Illicit affairs: the story of Druella Black and Abraxas Malfoy
by: lilibetologist
Capítulo 1: This pain will be for Evermore
And you call me up again
just to break me like a promise
So casually cruel
in the name of being honest
Nada enorgullece más que una boda. Las bodas son el arma indicada para arrebatar sonrisas. Sonrisas prefabricadas que nadie quiere ver, pero que hay que digerir como si fuesen las tostadas del desayuno. Ella, sin embargo, no ha sonreído todavía. Contempla su reflejo en el espejo mientras se coloca la gargantilla en el cuello, la del rubí que pesa tanto como para partírselo, la que siempre saca cuando tiene que presumir, así, sin más, sin especificar el por qué. Hoy, Druella Black, tendrá que presumir de hija, aunque lo último que desee hacer sea poner un pie en el salón de baile después de que los novios se hayan dado el sí quiero.
Él, en cambio, deja que su mujer le haga el nudo de la corbata verde esmeralda. Mantiene una de esas tradiciones matrimoniales que se establecen al principio, en los primeros años de casados, cuando todavía es importante tener algo común, algo que te ligue a la otra persona, ya sea el dinero, el poder, o la forma en la que los dedos alargados de tu mujer son capaces de hacerte el nudo windsor perfecto. Sea como sea, ahora ya no importa, pero ahí siguen. Abraxas Malfoy está, contra todo pronóstico, tranquilo. Resignado a ocupar su lugar en los bancos reservados para la familia del novio durante la ceremonia. Sin sonreír demasiado, sin pasarse de serio. Sin ser capaz de evitar que los ojos se le desvíen hacia el lado de la novia, buscándola a ella, sabiendo que no va a mirar hacia él.
¿Cómo son las celebraciones de los Sagrados Veintiocho? En resumen, un repertorio visual que grita dinero y poder. Todo lo que siempre les ha interesado a las familias de esa especie de secta mágica que controlan la política, la justicia, la economía… Controlan hasta el café que el resto de mortales se llevan a la boca cada día, mañana tras mañana. Si a esto le sumamos el enlace más esperado de la década, los titulares diarios en los periódicos, las mil y una visitas de cortesía… Nadie se olvidará nunca de la boda de Narcissa Black y Lucius Malfoy. Para bien o para mal.
— Un retraso de cortesía está bien, ahora, quince minutos…
Cygnus Black, que es todo un caballero por la cuenta que le trae, espera a que su mujer termine de arreglarse frente al espejo. No necesita verle la cara, son muchos años durmiendo en la misma cama. Sabe que ocurre algo, y no quiere empezar a preguntarse el qué, por miedo a llevar más de media vida conociendo la respuesta. Ojos que no ven, corazón que no siente.
— Un momento, un momento.
Ella quiere serenarse y pensar en otra cosa. Lo suyo no es ser torpe, pero ahora ni siquiera puede encajar el cierre de la gargantilla, no hablemos de las tuercas de los pendientes.
— Druella, tesoro… Que estás tardando más que la propia novia.
— Cygnus, por lo que más quieras, deja de meterme prisa.
Se hace el silencio en ese vestidor de cuarenta metros cuadrados. Ninguno de los integrantes del matrimonio se mira, ni quiere hablar, hasta que vuelve a ser él quien toma la iniciativa, de la forma más conciliadora posible. Se acerca a su mujer, deja que las manos reposen sobre sus hombros. La mira de arriba a abajo, sonriendo, a nadie le sienta tan bien el color burdeos y el escote bardot y los zapatos de salón a juego.
— Narcissa no se va a olvidar de su madre sólo por estar casada.
Es más fácil achacarle la pena, el dolor y los nervios al síndrome del nido vacío. En parte tiene algo que ver. Druella suspira, asiente, busca las palabras más apropiadas, no las encuentra. Acaba de recordar otro de los motivos por los que no puede acudir a la boda de buen humor, no quiere perder a su hija pequeña, ya le ha llegado con perder a la del medio aunque actúe como si no le importase. No puede perder a Narcissa, su ojito derecho, su copia exacta. No puede perderla y que, aún por encima, pase a apellidarse Malfoy. Y tampoco puede hacer nada para evitarlo, así que le ordena a sus pensamientos que se vayan por donde han venido, que ya no los necesita, que es muy buena actriz y no va a salirse del papel en todo el día.
— No me seas sensiblero, querido. Sólo me duele un poco la cabeza. ¿Bajamos?
Desde ahí las cosas van como la seda. La marcha nupcial, la ceremonia, el sí quiero, la firma de los testigos, el velo del vestido de la novia… Los espejismos del paraíso deberían mostrar algo así. De puertas para fuera cuesta imaginarse algo tan perfecto, tan único, tan exclusivo como la unión que acaba de sellarse. No todos los días un Malfoy se casa con una Black, se trata de una unión dinástica, monárquica incluso, aunque no haya coronas. No necesitan coronas para sentirse reyes. Luego, cuando los anillos ya están en su sitio, el enlace se ha formalizado y lo único que queda es disfrutar de la celebración, los novios abren el baile, como es natural, y los invitados contemplan a la feliz pareja que, en realidad, sí es verdaderamente feliz. Lucius sabe que no podría haber encontrado a alguien mejor. Narcissa entiende que ese matrimonio va a proporcionarle justo lo que una mujer como ella necesita. Por muy concertado que sea. Por mucho que fuese aprobado en medio de una partida de bridge a cuatro manos entre sus respectivos padres.
Druella está en pie, tiene una copa de champán en la mano, los observa a los dos luchando porque la expresión del rostro no le juegue una mala pasada, no sea capaz de delatarla. Y si él no se acercara, si se mantuviese en su sitio, con su mujer, donde le corresponde, lo habría conseguido. Pero no. Porque Abraxas se acerca, se acerca de más, coloca una mano en su espalda sin que nadie sea capaz de verlo, y finge que está hablando con la madre de su nuera con total normalidad, aunque no haya nada de normal en un puñado de cenizas que llevan más de tres décadas echando chispas.
— Creí que vendrías de verde. Me gusta el vestido.
— Ni se te ocurra.
— No te pongas a la defensiva, querida. No es propio de ti.
Está a punto de dejar que la copa caiga al suelo, pero organizar una escenita en medio de una boda no es algo que Druella Black pueda permitirse, por muchas ganas que tenga de hacerlo. Las formas sólo se pierden de puertas para dentro, pero en público, nunca.
— ¿Qué quieres, Abraxas?
Ignora el escalofrío. El muy cabrón no aparta la mano, es más, llega a colocarla en su cintura porque sabe muy bien lo que hace, lo que consigue el repiqueteo de sus dedos contra la piel ajena.
— Míralos...—entonces él se inclina, quiere susurrarle al oído como ha hecho tantas otras veces, aunque en contextos muy distintos, con mucha menos gente y sin tanta ropa de por medio—. Tendríamos que haber sido nosotros.
— No.—Druella sonríe, finge que lo que acaba de escuchar le hace gracia. Un comentario curioso sobre su hija y su yerno, quizás. Alguna anécdota divertida sobre las bodas. Cualquier cosa que a los ojos de quien se atreva a observarlos no destaque demasiado, no se salga del patrón establecido entre el padre del novio y la madre de la novia. La procesión, como suele decirse, va por dentro, y le arde en el pecho, en las manos y en la garganta, que se aclara antes de seguir hablando—. No te atrevas.
En un segundo es capaz de pensar que hay muchas cosas que podría decirle al hombre que tiene al lado, el que siempre la mira en todas las cenas, en cada partida de bridge, en cada reunión social. La miran muchos, en realidad, ellos con deseo y ellas con recelo, pero nadie es capaz de mirarla como Abraxas Malfoy lleva haciéndolo desde hace más de treinta años. Y eso, aunque les duela, sigue siendo un problema.
— Baila conmigo.—dice él. La agarra de la mano, le quita la posibilidad de negarse, de volver al lugar que le corresponde, junto a su marido. La pega contra sí mismo por la cintura, un, dos, tres, un, dos, tres, ¿quién no sabe bailar un vals? Cualquiera que se precie conoce el ritmo, hasta un niño pequeño podría moverse al compás de la música que suena. La mira, lo mira, se observan en silencio el uno al otro. Una vez más, callan casi todo lo que podrían decirse.
— ¿Por qué estás haciendo esto? ¿Qué demonios pretendes conseguir?
— Absolutamente nada. Mejor pregúntame qué es lo que no quiero.—aprieta fuerte en su cintura, se acerca más, hace todo aquello que no debe hacer en público, rompiendo un pacto sagrado: no puedes ponerme nerviosa, no puedes tocarme, no puedes mirarme como me miras, no puedes actuar como si fuésemos algo más de lo que somos. Abraxas Malfoy siempre ha sido un experto en romper las normas sin que nadie se de cuenta.
— No tengo tiempo para tus juegos, Abraxas. Hace mucho que he perdido la paciencia.
— No quiero que te separes de mí. No quiero soltarte. Nunca quise hacerlo.
— Entonces deberías haberlo pensado antes. Antes de haberte casado con Sylvia, por ejemplo. Jamás te tomaste las molestias de defender lo que hubo entre nosotros.
— ¿Lo que hubo? Querida…
No le hace falta acabar la frase. En ese silencio, en las palabras no dichas, en lo que se guardan para sí mismos, vuelven a estar hablando en clave. No hay mucho que contar, en realidad. Druella lo siente mientras decide perderse en sus ojos azules, sin dejar de bailar, ni de sonreír, porque a ver qué madre no sonríe durante la boda de su hija pequeña. Y en lo que dura ese vals, lo recuerda todo. Los cinco centímetros que le faltaban a su falda del uniforme de Hogwarts, los besos robados en la Sala Común de Slytherin, todo lo que vieron esas cuatro paredes, que valen más por lo que callan que por lo que cuentan… El paso de los años de esa extraña adolescencia, levitando entre lo que se suponía que era un primer amor, hasta lo que terminó siendo ese famoso amor verdadero del que se habla en las novelas, y el que ella conoció el mismísimo día que Abraxas Malfoy se sentó a su lado tras una clase de Transformaciones. Lo demás, es historia. Lo bueno, lo malo, y sobre todo lo peor: estoy prometido con Sylvia Lestrange, perdóname, Druella, lo siento. Tengo que cumplir con lo que se espera de mí. Perdóname, perdóname, perdóname.
No se lo perdonó nunca. Y aún así, aunque no lo hubiese hecho, aunque se hubiera casado con otro hombre, con el hombre perfecto, el hombre más importante de la familia más importante de todas; aunque su vida fuese idílica, aunque hubiese tenido tres /dos/ hijas perfectas, siempre había estado dispuesta a arriesgarlo todo por pasar cinco minutos con él a solas. Hasta ahora.
— No podemos seguir así, lo sabes, ¿verdad?
— Claro que podemos.
— No, no podemos. Mi hija y el tuyo acaban de casarse, Abraxas. Este es el final. Deja que ellos tengan lo que nosotros no pudimos.
La música cesa, Abraxas suelta a Druella, y por primera vez siente que la está perdiendo de verdad. No la perdió cuando se casó con su mujer, tampoco cuando ella se casó con Cygnus, ni durante las tres últimas décadas de aventuras ilícitas que no vieron la luz del sol. Pero la pierde ahora, delante de sus narices, mientras la ve sonreír, asentir, buscar a su marido con la mirada y despedirse sin añadir nada más. Sabe, o intuye al menos, que ese es el final, aunque no entiende si se cierra un capítulo, un volumen, o un libro entero. Lo único que no duda, que conoce con seguridad, es que sigue enamorado de ella, tanto como lo estaba cuando era un crío, o incluso más. Y que no importa, da igual que pase el tiempo, con ellos jamás tuvo el efecto sanador que se le otorga en la sabiduría popular. Abraxas Malfoy quiere a Druella Black, y Druella Black quiere a Abraxas Malfoy, para toda la vida. Lo que ocurre es que en sus familias, en su mundo, en el mundo en el que ellos nacen, crecen, se reproducen y mueren, el querer no importa, el amor no ocupa el lugar que se merece. Y todo lo demás es simple ceniza espesa y amarga que ambos se ven obligados a tragar, día tras día, año tras año, durante lo que les resta de vida.
