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LADRONA DE CEREALES
Canadá vio en el reloj de su despertador que eran las dos de la mañana, en un estado somnoliento se levantó de su cama; tratando de pensar en quien provocaba los ruidos en la cocina de la casa. Arrastró sus pies por el pasillo siguiendo los ruidos contundentes.
Hace un tiempo, sus jefes tuvieron la grandiosa idea de mandar a los tres a vivir en una casa. Ellos tres. Solos. Sin ninguna clase de supervisión durante seis años. No hace falta decir que los primeros días fueron un infierno en que tuvo que lidiar con el drama de su hermano, el temperamento de su mejor amiga y las constantes invasiones de su vecino del norte a la casa.
Matthew asomó su cabeza en la habitación de su hermano y entre la oscuridad vislumbró el mechón sobresaliente del cabello de su gemelo y el movimiento de su pecho subiendo y bajando. Se marchó de ahí, con sus opciones reduciéndose a dos. Quien estaba en la cocina debía de ser Groenlandia o México.
No era raro que Nanuk siempre encontrara una forma de infiltrarse en la casa. Ninguno sospecharía de su presencia durante horas hasta que Groenlandia abriera la boca y les sacara un susto. Canadá sospechaba que su vecino rondaba por la casa más veces de lo que le gustaría pensar.
Escuchó los sonidos de masticación en la oscuridad de la cocina. Movió su mano al interruptor y los ojos de México parecieron los de un ciervo frente a un coche a punto de ser atropellada.
Ella estaba sentada en la encimera junto al lavabo con una caja de cereal de la marca Lucky Charms y en su mano sostenía varios de esos coloridos malvaviscos.
— ¿Qué estás haciendo? — preguntó Matthew en automático.
México tenía la boca pintada de varios colores — ¿Y tú qué crees?
— ¿Eres tú quien se ha estado robando los malvaviscos del cereal?
Hace semanas que Alfred se estaba quejando de ese problema.
— Me declaró culpable — lo dijo sin una pizca de vergüenza.
— Pensé que era Kumamomo quien se los estaba comiendo.
— Los he estado compartiendo con él para que no me delatara — corrigió Rosalía metiéndose otro malvavisco a la boca.
Oso tragón y vendido por delicias azucaradas.
Canadá se ajustó sus lentes con un suspiro cansado — México, venden esos malvaviscos en cajas completas.
México lo miro como si fuera el nuevo Mesías y se le hubiera abierto un tercer ojo a una nueva realidad.
— ¿Neta?
— Si.
— WEEEEEEEEEY ¡Voy y vengo rápido al super! Wey, no mames haberlo mencionado antes — se bajó de la encimera colocando el cereal en donde había estado sentada y México prácticamente saltaba al tomar las llaves del coche.
— México son las dos de la mañana — le dijo para ser completamente ignorado por la mexicana.
Canadá prefirió irse a dormir sabiendo que no volvería en unas horas y al día siguiente había varios paquetes de malvaviscos de Lucky Charms en la cocina y una México bastante feliz con la cara llena de colores.
