirigió directamente a Corso, buscando respuestas con sus ojos verdes.
-¿Y por qué estáis en Paradisia? ¿Qué es lo que os trajo aquí?
Corso la miró un instante antes de intercambiar una mirada con sus hombres. Tia esperó pacientemente. Sabía que trataban de ser cautelosos y que no estaban totalmente seguros de cómo manejar la situación ahora que ella era una pieza más en su juego.
-Sonny confía en ella, Stevens también lo hizo, y Tristan, y Artie, y yo.- Bennet habló a sus espaldas. – Recuerda que Sonny le contó toda la historia del multifluido.
-Tiene razón, Corso.- intervino Artie. – Y nos fue de ayuda una vez.
Corso meditó unos instantes antes de dirigirse a Tristan.
-¿Por qué la has traído exactamente?
Pero Tia habló por él. Mirando al hombre directamente a los ojos. Como D'Jok le había contado que hacían los piratas, como Sonny siempre se había dirigido a ella.
-Porque quiero ayudaros a rescatar a Sonny.
Y fue la determinación en su voz lo que hizo innecesaria cualquier explicación. Corso, y probablemente los demás, sabían que lo hacía porque se sentía en deuda con Sonny. Así funcionaba ese mundo. Él la había ayudado a rescatar a sus padres y le había pedido a cambio que cuidara a D'Jok. Y quizás había fracasado en lo último, pero estaba dispuesta a devolverle la libertad no sólo por él mismo, sino también por su hijo y todo lo que éste siempre representaría para ella. Era una deuda de honor. Una cuestión de principios.
-De acuerdo.- accedió finalmente Corso.- Siéntate. Creo que tenemos mucho de qué hablar.
[¿Quién me hará luchar?
¿Quién me sacará vivo?]
