A ti que te gusta el cielo (Lukanette)
Su vista estaba fija en aquel cielo gris que amenazaba con llorar, aquel enorme manto parecía comprender el dolor que invadía su ser. Entre el montón de nubes sombrías, había un trozo de cielo azul, un azul brillante y puro.
Como sus ojos, pensó Couffaine cerrando sus ojos, imaginando aquel bello par de zafiros frente a él. Un par de zafiros acompañados de una pequeña y respingona nariz, y de una perfecta y radiante sonrisa; esos rasgos que siempre lograron sacarle más de un suspiro.
Aún recordaba su dulce voz, jamás se cansaba de escucharla hablar, él no era un hombre de muchas palabras, solo ella lograba hacerle hablar más.
A ella le gustaba el cielo, le gustaba ese manto azulado que asemejaba sus ojos.
Sus orbes fueron al ahora gris cielo, ¿cómo dejó que esto pasara?
Habían estado todos esos años juntos y, aun así, Marinette se alejó con una sonrisa dolida. No había manera a acostumbrarse a la ausencia de la peliazul al otro lado de la cama. Ni con fuerza, ni con debilidad.
Fingir fuerza ante los demás no servía, ya todos sabían que sus sonrisas eran falsas. Demostrar debilidad solo lo lastimaba y alejaba a los que amaba, que inclusive aquella debilidad llegó a hacerlo maldecir a Marinette. Pero a pesar de todo, él la adoraba. Marinette era simplemente perfecta e inolvidable para él. Ella era una compleja sinfonía de notas largas e intensas con la capacidad de hacer latir a más de un corazón por su bello sonido. Una melodía tan única como amorosa. Una canción que ya no volvería a tocarse…
Luka era solitario, trazaba su propio camino sin nadie que lo acompañase hasta que Marinette apareció en su vida.
El cielo era gris el día que se conocieron. Couffaine había estado destrozado aquel día con la mirada perdida en el Sena. Se sintió estúpido e inútil en esos momentos, había fracasado en lo único que consideraba bueno: la música.
Entonces ella llegó, llegó como ángel para él. Una dama de figura delicada e igualmente hermosa, con unos profundos y claros ojos que parecían ver tu alma. Luka le contó sus penas y ella lo escuchó con atención mientras ambos mantenían la vista en el triste cielo.
Cuando terminó de desahogarse la peliazul lo miró con una sonrisa que lo dislocó por completo. Ella abrió sus labios y pronunció:
―Sé que a veces es difícil seguir adelante cuando todo lo que haces se ve reflejado en fracasos y te da ganas de llorar, pero está bien, está bien. Mira a tu alrededor, no eres el único que vive en, con, un fracaso en el mundo. Así que… Sonríe, cambia el mundo dejando el pasado atrás, ve hacía delante un futuro mejor y se agradecido con el presente.
Esas palabras seguían frescas en su memoria al igual que el abrazo que le regalo, ese abrazo provocó que nuevos rayos de sol aparecieran en aquel cielo gris que poco a poco se tornó en un bello azul, un azul que era opacado por los azules ojos de Marinette.
Desde ese entonces ambos caminaron juntos, dejando huellas en un camino de recuerdos que, lastimosamente, también estaba lleno de rasguños. Varias veces sus caminos se separaron, pero seguían iluminados por el mismo sol, quien fue testigo un sin fin de veces de como los amantes se entregaban al amor.
Ella era llorona pero siempre sonreía muestra de que era fuerte a pesar de lo mucho que había sufrido. Por esas y más razones amaba a Marinette.
Había tantas cosas que quiso decirle y no pudo decir nada al final, ahora solo podía admirar el cielo que ella tanto amaba convertido en un manto incoloro con gran amargura mientras sentía un gran vacío por perderla.
Cubrió su rostro con ambas manos en un intento inútil por detener sus lágrimas, sintió calor en sus manos aquello lo sorprendió. Retiró sus manos viendo como entre las nubes de lluvia se colaban rayos de luz.
Sonrió por ello.
El invierno algún día terminaría y la temporada azul llegaría. Solo tenía que dejar que nuevas flores del cielo azul nacieran.
Solo quedaba decir "Gracias" y "Adiós".
