Vuelvo a subir sin editar. Perdóooooon. Respondo reviews en el próximo capítulo. ¡Besos!


Yo soy quien soy.

Otra vez:

Yo no soy quien quisiera ser

No soy el que debería ser

No soy el que mi madre quería que fuese

Ni siquiera soy el que fui

Yo soy quien soy.

(Jorge Bucay.)

La afición rugía como una fiera en la noche. Los gritos y cánticos se fundían en un bramido ensordecedor que resonaba en los oídos de los jugadores. El Dome Stadium albergaba uno de los encuentros más ansiados del Torneo, el encuentro entre los Wambas, herederos de un pasado glorioso que alcanzaba su ocaso, y los Snow Kids, el rostro del cambio, de toda una generación que encarnaba el futuro más inmediato.

Con el pulso en los oídos y la boca reseca a causa del esfuerzo, Tristan se detuvo un instante a detener el resuello bajo los potentes focos que iluminaban el campo. Dirigió una rápida mirada al marcador. Tres dos a su favor, pero quedaban aún quince minutos para el fin del encuentro, tiempo más que suficiente para que sus rivales les dieran un buen susto.

Aarch pareció leerle el pensamiento.

"No os confiéis", ordenó a través del auricular. "Buscad una diferencia más cómoda".

El joven delantero miró hacia el otro extremo del campo, donde Thran y Lune Zaera parecían enfrentarse en una especia de danza, prodigio de la habilidad, con la segunda haciendo bailar el balón entre sus pies y el otro anticipándose a sus movimientos para evitar el avance. Los Wambas se habían movido bien pese a la ausencia de Woowamboo. La baja de un jugador para muchos esencial les había llevado a defenderse con mayor fiereza, temiendo la superioridad de los chicos de Aarch, la cual era más que evidente. Ambos equipos estaban exhaustos, los primeros por haber apretado las tuercas hasta el extremo al conjunto de Akillian, los segundos por haber luchado desde el primer minuto por afianzar su victoria. Pese a que un gol de Woonnabora llegó en el tercer minuto de manera totalmente fortuita y con una facilidad casi humillante, por un descuido de Ahito, los Snow Kids rápidamente habían sabido encajar en sus nuevas posiciones y antes del descanso tanto Micro-ice como Mark ya habían anotado en una exhibición de preciosismo y de buen fútbol, no el fútbol de ganar ni acumular goles, sino el que hacía de aquel deporte un espectáculo único. En el segundo tiempo, tras varios intentos asfixiados, Lune Zaera había conseguido marcar con un certero y potente tiro a puerta que pasó rozando el hombro de Ane y se coló por la escuadra. Sin perder ni un solo minuto, con unos arrestos que harían temblar al más pintado, Tia recibió el esférico directamente de Ahito y ella sola recorrió el terreno hasta más allá del medio campo, se zafó de Zun Tantalio y Shameell y pasó el balón a Mark. Este avanzó tan rápido como pudo, pasó por encima de Yewan y le devolvió la pelota a su capitana, quien se elevó envuelta en fluido y, con una poderosa chilena, marcó el gol del desempate.

En el cuarto de hora restante, los dos equipos imprimieron máximo voltaje al encuentro, pues los Wambas trataban desesperadamente de aferrarse a un tercer gol como a un clavo ardiendo. Ane consiguió interceptar a Lune Zaera y rápidamente pasó el balón a Tristan. Tristan esquivó a Yewan y perdió el esférico por culpa de Woonabora, pero Thran logró recuperarlo y se lo hizo llegar con un largo pase aéreo a Mark. Él dribló a Shameell y tras una magnífica pared con Micro-ice que les permitió superar las defensas de los Wambas pasó el balón a Tia. La chica saltó por encima de los últimos zagueros impulsada por el Espíritu. Sintió a Tristan junto a ella, apenas diez metros a su derecha. Conoció la distancia que les separaba sin calcularla porque ya le había visto sin mirar, como si le hubiera interiorizado desde que le conoció, igual que el ciego sitúa los objetos en la oscuridad de sus ojos nublados o ciertos animales trazan mapas mentales gracias al ruido en la noche. Sabía que estaba ahí. En su mente vio la jugada antes siquiera de ejecutarla en una rara premonición de esas que la asaltaban a veces, no como las visiones de Maya, sino una especie de intuición que le hacía sentir la inminencia de un gol antes de marcarlo, la consciencia del peligro antes de que se manifestara, el miedo visceral a una pérdida antes de que se produjera. Eran convicciones hondas e inexplicables de las que la experiencia le había enseñado a fiarse antes incluso que de la pura lógica. Por eso supo desde antes de ver a Tristan que tenía que pasarle la pelota. Y vio el gol en su cabeza un instante antes de que el rubio tirara a puerta. Un pitido anunció el cuatro a dos a escasos minutos del fin del partido.

Y Tia sonrió mientras su amigo corría a celebrar con ella.

[Piensa en mí cuando estés ahí fuera.

Te lo ruego, sé bueno…]

Los gritos de alegría en el vestuario y los abrazos atolondrados con toallas sobre los hombros y camisetas por el suelo recibieron a Aarch y Artegor cuando entraron a celebrar con júbilo la victoria del equipo, apenas unos minutos después del final del partido. Ahito revolvía el pelo a Micro-ice, Mark botaba de un lado para otro, Ane se lanzaba a los brazos de Tia, Thran chocaba la mano con camaradería a Tristan. Estaban en semifinales y, maldita sea, podían ganar aquel Torneo. Las risas y las exclamaciones inundaban el aire y hacían que la tensión acumulada sobre sus hombros se esfumara por la rendija de la puerta. El entrenador estaba más que satisfecho. Y así se lo hizo saber a sus jugadores, después de que los Wambas se hubieran pasado por allí para felicitarles con su habitual buen humor y cortesía.

-Sabía que podíais.- sonrió Aarch. – Habéis peleado este partido y lo habéis ganado a base de esfuerzo. Enhorabuena.

-En el próximo partido lo haremos aún mejor, sea contra quien sea.- celebró Micro-ice.

-Y mañana, después de que se jueguen los otros dos partidos de cuartos, sabremos con certeza contra quién será.- comentó Artegor.

-¿Se sabe ya quién ha ganado? ¿Xenons o Shadows?- Ane se giró con interés hacia los dos hombres, que rápidamente recibieron toda la atención del equipo.

Aarch y Artegor se miraron, pero el segundo se encogió de hombros.

-La noticia iba a ser mala en cualquier caso.- devolvió la vista hacia los jóvenes. – Han pasado los Shadows.

Los Snow Kids guardaron silencio por un breve instante. Porque realmente era terrible la idea de tener que enfrentarse a los Shadows, con Mei, con Sinedd, y saber que sólo pasaría uno de los dos equipos. Pero igualmente aterrador habría sido un cara a cara contra los Xenons.

Thran sacudió una mano en el aire para quitarle importancia.

-Bah. Ya nos preocuparemos del próximo partido cuando llegue. Hasta entonces tenemos – se miró el reloj para comprobar la fecha– cinco días de calma. Y, no sé vosotros, pero creo que la piscina y una botella de mojito de la nevera me llaman a voces.

Micro-ice hizo un gesto, como si aguzara el oído.

-Sí, creo que ya los oigo. Dicen "Thran, sé un hombre y empieza a beber alcohol de verdad".

-He visto a tu madre cada lunes hasta que cumpliste diecisiete años bajar a comprarte zumos de los que traen pegatinas de animales. No entres en una guerra que no puedes ganar.

-Y así es como el noble Micro-ice decidió colgar las armas.- el bajito hizo una reverencia, y entonces Tia tiró de él por el cuello de la camiseta, con una sonrisa.

-Cuelga ya de paso el uniforme sucio y cámbiate. No voy a dar la rueda de prensa sola.

-¿Me dejarás hablar todo el tiempo, incluso cuando no me pregunten?- Micro-ice la miró con los ojos entornados y una sonrisa pícara.

-Como si no lo hicieras todo el tiempo…- la chica alzó los ojos al cielo y se encaminó hacia las duchas. – Y luego iré a comprarte zumos de esos.

-¡Síiiiiii!

[…Y cuando el mundo te trate demasiado bien,

Desgraciadamente, será todo un sueño]

Los dos hombres caminaban por las galerías del estadio. Sus pasos acompasados resonaban allí por donde pasaban, y cualquiera que los viera así, de espaldas, uno alto y robusto y con el cabello de nieve contra su piel morena y otro más flaco, con la melena negra hacia atrás, podría retrotraerse veinte años atrás. En esa época no era rara aquella estampa de ambos caminando codo con codo, dos de los deportistas más prometedores de la historia del fútbol, cuyas carreras no tardarían en dar un violento giro por culpa de aquella maldita final de Copa que sumió a Akillian en el hielo y a Zaelion en la conmoción.

-Piensas en lo que creo, ¿verdad?- Aarch giró ligeramente el rostro y escrutó la impenetrable expresión de su viejo compañero, refugiado tras las gafas de sol.

-Siempre que sea fútbol, sí.- respondió él sin mirarle.

-Siempre esfútbol.- recalcó Aarch, y con razón. La vida de aquel hombre oscuro y ajado giraba en torno a una única cosa en su vida, y era aquel deporte que tanto amaba. Pero también la suya. No podía negarlo. Inconscientemente evocó una melena roja y unos ojos claros bajo la luz de la luna en la bahía. Su estómago se encogió involuntariamente. – Me pregunto si realmente ha sido un encuentro justo. No voy a negar que los Shadows se encuentren en excelente forma física, pero sabes tan bien como yo que Luur no estaba bien esta noche, y su empeño en jugar a pesar de todo ha sido un punto en contra de los Xenons.

-No sé si ha ganado el mejor, Aarch, pero sí sé que su juego brutal y una buena temporada en la última Copa han hecho de los Xenons un equipo ligeramente sobrevalorado. Los Shadows son un buen equipo, siempre lo han sido y siempre lo serán, no tanto por el dominio técnico como por su absoluta falta de escrúpulos. Buscamos… buscan – se corrigió – la victoria a cualquier precio. Quizás por eso me he sentido tan cómodo los últimos veinte años viviendo entre su gente.

-A veces te oigo hablar y realmente me pregunto si pertenecemos a la misma especie.- comentó Aarch amargamente. Pero su amigo no se molestó.

-La especie humana es débil. Se deja arrastrar con demasiada frecuencia por sentimentalismos. Por eso nunca me he sentido cómodo en ella, al igual que Sinedd.

-Lamentablemente, queráis o no, seguís siendo humanos nativos de Akillian.

-Los humanos no somos nativos, no lo olvides.- le rebatió su amigo con su voz sigilosa como una serpiente. – Nuestros antepasados llegaron a esta galaxia hace más de un milenio, colonizaron Akillian por su semejanza con la Tierra y luego comenzaron a extenderse.

-Pero Akillian estaba despoblado, y aquellos primeros hombres la convirtieron en casa, en casa para todos nosotros, para nuestra estirpe. Es nuestro hogar, el único que conocemos. Sí, podremos emigrar a Luna Obia, a Génesis, a Vega, a Alnur, incluso fundar tribus en Nemenia o en Siloh, pero los primeros millares de los nuestros llegaron a Akillian, y en Akillian permanecieron hasta morir de viejos.

Artegor torció el gesto con una condescendencia casi burlona.

-A eso me refiero precisamente, amigo. Eres el epítome de la humanidad. Nuestro código moral nos hace vulnerables. Esa absurda necesidad del hogar resulta casi ingenua. Condena a un hombre a pasar su existencia lejos de su familia, de la estabilidad que le aporta el sueldo a final de mes, la rutina diaria, la compañía de una mujer o de un buen amigo, y le habrás condenado a la desdicha.

-Es absurdo. ¿Es que acaso esas gentes de Shadow que tanto alabas no aman?- refunfuñó Aarch entre dientes.

-Claro que aman. Pero el colectivo siempre estará por encima del individuo, y la ambición es más importante que cualquier lazo emocional. No les juzgues. Son una especie consagrada a la supervivencia, lo cual les asemeja a los xenons. En cambio los humanos, los rykers, los xzionitas, estamos hechos de otra pasta. Nuestra concepción de nuestro tiempo, y de aquello que realmente importa, es diferente.

No dio tiempo a Aarch a responder. Se detuvo frente a una puerta doble y, extendiendo la mano, la empujó para dejarle pasar.

-No te ensimismes en la reflexión filosófica, entrenador. Tienes una rueda de prensa que dar.

[Todo lo que yo quería eras tú]

El sol se extinguía.

Los huesos le crujían después del partido amistoso contra los Wambas. Agradeció el dolor. Su cuerpo necesitaba trabajo, esfuerzo, carrera precipitada, gol. Habían pasado sesenta y dos días desde que acarició la Copa como a un tesoro, desde que la sintió ir en sus dedos. Sesenta y dos días desde la gloria.

La luz era anaranjada, como todo en aquel planeta, y le bañaba el torso desnudo. Los árboles, las casas, incluso la gente parecían estar tiznados de un eterno color dorado, polvoriento, grandioso y decadente. D'Jok miró más allá del cristal de su ventana. Detrás de él sentía la pausada respiración de Mei, bocabajo entre sus sábanas, con su desnudez sensual incitando al aire. No tuvo que mirarla para evocar el trazo sinuoso y osado de sus curvas pronunciadas en la espalda, en los glúteos, en el pecho. Se lo tenía aprendido de memoria desde los dieciséis años, cuando la desnudó por primera vez, intentado reprimir el mismo temblor de manos que le asaltaba al aventurar caricias a chicas de rostros ahora borrosos detrás del patio de la escuela. Recordó las negativas de sus compañeras, la sensación de osadía y casi de temeridad al adentrarse en la tela pese al leve forcejeo de ellas, tímido y casi fingido, nunca lo bastante convencido como para tratar realmente de detenerle. Recordó la leve sonrisa de triunfo cuando derribaba sus defensas como si fueran naipes, cuando lograba desentrañar el broche de un sujetador (las primeras veces con dificultad, las últimas apenas con dos dedos), cuando escuchaba los suspiros incontenibles en su oído al adentrar las manos en algún que otro vaquero. Se sentía poderoso. Se sentía invencible. Un momentáneo triunfo semejante al éxtasis que experimentaría tiempo después cuando comenzó a marcar goles en la Copa y a ver su propio rostro en pantallas, su nombre en las camisetas de los niños, en los cromos que se disputaban en los recreos. Aquellas pobres chicas de escuela secundaria y piernas temblorosas que, como él, se abrían aún a la adolescencia, confundían su placer al dar placer con abnegación, con nobleza, sin saber que lo que D'Jok disfrutaba era sentirse dominante. Someter. Por eso, la primera vez que le hizo el amor a Mei, que acarició su vientre desnudo y sus muslos trémulos y abrió sus piernas en la penumbra de un cuarto de aire denso y caliente, ella no le contó que no era el primero. No. Simplemente se dejó hacer, movida por una profunda ternura por aquel chico de pelo de fuego y ojos verdes y salvajes, el que desde ahí en adelante evocaría con la inocencia del primer amor, a pesar de todo el dolor y todos los gritos.

D'Jok apoyó el antebrazo en el cristal y emitió un leve suspiro. No pudo evitar pensar que Mei y él estaban hechos para quererse en la cama y odiarse fuera de ella. Cuando solo existían sus cuerpos, todo lo demás dejaba de importar, y era consciente entre besos y embestidas de la belleza de su rostro contra la luz del ocaso, del tacto de su piel húmeda, del sonido de sus gemidos contra el hueco de su cuello, de las doce tonalidades de azul que bailaban en sus ojos. Solo entonces era realmente consciente de cuánto la quería, de cuánto había llegado a significar para él.

Pero la noche acababa. El teléfono sonaba. El despertador les sacaba de la tregua nocturna. Entonces llegaba el momento de vestirse, de deslizarse fuera de la cama, de enfrentar al mundo. Y su frágil paz de andar por casa tocaba a su fin.

D'Jok la escuchó retorcerse aún dormida y decidió que era el momento de volver con ella y tratar de amarse otro poco como buenamente pudieran. Sin saber que, un año después, aquella chica iba a desaparecer sin dejar rastro.

Y que un día él le confesaría absolutamente todo aquello a la mejor amiga de su novia, sentados en el suelo, después de haberse besado a escondidas en un balcón. (*)

[Podría seguirte hasta el comienzo

Tan solo para revivir el principio

Y, quizás entonces, recordaríamos ir más lento

En nuestras partes favoritas]

Estaba sentada en el marco de la ventana cuando la encontró.

Aquel era su lugar favorito de la casa, en el pequeño hueco tras la escalera de la segunda planta. Podía acurrucarse durante horas como una gata tras el cristal, contemplando los barcos en el horizonte.

Tristan se aproximó. El crujido de sus pies en la madera anticipó su presencia en aquella atmósfera oscura y azul, iluminada tan solo por la luz anaranjada de la ciudad y de las lejanas farolas del puerto.

Tia giró el rostro hacia él, y con una pequeña sonrisa le miró sentarse frente a ella. Ninguno habló por un momento, pero allí el silencio era una ilusión. Podían apreciar a la perfección el murmullo de las olas, el canto de los grillos, los gritos de Micro-ice siendo perseguido por Thran en la planta baja, los disparos en una película de acción que Mark veía en la holotelevisión.

-Qué paz.- susurró Tia al fin. Ladeó la cabeza y la apoyó sobre uno de los brazos con los que se rodeaba las piernas flexionadas. Tristan la contempló sin decir nada. A partir de ese momento la recordaría siempre así, con el cabello blanco cayendo hacia un lado y dejando a la vista su delicado cuello. Aquellos ojos enormes parecían tejer una tela de araña sobre el paisaje, escudriñándolo hasta el más mínimo detalle. Tenía un pantalón vaquero muy ajustado y la camisa mal abrochada del pijama, e iba descalza, para no variar. No pudo evitar pensar que era realmente bonita, tan delgada y etérea dentro de sus ropas, desprendiendo una feminidad diferente, hecha como de almendros en flor y de agua mansa.

-¿En qué piensas, grumete?- su voz dejaba translucir una sonrisa incontenible. La joven no había sido ajena a su escrutinio, y le devolvía la mirada así, con la cabeza hacia un lado y la luz naranja dándole a sus pupilas verdes tonalidades completamente nuevas.

-En nada bueno.- confesó él devolviéndole apenas la sonrisa. Flexionó las piernas también, y estiró los brazos, apoyándolos sobre las rodillas. Reclinó la cabeza en la pared blanca.

-¿Cosas ilegales de pirata fugitivo?

Y ahora sí, Tristan sonrió enseñando los dientes.

-Algo así.

Tia rió con suavidad.

-Algún día me dejarás saber qué pasa por tu mente.

-¿Harás tu lo mismo?

-Te asustarías.

-Tú también.

-Soy valiente.

-Lo sé.- respondió el rubio. Y se miraron de nuevo, cayendo en un silencio acogedor y cómodo como una hoguera. Había tanto que no era necesario explicar. Ambos se sentían cómodos juntos, pero Tia sabía que era por el hecho de compartir un secreto. Nada une tanto a dos seres humanos como una confidencia compartida.

-"No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo."

La frase le vino a la mente así de repente, y tuvo que ser enunciada en voz alta, porque hay pensamientos que deben ser expresados sin que sepamos bien por qué, pues pesan demasiado como para dejarlos morir en la lucidez de un instante. Tristan arqueó las cejas.

-Es de un libro que leí cuando era más pequeña.- explicó ella.

-¿Qué quiere decir?

Tia se encogió de hombros.

-Supongo que significa que, en el momento en que depositas tu confianza en alguien, desde ese momento comienzas a necesitarlo. Por eso es mejor no contar nada a nadie. Porque te atas a esa persona.

-Entonces me temo que tú y yo estamos atados hasta la muerte.- bromeó, pero lejos de cualquier jovialidad. Porque Tristan sabía, y Tia comenzaba también a intuirlo, que en aquella misión, como en cualquier otra, se jugaban todo. Incluso la vida.

-Es difícil saberlo. Nunca cuentas nada.

-Habló la elocuencia hecha mujer…

Tia le fulminó con la mirada.

-Sabes muchas cosas sobre mí.- le rebatió. – Sabes quiénes son mis padres, cómo llegué hasta aquí, cuáles son mis metas, incluso mis posturas políticas.

-En eso tienes razón, sé mucho de ti. Pero no porque tú me lo hayas dicho.

Ella frunció levemente el entrecejo.

-¿A qué te refieres?

-Te he visto en televisión desde que tenías, ¿cuántos? ¿Quince años? De un modo u otro, he sido partícipe lejano de cuatro años de tu vida, toda la galaxia lo ha sido. Para bien o para mal, eres un personaje público. Aunque no te guste. – añadió con rapidez al ver el mohín en sus labios. – Y además, sé lo que Sonny y los otros piratas me han contado. Recuerda que me fue asignada la misión de protegerte.

-¿Qué saben ellos de mí?- inquirió Tia, sorprendida. Tristan simplemente se rió.

-Tia, ¡somos piratas! Os hemos observado. Observamos a todos. Tenemos acceso a tanta información como deseemos con solo un rápido tecleo. Con sólo pedirlo a uno de mis compañeros, podría averiguar para ti cualquier cosa. Podrías darme un simple nombre y yo te devolvería su historial médico, su expediente escolar, sus permisos de residencia, sus transacciones económicas… Todo.

-Pero… vosotros… ¡Sois unos delincuentes!- exclamó ella escandalizada.

-¿Ahora te das cuenta?- contestó él, esta vez completamente serio. – No somos un atajo de idealistas jugando a ser héroes, Tia. Somos una amenaza real.

Ella se quedó callada, con una arruga de preocupación entre sus cejas. Vaciló un instante antes de hablar.

-No me has respondido a lo que te he preguntado. ¿Qué sabéis los piratas de mí?

Tristan suspiró.

-Tia, nada malo, de veras. No es la intención de ninguno de nosotros violar tu intimidad, tan solo garantizar tu seguridad y la de tus compañeros. Jamás hemos tratado de aprovecharnos. Se trata de datos sin mayor trascendencia: tus horarios aproximados, tus rutinas, tu patrón de desplazamiento…- al ver que levantaba las cejas, se apresuró en explicarse. – Es decir, a qué lugares has viajado y dónde has estado durante los últimos meses.

Ella se sonrojó fuertemente.

-¿Y eso es según tú respetar mi privacidad?

-No me interesa si vas dos semanas de vacaciones a la costa o al centro comercial a comprar ropa interior de encaje.- gruñó él, tratando de defenderse. – Hago mi trabajo.

-¿Sabes? Realmente prefiero no saberlo. – Tia alzó las manos, y luego las apoyó en el alféizar para bajarse. – Voy a cambiarme. Deberíamos ir ya a reunirnos con Corso y los demás.

Pero Tristan estiró el brazo y la retuvo por la muñeca con una ansiedad repentina.

-No eres tan misteriosa como todos creen, Tia. - clavó el ella sus ojos grises, ojos de tormenta. La chica sentía sus dedos grandes apretando con fuerza su piel, pero no se movió. Algo la retenía, y no era el agarre de Tristan. – Sé que bebes el café siempre frío. Que andas descalza por casa. Que no te despegas de la videocámara, la cual sueles guardar en el bolsillo derecho trasero del pantalón. Que antes te mordías las uñas. Que te gusta llevar vaqueros rotos y tirar del descosido para hacerlo más grande. Que desde hace unos días siempre llevas ese collar plateado al cuello. Que eres escéptica. Que subrayas los libros de papel. Que tienes alergia a los gatos, pero adoras los animales. Y que estás en peligro, y que Sonny jamás me perdonaría si te pasara algo, que D'Jok le culparía, y que yo pasaría el resto de mi existencia odiándome a mí mismo. Pero no tengo ningún derecho sobre ti; ya te lo he dicho, este es mi trabajo.

Y esta vez fue él quien se incorporó para irse. La miró una última vez, contempló su expresión confundida. Y se perdió en la oscuridad del pasillo, rumbo a su cuarto, mientras agregaba una última frase.

-Te espero en la entrada principal cuando salga la Luna.

[Creo que voy a pasarme por tu apartamento un par de veces

Y a quedarme dormida en el sofá…]

Tenía los zapatos mojados.

Estaba allí plantado, frente a la habitación trescientos once del hotel más lujoso de cuantos hoteles lujosos había en Paradisia, hecho todo de cristales y terciopelo y mármol blanco. Cada pasillo estaba iluminado por varias lámparas de araña, y él no pudo evitar pensar en lo ridículamente pretencioso que resultaba, revelador de una arrogante opulencia. Se preguntó cuánto sudor y cuánta miseria obrera hacían falta para poder pagar la estancia a los senadores, banqueros, empresarios y mandatarios de la Liga que dormían en aquellos dormitorios. Y allí estaba él, con los zapatos marrones mojados porque tropezó con un charco en la parada de taxi y una botella de champán en la mano izquierda. Rodeado de todo aquello contra lo que había oído a su padre despotricar desde que tenía memoria.

Alzó la mano libre y golpeó con los nudillos apenas la madera, justo bajo los tres números dorados. Tardó poco en escuchar los pasos amortiguados al otro lado. Ella siempre tardaba poco en abrir. Sonó el pestillo, y entonces se abrió la puerta, poco a poco.

En el interior la habitación estaba oscura, pero la luz del pasillo le permitió verla con total claridad. Llevaba el pelo rojo en uno de esos moños despeinados que tan sensuales le resultaban, y una bata corta de seda negra anudada a la cintura revelaba la piel clara de sus piernas, de sus muñecas, de su escote.

-Hola.- profirió, como si no le esperara. Pero lo hacía. Llevaba casi una hora sentada impaciente frente al reloj, deseando poder deshacer el tiempo y llevar la aguja hasta las diez con un pestañeo.

-Antes de que preguntes, no, no me ha visto nadie.- él esbozó una ligera sonrisa torcida. – Y traigo champán.

La mujer sonrió también, gesto poco habitual en ella que reservaba para muy pocas ocasiones, como si fuera un vestido largo.

-Pasa.

Él hizo el amago de obedecer, pero entonces se detuvo, como si recordara algo.

-Tengo los zapatos mojados.

Y entonces Adim rió. Extendió la mano y agarró sus dedos, tirando ligeramente de él.

-Entonces deberías ir quitándotelos.

Y Aarch se dejó guiar hacia la oscuridad del interior. Hacia la tibieza de su piel.

[…Despertarme entre recuerdos en blanco y negro

Que escaparon de mis labios]

-Cierra, deprisa.

Los dos jóvenes entraron a toda velocidad en la estancia mientras Corso cerraba la puerta tras ellos.

-¡Menudo partido!

-Bien jugado.

Tia se retiró la capucha de la sudadera y abrazó a Artie, que extendía sus brazos hacia ellos con una sonrisa.

-No nos lo han puesto demasiado difícil para ser cuartos.

Se sentaron en torno a la precaria mesa, donde los seis hombres habían desplegado ordenadores, cables y planos de todo tipo. Tré se retiró el pinganillo de la oreja y desvió por un momento la atención de sus quehaceres.

-Un gol precioso, por cierto.

-¿Qué nos traéis de nuevo?

Corso se sentó junto a Tristan y Tia. El rubio se apresuró a dar explicaciones.

-El Torneo sigue adelante, aparentemente sin altercados. Pero Aarch, Dame Simbai y muchos otros entrenadores están preocupados por sus jugadores.

-Sí, hemos oído algo acerca de Woowamboo…- Corso se rascó la barbilla.

-Y hoy ha sido Luur.- Tristan frunció el ceño. – No sé cómo ha resistido hasta el final del partido. Hacia la mitad de la segunda parte era evidente que le costaba incluso mantenerse en pie.

-Tristan y yo nos hemos dado cuenta de algo. – Tia intervino – Todos ellos son jugadores que estuvieron en la Esfera. Luur, Kernor, Woowamboo. Hoy Fulmugus no salió al campo con los Shadows, y también él participó varias veces en el Netherball. Y me apuesto el cuello a que Warren no será capaz de jugar el partido completo mañana por la tarde.

Los piratas se miraron entre sí, sorprendidos al reparar en ello. Todos excepto Corso, que permaneció pensativo unos instantes, como si ya lo hubiera pensado.

-¿Crees que son efectos secundarios del Netherball o algo así?- inquirió Hawkins.

-Solo hay un modo de saberlo. Mañana por la mañana quiero que te pongas en contacto con Stevens.- se giró hacia Tia y Tristan, y explicó: – También él jugó en la Esfera.

El rubio asintió y se cruzó de brazos, echándose atrás en la silla.

-Son demasiadas coincidencias. Tiene que haber algo que se nos escapa. Quiero decir, todos ellos son jugadores que fueron utilizados para crear el multifluido, y ahora llegan a Paradisia, y caen enfermos al mismo tiempo prácticamente.

-Sonny debía estar realmente convencido de que el multifluido estaba aquí, o al menos, de que guardaba alguna relación con este planeta.- agregó Bennet. – De ahí su empeño en venir hasta aquí, a pesar de los riesgos.

-¿Se sabe algo nuevo de Sonny, a propósito?- preguntó Tia.

Artie sacudió la cabeza.

-Hemos buscado algún modo, el que sea, de sacarlo de la prisión, pero es absolutamente imposible. Es como si… como si conocieran nuestra manera de actuar, nuestros trucos. Y estuvieran preparados para desbaratarlos.

-Cada vez nos queda menos tiempo.- Davison miraba la pantalla de su ordenador. – Hoy es jueves, siete de diciembre. Por lo que hemos averiguado gracias a los archivos de Technoid que robamos, el juicio es el lunes dentro de dos semanas, es decir, día diecisiete, en Lyra. Van a sacarle el día anterior, durante el curso de la final, para causar menos revuelo.

-Tenemos exactamente diez días, pues.- masculló Tré.

-¿Ya está siendo preparada su defensa para el juicio?- preguntó Tia, inclinándose ligeramente hacia delante.

-La fiscalía le ha asignado, en teoría de manera aleatoria, un abogado.- Artie la miró. – Tenemos a un par de hombres vigilando las veinticuatro horas los alrededores de la prisión de Paradisia, por si a nuestros queridos amigos de Technoid se les ocurriera saltarse el protocolo de actuación.

-¿Hay más de los vuestros aquí?- Tia le miró sorprendida, y él sonrió ampliamente mientras sus compañeros reían por lo bajo.

-Hay de los nuestros en todos lados, Tia.- explicó el joven pirata. – Y por lo que sabemos, el abogado que se encargará de defender a Sonny va a hablar con él un par de veces a la semana, siempre en miércoles y en viernes, y siempre a las diez en punto de la mañana.

-¿Existe algún modo de suplantarle para poder contactar con Sonny?- inquirió Tristan.

-Me temo que es demasiado complicado. Según esto – Bennet le mostró los planos que tenían sobre la mesa – para poder acceder a la sala de interrogatorios debe entregar en primer lugar la acreditación en el mostrador de la entrada, pasar por un detector de metales, por un escáner de retina, y ser escoltado por dos miembros de la Policía Especial a través de la zona de alta seguridad, que está plagada de cámaras. El único lugar libre de micrófonos es una sala acristalada en la que ya estará esperándole Sonny. Los dos policías custodian la entrada desde el momento en el que entra hasta el momento en el que sale.

Tristan se rascó la barbilla, pensativo. Durante un largo intervalo de tiempo nadie dijo nada. El chico, Corso y Bennet miraban los planos como si esperasen que una respuesta se materializara de repente entre tantas líneas, cifras y cotas. Tré, Hawkins y Davison estaban totalmente centrados en mirar fijamente la pantalla de los ordenadores, intercambiar comentarios en voz baja y teclear a toda velocidad. Tia ladeó la cabeza ligeramente.

-En cualquier caso, ese es ahora un problema secundario.- comentó, casi con indiferencia. Seis caras se giraron hacia ella, y la chica se sintió súbitamente violenta. – Es decir. Tenemos el vídeo que prueba la inocencia de Sonny. Su abogado puede construir una defensa sólida en torno a él.

-Tia, ¿de veras crees que Sonny va a tener un juicio justo?- Corso frunció levemente el ceño. – Podrá considerarse afortunado si llega a Lyra. Antes o después, uno de sus vigilantes encontrará una excusa para liquidarlo, desde Technoid fingirán no tener nada que ver con el asunto, el asesino estará unos años pendiente de una condena que no llegará y al final el caso se acabará archivando. Es la primera vez que las fuerzas de seguridad de la galaxia consiguen hacerse con el pirata más buscado de la historia, el que tantísimos problemas les ha causado. No van a arriesgarse a perder esta oportunidad de liquidarlo.

-¿Entonces, qué debemos hacer según vosotros?

-Sacamos a Sonny de prisión por nuestros medios, y una vez que lo tengamos con nosotros nos encargamos de emitir para toda la galaxia el vídeo que prueba su inocencia, durante el transcurso de la final del Torneo Paradisia. La gente sabrá la verdad.

-¿Qué importa la gente? ¡Hay un topo en Technoid!- exclamó Tia. – Hay alguien que no ha dudado en manipular imágenes e información para inculpar de Sonny de las explosiones de Génesis, alguien que no ha vacilado al colgar la pena de muerte a un inocente, alguien que a la fuerza tiene que estar relacionado con el multifluido y con Bleylock, porque, de lo contrario, ¿qué motivos tendría para sacudirle la culpa a otro, a quien podría interponerse en sus planes en cualquier momento?

-¿Y qué propones, pues?- Hawkins se cruzó de brazos.

-Propongo concertar un encuentro privado con Duque Maddox y contarle todo. Tendrá que ayudarnos.

Los hombres la miraron como si no dieran crédito, e incluso Tré se echó a reír.

-¿Y por qué iba a ayudarnos Maddox?

Tia frunció el ceño. Sus ojos brillaban con fiereza.

-Porque es el máximo responsable de Technoid y no soportará saber que un subordinado suyo ha estado vendiendo y manipulando información a sus espaldas, y que ese subordinado podría ser uno de los responsables detrás de las explosiones de Génesis y la de la última Copa en Shadow. Y si matan a Sonny, el verdadero culpable seguirá actuando, y todo el mundo acabará sabiendo que Technoid estaba equivocado y todo este tiempo han ido detrás de una pista falsa. Maddox no va a aguantar semejante vergüenza.

Todos pensaron en sus palabras por unos instantes. Apenas se escuchaba un ruido, tan sólo el viento soplando con fuerza en el exterior y el zumbido de la bombilla sobre sus cabezas.

-En realidad… Tiene razón.- aventuró Tristan.

Artie asintió despacio y Corso emitió un gruñido.

-Vale. O sea que – el líder se reacomodó en la silla, interiormente molesto porque una cría de diecinueve años le estuviera dando soluciones – chantajeamos a Maddox, le mostramos el verdadero vídeo, y nos aseguramos de que deje en libertad a Sonny.

Tia asintió.

-Tenemos que asegurarnos de que sea un encuentro a solas.- Artie intervino. – Ni escuchas, ni vigilancia. No podemos arriesgarnos a que el infiltrado de Technoid sepa que le hemos descubierto.

-Hay que contactar ya con Maddox y tratar de presionarle para que el encuentro tenga lugar lo antes posible.- Bennet dobló cuidadosamente los planos.

-¿El próximo martes, durante las semifinales?- aventuró Artie.

-Antes.- masculló Tré. – El martes es demasiado tarde.

Entonces Tia alzó la cabeza, iluminada por un pensamiento repentino. En su cabeza se recreó una conversación que creía haber ignorado, una que tuvo lugar unos días antes, en torno a la mesa del comedor. Una fiesta. Una invitación.

-El domingo Lord Primus ha organizado una cena de gala en su casa, y Maddox está invitado, junto con otros dirigentes.

La expresión de Corso cambió por completo, y si no hubiera estado al otro lado de Tristan probablemente la habría sacudido por los hombros. Se inclinó mucho hacia adelante.

-¿Quién irá a esa cena?- la apremió.

-Veamos.- Tia entornó los ojos y trató de recordar las palabras de Aarch. - Los capitanes de todos los equipos, los entrenadores, un par de altos cargos de la Liga, el Duque y algún otro mandatario de Technoid, unos cuantos patrocinadores, el general de la Guardia de Paradisia, el ministro de Turismo y el de Deporte. Ah, y un único acompañante por invitado.

-La jet set.- Artie esbozó una sonrisa burlona.

-Escúchame bien.- Corso se inclinó sobre la mesa y miró a Tia a los ojos, como tratando de explicarle algo muy complejo. – No haría esto si no lo considerase estrictamente necesario…

Pero Tristan, que le escuchaba con atención, empezó a negar lentamente.

-Corso, no.

-…No quiero que te veas más envuelta en nuestros asuntos…

-¡Corso!- exclamó el rubio, pero el hombre le ignoró.

-Pero tienes que ponerte en contacto con Maddox, esa misma noche, tienes que conseguir arrinconarle sea como sea y transmitirle nuestro mensaje.

-Eh, ¡ni hablar!- Tristan se incorporó y se puso delante de la chica, que tenía la boca abierta pero era incapaz de formular palabra. – No vas a pedirle eso.

Corso se puso de pie y le miró completamente enfadado. Los otros no se atrevieron a intervenir, sino que les observaron ligeramente alarmados. Artie parecía estar preparado para saltar como un resorte en cualquier momento.

-¡Es la única manera, Tristan! ¡Ella sabía dónde se estaba metiendo!

-Esto está yendo demasiado lejos.- masculló el chico. – No vas a ponerla en peligro de esa manera.

-Pondremos a toda una cuadrilla de los nuestros cerca del lugar, por si hubiera que intervenir.- Corso seguía en sus trece. - No va a sucederle nada. Solo tiene que llevarle el mensaje.

-Tristan, yo puedo hacerlo…- Tia le llamó tímidamente, sentada detrás de él.

-Tú no vas a hacer nada.- él la acalló con una sola mirada. - ¿En qué demonio estáis pensando todos? Depositar semejante misión en los hombros de una cría…

-No soy una cría.- ella frunció el ceño. – Y he participado en misiones antes.

La situación parecía no tener salida. Ni Corso ni Tristan iban a dar su brazo a torcer. Pero el primero tenía allí la autoridad, y todos lo sabían.

-Tristan, no me obligues a tener que ordenarlo, porque sabes que el plan se llevará a cabo aún en contra de tu voluntad. No quiero tener que pasar por encima de ti.

Él le miró con una tempestad en sus ojos de mar revuelto.

-Por encima de mi cadáver.- escupió las palabras, y las cosas se habrían puesto feas si Artie no hubiera intervenido.

-Debe haber una solución que satisfaga a ambas partes, de manera que vamos a calmarnos.- se puso de pie también él, con las manos en alto en gesto conciliador. – Tia, dijiste que podías llevar acompañante, ¿verdad?

-Así es.

-Es tan fácil como que cualquiera de nosotros vaya con ella.

Y la tensión acumulada se relajó de repente, como si alguien hubiera desatado una cuerda. Corso pestañeó y se giró hacia su compañero.

-Eso tiene sentido. Podríais ir tú, o Davison, o Hawkins. No sois mucho mayores que ella.

-¿Y cómo explicaremos de dónde me ha salido una pareja repentina?- Tia rió con ironía.- Muy dada a las citas no soy. Habría que construir toda una coartada, y eso sí que no creo que sea capaz de sostenerlo.

-No hay nada que sostener.- Bennet sonrió ligeramente. – Solo tienes que llevar a uno de estos de la mano y parecer estúpida y enamorada.

-Esas cosas no son lo mío, Bennet.- ella sacudió la cabeza. – Es lo único que no podéis pedirme.

-Iré yo.

La voz de Tristan sonó de repente, firme y grave, y dejó un silencio pensativo después. Sus compañeros parecían darle vueltas a la hipótesis.

-Desde luego así estaríamos todos más tranquilos.- Hawkins asintió. – No tendrían que fingir nada. Son sencillamente dos amigos, o compañeros de equipo, o lo que la prensa quiera imaginar.

-Y créeme que imaginarán.- replicó Tia en tono cáustico. – Pero no tengo ningún inconveniente en ir con él.

El chico la miró con media sonrisa y una ceja alzada. Y ella, sabiendo lo que pensaba, rió un poco y le dio un codazo.

-Asunto arreglado pues.- Corso se sentó de nuevo entre sus hombres. – Muchachos, toca ponerse elegante.

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(*). Flashback. El tiempo de la narración transcurre en el verano previo al comienzo de esta historia, es decir, justo después de la segunda copa, en el año intermedio entre torneo y torneo; seis meses antes de la marcha de Rocket, un año antes de la de Mei y del comienzo de la breve relación clandestina entre D'Jok y Tia.