Lo subo sin revisar, así que perdón por todos los errores e incoherencias que pueda haber. Gracias a harmonystar, a Clarins y a Yoanli Lugo - Lizasoain por los reviews y por, a pesar de todo, seguir ahí. Os merecéis lo mejor de este mundo


(when you're all alone,

I will reach for you)

Cuando el resto del equipo comenzó a llegar, D'Jok llevaba diez minutos en la sala de estar, sosteniendo una taza de café. Tenía aún el pelo mojado de la ducha y las mangas de la camisa dobladas hacia arriba con un deje casual. Lo primero que pensó Tia nada más verle fue cómo podía tener tan buen aspecto con tan solo un par de horas de sueño. En su caso, las ojeras se acentuaban sobre el rostro pálido. Se había enfundando en una sudadera enorme con la esperanza de poder volver a la cama tan pronto como terminase la reunión, y no salir de allí en varias horas.

Había entrado la primera, con Mark y Ahito solo unos pasos por detrás, de modo que, cuando D'Jok levantó la vista, los ojos del chico se clavaron directamente en los suyos. El corazón le dio un vuelco.

—Buenos días. —saludó Tia, nerviosa por volver a verle.

—Buenos días. —respondió él dulcemente mientras amagaba una sonrisa. Abrió la boca para preguntarle algo, pero Mark se abalanzó sobre él.

—¡Por fin, tío! ¿Dónde te habías metido? ¡Ayer nos dejaste preocupadísimos!

D'Jok desvió la mirada de Tia y la dirigió hacia su compañero de equipo, que le palmeaba la espalda.

—Estuve en el hospital casi toda la tarde. Me hicieron un millón de pruebas para asegurarse de que todo estuviera bien. Volví a la academia por la noche, pero M'ice me dijo que habíais salido, ¿no?

"Bendito seas, Micro-ice", pensó Tia, mientras Ahito se acercaba también a sus amigos y saludaba a D'Jok con un abrazo.

Se habían puesto de acuerdo en no contarle a los demás lo suyo, al menos no de inmediato. Pensaron en que sería lo mejor para todos por el momento (pues ya estaban de por sí bastante abrumados con los acontecimientos de las últimas dos semanas), pero, sobre todo, lo mejor para D'Jok. Tia quería evitar a toda costa que sus amigos le agobiaran. Además, hasta que ellos mismos no hablasen sobre su relación, no tenía mucho sentido inmiscuir a los demás.

—Sí, estuvimos los tres tomando unas cervezas en casa de su madre. Queríamos salir, pero no nos apetecía ir a un bar, ya sabes…— explicó el portero. Sí, lo sabía perfectamente. Aún no se habían aventurado a aparecer en ningún sitio público desde lo de Paradisia, por miedo a una avalancha de periodistas. — Ane y mi hermano están a punto de llegar, por cierto.

Ahora que no había entrenamientos, la pareja estaba pasando casi todas las noches en el antiguo hogar de Thran. Puesto que se estaba recuperando aún de la lesión del brazo, dormían más cómodos en la cama de su viejo dormitorio, mucho más amplia que la de la academia, y no molestaban ni a Tia ni a Ahito.

—Oye, rubia, ¿qué tal estás? — preguntó Ahito volviéndose hacia ella. Tia le sonrió débilmente y él le dio un beso en la mejilla. —M'ice nos contó que tenías una jaqueca y no te apetecía venir.

—Sí, pero ya me encuentro mejor, muchas gracias. —mintió Tia con voz suave. Sintió la mirada de D'Jok sobre ella.

—Pareces agotada. Intenta descansar, ¿vale?

Ella asintió, pero, por suerte, llegaron Thran, Ane y Micro-ice antes de que pudiera responder.

—¡Solo a ti se te ocurriría hacerme madrugar cuando no hay entrenamiento! — protestó Micro-ice, que fue directo hacia su mejor amigo y se sentó en el reposabrazos, junto a él.

—M'ice, son las diez y media de la mañana, nadie llama madrugar a eso. — Ane rodó los ojos, y se acercó a darle un abrazo al pelirrojo, para lo cual tuvo que pasar por encima de Micro-ice. — ¿Qué tal estás, D'Jok?

—Nadie que no sea un psicópata, querrás decir.

Ane le ignoró y fue directa hacia Tia, mientras Thran saludaba a su amigo. La agarró de la mano y, sin mediar palabra, la condujo al sofá que estaba justo enfrente de sus compañeros. Pero Tia vio la mirada de intriga que le lanzó al reparar en su rostro cansado.

—Bueno, ¿y bien? — preguntó Thran. — ¿Vas a contarnos por fin qué te dijeron ayer los médicos?

—Nos diste un susto de muerte, cabeza hueca. —protestó Ane. Micro-ice empezó a imitar los espasmos de D'Jok el día anterior, lo que le mereció un puñetazo en el brazo por parte de Mark.

—Exagerados…—D'Jok compuso una mueca, después de reírse burlonamente de su amigo. —Esperad al equipo técnico, al menos, no quiero contar lo mismo dos veces.

—Puedes ir empezando, D'Jok, ya estamos aquí. — Aarch anunció su presencia, flanqueado por Dame Simbai y Artegor, y con Clamp caminando unos pasos por detrás. — ¿Qué tal? ¿Te encuentras bien?

—De lujo, entrenador. — D'Jok intercambió una mirada con Dame Simbai. Ella le había acompañado la tarde anterior a la clínica y había estado presente en todo momento, por lo que conocía cada detalle. Sin embargo, D'Jok le había rogado que esperasen al día siguiente para poner al día al resto. De hecho, nada más llegar del hospital, se habían limitado a tranquilizar a Aarch, explicándole que todo estaba en orden. Cuando se quedaron a solas, el míster intentó sonsacar más información a la terapeuta del equipo, pero ella sencillamente replicó que, por respeto, deberían esperar a la explicación del propio D'Jok.

—Bueno, D'Jok, tú dirás por qué nos has convocado. Somos todo oídos. — Aarch buscó asiento, y quienes aún quedaban de pie le imitaron, a excepción de Artegor, que permaneció de brazos cruzados, y Thran, que se apoyaba tras el respaldo de su hermano. Micro-ice, todavía en el reposabrazos de su amigo, le lanzó una mirada de ánimo.

—Os he reunido para informaros de que, oficialmente, los médicos han confirmado que todo está bien. Pero, antes de entrar en detalles, quería daros las gracias por estar aquí, y por el apoyo que me habéis brindado estas semanas. — empezó D'Jok. Apoyó los codos sobre las rodillas y entrelazó las manos. Estaba algo nervioso, pese a que no se traslucía demasiado. Todos le escuchaban con plena atención. —Dudo mucho que hubiese logrado recuperarme de no ser por vosotros. Soy consciente de que ahora mismo disto de estar al nivel que exige la Copa, y por momentos he dudado de que algún día pudiera volver a estarlo. Pero, si me he acercado, aunque haya sido un poco, es porque habéis confiado en mí. —su mirada recorrió los rostros de los presentes. Al llegar a Dame Simbai, ella le dedicó un pequeño asentimiento de cabeza que le alentó a continuar. — No me refiero a como jugador, sino como ser humano, en uno de los momentos más difíciles de mi vida. — confesó. A Tia se le encogió un poquito el corazón en el pecho, y contuvo el impulso de ir a abrazarle. — Y ya sabéis que ni Maya ni mi padre, por desgracia, han podido acompañarme. Pero sé que no he estado solo, porque os he tenido siempre a vosotros, que sois mi familia.

Tia sintió como Ane, pegada a ella en el sofá, se tapaba la boca con las manos para disimular la emoción. Y no era la única. Según D'Jok hablaba, juraría que había visto cómo a Micro-ice se le empañaban un poco los ojos. El moreno le pasó un brazo por los hombros a D'Jok y su amigo le palmeó la rodilla con un gesto de agradecimiento.

—D'Jok, es lo mínimo que…— empezó Ahito.

—Lo sé, lo sé. Dejadme terminar, ¿de acuerdo? — atajó D'Jok. Estaba desnudándose emocionalmente ante ellos, dejando caer sus defensas por una vez, y, si paraba, no estaba seguro de poder continuar el mismo discurso que se había repetido una y otra vez en su cabeza, en la soledad de su cuarto y de la cama de hospital.

—Quiero volver a estar a la altura de este equipo. Quiero ser el jugador, el amigo, el hombre que os merecéis. — al decirlo, se detuvo un momento en Tia. Ella inspiró hondo, deseando que él pudiese sentir todo el amor que le profesaba, transformarlo en partículas invisibles que viajasen por el espacio hasta él. — Solo os pido, si no es abusar de vuestra paciencia, que me deis tiempo.

Ahí sí, los miró esperando una respuesta. Aarch fue el primero en reaccionar. Con todo el orgullo que sus ojos grises podían expresar, se incorporó, fue hacia D'Jok, y le ofreció su mano. El chico le miró con algo de curiosidad, pero tomó la mano que le tendía y se incorporó.

—Esta es tu casa y somos tu equipo, D'Jok. Siempre lo hemos sido. — el entrenador le apretó la mano, y, posó la otra en su hombro en un gesto profundamente paternal. D'Jok le sonrió con orgullo y también con agradecimiento. Antes de que pudiera contestar nada, Artegor se aproximó a él en un par de zancadas. Sorprendido, Aarch se hizo a un lado, dejando espacio al segundo entrenador para poner ambas manos en los hombros del chico.

Todos los miraban con expectación.

Tia recordó la conversación que había escuchado entre los dos hombres, en la que Artegor le decía a Aarch que D'Jok estaba acabado, y tembló de anticipación. Pero cualquier temor se disipó al escuchar sus palabras:

—Bienvenido de vuelta, chico.

Fue la señal que todos necesitaban. Sin dudarlo ni un instante, los Snow Kids se congregaron en torno a su antiguo capitán y se volcaron en palabras y gestos de afecto hacia él: en un "Te mato como vuelvas a pirarte" de Mark, mientras le agarraba el cuello y le rascaba la cabeza con los nudillos, que hizo a los chicos deshacerse en bromas y carcajadas; Micro-ice uniéndose al revoltijo en el que se habían convertido y gritando "¡Pensabas que te habías librado de mí!", para, acto seguido, tirar de Ahito y obligarle a unirse al abrazo. Tia los miró y se echó a reír, y se escuchó a sí misma pidiendo que le dejasen respirar. Sin embargo, de pronto, una figura humana salió disparada hacia D'Jok y todos tardaron en darse cuenta de que era Ane, que obligó a los demás a quitarse y lanzó los brazos alrededor de su amigo. A él le llevó unos segundos reaccionar, sorprendido, y fue tiempo suficiente para que todos pudieran escuchar claramente el llanto de la chica.

—Qué… vuelto... — su voz sonaba amortiguada, entre sollozos, contra el pecho de D'Jok.

—Pero, Ane…— él intentó tranquilizarla, y, al ver que no hacía amago de despegarse, le devolvió el abrazo. — Lo siento, pero no entiendo absolutamente nada de lo que acabas de decir.

—¡He dicho que me hace muy feliz que hayas vuelto! — exclamó ella, esta vez con voz bien audible. Se separó un poco y le miró con expresión de profundo desconsuelo. Por desgracia para ella, D'Jok fue incapaz de tomársela en serio por mucho que quisiera. Se echó a reír y, cuando vio que iba a sollozar de nuevo, volvió a estrecharla contra él.

—Vale, vale, tranquila. Yo también estoy muy contento de estar aquí. — los demás se rieron también a su alrededor, en parte divertidos, pero también conmovidos. Cuando consiguió calmarla un poco, dejó que fuese Thran quien rodease con su brazo sano. El defensa le guiñó un ojo y articuló en silencio un "gracias".

Tia les observaba en silencio, escuchando como un eco lejano las conversaciones paralelas que se habían establecido a su alrededor. Sólo podía verle a él. Cuando D'Jok se apartó de Thran y Ane, fue, al fin, el turno de volverse hacia ella. Sus miradas chocaron en aquella sala con la fuerza de mil cañones. Pero Tia, a diferencia de los demás, no necesitó decirle nada. Solo mantuvieron los ojos fijos en el otro durante largos segundos. Ambos curvaron apenas los labios en una sonrisa. Todo lo importante que tenían que expresar se lo habían dicho la noche anterior, o, por el contrario, no necesitaban manifestarlo con palabras. Sencillamente, D'Jok estiró un brazo hacia ella y Tia, sin dudarlo, lo imitó. Sus manos se encontraron a medio camino y, cuando sus dedos se tocaron, los dos supieron en lo más profundo que todo iba a estar bien. D'Jok le acarició el dorso con el pulgar y ese pequeño contacto sirvió para remover los cimientos de su existencia. Ninguno de los dos rompió el contacto visual hasta que no escucharon a Dame Simbai dirigirse directamente a D'Jok, e, incluso entonces, les costó apartar la vista del otro. No se dieron cuenta de que Micro-ice los miraba e intentaba, inútilmente, contener una sonrisa.

—Le decía al resto del equipo técnico que hay algo más que queremos compartir con ellos, ¿verdad? — le preguntaba Simbai con delicadeza. Los demás intercambiaron miradas confusas.

—Sí, así es. Veréis… — respondió el chico, calmadamente. Para sorpresa de Tia, D'Jok no le soltó la mano, sino que la entrelazó con la suya y la mantuvo así, casual, entre ambos. — En cierta manera, ayer no fui sincero.

—¿Cómo? — inquirió Clamp.

—¿A qué te refieres? — Ahito alzó las cejas en señal de sorpresa.

El pulso de Tia se aceleró un poco. No tenía ni idea de por dónde iba a salir D'Jok. En parte, contribuía a su nerviosismo la mano caliente del chico en la suya como si fuese la cosa más natural del mundo, sin saber que toda la atención de Tia estaba concentrada en ese punto exacto del universo.

D'Jok tomó aire antes de decidirse.

—Cuando os dije que lo había recordado todo, que me habían vuelto todos los recuerdos de pronto…— dudó. Esta vez no contemplaba a sus compañeros, sino que su vista vagaba por el suelo, buscando las palabras. Por fin la alzó para decir: — No es así.

Su confesión les pilló por sorpresa. Ninguno entendía a qué se refería su amigo, o por qué les había ocultado la verdad.

—Creo que me he perdido, D'Jok— Micro-ice se rascó la nuca, un gesto que repetía cada vez que le costaba entender algo.

—A lo que me refiero es que, por algún motivo, tengo alguna laguna de todo el tiempo que estuve en el Equipo Paradisia. Todo lo que me contáis, para mí, es como si jamás hubiera pasado.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Simplemente se ha borrado? — Ane tenía el ceño fruncido.

—D'Jok, fueron siete semanas. No es posible que no tengas, al menos, un recuerdo. — razonó Aarch.

—No, señor. Nada. Cuando decís que desaparecí, y que de repente supisteis que había cambiado de equipo porque lo visteis en la televisión, y que pasasteis el resto del Torneo sin saber nada más de mí… Lo entiendo. Y lo siento. No es que trate de justificarme. — se encogió de hombros. — Pero es como si lo hubiera vivido otra persona.

Tia sacudió ligeramente la cabeza. Escuchaba a D'Jok, pero le costaba procesar sus palabras. Estaba tratando de darle un sentido a toda aquella información.

—Entonces…— musitó.

—Entonces— repitió D'Jok — lo último que recuerdo, como si fuese ayer mismo, es el día en que dijeron en las noticias que habían detenido a mi padre y que posiblemente le condenasen a muerte. — tragó saliva. Todavía le dolía pensar en ello. —En que Tristan se unió al equipo, y…

Tia se encogió un poco en el sitio. Sabía cómo seguía aquello. Cerró los ojos como si no quisiera ver el golpe inevitable.

—… y discutí con Tia. Por lo de Mei.

Sabía que todos habrían desviado la vista hacia ella, incluido él, pero prefería no abrir los ojos y así evitar la realidad. D'Jok le estrechó un poco la mano, de una forma en que parecía decir que no importaba, que no había nada que lamentar. Pero, al igual que a él, a Tia todavía le dolía demasiado ese recuerdo. De modo que D'Jok prosiguió:

—Me acuerdo de que esa noche me marché, cabreado. Eché a caminar por el sendero que salía de la casa. Es como si lo tuviese frente a mis ojos ahora mismo. —Su voz era más débil que al comenzar a narrar. Realmente parecía estar evocando la imagen de aquella noche. — Y de pronto, todo se volvió oscuro.

Tragó saliva muy fuerte. Nadie quiso interrumpir. Después de debatir consigo mismo, al fin sentenció:

—Lo siguiente que sé es que me desperté en la enfermería, el día de Navidad. Eso es todo.

Todos se habían quedado serios de pronto. El silencio se adueñó de la habitación.

Al fin fue Aarch quien preguntó, sin querer alzar demasiado la voz:

—¿Y crees que eso significa algo, D'Jok?

El pelirrojo sacudió la cabeza. Se le notaba afligido.

—No es que quiera decir nada, pero… Si de algo estoy convencido, señor, es de que yo nunca me habría marchado así. — Pocas veces en su vida le había visto Tia tan abrumado. Había una angustia en su voz y en sus gestos al hablar que, por mucho que intentase disimular, ella intuía. Ojalá pudiese hacer algo, lo que sea, con tal de aliviarle. Le acarició delicadamente los dedos con sus yemas y eso pareció insuflarle algo de fuerza, porque concluyó: — Sólo creo que hay algo muy raro en todo esto. Primus trató de convencerme varias veces de que fichase por su equipo. Ese mismo día tuvimos una charla en su limusina que me hizo sentir muy incómodo.

Si quedaba alguna sospecha, Dame Simbai lo confirmó, cuidando cada palabra como si las hubiese meditado largo y tendido. Su voz era suave pero firme:

—Ayer los médicos sometieron a D'Jok a una prueba tras otra y todo está bien, Aarch. Cada una de las variables se encuentra dentro de la normalidad más absoluta. Ni los exámenes de laboratorio ni las radiografías han aportado datos que permitan explicar por qué existe ese vacío en su memoria. — A pesar de que la conocían desde hacía años, no era habitual que Dame Simbai se mostrase tan consteranda. — Todos los especialistas que le han visto, y aquellos colegas a los que hemos pedido opinión, coinciden: a nivel neurológico, está intacto.

—Pero, ¿hay alguna manera entonces de que pueda recordar ese periodo? —preguntó Artegor, frotándose la barbilla. Toda esa calma resultaba accesoria; el corazón de Tia ya latía a ciento treinta por hora, y pujaba por huir de su pecho. — Me parece cuando menos sospechoso que algo tan específico haya desaparecido de su cabeza sin más. Francamente, creo que nos sería útil que el chico recobrase sus recuerdos de esa época para que podamos saber exactamente qué ha pasado.

—La explicación más plausible que hemos encontrado, dado que no hay sustancias en su organismo que revelen una anulación de su consciencia, es que sea un tipo de amnesia disociativa. Es decir — aclaró al ver la cara de desorientación de los chicos —, de un episodio concreto. El origen suele ser un trauma, o el sometimiento a una forma de estrés. Por eso, hemos pensado probar con la psicoterapia.

Ane, Ahito, Mark y Micro-ice miraron de nuevo a D'Jok. Buscaban en su cara la explicación que les ayudase a entender qué estaba ocurriendo. Tia y Thran, sin embargo, seguían vueltos hacia Dame Simbai. Sus palabras retumbaban en la cabeza de la chica. "No hay sustancias en su organismo que revelen una anulación de su consciencia".

—Simbai. —la voz le temblaba cuando comenzó a hablar. De rabia, de miedo. De ver, al fin, la realidad. La que había estado frente a ella todo ese tiempo y había pasado por alto: — ¿estás confirmando entonces que existe la más mínima posibilidad de que D'Jok estuviese en el Equipo Paradisia contra su voluntad?

A la mujer le llevó unos segundos responder. Cuando lo hizo, dijo aquello que ya esperaban:

— Puede ser, sí.

El suelo desapareció bajo los pies de Tia. Sintió que se iba a caer. Sin saber cómo, logró sentarse en el sofá antes de que eso ocurriera. Todo ese tiempo había estado ahí, había sido tan evidente. Se había empeñado en salvar a Sonny Blackbones pensando que de ese modo ayudaba a D'Jok sin darse cuenta de lo que le estaba ocurriendo a él. Sabía quién era Magnus Blade y qué tramaba y, no obstante, en ningún caso se le pasó por la cabeza algo tan sencillo como el hecho de que pudiera estar haciendo daño al propio D'Jok.

Era incapaz de escuchar lo que le decían los demás. No oía a los adultos hablando. No veía a Ane inclinada a su lado, ni las reacciones de sus compañeros, ni a D'Jok tratando de serenarles a todos. Solo vio a Thran cuando sus ojos se cruzaron y, súbitamente, cobró sentido. Sabía que el chico estaba recordando lo mismo que ella.

Y empezó a faltarle el aire.

—Fue culpa mía. Fue mi culpa. — uno a uno, todos se fueron callando y volviendo su atención hacia ella. Intentó inspirar, pero el oxígeno no alcanzó sus pulmones.

—Tia, ¿de qué estás hablando? — D'Jok se acercó a toda prisa y se agachó delante de ella. Se sintió indigna de la preocupación que reflejaba el rostro del chico. — Ni se te ocurra decir algo así.

—Ni hablar, Tia. — respaldó Mark. Sin embargo, ella era presa de la ansiedad.

—Esa noche te fuiste porque discutiste conmigo, y luego… — Era inútil intentar retenerlas: las lágrimas empezaron a brotar. Apoyó la cabeza en las manos para no verle. — Los chicos sentían que algo andaba mal. No nos hablabas, ni contestabas a los mensajes. Ellos querían ir a buscarte, colarse en la casa del Equipo Paradisia y averiguar qué estaba pasado.

Ya era presa del llanto. Cuando D'Jok intentó posar la mano sobre su hombro, ella se apartó un poco de su contacto. Pero por fin se atrevió a mirarle, y a él su tristeza le rompió el corazón.

—Yo no les dejé. — le explicó. Se limpió las lágrimas de un manotazo. — Como capitana les ordené que no lo hicieran. Pensaba que simplemente estabas enfadado, y que, si te molestábamos, solo serviría para que te distanciaras aún más.

Esta vez, su mirada fue a parar a Thran. A pesar de su aflicción, le sorprendió encontrar empatía en sus ojos:

—Lo siento. Tenías razón.

—No, Tia. — dijo él con delicadeza. — tenías razón. No podíamos saberlo.

—Tia, hiciste exactamente lo que tenías que hacer. — intervino Aarch. Se acercó a la capitana del equipo y se sentó junto a ella. — Si no les hubieras prohibido a tus compañeros ir en su búsqueda, lo habría hecho yo. Además de algo ilegal, podrían haberse puesto en peligro a sí mismos y al propio D'Jok. Y lo que se está insinuando aquí sobre el Equipo Paradisia y Lord Primus solo lo confirma.

Tia se enjugó las lágrimas. Lo que decía el entrenador tenía sentido, pero, con todo, se sentía terriblemente mal. Entonces sintió las manos de D'Jok en sus rodillas y el malestar desapareció un poquito. Él lograba disipar la tristeza o, al menos, transformarla en algo soportable.

—Aarch tiene razón, Tia. Me estabas protegiendo, incluso aunque ahora no lo veas así. Es un riesgo que me alegro de que no corrieras; por mí mismo, pero también por ellos y por ti. — hizo una leve presión con sus dedos en las piernas de la chica para obligarla a mirarle. Ella lo hizo, algo avergonzada por haber perdido los nervios, pero D'Jok le sonrió un poco y le aseguró: — Gracias por cuidarnos siempre.

Tia, a duras penas, logró esbozar una sonrisa tensa, y la de él se hizo un poco más grande en respuesta. Aún acuclillado delante de ella, le acarició las rodillas para terminar de calmarla. Los demás retomaban la conversación tras ellos.

—En realidad, mientras Lord Primus siga en el hospital, no podremos saber claramente qué paso. — Ahito, a unos pasos de Tia y D'Jok, tenía el ceño fruncido. Y era cierto. Según la prensa, Primus seguía ingresado en Génesis, inconsciente, desde el día de la explosión. Su estado de salud era muy delicado. Sobre el resto de jugadoras del Equipo Paradisia nadie había vuelto a saber nada.

—Quizás deberíamos ponernos en contacto con la Liga y denunciar formalmente lo ocurrido. — Artegor miraba a Aarch, y este asintió un poco. D'Jok se incorporó para hablar, pero Simbai se la adelantó:

—Quizás sea mejor esperar. — Aunque no parecía muy convencida, lo había reflexionado largo y tendido y creía que era lo mejor. Por supuesto, no podía compartir con ellos la información de la Sociedad del Fluido, y creía que tomar medidas en aquel momento podía perjudicar a la investigación más que servir de ayuda. — Veamos cómo progresa D'Jok, y también qué ocurre con Lord Primus y el Equipo Paradisia.

Dudó unos instantes. Sentía que el equipo merecía estar al corriente de lo que estaba pasando, al menos sobre lo esencial. Lo había consultado con Brim Simbra, y él estaba de acuerdo, así que siguió:

—Iba a tener que contaros esto en algún momento, pero, mientras estábamos en Paradisia, los responsables médicos de los equipos empezamos a notar algo extraño. — Miró a Aarch. Lo que estaba a punto de contar ya se lo había confiado a él antes. Luego observó a los Snow Kids, que permanecían atentos. — Ya sabéis que algunos jugadores empezaron a enfermar, y sospechábamos que el fluido tenía algo que ver. En muchos casos, eran jugadores con una sensibilidad muy alta al fluido. Al observar los niveles, vimos que este se estaba comportando de manera inusual.

—Ni Tia ni yo nos encontrábamos bien en los días anteriores a la final. — murmuró Ahito, y Simbai asintió.

—Por eso, la Sociedad del Fluido y la Liga han solicitado que sometamos a los jugadores a varios análisis. Porque todo parece indicar que las explosiones de Paradisia, igual que ocurrió en Akillian hace veintitrés años, fueron resultado del fluido, usado en cantidades como nunca antes.

Thran lanzó una rápida mirada a Tia. Seguían siendo las dos únicas personas en aquella sala, además de Dame Simbai, en saber toda la verdad. Por supuesto, pensaban que ella lo ignoraba.

—Entonces es verdad. — dijo Micro-ice — En las noticias decían que era una hipótesis.

—Pero, ¿cómo? — Ane frunció el ceño. — La cantidad de fluido que se ha usado no es mayor que en cualquier otro torneo, ¿no?

Dame Simbai se encogió un poco de hombros.

—Lo siento, Ane, pero de momento eso es todo lo que os puedo decir. Cuando tengamos más información, y los resultados de las pruebas, quizás pueda compartir algo más.

—Estoy seguro de que mi padre tiene que saber algo de todo esto. — murmuró D'Jok, quizás pensando que nadie le oía. Pero Clamp, que no había intervenido prácticamente, sí que le escuchó, aunque no comentó nada.

—Esto sólo va a servir para que vuelva a prohibirse el fluido, y ahora también en el Galactik Football. — comentó Mark con amargura. — Lo hemos visto estos días. Cada vez son más quienes piden una abolición del fluido para siempre, y la desaparición de la GFC.

Tia suspiró. Imaginarse una vida sin el Espíritu era similar a verse despojada de una parte más de su cuerpo. Llevaba con ella desde antes de que pudiera recordar. Miró a D'Jok, que permanecía pensativo, con las manos en los bolsillos. Estaba más callado de lo habitual, algo que se había convertido en una parte de su carácter últimamente.

—Por lo pronto, entre esta tarde y mañana, Dame Simbai os irá llamando a todos. — expuso Aarch. Había cautela en su voz. Él también estaba profundamente afligido por los acontecimientos. — Sinedd y Mei están en Akillian, así que les ha asignado la Academia para venir a hacerse sus análisis también.

Los Snow Kids asintieron, pero estaban tan sumidos en sus pensamientos que no reaccionaron demasiado ante aquello. Sólo D'Jok ladeó un poco la cabeza.

—Vamos a ser honestos con vosotros. — Artegor carraspeó. — Hay muchas posibilidades que la Copa no se celebre, tal y como están las cosas. Pero por el momento creemos que será mejor permanecer juntos aquí.

—Me parece bien. — dijo Thran. Del resto de sus compañeros, todos compartían la misma opinión.

—No creo que pudiésemos estar mejor en ningún otro sitio ahora mismo. — Ane apoyó la cabeza en el hombro de su novio.

—Bien. — Aarch se incorporó, indicando que ya no había mucho más que hablar. — Si estáis de acuerdo, por ahora seguiremos con una rutina tranquila de entrenamientos, actividad física, y terapia. Creemos que es lo mejor para vosotros — el entrenador miró al resto del equipo técnico, quienes le respaldaron — y que todos tenemos que recuperarnos de lo que ha pasado.


No le hizo falta apartar los ojos de las páginas de su libro para saber que ella le observaba fijamente. Era un talento que parecían haber desarrollado por arte de magia: el de intuir la mirada del otro, entrar en una estancia abarrotada y saber que estaba ahí, sospechar que algo iba mal pese a no poseer evidencia alguna. Por eso, Ane había percibido que ocurrían cosas extrañas sin necesidad de que Thran se lo dijera. Y, por eso mismo, cuando él desvió la vista su novela, se encontró con los enormes ojos de su novia. Pudo leer sin necesidad de descifrarlo todo lo que se agazapaba en ellos, arremolinado entre vetas del color de la había pensado que los ojos de Dayane encerraban en sus infinitas tonalidades todo aquello que a él, de algún modo, le evocaba los recuerdos de su hogar: la madera de la chimenea en invierno; el chocolate a la taza que hacía a Ahito relamerse los labios los domingos por la noche; el tabaco de la pipa de su abuelo; los caramelos que el padre de la chica le regalaba cada vez que se aventuraba por su tienda, y que él atesoraba en el cajón de su mesita de noche.

Ahora, por algún motivo, había malestar en ellos. Thran lo sabía. Lo llevaba presintiendo desde hacía un par de semanas.

—¿Te gusta tu libro? — preguntó él con suavidad. Estaban leyendo tranquilamente en la pequeña sala de estar del segundo piso, en la que él solía refugiarse porque nunca visitaba nadie. Cada uno se había sentado con la espalda en uno de los extremos, y las piernas hacia el otro, enredadas entre sí. A veces, distraídamente, acariciaba el empeine de su novia, que reposaba junto a su cadera. Pero hacía quince minutos de reloj que Dayane no había pasado ni una sola página, sino que se dedicaba a escrutarle como él mismo imaginaba que hacía cuando encontraba una fórmula que no lograba descifrar. Con frustración.

—Ajá. — Ane hizo un sonido de asentimiento, pero dejó caer la novela sobre su regazo. Thran le sostuvo la mirada, a la espera. Sin embargo, ella no se decidía.

—¿Ya te has cansado de leer? — La presionó un poco, sólo lo justo, tratando de incitarla a hablar.

—Supongo. — Ane se encogió de hombros. Y luego, más silencio.

Thran se dio por vencido. Con un suspiro, dejó el libro también a un lado y cambió de postura. No sin cierto esfuerzo a causa del brazo en cabestrillo, se sentó en posición normal, con la espalda contra el respaldo, y recolocó las piernas de Ane para que descansaran sobre sus muslos.

—Ane, venga. Puedes decirme qué te pasa.

Finalmente, ella reaccionó. Suspiró también y se inclinó hacia delante para estar más cerca de él.

—Thran…— comenzó. Le causaba cierta incomodidad mirarle, pues no quería que él pensase que se inmiscuía en sus asuntos, así que bajó la vista hacia la mano sana del chico y la agarró entre las suyas. Aún estaba aprendiendo cómo funcionaba todo aquello de ser la novia de alguien. — Thran, tengo la sensación de que sabes algo más de lo que me estás diciendo.

Él no reaccionó. Dejó que la joven jugase un poco con sus manos, mientras ordenaba las palabras en su mente, y le dio tiempo para continuar:

—Respecto a todo lo que nos ha contado Simbai hoy, quiero decir. Y sé que tienes derecho a tener tu propia intimidad, y que no puedo exigir que me lo cuentes todo, pero siento que, como mínimo, me has estado ocultando cosas.

Ahí sí, Ane fue capaz de volver de nuevo la vista al rostro de Thran. Él la escuchaba atentamente. Se sintió agradecida de estar con un hombre como él. Thran era calmado, racional y cortés; siempre trataba de escucharla antes de emitir una opinión y absolutamente nunca se sentía atacado ni reaccionaba de manera negativa a lo que otros podrían haber percibido como un reproche. Él sólo se sentaba ahí, centrado en ella con los cinco sentidos, dispuesto a corregir lo que debiese ser enmendado o a despejar sus inquietudes si era lo que Ane necesitaba. Por eso, no tuvo miedo a hablar con franqueza.

—Sea lo que sea, si no quieres o no puedes contármelo, tendré que aceptarlo. Pero creo que, el día de la final, cuando cubriste a Tia y a Tristan, me estabas mintiendo. Y eso sí que no puedes pedirme que lo pase por alto, Thran.

Ya estaba, ya lo había dicho. Tragó saliva y esperó a la reacción de su novio. Thran permaneció pensativo unos instantes, y entonces fue él quien entrelazó la mano derecha de Ane con la suya.

—Sí, es verdad. — aunque Ane estaba bastante convencida de sus sospechas, respiró hondo. Era la confirmación que tanto temía. Thran prosiguió: — Hay cosas que no te he dicho, Ane. Y es verdad que el día de la final te mentí. Tienes derecho a estar molesta conmigo, pero… — vaciló un poco. Ella le apretó un poco los dedos, como pidiéndole que continuara. — Pero no son mis secretos, cariño, y no tengo ningún derecho a ser yo quien te los cuente. De hecho, créeme cuando te digo que me tranquiliza dejarte al margen. Es algo ajeno a nosotros, y mucho más grande que nosotros, también.

Ane tragó saliva. Intentó procesar su respuesta. En parte, había esperado que él se sincerase. Pero en parte también había sospechado que aquello no sería posible.

—¿Quién más lo sabe aparte de ti? Tia y Tristan, ¿no?

Thran asintió un poco. A menudo, le fascinaba lo perceptiva que era Ane. Se conocían desde toda la vida y, pese a todo, ella seguía sorprendiéndole con su intuición. Era un tipo de inteligencia especial, diferente a la suya. En cierto modo, profundamente humana.

—Sí. Eso es todo. Y supongo que, en parte, también Aarch y Simbai.

Dayane procesó sus palabras. Permanecieron callados unos instantes, hasta que ella preguntó, apenas en un susurro:

—Estáis metidos en algo gordo, ¿verdad?

Él cerró los ojos. Volvió a asentir, esta vez algo más lento. Durante largos e interminables días, desde que Tia le contó toda la verdad, había tenido que cargar con el peso insoportable de aquel miedo: el miedo a que su mundo, tal y cómo él lo había conocido, pereciese. Ahora, aún seguía asustado (sólo un loco no lo estaría), pero Ane había aligerado en cierto modo su carga.

—Yo sólo lo sé por casualidad, Ane. Pero la que está metida hasta el fondo es Tia. — se sinceró. Y, todavía con los ojos cerrados, apoyó la cabeza contra la de su novia. Ella estiró la mano y la dejó reposar en su nuca, acercándole más a ella. Se dio cuenta de lo mucho que Thran la necesitaba. Thran, el independiente, el que siempre parecía al margen de todo, sumido en sus propios pensamientos.

Se quedaron así, tan solo escuchando la respiración del otro y sintiendo su cercanía. Cuando por fin fue capaz, Thran volvió a hablar:

—Tú solo no la presiones, ¿vale? Cuando debas saberlo, quizás lo sabrás, pero hasta entonces creo que ella sólo necesita tenerte. Y yo… — apretó los ojos cerrados, como intentando no ver: — Yo también.

Ane le acarició con delicadeza el cuello.

—Te lo prometo. — y le dio un rápido beso en la mejilla. — A cambio, tú dime que no te meterás en problemas, ¿de acuerdo?

Él giró el rostro hasta que sus frentes permanecieron apoyadas la una en la otra. Sentir la respiración de Ane, el pulso firme de sus sienes, le recordó todos los motivos por los que había que conservar la esperanza:

—Te lo prometo.

Y buscó su boca.


Estiró la mano y tanteó la mesita, buscando su móvil. En aquellos momentos, Tia estaba sepultada debajo de la colcha, convertidas ambas en un solo ser. La habitación permanecía casi por completo a oscuras y se preguntó, mientras profería un inmenso bostezo, cuánto tiempo habría dormido. La pantalla del teléfono contestó a su pregunta silenciosa: eran las dos y media de la tarde, de modo que su siesta se había prolongado más de tres horas. Resopló un poco. Tenía un despertar terrible. También comprobó, con cierta decepción, que no había recibido ningún mensaje de D'Jok.

Cuando Aarch disolvió la reunión, había ido detrás del chico. Suponía que habría tenido momentos mejores, y quería estar ahí para él, o hablar en caso de que lo necesitara. Pero D'Jok sólo la había guiado hacia el ascensor y, después de asegurarse de que no hubiese nadie alrededor, le había dado un beso en la frente y le había pedido que fuese a dormir un poco. Tendrían todo el tiempo del mundo para estar juntos después de que ella descansase, le dijo.

Tia aceptó a regañadientes. Y ahora, tendida en la que siempre había sido su cama, le parecía terriblemente incómoda y solitaria sin él. Intentó pensar en otra cosa, pero sólo se preguntaba qué estaría haciendo D'Jok en aquellos momentos, si pensaba escribirle, o si debería escribirle ella primero. Se hizo una bola, aún sin decidirse, y por un momento volvió a asombrarle el hecho de que una parte de ella aún pensase en esas cosas; en esos rituales que pensaba que había perdido para siempre y que, sin embargo, permanecían ahí. Durante las últimas semanas de su vida, había descubierto una conspiración para controlar la galaxia, había colaborado activamente con los piratas, había destruido una nave de Technoid y había ayudado a Sonny Blackbones a escapar de la cárcel. En todo ese tiempo, el pánico y la tensión habían sido sus compañeros de viaje. Todo eso sumado, por supuesto, a haber creído en dos ocasiones que perdía a D'Jok. No obstante, en algunos sentidos, su vida no era muy diferente a la de cualquier otra chica enamorada a los veinte. ¿Pensaría D'Jok en ella? ¿Se arrepentiría de la noche que habían pasado juntos o, por el contrario, él también estaba como en una nube? ¿Cuánto tardarían en volver a estar a solas?

Volvió a mirar su móvil. Nada. Entre la resignación y el desengaño, estaba a punto de arrojarlo al otro extremo de su cama, cuando vio una notificación emergente:

"Hola, Bella Durmiente, espero que hayas descansado. Te he guardado algo de comida en la cafetería. Nos vemos aquí".

Y un pequeño corazón. El estómago de Tia dio una voltereta. Sin perder ni un solo instante, se precipitó fuera de la cama, cogió una sudadera y unos pantalones vaqueros, y comenzó a cambiarse.

Al llegar al comedor, él estaba sentado dando la espalda a la puerta, con el codo apoyado sobre el respaldo de manera informal. Para sorpresa de Tia, no estaba solo. Enfrente de D'Jok se encontraba Micro-ice, quien apuraba las sobras de su propio plato y le contaba algo animadamente a su mejor amigo. De hecho, fue el primero en darse cuenta de que había llegado.

—¡Tia! — saludó el moreno con entusiasmo. — Se te han pegado las sábanas, ¿eh?

D'Jok se volvió un poco para verla entrar, y Tia se dio cuenta de que había una bandeja intacta de comida frente a él. La rubia les sonrió mientras se acercaba. Al parecer, todos los demás debían haber comido hacía rato. El chico empujó un poco la bandeja hacia el espacio que había a su lado, invitándola en silencio a sentarse junto a él.

—Un poco, sí. — contestó a Micro-ice, y miró a D'Jok mientras se sentaba. Él la obsequió con una sonrisa torcida.

Al sentarse junto a él, súbitamente, Tia olvidó todas las inseguridades que rondaban su mente apenas unos minutos atrás. Sus piernas se rozaban y ella notaba su cuerpo y su calidez cerca: como si acabase de volver al lugar al que realmente pertenecía; como si la propia Tia fuese un satélite y hubiese retornado, por fin, a la órbita de su planeta.

Consciente del escrutinio del chico, ella se colocó el pelo tras la oreja, algo sonrojada, y le dijo:

— Muchas gracias, D'Jok.

Micro-ice les miró de buen humor, mientras daba un bocado al pan.

—Así que — aventuró — una noche dura, ¿no?

El rubor en las mejillas de Tia se volvió más intenso y M'ice profirió una carcajada. D'Jok estiró su largo brazo sobre la mesa y atrapó la cara de su amigo antes de que él tuviera tiempo de alejarse, presionando sus mofletes en una graciosa mueca.

—No te pongas celoso, Micro-ice. Hay D'Jok de sobra para los dos. —el más bajito se revolvió entre risas e intentó liberarse. "Ya quisieras tú", le dijo, o al menos sonó a algo así, y D'Jok le preguntó de broma si seguía teniendo debilidad por los pelirrojos. Y Tia les observó como si fuesen lo más interesante del universo, feliz porque las dos mitades volviesen a estar reunidas de nuevo. Los chicos se rieron un poco más, jugando con las manos, lanzándose pullas, hasta que al fin D'Jok le dejó ir.

Ambos siguieron charlando mientras ella comía. Aunque Tia contestaba ocasionalmente y ellos la hacían partícipe de su conversación, prefería escucharlos. Hablaban a veces sobre personas que ella no conocía, o sobre lugares de Akillian que nunca había visitado, y entonces D'Jok se volvía hacia ella para decirle "Tengo que enseñártelo, te va a encantar" o "Recuérdame que vayamos juntos", o el propio Micro-ice hablaba de planes futuros que parecían incluirla también a ella, y una sensación muy agradable le nacía desde la tripa. Después recordaban anécdotas que ya le habían contado, u otras que no le sonaban de nada, y, si Tia hubiese tenido su cámara a mano, habría atrapado aquellos momentos para siempre. Pero, como no era así, se conformó con retenerlos en su cabeza, en sentir su tacto como agua entre las manos, sabiendo que no podría atraparlos pero que, mucho tiempo después, volvería a ellos a en su memoria.

—Venga, decidme vuestro seis ideal del Torneo Paradisia. —en determinado momento, D'Jok volvió al fútbol, porque entre ellos siempre en el fondo era un poco así, siempre acababan regresando al fútbol. Tia acababa de terminar su comida, de modo que el chico estiró el brazo y lo apoyó en el respaldo de su silla. La mano de D'Jok quedó justo a la altura del hombro de Tia, y él comenzó a acariciarla con la yema de los dedos. Y un gesto que en otro momento le habría incomodado en público, de pronto le pareció lo más agradable y lo más natural del mundo. Debatió un poco con M'ice, que se empeñaba en incluirla a ella, y Tia rebatía que cómo iba a incluirla a ella con la temporada tan buena que estaba haciendo Lune Zaera. Mientras tanto, apoyó la mano que tenía más cerca de D'Jok en el muslo del chico. En respuesta, él la acercó un poco hacia sí.

—Me rindo, es inútil discutir contigo. — dijo Micro-ice, desperezándose — Creo que D'Jok te ha pegado su cabezonería.

—Eh, no me culpes a mí de eso, te recuerdo que ya era así cuando la conocimos. — replicó D'Jok con media sonrisa. Tia rió por lo bajo y ambos se miraron. Se quedaron enredados en los ojos del otro, remoloneando, hasta que Micro-ice les llamó:

—Eh, tortolitos— bromeó. Volvía a parecer feliz, tranquilo, después del manojo de nervios en que lo habían convertido el accidente de D'Jok y todo lo demás. — Sólo quería deciros que… Bueno, que me alegro mucho de veros juntos. Otra vez. De verdad. Aunque las parejas, por lo general, son un asco, vosotros sois probablemente mi pareja favorita de la galaxia.

Ellos dos le miraron divertidos y un poco enternecidos, y el chico se revolvió el pelo para quitarle hierro al asunto:

—Pero, por todo lo que más queráis, decídselo ya al resto. Cubriros el culo me está quitando años de vida.

Tia se echó a reír y miró de nuevo a D'Jok a los ojos. Él bajó la mirada a sus labios.

—Pronto. — prometió la chica.


En algún momento difícil de concretar, Tia y D'Jok se separaron de Micro-ice y sus pasos fueron a dar con el dormitorio de las chicas. Y solo les llevó unos segundos, en realidad —lo que se tarda en decir Ane estará fuera todo el fin de semana—, empujar la puerta y comenzar a besarse en la habitación aún en penumbras.

Solo que aquel día no fue como el anterior, un torbellino de ropa que cae al suelo o que vuela lo más lejos posible. No: en esa ocasión, D'Jok condujo a Tia hacia el centro de la estancia, frente al espejo, y comenzó a desnudarla poco a poco. La parsimonia con la que él le retiró cada prenda tenía algo de ceremonial, y la absoluta falta de premura en sus pasos estaba imbuida de una sensualidad que Tia jamás había vivido antes. Se sentía como una diosa primitiva, venerada; como el icono de alguna especie de culto que le devolvía la mirada, agitada, desde el espejo.

D'Jok besó y lamió cada milímetro de su cuerpo a medida que se deshacía de cada capa de ropa. Trazó, con sus lenguas y con sus manos, los textos sagrados a los que ya siempre querría poder regresar. Se arrodilló delante de ella para retirar el último trozo de tela que la cubría de su vista y dejó que sus manos vagaran de nuevo hacia arriba por los gemelos, por la parte de atrás de los muslos, mientras con su nariz y su boca aspiraba y devoraba la piel expuesta como queriendo intoxicarse de ella. Esa era su ofrenda: un deseo ferviente, pero controlado y administrado cuidadosamente, que estimuló a Tia hasta llevarla al límite de lo doloroso. Sin poder soportarlo más, después de lo que pareció toda una vida, ella enterró ambas manos en su pelo y tiró de él, obligándole a incorporarse. Y la voracidad que encontró en sus ojos, en sus pupilas dilatas, solo contribuyó a alimentar su fuego. D'Jok respondió a su beso, a su lucha de dientes y lengua, y luego se colocó tras ella, enfrente de su reflejo. Por eso Tia vio cómo él la observaba, deteniéndose en cada rincón de su cuerpo. Le miró a él, y a sí misma a través de sus ojos. Saberse deseada la excitó de un modo que había intuido apenas. Así que, cuando D'Jok la tentó con sus dedos, con la otra mano se aseguró de que ella no apartase la vista.


—Tienes que estar de broma. — D'Jok se echó a reír, sonoramente. — ¿Un nueve y medio?

Tia sonrió de oreja a oreja.

—Te consolará saber que Ane cree que tienes un culo de diez.

No le veía el rostro, pero a Tia le deleitó su carcajada. Tomó un poco de agua en la palma de su mano, y le humedeció los hombros.

Estaban sentados juntos en la bañera de Tia, con D'Jok de espaldas a ella, entre sus piernas, y la cabeza descansando sobre su pecho. Con cada risa, todo su cuerpo se sacudía y movía también el de Tia, en un eco muchas veces repetido. Había mucha espuma y el agua estaba tan caliente que había creado una humedad densa que se condensaba sobre cada superficie. Y eran tan agradable que Tia sencillamente podría cerrar los ojos y abandonarse al placer de estar allí, en ese cuerpo, viviendo esa vida.

—Por mucho que esté bien saber que tengo opciones— empezó D'Jok, y sus dedos vagaron por las rodillas de la chica —, no me interesa la opinión de Ane, sino la tuya. ¿De veras me estás diciendo que ella me puso un diez y tú no?

—Si te sirve, fuiste la nota más alta que puse en todo el bar.

Estaban rememorando la noche, tres meses atrás, en que Ane había retado a Tia a puntuar el físico de sus compañeros. Y el sonrojo de la chica cuando Dayane le exigió que le pusiera un sobresaliente a D'Jok.

—No, Tia, ya es tarde. — él se reacomodó un poco, y su pelo le hizo cosquillas en el cuello. — Mi orgullo ya está herido.

—Tu orgullo es demasiado grande como para que nadie pueda herirlo, D'Jok. Es como intentar extinguir el sol lanzándole agua. — se burló Tia, pero le besó el cuello, y el gesto no acompañó a sus palabras. Aunque D'Jok no lo confesó, la comparación le gustó bastante.

—Tia, pequeña, qué poco sabes de hombres. ¿Te das cuenta de lo mucho que puede herir tu virilidad que la chica a la que quieres no te considere el mejor?

—D'Jok, pequeño, qué poco sabes de mujeres. — ella le salpicó un poco para fastidiarle. — ¿No te das cuenta de que me gustabas tantísimo que, todo el tiempo, sólo intentaba convencerme a mí misma de lo contrario?

Y a él, que ya estaba preparando el siguiente ataque, la confesión lo pilló de imprevisto. Se tomó unos momentos en pensar otra respuesta, pero entonces ella lo rodeó con sus brazos y acercó la boca a su oído.

—Y, para que conste… —susurró, compartiendo con él un secreto — Para mí, sí que eres el mejor.

D'Jok cerró los ojos y sonrió. La suave piel de los antebrazos de Tia reposaba sobre los músculos de sus brazos y era difícil discernir dónde comenzaba uno y terminaba el otro.

—¿El mejor de la galaxia? — tentó.

—El mejor de todas las galaxias. — afirmó Tia, con rotundidad.

Él profirió un sonido de satisfacción y dejó que una de sus manos vagara por el muslo de Tia. Adoraba recorrer sus formas y, a tientas, tratar de evocar su silueta a través del tacto.

—Parece que no se te dan tan mal los hombres, al fin y al cabo.

Ella sonrió contra la piel de su hombro y le obsequió con una nueva ronda de besos en el sendero que ascendía hacia su cuello.

—Creo que he visto suficiente en las últimas horas como para regalarte medio punto más. — dijo, con picardía, y le mordió un poco.

Sus colmillos punzando la carne desconcentraron por completo a D'Jok. Él se abandonó a su contacto y se hundió aún más contra Tia Inspiró hondo. Sin duda, tendría que ensuciarla más a menudo para que ambos no les quedase más remedio que darse un baño juntos. Permaneció con los ojos cerrados, envuelto en ella.

Tia, por su parte, se dedicó a ampliar el mapa mental que se había forjado de D'Jok en su mente. Observó la forma en que el agua dejaba pequeñas gotas sobre su piel trigueña. Contempló los duros músculos en sus brazos flexionados. Con la mano, recorrió la tensa piel de su abdomen. Desde adolescente, nunca había pasado por alto la perfección anatómica de su cuerpo. Se recordaba pensando, con curiosidad casi científica, en lo mucho que se parecía a una de esas esculturas clásicas talladas en mármol. Pero no de una forma ostentosa, reflexionó, sino más bien grácil. Llena de vida. Podía visualizarlo perfectamente jugando a fútbol en la playa con Micro-ice: el sol coloreando su piel, los pantalones cortos apenas sosteniéndose en sus caderas, el aire entrando a bocanadas en su pecho. Si Tia supiera dibujar, querría pintarle a él, exactamente así.

Frunció un poco el entrecejo. Al evocar su imagen frente al mar, indefectiblemente, Paradisia volvió a su cabeza. Y, en particular, un pensamiento que llevaba rondando su cabeza todo el día.

No estaba segura del todo de si se atrevía a preguntar, ni siquiera de si era buena idea hacerlo, pero la experiencia le había demostrado que solía arrepentirse más de aquello que no decía.

—D'Jok — aventuró. Trató de que reunir algo de firmeza en su tono: — ¿Puedo preguntarte una cosa?

Él no abrió los ojos, pero la escuchó perfectamente. Había empezado a quedarse dormido cuando su voz le devolvió a la realidad.

Esa mujer quería volverle loco. En todos los sentidos posibles.

—Por lo general, la segunda pregunta después de esa primera nunca me ha traído nada bueno — masculló.

Ella compuso un gesto angelical y apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Eso es un no? — D'Jok gruñó. La inocencia en su voz no le engañaba:

—Genial. Allá viene la tercera.

Tia hizo caso omiso. Estrechó de nuevo su abrazo. Su sarcasmo nunca había sido un impedimento para ella, y, desde luego, no iba a empezar a serlo ahora.

—D'Jok, ¿por qué no estás enfadado conmigo?

El chico abrió los ojos. Vaya, eso sí que no se lo esperaba. Se incorporó un poco, apartándose de ella, para poder girarse a mirarla. Tia flexionó sus propias rodillas y se apoyó sobre ellas con cierta candidez. A pesar del desconcierto, D'Jok reunió toda su entereza para tratar que su aspecto no le distrajera. Así, un poco despeinada, con las mejillas encendidas por el calor y cubierta de espuma, Tia tenía un aspecto tan angelical que resultaba incluso más peligrosa.

—¿Debería estarlo?

Intentó desactivar sus interrogantes con otros nuevos. A veces, raramente, funcionaba. No es que no supiera a qué se refería ella, por supuesto que lo hacía. Pero la evasión solía ser la estrategia más segura.

Tia se encogió de hombros, sin embargo, y la franqueza de ese gesto debilitó un poco sus defensas.

—Te he dado motivos suficientes para estarlo.

Y su tono de voz cambió. Ya no era tentativo, sino que revelaba una inquietud honesta. D'Jok contuvo un suspiro. Durante toda su relación, habían huido de las charlas incómodas (él), de los gestos de afecto (ella), y de las conversaciones sobre sentimientos (ambos). Era hora de ir cambiando.

—No lo entiendo bien, Tia. ¿Preferirías que estuviese molesto contigo?

Tia frunció un poco el ceño, y buscó la mejor manera de decirlo:

—No es una cuestión de preferir, D'Jok. Es que te he hecho daño. Mucho. — comenzó a enumerar con las manos: —Te mentí sobre Mei. Te dije que no te quería, y rompí contigo. Cuando te marchaste, no fui a buscarte.

—Vale. — D'Jok suspiró, pero se reacomodó frente a ella para que pudiesen estar cara a cara. — Dime, Tia. ¿Por qué me mentiste sobre Mei? ¿Por qué, cuando mi exnovia simplemente desapareció y se marchó con mi mayor rival en el universo, no se te ocurrió ni por un instante decirme que lo sabías?

A pesar de la dureza de sus palabras, no había rabia en su voz. Tan solo una calma racional que convertía todo aquello, más bien, en una recapitulación de hechos. Tia dudó un poco, y contestó:

—Para no hacerte daño. Porque, al principio, pensaba que sería ella misma quien te lo diría; y, cuando vi que no era así, ya no tuve valor. — ya que estaba abriéndose, lo haría por completo. — Y supongo que, porque siendo egoísta, te quería para mí.

D'Jok asintió un poco. No se dejó conmover. Ya se habían metido de lleno en el barro, y allí seguirían ahondando.

—¿Por qué rompiste conmigo y me confesaste que no habías superado lo de Rocket el día después de que yo te dijese que te quería?

El dolor de aquel recuerdo arrojó dardos en el pecho de Tia. Ya no estaba tan segura de que hubiese sido una buena idea preguntar. Le gustaría poder volver atrás a hacía apenas unos minutos y seguir abrazando a D'Jok.

—Porque me daba miedo darme cuenta de que me estaba enamorando de ti. — contestó, de manera sucinta. Al no recibir una respuesta por su parte, se sintió algo obligada a proseguir. — Alejarme de ti era mi propia manera de protegerme porque tenía miedo de que te marchases.

A D'Jok le tembló un poco la garganta. Tia se contuvo de decir "irónicamente" al final de su oración, aunque ambos lo pensaron. Él quería inclinarse a besarla. Pero aún faltaba una pregunta más.

—¿Por qué no viniste a buscarme? — su tono fue algo más bajo esta vez. El grifo de la bañera goteaba un poco y Tia pensó en todas las grietas, en todas las humedades que se iban formando lentamente, y que nadie veía pero que estaban ahí. En cómo en sus relaciones —con Rocket, con D'Jok— había permitido que se gestasen, poco a poco. Y en cómo esa vez iba a rehacer su casa entera, desde los cimientos, y cuidarla cada día.

—Porque estaba tan segura de que me odiabas, de que todo en mí te resultaba despreciable, que yo misma pensé que no tenía perdón. — por primera vez, su voz se quebró un poco. — Y creí que quizás, solo quizás, cuando Sonny saliera de la cárcel sería él quien te convenciera de volver.

D'Jok la miró largamente, con expresión indescifrable. Tia intentó sostener su mirada, la barbilla algo alzada, el gesto revelando una tranquilidad que en realidad era impostada. Esa era su chica, pensó D'Jok. Valiente, fuerte, leal. Sin miedo de abrirse el pecho y las heridas ante él.

—Y de todo lo que has dicho, Tia — la voz de D'Jok fue un murmullo que, en cualquier otro momento, la habría acunado —, ¿qué es exactamente tan despreciable? ¿Qué te parece tan odioso?

El corazón de Tia se saltó un latido cuando D'Jok se acercó un poco hacia ella, sus piernas alrededor de su cintura, las manos casi rozando las suyas. Él siguió:

—Yo sólo veo a una chica que, a su manera, estaba intentando cuidarse a sí misma. Y también, y más aún, me estaba cuidando a mí.

Levantó el brazo y, con los dedos, le acarició la mejilla. Tia cerró los ojos y contuvo el aliento.

—Podrías haber hecho las cosas de otra manera, Tia. Te equivocaste, y mucho. — reprochó él con cierta severidad. — Pero eres humana. — se detuvo un instante, y luego sonrió un poco. — Aunque a veces no lo parezcas.

Tia abrió los párpados y se atrevió a sonreír también. Le besó la palma de la mano. Por un momento, D'Jok olvidó cómo respirar.

—¿Sabes? Cuando me desperté en el hospital, no recordaba que tú y yo habíamos estado juntos. Pensaba que todo había sido un sueño. — él recorrió su pómulo con el pulgar. — Tampoco sabía dónde estaban Sonny y Maya. Sólo recordaba que quizás iban a condenarle a muerte, y pensé que algo horrible les había pasado. Luego, creí que nunca podría volver a jugar al fútbol. Que lo había perdido todo. — suspiró, y Tia notó un nudo en el estómago. — Los primeros días fueron una especie de pesadilla. Los sueños que tenía por la noche sólo eran una continuación de todo lo que había en mi cabeza, y que no sabía bien cómo explicar. Nunca había sentido una desesperanza igual. Como si la vida ya no tuviese ningún sentido. Y no lo digo de forma dramática. Realmente, no entendía nada de lo que estaba pasando.

D'Jok inclinó un poco el rostro, e hizo descender su mano hasta su cuello.

—Hasta que, tal y como se había marchado, todo ha vuelto poco a poco a mí. Me habéis ayudado, especialmente tú, a imaginar un futuro en el que el fútbol es todavía posible. Aunque mis padres no estén aquí, sé que están bien, en algún lugar. Y la mujer más maravillosa de la galaxia, de todas las galaxias — sonrió —, me ha dicho que me quiere. Podría haber muerto aquel día en Paradisia, Tia, pero la vida me ha dado esta segunda oportunidad. Y, ahora mismo, me siento incapaz de gastar un solo segundo en estar enfadado contigo.

Los ojos de Tia se nublaron, por segunda vez en ese día. Lanzó los brazos alrededor de D'Jok y lo abrazó con todas sus fuerzas. Quería descubrir si era posible quedar unida a otros ser humano por las costillas.

—Te quiero, D'Jok.

D'Jok llevó las manos a su cabeza, intentando disolver el abrazo para poder besarla. Tia no se lo permitió, y él rio un poco antes de decir:

—Yo también te quiero, nena.

(when you're feeling low,

I will be there, too)