Qué puedo decir.

Aquí estoy, cuatro años más tarde, para darles a mis personajes el momento que se merecen.

Si alguien lo lee, si alguien sigue ahí, espero que lo disfrute. Esta historia es una parte muy especial de mí.

Un abrazo.


«Dame una noche de asilo en tu regazo.

Esta noche, por ejemplo, dejemos al mundo fuera…»

[2:27 a.m.]

Recorrió con la mano la suave curvatura de su espalda, adivinando los músculos bajo la palma. Con la punta de los dedos rozó apenas la piel del mismo modo en que un pianista acaricia levemente su instrumento, en que intuye sus contornos antes de iniciar una nueva pieza. Ascendió de nuevo en dirección a la protuberancia de sus omóplatos y sintió una dulzura remota, ya olvidada, al escuchar el suspiro del chico que yacía tumbado bocabajo. Le costaba aceptar que aquello realmente estaba ocurriendo, que no era un producto de su imaginación. Que D'Jok estaba ahí, junto a ella, tan real y tangible como el resto de elementos que componían el paisaje de su dormitorio.

—Me haces cosquillas…—. Aunque Tia no podía verle el rostro, vuelto hacia el otro lado, escuchó su sonrisa.

—Pero si estás dormido como un tronco. —murmuró ella mientras se inclinaba para besarle la nuca, al tiempo que aventuraba la mano por debajo de las sábanas que cubrían a D'Jok hasta las caderas. Desprendía tanto calor que lograba hacer del mes de enero en Akillian algo confortable, un lugar en el que acurrucarse y quedarse a vivir.

Entonces sí, él rio con suavidad y volvió el cuerpo hacia ella. La sábana se deslizó aún más revelando su desnudez y Tia se ruborizó, lo cual sólo provocó que él riera más fuerte. Podría pasar siglos con ella y aun así no cesaría de maravillarle aquella timidez repentina. Tomándola de los brazos, D'Jok la atrajo hacia sí para besarla.

—¿De veras vas a sonrojarte después de las cosas que me has hecho?

Ella abrió mucho los ojos. Se alejó de los besos y escondió la cara en su cuello, abochornada. Por un instante, le aturdió la cercanía de su piel algo húmeda y su olor, ese olor que había anhelado cada día que habían pasado separados, como el sediento busca desesperadamente agua en el desierto.

—¡D'Jok!

El pelirrojo estalló en carcajadas al oír la voz ahogada de la joven. Quería que volviese a mirarle. Forcejeó un poco con ella, juguetonamente, y, al no conseguirlo, bajó los brazos para rodear su cintura y la estrechó contra él.

—¿No es cierto acaso?

—¡Lo dices como si me hubiera abalanzado sobre ti!

Tia alzó el rostro de nuevo y D'Jok aprovechó la oportunidad para depositar besos en la línea de su mandíbula, junto a la comisura de los labios, allí donde ella (que jugaba a apartarse) le ofrecía la cara.

—Acabas de describir perfectamente la situación. —susurró, y, cuando Tia trató de alejarse de nuevo, la volteó rápidamente de tal modo que esta vez la chica quedase debajo de él. Con el cabello despeinado y los ojos llenos de una especie de anticipación estaba tan bonita que no le dejó otra alternativa que proseguir su senda de besos por el cuello. Sintió cómo la respiración de la joven se aceleraba un poco. —Y esperas que no me duerma…—continuó, concienzudo, con su labor, ahora aventurándose más allá de las clavículas, en el nacimiento de sus senos. —¡No me has dado tregua en toda la noche!

Ella intentó replicar, pero la boca de D'Jok tenía la habilidad de anular su capacidad de raciocinio. Lo había comprobado de sobra tras su beso de reencuentro, al que había seguido una intensa sesión de sexo que duró hasta bien entrada la madrugada. Tia lanzó una rápida ojeada al reloj sobre la mesilla. Marcaba casi las dos y media.

Tras el primer asalto, D'Jok había enviado un rápido mensaje a Micro-ice para pedirle que les cubriera. Desde luego, no sabía qué excusa habría inventado M'ice, pero en ese momento (algo excepcional proviniendo de ella) no podía importarle menos. Tan solo lamentaba un poco haberse perdido la cena, algo que también había olvidado deprisa gracias a los hábiles dedos de D'Jok. El chico parecía decidido a compensar todo el tiempo perdido los últimos dos meses. También a torturarla lentamente hasta matarla de placer, claro, porque Tia estaba convencida de que nadie podía tener tantos orgasmos en una sola noche sin desfallecer. Y es que, técnicamente, era él quien no le había dado tregua; aunque, siendo justos, la chica no se quedaba atrás. El deseo acumulado durante tantísimo tiempo había detonado, arrasándolo todo con su onda expansiva.

En cierto modo, era como si no hubiese pasado ni un solo día, porque Tia conservaba idéntica la pasión, el fuego en sus venas, la hipersensibilidad de cada poro de su piel al mínimo contacto de D'Jok: su cuerpo reaccionaba ante él de una manera peculiar, hasta entonces desconocida, como magia en las manos de un prestidigitador. Sin embargo, el tiempo que habían pasado separados había obrado para generar una especie de tensión in crescendo, pues, de lo contrario, ¿cómo podía ser que el mero hecho de verle tumbado en su cama despertase en ella al mismo tiempo tanta ternura y tanta avidez?

Dicha pregunta iba a quedar sin respuesta, pues la lengua de D'Jok en la curva de su cintura le dejó la mente en blanco. Tan excitante como sus labios saboreando cada palmo de la piel de su torso eran los sonidos de auténtica devoción que él profería al devorarla. Sin embargo, su cerebro emitió cierta señal de alarma cuando él le rodeó los muslos con los brazos justo en el momento en que llegó a la curvatura de su ingle. Tia levantó la cabeza de la almohada. ¿Acaso iba a…? La chica se mordió el labio, algo inquieta. Hacía años que no le hacían eso.

Como si le adivinara los pensamientos, los ojos de D'Jok se cruzaron con los suyos. Detrás de ellos acechaba un brillo animal. Con sus fuertes manos sujetándole la piel de los muslos y la cabeza asomando entre ellos, Tia le maldijo en secreto por conseguir desestabilizarla así.

—¿Sabes? —preguntó él con descaro. —Empiezo a tener algo de hambre.

Y Tia se derrumbó sobre el colchón al primer roce de su lengua.

[3:40 a.m.]

—Mmmm…

D'Jok profirió un sonido de satisfacción tras terminar el último bocado de hamburguesa. Tia, sentada en el suelo junto a él, se echó a reír. Tenían la espalda apoyada contra la cama y, junto a ellos, tres cartones vacíos de patatas fritas —doble ración para mí, Tia, me lo he ganado— y dos enormes vasos de refresco. El repartidor a domicilio probablemente habría quedado patidifuso al ver a la centrocampista estrella de los Snow Kids salir en plena madrugada a recoger su pedido.

—Pensaba que ya estarías lleno. — le miró con una ceja en alto y una sonrisa ladeada, la misma que había heredado de él. D'Jok, por supuesto, se dio cuenta. Esa sonrisa y su camiseta, la misma que la chica llevaba puesta en ese momento, le quedaban infinitamente mejor que a él.

—Y lo estoy, mi amor; esto es solo el postre.

El corazón de Tia dio un vuelco al oír el apelativo. Increíble revivir, como una quinceañera, la magia de todas esas primeras veces; que no eran tan primeras, en el fondo, pero que ellos sentían así. Apartó los restos de papel de la cena y se reacomodó hasta sentarse a horcajadas sobre él, con las rodillas a ambos lados de las piernas de D'Jok, quien solo llevaba la ropa interior. Él la miró con interés.

—¿Ah, sí? —ronroneó Tia, colocando las palmas en las mejillas del chico. Notaba la dura piel bajo las manos, su respiración tan cerca que podía discernirla con total claridad. D'Jok clavó en ella esos ojos de color verde bosque en los que tantas veces había deseado volver a perderse, brillantes bajo la tenue luz del dormitorio, y había tanto amor en ellos que resultaba abrumador. Se sentía tan desbordada de emoción que fácilmente podría echarse a llorar, o a reír, o ambas cosas al tiempo. De modo que, en su lugar, decidió acortar los centímetros entre sus bocas con un beso en el que ojalá él supiese todo lo que sentía: —Yo pensaba que el postre era este.

Se separó apenas unos milímetros para decirlo, pero D'Jok, cuyas manos yacían en sus caderas, subió una de ellas hacia su pelo y la acercó de nuevo para continuar lo que había iniciado. "Joder", acertó a pensar, cuando el chico retomó el beso. Había algo en esos besos que debía ser adictivo, delicioso y tóxico como la nicotina, porque una vez que sus bocas se juntaban era sencillamente imposible parar. Siguieron besándose con fervor y sin prisa durante lo que parecieron varias vidas por el mero placer de poder hacerlo, de volver a paladear el sabor del otro y el tacto de sus lenguas y sus dientes contra la tierna carne de los labios y saber que eso, exactamente así, era todo lo que necesitaban.

Al fin, Tia se detuvo un instante a tomar aire y D'Jok aprovechó para observarla. El trazado perfecto de sus cejas; la punta pequeñita de la nariz, algo respingona; las diminutas pecas derramadas sobre las mejillas, constelaciones sobre su piel pálida y tersa. Era extraño, porque de cierta forma él sentía que el viaje a Paradisia había sido apenas unos días atrás, como si en su relación jamás hubiera existido el lapso temporal que aparentemente había experimentado ella. Prácticamente, D'Jok podría describir las semanas que pasaron viéndose a escondidas, sus encuentros, sus citas, sus discusiones y sus afectos, con bastante claridad. Y, no obstante, parecía que distaba una eternidad. Imaginaba que, para ella, así sería. Distraídamente, le colocó un mechón tras la oreja. Se preguntaba cómo estaría viviendo Tia aquello. Era como si se encontrasen en husos horarios totalmente diferentes, como si, por vez primera en su relación, partiesen de páginas realmente distintas. No se hallaban en el mismo punto ya que, sencillamente, su recorrido hasta él no había sido el mismo. Eso le inquietaba. Era incapaz de ponerse en la piel de la rubia por mucho que quisiera. De pronto, para él, las últimas semanas de su vida se habían borrado de un plumazo. ¿Cómo iba a poder amarla como ella merecía si estaba caminando a ciegas?

Vio cierta interrogación en sus ojos claros. Tia se había dado cuenta de que estaba pensativo, y parecía esperar a que se explicara. Pero, en su lugar, D'Jok le acarició con suavidad el rostro hasta cubrirlo con su mano. Tia cerró los párpados, extasiada, y él intentó aprenderse cada diminuto rincón de la visión ante él, en caso de que algún día sus recuerdos volvieran a fallarle, para grabarse hasta el más pequeño de sus lunares en el último refugio de la memoria.

—Te quiero. —susurró Tia. Él sintió un nudo en la garganta, y este se estrechó aún más cuando ella le besó el pulgar que reposaba junto a su boca. – Te quiero, D'Jok.

Tia abrió los ojos, y había en ellos tal convicción que ni el menos cuerdo de los hombres se atrevería a dudar. A D'Jok le invadió una ternura infinita, pero también algo muy parecido al orgullo, a la complacencia que le producía saber que una mujer así era suya, del mismo modo que él había sido suyo desde el primer día. Para reafirmárselo, Tia, hundió las manos en su pelo y le obligó a mirarla fijamente. –Te quiero con todo mi corazón. Y voy a repetírtelo por todas las veces en que no te lo pude decir.

Le tembló un poco la voz al llegar al final de la oración. Había pasado las últimas semanas de su vida maldiciéndose por haberle perdido. Si no se hubiese comportado como una estúpida, si no hubiese herido sus sentimientos sin la menor consideración, él no se habría apartado de su lado. Y, cuando le vio precipitarse hacia el suelo en la final del Torneo y permanecer inconsciente durante días en la camilla del hospital, había estado a punto de perderle de veras. A D'Jok. A su D'Jok. Si en algún momento había tenido alguna sospecha de que lo que quería era estar con él, lo había confirmado por la fuerza.

Esta vez fue él quien se dio cuenta de que algo le preocupaba. Lo notó en su mirada y en la forma en que se mordió un poco el labio inferior. Sin dudarlo, hizo a Tia recolocarse para que quedase sentada sobre su regazo, con las piernas hacia un lado.

—Oye…— musitó. El cabello rubio de la chica quedaba justo debajo de su nariz y él notaba perfectamente el olor de su champú, a manzanas frescas. Le besó la frente. — Tia, no voy a dejarte nunca más. Nunca. ¿De acuerdo?

Ella alzó la vista y le miró. Tenía los ojos algo vidriosos. D'Jok le acarició el pelo con delicadeza.

—Sé que ya te dije lo mismo una vez, pero te lo estoy prometiendo. — No quería hablar más de la cuenta, porque había cosas que aún no le había contado a Tia ni a los demás. Pero sobre otras sí que podía ser sincero: — Estoy aquí, con la mujer de la que estoy enamorado. Y solo me marcharé el día en que ella me pida que lo haga.

Tia tragó saliva con fuerza. La última vez que él le dijo algo así, ella desconfió, en lo que pareció ser una profecía autocumplida. Pero esta vez era distinto. Esta vez quería creerle, e iba a poner todo su empeño en hacerlo.

La mujer de la que estoy enamorado. Más que mariposas, lo que se desató en su tripa fue un huracán.

—Buena suerte con eso. —replicó Tia con voz ronca por toda respuesta. —Tú no vas a volver a irte a ninguna parte.

D'Jok rio entre dientes. El humor de la estancia se había aligerado de nuevo.

—¿Me vas a retener?

—Claro. —contestó ella, y se recostó lentamente en el suelo mientras tiraba de él. El contraste entre la baldosa fría y el cuerpo ardiente de D'Jok le puso la carne de gallina, pero de una manera agradable. Quedó completamente tumbada, con D'Jok echado junto a ella y sus piernas entrelazadas. — Voy a atarte a mi cama.

—Ajá— D'Jok comenzó a besarla de una forma lenta y sensual, haciéndose de rogar, deleitándose en la espera. — Me encantaría ver algo así, aunque me temo que no te va a hacer mucha falta.

Entonces, su mano izquierda comenzó a aventurarse por el borde de la camiseta de Tia. Sintió cómo su vientre se encogía, y contuvo una sonrisa. Definitivamente, le quedaba mejor que a él.

[5:45 a.m.]

—Duérmete.

Su voz fue un susurro apenas. El cielo empezaba a teñirse de un color azul añil tras el cristal, y Tia, a su lado en la cama, luchaba con todas sus fuerzas por no quedarse dormida. Pero D'Jok no cesaba de observarla, y se dio cuenta, divertido, de lo mucho que le costaba mantener los párpados abiertos.

—No. —protestó Tia. Él rio suavemente y siguió acariciándole el cabello. Sabía que ese era su punto débil, y que no tardaría en caer dormida si continuaba tocándole ahí.

—Tenemos todo el tiempo del mundo, Tia. Estás agotada.

Habían pasado la última hora abrazados bajo las sábanas y charlando en susurros. No hablaron de gran cosa, en realidad: todo era una mera excusa para volver a oír la voz del otro de cerca y para no tener que separarse, ni siquiera en sueños. Pero no tardaría en amanecer, y, aunque no tenían entrenamiento por la mañana, D'Jok tenía intención de reunir al equipo. Había varios asuntos pendientes que debían tratar.

—D'Jok…—murmuró ella, como si le leyera la mente. Había conseguido abrir los ojos lo suficiente como para mirarle con una intensidad que él no pasó por alto: — Deberíamos hablar. Lo sabes, ¿no?

Él no contestó de inmediato. Delineó con la punta de los dedos la forma de su pequeña oreja. Se había fijado en que el punto detrás de la oreja parecía relajarla especialmente. Le hizo cosquillas con mucha suavidad.

—Sí, lo sé. —. Su respuesta fue más bien un suspiro. Pero ella estaba decidida a no dejarlo pasar. Recordó la mañana del día de Nochebuena, cuando D'Jok estaba aún inconsciente y ella fue a visitarle. Se había jurado a sí misma que, en cuanto despertase, hablarían largo y tendido. Se debían demasiadas explicaciones. Además, pensó con cierto nerviosismo, esa vez quería que funcionase. Y para que lo hiciesen, debían comunicarse, incluso si la conversación no resultaba del todo agradable.

—Quiero aclarar todo lo que pasó, lo que ha pasado este tiempo. —aventuró. Le ponía algo nerviosa sacar el tema, pero confiaba en que fuese lo correcto. Esa noche juntos había sido algo maravilloso, un oasis de felicidad. —No quiero que vuelva a haber ningún problema entre nosotros.

D'Jok asintió despacio, y sonrió un poco. Sabía que tenía razón. Pero en ese preciso momento, sólo quería aprovechar un poquito más aquel remanso de paz. Ojalá pudiesen quedarse a vivir en ese dormitorio para siempre.

Se acercó un poco a ella, y le besó la frente antes de contestar.

—Vale, cariño. Pero no tiene por qué ser ahora, ¿no? — preguntó. Ella sacudió la cabeza levemente. D'Jok retomó las caricias que había interrumpido. —Ahora intenta descansar.

Tia se rindió finalmente al sueño. Cerró los ojos y, con un suspiro, se acurrucó más cerca de él. D'Jok la observó con detenimiento. El sol asomaba tímidamente en el cielo, pero él no tenía la más mínima intención de dormir. Podría quedarse en vela el resto de noches de su vida, tan solo contemplándola.

«…Dame una noche de asilo,

dame un remanso.

Yo te daré lo que tengo:

este amor que no me explico.»


Disclaimer: ni los personajes ni el universo de Galactik Football me pertenecen. Tampoco los versos de Jorge Drexler que aparecen al principio y al final de este capítulo.