Nota: Yo no pretendo romantizar o justificar, en absoluto. Pero si así lo parece, pido una enorme disculpa.


¿Qué sentir exactamente?

Shizu no sabía cuál emoción o sentimiento predominaba en ese revoltijo que había en su interior, porque a pesar de estar vagando en una profunda y sinfín oscuridad ligeramente calurosa en el limbo, camino al averno.

Nunca esperó volver a toparse con él.

Con su marido de quien en vida abusó física y verbalmente de ella, y quien la dejó a ella y a sus hijos en la miseria tras su muerte; siendo ella la que cargara con todo el peso absoluto de mantener a flote a su familia.

A sus amados hijos.

Hijos, que terminó asesinando al entrar en un estado de frenesí con la frase constante y repetitiva de que debía alimentarse. Para al final, ser asesinada por su querido hijo mayor; a quien siempre desde aquí, le pidió y rogó por su perdón al igual que a sus demás hijos.

A Genya, Shuya, Hiroshi, Koto, Teiko y Sumi.

Y cuando parecía que podía pedirle perdón a este para alivianar un poco de su carga, su pesado remordimiento, Kyogo apareció. Tomándola bruscamente de la muñeca a ella y a su hijo, separándolos y empujando a Sanemi lejos de ellos (a la vida).

Sus lágrimas acrecentaron, y cuando sus ojos se toparon con los de Kyogo, un nudo le apretó la garganta como una soga. Y el miedo le apresó los talones como grilletes, el miedo que había olvidado o creía casi desvanecido.

¿Por qué Kyogo apareció? ¿Era acaso un castigo por asesinar a cinco de sus hijos? ¿Iba a pegarle de nuevo? ¿Qué quería Kyogo?

Apartó la mirada, cerrando con fuerza los ojos y apretando los dientes para acallar sus sollozos. Temblando.

- ¿…P-Por qué? – hipó, tratando de empujar el nudo en su garganta hasta el fondo y poder articular bien una oración o una palabra. Algo que no fuesen únicamente sollozos e hipidos –, ¿P-Por qué Kyogo-san…?

¿Por qué estás aquí? ¿Por qué viniste a buscarme? ¿Por qué deseas atormentarme? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Kyogo no era estúpido, era consciente de las cosas que le había hecho a esta menuda mujer que era Shizu. Fue tarde cuando comprendió que ella no le había juzgado al ver sus cicatrices o ante su tosco carácter y que ella, a pesar de los golpes e insultos que le había vociferado, ella le seguía tratando bien.

Con temor, pero bien.

Algo que en su niñez no recibió y que de cierta forma –muy de cierta forma–, le había llegado (rozado el alma con la yema de sus dedos). Pero él nunca quiso que Shizu le viera vulnerable, porque él, Kyogo Shinazugawa, no era nadie débil.

Y–

- Eres mi esposa, Shizu… Te guste o no, estaré contigo.

En el averno.

Shizu tembló aún más, cuando él puso una mano en su mejilla y se paralizó cuando sintió como con su pulgar limpió las lágrimas que todavía caían. Fue un gesto tan suave que se sintió irreal y era tan impropio viniendo de Kyogo.

(Pero era algo que sólo tal vez, tiempo atrás, deseó.

Algo en su pecho como una punzada se lo dice como un secreto).

Y es agónico.

Y no es justo en absoluto.

Y sabe a amargura rancia.

Es Kyogo que, después de secarle las lágrimas en silencio, la jala de la muñeca y le obliga a caminar (sin decir nada, sin volver a mirarla). Y ella no hace nada para impedirlo (aunque quisiera), pues sabe que es al fuego eterno donde tienen que ir; donde se debe cumplir la condena.

(Es como tengo miedo pero quiero confiar y–

Finaliza en un te aborrezco pero podría quererte un poquito).

Shizu al final no sabe cómo sentirse.

(Porque todo es difuso y extraño.

Y– una ínfima parte dice que algo ha cambiado).