Siento muchísimo el retraso, pero mi vida ha sido un caos. No tengo tiempo ni de hacer una nota de autora en condiciones, ni de responder a los reviews: prometo hacerlo en el próximo capítulo. Solo quiero hacer un disclaimer, pues, como siempre, he incluido frases (en este caso Estopa, Amaral y un poema que ya apareció) y advertir de que:
1) Leáis hasta el final, incluso si hay pasajes que os aburren, porque hay algo que creo que lleváis esperando un tiempo.
2) Cuidado con el contenido sexual.
3) No lo he revisado, así que no me odiéis por los errores.
Dicho lo cual, un beso muy grande y a leer!
(Cuando pienso que te has ido, negra sombra que me asombras…)
Su cara golpeó contra el suelo con un ruido seco. El grito que escapaba de su pecho retumbó en la habitación a oscuras y él se retorció en las sábanas que se enredaban en su cuerpo, tratando de liberarse. Como un animal herido de muerte.
-Eh, eh, despierta. Venga, tío.
La mano de Micro-ice, acuclillado en el suelo junto a él, tanteó en busca de la mesilla de noche y logró encender la lámpara antes de girarse de nuevo hacia su amigo. D'Jok vio su rostro y trató de incorporarse, pero sólo logró dar un par de sacudidas y manotazos al aire.
-¿Qué…? ¿Qué pasa? ¿Dónde estoy?
-Estás en casa. Tranquilo, compañero. - Micro-ice le ayudó a incorporarse mientras D'Jok trataba de respirar con normalidad. Un sudor frío le cubría el pecho desnudo y un dolor agudo le atenazaba la espalda. Miró alrededor con nerviosismo hasta que pudo procesar todo lo que ocurría. Estaba en su habitación, en la que compartía con Mice en Akillian, tirado en el suelo junto a la cama deshecha. Su mejor amigo se había despertado sobresaltado por sus gritos, y había corrido a auxiliarle.
-¡D'Jok! ¿Estáis bien?- Thran entró precipitadamente en el dormitorio con la camisa del pijama mal abrochada y expresión nerviosa. Su hermano le seguía frotándose los ojos. A ellos también les habían despertado los gritos aterrados de su amigo, en la habitación contigua.
D'Jok tragó saliva y afirmó. El sentimiento de pánico empezaba a abandonarle, reemplazado por el bochorno.
-¿Qué ha ocurrido?- preguntó Ahito a Micro-ice mientras Thran le acercaba un vaso de agua a D'Jok.
-Pesadillas otra vez.
D'Jok tragó con avidez, y para no ver las expresiones de sus amigos cerró los ojos con fuerza. Pero escuchó la pregunta de Thran.
-¿Nuevos recuerdos?
Y asintió.
No siempre llegaban en silencio. Los recuerdos más antiguos se filtraban en su mente como un goteo, sin que él supiera a ciencia cierta si eran reales o no. Era entonces cuando les preguntaba a sus compañeros, y ellos sonreían y asentían, y D'Jok sentía que aquellas verdades eran pequeñas victorias. Pero otras veces, en raras ocasiones, los recuerdos le perseguían en sus sueños y le hacían despertar de golpe con el corazón en un puño, o le sacudían de repente con un dolor inexplicable, como de una descarga eléctrica, y le hacían apoyarse en la pared más cercana por miedo a desmayarse.
La buena noticia era que los entrenamientos le distraían. Se sentía tan torpe y poco ágil respecto a lo que solía ser que pasaba horas tratando de llevar su cuerpo más allá, hacia la recuperación total, hasta que Dame Simbai llegaba y le obligaba a parar diciendo que ya había tenido suficiente. La mitad del tiempo los ejercicios formaban parte del entrenamiento grupal, pero también pasaba largos ratos trabajando a solas.
Bueno, no exactamente.
En esos momentos, solía haber un Snow Kid acompañándole, ayudándole en sus entrenamientos personales. Se alternaban entre sí. A veces era Mice, otras Mark, otras Thran, a veces incluso permanecían con él por parejas hasta que ninguno podía más. También le dejaban ejercitarse solo y se sentaban a hacerle compañía, charlando o jugando a las cartas, como si no hubiera nada más interesante que hacer en el mundo. Pero la que más solía acompañarle, con diferencia, era Tia.
Apenas hablaban de algo que no fuera el fútbol. Fuera del holoentrenador, sus intercambios eran corteses y amables. Ella se mostraba distante y parecía haber construido un muro entre ellos que D'Jok no alcanzaba a comprender. Pero lo respetaba. Porque debía de haberla cagado mucho en el pasado para que ella le esquivara de esa forma, y hasta el día en que él lograra entender qué era lo que había pasado, seguiría respetando su espacio. Aunque no podía negar que se encontraba terriblemente confundido. Que necesitaba sentir que tenía su apoyo.
Cuando esos pensamientos le asediaban, sacudía la cabeza y trataba de librarse de ellos. No eran más que amigos, sólo eso. Poco más que viejos compañeros.
Aún así, Tia estaba tomándose su especie de papel de entrenadora personal muy en serio. Le exprimía hasta que el chico caía rendido y pasaba horas gritándole palabras de aliento, cronometrando sus tiempos, presionándole para ser más rápido, mejor.
Y luego estaban las imágenes que él no lograba quitarse de la cabeza. Ella y él sumergidos en el agua, a la luz de la luna. Paseando en la nieve. Tumbados en su cama. Tia con un vestido negro y una chica rubia llamándole desde unas escaleras. Besos, abrazos, gritos.
Sueños, se repetía a sí mismo. Sólo son estúpidos sueños.
[Perdóname
por todos mis errores,
por mis mil contradicciones,
por las puertas que crucé.]
La olió casi antes de verla. Mei acababa de salir de la ducha y llevaba un pijama rosado y suave, y destilaba un agradable aroma a moras. Esbozó una sonrisa al verle recostado en la cama, sobre su colcha, rodeado de los cojines que ella solía abrazar antes de dormir cuando aún vivía allí. Sinedd le devolvió la sonrisa al verla y echó de nuevo un vistazo a la estancia. Todo en el dormitorio de su novia, o más bien el viejo dormitorio en casa de sus padres, desprendía familiaridad. Las paredes de color pastel, el escritorio con una pila de libros del instituto encima que nadie se había atrevido a tocar, las fotografías con sus amigas de la adolescencia, los peluches que les observaban desde la cómoda. Incluso la luz de la mañana que irradiaba la estancia a través de las cortinas de mariposas tenía un cariz especial.
Mei se acercó a él apenas haciendo ruido con sus pies descalzos y se dejó caer en sus brazos, acurrucándose junto a su cuerpo tibio. Sinedd aspiró el olor de su pelo y suspiró de placer.
-Podría acostumbrarme a esto.
-Ya te dije que es la cama más cómoda del mundo.- rió Mei abrazándole más fuerte.
-No me refería a eso.- Sinedd sonrió contra su cabello. – Ya sabes, a tener una casa. He de reconocer que al principio tus padres eran un grano en el culo, todo el día pululando en torno a nosotros y lanzándome esas miradas inquisitivas.
Mei le pegó suavemente en el brazo.
-¡No son un grano en el culo!
-¡Au! Claro que lo son, si no, ¿de quién ibas a haberlo heredado?
Y ella decidió volver a golpearle, esta vez más fuerte.
-Llevas una semana bajo nuestro techo y zampándote toda nuestra despensa. Desagradecido.
-Estoy enfermito, ¿no?- él puso voz de pena. - ¿Qué van a hacer mis suegros salvo apiadarse de mí?
Desde que ocurrió lo de Paradisia, la madre de Mei les había obligado a permanecer allí con ellos. Insistía en que no soportaba la idea de que su pequeña volviera a Génesis tan pronto, y que debían quedarse en casa para poder recuperarse adecuadamente. Y Sinedd no podía quejarse, aunque la situación le resultaba extraña hasta el extremo. Jamás se había imaginado en aquel papel, pero estaba bien tener unos padres políticos que se preocuparan por él y que le sirvieran zumo en el desayuno y que bajo ningún concepto le dejaban marcharse, porque "No puedes pasar por esto tú sólo". No eran sólo las secuelas del accidente: la Niebla había hecho mucho daño a Mei y él no se encontraba mejor. Sabían que no debían volver a usarla en una temporada si querían recuperarse por completo. Era frustrante, pero haría cualquier cosa con tal de mantener a Mei sana y salva. Incluso desintoxicarse juntos, como ella solía decir. "No pienso ser la única que se pille una baja laboral", le había dicho mirándole muy seria, con sus ojos azules brillando como el hielo: "Si yo tengo que alejarme de los estadios, tú también." Y él, por supuesto, había tenido que aceptar. En cualquier caso, debía reconocer que se sentía demasiado débil como para pensar siquiera en jugar a fútbol.
Miró el paisaje nevado tras la ventana, los páramos de su infancia. Y aquella escena volvió a su cabeza.
Le había pillado de improviso, y ahora era momento de correr. Correr, pues sólo era capaz de pensar en Mei. Tenía la respiración agitada y el corazón le palpitaba en los oídos. Notaba la adrenalina fluyendo por su organismo, manteniéndole alerta. No tenía tiempo que perder. Los temblores cada vez eran más fuertes y en un par de ocasiones le obligaron a detenerse, pues amenazaban con hacerle perder la estabilidad. Se sobresaltó al escuchar cómo los cristales se rompían. Miró alrededor, a los pasillos de aquella mansión que ya le resultaban familiar, la mansión de Lord Primus.
Había sido fácil colarse en medio del caos de la final. Antes de que el Torneo terminara, había una misión que él tenía que cumplir, y con suerte nadie tendría por qué descubrirlo jamás. Al sentir el primer seísmo, no obstante, se había sumido en el terror, sin saber qué ocurría. ¿Lo había causado él al desactivar el programa? No lo sabía, pero miró la pantalla en negro y supo que era el momento de huir.
Y entonces, al pasar por el vestíbulo principal de la primera planta, listo para correr escaleras abajo, los escuchó. Los gritos. Gritos que no venían del exterior, sino de la estancia a su derecha, aquella que ocupaba el despacho de Primus. Gritos de hombre.
Por un instante dudó. Sabía que detenerse un solo instante podía ser su fin, pero al mismo tiempo, si había alguien allí atrapado y él no le ayudaba… Resopló y, armándose de valor, abrió la puerta. Y la imagen fue, sin lugar a dudas, impactante.
La enorme lámpara de araña se había desprendido y yacía en el suelo, con mil cristales rotos alrededor. Billetes inundaban el suelo de la estancia, manchados del polvo procedente del techo… Y de sangre. La sangre de Primus, atrapado bajo la forja.
-¡Sinedd! ¡Sinedd, gracias al Fluido!- aulló el hombre al verle. – Tienes que ayudarme a salir de aquí.
El chico dio un paso adelante, pero entonces se detuvo. Demasiados actos desinteresados en un solo día. El Sinedd frío, rencoroso y desconfiado se apoderó de él. Recordó con quién estaba tratando. Primus captó su mirada desafiante, y suplicó:
-Por favor, te lo ruego. Haré lo que me pidas, pero sácame de aquí.
Sinedd le miró a través del flequillo que le cubría los ojos, y no vio al ser todopoderoso que aquel hombre pretendía emular, sino a una criatura miserable y aterrada. Débil. Y se escuchó a sí mismo contestar, con voz metálica.
-Ya lo creo que lo hará.- hubo una nueva sacudida, y vio a Primus encogerse de dolor. Impasible, dio un paso al frente. – Me dijo que conocía el paradero de mis padres. Dígamelo.
Una sombra de duda cruzó el rostro de Primus.
-Yo… Te lo diré cuando salgamos…
-No. Ahora.
-No lo recuerdo. No estoy seguro. – balbuceó él, a punto de echarse a llorar.
Sinedd le miró con el hierro impreso en sus ojos. No le importaba la destrucción en torno a él, el apocalipsis que se cerraba como una tenaza. Era su oportunidad, su única oportunidad.
-Mentira.- respondió, cortante. – Si no me lo dice ahora mismo, me marcharé. Dígame la verdad. ¿Dónde están?
-Yo…- Primus dudó. Las lágrimas empezaban a anegar sus pupilas. – Yo no…
-¡DÍGAMELO!- rugió SInedd.
-¡NO LO SÉ!- gritó Lord Primus, derrumbándose. Se echó a llorar. – No lo sé, ¿de acuerdo? Era mentira. Sólo quería controlarte.
Puede que en el fondo Sinedd siempre lo hubiera sabido, pero en ese instante sintió como si todo el caos en torno a él le estallara dentro, en el corazón. Ese terremoto no era algo físico: era el grito de su cerebro. Era mentira. Sus padres estaban muertos, y Primus se había aprovechado de él. Era todo una mentira.
Su rostro permaneció inexpresivo mientras ignoraba el lamento del hombre. Le dirigió una última mirada, una mirada en la que su vista captó algo. El cuaderno negro tirado muy cerca de sus pies. Y sabía que ese cuaderno significaba algo, porque le había visto aferrarlo con fuerza en algunos de sus encuentros, revisarlo rápidamente en plena conversación, guardarlo bajo llave en su mesa. Sin dudar, se aproximó para cogerlo, impasible a las súplicas de Lord Primus.
-Hasta la próxima, Primus.
Se fue.
[Hay demasiados
corazones sin consuelo.
Es demasiado frío este momento
cuando siento que te pierdo.]
Sentía los músculos doloridos, fruto de las intensas sesiones de entrenamiento. Pero era tarde libre, y aunque todos los chicos se habían ido por ahí a hacer cualquiera de las suyas, ella había preferido quedarse en la academia. Era domingo, fuera el cielo estaba tremendamente gris y era una de esas tardes de pasearse de la cocina al dormitorio con una sudadera grande, arrastrando el mundo. Se sentía agotada y tenía el corazón agarrotado por una especie de nostalgia. Estaba triste y para no pensar en Paradisia, ni en Tristan, ni en Sonny pensaba en D'Jok, y para no pensar en D'Jok pensaba en fútbol, y para no pensar en fútbol pensaba en Mei, y en la Niebla, y en toda esa gente enferma, y de nuevo en D'Jok. Y para no pensar más ponía música en los cascos y se dejaba llevar unos instantes, antes de volver a dejarse arrastrar por el ruido en su cabeza. O bajaba a zamparse un paquete entero de galletas, y fue al regresar a su cuarto cuando lo escuchó.
What doesn't kill you makes you wish you were dead.
Got a hole in my soul, growing deeper and deeper…
Conocía esa canción. Procedía del dormitorio de D'Jok y Mice, a unos metros del suyo. La puerta estaba entornada, y era extraño, porque pensaba que D'Jok habría salido con los demás. Se acercó suavemente, intentando no hacer ruido. No pretendía espiarle, pero le vio tumbado en la cama, mirando al techo, y no pudo evitar quedarse muy quieta.
…And I can't take one more moment of this silence.
The loneliness is haunting me
And the weight of the world's getting harder to hold up.
Había algo en su mirada muy triste, y también en la letra de esa canción, porque Tia supo que debía de ser exactamente así como él se sentía. Solo, arrojado al mundo. Exhaló de forma queda y entonces él giró el rostro y la vio, pero no mostró sorpresa.
-Hola.- susurró Tia, sin saber bien qué hacer.
-Hola. – contestó él con voz ronca. - ¿Quieres pasar?
De forma automática, Tia asintió y entró a la habitación. Fue un acto impulsivo. Totalmente entregada a su cuerpo, caminó hasta detenerse a la altura de la cama, sin dejar de mirarle. Él también la observaba a ella, con rostro inescrutable. La penumbra le ensombrecía la mitad del rostro.
It comes in waves, I close my eyes.
Hold my breath and let it bury me.
I'm not okay, and it's not alright.
Won't you drag the lake and bring me home again?
-Túmbate conmigo.- le pidió el chico. Y en algún universo paralelo al que se habían desplazado de golpe, aquella petición era lo más normal del mundo. Y Tia sabía que iba a hacerlo incluso antes de que él se lo pidiera.
Se subió a la cama y se recostó lentamente, tumbándose de lado, girada hacia él. Se puso el brazo bajo la cabeza como almohada, dispuesta a no romper el contacto visual. Había algo que le impedía hacerlo, y no sabía qué. Estaba convencida a un nivel totalmente inconsciente de que, si lo hacía, todo en torno a ellos desaparecería para siempre. Porque el ambiente era frágil, vulnerable. El más mínimo paso en falso podía hacerlo saltar por los aires.
Who will fix me now? Dive in when I'm down?
Save me from myself, don't let me drown.
D'Jok se tumbó también de lado, hacia ella. Medio metro les separaba.
-Trataba de dormir, pero no lo logro.- confesó.
-¿Pesadillas?
El chico asintió.
-Yo también las tengo.- dijo Tia. – Cada noche. Tengo miedo a cerrar los ojos.
D'Jok permaneció en silencio unos instantes. Una sensación familiar invadió a Tia. La convicción de que, al mirarla, él no se detenía en la superficie. Su visión llegaba dentro, muy dentro, hasta perforar su mente y desnudarla por completo. La dejaba totalmente desarmada, expuesta y vulnerable.
-¿Por qué? ¿Qué nos pasó?
Tia se encogió de hombros.
-Hice cosas terribles.
La voz le tembló.
Who will make me fight? Drag me out alive?
Save me from myself, don't let me drown.
-Pero ahora está todo bien. Estás en casa.- murmuró él. – Y yo también.
Y Tia no pudo evitarlo. Estiró el brazo, salvando la distancia entre ellos, y con su mano aferró los dedos del chico, la mano que reposaba junto a la almohada. Sintió su tacto acogedor y cálido como un hogar. Familiar, ardiente, que se abría paso a través de cada poro de su piel. D'Jok le estrechó suavemente los dedos y uno a uno los entrelazó con los suyos.
-¿Puedo dormirme aquí contigo?- preguntó ella débilmente.
-Siempre que quieras.- respondió él, con una extraña paz bañando su cara. Desde que despertó de su letargo, Tia no le había visto adoptar aquella expresión. Era como si las fibras de su cuerpo, en permanente tensión, se relajaran una a una. Y lo mismo le sucedía a ella.
Poco a poco, ambos cayeron en la inconsciencia, mientras la música no paraba de sonar. Durmieron el uno junto al otro, sin tocarse, pero unidos a través de sus manos. Y ese fue el primer día que ninguno de los dos tuvo ni una sola pesadilla.
[Si pienso en ti
siento que esta vida no es justa.
Si pienso en ti
y en la luz de esa mirada tuya.]
-Ten mucho cuidado con lo que dices, Sonny.
Blackbones miró de soslayo a Corso, que permanecía en pie junto a él. Ambos hombres se encontraban en la inmaculada sala que albergaba el Consejo Extraordinario de la Sociedad del Fluido. Sus diez integrantes les observaban con sentimientos mezclados, desde la atención de Brim Simbra hasta la desconfianza de Brim Balarius.
Sonny no respondió a su compañero, sino que le dio una palmada en el hombro que parecía decir "Sé lo que hago."
En el fondo, estaba tranquilo. Dame Naveen, pirata retirada con una larga red de contactos poco lícitos que se extendía por toda la galaxia, había tardado poco en dar con él, a través de la gente adecuada. Y dado que Sonny quería alejarse de la Franja exterior de Zaelion donde se había ocultado, y aproximarse a Shiloh y a su hijo, no había puesto ningún tipo de reparos en obedecer a la llamada de la Sociedad. De hecho, sabía que si alguien podía ayudarle, eran ellos.
-Bienvenido, Sonny Blackbones. Es un placer recibirte al fin.- saludó Brim Simbra con amabilidad. El hombre, que se mostraba cauto, alerta, hizo un gesto con la cabeza en señal de asentimiento.
-El placer es mío.
-Sé que Dame Naveen te ha puesto ligeramente al tanto del motivo por el que has sido convocado.- continuó Simbra. La mujer sonrió débilmente al pirata. – Nos consta que tienes información sobre Paradisia y el Fluido. Hoy te pedimos que, en calidad de testigo, nos reveles dicha información. No serás juzgado por nada de lo que digas.
Sonny Blackbones permaneció en silencio, meditando las palabras del Presidente de la Sociedad. Sopesando qué podía revelar y qué no.
-Les contaré lo que sé. Pero- añadió, haciendo que el desconcierto apareciera en el rostro de Simbra – exijo algo a cambio.
Los miembros del Consejo se miraron y murmuraron entre sí. Brim Balarius se quejó en voz alta.
-No estás en posición de exigir nada, Blackbones.
-Se equivoca, señor.- respondió el pirata con una sonrisa desafiante. – Tengo información, y le recuerdo que la información es poder.
Antes de que nadie más protestara, Brim Simbra alzó la mano y mantuvo su mirada fija en Sonny.
-¿Cuáles son tus demandas?
-Desde este momento somos aliados en la lucha contra aquellos que intentan corromper nuestra galaxia, y seremos tratados como tal. – contestó. – Exijo protección por parte de la Sociedad para ocultarnos, y una colaboración activa que no contemple forma alguna de traición.
-Sea.- Brim Simbra le tendió la mano sin dilación y Sonny se la estrechó con fuerza. Apenas unos segundos después, comenzó su relato, una historia que ya sabía de memoria. Su enfrentamiento con Bleylock veinte años atrás y su posterior reencuentro, la producción de multifluido en la Esfera que él mismo había detenido así como los nombres de los jugadores que participaron en ella, las explosiones en Génesis causadas por el mismo Bleylock o alguien que continuaba su tarea, cómo fue encerrado injustamente y las averiguaciones que sus camaradas habían hecho: la verdadera identidad de Primus; que este, al igual que Vesto Maddox, estaba asociado con el poseedor del multifluido, que los estadios de Paradisia absorbían el Fluido de los jugadores y que este había sido inyectado en el planeta, causando la explosión. Habló y habló durante tanto tiempo que la boca se le secó, que parecía inconcebible que los presentes fueran capaces de seguir el hilo de la narración; pero así lo hacían. Supo callar datos oportunos, como la participación de Tia o todo lo que ocurrió a bordo de la nave de Technoid el día de la explosión, pero reveló el resto escogiendo cuidadosamente sus palabras. Al acabar, la sorpresa era evidente en los rostros de los presentes ante la magnitud de los datos revelados.
Y como era lógico, la ronda de preguntas llegó después. Que si conocía a más involucrados en la trama de Paradisia, si estaba seguro de que Vesto era un aliado de Primus, y si lo tenía bajo su custodia. Que si tenía alguna pista que pudieran seguir. Sonny contestó pacientemente. Explicó que no tenían muchos más nombres por el momento, que Vesto estaba con ellos y que sus piratas habían seguido el rastro de uno de los pocos aliados conocidos de Primus, Harris, cuando se llevó una carga de multifluido, pero que perdieron su rastro cerca de la base militar de Puerto Estrella.
-¿Podría identificar a los aliados de Primus, o Blade?- preguntó Dame Simbai con suavidad. El pirata asintió.
-Kliment Harris, los empresarios Cam Fernsby y Wonk Roomasa y el ministro de Deportes, Zeon Ghaffar. Que sepamos.
-Creemos que las principales mentes detrás de todo esto son el hijo de Maddox y el tal Harris. – intervino Corso. – Que Primus era sólo un pelele. Harris abandonó el planeta con una gran carga de multifluido antes de la explosión, y su posición le hace un gran conocedor del Fluido.
-Vesto le ofreció un cargo en Inteligencia Militar para Technoid después de largos años trabajando para el Departamento de Regulaciones para el Fluido en la Liga.- explicó Sonny.
-Será mejor que le investiguemos con detenimiento.- murmuró Brim Simbra, antes de girarse hacia Dame Simbai. – Mi buena amiga Simbai, te encargo la tarea de contactar con Adim y pedirle la máxima información posible sobre este individuo.
-Así será.- asintió la mujer. Simbra miró de nuevo a Sonny.
-Hemos mandado a un grupo de científicos de la Sociedad a recoger muestras de multifluido en Paradisia, pues la situación en el planeta está ligeramente más estable. Hemos pedido además muestras de Fluido de todos los jugadores de la Copa para comprobar cómo ha afectado a sus niveles.- explicó, enlazando las manos sobre la mesa. – Además, vamos a formar una patrulla con nuestros mejores exploradores y encargados de seguridad para iniciar una estrecha cooperación con tus piratas. Tal y como he asegurado, a partir de ahora trabajaremos juntos para parar esta amenaza.
-Pero Brim Simbra, Technoid...- comenzó Brim Ethos.
-Ya no podemos confiar en Technoid, ha quedado bastante claro. – interrumpió Simbra. - No deben descubrir jamás la naturaleza de nuestras acciones. Technoid se ha convertido en el enemigo, o al menos parte del enemigo más grande al que nos hemos enfrentado jamás.
-No podría estar más de acuerdo.- dijo Sonny.
-Consideramos oportuno darte traslado de todo lo que se decida en esta sala. Pasarás a formar parte de este Consejo si esa es tu decisión.
Sonny dudó un instante. Vio como algunos de los miembros se escandalizaban ligeramente, sin atreverse a contradecir a su líder. Ignoró sus rostros y respondió, tras sopesarlo:
-Creo que será mejor que vuelva a Shiloh, pero puedo unirme a vosotros a través de hologramas. Hay varias tareas allí que exigen mi presencia física.
-Como consideres.- respondió Brim Simbra con un asentimiento. Ahora será mejor que ambos toméis asiento, hay algo que debo mostraros a todos.
Intercambió una breve mirada con Dame Simbai, que, ante su orden silenciosa, extendió una carpeta blanca hacia el centro de la mesa.
[No quedan días de verano
para pedirte perdón.
Para borrar del pasado
el daño que te hice yo.]
Fue justo entonces.
Los jugadores se dispersaban desde el centro del campo, charlando y riendo entre sí, hasta sus respectivas posiciones. D'Jok caminaba tranquilamente con Micro-ice, como si fuera un entrenamiento más, un día cualquiera. Aarch hizo aparecer los hologramas del Equipo Paradisia en el terreno de juego.
-Bien, Snow Kids, veamos que tal os desenvolvéis con vuestras viejas amigas.
D'Jok miró a las chicas con el ceño fruncido. Era extraño, porque en cierto modo le resultaban familiares, pero no como si formaran parte de un recuerdo, sino más bien de su imaginación.
-¿Nostálgico?- preguntó Micro-ice.
-No puedo decir que las haya echado de menos.- respondió, alzando las cejas.
En ese momento, una copia de sí mismo teñida del tan familiar color azul de los clones apareció entre sus antiguas compañeras.
-¡Eh!- exclamó D'Jok al ver su propia copia a unos cuantos metros.
-Lo siento, D'Jok, pero no podemos dejar al Equipo Paradisia sin su capitán.- explicó Artegor.
-No se trata de eso. Es que el clon no me hace justicia en absoluto.- le guiñó un ojo a Micro-ice, que puso los ojos en blanco. – Soy mucho más guapo.
-Veamos si te hace justicia en lo que a juego se refiere.- respondió Aarch con una sonrisa. – Adelante, chicos.
El juego comenzó, y D'Jok rápidamente se dio cuenta de cómo esas chicas habían llegado hasta la final. Su juego era potente, fuerte, agresivo. Eran más que buenas: eran imbatibles. A lo largo de la siguiente hora, él y los Snow Kids se dejaron todas las energías y las ganas en tratar de superar el nivel del Equipo Paradisia, pero cada vez que lograban hacerse con el control del encuentro ellas les sorprendían con una nueva jugada, un nuevo gol o una nueva estrategia.
Thran y Ane suspiraban sin resuello por la dificultad de cubrir a las delanteras rivales, especialmente a Nikki. Tia y Mark trataban de distribuir los balones desde el centro del campo pero el juego duro de las chicas les dejó más de una ocasión en el suelo, y ni siquiera sus tantos sirvieron para romper el 5-3 aplastante. Y sin duda el peor de todos era el falso D'Jok.
Era veloz, ágil y fuerte, con una fuerza descomunal en los tiros que el verdadero D'Jok no se veía capaz de equiparar. Estaba en todas partes al mismo tiempo; defendía, atacaba, organizaba el juego y era el ariete perfecto, siempre cerca de la portería para disparar cuando se daba la oportunidad. No mostraba vacilación ni ninguna emoción en su rostro que no fueran furia o arrogancia.
D'Jok jadeó, incapaz de vencer a su clon, quien estaba en posesión del balón listo para volver a marcar. No obstante, Tia apareció oportunamente por la derecha y de una rápida entrada logró arrebatarle el esférico. Este fue a parar a los pies de Ane, que avanzó antes de hacerle un magistral pase a Thran y este, a su vez, a Mark. El chico logró librarse de las centrocampistas de Paradisia y con un largo chute devolvió el balón a Tia. La chica corrió hacia la portería a toda velocidad y, al toparse con una barrera de jugadoras, hizo un hábil pase hacia atrás a D'Jok. Con un gesto le indicó al chico que era su momento para anotar. Él, sin dudarlo, salvó la distancia que le separaba de la portería sintiendo como el Espíritu fluía a través de sus venas. Y justo cuando estaba a sólo un par de metros y se preparaba para lanzar, su clon apareció frente a él.
No era consciente de qué ocurría. Simplemente alzó la vista y se topó con sus propios ojos, devolviéndole la mirada. Y hubo algo en esa conexión que activó un mecanismo en su interior. No sabía qué estaba ocurriendo, pero de repente notó un dolor agudo en la cabeza, como si fuera a estallarle, y tuvo que cerrar los ojos, llevándose las manos justo encima de los oídos.
Fue una especie de cortocircuito o una descarga eléctrica, no sabía exactamente qué. Pero un instante después estaba tirado en el suelo retorciéndose de dolor, de un dolor que amenazaba con destruirle desde dentro. Era como si le estuvieran electrocutando, como si le torturasen; no veía nada, pues todo era blanco, y apenas oía nada. Sus propios gritos, así como los de sus compañeros, le llegaban desde otra galaxia.
Tia tampoco veía ni oía a sus compañeros. Sólo sentía pánico mientras recorría los metros que le separaban del chico y se dejaba caer de rodillas junto a él.
-¡D'JOK! ¡D'JOK!- gritó, agarrándole por los hombros. Pero la mirada del chico estaba perdida, como si sufriera un trance.
-¡Clamp, sácale inmediatamente de ahí!- Aarch se aferraba a su comando, aterrorizado, mientras el resto de jugadores rodeaban al chico tratando de ayudarle. El holoentrenador se desvaneció a su alrededor y, súbitamente, tan rápido como había empezado, paró.
El cuerpo de D'Jok paró de sacudirse y sus quejidos de dolor desaparecieron. Una película de sudor frío cubría su rostro. Poco a poco cada músculo se fue relajando hasta que, finalmente, el chico logró enfocar la vista. Y se encontró a todos sus compañeros, Aarch y Artegor mirándole con miedo.
-¿Qué ha sido eso?- murmuró Micro-ice cuando su mejor amigo le miró aturdido. Pero el chico no respondió, sino que trató de incorporarse. Aarch y Mark se apresuraron a levantarle ligeramente, haciendo que quedara sentado en el suelo.
D'Jok no dijo nada durante unos minutos. Miraba sin ver, temblando ligeramente, mientras su cabeza trabajaba a toda prisa como un motor saturado de combustible. Las ideas le bombardeaban de tal forma que era prácticamente imposible hilarlas entre sí. Murmuró palabras ininteligibles en voz baja, sudoroso y pálido, mientras los demás trataban de llamar su atención.
-D'Jok…
-D'Jok, ¿qué está pasando?- demandó Thran con rostro desencajado. Y en ese momento su amigo alzó la vista inundado por una especie de comprensión, como si acabara de salir de una experiencia mística y les viera por primera vez en mucho tiempo. Tia miró sus ojos y era como si el velo de frustración y de vaguedad que los cubría desde hacía días hubiera desaparecido. Había vuelto esa mirada. Había vuelto D'Jok. Por fin había despertado por completo.
Y así lo confirmó él:
-Acabo de recordarlo todo.
Esas simples palabras estuvieron acompañadas de una sensación de alivio general. Y si bien la propia Tia lo sintió también, parte de ella batallaba contra el miedo. Y su miedo sólo creció cuando D'Jok clavó la vista en ella, sin decir nada, mientras los demás permanecían ajenos a todo lo que se libraba entre ellos en ese mismo instante.
[Será tu voz, será el licor,
serán las luces de esta habitación.
Será el poder de una canción,
pero esta noche moriría por vos.]
Se sentó en el borde de la cama, retorciéndose las manos y cansada de caminar de un extremo a otro de la habitación. Estaba sola en el dormitorio, y si bien las últimas horas se le habían hecho eternas, agradecía que Ane no estuviera allí poniéndola más nerviosa.
Había tratado de relajarse en vano. Media hora bajo el agua casi ardiente de la ducha no había servido más que para irritar su piel, y por más que trató de sentarse a leer para matar el tiempo las palabras ante sus ojos no tenían sentido, de modo que acabó lanzando el libro a un rincón, frustrada. Se dedicó a ordenar el cuarto e incluso a doblar cuidadosamente la ropa de su amiga, tirada sobre la cama, y a organizarla por colores. Y mientras, su cabeza no descansaba.
Habían pasado ya más de tres horas desde que se habían llevado a D'Jok a la enfermería, y luego al hospital, para que le hicieran las pruebas adecuadas. Necesitaba desesperadamente verle, saber qué había pasado, si estaba bien y, sobre todo, cuál era su actitud hacia ella. El hecho de que hubiera recordado todo les situaba en una posición peligrosa y, aunque Tia se alegraba de que el chico hubiera recuperado la memoria, una parte egoísta de ella había deseado con todas sus fuerzas que eso no ocurriera, pues complicaría inevitablemente las cosas. Ahora D'Jok lo recordaba todo. Y, bueno, ¿qué era todo? Su breve romance, eso sin duda. ¿También que ella no le había contado que Mei le engañaba? ¿Y su ruptura? ¿La odiaría?
El ruido de unos nudillos en la puerta la sacó de sus pensamientos. Se incorporó para abrir y casi le dio un infarto cuando el sujeto mismo de sus preocupaciones apareció plantado en el pasillo. El chico la miró con expresión de perro abandonado antes de preguntar:
-¿Me dejas pasar aunque no haya traído comida?
Tia tragó saliva, recordando aquella noche ya lejana en su balcón. Se quedó embobada antes de darse cuenta de que D'Jok esperaba una respuesta. Ligeramente avergonzada, se hizo paso a un lado.
-Claro, claro. Pasa. ¿Qué tal estás?
Cerró la puerta tras él y el pelirrojo la miró con aire contrito y las manos en los bolsillos del vaquero en un deje casual.
-Me siento como si me hubieran pegado la paliza de mi vida pero no me quejo. En los análisis no ha aparecido nada raro.
Tia se acercó a él, olvidando de repente todas sus dudas y nerviosismo, que fueron reemplazados por preocupación por D'Jok.
-¿Qué te ha dicho Dame Simbai?
-Que tengo que reposar y tomármelo con calma y que trataremos de averiguar cuál es la conexión entre los ataques y pesadillas que sufro y mis recuerdos, aunque algo dentro de mí me dice que este era el definitivo. Que todo ha venido al fin a mí.
De repente los nervios volvieron a apoderarse de Tia, y no sabía si era cosa suya o no, pero con esa última afirmación el ambiente en la estancia parecía haber cambiado de golpe. Haberse vuelto más pesado. Como si cualquier movimiento en falso pudiera hacer que todo se derrumbara hasta los cimientos. Se dio cuenta de que se había acercado mucho más de lo planeado a D'Jok, que le sudaban las manos y que la luz era tenue y que apenas se atrevía a descifrar la expresión del chico, pero que en esta había algo que no había visto en los últimos días. Una especie de expectación.
Y ahora la pelota estaba en el tejado de Tia. Era ella la que tenía que dar el siguiente paso.
-Y… ¿qué es lo que has recordado?
El corazón le iba a mil por hora, porque llevaba semanas sin saber absolutamente nada de D'Jok, pensando que le había perdido, y ahora él estaba ahí, a sólo un metro, al alcance de su mano. Tan cerca que si daba un solo paso podría oler su perfume y tal vez, solo tal vez, si se concentraba mucho, podría escuchar su respiración. Sabía que eso era imposible, y sin embargo, hacía mucho que no le sentía tan cerca.
D'Jok notó la sacudida en su estómago cuando observó cómo Tia se mordió el labio, expectante. La conocía tan bien que se imaginaba exactamente qué bullía en aquel momento en su cabeza. Reconoció los gestos de su nerviosismo, y contuvo una sonrisa de lobo al darse cuenta de que seguían siendo ellos.
-Al principio pensaba que era un sueño.- confesó, bajando el tono de voz. – Me venían ciertas imágenes de nosotros. Ahora sé que era todo real. Que los besos, las citas que ocultábamos a los demás, el baile en Paradisia, aquella noche en la piscina… No lo había soñado.
Tenía la voz grave y Tia sintió cómo un familiar cosquilleo se extendía por todo su cuerpo. Sentía el estómago pesado y el corazón punzante en el pecho y, sin embargo, era agradable. Era cálido como el deseo y dulce al mismo tiempo.
-No, no lo soñaste.- murmuró.
-También recuerdo lo malo, claro. Como por ejemplo, que nunca me contaste que Mei me engañó, o la discusión que tuvimos el día que decidiste que era mejor cortar conmigo, cuando me dijiste que no me querías.- D'Jok frunció el ceño levemente. Aún dolía, pero Tia se relajó ligeramente al no ver ni rastro de la rabia del pasado. No obstante, seguía temiendo la reacción del chico al respecto.
-Fue horrible, y lo siento.- respondió en un tono afligido, casi de súplica. – No me odies. Por favor.
D'Jok la observó largamente. Era cierto que lo de Mei había sido una puñalada, pero ya no representaba nada. Sabía que eso no era lo que le había herido de verdad. Lo que le lastimó fue darse cuenta de que Tia no sentía nada por él al margen de atracción física. Y seguía siendo doloroso, pero al ver el arrepentimiento de la chica entendió al fin su miedo.
-Tia, claro que no te odio.- respondió con sorpresa, como si fuera lo más obvio del mundo. – No estuvo bien, pero no voy a odiarte por ello. Es cosa del pasado.
La chica asintió y esbozó al fin una sonrisa de alivio. D'Jok respondió al gesto. Ninguno de los dos sabía bien qué hacer, porque el ambiente continuaba siendo denso. No obstante, él dio un paso algo vacilante hacia ella.
-Hay muchas cosas de las que deberíamos hablar.
Tia volvió a sonreír, y le imitó, avanzando también un paso hacia él.
-Habrá tiempo de sobra.
De pronto estaban muy, muy cerca. Tia tenía que levantar la vista para mirarle pero sentía perfectamente el calor que irradiaba y su presencia invadía todo en torno a ella.
-D'Jok…- murmuró. No se sentía segura, no sabía si debía decirlo, le daba pánico no imaginarse siquiera las consecuencias, y sin embargo tenía que hacerlo. Aunque estuviera más nerviosa que en toda su vida. Aunque tuviera ganas de echar a correr.
-¿Sí?- preguntó él con gesto inocente, con un amago de sonrisa insinuándose en sus comisuras y sus ojos casi negros, bañados en sombra.
-Era mentira lo que te dije. Sí que te quiero. Siempre te he querido.- y al decirlo desapareció de repente todo el miedo.
Lo soltó de corrido y no esperó ni una respuesta. En lugar de eso, se lanzó a su boca. Y D'Jok no vaciló un solo instante en aferrarla por la cintura, pegándola todo lo posible a él. Tia tuvo que contener un gemido cuando volvió a notar ese tacto, esa intensidad, después de tanto tiempo. Era un beso desesperado, un beso de reencuentro. Había mucho más que la pasión habitual. Había pura furia y pura impaciencia en el modo en que enterró sus manos en el pelo de D'Jok, allí donde pertenecían, y él la aferró con fuerza hasta casi fundirse con ella. No existía ni un solo centímetro de espacio entre sus cuerpos: todo era Tia, todo era D'Jok, todo era ese beso demandante.
-Joder, ya era hora.- susurró Tia contra su boca antes de morderle el labio y D'Jok gruñó. Así que quieres jugar. Bajó las manos hasta su trasero y lo agarró con fuerza, sintiendo cómo Tia se arqueaba contra él. La chica no tardó en arrancarle la camiseta con impaciencia. Su boca comenzó a devorar su cuello, su oreja, a morderle el hombro y lamer la piel caliente que encontraba. D'Jok, fuera de sí, la aupó con ambas manos, haciendo que la chica enrollara las piernas en torno a su cintura, y la llevó hacia la cama. La depositó bajo él, con un cuidado que no frenaba para nada su pasión enfurecida, y la despojó de la camiseta y del pantalón, lanzándolos hacia el olvido. La piel clara de la chica no incitaba a otra cosa que lamer y besar cada centímetro, y así lo hizo, deleitándose en cada rincón. Mordió y marcó su suave cuello mientras sus manos vagaban por su cintura, sus caderas, sus muslos, antes de ascender hacia sus pechos. Tia gimió, entre jadeos, cuando sintió la boca de D'Jok sobre ellos, jugando con ellos. Él le quitó el sujetador con ese rápido gesto que da la experiencia antes de volver a centrarse en ellos, no sin antes detenerse un momento a admirarla. Pero no había tiempo que perder, porque llevaba esperando ese momento toda su vida. Y en ese instante todo eran ellos: el calor, la piel, los jadeos y la prisa.
Tia se sentía a punto de desfallecer, y cuando D'Jok aventuró una mano más allá de sus bragas supo que no aguantaría mucho más. Con un gesto autoritario, le obligó a ponerse bajo ella y le quitó los pantalones, consciente de la fuerte erección del chico. Esbozó una sonrisa felina que sólo aumentó la desesperación de D'Jok y lanzó lejos la poca ropa que quedaba entre ellos.
Y de pronto ahí estaban. Sin nada que les separase. Por primera vez completamente desnudos ante el otro, hechos excitación y carne. Una sola mirada de D'Jok le bastó. Se dio cuenta de que llevaba esperando ese momento años, desde el mismo instante en el que le conoció. Y así, le introdujo en ella.
D'Jok suspiró. Sentía que se estaba derritiendo, que era presa de un placer tan intenso que resultaba casi doloroso. Que le poseía. Cuando Tia comenzó a moverse rítmicamente sobre él y clavó en él sus ojos de gata, con el pelo desordenado y guapa como nunca, D'Jok dejó caer la cabeza hacia atrás y aferró las caderas de la chica con ambas manos, ayudándola. Se sentía morir. Porque por primera vez hacía el amor con la mujer a la que de verdad quería y el universo entero parecía reducirse sólo a ellos. Era un nuevo big bang, eran todos los océanos del mundo y la lava de mil volcanes arrastrándolos a su paso y reduciéndolos a ceniza.
No duraron mucho, pero fue como tocar el cielo con las manos. Una vez acabó, Tia se dejó caer sobre él, con la respiración entrecortada, y con las pocas fuerzas que le quedaban D'Jok la abrazó contra su pecho. Piel contra piel.
Notaban perfectamente el pulso acelerado y la respiración jadeante del otro. Y D'Jok no pudo más que tratar de sonreír y colocarle el cabello detrás de la oreja para susurrar:
-¿Sabes qué? Yo también te quiero.
Y rió al sentir la risa de Tia reverberando contra su cuello.
(Que quiero llegar al cielo
trepando por tus caderas.)
