— ¡¿Que hizo qué?!

La voz de Izuku resonó por todo el local, atrayendo las miradas de los clientes. Shoto solo se encogía en su asiento, sin saber cómo calmar a su amigo, mientras este seguía con el puño contra la barra, rojo por el golpe que había dado con él. —Midoriya, baja la voz —rogó el bicolor, mirando ansioso al resto de comensales que habían comenzado a murmurar por el alboroto del dulce dueño. — ¡No me pidas que me calme! ¡No puede tratarte así! —para alivio de Todoroki, Uraraka llegó por detrás de su jefe, pasando los brazos bajo sus axilas, y tapando su boca, en una especie de llave de lucha. Con mucho esfuerzo, logró arrastrarlo hasta su oficina, encerrándolo ahí en lo que iba por el bicolor y les llevaba una nueva taza de café a ambos.

Midoriya se paseaba por el pequeño espacio, como león enjaulado. Sus constantes murmullos lograron calmar un poco a Shoto, devolviéndole su personalidad tranquila. Pero todo lo que mostramos, siempre es mera fachada. — ¡¿Y dices que tu padre le permite tratarte así?! —el pecoso se dejó caer de lleno en la silla de cuero al otro lado del escritorio, mirando el techo con desesperación. —Eso fue lo que me dijo cuando fui a su casa —respondió con parsimonia el omega, antes de darle un sorbo a su capuchino. — ¡No puede! —reinició el beta, queriéndose arrancar el cabello a causa de la exasperación. — ¡Debes denunciarlo, Shoto! —las palmas de sus manos se estamparon contra la madera barnizada, llenando la habitación con un golpe plano.

Shoto se congeló en su lugar. ¿Denunciar? Y para desconcierto de Midoriya, el bicolor comenzó a reír. — ¿Denunciarlo dices? ¿Crees que eso hará una diferencia? Un omega denunciando a un alfa, su propio esposo, de violación. En lugar de levantar un acta, se reirán en mi cara, y saldrán con sus comentarios estúpidos —soltó con una sonrisa amarga, como nunca le había escuchado. —Pero algo se puede hacer. Casados o no, él no puede-

—No harán nada, Midoriya.

—Pero-

—En especial, si mi padre mete sus narices.

—Podemos preguntarle a Iida, y-

—No servirá —interrumpió de nuevo Shoto, temblando por la ira y la impotencia. —Declararán que estaba en mi celo; buscarán la forma de hacer ver a Bakugo como una víctima, y al final, la policía no hará nada.

Su rostro se escondió tras sus manos, soltando un quejido al rozar las heridas que aún mantenía; Izuku no dijo nada más, solo logró sacar un suspiro de fastidio ante todo lo expuesto por su amigo. Él creía fervientemente en que las personas no podían ser tan crueles, que todos tienen algo de humanidad en su interior, y que esta saldría a flote a la primera oportunidad. Todos sus ideales se vieron tambaleados ante la existencia de Enji Todoroki y Katsuki Bakugo.

—Entonces, ¿qué harás? —preguntó después de un buen rato sumidos en el silencio, pasándole la cajita de pañuelos a su amigo, callando al notar su silencioso llanto. —Acondicionaré una de las casas de los empleados. Con el tiempo le agregaré más muebles para hacerla más cómoda; por el momento, solo cambiaré la seguridad para evitar que ese animal logre entrar cuando quiera —por fin logró enderezarse, lanzando el pañuelo al cesto de la basura. —Cuando logre tener un ingreso en solitario mayor, buscaré un departamento. Lo más lejos de esos dos —espetó, mirando por la ventana.

—Un… ¿un ingreso?

—Mi salario lo añadieron al de Bakugo. Apenas si me dan un 10% de lo que ganaba; y aun así, mi padre dice que es demasiado. Aparte de que monitorean todas mis cuentas —los ojos de Izuku se abrieron con mesura ante tal revelación. —Tranquilo, tengo una cuenta aparte para seguir fungiendo como tu socio. Y hasta el momento, el banco ha logrado mantenerla en secreto de mi padre.

El pecoso no lograba salir de su impresión. ¿Arrebatarle todo a Shoto, solo por lo que era? Sabía que el mundo no era tan justo siempre, pero nunca creyó ser testigo de tanta crueldad en un mismo punto.