Arrastrado de un lado a otro, incapaz de oponer resistencia, trastabillé e intenté tomar aire en medio del aplastante torbellino. El mundo se difuminaba al otro lado del viento cortante. ¿Cómo era que nadie alrededor parecía sentirlo, si yo apenas era capaz de respirar entre el viento indomable? ¿En verdad todo ese caos estaba sólo dentro de mí?
Me abrí paso a ciegas, avanzando a trompicones entre las frías columnas de mármol. Lo único importante era escapar, dejar todo esto atrás, volar a otra parte, cualquier parte en la que no estuviera la causa de mi dolor… Que era Katara, sí, pero sobre todo mi propia soledad.
Y de ésa, de ésa era mucho más difícil escapar.
Había necesitado de todo mi valor y un poco más simplemente para llegar a Omashu, y luego para plantarme en el elegante hotel de la boda donde ellos dos se casarían. La dirección me la había dado Sokka, y sólo había podido ir porque la idea de no verla antes de que la última posibilidad de recuperarla... la última oportunidad antes de que ella se fuera para siempre de mi vida era insoportable.
Cuando la vi por fin, se veía tan distinta a como yo la recordaba. Cubierta en elegantes sedas bordadas en oro, y con un peinado estilizado, había apenas un eco de quien yo había conocido en el Polo Sur.
Pero no era más que apariencias. Debajo de todo aquello, ella era la misma. Mi amada, la maravillosa, perfecta Katara con quien me había casado. La chica con quien estaría para siempre.
Excepto que ya no era mía.
—No podía dejarte ir sin verte una última vez.
Mis manos temblaron en su desesperación por alcanzarla.
—Pensé que serías mi "para siempre". No entiendo cómo pasó todo esto —dolía sólo imaginarlo—. Sólo quiero decir algo, lo último.
Dolía, por definitivo —lo último que le diría en un largo tiempo.
—Por el resto de mi vida y cuando reencarne en la siguiente, siempre lamentaré haberte arrastrado a Omashu ese día. Mil veces hubiera perdido el Templo del Aire para conservarte a ti.
Eso dolió decirlo, pero también escucharlo, pues aunque lo había pensado muchas veces en el último año, jamás lo había dicho en voz alta. Sus ojos brillaban del mismo modo en que lo habían hecho la primera vez que la vi. Me contestó.
—No. No lo lamentes.
Con esas palabras, sus ojos brillaron, sí, pero fue distinto al día de nuestra boda. O tal vez el brillo era igual, pero no estaba destinado a mí, ya no.
—Busca lo que te haga feliz, tan feliz que cuando recuerdes nuestro tiempo juntos, rías y te preguntes cómo pudiste extrañar eso en el pasado.
Esas palabras, en la voz que yo tanto amaba, calaron en mi mente con un segundo de retraso. Esbocé una sonrisa vacía. Nada nunca podría eclipsar el recuerdo de su presencia junto a mí... Debió sentir mi incredulidad, porque habló de nuevo.
—Yo lo encontré. Tú también puedes.
¿En verdad yo podría?
—Te deseo lo mejor, K...atara.
Al menos de eso sí estaba convencido. Lo deseaba para ella.
—Yo también, Aang.
Y así, nada más, se dio la vuelta.
No podía soportar un segundo más en aquel lugar. Con pasos tan largos como era capaz, salí por el mismo lugar por el que había entrado, recogiendo a Appa en la entrada. Apenas pude registrar el gimoteo desconsolado de mi compañero. Todo a mi alrededor era borroso, y el aire que entraba a mis pulmones era más asfixiante que refrescante.
Una vez fuera del hotel y del cuidado jardín, me enjugué los ojos para leer el letrero del nombre de la calle. Con un soberano esfuerzo, las letras se enfocaron. Sí, aquella avenida me llevaría de vuelta al centro… Di largas zancadas a lo largo de la acera; Appa se ajustó a mi ritmo sin mayor dificultad, y juntos recorrimos cuadra tras cuadra, sin consideración al tamaño de la ciudad.
Mi ropa anaranjada resaltaba contra los muros de piedra color arena que estaban en todas las direcciones que miraba. Me sentía expuesto, como un ratón de pradera en campo abierto...
Apresuré el paso. La caminata le dio un propósito al ritmo frenético de mi respiración, y apenas noté el esfuerzo hasta que me encontré frente a frente con el muro que separaba los barrios medios del centro.
¿Por qué había acudido a Ba Sing Se en primer lugar?
Di un pisotón en el suelo. ¡No quería, no quería! No quería que ella se fuera... No quería cruzar el arco de piedra que marcaba la frontera entre los barrios. Hacerlo sería dejar atrás mi última posibilidad, significaría regresar a los meses de pesadillas y soledad asfixiante, más horribles ahora que tenía un recuerdo fresco de sus rasgos, de su voz…
Extendí un brazo hasta tocar la áspera roca del muro. Mi corazón se estrujaba de nuevo y sequé con furia una lágrima que ya bajaba por mi mejilla. Appa recargó su cabeza contra mi pierna, tratando de ofrecer consuelo. Casi sonrío. La presencia de Appa era lo único que hacía soportable esta visita a Ba Sing Se.
—¿Profesor Yangchen? ¡Profesor Yangchen! —una voz se alzó por encima del mesurado murmullo de actividad en los Barrios Altos. Tras el sobresalto inicial, pasé una mano sobre mi rostro, tratando de alisarlo a un gesto de calma antes de girarme. Una chica se acercaba corriendo sobre la acera, sujetando su larga falda en una mano para no tropezar. Cuando estuvo más cerca, identifiqué en sus rasgos a On Ji—. ¿En verdad es usted? ¡No podía reconocerlo con el bigote!
—Hola, On Ji —hice un esfuerzo por sonreír y construir una frase coherente. De seguro tendría los ojos hinchados, además del nudo en la garganta—. U...una gran coincidencia. ¿Qué… qué te trae por aquí?
—¡Eso es lo que yo debería preguntar! —retiró de sus ojos un mechón de cabello rebelde y sonrió—. Aproveché una escala de avión para pasar unos días en la ciudad. Me voy hoy.
Antes de que pudiera procesar una respuesta, ella desvió la vista.
—¡Hola, guapo! —se inclinó para acariciar a Appa, quien lamió un lado de su rostro antes de gemir de nuevo y señalarme con su hocico. Eso me devolvió su atención.
—Er… —no la veía desde hacía un año, cuando fue mi asistente de profesor un semestre—. Y… ¿cómo has estado?
—Excelente —toda ella irradiaba entusiasmo como el sol lo hacía con el calor. Eso incluso me permitió esbozar una leve sonrisa—. ¿Qué le parece si tomamos un café, para ponernos al corriente? Vengo de caminar por el centro y vi una cafetería que en verdad quiero probar.
Dudé por un segundo. En mi estado actual, yo no sería la mejor compañía para On Ji, tan sonriente y alegre, pero… tampoco tenía una buena razón para rehusarme.
—Bien, vamos —asentí brevemente, haciendo un esfuerzo por continuar la conversación—. ¿Ya visitaste toda la ciudad?
—No, para nada. Una parte nada más, la de los edificios históricos —rió—. Este lugar es enorme. Hacen falta semanas para poder verlo todo. Aproveché para ir a ver dos de las galerías de arte, tenían una exposición de bajorrelieves en piedra, nunca había visto tantos juntos…
La dejé seguir hablando, escuchando sólo a medias, lo bastante para intervenir de vez en cuando y que ella siguiera llevando el peso de la conversación. Dos cuadras después, desandando el camino por el que yo había llegado, nos encontramos en una placita tan cuidada como todo lo que había en los Barrios Altos.
—Es ése —señaló un local con un toldo magenta. Aunque no tenía nombre, la placa con una taza de café humeante dejaba bien claro el giro del negocio. Me senté frente a ella en una de las mesitas, cubierta por una sombrilla amplia en colores brillantes. Bufé una risa tibia al notar que una de las franjas de la sombrilla era del mismo tono de naranja que mi ropa.
Appa se instaló debajo de la mesa y un solícito mesero se acercó de inmediato a entregarnos dos cartas. Hubo unos instantes de silencio, mientras ella revisaba el menú y yo fingía que lo hacía. El mesero se acercó poco después para anotar nuestra orden.
—Un café —fue mi respuesta desanimada. Detecté una mirada de preocupación de parte de On Ji, y desvié la vista mientras ella hacía su pedido.
—Recuerdo que estabas por entrar a la maestría —rebusqué en mi embrollada mente algún motivo para reanudar la conversación y evitar silencios incómodos.
De inmediato su sonrisa previa eclipsó la preocupación.
—¡Sí! —juntó sus manos frente a ella—. Entré a la Universidad del del Reino Tierra Norte, a la maestría en Restauración y conservación del arte.
Se enfrascó en una animada narración acerca de sus clases, de la que apenas registré unos cuantos detalles acerca de su campo de especialización (pintura mural) y de la profesora que había en ese tema. En algún momento a la mitad de la descripción de una clase sobre pigmentos antiguos, llegaron nuestras bebidas, y la rebanada de pastel de On Ji. Vertí una generosa cantidad de azúcar en mi café, un hábito que Katara siempre había tratado de eliminar, o al menos de moderar.
Ya no lo intentaría más, y ni el café tan dulce podía borrar la amargura de ese pensamiento.
—En fin, terminó el semestre y comenzaron las vacaciones —prosiguió On Ji, totalmente ajena a mis tribulaciones internas—. Fui a visitar a mi familia y el vuelo de regreso era más barato con una escala en Ba Sing Se. Decidí extenderme unos días para conocer la ciudad. Fue una suerte encontrarlo aquí.
Sonrió ampliamente, pero ante mi falta de respuesta, su gesto decayó.
—Así que… Sigue dando clases en Omashu —movió un trozo de pastel de un lado al otro del plato, sin comerlo—. Me enteré de lo del libro, me contó una amiga que sigue en la ciudad. Será toda una sensación, por lo que me dicen.
—Sí… —me revolví en mi asiento—. Va a salir en tres tomos, ya que tengo tantas ilustraciones.
Eso había sido una de las mayores sorpresas, ver que la Universidad de Omashu no pensaba escatimar gastos en la edición. Y toda la presión que implicaba tener no sólo las ilustraciones, sino también textos que las acompañaran, y tener todo eso listo para entregarlo al equipo de editores. Luego, revisar el contenido que me devolvían para señalar correcciones, y repetir el proceso. El único preliminar listo era el del primer volumen, y una parte del segundo ya estaba en manos de los editores.
—Esperamos que la presentación del libro sea el próximo año —de hecho, el jefe de la editorial de la universidad estaba en negociaciones para una segunda presentación del libro en la Semana del Arte.
—¿Y cuáles son sus proyectos para cuando el libro esté terminado? —con discreción, ella deslizó una rebanada de fruta, de las que decoraban su pastel, debajo de la mesa. Appa engulló el pequeño premio de inmediato. Sonreí a mi pesar, esta vez más ampliamente. Esos seis meses en que On Ji fue mi asistente de profesor, Appa le había tomado cariño. Por supuesto que fue puramente por la personalidad de On Ji y no tenía nada que ver con las frecuentes ensaladas de fruta que ella le obsequiaba a mi perro-bisonte.
—Lo harás goloso de nuevo —me quejé de broma—. Me costó mucho volver a acostumbrarlo a comerse el durazno de luna con cáscara.
On Ji solía llevarle rebanadas peladas, que eran un buen premio, pero la fibra de la cáscara era buena para Appa.
—Es que es un muchacho muy exquisito, ¿verdad que sí? —se dirigió a Appa, que alzó la cabeza para recibir la caricia—. Y él sabe que se lo merece.
Appa aprovechó ese momento para ponerse en pie y apoyar una de sus patas en la rodilla de On Ji, en busca de otro premio frutal.
—Ah —suspiré con exageración—. Es tan fácil comprar su corazón con comida.
On Ji rió mientras Appa volvía a sentarse, saboreando la última rebanada de fruta que había decorado el pastel.
—Pero dígame, ¿piensa seguir dando clases en Omashu? —la calma del momento se rompió y regresé a la realidad. Cambié de posición en mi silla.
—No… no sé —era un espacio en blanco al que no quería llegar, y vaya que lo había pospuesto por mucho tiempo. Siempre había alguna excusa, alguna forma de posponerlo—. Me imagino que sí, ya tengo plaza definitiva.
—¿Y tiene posibilidad de años sabáticos? —aquella pregunta me desconcertó y debió notarse en mi rostro, porque ella desvió la vista—. Perdón por el interrogatorio, sólo me da curiosidad.
—Si presento un proyecto y hago los trámites, sí —fruncí el ceño, intrigado. Sabía que las estancias eran posibles, pero pensar en papeleo necesario me daba dolor de cabeza—. ¿Para qué?
—Es que... —se encogió de hombros antes de sonreír, de una manera conspirativa, como si fuera a contar un secreto—. Me preguntaba si usted puede tomar parte en un proyecto en mi universidad.
—No sé si mis horarios lo permitan… Con la edición de los libros y todo eso —respondí con deliberada vaguedad.
Su mirada tomó un tinte decidido.
—Se trata del Templo del Aire del Norte —declaró, y mi atención voló hacia ella en un instante.
—¿El del Norte? —abrí los ojos desmesuradamente. Mi padre había mencionado los otros templos, claro, pero nunca había hecho más que hablar de pasada sobre cómo se habían despoblado desde mucho tiempo atrás. Él temía que los edificios se hubieran derrumbado, y nunca intentó llevarme de visita. Verlos en ese estado le hubiera roto el corazón.
—Sí. Hay gente allí que creo que le alegraría conocer —sugirió con cierta timidez—. Un grupo de personas que fueron desalojadas de sus tierras. Encontraron refugio en ese Templo y ya llevan allí un buen tiempo. Además, hay muchas salas en buen estado de conservación, y un archivo antiguo que ellos se han encargado de resguardar para que no se siga deteriorando.
—Pero no son Nómadas de aire —murmuré, fijando por un instante la vista en mi taza de café. Ella pareció no escucharme.
—El año pasado, se enteraron de que un Nómada de aire daba clases en Omashu. De inmediato comenzaron a insistir con mi universidad para que le enviara una invitación formal, pero estaban atorados con los trámites. Hace unos meses, me encontré a uno de ellos esperando para hablar con el coordinador. Comenzamos a platicar, en fin, me contó la situación y yo le dije que, como fui su adjunta, podía intentar comunicarme con usted, ya que no les contestaron de Omashu.
Me sonrojé. Yo casi nunca revisaba el correo que me llegaba a la universidad. No así el de la casa, aunque me tardaba en contestar.
—Entregaron al menos cinco cartas a mi universidad antes de que yo los conociera. Así que por eso fue un golpe tan grande de suerte encontrarlo hoy —sonrió de oreja a oreja, complacida.
—Ya veo —dije distraídamente, aún procesando la realidad. El Templo del Norte no sólo seguía en pie, sino que estaba habitado.
—Yo voy para allá ahora mismo, estaré unos días allí antes de que comience mi nuevo semestre —echó una ojeada al reloj de pared de la cafetería—. Mi avión sale en la noche. Debí haberle escrito antes, podría acompañarme hoy mismo. Pero bueno, seguiremos tratando de que la universidad lo invite formalmente unos días.
Respiré hondo.
—Me gustaría ir, lo antes posible —mi voz reflejaba una calma que no sentía. Aquella gente… ¿En verdad sería tan buena como On Ji decía? Con todo y mis dudas, si había algo más que las ruinas deshechas que yo siempre imaginé cuando mi padre me hablaba de ellas, si había gente interesada, yo iría. Appa alzó la cabeza.
—¿Quiere venir? ¿En serio? —ella me miró, el bocado de pastel a medio camino entre el plato y su boca. Sonreí, con sólo un poco de amargura.
—Tengo algo de dinero ahorrado —respondí antes de dar otro sorbo a mi taza. Un día me senté con Jet a hacer cuentas respecto al millón, y después de apartar el dinero para el libro y para restaurar el Templo del Aire del Sur, la universidad me había dado la noticia de que ellos editarían el libro. Así que, inesperadamente, una parte del dinero ya no tenía propósito—. Y me hará bien una distracción.
Lo último que quería era regresar a Omashu, y la única opción peor que eso era quedarme en Ba Sing Se.
La expresión de On Ji se iluminó.
—¡Excelente! Todos se alegrarán mucho, no se preocupe por nada más que el boleto de avión. Podrá hospedarse allí, ellos prepararán un festín en cuanto sepan que va.
—Preferiría que fuera una sorpresa —apreté la taza de café en mi mano. No quería llegar y que ya me estuvieran esperando. Tenía suficiente de eso en las Semanas del Arte.
—Está bien —asintió con energía y menos resistencia de la que temí, antes de terminar con su pastel en un par de bocados y casi arrastrarme al aeropuerto.
Lo más tardado fue arreglar la presencia de Appa en el avión. Con la compra de un segundo boleto, Appa pudo acceder a un asiento a mi lado. El tercer asiento de la fila quedó libre, lo que permitió a On Ji viajar junto a nosotros. Procedió a ignorar la tardía hora de la noche y prácticamente vibraba al contarme todo lo que había visto en el Templo del Aire del Norte.
—Son un grupo de poco más de quince personas. Hay algunas cosas que modificaron ellos mismos cuando llegaron —frunció el ceño ligeramente—. Por fortuna los daños no fueron irreparables. Respetaron las pinturas murales y espero poder intervenirlas con ayuda de una profesora. Hasta podría hacerlo mi proyecto de investigación formal.
Sus pequeños relatos, salpicados de descripciones del paisaje y la gente, formaron un nudo un poco incómodo en mi estómago. Pero… no era realmente desagradable. Sólo nervios, anticipación, ansias de ver lo que habría en ese reducto de mi cultura que ni siquiera se me había ocurrido visitar.
—¡Lo primero que tiene que ver son los murales del patio interno! —sacó de su bolso un trozo de papel y un lápiz, haciendo anotaciones furiosas con la escasa luz del pasillo del avión—. Hay muchas cosas que no pude interpretar bien, sobre todo en las paredes oeste y norte...
A pesar de todo su entusiasmo, un par de horas después incluso On Ji terminó por rendirse al sueño… y yo también, porque lo siguiente que supe fue que el avión estaba por aterrizar.
Appa estuvo muy calmado todo el viaje, pero yo compartí su alivio cuando por fin nos pusimos en pie. Después, recogimos nuestras maletas y seguí a On Ji hasta un autobús, al que también subimos. El conductor miró con sorpresa a Appa, pero no hizo ningún comentario, ni siquiera pidió el pago de otro boleto. Entendí pronto por qué: el autobús iba casi vacío, y casi todos los otros pasajeros transportaban bultos grandes junto a ellos. Al parecer, el conductor consideró a Appa como parte de mi equipaje.
El tráfico al salir de la ciudad fue el más pesado, pero pronto el autobús se incorporó a una carretera de dos carriles, muy poco transitada. Un par de horas después, todo rastro de la ciudad había desaparecido, y On Ji me despertó de mi duermevela para señalar algo a través de la ventanilla.
—Es allí —saltó de su asiento para apuntar a un punto del paisaje, sobre una colina—. Al doblar la curva, lo podremos ver completo.
Algo dentro de mi pecho se encogió al ver las espigadas torretas perfilarse contra el despejado azul del cielo.
Bajamos del autobús en una pequeña parada, igual al resto de los kilómetros de la carretera que recorrimos, pero con una banca y el letrero triangular con la silueta de un camión. Alrededor, había algunos árboles y la bifurcación de un camino, pero ninguna construcción a la vista inmediata. On Ji señaló primero el camino de la izquierda.
—Para allá hay algunas casas, y el otro va al Templo. Es un trecho de caminata desde aquí —terminó dijo On Ji al bajar, con una mirada apenada—. La carretera queda retirada.
—No hay problema. Es como en el Templo del Sur —ofrecí, tratando de hacerla sentir mejor. Además, era verdad; el Templo en que viví con mi padre también estaba apartado de los caminos del Polo Sur (aunque así eran todos los caminos allá) y eso implicaba muchas caminatas.
Un trecho continuamos en silencio, rodeados de árboles y con Appa trotando alrededor de nosotros. Los árboles no eran frondosos ni muy abundantes, pero protegían un poco del calor del sol. Procuré ajustar mi paso al de ella; yo estaba acostumbrado, ella no lo parecía tanto, y menos aún cuando los árboles se hicieron más escasos. No mucho después, ya teníamos el Templo frente a nosotros y On Ji dejó su maleta en el suelo para descansar un instante.
Sujeto a la colina como una oveja-koala a su madre, el barniz de las puertas de madera relucía bajo el sol, y en una de las varias plataformas coronadas por torretas se agitaba la ropa colgada de un tendedero. Sábanas, prendas de tantos colores y tamaños, vestidos y camisas, delantales y calcetines desparejados…
¿Hacía cuánto que no se veía algo así en el Templo del Aire del Sur?
A diferencia de la arenisca de Ba Sing Se, esta piedra amarillenta parecía amable, receptiva. Como las veces que salía con Appa a jugar a la nieve, y al regresar, mi padre nos recibía con una sonrisa y un fuego encendido. Un refugio, un lugar seguro al cual llegar después de recorrer el mundo.
Bienvenido de vuelta. Bienvenido a casa.
—Pues… aquí estamos —On Ji se hizo sombra con una mano, alzando la vista hacia el edificio. Me miró de reojo, con una sonrisa—. Gracias por venir.
Mi garganta estaba cerrada, así que sólo asentí. Ella tomó aire antes de volver a levantar su equipaje.
—La escalinata para entrar también es muy larga —se disculpó de nuevo, al cubrir los primeros escalones del ondulante camino hasta la puerta. Con un vacío en el estómago, no dije nada. Aún con una escalera tan larga, no estaba seguro de que me sentiría preparado para lo que encontraría arriba.
Antes de lo que yo creía, llegamos a la entrada, un poco faltos de aliento. On Ji se adelantó y jaló de una pesada cinta, unida a una campana. A pesar de su respiración pesada y mejillas arreboladas por la subida, sonreía de oreja a oreja.
Una rendija de la puerta se abrió para revelar a un hombre alto, cuya calva estaba enmarcada por dos rebeldes matas de cabello castaño oscuro. Su barba me recordó a una escoba, así como sus cejas (los segmentos que quedaban sobre sus ojos, al menos).
—¿On Ji? ¿No llegabas dentro de tres días? —parpadeó como una lechuza deslumbrada, y abrió la puerta un poco más—. ¡Un visitante! Se borró por completo de mi mente, perdóname.
—No se preocupe, Mecanicista —On Ji rió—. Fui yo quien no les avisó que traería a alguien. De hecho, es una historia curiosa. Le presento al profesor Aang y a su perro-bisonte Appa.
Appa ladró, en una especie de saludo, y yo traté de mantener una sonrisa a pesar de mis nervios.
—¿Profesor Aang? ¿El de Omashu? ¡Bienvenido! —esta vez sí abrió la puerta de par en par, dejando a la vista un amplio vestíbulo pintado en colores claros, y decorados con espirales en grupos de tres—. ¡Por favor, pase!
Entré, con el eco de mis pasos y de las uñas de Appa resonando sobre los espirales blancos y negros del piso. En la entrada, la serie de estantes y percheros estaba llena a tope de abrigos, suéteres y paraguas de diferentes tamaños.
—¿Dónde están los demás? —preguntó ella mientras acomodaba su maleta en un espacio junto a los estantes. Yo seguí su ejemplo—. Ya quiero contarles la noticia.
Su sonrisa se amplió, como en preparación de una broma.
—En el patio de atrás, están probando la nueva versión de los semi-planeadores —el rostro del Mecanicista brilló con orgullo, contrastando con su delantal de cuero, lleno de manchas y quemaduras leves—. Mientras tanto, prepararé una habitación. El profesor Aang se quedará con nosotros varios días, ¿verdad?
—Llámeme sólo Aang, por favor —le pedí, apenado. Ya era bastante que mis alumnos (y On Ji, que nunca perdió esa costumbre) se dirigieran a mí así—. Sí, si no es molestia, me quedaré unos días.
—¡Claro que no es molestia! —se alejó a través de otro de los pasillos a paso apresurado, las cintas del delantal ondeando detrás de él como delgadas banderas.
—Siempre es así, no se preocupe —On Ji negó con la cabeza, sonriendo—. Vamos, es para allá. Ya que le presente a todos, podremos recorrer el edificio.
Seguimos por el otro pasillo, con las paredes caladas de pequeñas ventanas con marcos tallados en madera. La luz iluminaba los diseños en forma de nubes en la parte baja de las paredes. Mis tripas se sentían tan embrolladas como esos dibujos, pero avancé, con una mano apoyada en el cuello de Appa.
On Ji abrió otra puerta, que daba al aire libre.
Al principio, no comprendí la imagen. En un patio inmenso, circular y rodeado por una pequeña barda, había una serie de rampas, con recodos, subidas y bajadas, así como algunas caídas bruscas. Muchas figuras se movían a través de los caminos, con unos objetos parecidos al deslizador que yo usaba de niño en el Templo del Aire del Sur, para planear a alturas bajas, en un patio interno casi como éste… Cuando crecí y empezó a quedarme pequeño, mi padre me prometió enseñarme a construir uno más grande, pero ese plan se truncó con su enfermedad.
Mis pensamientos enmarañados me impidieron preguntar por los aparatos antes de que On Ji comenzara a saltar y hacer aspavientos.
—¡Teo! ¡Teo, por aquí! —gritó en dirección a las personas que se deslizaban en una de las rampas—. ¡A que no adivinas quién viene de visita!
Una de las figuras volteó. Realizó un último salto de la rampa, y luego impulsó las ruedas del planeador. Comenzó a avanzar en nuestra dirección, plegando las aletas del aparato en el camino. Algunos mechones de cabello oscuro se habían soltado de la coleta en que lo tenía amarrado, y le cayeron en la cara mientras se acercaba.
—No me digas que le traes competencia al Duque —el chico se apartó el cabello de la cara con una mano enguantada en cuero, de dedos descubiertos—. Ya tiene el corazón bastante roto.
—Es una sorpresa aún mejor —se rió On Ji, con la tranquilidad de quien estaba acostumbrada a la broma—. Teo, él es el profesor Aang.
De inmediato la sonrisa burlona desapareció, para dejar un gesto boquiabierto. Se quitó a toda prisa el guante de cuero y extendió su mano hacia mí.
—¡Señor Yangchen, es un honor! —el joven, Teo, estrechó mi mano con entusiasmo—. El Gurú Pathik nos ha hablado tanto de los Nómadas de Aire, de que pasó mucho tiempo con ellos hace muchos años… Y cuando nos enteramos de que usted daba clases en Omashu, ¡todos nos moríamos por conocerlo!
—¿Gurú Pathik? —pregunté, confundido.
Teo pareció a punto de contestarme, pero Appa ladró y agitó la cola, esperando su saludo también.
—Y él es Appa, su perro-bisonte —se adelantó On Ji. Appa volvió a ladrar y Teo lo acarició detrás de las orejas antes de girar su silla de ruedas.
—¡Duque! ¡Llama a todos, nos vemos en el Salón de Máquinas! —gritó en dirección a la gente que seguía en el patio circular—. ¡Yo iré a buscar al Gurú!
Un chico de constitución sólida (alcanzaba a ver poco a esa distancia) asintió y alzó un pulgar. Hubo un gran alboroto de actividad ante aquellas palabras, en un caos que casi tenía orden: algunos plegaban los semi-planeadores y se los pasaban a otros, que los reunieron en un armario a un costado, mientras otros recogían los conos y las cintas alrededor de los cuales habían estado practicando.
—Venga, vamos con el Gurú —Teo se impulsó para guiar la marcha.
—Yo creía que era mejor ver los murales… —comenzó a protestar On Ji, siguiendo a Teo a pesar de todo.
—Ya habrá tiempo para eso mañana —contestó Teo, con ánimo apaciguador—. De todos modos, se ve mejor al amanecer.
On Ji refunfuñó una aceptación renuente y yo agradecí en silencio. No me creía capaz de contestar todas las preguntas que presentía en ella, no esa misma tarde.
Al final del largo pasillo y después de pasar de largo ante muchas puertas, finalmente Teo se detuvo y llamó con dos golpes firmes en la madera tallada.
—Adelante —contestó la benevolente voz de un anciano. Si las voces pudieran sonreír, ésa lo estaría haciendo. Pero una que no se debía exactamente a alegría, sino más bien una sonrisa que tranquilizaba y te recordaba todo lo bueno que había en el mundo.
—Vamos —Teo me impulsó a avanzar, con una sonrisa ladeada en su rostro—. Te presento al Gurú Pathik.
—Ése soy yo —saludó el hombre, poniéndose en pie con parsimonia. Moreno y delgado, parecía que estaba trabajando en un escrito, papel y plumas extendidas sobre la mesa—. ¿Quién es este nuevo joven?
—Hola —pasé saliva y di un par de reticentes pasos dentro de la habitación—. Mi nombre es Aang.
El Gurú Pathik abrió mucho los ojos y una anticipación aprensiva estalló en mí.
—Iremos con los demás. Los esperamos para la cena —On Ji le dio un apretón a mi hombro y una sonrisa que apenas alcancé a registrar antes de que ella y Teo salieran.
El Gurú y yo nos quedamos a solas en la amplia estancia.
—Aang… un gusto conocerte. Es un nombre que no había escuchado en un largo tiempo —la sonrisa tranquilizadora había regresado—. No mucha gente tiene un nombre con esos orígenes.
—De los Nómadas de Aire —murmuré, casi para mí mismo. Él asintió.
—Pasé mucho tiempo con ellos en mi juventud —dijo, y yo asentí. Sabía que él no era un Nómada… al menos, no de Aire—. Gyatso, mi amigo más entrañable, fue uno de ustedes.
—¿Gyatso? ¿Conociste a mi padre? —fue la pregunta que salió de mis labios casi sin pensarlo, sin pararme a considerar que pudo haber otros con el mismo nombre.
Por segunda vez, el Gurú pareció ser tomado de improviso.
—¿Tu padre? —la sonrisa renació, brillante—. Siempre le gustaron mucho los niños, me alegra que haya podido criar a uno.
—Fui su hijo adoptivo —bajé la mirada.
—Agradezco tener la oportunidad de conocerte —juntó las palmas de sus manos y se inclinó desde la cintura. Correspondí, un segundo tarde. La última vez que había visto a alguien hacer eso tenía tanto tiempo… yo aún era un niño.
—Yo también —dije en voz queda.
Por un largo momento nos miramos; él, paciente, y yo, lleno de incertidumbre, sintiéndome descubierto ante su mirada.
—No es él quien te causa tanto pesar, ¿no es cierto? —el Gurú se acercó para posar una mano sobre mi hombro.
—No… no lo es —admití, bajando mi rostro.
El gran vacío de mi gente, de mi cultura, estaba presente desde mis primeros recuerdos. Seguía allí, merodeaba en las sombras de la conciencia, a veces provocaba dolor. Pero había paz con eso; no podía extrañar lo que había conocido, y Gyatso me había dado todo lo que pudo con sus años de cuidados y amor.
No, el pesar que el Gurú veía tan claramente provenía de algo mucho más reciente, que sí había conocido. El amor de Katara, que ya no tendría nunca jamás. La incipiente certeza de que, sin ella, mi gente estaba condenada a la extinción. El triunfo hueco del libro, sin nadie con quién compartir la alegría de conservar ese escaso legado.
—Me duele mucho. Sé que no debo tener ataduras, que hay que perdonar y agradecer lo bueno que tuve y ya no está… ¡Pero no puedo! —la última sílaba se quebró y Appa se acercó a mí, para recargar su pesada cabeza contra mis piernas.
El Gurú hizo un gesto en dirección a una silla, junto a la que él había usado un rato antes. Me senté, mis manos evidenciando los temblores que me recorrían completo sin que yo lo hubiera notado antes. Appa no se apartó ni un centímetro.
—Los recuerdos en sí mismos no son buenos ni malos —habló el Gurú, retornando a la voz que sonreía—. Así es como los momentos permanecen, hayan sido de gozo o de dolor.
Asentí, el sentido de inmediata familiaridad era un bálsamo en mi alma. Me recordaba tanto a hablar con Gyatso…
—Cuando llegan al arrepentimiento o a la añoranza, los recuerdos se convierten en cadenas. ¿Es eso en lo que no dejas de pensar?
Me forcé a relajar la mandíbula y asentí de nuevo.
—Te entiendo. Ahora que te veo, comprendo que Gyatso estaba vivo cuando yo lo creía perdido. Lamento no haberlo buscado, no verlo durante años en los que nunca sabré qué pudo haber pasado.
Traté de secar mis lágrimas. Lo que yo más lamentaba era mi decisión de ir a apostar a Omashu… Cada noche pensaba en lo que hubiera pasado de haber elegido otra cosa, cualquier otra cosa.
—Esas reflexiones nos apartan del presente, porque no podemos cambiar lo que ya pasó. Sólo sé que los recuerdos que tengo de mi gran amigo Gyatso son ahora aún más valiosos —sonrió y correspondí de manera instintiva—. Y estás tú, una nueva oportunidad. No estás aquí para sustituirlo, estás aquí para cumplir tu propio camino.
Pasé saliva.
—Debes saber eso, que tu camino aún es largo y lleno de nuevos momentos de gozo y dolor. No siempre es claro, el arrepentimiento puede empañar nuestra visión y eclipsar una de las pocas cosas que tenemos de ciertas: nosotros decidimos sobre nuestro destino.
¿Cuál era el camino que quedaba? El Gurú esperó en silencio. Su paciencia y compasión terminaron por abrir una llave que estaba atascada dentro de mí.
—Hace cuatro años, yo estaba casado con la mujer perfecta y éramos felices… —las palabras comenzaron temblorosas y se hicieron firmes conforme avanzaba—. Hasta la mañana que cometí el mayor error de mi vida.
Sin una palabra, el Gurú me ofreció un vaso de jugo, del que bebí agradecido… hasta que registré el sabor.
—Es jugo de banana-cebolla —respondió con alegría a mi mirada de asombro y extrañeza—. Muy nutritivo para el alma.
Respiré hondo, aún sentía poco aire llegar a mis pulmones, pero el resto de la historia, de principio a fin, se derramó de mis labios por primera vez. Ni siquiera a Jet se lo había dicho todo cuando le confesé que Katara no se mudaría a Omashu conmigo.
Las palabras dolían, más de lo que yo esperaba. Por eso nunca había querido decirlas en voz alta.
—Nunca volveré a ser tan feliz como entonces. No existe otra mujer como ella. Sin nuestros hijos, los Nómadas de Aire ya no existirán más… Todo fue mi culpa, todo…
Sollocé abiertamente, sintiendo la mano del Gurú sobre mi espalda, una presencia tranquilizadora en medio de la tormenta de emociones dentro de mí. Poco a poco, el ritmo de las lágrimas disminuyó, hasta que se detuvo por completo.
Me incorporé, agotado pero extrañamente ligero.
—La vida nunca es sencilla de navegar, hijo. Decidimos siempre lo que nos parece mejor… No escondas tu dolor. Permite que salga, siéntelo… enfréntalo. Es la única manera de dejarlo atrás.
Asentí, una gran tranquilidad inundando mi pecho por primera vez en mucho tiempo.
El sonido de un par de golpes en la puerta nos hizo voltear a ambos.
—¿Sí? —preguntó el Gurú Pathik, y la puerta se abrió para dejar paso a la cabeza de On Ji, que se asomó sin entrar del todo.
—Perdonen que los interrumpa… —On Ji pareció apenada—. La cena está por servirse. Me enviaron a buscar al profesor Aang.
—Sólo Aang —corregí más por instinto que por otra cosa. No me había dado cuenta de que había pasado tanto tiempo... Me puse en pie con cierta dificultad; mis piernas se sentían como hechas de fideos cocidos, casi incapaces de soportar mi peso.
Pero de algún modo caminé hasta la puerta, y para ese momento, el movimiento se sentía normal otra vez. Volteé al notar que el Gurú no se había levantado conmigo.
—Me disculparán que no los acompañe de inmediato. Los alcanzaré en el comedor —agitó una mano cuando salí.
Cerramos la puerta y caminé junto a On Ji, apenas notando la distancia.
—¿Está bien? —me preguntó ella, que no había dejado de mirarme por el rabillo del ojo durante el largo trayecto.
—Sí —y me sorprendió notar que era cierto. Abrí mucho los ojos—. Sí, eso creo.
—Me alegra escuchar eso —me sonrió con genuino alivio y le devolví una mirada perpleja. Su gesto se hizo un poco tímido—. Es que… hay cosas de las que usted nunca quiso hablar, aunque se notaba que le dolía. Ahora de verdad parece estar mejor.
Había un gran barullo al final del pasillo y On Ji me detuvo con una mano sobre mi brazo.
—Muchas gracias por venir —sus ojos brillaban.
Abrí la boca, pero Teo nos alcanzó antes de que yo pudiera responder.
—Sí, muchas gracias —la sonrisa ladeada del chico de la coleta era una de las más auténticas que yo jamás había visto. Era muy fácil hacerle eco—. A ambos.
—No, definitivamente gracias a ustedes —me incliné del mismo modo que lo había hecho con el Gurú Pathik—. Hay tantas razones de estudio aquí... También de alegría, me parece.
—¿Se quedará más días? —tanto On Ji como Teo parecieron encantados.
—Sí, mientras pueda. Luego tendré que irme para arreglar algunos asuntos con mi trabajo… —pensé en lo del año sabático que On Ji me había mencionado un día antes. Parecía haber pasado muchísimo más tiempo—. Espero no incomodar con mi presencia.
—Jamás. Todos aquí somos una especie de familia —Teo sonrió, poniendo una mano sobre mi brazo—. Nada nos haría más felices que tenerlo con nosotros.
—Son tan mi familia como la que tengo en la Nación del Fuego —rió On Ji, lo que me dio algo de tiempo para sobreponerme al profundo sentimiento de agradecimiento y ternura y calma que me había inundado con las palabras de Teo—. Aunque mucho más numerosos.
—Y Aang aún no ha visto las comidas —sonrió Teo antes de dirigirse al fondo del pasillo y abrir una de las puertas—. Por favor, por aquí. Estoy seguro de que querrá comer algo que no sea el… interesante jugo de banana y cebolla del Guru Pathik.
Reí, con una alegría tibia pero genuina, y me senté en el lugar que Teo señalaba. La larga mesa, atiborrada de sillas desparejadas, se llenaba a gran velocidad. Un par de niños despeinados corrían alrededor mientras una mujer cargaba una pila de platos, dejando uno frente a cada lugar. Los niños no corrían sólo por jugar, observé cuando vi que uno llevaba un vaso lleno de cucharas y dejaba una sobre el plato que la mujer había puesto.
Cada persona que llegaba transportaba un platillo desde la cocina y lo ponía sobre la mesa.
—Mi padre cenará en su laboratorio —anunció Teo, alzando la voz—. Podemos comenzar.
La reacción no se hizo esperar. El tintineo de platos y cubiertos resonó por toda la estancia, diferentes conversaciones llenando el espacio.
—Lo único con carne es el pollo-zarigüeya de allá —susurró On Ji, sentada junto a mí, al servirse una generosa porción de fideos. Le agradecí con una sonrisa silenciosa antes de servirme también.
Sin embargo, no tomé aún mi primer bocado; mi garganta se había cerrado, y una nueva lágrima amenazó con salir… Pero esta vez tenían otra causa. Claro, para alguien con una familia tan pequeña como fue la mía, la familia elegida era importante. Yo había elegido a la familia de Katara, y ellos me adoptaron de vuelta… pero no tenían por qué ser la única familia.
Podía ser que esta gente no hubiera nacido como Nómadas de Aire, pero ahora que veía con más claridad... en ellos había un espíritu que reconocía, en mis recuerdos de Gyatso, y en mí mismo.
Sí, como él. Como nosotros.
Miré alrededor, a la mesa ocupada por completo, las bromas y las risas flotando en el aire. Mis heridas aún no sanaban del todo, eso todavía tardaría en llegar. Pero... mi corazón se sentía un poco más ligero. Inhalé, absorbiendo la atmósfera festiva, y el aire llenó cada rincón de mi pecho, refrescándolo.
Aquí es más sencillo respirar.
N/A: Tardé, tardé demasiado en terminar este complemento al epílogo de Contrato de una noche. Pero helo aquí, para quienes tengan el deseo de saber lo que pasó con Aang y que no supe cómo encajar en el esquema de capítulos de la otra historia.
Si han llegado hasta aquí, muchas gracias por su apoyo, comentarios y lecturas :D Si desean contactarme, estoy en Tumblr como Moneneki, con posibilidad abierta de mensajes y comentarios (aunque tarde mucho en contestar, contesto).
Saludos, y hasta la próxima :D
