El tiempo es un ser caprichoso, que parece disfrutar molestando a las personas. Acortando sus momentos felices, y haciendo eternos los aburridos o dolorosos. Pero con Shoto, parecía tener una cierta riña personal. Al abrir los ojos, sintió un enorme peso en su pecho, y un vacío abisal en su estómago. —Es mañana —murmuró, mirando el techo, cubriendo sus ojos con el antebrazo, tragándose el nudo que llevaba su llanto. Sus piernas temblaron al levantarse de la cama, amenazando con fallarle, mientras se encaminaba a la puerta; sus dedos carecían de fuerza, mientras intentaban aferrarse al pomo de la puerta para girarlo y salir. Al mirarse al espejo, se sorprendió al ver su rostro completamente blanco, casi rivalizando con el lado derecho de su cabello. Lavó su rostro con agua fría, en un intento de despertarse, y serenarse un poco.

El sonido de su celular desde la habitación, le hizo enderezarse con rapidez. Apenas si alcanzó a aferrarse a la orilla del lavamanos, parpadeando varias veces. Tambaleándose, salió del cuarto de baño, casi lanzándose sobre el colchón, para poder alcanzar el celular. Sus manos hormigueaban, y la desesperación por poder desbloquear el aparato, comenzaba a embargarlo.

"Lo tengo. Ven a mi casa esta tarde para que pueda dártelo."

Leer el mensaje de su amigo, le regresó un poco de paz. Inhaló una enorme bocanada de aire, y notó como todos sus músculos se relajaban al instante, dando paso al dolor del agarrotamiento en ó en su cama, hasta estar boca arriba; respiró hondo un par de veces, reteniendo el aliento unos segundos, antes de exhalar.

"Muchas gracias, Midoriya. Te veo luego".

Un problema menos. Volvió a tomar el celular, comenzando a teclear en él, levantándose de golpe al recibir respuesta a su mensaje. Luego de una ducha rápida, salió de su casa, luego de asegurarse de que su padre no estaba. Tranquilamente, condujo por las calles de la ciudad, mirando a cada auto que le recordara al de su padre, apretando con fuerza al volante cada que un automóvil similar se cruzaba en su campo de visión. Al estacionarse en el subterráneo del edificio, dejó salir un largo suspiro. Bajó de su auto, y luego de asegurarse de estar completamente solo, comenzó a sacudir sus brazos y cabeza. Estaba más tenso de lo que le gustaría admitir; respiró hondo un par de veces, antes de encaminarse al elevador que había a unos metros.

La luz del lugar le deslumbró un poco. Debía relajarse. Sus pisadas resonaban suavemente por el piso laminado gris; los grandes ventanales proporcionaban más luz, haciéndole preguntarse, para qué querían las lámparas encendidas. —Buenos días —llamó a la recepcionista, apenas recargando el pecho en la barra de metal cromado que separaba a la señorita de los pacientes. —Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? —preguntó amablemente la chica de cabello pelirrojo. —Yo… tengo una cita agendada para hoy —habló casi en un susurro, mirando hacia los sillones de cuero negro, notando apenas un par de personas ahí. — ¿Su nombre? —la voz de la chica lo sacó de sus pensamientos. —Todoroki —fue lo único que dijo, mientras la mujer tecleaba con rapidez, con la mirada azul fija en la pantalla. —Lo tengo —murmuró la chica, dando un par de clics en sus archivos. —Su cita es a las 11:15 a.m.; si gusta volver, o puede esperar mientras llega su turno —explicó amablemente, sin apartar la suave sonrisa de su rostro. El bicolor estiró su brazo izquierdo, para poder destapar su reloj, mirando la hora. —Esperaré —anunció, tragándose su nerviosismo. —Muy bien. Si quiere tomar asiento —habló la recepcionista, poniéndose de pie, y señalando la pequeña sala de espera. —Le puedo ofrecer algo. ¿Agua, café, un té?

—Un té, por favor —respondió con rapidez, girándose y comenzando a caminar hacia uno de los sillones individuales. Apenas si murmuró un "buenos días" a los pacientes que esperaban su consulta. Una jovencita que no dejaba de tamborilear los pies, mientras su madre le susurraba una y otra vez que dejara de hacer eso y se comportara; y un joven, un par de años mayor que él quizás, que no dejaba de sobar su abultado vientre, con una sonrisa en los labios, mientras mensajeaba con, seguramente, su pareja. Ni siquiera notó cuando la recepcionista dejó la taza de té caliente en la mesita junto a su asiento. — ¿Señora Hazuki? —la voz de la recepcionista resonó por la silenciosa sala. —Pueden pasar —anunció con esa eterna amabilidad. El té reposaba en la mesita de cristal, apenas con un par de sorbos menos. —Señor Yamagawa, adelante, por favor —el joven se despidió de Shoto con un leve movimiento de cabeza, y se perdió por un pasillo, luego de agradecer a la señorita.

El tiempo pasaba lentamente, y a cada persona que entraba a la recepción, el bicolor se tensaba. — ¿Señor Todoroki? La doctora lo atenderá ahora —llamó la mujer, luego de que el otro omega se fuera. Con rapidez, se pudo de pie, pasando al lado de la recepción, murmurando un gracias, y perdiéndose en el pequeño pasillo. — ¡Adelante! —sonó la cansada voz de una mujer, luego de que el chico golpeara la puerta. —Buenos días —saludó a la viejecita sentada tras el escritorio. —Tome asiento, por favor —pidió la mujer. — ¿Es la primera vez que viene?

—Si

— ¿Nombre?

—T-todoroki Shoto

— ¿Edad?

—24 años

— ¿Segundo género?

—… —la garganta se le secó de pronto; la sensación de hormigueo comenzó a esparcirse por su pecho, subiendo por su clavícula hacia sus hombros. —Omega —respondió casi en un murmullo luego de un rato. La anciana doctora no dijo nada, solo sonrió al chico, y siguió tecleando.

—Bien. Dígame, joven Todoroki. ¿Qué le aqueja?

—Yo… —tragó un poco de saliva, esperando que con ello, la enorme bola de nerviosismo instalada en su garganta, le dejara el camino libre. —Vine por una valoración para medicamento anticonceptivo.