Este fanfic forma parte del conjunto de obras creadas para celebrar los 20 años de Drarry en español.
#Celebrando20AñosDeDrarryEnEspañol
#HomenajeAHojaVerde
Antes de que puedan leer este desastre que hice, quiero dedicar unas palabras para Hoja Verde, la escritora que estoy homenajeado con esta historia.
Querida HojaVerde: Muchas gracias por hacer que mi estadía en el fandom fuera hermosa, tal vez nunca hemos hablado directamente, pero a través de tus historias me he sentido conectada de alguna manera contigo y eso es algo que no muchas escritoras pueden lograr. Espero disfrutes este pequeño homenaje.
Disclaimer: Harry Potter pertenece a J.K. Rowling.
También, un abrazo enorme a mi beta (Candy), que sin ella, esto no hubiera quedado tan lindo y perfecto.
Almas gemelas, introducción al mundo mágico: ¿Qué son?
Guía básica para un nacido de muggles
Por muchos años, magos y brujas han tratado de explicar el misterio que rodea al origen de la magia. Siempre buscaron el porqué de todo lo que pasaba. Sin embargo, aunque muchas de las cosas que hace milenios se desconocían y que gracias a estudios de cientos de magos y brujas se les ha encontrado una respuesta que satisface a la mayoría de las personas, nunca se encontraría la verdad absoluta sobre una cosa: las almas gemelas.
Se dice que todo comenzó cuando la primera chispa de magia nació en un ser vivo e, inmediatamente, otra chispa se produjo en algún lugar del mundo, haciendo que fueran compatibles a niveles insospechados. Y así siguió por siglos, la magia fue creando chispas por muchos lugares, divirtiéndose, jugando con su poder para que dos seres unieran sus vidas a través de esa conexión tan fuerte que amablemente les había concedido.
Ningún mago o bruja tiene el atrevimiento de tocar a las almas gemelas. Es algo sagrado dentro de la comunidad mágica y cualquier cosa que dañe a las personas unidas por esa bendición sería un sacrilegio directo a la magia misma, porque no solo atacarían a las dos almas unidas, sino que cuestionarían a la entidad mágica que ha dado su aprobación a esa conexión. No corrompas ese vínculo. No debes tocarlo o es probable que termines maldito por el resto de tu vida.
Existe una vieja inscripción que ha rondado por todos lados y esa es la única explicación documentada que existe sobre las almas gemelas. No por falta de estudios, sino porque todos los seres mágicos saben todo lo que deben saber sobre estas y no hace falta que el funcionamiento de la unión sea explicado.
"Tú alma gemela será aquella que logre librarte de todo el dolor. Aquella en que la representación de tu felicidad está marcada en su piel. Cuando eso pase, solo entonces, sabrás que habrás encontrado a la persona que te librará de todo el dolor que alguna vez padecerás".
Narcissa Malfoy era una bruja sangre pura que estaba consciente de todos los misterios que conllevaba la magia y la lucha que en ese momento se llevaba a cabo fuera de las paredes de la Mansión que la protegían a ella y a su primogénito. Una guerra que tarde o temprano terminaría por alcanzarla e inevitablemente llegaría a su pequeño bebé, sin embargo, siempre pensó que tendría más tiempo. Fue ingenua. Una bruja que no tenía control sobre la situación pero que solo fue consciente de esto cuando todo lo que pudo hacer fue observar cómo su bebé se rodeaba de una luz dorada en su cuna.
Ella supo lo que significaba antes de que los fuertes gritos de Draco la sobresaltaran. Agarró a su bebé con la práctica que un año le había concedido, pero sintiendo que no podía hacer nada para aliviar el dolor que estaba padeciendo su pequeño.
Su bebé acababa de reconocer a su alma gemela, absorbiendo el dolor que esta estaba sintiendo.
Narcissa no quería entender, aun escuchando el doloroso llanto del pequeño que cargaba. Era imposible que las almas gemelas se conectaran a tan temprana edad. Se suponía que solamente un enorme dolor, cercano a la muerte, podía manifestar la capacidad de absorber el dolor de su alma gemela. Algunas ni siquiera lo lograban y descubrían quién era cuando producían su patronus y este coincidía con el tatuaje único que aparecía a los dieciséis años. Por eso mismo, seguía sin entender el porqué de los eventos que habían llevado a que Draco sufriera esto con tan solo un año. ¿Cómo era posible que un bebé se encontrara tan cerca de la muerte para que el suyo tuviera que absorber parte o todo el dolor? Sacudió su cabeza, no queriendo pensar en las posibilidades que se le venían a la mente, sabiendo perfectamente el lugar al cual se había dirigido su marido.
Continuó arrullando a su bebé con una elfina al lado ante cualquier cosa que necesitara o si la situación empeoraba, sin embargo no lograba calmarlo. Los ligeros gimoteos que producía Draco empezaban a preocuparla. No quería darle una poción calmante para bebés, aunque fuera la opción más lógica, pero, aun así, Narcissa no estaba dispuesta a arriesgarse. No tenía idea del estado en el cual se encontraba el otro niño y ni siquiera si otra oleada de dolor venía y su hijo se encontraría inconsciente para poder protegerse. Así que no, cualquier poción estaba descartada.
Después de unos momentos, el brillo dorado que Draco había seguido emitiendo fue disminuyendo, así como también su llanto. La respiración de su hijo estaba agitada y su cara se encontraba roja por el esfuerzo de llorar, además de que el dolor que seguramente había absorbido no lo dejaría por un tiempo. Porque, aunque él no tuviera la herida, al decidir padecer ese dolor por el otro bebé, era imposible retirarlo, tendría que pasar por todo el proceso de sanación. Una consecuencia desgarradora para un niño de tan solo un año.
—Draco, hijo mío —murmuró con angustia al escuchar cómo el llanto se reanudaba, no dándole descanso a su bebé.
No sabía qué hacer. Se negaba a ir a San Mungo por el riesgo que eso conllevaba hacia su familia y se sentía impotente. Ni siquiera podía lanzarle un hechizo para aliviar su dolor porque no sabía cómo afectaría a la magia tan voluble de un niño que estaba experimentando la aceptación de su alma gemela.
De alguna manera, se las arregló para poder sostener a Draco con un brazo, recargándolo en su pecho, aunque este estuviera retorciéndose por la incomodidad y dolor que sentía, y salió de la habitación, con la varita en la mano que tenía desocupada. Una mueca de disgusto se mostró en su rostro. Era inconcebible que ni siquiera en su propia casa pudiera estar a salvo.
En momentos como este, Narcissa dudaba si la decisión que habían tomado los Malfoy fuera la correcta. Sin embargo, no existía tiempo para arrepentirse, solo podían levantar la cabeza hacia las consecuencias que sus actos habían generado. Para bien o para mal, ella saldría de esto. Era una Slytherin, una Black y, por encima de todo, era una madre con un hijo al que proteger.
Negó con la cabeza mientras se dirigía con premura a las mazmorras con Draco llorando todo el camino y alterando a los cuadros de la Mansión que miraban con curiosidad la luz dorada que rodeaba el pequeño cuerpo del bebé. Los susurros que compartían los antepasados Malfoy al darse cuenta de lo que pasa con el heredero estaban haciendo que Narcissa se pusiera rígida, apresurando sus pasos para llegar a su destino lo más pronto posible.
No temía porque algún retrato le revelara lo que estaba pasando a alguien, después de todo, antes que cualquier visitante que pisara la casa, estaba el heredero. Pero eso no quitaba el hecho de que Narcissa no quería que nadie supiera de la extraña anomalía que presentaba su hijo, más cuando ella no tenía ninguna respuesta para explicar lo que pasaba.
Y precisamente por eso es que se dirigía en búsqueda de la única persona que estaba segura que la ayudaría con su pequeño. Después de todo, no lo había nombrado su padrino por nada.
Su túnica se agitó cuando ingresó a los complicados laberintos subterráneos de la mansión y sujetó con más fuerza su varita y a Draco antes de avanzar con decisión al laboratorio de pociones. Ella sabía que estaría ahí, lo conocía demasiado bien. Sin embargo, cuando llegó ahí, sostuvo el picaporte con cierto miedo recorriendo su cuerpo. Temía a lo desconocido, a las mentiras que se iban a originar en esa habitación. ¿Estaba haciendo lo correcto? ¿Podría soportar el peso que traería consigo el ocultar dicha información?
Un ligero gimoteo resonó por el estrecho pasillo, haciendo que se sobresaltara y mirara de inmediato a Draco. Unos ojos grises llenos de lágrimas le devolvieron la mirada. Tan inocente, tan doloroso. Era su bebé. Su hijo. Su decisión se solidificó y empujó la puerta, interrumpiendo en uno de los lugares sagrados del mago al que iba a visitar.
El fuerte olor a pociones la golpeó de inmediato y supo que había encontrado al mago cuando una gran túnica revoloteó al girarse ante el ruido que había producido por entrar a la habitación. La vista le hizo sonreír en contra de su voluntad porque Severus Snape no cambiaba por nada del mundo.
—Narcissa —saludó el mago cuando reconoció quién era. Agitó con maestría su varita, pasándola por encima del caldero con el cual se había encontrado trabajado. Sospechaba que acababa de echar un encantamiento de estasis en la poción. Desechó el pensamiento con una sacudida de cabeza, no queriendo distraerse con nimiedades.
—Severus —respondió con cordialidad.
Se adentró al cuarto, cerrando la puerta detrás de ella con un hechizo y, como precaución extra, también uno de silencio. Sintió, más que vio, cómo el hombre se ponía tenso al percatarse de los hechizos, pero tuvo que agradecerle en silencio cuando no hizo nada para evitar que protegiera la habitación. Una vez que acabó, guardó su varita y acomodó a Draco, haciendo que este soltara otro ligero llanto por el movimiento.
El sonido hizo que los ojos oscuros de Severus se dirigieran al bebé y la única muestra de impresión ante la luz dorada que cubría al niño fue un ligero movimiento en sus manos. Por supuesto que el mago sabría qué sucedía, Narcissa había confiado en eso.
—Tienes que ayudarme. Por favor.
El ligero temblor en su voz evidenciaba lo afectada que se encontraba con todo lo que estaba pasando. Y Snape lo notó. Narcissa lo entendía, incluso ella estaba asombrada de cuán sobrepasada se sentía. Severus avanzó e hizo un amago de tomar al bebé de sus brazos, haciendo que ella retrocediera y se pusiera en guardia inmediatamente. La reacción instintiva ante una posible amenaza la tomó por sorpresa.
—Tengo que revisarlo —Snape habló con lentitud, no queriendo asustarla más. Narcissa se sintió como una estúpida, sabiendo que el mago nunca le haría daño a Draco.
Con cuidado, tratando de no moverlo demasiado, le entregó a su hijo. El repentino vacío en sus brazos fue abrumador. Se abrazó a sí misma mientras observaba cómo Severus movía su varita, lanzándole hechizos de diagnóstico a su pequeño bebé, la impotencia recorriendo su propio cuerpo al no poder hacer nada más que mirar.
—Creo que tú misma sabes la respuesta ante lo que está sucediéndole a Draco —dijo el mago cuando terminó de revisarlo. La oscura mirada estaba clavada en el bebé y Narcissa no podía identificar los sentimientos que reflejaba. Eran demasiado intensos como para intentar siquiera comprenderlos.
—Lo sé.
—No podemos hacer nada más que esperar a que su magia lo proteja lo suficiente. Debe hacerlo, aunque es imposible predecir qué pasará. No hay ningún registro de que un bebé absorbiera el dolor de esta manera. Al menos, no tan joven y con esta intensidad —la voz lenta de Severus se sentía como una condena, confirmándole sus mayores temores. Asistió con la cabeza y estiró sus brazos para recoger a su bebé—. Es treinta y uno de octubre. El Señor Oscuro fue a… —Narcissa lo detuvo con una dura mirada. Entendía perfectamente lo que Snape quería decir, pero no estaba dispuesta a sentenciarlos de esa manera.
—Lo sé. No te atrevas a pronunciarlo y ni se te ocurra siquiera pensarlo de nuevo en compañía de nadie.
Solo un dolor cercano a la muerte podía hacer que el alma gemela de Draco tratara desesperadamente de buscarlo para compartirlo y así poder sobrevivir. Y solo había un niño en peligro de muerte en ese momento. Pero Narcissa se había impedido pensarlo. Era inconcebible.
Sacudió su cabeza y acunó de nuevo a su bebé. Podía sentir la pesada mirada de Severus, pero se negó a devolvérsela. Por ahora, solo le importaba el bienestar de su hijo. Cualquier otro pensamiento era irrelevante.
—Narcissa…
—No, Severus. No puede ser. Es imposible que la magia sea tan cruel.
Volvió a negarse. Como madre del ser que sostenía en brazos, estaba demasiado reacia a aceptar el destino lleno de sufrimiento que le esperaría a su pequeño si su teoría resultaba ser correcta. Observó cómo Severus volvía a abrir su boca, seguramente queriendo reprocharle por su terquedad en aceptar la realidad, pero no tuvo tiempo cuando el sonido de una aparición resonó en la habitación. Narcissa de inmediato alzó su varita, una maldición brillando en la punta. El breve destello de dorado hizo que se detuviera a tiempo. Su mano cayó floja a un costado de su cuerpo, sintiendo cómo la tranquilidad que había perdido en el momento en que Draco empezó a llorar regresaba a su cuerpo. Ese efecto solo lo podía causar una persona.
La figura se enderezó al percatarse en dónde se encontraba. Los ojos recorrieron la habitación, analizando las personas que lo rodeaban antes de dejarse caer en una silla a su espalda cuando decidió que ninguna de ellas representaba una amenaza para él. Con elegancia, se quitó la máscara que aún cubría sus facciones, desechándola en una de las mesas.
Pero el ambiente no se sentía ligero en absoluto. Sobre todo, por las palabras que salieron de Lucius Malfoy, que, sin saberlo, sellarían el destino de su heredero.
—El Señor Oscuro ha caído.
Narcissa notó la forma en que todo su cuerpo se tensaba mientras procesaba lo que aquella simple oración podía significar. La mirada que compartió con Severus se sintió como una confirmación.
Observó de nuevo al pequeño que aún sostenía fuertemente contra su pecho y en ese momento decidió que no importaba lo que costara, siempre iba a elegir la felicidad de su hijo por encima de todo. Incluso si tuviera que luchar con uñas y dientes contra todo el mundo mágico para conseguirlo.
Harry siempre tuvo la consciencia de que era especial. Probablemente muy en el fondo, pero estaba ahí. Esa espinita que le decía que no era como los demás niños en el colegio.
Ningún compañero de su escuela sabía cambiar el color de cabello de su profesor, ni lograban encoger un suéter. Y Harry no iba a mencionar la vez que acabó encima del techo de un salón de clases mientras escapaba de Dudley.
Pero lo que, en la humilde opinión de Harry, lo hacía más genial, más asombroso que los otros niños, era qué él no sentía dolor cuando se lastimaba. ¡Ninguno! Nadie le creía cuando le pasaba algo y él no hacía muecas ni se quejaba. Pero ¿cómo se podía quejar cuando no sentía nada? No podía fingir un dolor que no estaba ahí, ¿cierto?
Sin embargo, algo que nunca le contó a nadie por temor a que sus tíos cumplieran la promesa de mandarlo con doctores muy malos, fue que sí sentía dolor. No cuando se tropezaba o cuando su tío Vernon lo agarraba demasiado fuerte del brazo para arrojarlo a la alacena, no. Algunas veces, sentía un escozor intenso en las manos, como si alguien le hubiera pegado constantemente ahí, pero nadie lo tocaba, así que no era posible que se le olvidara. Eran pequeños dolores, cosas que no debería sentir porque nunca hacía algo para pegarse en las manos o en las costillas. Pero ahí estaban, doliéndole en la madrugada, sin que Harry pudiera hacer nada o decirle a alguien sobre eso.
En algunas ocasiones Harry deseaba que sus padres, aquellos a los que su tía Petunia decía que eran unos ebrios irresponsables, estuvieran ahí. En especial aquella noche, cuando sintió un dolor inmenso que lo hizo gritar tan fuerte que despertó a medio vecindario e hizo que la policía y ambulancias llegaran a la casa de sus tíos.
Bueno, mentía un poco. Aunque puede que el dolor que sintió en aquel momento lo hubiera hecho delirar, nunca se sintió solo. Siempre había alguien ahí, acompañándolo. Harry trataba de alcanzar esa presencia con todas sus fuerzas, pero, hasta ese momento, nunca había logrado siquiera tocarla. Ahí, puede que sí quisiera a sus ebrios padres. A lo mejor ellos sí lograrían alcanzar a esa persona y lo ayudarían. O puede que fueran igual que sus tíos, después de todo, no se podía confiar en los ebrios, ¿verdad?
El atronador sonido de las olas en el mar lo sobresaltó, sacándolo de sus pensamientos. Harry se aferró más a su delgada manta, la única protección que tenía ante los monstruos marinos que había fuera de esa pequeña cabaña. No sabía por qué estaban ahí. ¿Qué podía contener aquella carta para que sus tíos estuvieran tan asustados? Tal vez era un secuestrador, que pedía una recompensa y no querían pagar. O era el cobrador del banco del que tantas veces Harry se tuvo que deshacer por orden de su tía Petunia.
En otras circunstancias, tal vez Harry hubiera tenido razón, pero pronto descubriría, cuando un enorme hombre entrara derrumbando la pequeña puerta de la cabaña en donde se encontraban, asustando a Dudley y a sus tíos en el proceso, que, tal vez, había algo malo en él y no era tan especial como pensó antes.
Draco sabía muchas cosas. Era un niño inteligente, como siempre decía su madre cada vez que decía algo fuera de lo común. Por ejemplo, siempre supo qué tipo de dulces eran los favoritos de Pansy a pesar de que se hacía el tonto cuando le preguntaba, también sabe qué hacer para que Dobby le dé secretos a cambio de que deje de llorar cuando su padre termina de sancionarlo. Sabe cómo no enojar a su padre y perderse en los largos pasillos de la mansión para esconderse y así poder hablar con los retratos de sus antepasados. Pero, en opinión de Draco, todos esos datos eran incomparables con lo que en realidad sabía aun cuando nadie se lo decía explícitamente.
Porque Draco sabía que tenía un alma gemela. Y eso era muchísimo mejor que saber el color favorito de su mamá.
A decir verdad nunca supo cómo es que estaba tan seguro de eso. De que allá afuera existía una persona que era capaz de completarlo en todos los sentidos. Que podría jugar con él en esa mansión tan grande, incluso podrían compartir los dulces que tanto le encantaban. Igualmente, había aprendido a nunca mencionar a esta persona tan especial cerca de los oídos de su padre ni de sus invitados. La última vez que lo hizo… Draco se estremeció al recordarlo e hizo una mueca ante todo el dolor que su alma gemela debió sentir. Desde ese día, aprendió a callarse todos los pequeños dolores que a veces sentía por heridas que nunca se había hecho, solo se permitía quejarse con Dobby, porque necesitaba a alguien con quién hacerlo, por supuesto.
Cuando se levantó esa mañana, nunca pensó que su día cambiaría para siempre. Para bien o para mal, era el punto de inflexión en donde los caminos de las almas gemelas se cruzarían.
Draco caminaba por las calles del Callejón Diagon con una seriedad que nunca sería normal para un niño de once años. Flanqueándolo, sus padres andaban con la barbilla en alto, demostrando el poder que la familia Malfoy tenía. Realmente, él no sabía por qué la compra de materiales para ir a Hogwarts necesitaba de la familia completa, pero desde hace mucho había aprendido a no cuestionar las decisiones de su padre. Se aferraba con fuerza a la delgada mano de su mamá, no acostumbrado a las multitudes, pero sin ser muy evidente porque no quería recibir un regaño.
Avanzaron unos metros más antes de que su padre decidiera ir a ver escobas para comprarle una incluso cuando no se la iba a poder llevar ese año al colegio y su mamá lo dejara con Madame Malkin y se fuera con el señor Ollivander, porque necesitas una varita apropiada para tu estatus, hijo.
Draco, sin importarle realmente qué hacían sus padres (estaba acostumbrado a que lo dejaran solo), entró a la tienda y siguió todas las instrucciones que Madam Malkin le dio después de recitar de memoria el tipo de tela que su madre le había dicho que era la correcta para un estudiante sangrepura en su primer año de Hogwarts. Casi pudo sentir la exasperación de la bruja antes de complacerlo y hacer que se subiera a una plataforma para tomarle las medidas.
Se encogió de hombros, decidiendo no hacerle caso y mientras la cinta y telas flotaban a su alrededor la mente de Draco empezó a divagar. No había visto a Dobby esa mañana y quería saber si había conseguido nuevos dulces que pudieran compartir, también tendría que ir a ver a Theo y presumir de la nueva escoba que seguramente tendría. Distraído como estaba, apenas notó cómo la puerta se abría, revelando a un niño menudo y demasiado pequeño.
No. Draco ni siquiera lo había visto, pero por supuesto que lo sintió.
(Muchos años más tarde, se preguntaría cómo es que logró sentir a su alma gemela de esa forma. Pensaba que eso fue una especie de mal augurio, después de todo, no había registro de otra unión como la suya, tan intensa, tan destructiva y desgarradora).
Su cabeza se alzó de inmediato, todos los pensamientos fueron empujados hacia el fondo de su cabeza cuando las palabras es él llegaron a su mente. Todo su ser y magia gritaban ante la presencia del extraño que en ese momento se subía a una plataforma a su lado. Draco no podía pensar con claridad, solo podía fijarse en la forma en que los feos lentes se resbalaron cuando el niño agachó la mirada para observar la cinta métrica que iba a moviéndose a su alrededor. Sus ojos se maravillaron por el cabello negro tan desordenado, queriendo acomodárselo para así lograr que su madre mirara a su alma gemela como un perfecto señorito sangrepura.
Sin embargo, lo que se quedaría en su mente para siempre, cuando quisiera recordar aquel momento en sus días más oscuros, serían los asombrosos ojos verdes que lo miraron con curiosidad. Draco no podía dejar de observar a la fascinante criatura que tenía delante de él.
Quería impresionarlo. Mostrarle qué tan genial podía ser él y que, aunque fuera obvio que el niño no lo había identificado como su alma gemela, debía saber que Draco sería una excelente persona para él. En cambio, lo único que logró de hablar con aquel niño, después de presumirle todas las cosas por las que sus amigos le tenían envidia, fue una mirada confusa. Aquellos ojos verdes tan lindos transmitían un disgusto hacia el niño rubio que no le gustó a Draco.
¿Qué fue lo que hizo mal?
Sacudió su cabeza, sintiendo cómo algo dentro de él se rompía al ver la figura del niño alejarse del él, sin que pudiera hacer nada para detenerlo. Era su alma gemela, estaban destinados a estar juntos por siempre. ¿Por qué al niño de ojos verdes le caía mal? Dejó caer sus brazos a los costados de su cuerpo, sin importarle arruinar todo el trabajo de Madam Malkin.
Lo intentaría de nuevo en el tren. Iba a arreglar todo lo que había hecho mal y sería amigo de ese niño.
Primer año: Hey, soulmate
Harry nunca supo en qué momento fue que se percató que algo raro pasaba con él. Tal vez fue cuando solo pudo pensar en unos ojos grises al volar a través del campo de Quidditch en su primer partido. O esa vez que se enfrentó al troll para salvar a Hermione y el destello de una cabellera rubia fue lo que le dio fuerza para levantar el mazo.
Pero, sin duda, lo más relevante fue esa noche, hace unos cuantos días, cuando fueron en búsqueda del profesor Snape para así poder proteger la piedra filosofal y se encontró de frente con Voldemort. Lo único que su joven mente podía pensar era un nombre, uno que nunca habría relacionado con él.
Y seguía sin creerlo, ahí, sentado en la cama de la enfermería después de la extraña plática con Dumbledore y de recibir visitas de todos sus amigos para saber cómo estaba. Harry aún no podía concebir la cantidad de gente que se preocupaba por él. Sus dedos delinearon el borde de la sábana que lo cubría, la luna se alzaba en lo alto de la noche, su luz iluminando la sala, haciendo que se sintiera triste por alguna razón.
No sabía por qué estaba despierto. Solo tenía la sensación de que debía esperar. Algo dentro de él le impedía cerrar los ojos y sumergirse en el sueño reparador que tanto necesitaba. Sacudió su cabeza y su mano se cerró en un puño, arrugando la sábana que tenía encima. Era tan extraño, tan absolutamente raro que no sabía qué pensar. Toda la magia era un dolor de cabeza. Es decir, no es que Harry se arrepintiera de tenerla, de hecho, se sentía un poco indigno de portarla. Solo que el mundo mágico no era como se imaginaba. No es como si pudiera cambiarlo, pero ganas no le faltaban. Siguió despierto por otros largos minutos, sin ser consciente de cómo poco a poco su joven magia se iba soltando, llamando a alguien a unirse a él. Nadie podía culparlo por el salto que su cuerpo dio cuando la puerta de la enfermería se abrió un poco y observó con ligera conmoción que una figura se infiltraba en la habitación.
Lo primero que notaron sus ojos fue el reluciente logo de Slytherin que llevaba la túnica del intruso, después se fijó en el suave cabello dorado que destacaba con la luz que se filtraba de las ventanas. No sabía por qué Draco Malfoy estaba ahí, escabulléndose por la enfermería hasta llegar a su cama a mitad de la noche.
—¿Malfoy? —preguntó aún sin poder creer que estuviera pronunciando ese apellido.
En defensa del niño rubio, Harry tenía que admitir que se le notaba incómodo, toda su postura indicaba que no quería estar ahí, lo cual hacía menos para que pudiera entender la extraña visita.
—¿Estás bien?
La pregunta fue tan inesperada y en un tono brusco que Harry solo pudo parpadear. ¿Alguien había hechizado a Malfoy? ¿Eso se podía hacer? Ladeó su cabeza, pensando en todos los hechizos que había aprendido ese año y ninguno se sentía con la capacidad para obligar al rubio a hacer algo así.
—¿Por qué?
—Porque eres un idiota, Potter.
Un sonido ofendido salió de sus labios al escuchar el insulto y deseó tener su varita para poder lanzarle un hechizo. ¿Por qué Malfoy venía a insultarlo mientras estaba herido? ¿Iba a dañarlo más? Todo su cuerpo se tensó y miró con desconfianza al otro niño— ¿Qué quieres, Malfoy?
El rubio se acercó un paso más a la cama, quedando extremadamente cerca para poder intentar cualquier cosa en su contra, pero no hizo nada. Solo se quedó ahí, observando a Harry de una manera un tanto espeluznante. Harry prestó más atención a Malfoy, notando de inmediato la postura cansada y algo encorvada que tenía el niño rubio.
Malfoy estaba destrozado.
—Es tu culpa —la acusación había salido de los labios de Malfoy con una naturalidad que sorprendió a Harry. La mirada cargada de enojo y frustración que se mostró en el puntiagudo rostro del niño le impresionó aún más. ¿Cómo es que era su culpa que Malfoy se encontrará así?—Es tu culpa, maldito Potter. ¿Por qué te lastimas tanto? Fue horrible sentir eso, idiota. Por la sagrada barba de Merlin, ¿cómo es que resultaste tan herido?
Parpadeó lentamente. Harry no podía comprender ninguna oración que pronunciaba el rubio. Nada de lo que decía tenía sentido para él.
—¿Cómo…? —se detuvo por un momento, aún sin poder entender nada— ¿Cómo es que sabes de mis heridas?
—Porque las sentí, cararajada.
El tono que utilizó Malfoy fue uno que desbordaba sinceridad y obviedad. Algo en él le decía que debía ser evidente lo que pasaba ahí. Sin embargo, no lo era. O Harry era más idiota de lo que realmente se consideraba o le faltaba un dato importante para poder comprender la situación. Su confusión debió ser visible en su rostro, porque Malfoy dio un paso atrás, su cara mostrando incredulidad y un poco de dolor. Como si moverse le costara demasiado. El niño sacudió su cabeza, su expresión delataba que no creía que Harry pudiera ser tan tonto.
—¿En serio? Después de todo este año, ¿no te has dado cuenta? —Malfoy rodó los ojos y después hizo un movimiento que logró que Harry se tensara por la rapidez de este, aunque no tuviera manera de defenderse ante un ataque.
Sin embargo, no hizo falta que se pusiera tan a la defensiva, porque Malfoy no lo estaba atacando a él sino que se golpeó con fuerza uno de sus propios brazos. Y eso no debería importarle a Harry, ¿por qué se estaba preocupando por el idiota que se ponía a pegarse en medio de la enfermería? Pero, lo que Harry nunca esperó fue la reacción de su propio cuerpo.
Le dolió. Ahí donde el rubio se había golpeado, le ardía. Era un dolor que sintió múltiples veces, no cuando se golpeaba su cuerpo, pero sí por heridas misteriosas que nunca se reflejaban en su piel, pero que sí dolían. Fue ahí, cuando lo comprendió. Sus ojos se ampliaron por la revelación que se abría por su mente mientras Malfoy se veía tremendamente satisfecho de sí mismo.
Hace mucho, cuando aún todo era demasiado nuevo para él, tanto en la inclusión en el mundo mágico como la amistad con Hermione, habían hablado de eso, de la extraña peculiaridad que tenía la comunidad mágica que era muy diferente a la muggle. Además de lo obvio, lo que más les llamó la atención fue el continuo tema que se escuchaba en toda la escuela y que nadie decía en realidad. Como si los magos y brujas hubieran asumido que era algo que todos ya debían saber.
Juntos, fueron a la biblioteca esa misma semana, decididos a descubrir qué tanto rumoreaba la gente y que mantenían excluidos a los nacidos muggles (y a Harry, por ser un mestizo criado por muggles). Harry se había extrañado de que Hermione no supiera todavía y ella le había confesado, avergonzada, que nunca preguntó por timidez. Él la comprendió en ese sentido, tampoco hubiera querido quedar como tonto ante un tema que se suponía que debían saber.
Harry recordaba una parte en particular de esa conversación, cuando se inclinaban para poder leer un grueso libro.
—"Tu alma gemela será aquella que logre librarte de todo el dolor" —leyó Hermione con confusión. Sus ojos no se separaban del texto, demasiado concentrada en descifrar el extraño poema como para poner atención en otra cosa—. ¿Se supone tu alma gemela absorbe tu dolor? —Preguntó la castaña con incredulidad—. ¡Eso es horrible!
Harry se quedó mirando también el libro. Pensando en su capacidad para no sentir sus heridas, en los momentos en donde el dolor se propagaba por su cuerpo aun si no se hubiera golpeado y sacudió la cabeza. No era posible, ¿verdad?
—Sí, es horrible —estuvo de acuerdo el moreno con un murmullo, sin importarle que su amiga no lo escuchara.
Ahora, con el recuerdo fresco en su memoria, una nueva realización fluyó de él, observando a Malfoy que se encontraba cruzado de brazos con una sonrisa presumida en sus labios.
Su alma gemela.
Negó con su cabeza, horrorizado ante la sola idea. No quería, era imposible que Malfoy fuera esa persona tan especial que contaba el libro. Sus manos cayeron flojas a su lado mientras seguía negando con la cabeza.
—No. No quiero que seas mi alma gemela.
Las palabras habían salido de su boca antes de que tuviera tiempo de pensarlas e inmediatamente se arrepintió de decirlas, pero no se retractó. Alguna parte de él, quería decir eso. Quería rechazarlo, quería que Malfoy sufriera lo que él había sentido cada vez que lo insultaba a Harry y a sus amigos. No iba a aceptar a una persona que se parecía tanto a su primo.
Aun así, sus ojos no se apartaron de la cara del niño rubio. Necesitaba ver la reacción que sus palabras tenían en Malfoy. Pudo observar el momento exacto en el que la comprensión de lo había dicho se filtró en la mente del más chico. Un dolor crudo, emocional se mostró en el delgado rostro de Malfoy. Harry no entendía por qué, era perfectamente comprensible que no quisiera al otro chico. No era una buena persona y no lo quería en su vida.
Después de un minuto, la expresión de Malfoy cambió a un rostro en blanco, no dejando que Harry pudiera ver ningún sentimiento ahí. Se removió en su cama, incómodo. No sabía, pero sospechaba que acababa de hacer algo que haría a Hermione sacudir la cabeza con desaprobación.
—Bien.
La aceptación tan desinteresada de Malfoy se sintió mal. No era como se suponía que el rubio debía reaccionar. Harry lo miró con confusión cuando la delgada figura se dio vuelta y marchó hacia la salida de la enfermería, solo vacilando cuando llegó a la puerta, como si no quisiera irse en realidad. Su espalda se veía tensa y seguía encorvado, tan diferente a la recta postura que siempre mantenía. Incluso así parecía tan decidido a irse, pese a lo que decía su lenguaje corporal, que Harry se sorprendió cuando empezó a hablar. Su tono no reflejaba nada y, al no poder ver su cara, el moreno se sintió inseguro.
—No esperes que vuelva a venir contigo, Potter. A partir de ahora, siempre te odiaré.
Con eso, salió de la habitación, la puerta cerrándose con delicadeza detrás de él. De alguna manera, Harry hubiera querido que fuera diferente.
Podía sentir que algo se había fracturado ahí, en la oscuridad de la noche.
Segundo año: Protégelo
Draco estaba avergonzado de correr por todos los oscuros pasillos de Hogwarts para hacer eso. Sabía que no debía hacerlo. De hecho, ponía su vida en peligro y el dolor de una herida en su brazo aún no se había ido. Maldijo a Potter por lastimarse tanto antes de volver a correr. Se sentía exhausto, dolorido y frustrado. Empujó todas las emociones a un lado, concentrándose en llegar a su destino antes de que todo su plan se arruinara.
Este año había sido un desastre. Para él y para toda la escuela. Sacudió su cabeza, sin permitirse pensar en todo lo que había estropeado por su orgullo y terquedad. No era el momento para lamentarse, tenía que completar esto antes de permitirse derrumbarse.
Se detuvo al doblar en una esquina, derrapando forma un poco vulgar para su gusto. Su postura se volvió tensa y avanzó con más cuidado, retrocediendo hasta esconderse detrás de la esquina que había pasado. Vio cómo su padre esperaba fuera de la oficina de Dumbledore, con Dobby a su lado. Draco no sabía por qué el jefe de la familia Malfoy se dignaba a esperar, pero no iba a cuestionarlo, porque le servía. De hecho, aquello era perfecto. Sacó su varita, tratando de no hacer sus movimientos demasiado bruscos para no llamar la atención de Lucius y lanzó un hechizo a su elfo, buscando llamar su atención de manera discreta, como siempre lo había hecho con él cuando tenía que cuidarlo. Para su alivio, funcionó, y Dobby miró a su dirección con sorpresa y algo de alegría.
Draco no se permitió sentir tristeza por lo que estaba a punto de hacer y le hizo una seña para que se acercara. Dobby observó con miedo a su padre antes de alejarse poco a poco, caminando hacia él con lentitud para que no fuera notado. Sintió un orgullo impropio al ver cuán leal a él era el elfo, aunque no tuviera obligación de serlo. Se regocijó por unos segundos antes de centrarse cuando la criatura llegó a su lado y rápidamente se escondieron más, por si su padre se le ocurría mirar alrededor.
—Amito Draco, ¿qué desea de Dobby? —la pregunta fue pronunciada en un susurro, el elfo completamente consciente del peligro en el que podían estar ambos por aquella conversación.
Pudo ver cómo temblaba, el miedo arraigado después de años de ser castigado se notaba en la figura del elfo y, por un momento, Draco sintió que estaba haciendo lo correcto incluso si era para lograr un fin en específico. Si Dobby salía beneficiado de esto, era lo mejor.
—Necesito que hagas algo por mí —se arrodilló, poniéndose en esa posición tan vulnerable a propósito. Quería demostrarle al elfo la seriedad de la situación. Con tranquilidad que no sentía, sacó una calceta que tenía en el bolsillo y se la tendió a Dobby —Agárrala. Te libero de tus obligaciones con la familia Malfoy.
Los ojos del elfo se agrandaron y balbuceó con fuerza, negando fuertemente con la cabeza ante sus palabras y tuvo que callarlo señalando la dirección en la que estaba su padre. Respiró profundamente, tratando de calmarse a sí mismo y volvió a extenderle la calceta a Dobby. El tiempo que tenían juntos se agotaba, en cualquier momento Lucius descubriría la ausencia de su sirviente y eso arruinaría todo el plan de Draco. Tenía que apurarse.
—No tenemos tiempo para esto, Dobby. Acepta la calceta y ve con Potter. Haz lo que sea necesario para protegerlo. Tienes que hacerlo —demandó con pánico en su voz. Sabía que Dobby lo entendería con eso. Nunca le había ocultado nada en toda su infancia y, ahora, se lo daba a su otra mitad.
Aunque no se lo mereciera.
Apartó el pensamiento, no queriendo que el final del año pasado se repitiera de nuevo en su cabeza, suficiente había tenido con lamerse esa herida y no empezaría de nuevo.
Dobby cambió su expresión y asistió con solemnidad, ya no protestando ante la solicitud que a cualquier otro elfo le hubiera parecido extraña. No para él, no cuando Draco ya le había explicado lo que debía hacer por Potter llegado el momento—. Recuerda. Me odias, odias todo lo relacionado a la familia Malfoy y nunca le hablarás de esto a Potter. No debe saber que yo te envié.
Dobby volvió a asentir y agarró la calceta, guardándola en un bolsillo que tenía su harapienta funda de almohada. Con una última mirada que reflejaba toda la tristeza que sentía, volvió a caminar hacia su padre, fingiendo que todavía era un elfo de la familia hasta que fuera el momento adecuado.
Mientras lo veía irse, Draco sintió como si le hubieran arrancado una parte importante de él. Esperaba que todo esto valiera la pena.
Tercer año: Tatuaje
Harry no debería haberse sorprendido de ser empujado hacia un aula vacía después de los eventos del día anterior. De hecho, lo esperaba. Solo que no imaginaba que un Slytherin pudiera ser tan impaciente. Probablemente debería estar más asustado, pero dado que era imposible que el otro pudiera dañarlo en realidad, se conformó con dejarse arrastrar. No tenía ganas de luchar.
—Eres un idiota, Potter.
—¿Siempre empezarás estos encuentros así, Malfoy? —preguntó con curiosidad al recordar su primer año y que el rubio había dicho exactamente las mismas palabras en esa ocasión.
Observó cómo el otro chico rodaba los ojos y se movía por la habitación, débilmente iluminada por la punta de la varita de Malfoy. Harry lo estudió un momento, notando de inmediato la mejilla aún sonrojada por el golpe que Hermione le había dado y, aunque fue él quien sintió el golpe, no pudo no sentirse orgulloso de su amiga. El maldito frente a él se ganó ese golpe.
—Si solo dejaras de herirte, te aseguro que podría ser más elocuente para entretenerte —le respondió el rubio con sarcasmo. Ahora fue su turno de rodar sus ojos, en verdad Malfoy podía ser exasperante.
—No estoy aquí para complacerte tampoco. ¿Qué quieres? —Harry sabía que estaba siendo cruel, pero no tenía ganas de tratar con el niño mimado que era Malfoy en ese momento.
Los ojos grises de Malfoy reflejaron la indignación que estaba sintiendo en ese momento, pero realmente no le importaba. Estaba harto de toda la situación de almas gemelas y no podría estar menos satisfecho de la elección de la magia por vincularlo a un cretino, pero nada podía hacerse. Es lo que es y debe tomarlo con la dignidad de un Gryffindor. Frunció el ceño y sacó su varita también, sintiéndose indefenso por alguna razón.
Sin embargo, Malfoy no hizo nada. Solo retrocedió de nuevo, poniendo una distancia entre ellos que se sentía levemente incorrecta.
—¿Lograste conjurar tu patronus ayer? —la pregunta lo sorprendió. No esperaba que el rubio lo confrontara por ese tema en particular. Asistió, porque no ganaba nada con negarlo, más cuando Malfoy ya estaba tan seguro de cuál sería su respuesta. Pero Malfoy no pareció satisfecho, de hecho, se veía disgustado. Una fea mueca se mostró en su rostro cuando pronunció las siguientes palabras: —Déjame adivinar, ¿es un ciervo?
—¿Cómo…?
—Porque me apareció un tatuaje de ciervo en las costillas, idiota —la declaración vino con un tono de brusquedad inesperado.
Harry quería confrontarlo, ¿por qué Malfoy estaba tan en contra del tatuaje? Ambos ya sabían que eran almas gemelas. La mancha de tinta no era algo más que la confirmación de su nefasto destino. Muy en el fondo, tenía curiosidad por ver el tatuaje. Todos los que ya lo habían recibido decían que era una auténtica obra de arte mágica, que la belleza de los tatuajes de almas gemelas era indescriptible. Nada se comparaba con ver la marca de tu persona destinada. Él había estado reacio ante esa afirmación, sabiendo quién era la suya, dudaba que Malfoy tuviera un tatuaje tan asombroso.
Incluso así, la fuerza con la que quería verlo lo dejaba un poco estupefacto.
—Al parecer hay algo raro en nuestra conexión —la última palabra salió con cierto desprecio y Harry se permitió un momento para ofenderse por la forma en la que Malfoy la desechaba tan fácilmente—. No debió ser posible que el tatuaje apareciera ahora. No tan temprano, aunque también es cierto que no existe registro de almas gemelas conectadas desde pequeños, como nosotros —el rubio se encogió de hombros, como si pensar más en el extraño caso que los unía solo era una pérdida de tiempo y Harry se lo concedió, tampoco sentía que valiera mucho la pena—. Solo quería que lo supieras.
La mano de Malfoy, probablemente de manera inconsciente, empezó a subir hasta donde Harry suponía estaba el tatuaje. Era un gesto íntimo, algo que el moreno no sentía que debía ver, pero no se movió de su lugar. Estaba petrificado ante la vulnerabilidad y el aura tan etérea que tenía el rubio a su alrededor. Como si hubiera algo importante que afectó a toda su persona y por consecuencia, su magia cambió.
Harry avanzó un paso, atraído por esa nueva imagen que se le presentaba. No lo pensó, solo sintió la necesidad de tocarlo. Distraídamente, pensó que a lo mejor así era cómo se sentían las mariposas cuando veían una flor. No obstante, su repentino avance causo una reacción adversa en el rubio. La mirada de desprecio que mostraron esos ojos grises lo detuvo más rápido que si le hubiera lanzado un Petrificus Totalus.
—¿Por qué me estás mirando así, Potter?
—¿Me lo enseñarás? El tatuaje —aclaró cuando Malfoy no contestó nada. Supo que había hecho la pregunta equivocada al momento. Apartó la mirada, no queriendo soportar la cantidad de odio que podía ver en la expresión del chico.
—¿En serio, Potter? ¿Por qué, en el nombre de Slytherin, crees que te enseñaría mi marca? —dijo Malfoy con altanería—. Estás demasiado lleno de ti mismo, ¿eh?
Harry solo se encogió de hombros, no queriendo decir nada. El rubio ya estaba lo suficientemente enojado. Levantó la mirada cuando lo sintió pasar por su lado. Al parecer la conversación había terminado. Decir que el Gryffindor se sorprendió cuando Malfoy se detuvo a su lado, era poco. Su mano fue de inmediato a su varita, sintiendo la amenaza. Pero no fue necesario.
—Potter, nunca verás mi tatuaje. Antes prefiero arrancarlo.
Harry había olvidado que la lengua de serpiente de Malfoy era mucho más venenosa y dolorosa que su varita. El sonido de la puerta cerrándose suavemente se sintió anticlimático en comparación al dolor que se produjo dentro de él.
Cuarto año: Abrázame
Podía sentir el dolor recorrer todo su cuerpo. Lo que sea que Potter estuviera enfrentándose en ese laberinto, era horrible. Draco al menos se consolaba con la idea de que, con todas las heridas que se hacia el moreno en el año, estaba tan acostumbrado al dolor a esas alturas que pudo mantener la compostura mientras sentía en su cuerpo cada herida que se hacía el estúpido Gryffindor. Miraba con intensidad el centro donde se suponía que tenía que llegar Potter, según las instrucciones que el viejo Dumbledore había dado a los campeones. Negó con la cabeza, todavía sin creer que su insensata alma gemela se metiera en ese peligro tan a la ligera. Potter realmente era más idiota de lo que había creído.
Se removió incómodo, por alguna razón toda la noche se había sentido inquieto y con cierta pesadez en su cuerpo. Agarró su varita con fuerza al notar cómo los Slytherin a su alrededor se tensaban y se ponían repentinamente de pie. Draco lo percibió en sí mismo antes de que Potter apareciera.
El dolor abrasador que lo recorrió no era una cosa que el Gryffindor pudiera experimentar dentro del Torneo, o al menos eso quería pensar Draco.
Después, se desató el caos cuando la figura sollozante de Potter apareció en medio del campo de Quidditch. Observó cómo todos se adelantaron para ayudar al moreno e interrogarlo antes de que pudiera siquiera sentarse. Le tomó un segundo registrar el cadáver de Diggory que tan fuertemente sostenían las manos de Potter, demasiado aliviado de que el otro chico se encontrara bien y respirara. Por un momento, la sensación en su interior había sido tan intensa que pensó lo peor y el pánico logró dominarlo.
Respiró profundamente ignorando las miradas sospechosas de Blaise y Pansy, sin ganas de querer explicar por qué es que temblaba tanto. Solo pudo quedarse ahí, viendo cómo Potter era asediado por personas, sin poder hacer nada para ayudarlo para no delatarse a sí mismo.
Unas horas después, cuando logró huir de sus compañeros Slytherin, los rumores ya corrían por todo el colegio, algunos tan espeluznantes y turbios que Draco tuvo que contenerse de vomitar. Los niños realmente podían ser asquerosos si se lo proponían. Iba camino al único lugar que se le ocurría que podía estar Potter, o al menos eso esperaba. El rubio no quería recorrer todo el castillo en busca del idiota cararajada y, siendo sincero, no creía que tuviera la fuerza para lograrlo.
Cuando llegó a lo alto de la escalera, en la última habitación de la Torre de Astronomía, y visualizó una figura delgada pudo respirar tranquilo. Algo dentro de él no podía creer que Potter saliera vivo de un enfrentamiento contra el Señor Oscuro. Necesitaba verlo, tocarlo hasta comprobar por sí mismo que todo estaba bien. Se acercó con cuidado, no sabiendo el humor en el que se encontraba el moreno después de la intensa noche que había tenido. Además de que la posibilidad de ser rechazado de nuevo hacía que estuviera tan reacio a avanzar más. No creía que en ese momento pudiera soportar un desdén de su alma gemela.
—¿Alguien te lanzó una maldición para volverte lento o por qué avanzas tan despacio, Malfoy? —dijo Potter, alzando la voz para que pudiera ser escuchado incluso en la profunda oscuridad.
Draco frunció el ceño, y se puso a un lado del Gryffindor con rapidez, no queriendo pensar en el ligero calor que sentía en sus pómulos—. Eres insoportable.
—Tú eres el que siempre regresa a mí —Potter se encogió de hombros, sin registrar la mirada ofendida que Draco le dirigió. Él no lo hacía, de ninguna manera. Abrió la boca para decir eso, pero fue interrumpido groseramente por el moreno—. Ha vuelto.
Esas dos simples palabras cortaron todo el rastro de compañerismo que por un momento Draco había sentido en el ambiente. Se sintieron pesadas, el presagio de un destino incierto posándose en los hombros de ambos.
Los dos lo sabían, aunque no quisieran aceptarlo. Iban a estar en lados opuestos en la guerra que estaba por iniciarse y no era algo que pudieran evitar. Draco pudo sentir la pesadez en su cuerpo, consciente que estaba de pie por pura testarudez impropia en él.
—¿Crees sobrevivir? —preguntó en voz baja, dejando que su habitual máscara de sangrepura se resbalara por un momento. Era un lugar, un momento aislado en su historia, la de él y la de Potter, que probablemente no se repetiría y no estaban para fingir cosas que no eran.
—No lo sé.
Aquella simple respuesta fue todo lo que Draco necesitó para terminar de cortar la distancia que los separaba. Los brazos de Potter se sentían raros, desconocidos. Pero no pudo soltarlo, lo abrazó con fuerza, queriendo trasmitir todas las emociones que no podía expresar en voz alta por el miedo a que dicha información llegara a oídos enemigos. Recargó su barbilla en el hombro del moreno, aspirando el aroma a tierra que aún conservaba después de su aventura y, cuando unos brazos le rodearon la cintura con vacilación, soltó un suspiro de alivio que no sabía que estaba reteniendo.
Merlin, soy un maldito Hufflepuff.
Draco no supo cuánto tiempo estuvieron ahí, abrazados, escapando de un mundo que tenía demasiadas expectativas sobre dos niños de catorce años. Por primera vez, en brazos del jodido Potter, pudo sentir que las cosas no eran tan malas como parecían.
Quinto año: Ven conmigo
—¿Lo harás?
La pregunta salió de sus labios con más fuerza de la que hubiera querido. Harry hizo una mueca al ver cómo Malfoy se cerraba, dejando paso al niño mimado que el moreno odiaba. Nunca podía tratar con el rubio cuando se ponía así y menos esa noche, con la muerte de Sirius tan cerca, una muerte que pudo haber evitado y que fue enteramente su culpa. Apretó sus puños, tratando de controlar la furia que estaba sintiendo y no volver a explotar como lo había hecho unos momentos atrás en la oficina de Dumbledore. Esperó la respuesta, enojándose más con cada segundo que Malfoy se quedaba en silencio.
—No tengo otra opción. Estuve retrasándolo todo el año, pero padre me obligará a tomar la marca este verano —finalmente contestó el Slytherin, queriendo sonar indiferente pero Harry podía ver la tensión en sus hombros y cómo las puntas de sus dedos estaban rojas, una consecuencia de morderlos por lo nervioso que se ponía el rubio.
Avanzó un paso hacia su alma gemela, sin poder creer las palabras que salían de su boca. ¿Cómo podía ser tan cobarde? Negó con la cabeza, tratando de contener de nuevo el enojo que recorría su cuerpo. Algo de lo que sentía en su interior debió reflejarse en su expresión, porque, aunque Malfoy no estuviera precisamente cooperativo antes, ahora parecía a la defensiva, una serpiente lista para atacar ante la menor provocación.
—¿Qué, Potter? Sabíamos desde el principio que esto resultaría así, ¿por qué te ves tan furioso? ¿Realmente esperabas salvar la situación con tu complejo de héroe? Esto va más allá, no puedes controlarlo, estúpido Gryffindor —terminó el rubio, cada palabra dando donde más dolía.
Harry odiaba tanto a Malfoy por tener razón. Revolvió su cabello, exasperado. No quería admitir la derrota en esto, y mucho menos tener que mirar al rubio a los ojos el siguiente año sabiendo que llevaba en su brazo, no lo soportaría —¿No puedes esperar otro año?
—¿Tú en serio crees que quiero ser marcado por ese maníaco? Potter, está amenazando a toda mi familia, incluyéndome, si no tomo su marca este verano. No puedo esperar más. En cuanto pise la Mansión Malfoy, estaré condenado.
Se recargó contra la puerta del aula donde se habían encerrado y, en un impulso completamente irracional, golpeó la pared, sobresaltando a Malfoy y a sí mismo por el gesto tan violento.
—No creí que fueras tan bruto —murmuró el Slytherin, aún sorprendido y siguiendo tenso por toda la conversación que estaban teniendo. Harry notó la forma en que se masajeaba con discreción los nudillos de su mano y sintió una punzada de culpabilidad, puede que a él no le importara lastimarse, pero no quería que su alma gemela sintiera más dolor del necesario.
El moreno se encogió de hombros, reusándose a disculparse. No quería admitir lo preocupado que estaba por Malfoy y el poco control que tenía ante la tensión. A veces, deseaba sentir el dolor y que el rubio no tuviera que ser una esponja. Ni siquiera podía consolarse diciendo que él también lo era, porque el dolor que sentía del rubio no se comparaba con todo lo que Malfoy tenía que soportar.
Tal vez, esa fue la razón por la que lo propuso, sin reflexionar lo que estaba diciendo.
—Ven conmigo —pronunció en voz baja.
La expresión conmocionada del rubio no lo detuvo, su terquedad lo impulsó al terminar la propuesta—. Podemos hablar con Dumbledore, decirle toda la situación entre nosotros y seguramente te aceptará en la Orden. No tienes solo una opción, Malfoy.
Harry supo de inmediato los pensamientos del Slytherin, no necesitó ver el movimiento negativo de la cabeza rubia, ni escuchar la risa irónica y despectiva que resonó en la habitación y que solamente hizo que doliera más.
—Parece que tu enfrentamiento de hoy hizo que las pocas neuronas que tenías se destruyeran. Dime, Potter, ¿por qué quisiera irme a tu lado? ¿Acaso hay un lugar para mí junto a ti? Te recuerdo que me rechazaste cuando teníamos once, y año tras año no has hecho más que reafirmar cuánto odias ser mi alma gemela —el rubio sonrió, pero no tenía ninguna calidez, resultando un poco incómodo de ver. Malfoy sacudió la cabeza—. En serio, ¿cómo siquiera pensaste en que consideraría en realidad esta oferta? Tu lado no tiene nada que ofrecerme, en cambio, el otro lado tiene a mi madre y una posibilidad de que no muera de inmediato. No quiero estar en ningún lugar en la próxima guerra, pero me va a resultar absolutamente irritante lidiar contigo cuando me desprecias tanto, ¿no crees?
Cada palabra dolía más que la anterior, haciendo que fuera imposible encarar los golpes como el Gryffindor que era y solo se quedó ahí, sabiendo que merecía aquello. Sabía que en algún momento iba a regresar a él esa noche en la enfermería, y aceptaba su destino. Solo hubiera querido que fuera menos cruel y destructivo para todos los involucrados.
—Entre tu estúpida Orden y el viejo, y mi madre, es obvio con cuál me quedo.
Malfoy no necesitó decir más y avanzó hacia la puerta, sin detenerse como todos los otros años, Harry sabía por qué no lo hizo. No había nada más que pudieran decir después de eso y la realización se sintió como un balde de agua fría.
Conque así se siente ser rechazado por tu alma gemela, ¿eh?
Sexto año: Dolor
Draco escuchó el hechizo y lo siguiente que supo es que estaba sangrando, con el dolor recorriendo su cuerpo, un dolor que no debería estar sintiendo, no cuando tenía un alma gemela para absorberlo. Cuando cayó de rodillas, abrumado por no poder detener la herida y observando los ojos verdes de la persona que lo había maldecido, solo una cosa pasó por su mente.
Tu alma gemela será aquella que logre librarte de todo el dolor.
Solo si esa persona quería hacerlo.
Aun después del rechazo de Potter en primer año, y de todo lo que se habían dañado mutuamente, el moreno nunca dejó que sintiera dolor. Siempre absorbía el suyo, y Draco lo hacía también. Un acuerdo tácito que respetaban.
Hasta ahora.
Ninguna sensación se pudo comparar a esa. El profundo desdén, la sensación de estar completamente solo, se asentó en su cabeza así como angustia por sus heridas. Draco en verdad quería estar más sorprendido, pero aquello no era tan inesperado como parecía, incluso si su mente todavía trataba de encontrarle sentido a ser abandonado de una manera tan cruel. Después de todo, ¿por qué el niño dorado querría proteger a un mortífago?
No registró en qué momento llegó al suelo, su sangre manchando el cuarto de baño con Potter conmocionado a un lado. Vagamente, a través de la bruma de dolor, se preguntó qué pasaría con su alma gemela si moría.
No supo cuándo se desmayó, pero nunca olvidaría la expresión de Potter, ni la angustia y culpa que podía ver reflejadas en sus ojos.
Cruzó mirada con Potter en medio de la batalla que se desarrollaba en los jardines de Hogwarts, con la cabaña de Hagrid ardiendo de fondo, y todo eso se sintió levemente predestinado.
¿Era así todo lo que los rodeaba? ¿Solo podían esperar destrucción a su alrededor por la unión de sus almas? ¿La magia era realmente tan despiadada con dos de sus hijos?
El contacto con el Gryffindor se rompió cuando Snape lo agarró del brazo para huir del castillo.
Probablemente nunca volvería a ver a Potter, no hasta que todo ese desastre acabara.
Si es que ambos lograban sobrevivir.
Séptimo año: Mis más sinceras disculpas
El leve ruido de las hojas rompiéndose cuando las pisaba era lo único que perturbaba la oscuridad que se cernía en el Bosque Prohibido esa noche. En su mano derecha llevaba la varita, y en la izquierda la snitch que Dumbledore le había dejado en su testamento. La capa de invisibilidad lo cubría, alejándolo de todo aquel que quisiera detenerlo. Por un momento, un rostro puntiagudo atravesó su mente, haciendo que casi se detuviera antes de sacudir su cabeza con resignación.
No podía regresar y ver por última vez al rubio. Lo hecho, hecho estaba. Una leve sensación de angustia se acomodó en su estómago, sabiendo que dejaba atrás al único mago que podía, de hecho, necesitarlo para sobrevivir. Un mago que a pesar de toda la historia que habían vivido juntos, nunca lo había delatado, ni siquiera cuando su padre (que Harry ahora era consciente que Malfoy había sido educado para temerle) le exigía que lo entregara. Mucho menos cuando horas después sintió el castigo que recibió toda la familia Malfoy por llamar a su señor en vano.
Su cuerpo se movió hacia delante, no queriendo pensar más en todo lo que dejaba atrás. No podía hacerlo o si no sería capaz de dar vuelta atrás y correr hacia los brazos de su alma gemela tal y como lo había hecho en cuarto año. Su mano izquierda se apretó en torno a la snitch, sintiendo el relieve de esta clavarse en su piel, dejando lo que probablemente sería un leve dolor en la palma de Draco.
Me abro al cierre.
Por supuesto. ¿Qué otro cierre existiría en su vida si no era este? Se llevó el pequeño objeto a su boca, saboreando por un momento el gusto a metal antes de que sintiera cómo se partía, abriéndose ante él. Una pequeña piedra conocida cayó en su mano, luciendo terriblemente inofensiva para todo el poder que cargaba con ella.
La giró tres veces y esperó.
Como el cuento relataba, cuatro personas aparecieron delante de él. No pudo contener sus lágrimas, sabiendo que esa era la última oportunidad que tendría de tener una reacción tan humana. Los observó obsesivamente, memorizando cada rasgo que podía apreciar, queriendo tener más tiempo. Sin embargo, cuando abrió su boca para decir cualquier cosa, algo para escucharlos hablar, lo único que salió fue una pregunta que, en el fondo, sabía que era lo único importante en todo ese momento.
—¿Draco estará bien? —el nombre se sentía extraño. Nunca, en los siete años que había conocido al rubio lo utilizó, pero no podía seguir engañándose más. Si existía una situación para decir su nombre, era este, cuando no tenía nada que perder.
Las sonrisas en los cuatro rostros le dieron la respuesta que necesitaba, pero solo cuando Lily Potter se lo confirmó con un lo estará, cariño, pudo seguir avanzando hacia las profundidades del bosque, disfrutando de la silenciosa compañía que tenía.
Parado en una esquina del Gran Comedor, mirando cómo todos a su alrededor celebraban el triunfo agridulce, Draco solo pensó en desaparecer. Fundirse en las sombras del castillo, no queriendo recibir las miradas de las personas que estaban dándose cuenta al lado de quién estaban parados. Sintió el rechazo, uno al cual estaba tan acostumbrando, fundiéndose en él, haciendo que se parara más derecho, enfrentándose con orgullo a todo lo que vendría.
No esperaba, por todos los galeones que aún quedaban en la bóveda Malfoy, que Potter se acercara a él, ahí, frente a todos. Pudo sentirlo antes de verlo, como siempre lo hacía, porque la magia lo odiaba espectacularmente, y miró la puerta del comedor, reflexionando si podía llegar lo suficiente rápido para evitar esa confrontación. Draco no quería hablar con el moreno, ni ahora, ni nunca. No tenían nada qué hablar, en su opinión. Por supuesto que Potter siempre tenía que arruinar todo y hacer lo inesperado, como acorralarlo frente a toda la comunidad que había peleado en su contra porque era un jodido mortífago.
Dio un paso atrás, decidiendo que no, no iba a hablar con Potter ahí, pero no pudo prever el ataque y se quedó paralizado, escuchando los jadeos de la multitud que los rodeaba. Y, si no estuviera tan sorprendido, era probable que él también hubiera jadeado, en cambio, solo pudo alzar sus brazos y hundir su cabeza en cuello de Potter.
Porque nunca lo admitiría, pero necesitaba ese abrazo, tanto como lo había necesitado en su cuarto año cuando la angustia por casi perder a Potter lo había hecho entrar en pánico. Esta vez la necesidad era incluso mayor y apretó fuerte el cuerpo de su alma gemela contra sí, sin importarle ya el resto de las personas. Quería ese momento con Potter, para tranquilizar a su magia, para comprobar que todo estaba bien, que el moreno estaba vivo y a salvo en sus manos. Respiró profundamente, absorbiendo aquella esencia única, manchada por el sudor y el olor a hierro de la sangre que se había derramado en la batalla.
—¿Por qué sigues siendo tan idiota? —preguntó, su voz sonando ahogada porque no había levantado la cabeza de donde estaba, en el cuello de su alma gemela. Sintió la risa de Potter, y sonrió un poco.
—¿No vas a ser más original después de todos estos años?
—No mereces que desperdicie mi esfuerzo.
Potter negó con la cabeza, dándolo por imposible antes de abrazarlo más. Y Draco se dejó. No le hizo caso a las caras conmocionadas ni a la mirada de enojo de Weasley menor.
Tenía a su alma gemela en sus brazos y eso era todo lo que importaba, por ahora.
—¿Ahora sí me dejarás ver tu tatuaje?
La pregunta fue inesperada, hecha con el fin de perturbar más a la gente que estaba escuchando y Draco solo pudo bufar, sabiendo lo que estaba haciendo el moreno, pero agradeciéndolo en el fondo. De alguna manera, no creía que en ese momento el mundo mágico pudiera ir en contra de su salvador y esperaba que el estatus de ser su alma gemela les permitiera olvidar el otro tatuaje que llevaba en el antebrazo.
—Por supuesto que no. Vas a tener que ganarlo.
La risa de Potter resonó por todo el Gran Comedor, llenando el espacio con una calidez que nadie se esperaba. Draco observó cómo el sol resplandecía por las ventanas, iluminando el día e incitando a los magos a moverse.
Había terminado.
Entrelazó sus dedos con los ligeramente callosos de su alma gemela y se permitió respirar. Por fin podían comenzar de nuevo y explorar esa unión sin que nadie pudiera impedirlo. Como el infierno Draco iba permitir que alguien se entrometiera entre ellos. No había aguantado siete años para dejarlo ir tan fácil. Aún tenían muchas cosas que hablar, mucho que arreglar y perdonar, pero por ahora así estaba bien. ¿Así era tener el apoyo de tu alma gemela? A Draco le gustaba.
Nunca, en sus diecisiete años de vida, se había sentido tan seguro de que todo iría bien.
