La cafetería iba de maravilla. Cada día, luego de salir de la oficina, era rutina para él ir al café de su amigo; mismo, en el que también era inversionista. Aquella idea surgió en la universidad, como un mero proyecto escolar; un proyecto tan bien dirigido, que terminó siendo realidad. Izuku regenteaba el lugar, junto a un repostero de nombre Rikido Sato; Ashido Mina y Ochako Uraraka eran las lindas baristas, que de vez en cuando, cambiaban el puesto para ser también meseras, junto a Denki Kaminari; Momo Yaoyorozu era la dulce contadora del local, así que eran pocas las veces que se le podía ver rondando el lugar. Los clientes frecuentes sabían que la propiedad de aquel acogedor y popular café, era compartida: el dulce Midoriya, junto con el desconocido. Shoto mantenía su actividad en aquel proyecto a escondidas de su padre; para Enji, que su perfecto hijo jugara al café, era una forma más de deshonra a su apellido, y sabía que el pelirrojo no dudaría en comprar la pequeña empresa, y destruirla pedazo a pedazo.

— ¿Y cómo van las cosas? —Deku dejó una taza de capuchino caliente delante de Todoroki, sacándolo de sus pensamientos. El bicolor sonrió un poco al ver el intento de dibujo con canela sobre la espuma de su bebida; de todas formas, sacó su celular, para tomarle una foto a la pobre silueta del héroe All Might, tambaleándose sobre el blanco de la espuma. —Siguen raras —respondió como si nada, luego de guardar el celular, y llevarse la taza a los labios. El pecoso sonrió, enternecido por como a su amigo le causaba asombro todo lo que ellos hacían en los cafés. — ¿Raras?

—Raras —rectificó el mayor, intentando quitarse la espuma de la punta de la nariz. Con la lengua. —Raras… ¿que tu padre se comporta como un loco, caminando en ropa interior y sombreros en lugar zapatos? O raras, ¿tipo que es un padre normal? —preguntó, limpiando con una servilleta, el rostro de su amigo. Él era el menor, y había ocasiones en las que parecía que Shoto era el más pequeño de todos. —El fin de semana discutimos —respondió luego de soltar un suspiro, agradeciendo el gesto "maternal" de su amigo. —Así que por dos días, decidí no ir a trabajar, porque seguía enfadado y no quería ver su cara —explicó, removiendo con cierta culpa su bebida, en un intento de enfriarla un poco. —Le pedí a Monoma que me llevara los papeles más urgentes, y que cualquier mensaje de mi padre, lo pusiera en espera —guardó silencio un momento, mientras Midoriya le miraba con expectación. —Nada. No me dijo nada, ni llamó a mi celular; ni siquiera me armó alboroto cuando llegaba a casa. Ni siquiera interrogó a Monoma por mi ausencia —frunció el ceño mientras hablaba, aunque su amigo sabía que no era por enfado; a veces hacía ese gesto cuando no entendía algo. —Y los últimos días, cada vez que me ve, sonríe de forma petulante.

— ¿Petulante?

—Si… creo… no sé, pero no me gusta como sonríe —añadió, masajeando su cuello hasta su nuca. Izuku dejó un cupcake lava de chocolate, para que acompañara su capuchino. —Tú sabes que no me gusta sacar conclusiones apresuradas, incluso de tu padre. Así que pensemos en dos opciones —el bicolor le miró confundido, ladeando la cabeza; Deku no pudo evitar morir de ternura ante la imagen de su amigo, comparada con la de un cachorrito. —Primera: solo son imaginaciones tuyas. Segundo: algo tiene planeado que ver contigo, y no nos gustará nada. Personalmente, espero que sea la primera… sigo creyendo que ningún padre puede ser tan cruel con sus hijos —Shoto rodó los ojos ante el inocente comentario de su amigo; prefirió guardarse el resoplido de molestia, pues sabía que Izuku era un chico bastante optimista, y estaba tratando de animarle. El resto de la tarde pasó entre conversaciones amenas entre el bicolor, y el resto de 'sus' empleados.

Cuando llegó a la mansión, notó el auto de su padre ya guardado, haciendo que el agradable rato que había pasado desde la cafetería y el camino, se fueran a la mierda en un pestañeo. —Llegas tarde —la gruesa voz de su padre resonó por la estancia, haciendo que rodara los ojos. — ¿En dónde has estado? Faltaste días a la empresa, y ahora te pierdes por ahí —el menor soltó un gruñido de fastidio. —No es de tu incumbencia —respondió tan frío como siempre, caminando hacia la cocina, en busca de un poco de agua. Los pesados pasos de su padre siguieron el mismo camino. —Quiero hablar contigo.

—Que bien. Yo no.

—No te estoy preguntando. Siéntate.

Un nuevo y sonoro suspiro escapó de sus labios, al tiempo que se dejaba caer pesadamente en una de las sillas de la cocina. —Te conseguí un prometido, en dos semanas se casarán —Shoto se quedó helado ante semejante noticia. Ni siquiera notó cuando la botella resbaló de su mano, estrellándose en el piso, derramando todo su contenido. Sus ojos notaban la boca del pelirrojo moverse, pero en sus oídos imperaba un molesto pitido; tanto su corazón como respiración, le daban la sensación de haberse detenido por completo. Todo le daba vueltas, y de haber estado de pie, se estaría tambaleando hasta caer al suelo o a la silla. Notó la espalda de su padre, pasando por el marco de la puerta. — ¡No puedes hacer eso! —apenas si las palabras habían salido, sentía la garganta cerrada y terriblemente seca; ni siquiera notó cuando caminó hasta su progenitor, deteniéndolo del brazo. —Ya lo hice. Te casarás con un alfa; él tomará tu puesto como mi sucesor, y se quedará con la empresa. Así que más vale que me des nietos alfas.

— ¡No puedes venderme de esa forma!

—Puedo, y ya lo hice. Eres una decepción para la familia, Shoto. Deberías agradecer que te quitarte un peso de encima al pasarle la empresa a alguien más.

— ¡¿Agradecerte?! ¡¿Por tratarme como algo que poseer, y regalar al primer imbécil que se te cruce enfrente?! ¡Me estás obsequiando a un completo desconocido, como una mera máquina de dar a luz a sus malditos vástagos! ¡Un maldito trofeo que dar, por solo ser un asqueroso alfa como tú!

—Eso es lo que eres —la fría expresión de Enji hacía juego con sus palabras. El hombre ignoró las lágrimas que se derramaban a borbotones de los ojos de su hijo, y dando por zanjada la conversación. Solo, en la cocina, Shoto Todoroki sintió como su mundo se derrumbaba, al tiempo que caía de rodillas al suelo, gritando y llorando, al ver que su existencia era reducida a nada.