The killer awoke before dawn, he put his boots on.

He took a face from the ancient gallery

and he walked on down the hall

(The Doors, The End)

—Perfecto, chicos. Es todo lo que necesito.

Dame Simbai reunió sus papeles y se sentó frente a la enorme pantalla para enviar los informes que llevaba elaborando desde la tarde anterior. D'Jok se acercó a Tia y la ayudó a incorporarse. Ellos dos y Ahito habían sido los últimos en acudir a su consulta. Tia pestañeó un poco, tratando de enfocar, después de que un láser la escanease de arriba abajo.

—Gracias, Simbai. — Ahito sonrió suavemente. —¿Cuándo crees que podrás decirnos algo?

—Por desgracia no lo sé, Ahito. Primero, habrá que estudiar los resultados de todos los jugadores. Pero, en cuanto tenga noticias, os lo contaré.

La mujer se quitó la bata y la colgó en el respaldo de su silla. Entonces tomó su cuaderno y se giró de nuevo hacia ellos, para interrogarles sobre cómo se sentían desde el día de la explosión. El resto de Snow Kids no habían acusado ningún síntoma extraño, pero ellos tres tenían un porcentaje de control del Espíritu mayor, y por eso no le sorprendió que Tia asegurase sentir dolores de cabeza recurrentes. Sin embargo, el malestar era apenas perceptible, y había ido remitiendo. Simbai sintió algo de alivio. Aparentemente, y según le habían comunicado otros colegas, algunos jugadores seguían muy débiles: Luur, Woowamboo, Kernor... El denominador común era siempre el mismo. Puesto que todos ellos habían participado activamente en el Netherball, el multifluido tenía un componente mayor de sus respectivos fluidos y la resonancia les afectaba especialmente.

—Muchas gracias, chicos. De momento, hemos terminado. — indicó Simbai. — Si necesito algo más por vuestra parte, os avisaré.

Ellos les dieron las gracias y se incorporaron para marcharse. D'Jok caminaba tras Tia. Observó su grácil movimiento al caminar, como una bailarina, y contuvo una sonrisa, pensando en la increíble noche que habían pasado juntos (y en la que, por suerte, habían logrado dormir un poco más que la anterior). Aunque deseaba que Thran se recuperase pronto de su lesión, él atesoraba cada segundo que podían pasar juntos y a solas en el dormitorio de la chica.

De repente, Tia se detuvo en seco al salir al recibidor que daba paso a la consulta de Dame Simbai. D'Jok la imitó, desconcertado, y su sorpresa fue aún mayor cuando reparó en el motivo:

—¡Mei!

Allí estaba, tan guapa como siempre, sentada en uno de los sillones de la sala de espera. Sus ojos azules centellearon al verle. Rápidamente, D'Jok registró los cambios en su aspecto. Estaba algo más delgada de lo habitual, y bastante pálida, aunque aquello no desmerecía su belleza. Junto a Mei, con su misma apariencia lúgubre de siempre, se encontraba Sinedd.

—¡D'Jok!

Ella se incorporó y, sin dudarlo, corrió hacia su exnovio. D'Jok no esperaba que Mei se lanzase a sus brazos, pero, tras el asombro inicial, correspondió al abrazo de la chica. No reparó ni en el gesto de cautela de Tia, que lanzó una mirada a Sinedd, ni en el rostro inescrutable de este, semejante a una máscara.

—¡Menos mal que estás bien! ¡Tuve tanto miedo por ti! — Mei dejó las manos en sus hombros. Ciertamente, parecía alterada. D'Jok se dio cuenta de que, en cierto modo, había extrañado su cercanía. Era agradable y familiar. — ¡Ahito, Tia!

La castaña se giró hacia sus compañeros, que estaban de pie a un par de metros de ellos, sin saber bien cómo reaccionar.

—Hola, Mei. — Tia optó por sonreírle desde la distancia. Luego saludó con un asentimiento de cabeza al capitán de los Shadows: — Sinedd. Qué alegría que estéis sanos y salvos.

—Hola, chicos. — saludó Ahito, y se acercó a Mei, que le abrazó sin dudarlo. Ambos siempre habían tenido una relación especialmente cercana. A continuación, fue el turno de Tia, quien se dejó estrechar por su antigua mejor amiga. Se alegraba de verla, de veras; especialmente tras la convalecencia que había pasado por culpa de la Niebla. Pero no podía evitar tensarse al estar en la misma habitación que ella y D'Jok. Y Sinedd, claro.

—Habéis venido a que Dame Simbai os haga también las pruebas, ¿no? — preguntó Ahito, y su mirada alternó entre Mei y Sinedd. Ella asintió.

—Sí. Ya sabéis que Sinedd y yo hemos pasado una mala racha a causa de la Niebla. — explicó Mei. Al oír su nombre, Sinedd pareció reunir la confianza suficiente como para acercarse algo más al grupo y posicionarse junto a su novia. — Así que Simbai quiere hacernos un estudio bastante exhaustivo.

—¿Qué ha pasado con la Niebla? — preguntó D'Jok con el ceño fruncido, y claramente preocupado por la chica al escuchar aquello. Por otra parte, estaba demasiado impactado aún por la presencia de Mei como para procesar el hecho de que su mayor rival se encontrase en la misma estancia. — ¿Estás bien, Mei?

Ella afirmó y le sonrió con dulzura. Cuando hablaron, Dame Simbai y Aarch le habían advertido sobre la amnesia parcial del chico, de modo que llegaba sobre aviso.

—Sí, estoy mejor. Sinedd y yo hemos decidido tomarnos un tiempo libre en Akillian para recuperarnos. — explicó ella. — Estar en Shadows no nos iba a hacer mucho bien.

Miró a su novio casi con timidez, como si se disculpara por el malestar que tal vez le causaba estar en aquel lugar rodeado de Snow Kids. Y con D'Jok, para más señas. Sin embargo, la rigidez de Sinedd se relajó. Contra todo pronóstico, sus primeras palabras fueron:

—Me alegro de que estés mejor, D'Jok.

Si bien el estupor de Mei, Tia y Ahito debió de ser más que evidente, Sinedd no dio cuentas de fijarse en ello. Él y Mei conocían el estado de salud de D'Jok gracias a lo que Dame Simbai le había confiado a la chica por teléfono. Y es que, para frustración de los periodistas y de prácticamente toda la galaxia, las noticias sobre el jugador habían llegado con cuentagotas. Los programas de deportes, las revistas e incluso los telediarios tenían que conformarse con la poca información que iban obteniendo, y especulaban durante horas en torno al más mínimo dato. Aunque ni siquiera él era consciente de ello, todo el misterio que rodeaba en aquellos momentos a D'Jok sólo contribuía a mitificar aún más su figura.

Contra todo pronóstico, ese detalle no había irritado a Sinedd. Tan solo había alimentado sus remordimientos de conciencia. A fin de cuentas, D'Jok podría haber muerto, y no dejaba de ser parcialmente responsable.

D'Jok, que ni siquiera lo sospechaba, disimuló bien su estupefacción. Se limitó a hacer un gesto amistoso con la cabeza:

—Gracias, Sinedd.

Era la primera vez que intercambiaban unas palabras desde hacía varios meses, en concreto, desde la noche en que estuvieron a punto de pelearse en la azotea del hotel en Génesis. El último recuerdo que D'Jok tenía de Sinedd era que su exnovia le había abandonado por él sin previo aviso, y, sin embargo, se estaban comportando de manera civilizada por una sola vez en años. Algo debía de haber cambiado, aunque aún no supieran qué.

De hecho, parecía que Sinedd contenía el impulso de añadir algo más. Algo que sentía que debía compartir con D'Jok. Pero Mei, sin ser consciente de ello, le privó de la oportunidad.

—Oye, ahora tenemos que entrar. — dijo ella con cautela, y depositó su mano sobre el antebrazo de Sinedd. Luego se dirigió a D'Jok:— Pero si te parece bien, quizás podamos charlar luego, ¿no?

Él lanzó una rápida mirada a Tia y luego a Ahito. Ellos no querían inmiscuirse en aquel momento tan delicado, y se limitaban a observarlos desde fuera.

—Claro. — respondió al fin. — Llámame cuando termines.

Mei sonrió y, por un momento, las ojeras de su delicado rostro se esfumaron. Entonces tomó a Sinedd de la mano, y ambos se encaminaron hacia el despacho de Dame Simbai.


Tardó casi media hora en atreverse a bajar los escalones del vestíbulo y encaminarse hacia la puerta principal. Miró su reflejo en uno de los ventanales y retocó su aspecto, algo que nunca antes se habría detenido a hacer. Llevaba un anorak rojo abrochado hasta arriba, una bufanda enrollada en torno al cuello y el gorro gris que Thran le había regalado varios años atrás calado hasta las cejas. Era ridículo que le importase estar guapa cuando su prioridad debería ser estar abrigada para hacer frente a las gélidas temperaturas de principios de año en Akillian. Pero le importaba.

Por la mañana, había quedado con D'Jok en salir a dar un paseo. Cuando después él acordó verse con Mei, Tia le aseguró que no le importaba. D'Jok le prometió que irían juntos a pasear de todos modos, y le pidió que se encontrase con él al mediodía en la entrada de la Academia.

Ahora, Tia se sentía mal. Sabía que Mei y D'Jok tendrían mucho que decirse y no quería interrumpirlos, ni mucho menos dar la impresión errónea de que los vigilaba. De hecho, estaba intentando llegar tarde a su cita a propósito para así darles más tiempo para poder charlar. Por eso, cuando salió al camino flanqueado por unos escuálidos árboles que daban paso a la residencia de los Snow Kids, le sorprendió un poco ver que seguían enfrascados en su conversación. Y aún le sorprendió más ver que reían.

Estaban apoyados en el muro bajo de cemento que bordeaba el sendero. D'Jok llevaba un abrigo negro que destacaba aún más el color de sus ojos y Mei se refugiaba en su propio chaquetón. Compartían cierta complicidad que Tia no veía en ellos desde hacía años, pues la última etapa de su relación había sido más bien algo agónica. Las carcajadas se transformaban en vaho frente a sus rostros, y eran tan guapos que le provocó una ligera punzada en el pecho.

Pero justo en ese momento, D'Jok reparó en ella:

—¡Tia!

Si hubiese estado algo más cerca, habría notado la manera en que el rostro del chico se encendió ante su mera visión. Gesticuló pidiéndole que se acercara a ellos, y Mei la obsequió con una enorme sonrisa que le hizo pensar que, a fin de cuentas, conservaba su amistad intacta.

— ¡Hola, Tia! Perdóname, no quiero robaros más tiempo. — se incorporó y se sacudió la nieve de encima con elegancia. — Ni siquiera me había dado cuenta de la hora.

— No te preocupes. — Tia le devolvió la sonrisa. — En realidad, no debería molestaros yo. Imagino que os estabais poniendo al día.

— Sí, y pronto te tocará a ti, no creas que vas a librarte. — dijo la castaña. La última vez que se habían visto fue semanas atrás, cuando ella se lesionó en Paradisia. — Avísame cuando quieras tomar un café.

Tia asintió, y Mei se volvió de nuevo a D'Jok:

—Respecto a ti… — le dio una palmada leve en el pecho. — Dado que estoy viviendo en casa de mis padres por el momento, algo me dice que volveremos a cruzarnos por Akillian. Y si no, ya conoces la dirección. — Mei le guiñó un ojo a D'Jok y él esbozó una sonrisa deslumbrante.

—Oye, ya sabes lo que te he dicho. Deja que tus padres te cuiden, y tómatelo con calma.

Tia no dejaba de sentir que se estaba entrometiendo en un asunto que no era suyo, como si estuviese escuchando a escondidas una conversación secreta. Sin embargo, D'Jok se aproximó más a ella de forma inconsciente y notó el brazo del chico pegado al suyo. Aunque imaginaba que no le habría contado a Mei nada sobre su relación, por un instante dudó.

—Creo que podrías intentar aplicarte esa misma lección, ¿no? — se burló Mei, y entonces se dirigió a Tia: — Por favor, aseguraos de mantenerle lejos del peligro. Aunque la única forma de hacerlo sea encerrarlo en una habitación con siete llaves.

Tia se echó a reír, algo menos cohibida.

—Haremos lo que podamos.

—No sé si podré fiarme de ti, Tia, lo siento. — dijo Mei, aunque era obvio que seguía de broma. — Apartasteis la vista de él tan solo un segundo, y al siguiente no había ni rastro de este idiota.

D'Jok protestó, divertido, al haberse convertido en el nuevo objeto de burla de las dos chicas. Por mucho que le encantase escuchar la risa de Tia, que a él le valía como dosis diaria de optimismo.

—Bastante tiene Tia con hacernos ganar Copas, eso que a tus queridos Shadows se les da tan mal... — Mei le fulminó con la mirada, y él le sacó la lengua— … Como para, además, tener que trabajar de niñera.

— ¡Oye, no te metas con mi equipo!

Entonces fue D'Jok el que rio. Y, sin ni siquiera pensarlo, pasó un brazo por la espalda de Tia y contestó:

—Y tú no te metas con mi chica.

Oh, no.

Se dio cuenta de lo que había dicho solo una centésima de segundo después de que las dos se girasen a mirarle, con los ojos como platos. De hecho, la respuesta que salió de sus bocas fue idéntica, y la pronunciaron al unísono.

—¿Tu qué?

El mundo se detuvo.


Empezó a extenderse como un rumor. La tripulación de la Black Manta volvía poco a poco a la vida en cada susurro, en cada palabra murmurada de boca a oreja, en la excitación que se erigía en cuestión de segundos y que Artie sabía perfectamente lo que significaba: Sonny tramaba algo.

Cerca de un mes de inactividad es mucho más de lo que cualquier pirata pueda soportar, eso es algo que Corso le había enseñado. Si quieres evitar motines y escaramuzas a bordo, nunca, bajo ningún concepto, encierres a veinte piratas en una nave durante más de tres semanas. El ánimo decae rápido, el mal humor se apodera de ellos y empezaran a buscar cualquier motivo para pelear.

Sin embargo, algo empezaba a cambiar. Se dieron cuenta cuando supieron que Sonny había convocado a Corso, Artie y el resto de hombres de confianza en el puente de mando. Eso solo podía significar que el jefe planeaba sacarlos de su escondrijo de una vez por todas. Así que, cuando Artie recorrió a toda prisa el trayecto desde la bodega hasta la sala de operaciones, pudo sentir todos aquellos ojos clavados en él y la sed de aventuras quemando sus gargantas.

Al entrar, ya estaban todos reunidos alrededor de la mesa: Sonny, Bennet, Corso, Tré y Stevens levantaron la vista y recibieron al más joven del grupo.

—¿Qué tal se encuentra nuestro invitado? — preguntó Corso. La hostilidad de su voz no se correspondía con aquellas palabras.

—Vesto sigue sin abrir el pico, al menos no para añadir nada nuevo. Harris es la mente maestra detrás de todo, ambos utilizaron a Blade, tiene un cargamento suficiente de multifluido como para arrasar unos setenta planetas… — Artie se encogió de hombros. Estaba cansado. — El muy cabrón habla solo para darnos información que ya teníamos, y muy ocasionalmente suelta algo útil para mantenernos enganchados.

—Ha recibido entrenamiento militar de élite. Y se nota. — rezongó Tré, cruzado de brazos.

—Creo que a estas alturas ya es evidente que Vesto Maddox no va a servirnos de nada, así que propongo algo nuevo. — Sonny comenzó a hablar, y todos le escucharon con suma atención. — Su única utilidad es como moneda de cambio.

Corso meditó unos instantes las palabras de su líder antes de preguntar:

—¿Con Harris?

—No, probablemente Harris diseñase el plan de tal manera que pudiese prescindir de él. Le metió en una nave conmigo a bordo a sabiendas de que era posible que sus planes se torciesen; no valora tanto la vida de Vesto, no. Me refiero a Technoid.

Los presentes debían de ser expertos en ocultar su incredulidad, pues, aunque a todos los pilló por sorpresa, ninguno hizo muestra de ello.

—¿A cambio de qué? — preguntó Stevens, tratando de disimular la acidez en su voz. Ninguno de los piratas había aprobado nunca especialmente los tratos con Technoid en el pasado, por mucho que comprendieran su utilidad estratégica.

—A cambio de recuperar la amistad del Duque. — explicó Sonny, y antes de que cualquiera de ellos pudiera objetar, se apresuró a seguir: — Estamos estableciendo alianzas clave, especialmente con la Sociedad del Fluido. No podemos ganar esta guerra solos. Tenemos que conseguir que el Duque vuelva a confiar en nosotros: nadie mejor que Technoid para poder desarticular a los aliados de Harris y Vesto desde dentro de la propia organización.

—"Confiar" me parece una palabra muy optimista, Sonny. — Bennet se colocó las gafas. — Pero tengo que darte la razón. A estas alturas, solo tenemos dos opciones con Vesto Maddox: usarlo como chantaje, o como bandera blanca.

Los piratas meditaron y deliberaron durante tanto tiempo como fue necesario aquella nueva estrategia, sopesando sus riesgos.

—¿Cómo sabemos que el Duque no estaba aliado también con ellos, Sonny? Podría haber asignado deliberadamente a su hijo a liderar aquella misión para matarte. — Artie intentaba analizar tan deprisa como podía cualquier posible fallo.

Sonny esbozó una sonrisa tenue, ligeramente triste.

—Lo sé porque yo también soy padre, Artie. Y ningún padre enviaría a su hijo a una misión en la que sospeche que existe la más mínima posibilidad de que no sobreviva. — sus ojos vagaron por los planos de la sede de Technoid desplegados frente a ellos, pero en realidad su mente se encontraba lejos. Corso asintió junto a él:

—Me reuní con el Duque en Paradisia y puedo aseguraros que no iba de farol. Realmente no sabía nada de la conspiración.

—¿Y qué crees que hará con Vesto, Sonny? — Stevens frunció el ceño. — Una vez que el Duque reciba a su hijo, al cual daba por muerto, y sin sospechar nada de su traición hasta donde sabemos… ¿Qué va a pasar entonces?

—Stevens tiene razón. En teoría, el Duque no tiene ni idea de que Vesto estaba metido hasta las cejas en esto. ¿Se lo enviamos envuelto en papel de regalo y ya? — Tré se cruzó de brazos.

Sonny permaneció en silencio, pensativo. Varias opciones sobrevolaron su mente.

—Bueno, supongo que lo adecuado será enviarle una nota antes al Duque, ¿no? — y procedió a dar órdenes con premura: — Tré, poned rumbo hacia los cuarteles centrales de Technoid. Artie, trae el equipo audiovisual. Corso, tú empieza a convocar a todas nuestras flotas en Shiloh. Si todo marcha según lo previsto, llegaremos mañana al atardecer, después de hacer una pequeña parada. Ha llegado el momento de organizarnos para la guerra.

Observó a sus hombres, uno por uno. La audacia en sus ojos y la intrepidez que reflejaban le hizo sentir orgulloso de ser su líder. Por último, se volvió a Bennet y pidió:

—Asegúrate de que Vesto se adecente un poco. Papá le está esperando.


—Lo siento, Tia, soy un bocazas.

Las palabras de D'Jok interrumpieron el silencio agradable que había entre ellos. Tia, que observaba el cielo nublado de Akillian, dirigió la mirada hacia él con sorpresa. Estaban caminando juntos por las calles vacías de la ciudad. Él la guiaba por las zonas por las que sabría que difícilmente se toparían con alguien, y, en caso de hacerlo, sería algún vecino o conocido acostumbrado la presencia de los Snow Kids y a darles privacidad. En realidad, hacía tanto frío y el cielo presentaba un aspecto tan desapacible que solo ellos dos parecían lo bastante locos como para haber salido a la intemperie.

Tia pestañeó. Se había dado cuenta de que D'Jok estaba algo callado desde que se habían despedido de Mei quince minutos atrás, pero pensaba que, simplemente, estaba sumido en sus pensamientos. Su comentario la pilló de improviso.

—¿Por qué lo dices?

D'Jok, que caminaba junto a ella —su perfil recortándose contra el paisaje, las piernas hundiéndose en la nieve— tenía el ceño fruncido. Sin embargo, la respuesta de ella también pareció causarle algo de confusión.

—Ya sabes, por decir eso delante de Mei. Sobre nosotros dos.

Y entonces Tia, que a pesar de su inteligencia no había entendido del todo a qué se refería, se dio cuenta al fin de por dónde iban los tiros. En efecto, profirió un "Ahhh" antes de pararse en seco. Él se detuvo también al darse cuenta.

—D'Jok, no tienes que disculparte por eso. — Tia sonrió, como si fuese algo obvio. — Iba a enterarse de todos modos, ¿no? Así, ¿qué importa que haya sido así?

Se sintió un poco mal al ver la cara de alivio de D'Jok, la forma en que sus facciones se iluminaron un poco.

—¿De veras? — preguntó él. Estaba solo a unos pasos y ella podía observar con claridad la piel tersa de su rostro, la nariz enrojecida por el frío, la mandíbula tensa y los hombros algo encogidos ante la inclemencia del tiempo. Tia se mordió el labio. No tenía ni idea de lo adorable que resultaba.

—Pues claro. De hecho, no estaba segura de si se lo habías contado ya. Pero me habría parecido bien si lo hubieses hecho.

D'Jok arqueó ligeramente una ceja en un gesto que a Tia le pareció irresistible. Se acercó un poco más a él, y buscó los bolsillos de su abrigo, allí donde D'Jok ocultaba las manos. Él recibió sus manos en el pequeño espacio y la confortó con su calor.

—Si te soy sincero… Sí que hemos hablado de ello, en parte. — comenzó a explicar, y Tia apartó la vista de su boca para lograr concentrarse. No había querido preguntarle nada sobre su conversación, pero agradecía que él quisiese compartirlo con ella. — En resumidas cuentas, después de explicarme lo de la Niebla y de que yo le contase lo del Equipo Paradisia, me ha pedido disculpas por la forma en que me dejó. Tú sabes que ya no siento nada por ella — se apresuró a explicar, y aunque Tia lo sabía, se sintió reconfortada por aquello —, pero era un asunto pendiente que teníamos que cerrar y me alegro de que hayamos podido hablarlo al fin. Yo también me he disculpado por las veces que la cagué en nuestra relación y, bueno…— apartó la mirada hacia el final del callejón vacío y buscó las palabras por un momento. — Si algo tengo claro, es que debería haber roto con ella mucho antes. Porque había otra persona.

Esbozó una media sonrisa. Tia sintió una oleada de calor en el pecho. Apretó los dedos del chico entre los suyos y él correspondió el gesto.

—Lo curioso es que ni siquiera ha hecho falta que se lo dijera, ¿sabes? Ella sólo me ha dicho "Era Tia, ¿verdad?". Y me he sentido mal, porque no fue justo para Mei, pero por otra parte ha sido como quitarme un peso de encima.

Buscó comprensión en sus ojos, y Tia asintió. Sabía a lo que se refería.

—Sí, Mei lo sabía, D'Jok. Cuando estábamos en Paradisia, quedé con ella una tarde, cuando Sinedd se puso enfermo, y me lo echó en cara. — Tia se encogió de hombros. Al igual que D'Jok, se sentía algo culpable, pero el sosiego era el sentimiento imperante en aquellos momentos. Además, sabía que Mei realmente amaba a Sinedd. Lo había visto en sus ojos.

D'Jok pestañeó con incredulidad, pero profirió una risa de alivio.

—Así que ¿se dio cuenta antes que nosotros mismos?

Tia sonrió. Se aceró un poco a él, de manera tentativa. Vio como los ojos de D'Jok volaron un segundo hacia sus labios.

—Supongo que soy algo obvia, ¿no?

A esas alturas, sus rostros ya estaban muy cerca. D'Jok le devolvió una mirada traviesa y rozó la nariz de Tia con la suya. Murmuró un "Sí, un poco sí" antes de lanzarse a besarla. Tia contuvo un suspiro al notar el calor de su lengua y la forma en que él liberó las manos de los bolsillos sólo para estrecharla aún más por la cintura. Los besos en la nieve siempre serían sus favoritos, porque el contraste de temperatura y la cercanía del cuerpo grande y cálido de D'Jok jugaban con sus sentidos.

Cuando se separó un poco, D'Jok depositó varios besos más en su barbilla y la comisura de sus labios, mientras Tia tomaba aire.

—Sé que vas a reírte de mí, pero…— se sonrojó un poco. —Me ha gustado bastante eso de "mi chica".

D'Jok sonrió (un gesto triunfante, victorioso), y la besó hasta que ambos se quedaron sin aliento.


La puerta chirrió, oponiendo resistencia a abrirse tras pasar meses cerrada. Al entornarse, arrojó luz al corredor estrecho. Él la animó a entrar, antes de que se colase la nieve, y pasó detrás de ella. La mezcla de olores familiares, el cálido cobijo que ofrecían sus paredes, le golpearon de repente. Tia lo notó inmediatamente también, ese aroma a casa que formaba parte de la fragancia de D'Jok tanto como su loción de afeitado, el detergente de su ropa, un perfume imposible de describir y que ella podría reconocer en menos de una décima de segundo.

—Hogar, dulce hogar. —susurró D'Jok, y echó un vistazo alrededor.

Su vieja casa en Akillian tenía mejor aspecto del que habría pensado, después de todo aquel tiempo sin albergar presencia humana. Es cierto que, al fijarse, podía ver algo de polvo sobre los muebles, y que algo en la atmósfera revelaba la ausencia de inquilinos. Pero, por lo demás, seguía siendo tan agradable como siempre. De hecho, Tia también parecía algo sorprendida. No había sabido qué esperar cuando D'Jok le había propuesto enseñarle la casa en la que solía vivir con Maya. Desde luego, no esperaba que le resultase tan familiar.

—Siento no tener nada en la nevera que ofrecerte, pero no esperábamos visita. — D'Jok sonrió, y ella replicó el gesto. El chico le ayudó a quitarse el abrigo y colgó las prendas de invierno en el perchero de la entrada. — Ven, te la enseño.

Tia asintió y le siguió. La casa tenía dos pisos, con suelos de madera y grandes espacios abiertos. Sin tener que cruzar ninguna puerta, uno pasaba inmediatamente al salón desde el vestíbulo. Allí, un enorme sofá dominaba la estancia desde el centro, frente a la chimenea. Estaba cubierto de cojines de colores que aportaban vitalidad, y una enorme alfombra blanca invitaba a descalzarse. Los ventanales estaban cerrados, pero en cuanto D'Jok abrió las contraventanas, la luz bañó por completo la habitación. Un poco más allá, había una mesa de comedor rodeada de ocho sillas. Tia acarició el respaldo de cuero. Aunque Maya y D'Jok eran solo dos, se podía imaginar a los chicos pasando tardes enteras en torno a aquella mesa, haciendo los deberes juntos (o, siendo honestos, distrayéndose los unos a los otros). D'Jok la observó en silencio, como esperando su veredicto, y, cuando determinó que Tia había terminado de inspeccionar el salón, la condujo a la cocina.

Allí, la rubia ahogó una exclamación de sorpresa. Era mucho más grande de lo que habría pensado, y, con sus muebles chapados en madera blanca y sus muchos fogones —contó ocho—, formaba una isla en el medio. Sin embargo, su sorpresa procedía de las hierbas y plantas que colgaban aquí y allá, que crecían en pequeñas macetas en el suelo. Esa era, en gran parte, la fuente de aquella curiosa mezcla de olores que había identificado.

—Son los ingredientes que usa mi madre para hacer medicinas y tratamientos, ya sabes. Aunque supongo que bastantes se habrán secado. — D'Jok hizo un gesto con la mano, quitándole importancia. — Las curanderas están muy arraigadas en la cultura popular de Akillian. Casi todas las elaboraciones que prepara las aprendió de su abuela y de sus tías, y otras son creación propia.

Esperaba cierto escepticismo por parte de Tia, pues sabía que era parte de su personalidad no creer en aquellas cosas. Ella estaba mucho más apegada a la ciencia, y consideraba que todo tenía una explicación racional. A menudo, juzgaba con voz crítica lo que ella llamaba pseudociencias y otras patrañas. Sin embargo, le escuchaba con profundo interés. Recorrió la cocina mirando de cerca las hojas de las plantas, tratando de identificar sus aromas.

—Es increíble que tu madre sepa todas esas cosas. Que conserve toda esa tradición viva.

D'Jok sonrió y se guardó las manos en los bolsillos, algo cohibido. Se dio cuenta que era la primera vez que enseñaba todo eso a una chica. Todas sus novias habían sido de Akillian, por lo que ya conocían aquello, o bien se trataba de relaciones pasajeras a las que nunca habría invitado a su casa. Le gustaba la sensación. Y le agradaba que Tia actuase con esa mezcla de curiosidad y respeto.

—Bueno, a veces es un poco coñazo, todo eso de la magia y las visiones. — explicó, y ella se volvió hacia él. — Una parte de mí nunca lo ha entendido. Supongo que lo ponía en duda, porque era difícil creer en ello. Pero, por otra parte, ¿no es magia también lo que hacemos nosotros con el fluido? Es decir, ¿no se trata de una especie de energía que trasciende a la materia, que transcurre en otro plano?

Se calló, y pensó que seguramente sólo estaba diciendo bobadas. En el mundo había personas que eran espirituales, y personas que no, y Tia (irónicamente, para él la más mística de las criaturas) parecía más bien de las segundas. No obstante, ella le observaba con una pequeña sonrisa, en silencio. Con la misma expresión que ponía cuando leía algo que captaba su atención, o grababa con su cámara una escena especialmente buena.

—Sí, estoy de acuerdo. — asintió y se aproximó a él, rodeándole el cuello con los brazos. — Me gusta oírte hablar de estas cosas. Hace que me sienta más cerca de ti. Y, aunque suene extraño, también de mí misma. Ya sabes que, aunque nací en Akillian, mis padres nunca se han molestado demasiado en enseñarme nada de nuestra cultura. Es agradable conectar con mis raíces.

D'Jok le dio un beso en la frente. Para no demostrar que estaba conmovido por sus palabras, la tomó de la mano y le enseñó las vistas tras las ventanas de la cocina.

—Pues esto te va a encantar. Mira. — señaló el estrecho jardín anexo a la casa, al que se accedía por una puerta desde la propia cocina. Un invernadero ocupaba prácticamente la mitad del espacio. — Ahí es donde mi madre conserva el resto de hierbas que utiliza, y donde trabaja cuando no hace demasiado frío.

Tia murmuró un "Vaya", con las cejas enarcadas y la nariz pegada al cristal. Entonces D'Jok prosiguió con la visita en dirección a la planta superior, por las escaleras que partían del vestíbulo y chirriaban un poco bajo sus pasos. Allí estaba el dormitorio principal, visible gracias a las puertas correderas abiertas de par en par. Los tejidos que lo cubrían todo, las velas y los tonos morados y naranjas revelaban que se trataba del cuarto de Maya. Tia no entró por respeto a la mujer, que se encontraba ausente, y en su lugar siguió a D'Jok hacia una de las habitaciones preferidas del chico: el estudio. El sonido que dejó escapar Tia le hizo sonreír. Las estanterías llenas de libros cubrían las paredes. Frente a la ventana, había un escritorio de nogal que Maya solía ocupar en sus largas horas de investigación o donde D'Jok se enfrascaba en trabajos para el instituto. También había un par de sillones negros que invitaban a la lectura y al estudio.

—Creo que he encontrado mi habitación favorita de toda la casa. — dijo Tia, súbitamente entusiasmada, mientras recorría los lomos de los libros con el índice.

—También es la mía. — D'Jok se aproximó a ella por detrás, y observó las colecciones de cuentos que devoraba de niño, los tratados sobre anatomía humana, los volúmenes de historia. Era mucho más modesta que la biblioteca de Tia en Luna Obia, eso desde luego, pero para él siempre había sido suficiente.

—Cuando vengamos a tu casa, puedo dormir aquí, si te parece bien. Prometo no molestar — repuso Tia sin dejar de mirar las cubiertas. D'Jok se echó a reír al verla tan emocionada.

—Si es lo que quieres, no tengo nada en contra. Pero creo que se me ocurre una idea mejor…— con un gesto de la cabeza, la invitó a seguirle justo a la habitación de enfrente, cuya puerta estaba cerrada. Algo reticente a salir de allí, Tia le siguió. Y entonces D'Jok la condujo a su antigua habitación.

Hay algo en aquellos lugares que han sido protegidos con especial celo que los hace perfectamente reconocibles. Nada más cruzar la puerta, para Tia fue evidente que Maya había cuidado de aquella instancia con mimo cada día que D'Jok había pasado fuera. Al entrar en ese dormitorio, entre las paredes que él había habitado de niño y de adolescente, sintió un nudo en la garganta. Todo parecía intacto. Nada más entrar, la recibió la amplia cama, y al otro lado la pared frente a la puerta con una ventana que incidía en la cama por su lado derecho. Casi podía imaginarlo allí tumbado e iluminado por los primeros rayos de sol. Las sábanas de color azul perfectamente alisadas, los trofeos de D'Jok brillantes sobre sus repisas, la colección de discos y de videojuegos en un rincón junto a su videoconsola: todo estaba listo, esperando a que su ocupante volviese a reclamar la estancia. D'Jok recorrió su cuarto con nostalgia, y probablemente también con un sobrecogimiento similar al suyo, pues ninguno dijo nada en varios minutos. Tia miró los pósters en las paredes: futbolistas, carteles de películas, un mapa de Akillian, una bonita ilustración de la galaxia a todo color. Y, junto a los trofeos —la mayoría de ellos procedentes de competiciones deportivas, pero también una medalla por "buena conducta" que hizo a Tia sonreír y otra de unas olimpiadas académicas que desde luego no se esperaba—, un corcho repleto de fotos. D'Jok de pequeño sobre el regazo de Maya, con catorce años y rodeado de un grupo de amigos del instituto, otras tantas en las que aparecían Micro-ice, Thran, Mark y Ahito, una instantánea de un photocall en la que Mei le besaba la mejilla, excursiones del colegio, cumpleaños… Tia se emocionó contemplando aquello. Eran retazos de toda una vida, fragmentos de una etapa que ya no volvería y que ella nunca podría compartir con él, pero que adoraba poder mirar desde fuera. Deseaba con todo su corazón poder coger la bola de cristal de Maya y observar a D'Jok de pequeño. Saber cómo se comportaba, cuántos de sus gestos procedían de entonces, cómo había llegado a convertirse en el hombre que era.

—No me juzgues por mis pintas de adolescente, ¿eh? Entre los trece y los catorce perdí la batalla contra al acné.

Tia negó con la cabeza, incapaz de hablar. Y entonces sus ojos las encontraron. En medio del corcho, rodeadas de instantáneas, dos pequeñas fotografías en las que aparecía ella. La primera, una foto de todo el equipo en medio del terreno de juego, celebrando con euforia su segunda Copa. La otra no era tan conocida, pero la recordaba perfectamente. Se la tomaron durante el primer torneo, en la visita guiada que les hicieron al Museo del Fútbol de Estadio Génesis. Tia tenía quince años y D'Jok estaba a punto de cumplir los dieciséis, faltaban solo un par de noches para la semifinal y la expectación era perceptible en sus ojos. Ella sonreía de oreja a oreja, entornado un poco la vista, y D'Jok tenía un brazo sobre sus hombros. Sintió cómo el estómago se le encogía. Unos pasos se aproximaron lentamente a ella, y la presencia de D'Jok se materializó a apenas unos centímetros de distancia.

—No sabía que guardases esa foto. — logró confesar, con la voz secuestrada por la emoción.

Él supo inmediatamente a qué se refería.

—La tengo desde siempre. — contestó él suavemente. — Y no es la única. Mira.

Estiró su largo brazo y cogió una pequeña caja que reposaba en el estante de la pared. Había una especial delicadeza en sus gestos, como si estuviese cogiendo algo de especial valor. Se sentó en el suelo de madera y Tia, hipnotizada, le imitó. Quedaron el uno frente al otro de piernas cruzadas. El chico abrió lentamente la tapa, y los recuerdos comenzaron a aflorar.

—Aquí guardo todo lo que tiene especial valor. Por ejemplo…— sacó unos tickets. — Estas son las entradas del primer partido real al que fui con los chicos. Conseguimos convencer a los padres de Mark de que nos llevasen a ver a las Rykers contra los Wambas. También una nota que Mei me escribió por nuestro primer aniversario. Y este — sacó una alianza dorada — es el anillo de casada de Maya. Su marido estaba en el estadio la noche de la glaciación.

Tia estiró el cuello para verlo mejor.

—No sabía que Maya hubiera estado casada.

D'Jok sacudió la cabeza en gesto afirmativo, pero estaba demasiado absorto mirando los objetos de la caja. Esbozó una sonrisa al dar con una una pequeña figura.

—Este era uno de mis juguetes favoritos de pequeño. — los sostuvo entre el índice y el pulgar. Se trataba de un león en miniatura. — Y estas son unas piedras que Micro-ice y yo recogimos en el bosque la primera vez que nos dejaron ir solos. El muy gallina casi se murió de miedo porque no sabíamos volver, así que me inventé la historia de que, para poder volver a casa, teníamos que seguir el rastro de las piedras. — eran pequeñas y de vivos colores, casi como cristal erosionado. — No sé por qué, pero resultó funcionar.

Tia rio un poco, mientras estiraba el brazo y sacaba de la caja una tarjeta llena de firmas escritas con una caligrafía infantil. En la parte frontal, había un dibujo de una mariquita cubierta de lunares negros. Enarcó las cejas y D'Jok se echó a reír también.

—Con nueve años cogí el sarampión. Estuve un mes sin poder ir a clase, así que todos mis compañeros del colegio me la enviaron por correo. Tiene su gracia, en realidad.

Ella profirió una carcajada, hasta que vio algo que atrapó especialmente su interés.

—¡Eh! Esto me suena. — sacó unas entradas de cine. — ¡Yo fui a ver esta película contigo! Fue hace más de dos años. Rocket no quería volver al equipo y tú me llevaste a ver esta absurda comedia para animarme. — no alzó la vista, por lo que no vio a D'Jok observándola con detenimiento. — Y este envoltorio…

—Es del caramelo que me diste el día de las pruebas para los Snow Kids. Estaba de los nervios y tú me ofreciste un caramelo de menta y me diste conversación para distraerme. Y esta — sacó una delicada pinza del pelo cubierta de pedrería — , la llevabas en el pelo en esa fiesta a la que nos invitó la Liga y a la que ambos fuimos sin pareja. Debíamos tener entonces ¿18 años? Me pediste que te sacara de allí porque no aguantabas los zapatos y te pedí algo a cambio. Me diste esto en vez de un beso, pero había que intentarlo.

Ella se echó a reír, disfrutando de aquellas historias. D'Jok sonrió y le mostró algo más.

—Tienes que estar de broma…— dijo ella. Pero entonces el chico sacó un rectángulo plateado de la caja y Tia terminó por abrir la boca de par en par. Se trataba de una ilustración de sí misma, en una colección de cromos de futbolistas que habían lanzado años atrás. Fue la primera edición en la que la incluyeron. Le hizo tanta ilusión que regaló copias a todos sus amigos.— ¿De verdad has guardado esto?

—Bueno, en unos años se revalorizará y yo tengo que ir buscando otras fuentes de ingresos, Tia, me hago mayor para el fútbol.

Ella sacudió la cabeza.

—Sabes que no me refiero solo al cromo, D'Jok. Es… es increíble.

Observó con detenimiento el tesoro entre sus manos. Y entonces levantó el rostro hacia él y rectificó:

Eres increíble.

D'Jok sonrió, tratando de quitarle importancia. Le daba algo de vergüenza compartir todo eso con Tia, hacerla partícipe de lo mucho que le había importado siempre. A pesar de que se lo había repetido en varias ocasiones, nunca había podido aportar una prueba tangible de lo que significaba.

—Ya sabes cómo son los adolescentes cuando se enamoran. — devolvió todo cuidadosamente al interior del cofre. — Además, lo creas o no, yo siempre he sido tu mayor fan. Es decir, antes incluso de saber que estaba colado por ti, eras y sigues siendo la jugadora a la que más admiro. Junto con Warren. — añadió al ver que ella abría la boca. Tia sonrió, algo cohibida. Apoyó ambas manos en el suelo y se recolocó hasta quedar sentada junto a él.

—Sé que si lo digo ahora va a resultar poco creíble, D'Jok, pero yo también te he admirado mucho siempre. Pero es que para mí el amor es en gran medida eso, ¿no? Confiar en las cualidades de la otra persona. Creer en su potencial inagotable.

D'Jok hizo un sonido afirmativo para expresar que estaba de acuerdo y le colocó un mechón de pelo rebelde tras la oreja. Se quedaron en silencio unos instantes, aún sentados en el suelo y con sus cuerpos pegados. Él fue el primero en volver a hablar:

—Me alegro de que hayas venido a mi casa, Tia. Resulta curioso que nos conozcamos desde hace tanto y, sin embargo, que nunca hayamos visto el hogar del otro.

Tia concordó con él. Ciertamente, había estado en las casas de prácticamente todos sus compañeros; incluso en la de Ane. Pero, por algún motivo, nunca había llegado a cruzar el umbral de la casa de D'Jok en Akillian. Y, sin tener que detenerse a pensarlo siquiera, tal y como la idea brotó en su menta, preguntó:

—¿Vendrás conmigo a Luna Obia?

D'Jok la miró con algo de sorpresa, pero también —pudo verlo— un ápice de ilusión. Tia buscó su mano y la entrelazó.

—Claro. Si tú quieres que vaya, por supuesto.

Ella contempló sus ojos profundos, inescrutables, como dos pozos sin fondo. Y vio en ellos la vida que querría poder compartir, los miles, millones de recuerdos nuevos que deseaba poder fabricar para que él los pusiese a buen recaudo en una caja.

—Nada me haría más feliz. — afirmó

Y era cierto. Porque la perspectiva de poder presentarle a sus padres, mostrarle también su dormitorio de la infancia, construir algo que se pareciese bastante a una pareja y a una rutina, hacía que el pecho le explotase de felicidad. D'Jok se inclinó a besarla. Y, si las cosas hubieran sido de otra manera (si no hubiese sido por Rocket, si no hubiese sido por Mei), aquella no habría tenido por qué ser la primera vez que sus bocas se encontrasen en ese dormitorio. Pero lo fue. Como el resto de sus primeras veces juntos, D'Jok y Tia la exprimieron hasta agotarla. Hasta que, sin mediar palabra, ambos se incorporaron y se acercaron a la cama; la misma en la que se entregaron el uno el otro, temblando como los dos adolescentes enamorados que no tuvieron oportunidad de ser. Pero que, en el fondo, siempre habían sido.


Recorrió el despacho por centésima vez, y echó un vistazo a su reloj de bolsillo. Este reflejaba las llamas de la chimenea con un destello anaranjado. El Duque empezaba a consumirse de impaciencia. Hoy esperaba la visita más importante de todas.

No sabía cómo demonios habían conseguido esos piratas penetrar en sus sistemas informáticos, por eso ayer se llevó un susto considerable cuando la cara de Sonny Blackbones apareció súbitamente en su pantalla. Recordó la rabia incontrolable al ver el rostro del responsable de la muerte de Vesto, al que su esposa seguía llorando a cada minuto de cada día. En su caso, su forma de canalizar el duelo había consistido en centrar toda su energía y sus recursos en intentar atraparlo. Sin embargo, antes de que pudiese llamar a seguridad, Blackbones habló. Y, por mucho que el Duque se resistiese a escuchar —y mucho menos a creerlo— sus palabras empezaron a calar lentamente en su cerebro.

Así que su hijo, su único hijo estaba vivo. Cuando Sonny lo enfocó para demostrar que era cierto, el corazón casi se le salió del pecho. Vesto estaba vivo y en buen estado de salud. Al menos según las apariencias, los piratas le habían proporcionado un trato respetable.

Lo más difícil de digerir, sin embargo, habían sido las acusaciones vertidas contra su hijo, en las que lo acusaban de traidor. El Duque llegó a sentir náuseas ante la mera idea de que pudiesen estar en lo cierto. No podía creerlo. Y, no obstante, las explicaciones del maldito Sonny encajaban. Incluso, siendo honesto, conocía lo suficiente a Vesto como para saber que podía ser verdad. Él mismo había dudado a veces de su propio hijo; siempre tan taimado, tan ambicioso, incluso desde adolescente.

Sonny le había dicho que, como prueba de que no le mentía y de que le seguía considerando un aliado, iba a devolverle a su hijo incluso con todo el riesgo que liberarlo podía entrañar. A cambio, el Duque debía confiar en él y ayudarlos a prepararse para lo que venía.

El hombre resopló con nerviosismo. Según lo acordado, él se aseguraría de que el espacio aéreo de la sede de Technoid no estuviese protegido. Dos aliados de Blackbones dejarían a Vesto en la azotea, en la pista de aterrizaje privada junto a su despacho, la misma que podía ver desde el ventanal. Él había sido cuidadoso, y en previsión de que algo malo pudiera pasar había programado un mensaje que se enviaría automáticamente a menos que lo desactivara. Si algo le ocurría, en exactamente treinta minutos alguien lo sabría. Y entonces, justo cuando empezaba a pensar que los piratas lo habían engañado de nuevo, escuchó un sonido procedente del exterior.

La nave había aparecido sin hacer ningún ruido. Tan solo el sonido de la escotilla y de Vesto rodando hacia el suelo le dio una señal de que estaban allí. Para cuando abrió la puerta de cristal y salió al exterior, los piratas ya habían despegado, dejando tan solo un bulto en el suelo.

El joven hombre permanecía medio reclinado, reuniendo fuerzas para incorporarse. El Duque reconoció a su hijo incluso en la semioscuridad y, con un doloroso suspiro de alivio, se apresuró hacia él.

—¡Vesto! ¡Vesto, hijo mío!

—Padre…— murmuró él con voz grave.

Sus miradas se encontraron. Bajo la luz de las estrellas, los ojos grises de Vesto, los mismos que había sacado de su madre, eran perfectamente distinguibles. Su rostro estaba intacto, sólo algo oculto por las sombras.

El Duque se agachó para ayudar a su hijo. No se le escapó, a pesar de todo, la leve sonrisa bajo aquella barba perfectamente recortada.

—Padre, no sabes cómo lo siento.

Y alzó los brazos en la noche.


—Rápido, tenéis que elegir: ¿acción o terror?

Una serie de protestas y resoplidos siguieron a la pregunta de Thran. Él miro desconcertado a sus amigos, tirados a su alrededor en el salón de estar. Ahito y Micro-ice habían colonizado el sofá y se resistían a dejar hueco a nadie. Ane estaba tumbada bocabajo en el suelo con la cara inocentemente apoyada en las manos. D'Jok y Tia, por su parte, habían colocado sendos cojines un poco más atrás y apoyaban la espalda en el espacio que Ahito y M'ice les dejaban, mientras Mark se hundía cada vez más en un sillón.

—No pensarás elegir película tú, ¿no? Tienes un gusto pésimo. — se quejó Micro-ice.

—Habló el que nos obligó a ir tres veces al cine para ver una película de dibujos animados sobre un pollo.

—Mientes. El único que se dignó a venir tres veces conmigo fue Tristan, que el Espíritu le bendiga allá donde esté.

Ane asintió pensando en su amigo y Ahito rodó los ojos ante la elección de palabras, absteniéndose de decir que, aunque Tristan se hubiese marchado a su planeta, seguía vivito y coleando.

—Thran, siempre ofreces miedo o acción. Por una sola vez, podríamos ver un musical.— objetó Ane, a lo que siguió una ronda de quejidos e incluso un cojín volando en dirección a su cabeza.

—Me niego a ver una película en la que la gente comienza a cantar aleatoriamente. La vergüenza ajena que estoy dispuesta a sufrir tiene un límite — dijo Tia, haciéndose con el mando y repasando el catálogo de películas en el holotelevisor.

—Sabéis que va a ser La guerra de las galaxias otra vez, ¿no? — preguntó D'Jok. Abrió la primera bolsa de patatas fritas, y tres manos aparecieron súbitamente a su alrededor para coger comida.

—Olvídalo. No más comentarios del tipo "No me puedo creer que antes pensasen que los viajes espaciales eran así, o que hay gigantes peludos en el espacio". Esta noche vamos a ver lo que diga… yo. — Tia trató de seleccionar una opción sobre la pantalla, pero, súbitamente esta se tornó negra y apareció el logo de Noticias Arkadia.

—¿Qué haces, Tia? ¿Dónde has pulsado? — Ahito se asomó por encima de su hombro mientras una voz decía "Informativo especial. Por favor, manténgase a la espera" y Tia musitaba ni idea luchando contra el mando.

—Shhh, callad un momento. Tia, sube el volumen.

Ella obedeció, pero no se escuchó nada más. La pantalla permaneció fundida en negro, con el logo de Noticias Arkadia. Repentinamente, todos sus móviles comenzaron a vibrar a la vez y a emitir el sonido de una notificación entrante.

—¿Qué demonios…?

—"Última hora: anuncio especial para toda la Galaxia a las 19:00 horas. Por favor, permanezcan atentos a los informativos" — leyó Mark en voz alta.

—Qué raro. Me acaba de llegar exactamente el mismo mensaje al móvil.

—¿Se puede saber qué está pasando?

D'Jok frunció el ceño. Aunque no quería ser pesimista, no pudo reprimir el pensamiento que cruzó su mente: ¿estaría bien Sonny?

—Mi padre está escribiendo en el grupo de la familia. — murmuró Thran. — Debe de estar ocurriendo en todo Akillian.

Los jugadores especularon, en silencio o entre sí, sobre cuál podría ser la noticia. Al menos en Akillian, Aarch había contactado al alcalde de la ciudad para que prohibiesen a los medios de comunicación acercase a menos de un kilómetro de la Academia, así que desde luego no tendría que ver con ellos. Con la actual orden que habían conseguido emitir, y bajo el pretexto de que el estrés causado afectaba a la salud de los chicos y al bienestar de los propios vecinos, llevaban días sin ver una sola cámara en el planeta.

—¿Habrán suspendido definitivamente la Copa? — aventuró Mark.

—O quizás Lord Primus…— comenzó Ane, sin terminar la frase. Sus compañeros le adivinaron el pensamiento.

—No, esta mañana leí los titulares. Está en coma, pero estable. — Ahito negó con la cabeza.

—Y Simbai terminó de recoger nuestras pruebas hace solo un par de días, por lo que no creo que tenga nada que ver con el Fluido ni con Paradisia.

—¡Mirad!

No tuvieron tiempo de seguir elucubrando. En aquel mismo momento, el canciller de Zaelion apareció en lo que parecía una rueda de prensa. Loa chicos conocían su cara más que de sobra. Era un hombre de mediana edad, con el cabello blanco, pero el rostro habitualmente jovial. No obstante, en aquellos momentos, no traslucía sentimiento alguno. El canciller se situó tras un atril, mientras el flash de decenas de cámaras lo iluminaba cada pocos segundos. De fondo se percibía el murmullo de los periodistas.

—¡Sube el volumen! — ordenó Mark.

—… me dirijo a toda la galaxia para hacer un comunicado de suma importancia. Hace pocos minutos he sido informado de que el Duque Maddox, líder de Technoid, ha sido asesinado esta misma tarde en su despacho por su propio hijo, Vesto Maddox.

Ane ahogó un grito y Tia se puso pálida de repente. El hombre, por su parte, proseguía con voz clara y serena.

— Como saben, hace apenas tres semanas todo Zaelion lamentó la supuesta muerte de Vesto Maddox, quien habría fallecido tras estrellarse la nave que transportaba a Sonny Blackbones fuera de Paradisia. Las investigaciones de las últimas semanas habían arrojado al desaparecido Sonny Blackbones a nuestro punto de mira, y todos nuestros esfuerzos desde entonces han estado encaminados a dar con él. La hipótesis principal era que, en un intento de liberar a Blackbones, los piratas habían hecho estrellarse la nave militar con toda la tripulación de Techcnoid a bordo, incluido el vicepresidente y jefe de la operación. También se establecieron conexiones que vinculaban a Sonny Blackbones con la explosión de Paradisia. Sin embargo, tenemos pruebas suficientes para determinar que Vesto Maddox formaba parte de un complot que fue realmente responsable de las bombas de Estadio Génesis primero, y del accidente de Paradisia después. Tras tres semanas dándole por muerto, Vesto Maddox ha irrumpido en la sede de Technoid, ha asesinado a su padre, y se ha marchado sin dejar rastro.

—Esto es una locura. — murmuró Thran. La tensión en la sala podía cortarse con un cuchillo. Ninguno recordaba haber visto al canciller comunicar nada con tal urgencia.

—Por todos los motivos anteriores, hemos decidido decretar el estado de alarma en toda la Galaxia y levantar la orden de búsqueda y captura contra Sonny Blackbones. Todas nuestras unidades se encuentran tras la huella de Maddox, un sujeto extremadamente peligroso. La compañía Technoid, de capital semiprivado, pasará a estar controlada por el Gobierno de la Galaxia, y su cúpula desmantelada hasta que nos aseguremos de que Vesto Maddox no cuenta con cómplices dentro. Desde ahora, el Ejército de Zaelion será el único responsable de su seguridad.

El hombre se enjugó ligeramente el sudor de la frente y bebió agua de una pequeña botella, mientras las luces seguían deslumbrándolo.

—Por favor, hasta que dispongamos de más información, les rogamos que extremen las precauciones y mantengan la calma. Todos los eventos multitudinarios, incluida la Copa Galactik Football, quedarán aplazados. Valoramos tomas más medidas extraordinarias, que se comunicarán en los próximos días, incluida la instauración de un toque de queda. — Micro-ice abrió la boca para hablar, pero Ahito lo silenció con la mano. — Quiero asimismo expresar mis más sinceras condolencias por la muerte del Duque, pedir disculpas públicamente a Sonny Blackbones por la campaña de difamación a la que se ha visto sometido en los últimos meses, y llamar a toda la galaxia a la colaboración y la solidaridad en estos tiempos difíciles que atravesamos. Sé que muchos de ustedes perdieron a familiares y amigos en Paradisia, o sufren hoy las secuelas físicas y psicológicas. Muy pronto sabremos qué ocurrió realmente, en vista de que la explicación de la catástrofe natural ha quedado totalmente descartada, y podremos ofrecerles más información. Mientras tanto, por favor, cuídense y cuiden de otros. Gracias.

Tal y como había aparecido, el Canciller giró sobre sus talones y desapareció del encuadre de la cámara, ignorando el aluvión de preguntas sin resolver que dejaba detrás de sí. La escena cambió entonces por completo, y los espectadores regresaron al estudio de Noticias Arkadia, con Callie Mytic y Nork en sus posiciones habituales y listos para comentar los últimos acontecimientos. Pero los Snow Kids estaban demasiado alterados, y los ignoraron por completo.

—No me puedo creer que el Duque Maddox esté muerto. — murmuró Mark.

—Y a manos de su propio hijo. — Ane tragó saliva. El color le había desaparecido del rostro, y, como todos los presentes, se esforzaba por asimilar la información.

—¿Qué hacía Vesto Maddox vivo, de todos modos? — preguntó Micro-ice, abandonando su sitio en el sofá y sentándose en el suelo entre D'Jok y Tia, como si buscase su refugio. Tia apoyó la cabeza en su hombro sin decir nada. Para ella aquella no era la novedad, pero sí el hecho de que hubiese sido capaz de cometer semejante crimen.

—Pero al menos todo el mundo sabe que tu padre es inocente, D'Jok.— Ahito puso una mano sobre el hombro de su amigo. — ¿Cómo te sientes?

D'Jok frunció el ceño. Como mínimo, era cierto que habían extraído algo positivo del repentino anuncio.

—Aliviado, en cierto modo. Pero no quiero cantar victoria. Con Sonny siempre es así: un día es un hombre libre, al día siguiente vuelven a ponerle un precio de oro a su cabeza.

No pudo añadir mucho más, porque la puerta se abrió súbitamente. Los siete dieron un respingo y se giraron hacia Aarch, quien había irrumpido con fuerza y a todas luces sobresaltado. Debía de estar en su dormitorio con la televisión puesta cuando emitieron el anuncio del canciller.

—¿Lo habéis visto? — preguntó. En su voz había urgencia.

—Sí, entrenador…— comenzó Thran. Sin embargo, una segunda figura, más baja, apareció tras Aarch. Era Clamp.

—D'Jok, ven conmigo — dijo este con además resuelto. D'Jok lo miró algo, y luego a Aarch, buscando algún gesto de aprobación. Pero Clamp estaba demasiado impaciente como para esperar: — Deprisa. Tia también.

De manera automática, Tia levantó la cabeza del hombro de Micro-ice. Tenía las cejas arqueadas, incluso con escepticismo. Sin embargo, no le quedó más remedio que tomárselo en serio cuando Aarch confirmó las palabras del técnico del equipo diciendo:

—Venga, rápido. Ya os lo explicaremos.

D'Jok y Tia compartieron una rápida mirada de complicidad y ambos se levantaron para seguir a Clamp, escuchando detrás las preguntas de sus amigos, que cada vez fueron disminuyendo más y más de volumen según ellos se alejaban por el pasillo.

El chico miró a Tia, tratando de establecer una de sus conversaciones telepáticas. Tia se encogió de hombros, y movió los labios articulando en silencio "Ni idea". No obstante, Clamp caminaba tan deprisa pese a la corta longitud de sus zancadas, que tenían que invertir todos sus esfuerzos en no perderle de vista. Él les guió al pasillo donde estaban los dormitorios; en un recodo en el que la luz era más tenue, se detuvo de golpe, obligándolos a ellos también a pararse en seco.

—Clamp, ¿de qué va todo esto? — preguntó al fin Tia. Comenzaba a perder la paciencia.

—D'Jok, — dijo el hombre, sin escucharla, y dirigiendo toda su atención al chico — tu padre ha logrado negociar una tregua. Ya lo has visto en las noticias. Van a concederle la amnistía a cambio de colaborar con el gobierno y la Sociedad del Fluido.

Ambos abrieron la boca, sin saber bien qué decir a aquello. Desde luego, Clamp no les dio la oportunidad:

—No sabe durante cuánto tiempo va a poder mantener el pacto, ni si Zaelion seguirá siendo lo bastante seguro, así que quiere que vayas a verlo lo antes posible. Un transbordador os recogerá a las diez. Os aconsejo que preparéis una mochila y estéis listo para marcharos a Shiloh. Aarch ya está al corriente de todo esto.

Por supuesto que había millones de cosas que deseaba poder decir en aquel momento, pero D'Jok asintió con determinación. Ya tendría ocasión más adelante. Lo importante era que iba a ser a su padre de nuevo, y quizás con suerte a Maya, quien en teoría estaba a salvo en Shiloh. No obstante, había algo que le descolocaba:

—¿Qué quieres decir con "os recogerá"? — preguntó. Los ojos de Clamp volaron desde D'Jok a Tia y de vuelta al chico. Ella sintió cómo el corazón le daba un vuelco. No, Sonny no reclamaba su presencia por ningún motivo sentimental relacionado con su hijo. Los piratas la estaban llamando.

—Tia se marcha contigo. — dijo Clamp de forma tajante. Sin más dilación, con la misma velocidad con la que había llegado, giró sobre sí mismo y se dispuso a dejarlos allí. — Poneos al día, pero recordad estar listos a las diez en punto. Ni un minuto más.

Una vez que su figura desapareció de la vista, D'Jok se volvió hacia Tia. En sus ojos había un millón de interrogantes. Ella tomó aire como pudo. El corazón comenzó a acelerarse en su pecho, y la proximidad de D'Jok no lo mejoraba en absoluto.

—D'Jok, tengo que contarte algo.

Los últimos secretos que aún le ocultaba comenzaron a caer como un castillo de naipes.

[... can you picture what will be

so limitless and free,

desperately in need of some stranger's hand

in a desperate land?]