La luz comenzó a molestarle en los ojos. Un día nuevo. Intentó levantarse, pero el punzante dolor en su cadera y el resto de sus extremidades, le hizo desplomarse en la cama de nueva cuenta; los recuerdos de la noche anterior golpearon su cabeza sin piedad alguna. Tan rápido como pudo, giró su cabeza, encontrándose la otra mitad de la cama completamente vacía. Hundió el rostro en la almohada, intentando aguantar las lágrimas, y soportar el dolor que recorría cada rincón de su cuerpo. Pasados unos minutos, logró ponerse de pie, sintiendo sus piernas temblar, intentando soportar su propio peso y no colapsar. A penas dio un par de pasos, congelándose en medio de la habitación. La asquerosa sensación de algo viscoso deslizándose por sus piernas, tomó posesión por completo de sus pensamientos; bajó la cabeza, notando una mezcla de semen y sangre recorrer la parte interna de sus muslos. Olvidando el dolor en sus extremidades, el omega salió corriendo al baño, hincándose frente al retrete, dejando salir lo poco que había en su estómago.
Estuvo 4 horas bajo la regadera, tallando su cuerpo con fuerza, en un intento de borrar de su piel, la sensación de las manos y labios de Katsuki. Ni siquiera le importó el enrojecimiento, y los pequeños puntitos de sangre que comenzaba a sacarse. Él solo quería deshacerse de la humillación que el alfa le trajo, y todo rastro de su presencia. Ese asqueroso aroma seguía impregnado en cada rincón de su cuerpo. — ¿S-señor? —un golpe en la puerta del baño, llamó su atención. — ¿Se encuentra todo bien? —podía notar el temblor en la voz de la muchacha, y la duda. — ¡S-si!... todo bien —respondió, pegando la frente a la fría cerámica que recubría la zona de la ducha. La sirvienta dudó en volver a preguntar; pero optó por alejarse. Todo ese tiempo, en silencio, estuvo limpiando la habitación; las extrañas manchas en las sábanas, le alteraron un poco, y no solo eso, la sangre seca en la pared, fue lo que más llamó su atención. El señor Bakugo había dejado la mansión muy temprano por la mañana, y se veía demasiado alegre; por otro lado, el señor Shoto pasó toda la mañana encerrado en el baño, con el sonido del agua cayendo ininterrumpidamente. Intentó hacerle saber su preocupación al señor Todoroki, pero el hombre, simplemente le reclamó ser una entrometida, antes de colgar. Algo extraño sucedía en aquella casa, y ella no podía hacer nada.
Finalmente, Shoto salió de la ducha, temblando y adolorido aún; su reflejo en el espejo, le decía lo patético que era. Siendo sometido sin problema alguno, con el destino de llevar en su vientre a los vástagos de aquel monstruo. Y la realidad lo golpeó en la cara. Aquel maldito había anudado dentro de él. Inconscientemente, llevó una mano hacia su abdomen, y las náuseas aparecieron de nueva cuenta, acompañadas del terror. No quería. No quería dar a luz a un cachorro concebido con el animal que tenía por esposo. —Las pastillas —trastabillando, corrió hacia su maleta, revolviendo todo en su interior. Nada. —No, no, no, ¡no! —importándole poco su desnudez, salió corriendo de la habitación, buscando a la sirvienta que su padre había contratado para ellos.
— ¡Hiriko! —la voz del omega resonó por gran parte de la casa, asustando a la joven, quien no tardó en correr hacia su amo. — ¿S-sí, señor? —encontró al bicolor, vistiendo solo una toalla alrededor de su cintura; el cabello aun goteando, así como su cuerpo adornado de pequeñas gotas de agua. Pero sobre todo, las grandes manchas rojizas en todo su cuerpo. De manera inconsciente, llevó sus manos a la boca, ahogando un gritito. —Mis cosas —exigió el omega. —E-están guardadas en su-
— ¡Las que tenía en la maleta! —exigió con furia, tomándola del brazo, y zangoloteándola con fuerza. — ¡Las guardé en su habitación! —insistió la beta, completamente aterrada por el cambio de actitud de su jefe. —Las pastillas… ¡¿dónde las guardaste?! —la mente de Hiriko repasó tan rápido como pudo, todos sus recuerdos. No recordaba ningunas pastillas en la male-… sus ojos se abrieron con mesura al recordar un frasquito de medicinas. El pánico volvió a invadirla. Recordaba haber tomado el frasco, pero no donde lo había dejado. —Y-yo… no recuerdo donde…
— ¡Búscalo inmediatamente! —ordenó el omega, empujándola al momento de soltarla. La pobre muchacha cayó al suelo, desorientada por todo lo que estaba pasando. — ¡Muévete! —la grave voz de Shoto la devolvió al presente; y como pudo, se puso de pie, corriendo por toda la mansión, revolviendo en los lugares donde había limpiado. Una hora después, encontró el frasquito escondido en uno de los escritorios de las tantas habitaciones vacías. La pobre chica llegó corriendo a la habitación principal, donde Shoto revolvía todo con la desesperación y miedo tatuados en sus facciones. — ¡Señor, las encontré! —exclamó apenas cruzó la puerta. Shoto le arrebató el frasco, y como si fuera un adicto, las volcó en una de sus manos; ni siquiera esperó a que la mucama fuera a buscarle un vaso de agua.
Sacó su celular, dando de vueltas en la habitación, mientras le contestaban al otro lado de la línea. —Buenas tardes, doctora… no, todo bien… solo… quería preguntarle… ¿cada cuánto debo tomar las píldoras? —Hiriko había comenzado a ordenar todo de nueva cuenta, mirando de soslayo a su jefe, mientras hacía la llamada, sentándose al filo de la cama. —Bien… muchas gracias. Buen día —y colgó. Se veía un poco más calmado, pero el incesante movimiento de su pierna daba a entender que no había pasado todo. —Hiriko —su cuerpo se tensó al escuchar que la llamaban; sin perder tiempo, se plantó frente al omega, haciendo una reverencia, sin apartar la mirada del piso. —Lamento haberte asustado así —habló tan calmado como pudo. —No debí haberte gritado, y mucho menos tratarte como lo hice —la chica le miraba confundida; el cambio de actitud había sido demasiado extremo. —Solo quiero pedirte una última cosa —y otra vez, ese semblante serio y ansioso. —No le digas a mi padre o a Bakugo sobre esto —soltó con lentitud, enfatizando la frase entera, sacudiendo el bote de medicina. — ¿Entendido? — la chica solo asintió, sin saber si realmente hacer caso a la orden, o hablar a escondidas con los señores.
