Nada bueno sucede después de las doce
(En especial el día de Halloween)
El olor a yerbas mezclado con incienso le producía un tremendo escalofrío. Pero aquí estaba, en el local de una reconocida bruja que podía hacer cualquier tipo de hechizos, incluyendo el famosísimo amarre.
No creía en esas cosas, pero si debía intentar a toda costa que él fuese solo para ella, haría cuanto estuviese a su alcance. Aunque fuese por otros medios.
Ya había intentado de todo, desde ayudarle con su tarea, cambiar de look, hasta quitarse sus gafas de aumento y sustituirlos por lentes de contacto.
Pero parecía que todo lo que hacia iba en sentido contrario a donde ella quería.
― ¿Segura que lo hará? ― preguntó nerviosa a su amiga.
―Kagome, la bruja Irasue es la más reconocida en este barrio japonés. Dicen que se ha estudiado todas las artes oscuras. Un simple hechizo de amarre será como meter una sal de uvas en agua.
La joven se mordió el labio inferior. Les había mentido a sus padres alegando que estaría en casa de Sango estudiando para los exámenes bimestrales de la preparatoria, no visitando un barrio japonés y encima, a una bruja.
Entonces, reparó en el cofre de madera que llevaba en sus manos. Dentro de ella iban pertenencias del chico al cual el hechizo recaería sobre él.
No había sido tarea sencilla, tuvieron que pagarle una cantidad exorbitante a un chico para que entrara a los vestidores, robara una prenda de él y consiguiera una hebra de su cabello.
Así tal cual les entregó el cofre esa misma tarde fue que se animaron a ir al barrio.
― ¿Y si no son las cosas de Koga? ― volvió a preguntar, esta vez moviendo sus rodillas de arriba abajo.
―Cálmate, todas las cosas buenas siempre pasan a las doce de la noche.
La pelinegra frunció el cejo y miró a su amiga.
―Creí que era lo contrario.
Pero a medida que los segundos pasaban y esa mujer tardaba, fue cuando sus nervios terminaron por consumirla y se puso de pie.
―Mira, lo mejor será volver.
Pero escuchó que alguien salía de un pequeño cuarto, moviendo unas cortinas de pedrería.
Ella giró lentamente y pasó saliva con dificultad al ver a la anciana que estaba ante ellas.
La mujer portaba un vestido de manta en color negro con bordados artesanales en diferentes tonalidades. Su cabello, blanco como la nieve lo llevaba suelto y con una flor roja por broche. En su mano tenía una boquilla con un cigarro encendió.
Pero no era su apariencia ni su piel blanquecina lo que producía escalofríos, ni aquel ojo saltón que las miraba con detenimiento. Sino el parche en su ojo derecho, eso era lo que más pavor le causaba.
Lentamente movió inclinó la cabeza y la hizo pasar. Pero cuando Sango estaba preparada para acompañar a su amiga, la mujer colocó de manera posesiva la palma de la mano en su pecho.
―Solo la interesada es quien debe entrar ― aseguró ― El hechizo podría revotar en ti.
―Pero...
Sango intentó protestar, pero cuando Kagome la tranquilizó, fue que decidió tomar asiento nuevamente.
Entraron a un pequeño cuarto. Ella se imaginaba que todas las brujas tenían una bola de cristal sobre una mesa circular. Bueno, si había mesa, mas no una bola de cristal.
Examinó el lugar, aquí el olor a incienso era mucho más intenso. La mesa estaba cubierta por un mantel verde olivo y la única luz que había era proveniente de las velas. Delante de ella había un espejo de forma rectangular y al verse en el espejo, comprobó que estaba nerviosa.
La bruja pasó a un lado de ella, tomó asiento en una silla y sus ojos repararon en ella.
―Siéntate, no muerdo jovencita.
Su voz seguía siendo fría.
Kagome asintió y temblorosa tomó asiento, sin soltar el cofre que llevaba en sus manos. E incluso lo apretó aún más hacia su pecho.
― ¿Tienes lo que te pedí por teléfono?
Ella asintió. Era la primera vez que la veía, puesto que nada más habían tenido contacto por ese medio.
― ¿Y qué esperas para dármelo?
A desgana, fue desprendiéndose del cofre, lo dejó sobre la mesa y lo estiró hacia ella.
La anciana lo abrió y de su interior sacó una hebra de pelo. Pero a simple vista este pareció brillar ante las velas dándole un aspecto plateado, una ropa interior y una pertenencia de él, este último era una pulsera de plata.
Todo lo dejó sobre la mesa, mientras lo ataba con un listón de seda rojo y acto seguido, se puso de pie para buscar un jarrón de barro, dónde fue guardando todo. Hacía unos cánticos en una extraña lengua que no reconocía.
Kagome por poco pega el grito al ver que los ojos de la anciana se tornaban blancos como su cabello y ahora la estaban mirando a ella.
―Solo falta el toque final.
Su voz sonaba más gruesa, como si la niña del exorcista se hubiese metido a su alma.
Del interior del bolsillo de su vestido, sacó una daga con la hoja demasiado filosa. Ahora caminaba hacia ella. Kagome tuvo que recargarse en la espalda de su silla y se pegó a ella todo lo que pudo.
Sus pensamientos iban desde cortarle la mano o incluso le lengua. Pero no para que le cortara un mechón de cabello y lo introdujo en el jarrón. Posteriormente encendió un cerillo y lo metió junto con los demás ingredientes.
Entonces hizo algo que la dejó aún más anonadada de lo que estaba, con el mismo filo de la navaja se hizo abrió la palma de la mano y vertió tres gotitas de si sangre en él.
Las manecillas tocaron las doce.
Sus cánticos extraños siguieron.
Mientras movía en forma circular el jarrón.
Las manecillas tocaron la campanada número seis.
Y dentro del recipiente comenzó a brotar una estela de humo amarillo, que a medida iba haciéndose más y más intenso con forme avanzaban las campanadas.
El humo dejó de salir justo en la última campanada. Irasue hizo a un lado jarrón, tomó asiento con los brazos extendidos hacía Kagome y la frente apoyada en la mesa.
Kagome sintió temor por ella, tal vez había usado toda su energía en ese hechizo y terminó por desmayarse.
Entonces reparó en las palmas de sus manos y en ninguna de ellas había una herida.
¿Cómo puede ser eso posible? Si ella misma presenció el momento en que se había cortado. No fue producto de su imaginación.
Permaneció así un minuto.
Kagome extendió la mano para hacerla reaccionar, pero la quitó inmediatamente al ver que ella alzaba la vista con los ojos cerrados.
Abrió los ojos, pero estos habían vuelto a su color normal.
― ¿Funcionó? ― preguntó nerviosa.
La anciana esbozó una sonrisa y luego se echó a reír. Pero su risa era diabólica, malvada.
―Claro que funcionó ― esbozó una media sonrisa ― Ahora quiero mi pago.
Ella asintió y sacó dos botellas de cerveza y el dinero estipulado. Habían pedido al hermano mayor de Sango que les compara las dos bebidas, claro después de comprarle varias cosas que pidió como cobró.
Pero cuando iba a dejar el dinero sobre la mesa, la bruja pescó en aire su muñeca.
―Nada bueno sale después de las doce.
―Eso me han dicho.
―Te veo porto.
Esa última frase no logró entender. Desde luego que no la volvería a ver. Había hecho hechizo para Koga, solo era cuestión de comprobar los resultados al día siguiente, o más bien, dentro de varias horas.
―No creo eso.
―Yo más bien pienso que sí.
Kagome iba seria en todo el camino mientras Sango conducía de regreso a casa. Claro que no iba a ver a la bruja después de esto y si pasaba, sería únicamente en dado caso que el hechizo no hubiera surtido efecto.
A la mañana siguiente ambas se alistaban para ir al instituto o, mejor dicho, al salir el sol. Tenía una extraña sensación en la boca y no había podido probar desayuno alguno. Seguramente era debido a los nervios que sentía que estaban haciendo estragos en su estómago.
Al llevarse una recabada de pan con mermelada de frambuesa, independiente salió disparada al tocador y vació todo el estómago en la taza.
La madre de Sango le hizo un gesto a su hija para que fuera a ver como estaba. Ella llamó dos veces a la puerta y se preocupaba al no tener respuesta.
En el último intento la puerta se abrió y salió una Kagome con la cara demacrada.
― ¿Te sientes bien? ¿Quieres que te llevemos al médico?
Kagome negó.
―Solo son mis nervios. Ya sabes lo que me pasa cuando me pongo así.
― ¿Segura?
―Segura, no te preocupes.
Bajaron del vehículo y todos los chicos se le quedaron viendo con una sonrisa estúpida en los labios. Incluso, una chica de cabello castaño y ojos claros la tomó de la mano y la felicitó, pidiéndole la receta.
¿Receta? ¿De que demoni…
Pero delante de ella había un banner con fotografías de ella y letras en color rojo que decían "Te amo, eres y serás mi chica" y de la nada comenzaron a caer papelitos de colores.
Sus ojos se iluminaron por dos pequeños corazones. El hechizo había surtido efecto.
Y por arte de magia salió Koga. El chico por el que suspiraba, el causante de sus desvelos y por el que visitó a una bruja. Al verla esbozó una torpe sonrisa, la cual se desvaneció cuando el arqueó una ceja y pasó a su lado sin decir nada.
Frunció el cejo, lo llamó, él giró lentamente y al ver sus ojos azules preguntó:
― ¿Tú… tú hiciste esto?
Él se llevó una mano a la nunca y se encogió de hombros.
― ¿Por qué lo haría?
¿Cómo qué porqué lo haría?
Sango había llegado justo en ese momento y se paró en seco al escuchar la respuesta del joven.
― ¿Es que no lo sabes? ― le preguntó, ella negó.
Koga se acercó a ella y puso ambas manos en cada hombro.
― ¿Saber qué?
―Ey, idiota ¡Aleja tus manos de mi chica!
Otra voz que evidentemente no era la de él surgió a sus espaldas. Kagome movió lentamente la cabeza hacia donde provenía y lo que vio la dejó completamente helada.
A tras de ellos estaba el otro chico que era mucho más popular que Koga. Su cabello plateado se novia conforme al viento y sus ojos dorados brillaban con intensidad. Tenía los nudillos apretados y poco a poco comenzaban a ponerse blancos por la fuerza aplicada.
― ¿Chica? ― preguntaron Kagome y Sango al mismo tiempo.
Koga inmediatamente apartó las manos de Kagome y comenzó a retroceder unos cuantos pasos.
―Al parecer ella no sabe que ya es tu novia, Inuyasha.
Inuyasha avanzó a pasos agigantados, tomó por los hombros a Kagome y la apretó contra él.
―Eso es algo que solo debo aclarar con ella ― aseguró ― Así que mantén tus sucias manos apartadas de ella.
Todo el instituto se había quedado inmóvil mientras eran testigos de cómo los chicos más populares discutían por una joven de rango inferior a ellos.
Kagome observó como Koga esbozaba una sonrisa débil, encogió sus hombros y se retiraba.
Era evidente que el hechizo no había surtido efecto deseado. No podía tener otra explicación y ahora tenía al estúpido de Inuyasha a su lado y alegando estar enamorado de ella. Esto no podía ser, juntos eran agua y aceite. Eran como la pólvora y el fuego. Jamás podrían estar juntos porque no tenían nada en común.
Completamente nada.
Incluso, él tenía una relación con una flamante porrista, con Kikyo, la capitana.
Apartó poco a poco su brazo de sus hombros y retrocedió dos pasos. El lugar comenzaba a despejarse y eran los únicos que estaba ahí.
― ¿Me puedes explicar qué significa todo esto? ― inquirió, señalando el toldo, los pedazos de confeti tirados en el suelo.
―Si ― asintió estúpidamente ― Quiero que seas mi novia.
Ella frunció el cejo. Si, se había vuelto loco o peor aún, seguramente sufrió un ligero golpe en la cabeza y le hubiese removido las ideas para su mala suerte.
―No ― negó ― No ― frunció el cejo y volvió a negar ― Somos agua y aceite. Hielo y fuego. ¡Somos dos putos polos puestos, Inuyasha Taisho!
―Pero tú me gustas y mucho ― avanzó los mismos pasos que ella retrocedió.
―Y tú mí no ― si debía ser dura y directa con tal de apartarlo, así sería.
Entonces él se plantó en frente de ella y Kagome tuvo que inclinar la cabeza para verlo. Reconocía que era guapo, pero no lo suficiente como para arrojarse a sus brazos. En el pasado habían tenido sus roces como para que ahora gritara a los cuatro vientos que estaba enamorado de ella.
―Solo una cita ― levantó un dedo y acomodó un rizo rebelde de su cabello por detrás de su oreja ― Si todo resulta en fracaso… ― se encogió de hombros ― Prometo no volver a molestar.
Frunció la boca, pensativa. Esto no iba a ser bueno, pero debía convencerlo de que no eran la pareja ideal.
Pero solo había un pequeño inconveniente.
― ¿Y qué hay de tu novia Kikyo?
―Terminamos.
―No te creo ― alzó una ceja ― ¿Qué tramas, Taisho?
―Ya te dije. Me gustas y creo que podremos llegar a conocernos bien. Así qué ¿Qué dices? Solo una cita, si no sale bien haré como que nunca pasó.
Ella lo miró y después de meditarlo, asintió. Lo vio esbozar una sonrisa sincera y posteriormente darle un beso en la mejilla para salir corriendo en dirección a las canchas de fútbol.
Se quedó unos momentos ahí, pero no por mucho tiempo. Giró sobre sus talones disputa a ir al barrio japonés y reclamarle a esa bruja charlatana. Había pagado generosamente por un trabajo el cual no había surtido efecto.
―Tu estúpido amarre no funcionó ― reclamó solo al entrar al local. ― Quiero mi dinero de regreso.
Ahora la bruja llevaba un vestido azul cielo con los mismos bordados que el anterior y una flor amarilla por broche. La anciana esbozó una sonrisa.
―Yo creo que sí. De hecho, no fue tan difícil hacer que se resistiera al hechizo. Me atrevo a decir que alberga sentimientos profundos por ti desde hace mucho.
― ¡Pero él no era! Además, ese imbécil no me gusta.
De hecho, no sabía cómo Inuyasha se las había ingeniado para averiguar su número y a cada rato le mandaba mensajes, mensajes que dejaba en viso.
La bruja le indicó que la siguiera y la llevó al mismo cuarto. Ambas tomaron asiento y la mujer comenzó a repartir las cartas, haciendo que Kagome la partiera por la mitad en dos ocasiones. Dejó tres boca abajo.
Levantó la primera, después la segunda y por último la tercera.
―Quiero que revierta esto.
La anciana seguía en silencio mirando las cartas.
― ¿Entendió?
―Te dije que me buscarías pronto ― soltó de golpe la mujer ― No puedo hacer nada al respecto. Solo te diré que el hechizo durará hasta finalizar Halloween, después de eso todo lo que aconteció en el día volverá a la normalidad. Todos…― la señaló ― Menos tú, olvidaran lo que pasó.
― ¿Qué se supone que haga?
Ella sonrió y simplemente respondió.
―Disfruta porque mañana nada será igual.
Xxx
La cita que ella había imaginado que iba a ser, sería una romántica con una cena y unas velas. No una fiesta de disfraces en casa de Bankotsu, amigo de Inuyasha y Koga.
Inuyasha la había dejado sola por unos momentos para ir por unas bebidas. En frente de ella esta Kikyo, mirándola con el cejo fruncido.
Pero volvió a recordar a Koga y trató de buscar y su corazón sufrió una profunda depresión, apartado de ahí, se encontraba con una pelirroja a beso tendido. Es justo ahí cuando comprendió que él jamás sería de ella por mucho que se esforzara.
Un vaso de plástico en color rojo apareció en frente de ella y al girar la. Cabeza se encontró con Inuyasha, vestido de vampiro.
―Gracias ― dijo, aceptando un poco desconfiada el vaso.
¿Tendría algo malo? Y si era así ¿La usaría para aprovecharse de ella, tomarle fotos y subirla en todas las redes?
¡Que canalla!
Pero Inuyasha era más listo que ella y adivinó sus pensamientos.
―Está limpia la bebida.
―No dije nada ― le dio un trago a su bebida.
―Lo vi en tus pensamientos.
― ¿Ahora eres Edward Collen?
―No ― negó ― Él es aburrido y yo soy más interesante ― le guiño un ojo.
Ante esa respuesta no le quedó más remedio que reír. En realidad, sí que era vanidoso.
― ¿Te han dicho que eres un engreído?
Inuyasha se encogió de hombros.
―Ya he perdido la cuenta.
De pronto vio la hora en su reloj, eran las nueve de la noche, faltaba poco para que dieran las doce y todo esto hubiese terminado.
Inuyasha frunció el cejo, el ambiente comenzaba a aburrirlo y por el ruido, no podía escuchar la musical voz de aquella chica.
La miró, era bonita. Piel blanca y unos ojos chocolate que eran demasiado expresivos de cerca y dueña de una sonrisa contagiosa.
Reparó en sus labios y quiso probar de ellos, pero el ambiente en el que estaban era tenso. Sus amigos lo miraban intensamente y temía que, si hicieran algo, terminarían por espantarla.
―Estoy comenzando a sentir calor.
Para su fortuna ella asintió y juntos salieron a un parque, ella tomó asiento en un columpio y él hizo lo mismo. El silencio entre los dos estaba presente, ambos contemplaban el cielo nocturno y Kagome se permitió verlo por primera vez.
Desde el hechizo no habían peleado en todo el día, incluso hasta se la pasaban bromeando.
Vio su perfil, su nariz puntiaguda, esa cabellera larga y sus ojos dorados.
Era guapo.
¿Por qué nunca lo notó? Seguramente estaba más interesada en pelear con él que verlo con atención o tal vez si lo había hecho, solo que utilizaba las peleas como un mecanismo de defensa en dado caso que le llegase a gustar.
― ¿Qué harás después del instituto? ― él le preguntó.
Había pensado muchas veces que estudiar hasta que por fin decidió diseño de interiores. Claro, su madre dio un grito en el cielo ante su decisión.
―Estudiar diseño de interiores ― lo miró ― ¿Y tú?
Él le dio un trago a su bebida y después la miró a ella.
―Seguiré la tradición familiar. Estudiar medicina.
―Esa es una buena elección ― lo alentó ella.
―El detalle que no me gusta la sangre ― le guiño un ojo.
―Te disfrazas de vampiro, no te gusta la sangre. Espero que no te desmayes con tu primera sutura.
Él sonrió y por último soltó una pequeña risa. Y de pronto se le quedó viendo.
― ¿Por qué nunca hemos hecho esto? ― preguntó de golpe.
Kagome también lo miró y simplemente se encogió de hombros.
―Lo mismo me he estado preguntando.
―Tal vez será que estamos más empeñados en discutir.
Kagome jugueteaba con el líquido de su vaso, había una pregunta que rondaba su mente y no iba a dejar pasar la oportunidad. Aunque desde luego sabía que después del hechizo él regresaría con Kikyo.
― ¿Qué pasó para que terminaras con Kikyo?
Inuyasha observó el pasto antes de responder y luego a ella.
― ¿Te ha pasado que cuando estas con una persona sientes que no eres tú?
Ella asintió.
―No es que sea un desgraciado, es solo que no era yo mismo estando a su lado ― le dio un trago a su bebida ― En el fondo creo que ella sintió lo mismo.
―Es porque a ti no te miró feo como a mí.
La miró y esbozó una sonrisa.
―Supongo que no le agradó que saliera contigo. ― concluyó.
―No ― Inuyasha negó ― Más bien porque eres mucho más linda que ella y sobre todo divertida.
Y tras esas palabras se sonrojó de todas partes.
―Háblame de ti ― él le preguntó ― Qué te gusta hacer.
No sabía si era correcto que se conocieran, después de todo la que saldría afectada en todo sería ella misma. Irasue le había advertido que ella sería la única en recordar todo lo que sucediera ese día.
Así que respondió de la manera más honesta posible.
―Hacerle brujería a los chicos que me gustan.
Él la miró con una ceja arqueada y sonrió, mostrando sus perfectos dientes blancos.
―Es bueno que yo no ocupe de eso.
― ¿Cómo sabes que no lo hice ya?
―Me habría dado cuenta.
De pronto, estuvieron más cerca de lo esperado. Sintió como iba acercando sus labios a los de ella, pero cuando estuvo a punto de besarla, Kagome se hizo hacía atrás.
―Debo volver a casa.
―Deja te llevo.
―Puedo ir caminando ― se levantó del columpio un poco nerviosa ― Mi casa no queda lej…
―Te llevo y punto.
El trayecto a su casa lo hicieron en silencio, pero eso no evitó que la tomara de la mano.
Se detuvieron en la fachada de la casa. Subió el primer peldaño y miró el reloj, faltaba un minuto para las doce y todo quedaría como un simple recuerdo.
Uno que atesoraría.
―Gracias por la cita.
Pero cuando ella giró para dejarlo solo en el porche. Inuyasha la tomó del brazo y la hizo girar en dirección a él. Ella tuvo que apoyar las palmas de las manos en si esbelto abdomen.
―No me has dicho si pasé la prueba o no.
Comenzó a escuchar unas campanadas que provenían de un lugar que desconocía.
Tres, cuatro.
― ¿Tenemos una segunda cita?
― ¿Y si no estarás aquí mañana?
Él se ahueco su cuello con sus manos y le dio un beso suave, tierno y dulce.
Cuatro, cinco, seis, siete.
Kagome se dejó llevar por el mágico instante. Era la primera vez que la besaba un chico y siempre había imaginado que fuese Koga, pero por alguna extraña razón que no podía explicar, se sentía completa, dichosa.
Ella fue la primera en parar cuando sintió que el aire les faltaba.
―Estaré aquí mañana ― dijo, mientras apoyaba su frente en la de ella.
―Si ― asintió, mirándolo tiernamente ― Una segunda cita no vendría mal.
Ocho, nueve.
Le dio un timo beso y fue retrocediendo, sin dejar de verla. Luego, tras una última mirada, giró sobre sus talones y se fue.
Once, doce.
―No, no estarás aquí hoy.
El sonido de la alarma la despertó. Bajó a tomar el desayuno y si esperaba un sermón por parte de sus padres sobre la hora que llegó, estaba equivocada. Era como si nunca lo hubiese hecho, al contrario, estaban riendo sobre algún comentario gracioso.
Verlos así de enamorados era lo que esperaba en el futuro. No a un chico que solo se mostrara interesado en ella solo para pedirle ayuda con la tarea.
Eso se había acabado, los días de rogarle una oportunidad a Koga se habían ido al caño en cuanto los labios de Inuyasha tocaron los suyos.
Sin duda era una lástima, él no recordaría nada de lo que pasó ayer y eso era lamentable.
Al llegar al instituto, como siempre Sango la recibió con cariño. Ella tampoco recordaba nada. Tal y como la bruja Irasue le había advertido, todo regresó a la normalidad.
―Hola preciosa.
Escuchó el tono meloso y fastidioso de Koga. Ese que usaba cuando pedía algo.
―Sabes, he pensado mucho en ti.
Kagome fingió prestarle atención. Sabía dónde había estado la noche anterior, así que era evidente que jamás pensó en ella.
―No me lo creo ― respondió con ironía, ante el asombro de Sango ― ¿Y qué pensaste?
Intentó acorralarla entre su cuerpo y un casillero, pero ella lo evitó.
―Debemos salir algún día. Claro, después de ayudarme con mi tarea.
Ya sabía por dónde iba. Así lo había hecho en el pasado y ella de idiota siempre caía en esa. Cuando en realidad terminaba por hacerle la tarea y no salir con él.
Pues bueno, hoy no estaba de humor como para aceptar su propuesta que no terminaría en nada.
―Hoy no ― puso una mano en su hombro ― Pienso que deberías hacerte responsable por tus cosas, Koga. La verdad es que ya no sé si quiero salir contigo.
Pero cuando pasó a un lado de él éste el sujetó del abrazo, apretándolo con fuerza.
― ¡Me lastimas bruto!
― ¿Repite lo que dijiste?
―Que me lastimas.
―Eso no, lo último ― la movió bruscamente y la atrajo a él ― ¿Cómo está eso que ya no quieres salir conmigo?
Algunos se habían arremolinado alrededor de ellos y contemplaban la escena.
Kagome frunció el cejo. No conocía su lado agresivo y eso le dio miedo.
― ¡Suéltame!
―No ― él negó ― Hasta que…
Pero alguien lo apartó de ella de un solo movimiento.
― ¡¿No escuchaste lo que te dijo, idiota?!
Kagome alzó la cabeza y se encontró con Inuyasha, sosteniendo de los hombros a Koga. Ahora era él quién lo sometía contra los casilleros.
Koga sonrió, malévolamente.
― ¿Desde cuándo te importa un ratón de biblioteca, Inuyasha?
― ¡Cállate! ― volvió a azotarlo contra el casillero ― Si vuelvo a verte cerca de ella, te destrozare con un visceral placer.
Ante propios y extraños lo soltó y tomó de la mano a la joven. Ambos salieron a los jardines y fue directo hacia una banca, esperó a que ella se sentara primero para después hacerlo él.
Ninguno de los dos hablaba ¿Qué podía decir ella? Él hechizo se había roto y todo lo que hablaron en la fiesta y de camino a su casa había sido borrado de la mente de Inuyasha. Menos en la de ella, tal y como lo había predicho la anciana.
La miraba con el cejo fruncido, acercó sus manos y levantó delicadamente su cuello. Era como si estuviera cerciorándose de que Koga no la lastimara.
―Estoy bien ― lo apartó de un manotazo ― No deberías preocuparte. Puedes ir con tu novia Kikyo.
Si las cosas regresaron a la normalidad, era evidente que ellos dos regresaron.
― ¿No te acuerdas lo que pasó anoche?
Ante esa pregunta, Kagome frunció el cejo y levantó la cabeza para mirarlo. Sus ojos dorados brillaban bajo la luz del sol. Bonitos y transparentes.
Abrió la boca y después la cerró, temía que si decía algo pudiera romper algo que estaba surgiendo entre ellos.
Tomó su rostro entre sus manos y la miró intensamente, con esa mirada de enamorado.
―Te dije que iba estar aquí hoy.
El pequeño corazón de Kagome dio un salto de emoción, tal vez de alegría. Había preguntas que hacer, pero tal vez se las haría después a la bruja, hoy no, ni en este momento. Por ahora dejaría que esos labios que se acercaban peligrosamente a ella la besaran.
Lejos de ahí, una mujer observaba lo que pasaba desde su bola de cristal. Encendió y un cigarrito y al soltar el humo este envolvió la esfera. Esbozó una sonrisa, luego empezó a reír.
Y como si estuviera mirando a alguien, dijo esta última frase.
―Nada bueno sucede después de las doce...― miró a la pareja tras el cristal ― Bueno, tal vez sí.
Hola, espero les haya gustado.
Dinámica hecha por la página de Faces "Mundo Fanfics Inuyasha y Ranma" , que, por cierto, muchas gracias por todo el apoyo que les dan a los fickers. Si aún no están en esa página, vayan, únanse, la verdad es que la van a pasar de lux.
Lo hice medio juvenil, espero haya dejado un buen sabor de boca y bueno, nos vemos en otros retos.
Hay una anécdota que, si quiero contar, tengo una conocida que se dedica a la brujería (cabe decir que yo no pido trabajos y no me ha leído las cartas) pero esa señora como pago pide que le lleven un doce de cerveza oscura (indio para variar) y de eso lo tomé, cuando Irasue le pide las dos cervezas. Obvio por ser adolescente no le pidió un doce, sino por lo que estaba a su disponibilidad.
No deje explicado el final, pero puedes darle el que tú quieras.
¿Por qué Inuyasha no olvidó nada?
Bueno, tal vez Irasue metió mano para que él tampoco olvidara a Kagome o que él también hubiese visitado a esa bruja para que le hiciera el mismo favor.
