La habitación, al igual que el resto de la oficina, estaba pulcramente ordenada. Por un momento pensó en que hasta las partículas de polvo volando en el aire medían su propia distancia en micras, perfectamente alineadas. Tuvo que contenerse de reírse ante su propio, y algo tonto, pensamiento. Los enormes ventanales dejaban entrar toda la luz natural posible, y las blancas paredes la distribuían armoniosamente por la estancia; sus ojos captaron una maceta con una monstera, sus enormes hojas reflejaban su verdoso color contra la blancura de la pared, dándole una especie de brillo propio.
El sonido de la puerta al cerrarse rompió la burbuja de silencio que lo había envuelto al momento de sentarse frente al escritorio. Los pasos resonaron contra el pulido piso de cerámica, y el roce de la ropa sonó más cerca a sus oídos. El alto y fornido alfa pasó a su lado, rodeando el escritorio de caoba, dejando caer su peso en la silla de cuero. Movió el mouse, la pantalla iluminándose y reflejando su contenido en los cristales cuadrados de sus gafas; removió un par de carpetas, acomodando los papeles dentro de ellas, hasta finalmente mirar de frente al bicolor.
Quedaron en silencio un par de minutos más, mirándose fijamente, completamente serios. — ¿Estás seguro de esto, Todoroki? —habló finalmente el más alto, frunciendo un poco el ceño, controlándose para no torcer la boca evidenciando de más la preocupación que le carcomía por dentro. El omega asintió en silencio, sin cambiar ni un poco su postura en la silla de cuero, apenas siendo perceptible su respiración. Un nuevo suspiro de parte de Tenya, antes de que se removiera en su lugar; tomó los folders, y uno a uno, se los fue pasando a su amigo. —Tomando en cuenta tus peticiones, estos son los departamentos que logré encontrar para ti. Solo son dos los que están en venta, el resto están en renta… y por lo que me contaste por teléfono, no creo que logres mantenerlos por mucho tiempo —mientras hablaba, apartó las carpetas, solo abriendo dos, dejando a la vista las fotografías del interior de los inmuebles.
Shoto tomó uno de los documentos, leyendo con parsimonia, casi ignorando la presencia del más alto. Sus ojos se fijaron en la dirección. —No es suficientemente lejos —sin mucho cuidado, lanzó el primer folder. Uno a uno, fue descartando las opciones, hasta llegar al último archivo. Una sutil sonrisa curvó un poco la comisura de sus labios. —Este —soltó con una emoción casi infantil. Por su parte, Iida abrió los ojos con sorpresa ante la elección de su amigo. —Pero Todoroki… —las palabras se cortaron al alzar la mirada, y toparse con la determinación en aquella mirada dispareja. Un nuevo suspiro escapó de sus labios, tomando el folder y girándose hacia la computadora. La habitación se llenó con el ruido copioso de quien teclea con rapidez, uniéndose el click del mouse.
De a ratos, los iris azules miraban por el rabillo, al emocionado omega sentado al otro lado del escritorio. No lo iba a negar, su oficina se había llenado con las feromonas del mayor, contagiándolo con su emoción. Aun le hacía gracia ver la expresión de eterna seriedad de Shoto, ignorante de que su aroma delataba el cómo se sentía en realidad. Un par de llamadas más, y Tenya ya tenía una tentativa de contrato y una cita para ir a ver el departamento.
—Gracias por esto, Iida —soltó el más bajo, con un suave asentimiento de cabeza.
—No es nada, yo-…
—Lo digo en serio —interrumpió, mirando al suelo. —Encontraste todo esto en tan poco tiempo.
—Todoroki, es mi trabajo.
—Te hablé apenas anoche —el silencio volvió a asentarse entre ellos.
—Tampoco quiero dejarte a la deriva. Además, Midoriya ya me había hablado de esto —Shoto alzó la mirada, completamente sorprendido por la "confesión". —Somos amigos… Shoto; siempre te ayudaremos cuando nos necesites —el bicolor sintió un nudo en la garganta ante la declaración del más alto. —Créeme, si pudiéramos, haríamos todo lo posible por alejar a ese maldito de tu lado… pero mientras no demos con una solución, lo menos que puedo hacer, es encontrarte un refugio lo más alejado y seguro de él.
Por primera vez en lo que recordaba de su vida, sintió como las lágrimas se agolpaban en sus ojos y el corazón oprimiéndose en su pecho. Las manos le temblaban, al igual que el labio inferior; solo atinó a cerrar los ojos con fuerza, en un intento de ahogar el llanto que mantenía en secreto en su interior.
